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Isabel Allende gana el Premio Planeta bajo seudónimo y regresa a la casa de los espíritus

La escritora chilena, de 84 años, ha presentado como Luz Ventura una novela sobre Alba Trueba, deja Penguin Random House por Planeta y se lleva un millón de euros

isabel allende

Isabel Allende ha ganado el 75.º Premio Planeta de Novela con La hora antes del alba, un libro que llegó al concurso con otro título, Los que faltan, y con un nombre que no era el suyo. Se presentó como Luz Ventura. Durante unas semanas, entre más de un millar de manuscritos, una de las escritoras en español más leídas del planeta fue una firma sin cara en una pila de originales.

El fallo se conoció la noche del jueves 15 de octubre, en el Pabellón 1 de la Fira de Barcelona, en Montjuïc, con los Reyes en la sala y unos doscientos escritores sentados a la mesa. Allende tiene 84 años, ha firmado más de veinte libros y jamás se había presentado a un premio. Lo explicó ella misma desde el estrado: no lo había hecho nunca para ahorrarse la humillación de quedar a la cola.

Para el Planeta es una de esas noches que se citan en los aniversarios, y la novela ganadora, además, no es una novela cualquiera. Retoma el destino de Alba, la nieta de Esteban Trueba, la joven que cierra La casa de los espíritus embarazada y sin saber de quién es la criatura que espera. Desde 1982, millones de lectores han querido saber qué fue de ella. Allende lleva décadas oyendo la pregunta. Esta semana ha contestado, a su manera, con un millón de euros de por medio.

Hay mucho que contar alrededor de esa respuesta. Está el libro, del que se sabe lo justo. Está el seudónimo, que ha dado más conversación que el fallo mismo. Está el cambio de casa editorial de una autora que llevaba cuatro décadas en Plaza & Janés. Y está, como siempre que el Planeta le entrega su millón a un nombre grande, la discusión sobre qué clase de premio es este y a quién sirve. Las iremos desgranando una por una, sin prisa, porque la ocasión lo merece y porque muchos de los textos de estos días se han escrito con demasiada prisa.

Una noche larga en Montjuïc

Los Reyes llegaron hacia las ocho y media y posaron en el photocall con una nómina de invitados que mezcla política y negocios a partes casi iguales. Estaban Cándido Conde-Pumpido, Salvador Illa, Jaume Collboni, Ernest Urtasun y Alberto Núñez Feijóo, además de José Creuheras, presidente del Grupo Planeta, que es quien da la cena. Cuando Allende subió a recoger el premio, la sala se puso en pie.

Creuheras habló primero. Dio la bienvenida a unos doscientos escritores, presumió de los 18.000 colaboradores del grupo y recordó por qué el fallo cae siempre en la misma fecha: el 15 de octubre es el día de santa Teresa, el santo de la mujer del fundador, José Manuel Lara. Dijo que lo importante es disfrutar del libro, una frase que en boca del presidente de un grupo editorial suena a deseo y a coartada a la vez. Recordó también que el primer premio se concedió con una dotación modesta y que hoy el Planeta es el mejor pagado del mundo para una novela inédita.

El rey Felipe VI defendió el papel de la literatura en la convivencia democrática. Citó a Juan Marsé y a Manuel Vázquez Montalbán, y tuvo un recuerdo para Ana María Matute, la primera mujer que ganó el premio, en 1954. Según el Rey, las obras premiadas funcionan como un espejo del camino recorrido. Es un discurso de circunstancias, bien armado, y a nosotros nos interesa por un motivo concreto: el espejo que nombraba tenía delante a una autora buena parte de cuya obra se ha dedicado a mirar la historia reciente de América Latina.

Después llegó Allende. Habló de fechas, como corresponde en una noche de aniversarios. Dijo que se cumplían 45 años de La casa de los espíritus, cuenta que solo sale si se parte de 1981, cuando empezó a escribirla, y 75 del Planeta. Contó que desde hace décadas los lectores le preguntan qué pasó con Alba, y que las historias son como semillas que germinan cuando el tema está en el aire. Esta, dijo, estaba en el aire.

Ligó la novela con un miedo de ahora, el del autoritarismo, y con su propio exilio tras el golpe de 1973. No fue un discurso de grandes frases, pero tuvo dos o tres que se han repetido mucho desde entonces. La primera, sobre el miedo a perder: «Nunca me había presentado a un concurso para evitar la humillación de quedar a la cola». La segunda, sobre el libro: «Esta novela es el cierre del universo» de La casa de los espíritus. Y una tercera, que ha pasado más inadvertida y que a nuestro juicio dice más: «Si están esperando una continuación, se van a llevar un chasco».

Alba y la pregunta de los lectores

Conviene detenerse en esas dos últimas frases, porque aparentemente se contradicen. Si la novela cierra el universo de La casa de los espíritus, ¿cómo no va a ser una continuación? La salida más sensata es leerlas como una advertencia sobre el tipo de libro. Allende no promete una secuela al uso, con la familia Trueba reunida otra vez y los fantasmas de siempre colgados del techo. Promete un cierre. Son cosas distintas, y cualquiera que haya leído la novela de 1982 sabe que dejaba una puerta abierta de par en par.

Recordemos cómo terminaba. Alba, detenida y torturada tras el golpe, sale de la prisión con el cuerpo roto y embarazada, sin poder saber si el hijo es de Miguel, el hombre al que quiere, o de quienes la violaron. Se queda en la casa de su abuelo, escribe la historia de la familia y decide no entregarse al rencor. La pregunta de los lectores era sencilla y cruel. ¿Qué hizo con ese hijo? ¿Cómo se vive después?

La hora antes del alba parte justo de ahí. Alba regresa embarazada al hogar familiar después de la cárcel, de las torturas y de la violencia sexual de la dictadura. Sigue sin saber si lo que lleva dentro es fruto de su relación amorosa o de las violaciones. Intenta reconstruir su vida y, en ese intento, se vuelca en los más desfavorecidos. Esa es toda la trama que se ha hecho pública, y es menos de lo que parece, porque en Allende importa menos el qué que el cómo se cuenta.

El título es de los que se explican solos y, aun así, Allende lo explicó. La hora antes del alba es el momento más oscuro de la noche, el instante en que ya se intuye que va a amanecer. Es una imagen de manual, y justamente por eso funciona en boca de una escritora que siempre ha preferido la claridad a la trampa. No hay misterio en el título. Lo que habrá que ver es si lo hay en las páginas.

Hay otra cosa que debemos decir con franqueza. Mientras el libro no esté en manos de los lectores, todo lo que se afirme sobre su calidad es conjetura, y esta revista no suele publicar conjeturas con aire de reseña. Sabemos de dónde viene, sabemos qué intenta y sabemos quién lo firma. De ahí a saber si es bueno hay un trecho que solo se anda leyendo.

Luz Ventura, o cómo esconderse a los 84 años

El seudónimo ha sido lo más comentado de la semana, y no es difícil entender por qué. Que Isabel Allende se presente a un concurso con otro nombre tiene algo de travesura y algo de desafío, y cuando quien lo hace es ella, la travesura se parece bastante a una declaración.

Ella misma ha dado la clave. Eligió Luz Ventura como un guiño a las mujeres de su obra, Nívea, Clara, Blanca, Alba y Aurora, que se suceden en La casa de los espíritus como las hijas de un mismo árbol. Luz tiene algo de aurora, y ventura, según explicó, significa afortunada y bendecida. Es un seudónimo con intención literaria, no un simple alias, y eso dice algo del cuidado con que se pensó la jugada.

El título también iba disfrazado. La novela entró en el concurso como Los que faltan, una expresión que, sobre el trasfondo de una dictadura latinoamericana, no necesita notas a pie de página. Que después se publique como La hora antes del alba es un cambio que se entiende bien: el primer título miraba hacia los ausentes y el definitivo mira hacia la luz, y la novela, por lo que se sabe, trata sobre todo de seguir viviendo.

Queda la pregunta de fondo. ¿Por qué se esconde alguien que no tiene nada que demostrar? Allende lo explicó con una franqueza que le agradecemos. Tenía miedo de perder. A los 84 años, con una obra traducida a decenas de idiomas y un nombre que vende por sí solo, la perspectiva de quedar a la cola de un concurso le parecía una humillación posible. Con todo, decidió correr el riesgo, según ella misma contó, porque tenía ya poco que perder.

Cabe creerla, y cabe también discutirlo. Un seudónimo protege del ridículo, sí, pero también entra en un juego de máscaras que el Planeta lleva años practicando con provecho. En los últimos tiempos el premio ha sabido convertir cada anuncio en un pequeño acontecimiento social, y un nombre secreto detrás de una firma inventada es publicidad impagable. Nadie ha dicho que Allende lo haya planeado así. Pero sería ingenuo fingir que el efecto no existe.

El escritor Lorenzo Silva, por cierto, ha recordado esta semana que las bases del concurso no obligan a presentarse con seudónimo. Y ha apuntado la razón práctica que lleva a muchos a hacerlo: si uno es finalista y no gana, solo lo sabe el jurado. La explicación desmonta cualquier lectura conspirativa del gesto y a la vez lo humaniza. El seudónimo, para muchos autores, no es una pose. Es una manera de perder en privado.

Setenta y cinco años de un premio muy particular

El Planeta nació en 1952, de la mano de José Manuel Lara, con una idea sencilla y bastante audaz para la España de entonces: pagar bien una novela y venderla mejor. Setenta y cinco años después, el modelo sigue siendo el mismo, solo que con más ceros. El ganador cobra un millón de euros y el finalista, 200.000. La cifra, inmensa para el mercado de la literatura en lengua española, convierte al premio en lo que Creuheras llamó el mejor dotado del mundo.

Esa dotación explica casi todo lo que se dice del Planeta, para bien y para mal. Para bien, porque ha permitido que escritores muy distintos entre sí pasen por su lista de ganadores. En ella están Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, a quienes citó el Rey, y también Mario Vargas Llosa y Camilo José Cela, que no necesitan presentación. Para mal, porque un premio de ese tamaño no se concede únicamente con criterios literarios, y todo el mundo lo sabe, empezando por quienes lo organizan.

Su funcionamiento es, además, bastante peculiar. El jurado lo designa libremente la propia editorial, y en esta edición lo han formado Luz Gabás, Pere Gimferrer, Eva Giner, Carmen Posadas, Paloma Sánchez-Garnica, Javier Sierra y Belén López, directora de Editorial Planeta, que actúa como secretaria con voto. Varios de sus miembros ya fueron premiados en anteriores ediciones: Posadas lo ganó en 1998, Sierra en 2017 y Sánchez-Garnica en 2024.

Nada de eso es ilegal ni siquiera extraño. Es el modelo. Pero un modelo así exige que quien opine sobre él tenga claro de qué habla. El Planeta no es el Cervantes ni el Nadal ni pretende serlo. Es una operación editorial de primer orden que, de vez en cuando, premia buena literatura, y de vez en cuando premia otra cosa. En los últimos años, la balanza ha caído con frecuencia del lado de los nombres mediáticos. Basta repasar las tres ediciones anteriores: Sonsoles Ónega con Las hijas de la criada en 2023, Paloma Sánchez-Garnica con Victoria en 2024 y Juan del Val el año pasado. Este último es el ejemplo que más veces se ha citado estos días, para mal en unos casos y para bien en otros, y su sombra ha planeado sobre la discusión de esta semana más de lo que a muchos les gustaría admitir.

Allende encaja en ese patrón y a la vez lo rompe. Encaja porque es un nombre mayúsculo, con un público inmenso y un valor comercial que cualquier editor entendería sin necesidad de gráficos. Lo rompe porque, a diferencia de otros ganadores recientes, no necesita al premio para llegar a nadie. Es el premio quien la necesita a ella. No es un detalle menor y, si algo tiene de interesante esta edición, es justo esa inversión de papeles.

El cambio de casa

Hay un dato que ha pasado un tanto desapercibido entre tanto ruido sobre el seudónimo y es probablemente el más importante desde el punto de vista del negocio. Allende, que ha publicado durante más de cuatro décadas en Plaza & Janés, sello de Penguin Random House, recala ahora en Planeta, el gran competidor.

Penguin ha reaccionado con una elegancia que le honra, o que al menos aparenta honrarle. Su respuesta oficial ha sido que «no podemos sino desearle a Isabel todo lo mejor», que respeta las decisiones de sus autores y agentes, y que ha sido un «enorme orgullo» acompañarla durante más de cuatro décadas. Añade que su obra ocupa «el lugar que merece» en la literatura en español. Son frases de manual, pero llevan una carga que ningún comunicado puede disimular: perder a Allende duele.

Conviene precisar qué cambia y qué no. Los libros que ya existen siguen en el catálogo de Plaza & Janés y de Debolsillo, entre ellos sus títulos más recientes, Mi nombre es Emilia del Valle y La palabra mágica. Se ha movido la novela ganadora, que sale por Planeta. No se ha aclarado, al menos por ahora, si el resto del catálogo cambiará de manos ni cómo se repartirán los derechos en el futuro.

La jugada, vista desde fuera, es redonda para el Planeta. Compra, por un millón, a una autora que habría tenido grandes números en cualquier editorial, y además lo hace con la mejor de las excusas: un premio literario. Para Allende, a su edad y con su trayectoria, también tiene lógica. Un premio de ese tamaño no es un detalle, y la visibilidad de una cena de gala con los Reyes tampoco. Quien quiera ver ahí un tejemaneje puede verlo. Quien prefiera pensar que dos partes han encontrado un acuerdo conveniente para ambas tiene igualmente argumentos.

Lo que no cabe es fingir sorpresa. Los fichajes editoriales envueltos en un premio son tan antiguos como los premios mismos, y el Planeta ha hecho de ello una especialidad.

Una vida escrita desde el exilio

Isabel Allende nació el 2 de agosto de 1942 en Lima, donde su padre, Tomás Allende, ejercía como diplomático chileno. Su infancia fue la de una niña de familia diplomática que, tras la separación de sus padres, se mudó con su madre y sus hermanos a Chile, a casa de unos abuelos que serían decisivos en su imaginación. Su madre volvió a casarse en 1953 con otro diplomático, Ramón Huidobro, y con él la familia se movió de un país a otro. De ese trajín le quedó para siempre la sensación de ser de ningún sitio y de varios a la vez.

Antes de escribir novelas fue periodista. Colaboró en la revista Paula, dirigió la infantil Mampato, trabajó en televisión y pasó también por la FAO. Era, a mediados de los setenta, una profesional más de la cultura chilena, con una cierta fama de columnista irreverente. Entonces llegó el golpe.

El 11 de septiembre de 1973, el general Augusto Pinochet derrocó a Salvador Allende, presidente de Chile desde 1970. La relación familiar con el mandatario, que según la biografía más extendida era primo hermano de su padre, fue decisiva: poco después del golpe, Isabel y los suyos tuvieron que abandonar el país. Se instaló en Venezuela, donde vivió más de una década, trabajó como periodista y vio crecer a sus hijos, Paula y Nicolás. Ese destierro, que ella suele describir sin dramatismo y con mucha ironía, es la matriz de casi todo lo que escribió después.

Hay un momento fundacional en esa historia que conviene contar tal y como ella lo cuenta, porque se ha repetido mil veces y no ha perdido fuerza. El 8 de enero de 1981, en Caracas, Allende se sentó a escribir una carta a su abuelo, muy anciano, al que no podía visitar desde el exilio. Quería decirle que todo lo que él le había contado seguía vivo en su memoria. La carta no se detuvo. Un año más tarde se convertía en La casa de los espíritus, que se publicó en Barcelona, en Plaza & Janés, en 1982.

Es una historia casi demasiado perfecta, de las que uno sospecha que se han ido puliendo con los años. Pero las novelas de Allende tienen esa virtud: sobreviven a la sospecha. Cuando se lee La casa de los espíritus, uno se cree que alguien necesitaba escribirla.

Cuarenta años de libros

Lo que vino después es una de las carreras más constantes y exitosas de la literatura en español. De amor y de sombra en 1984, Eva Luna en 1987, los cuentos que prolongaron ese personaje, El plan infinito. Luego Paula, en 1994, que ocupa un lugar aparte y del que hablaremos enseguida. Después, ya instalada en California, donde se fue a vivir tras casarse con Willie Gordon, llegaron Hija de la fortuna, Retrato en sepia, la trilogía juvenil que empieza con La ciudad de las bestias, Inés del alma mía en 2006, La isla bajo el mar en 2009 y una larga lista que llega hasta Violeta, Mi nombre es Emilia del Valle y La palabra mágica.

Ha vendido decenas de millones de ejemplares, y quien intente concretar la cifra se encontrará con que cada fuente da una distinta. Es una de esas cuentas que nadie ha llevado con exactitud, y quizá no importe. Basta saber que sus novelas se han traducido a decenas de lenguas y que, en España y en América Latina, hay generaciones enteras de lectoras que se formaron con ella.

Los reconocimientos son la parte menos interesante de su biografía y, aun así, merecen dos líneas. Recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile en 2010. Barack Obama le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad en 2014. En 2018, la National Book Foundation le otorgó su medalla por la contribución a las letras americanas. Suma una quincena de doctorados honoris causa y ha figurado en el California Hall of Fame. En 2020, los editores españoles le dieron el Premio Liber.

Nada de esto la había llevado al Planeta, y la anomalía merece ser anotada. Una autora de este calibre llegó a los 84 años sin presentarse jamás a un gran premio comercial español, y eso explica que la noticia haya sonado a la vez tan inesperada y, pensándolo bien, tan lógica. Tal vez hubieran debido encontrarse antes.

Una casa que se reescribe

Pocas novelas en lengua española han tenido tantas vidas como La casa de los espíritus. En 1993 se llevó al cine bajo la dirección de Bille August, con un reparto de estrellas internacionales en el que figuraban Meryl Streep, Glenn Close, Jeremy Irons, Winona Ryder y Antonio Banderas. Rodada en inglés, con actores que no eran chilenos ni mucho menos, fue una de esas adaptaciones de prestigio que el público recuerda más por el reparto que por la película.

Este año la historia ha vuelto a la pantalla. Prime Video estrenó el pasado 29 de abril una miniserie basada en la novela que se anunciaba como una de las ficciones del año. No es la primera vez que la plataforma se acerca a la autora: en 2020 había estrenado ya Inés del alma mía, con Elena Rivera y Eduardo Noriega. La serie de La casa de los espíritus ha llegado apenas medio año antes de que Allende ganara el Planeta con la novela que la cierra.

No decimos que sea una maniobra. Decimos que, en el mercado editorial de hoy, un título con serie en marcha vale oro, y que quien se sorprenda de la sincronía solo tiene que mirar el calendario.

Paula y el duelo convertido en libro

Si hubiera que quedarse con un solo libro de Allende, no habría que elegir entre sus novelas. Habría que ir a Paula.

A finales de 1991, su hija Paula, que tenía poco menos de treinta años, cayó enferma y entró en un coma del que no se recuperó. Allende pasó meses en un hospital de Madrid sentada junto a la cama y escribió, para sí misma y para su hija, una larga carta que reconstruía la historia de la familia mientras su hija se apagaba. Paula murió el 6 de diciembre de 1992. El libro apareció en 1994 y desde entonces no ha dejado de leerse.

Es un texto devastador y de una limpieza admirable. Allende, que venía acusada por la crítica de abusar del sentimiento, escribió allí la prueba de que sabía contenerlo. En una entrevista de hace años contó que en aquel hospital se sentía atrapada y sin ningún poder para salvarla. Esa impotencia está en cada página, sin adornos.

Dos años después de la publicación, en 1996, creó la Fundación Isabel Allende, dedicada a proteger y empoderar los derechos de mujeres y niñas en el mundo. La fundación y el libro son, en el fondo, dos mitades del mismo gesto. Una es el duelo. La otra es lo que se hace con él.

Subrayamos esto porque cierta crítica, con razón o sin ella, ha tendido a leer a Allende como una autora de fórmula. Quien haya leído Paula sabe que lo era mucho menos de lo que se decía. Y quien llegue a La hora antes del alba conociendo ese libro entenderá mejor por qué Allende vuelve a una mujer que tiene que seguir adelante cuando nadie le concede tregua.

La escritora que la crítica nunca terminó de aceptar

No se puede hablar de Allende sin hablar de la mala fama que ha arrastrado entre una parte de la crítica, sobre todo la chilena, y sin recordar que ese reproche tiene una historia larga. Allende ha vendido siempre más de lo que le han perdonado.

El episodio más citado es el de Roberto Bolaño, que la llamó «escribidora», con ese desdén suyo que repartía a diestro y siniestro. Su editor, Jorge Herralde, trató de ponerlo en perspectiva diciendo que Bolaño atacaba a Allende como escritora, mientras que Allende, en su respuesta, atacaba a la persona. Ella, por su parte, contestó con bastante humor que no le había dolido demasiado, porque él hablaba mal de todo el mundo. Bolaño, por cierto, no fue siempre tan terminante. En otro momento dejó una frase que se cita menos y que tiene mucha más gracia: «Puestos a elegir entre la sartén y el fuego, elijo a Isabel Allende».

Más allá de las anécdotas, el reproche tiene dos vertientes. La primera es estética: se la acusa de sentimentalismo, de recurrir a un realismo mágico de segunda mano, de escribir con una facilidad que a los críticos exigentes les parece sospechosa. La segunda es casi sociológica. En Chile, donde el culto a la poesía y a los grandes narradores del siglo XX es una religión laica, una autora que vende millones y que se ha construido una carrera en Estados Unidos tiene todos los números para caer mal. Cuando en 2010 recibió el Premio Nacional de Literatura, el fallo reabrió una discusión sobre los criterios del galardón que en el país se arrastraba desde hacía años. La propia Allende ha dicho que en Chile la crítica ha sido muy fuerte con ella, y también que le sorprende que aún haya gente que no la llame escritora.

Nos parece que ese debate se ha planteado casi siempre mal. Discutir si Allende es o no es una gran estilista tiene poco recorrido, porque la respuesta es que no lo pretende. Lo suyo es la narración oral convertida en página, la voz de quien cuenta una historia a media tarde en una cocina y no te deja marchar hasta el final. Se la ha comparado con García Márquez desde 1982, y esa comparación ha servido para venderla y, a la vez, para perjudicarla. A su lado, cualquiera pierde. Pero García Márquez no es la vara de medir de nadie más. Allende es otra cosa, y la gran lección de cuarenta años de lecturas es que esa otra cosa tiene un público fiel, cada vez más amplio, que no está equivocado.

Hay otro matiz que nos importa. Casi todo lo que se le critica a Allende, la claridad, la emoción, la voluntad de contar para todos, se le ha reprochado en otras épocas a Dickens, a Galdós o a Victor Hugo. Es una discusión vieja y casi siempre la ganan los lectores.

Entre el aplauso y la sospecha

La concesión del Planeta a Allende ha provocado, como era previsible, un pequeño alud de reacciones. Merece la pena recorrerlas con calma, porque muestran bien dónde está el desacuerdo real.

Del lado de los críticos, el escritor y periodista chileno Óscar Contardo ha señalado que los dos premios anteriores recayeron en figuras muy televisivas, con críticas feroces, y ha puesto en duda la influencia del Grupo Planeta en el proceso. Rodrigo Blanco Calderón ha comparado el Planeta con el Goncourt, que paga unos diez euros frente al millón del español, para concluir que el Planeta no tiene su prestigio y que episodios así hacen que otros países miren por encima del hombro al mundo editorial español. Gemma Herrero Virto ha ido más lejos: lo ha calificado de «tomadura de pelo» y ha sugerido que en la industria «hay cosas que no son como nos las cuentan».

Iván Thays ha sido quizá el más contundente. Para él, el Planeta es una operación comercial más que un concurso literario, y ha escrito que allí «no hay jurados, hay agentes». También ha dudado en voz alta de que un seudónimo así pueda resultar creíble. Aun así, ha reconocido que en el giro hacia autores consagrados, tras años de ganadores mediáticos, hay algo de positivo.

Del lado de los defensores, Máximo Huerta ha hablado de una «auténtica jugada maestra» y ha situado a Allende como una de las grandes voces en español. Inés Martín Rodrigo ha dicho que Allende es «un gran Premio Planeta», y otras voces han celebrado el fallo como merecido y han subrayado la fuerza del discurso.

Y luego están los que hablan desde dentro del oficio. Pilar Eyre, que ha sido finalista del Planeta y ha formado parte de jurados de otros concursos, ha descrito lo agotador que resulta leer manuscritos y ha señalado que, en una secuela presentada de incógnito, habría que cambiar los nombres de los personajes ya conocidos. Es una observación práctica que apunta a un problema real. ¿Cómo se esconde una continuación? Lorenzo Silva, por su parte, ha recordado que presentarse con seudónimo es una opción, no una obligación, y que tiene su lógica.

¿Qué pensamos nosotros? Que ninguna de las dos posturas extremas se sostiene del todo. Quien afirma que el fallo estaba decidido de antemano no tiene pruebas, y no las ha presentado nadie. Quien asegura que todo ha sido limpio y espontáneo tampoco puede demostrarlo, porque el diseño del premio, con un jurado designado libremente por la editorial que lo convoca y un fichaje de por medio, hace imposible descartar ninguna sospecha. La posición honesta es, por incómoda que resulte, la intermedia. No hay nada en lo publicado que permita afirmar un pacto previo, y nada en la estructura del concurso que permita descartarlo.

Lo que sí puede decirse es que un premio con esas características tiene la obligación añadida de ser transparente, y que no es lo mismo pedirle a Allende que se justifique, que no tiene por qué, que pedirle al Planeta que lo haga.

Memoria contra olvido

Hay un hilo que recorre toda la obra de Allende y que vuelve con fuerza en esta novela. Es la idea de que escribir sirve para que no se pierda lo que ocurrió. La autora lo ha dicho muchas veces, con distintas palabras, y lo ha repetido en estos días ligando el libro con un temor actual, el avance del autoritarismo.

Allende ha explicado que ha vivido lo bastante como para comprender que todo cambia, que los tiempos son cíclicos y que las dictaduras vienen y van. Preguntada por lo que pensaría hoy Salvador Allende, respondió que seguramente estaría contento de saber que no todo lo que sembró se perdió. Es una frase sencilla, de las que se dicen con la cabeza ya puesta en otra cosa, y nos parece mejor que muchos discursos largos.

Sería un error, sin embargo, leer la novela como una pieza de actualidad. Alba Trueba nació en 1982, y su regreso a la casa familiar después de la prisión y las torturas tiene que ver con el Chile de 1973, no con el mundo de ahora. Allende, con la perspectiva de cuatro décadas, devuelve el foco a una mujer que había quedado al final de otra novela y a la que casi nadie había preguntado cómo siguió viviendo. En un tiempo en que el debate público habla constantemente de memoria histórica, esa pregunta tiene una resonancia que la autora, desde luego, conoce.

Conviene añadir un punto de prudencia. Escribir sobre la dictadura es fácil de elogiar y difícil de hacer bien. Las novelas de memoria corren el riesgo de convertirse en una lección moral en la que todo está claro desde la primera página. Si algo ha sabido hacer Allende en sus mejores libros es evitarlo, mezclando lo político con lo doméstico y lo trágico con el humor. Esperamos que lo haya conseguido otra vez.

El finalista que apenas salió en las fotos

En toda esta conversación sobre Allende ha quedado en segundo plano un hecho que, en otro año, habría ocupado titulares. El finalista del Planeta, premiado con 200.000 euros, es Sergio Hernández Carrasco, un valenciano nacido en 1994, escritor y guionista de cómic, licenciado en Filología Hispánica y formado en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma.

Entre el ganador y el finalista hay cincuenta y dos años de diferencia. Es una brecha generacional que el propio premio, con su afición a las parejas improbables, parece disfrutar.

Su novela, La añoranza, entró en el concurso con el título de Los Caminantes y el seudónimo de Martín Guerrero. Se sitúa en la Barcelona de 1959 y sigue a Julia Ferré, una estudiante que se enamora de un hombre que le enseña poesía prohibida de Antonio Machado. Bucea, según se ha dicho, en el exilio, la poesía y la memoria, los mismos territorios que Allende pisa por otro camino. Es una coincidencia temática que no deja de ser significativa, y que explica en parte por qué esta ha sido una edición tan marcada por la mirada al pasado.

Al recoger su premio, Hernández citó a Machado. «Hoy es siempre todavía», dijo, y es una frase que cualquiera que haya leído a Machado reconocerá. Pocas veces una cita encaja tan bien con una noche en la que una escritora de 84 años y un escritor de 32 se repartían el mismo escenario.

Una novela por leer

La novela todavía tiene que demostrar lo que vale. Eso, que es obvio, se olvida con facilidad en los días que siguen a un fallo, cuando todo el mundo opina sobre el premio y pocos sobre el libro.

Hay motivos para esperar mucho de La hora antes del alba. Allende conoce a su personaje mejor que nadie, ha tenido cuarenta años para pensarlo, y llega a ella con la humildad de quien ha dicho que estaba asustada por perder. Hay también motivos de cautela. Las continuaciones, o los cierres, como ella prefiere llamarlos, son un género traicionero. Cuanto más querido es un personaje, más difícil resulta no decepcionar a quienes lo imaginaron a su manera durante décadas.

Con todo, si hay una escritora que puede permitirse el riesgo es ella. Ya ha escrito su gran libro, ya ha vendido cuanto tenía que vender, y llega a esta novela, por propia confesión, con poco que perder. Tal vez sea esa la mejor noticia de todas.

El Premio Planeta cumple setenta y cinco años con un fallo que se discutirá en las tertulias y en los pasillos de las editoriales durante meses. Nos parece bien que así sea. Un premio que no suscita polémica es un premio que no importa. A partir de ahora, lo deseable es que cuando La hora antes del alba llegue a las librerías la discusión se traslade por fin adonde debe estar, que es la lectura.

Alba lleva cuarenta y cuatro años esperando. Podemos esperar un poco más.

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