El Ministerio de Cultura ha concedido el Premio Nacional de Fotografía 2026 a Vari Caramés (Ferrol, 1953). El fallo se hizo público el 13 de octubre de 2026 y el galardón está dotado con 30.000 euros. Reconoce a un fotógrafo que lleva más de cuatro décadas exponiendo, desde su primera muestra en 1980.
El jurado ha destacado «la vigencia y contemporaneidad de su trabajo», su aportación a la fotografía artística y su contribución a la renovación cultural gallega desde los años ochenta. También ha valorado que ampliara las posibilidades expresivas del medio con manchas, reflejos y desenfoques que acercaron la fotografía a la abstracción pictórica, y que mantenga una poética visual y un universo reconocibles a lo largo de toda su trayectoria.
El tribunal ha estado presidido por Ángeles Albert, directora general de Patrimonio Cultural y Bellas Artes, con Jesús Carrillo Castillo, subdirector general de Artes Visuales y Creación Contemporánea, como vicepresidente. Como vocales han participado Carmela García, Premio Nacional de Fotografía 2025, Ane Abalde Amezaga, Santiago Olmo, Alicia Palacios Ferri, Bernardo Riego Amézaga, Juan María Rodríguez Caparrós, Valentín Roma Serrano y Nerea Ubieto.
Caramés se suma a una lista de premiados en la que figuran Laia Abril, Cristóbal Hara, Pilar Aymerich, Ana Teresa Ortega, Montserrat Soto y Leopoldo Pomés. La edición anterior recayó en Carmela García, que este año ha formado parte del jurado que ha elegido a su sucesor.
Es un premio a una obra larga y poco ruidosa. Caramés no ha perseguido nunca las modas ni las tendencias, ha trabajado casi siempre desde Galicia y ha construido, serie a serie, un mundo de imágenes borrosas, esfumadas y a menudo ambiguas, en las que importa más la atmósfera que el dato.
La reacción del premiado, sin solemnidad
Tras conocer el fallo, el fotógrafo ha hablado de «sorpresa» y de «emoción». Ha explicado que ni siquiera sabía cuándo se resolvía el premio y que la llamada del Ministerio le llegó mientras estaba en el banco. Ha añadido que el ministro todavía no lo había telefoneado y ha admitido, con humor, que los 30.000 euros le vendrán estupendamente.
Ha dicho también que nunca ha aspirado a ganar premios, aunque reconoce que este supone un respaldo a su trayectoria. Y ha tenido un recuerdo para su mujer, Ángeles, fallecida hace siete años, que le aseguraba que algún día recibiría esta distinción. Él no lo tenía tan claro, pero ha dedicado el premio a ella.
En sus declaraciones a la prensa ha hablado además de la inteligencia artificial. Le tiene mucho miedo por sus usos fraudulentos, y lo ha contado después de sufrir ese mismo día un ataque informático contra su cuenta bancaria. Aun así, sostiene que puede tener cabida en el cine o en la fotografía si se emplea con rigor, honestidad y verdad, y para crear belleza.
Sobre las manifestaciones por el acceso a la vivienda ha dicho que está a favor, pero que no se ve fotografiándolas porque no tiene vocación de fotoperiodista. Recordó que rechazó el encargo, bien remunerado, de una revista alemana para documentar las consecuencias del desastre del Prestige en Galicia. Lo resumió con una frase corta: «Mi alma no me lo permite».
Preguntado por el desenfoque, que el jurado ha señalado como uno de sus rasgos, ha matizado que no siempre es una decisión premeditada. Le interesan los errores y las dudas porque quien se equivoca es que lo ha intentado, y cree que algunas imágenes aparecen por sorpresa y tienen una magia que una fotografía técnicamente perfecta puede perder.
Esa respuesta resume bien su manera de entender el oficio.

De Ferrol a A Coruña con una Voigtländer
Para entender el premio hay que empezar por Ferrol, donde Vari Caramés nació en 1953. Su nombre completo, según los registros de autoridad, es Evaristo Caramés Medín, y Vari es el apodo con el que firma desde siempre.
A los nueve años se trasladó con su familia a A Coruña, la ciudad en la que vive y trabaja y a la que ha dedicado buena parte de su obra. Su padre era un artista aficionado. Pintaba, dibujaba y trabajaba el hierro forjado, y cuando el chico tenía quince años le regaló una cámara Voigtländer totalmente manual con un propósito muy concreto: que fotografiara sus cuadros, sus dibujos y sus piezas de forja.
Aquella cámara fue, por tanto, una herramienta de archivo antes que un instrumento de creación. Caramés la usó más tarde de otra manera. Estudió Arquitectura Técnica, una carrera que nunca terminó, y empleó la fotografía como «chuleta» para sus ejercicios de dibujo, a modo de apuntes.
No hubo escuela de fotografía ni maestro. Él mismo se define como autodidacta, y su currículum lo resume con una frase que se ha repetido en catálogos y notas de prensa: nunca pretendió vivir de la fotografía y ahora no puede vivir sin ella.
Esa frase es menos anecdótica de lo que parece. Explica por qué su obra nunca se ha plegado a un encargo, a una moda ni a una escuela, y por qué conserva la libertad de quien fotografía por necesidad personal.
Su manera de hablar de sí mismo es igual de directa. Se considera más intuitivo que intelectual, cree que el azar es más emocionante que la certeza, opina que al mundo de hoy le falta poesía y defiende que la tecnología no debería poder con las emociones. Usa el blanco y negro y el color indistintamente.
Los años ochenta, entre Coruña y Vigo
El jurado habla de renovación cultural gallega desde los años ochenta, y es en esa década cuando Caramés se da a conocer. Empezó a exponer en 1980 en A Coruña, en O Patacón. Ese mismo año había arrancado, según el currículum del propio autor, el universo fotográfico que desarrollaría en las décadas siguientes.
Durante los primeros años ochenta su nombre aparece en la escena fotográfica coruñesa. Participó en las dos primeras ediciones de Novos fotógrafos coruñeses (1982-83 y 1984) y expuso en el Ateneo de A Coruña en 1985. En 1984 presentó obra en la Fotogalería Cuartoscuro de Ferrol y en 1986 en la Sociedade Fotográfica coruñesa.
En esa década ganó además sus primeros premios. En 1982 obtuvo el primer premio del concurso de las Galerías O Facho, en A Coruña, y en 1987 recibió el tercer premio del concurso Caminos de Hierro de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles.
Aquel certamen del ferrocarril le acompañaría durante años. Fue finalista en 1994, 1996 y 1999, y de nuevo finalista y accésit en 2011. No es un dato menor, porque las estaciones de tren figuran entre sus motivos más frecuentes, junto al mar, el puerto, la calle y la gente que se detiene un momento.
En 1986 fue invitado a la segunda edición de la Fotobienal de Vigo, dentro del proyecto Vigovisións. Seis fotógrafos de distintos países debían retratar la ciudad durante una semana, y Caramés fue uno de ellos. De esa experiencia procede su serie sobre La movida viguesa, una de las primeras que se recuerdan de su obra.
En 1988 llegó a Barcelona con una exposición en el Espai Fotogràfic Maple Syrup y mostró en A Coruña Coruña by night, en la galería Grupo-Orzán. Aquella serie nocturna sobre su ciudad siguió presente después en su cabeza: décadas más tarde la evocó como uno de los vagones del tren en el que viajan sus series.
En 1989 su trabajo cruzó dos fronteras. Expuso en la Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes de Madrid y participó en A Viaxe, una muestra en la sala Os Peiraos de Vigo que lo reunió con el fotógrafo francés Bernard Plossu y con el portugués Albano da Silva Pereira. Ese mismo año el Centro de Estudos Fotográficos de Vigo publicó su libro Álbum.
Las comparaciones con Plossu han sido frecuentes en la crítica, y por eso el comisario Miguel Fernández-Cid advirtió años después contra la tentación fácil de encasillarlo en una estética pictorialista o de forzar esa conexión.
Los vínculos con Portugal se fueron estrechando. Expuso en Coimbra en 1986, en los Encontros Fotográficos de Braga en 1991 y en Lisboa en 1995, y su obra se conserva hoy en el Centro de Estudos Fotográficos de Braga y en el Centro Português de Fotografia de Oporto.
Castelos, Compostela y la mirada animal
En 1992 el Centro de Estudos Fotográficos de Vigo le concedió una beca para un proyecto que daría una de sus series más conocidas de esa etapa, Torres e Castelos de Galicia. Una selección de esas imágenes se mostró en la V Fotobienal de Vigo con el título Castelos en Galicia, y el Consello da Cultura Galega publicó el libro en 1994.
Los castillos de Caramés no son una crónica de patrimonio. Aparecen entre la niebla, como él mismo recordaría después en uno de sus textos, y comparten el espacio con otra de sus obsesiones geográficas, una Compostela que describe como eternamente húmeda.
A mediados de los noventa llegó Visión animal, otra de las series de esa época. Se presentó en 1996 en la Casa da Parra de Santiago, con libro del mismo título, y en 1997 viajó al Círculo de Bellas Artes de Madrid y al Centro Torrente Ballester de Ferrol. Un año después se vio en Tarazona Foto.
Según la descripción que acompañó la gran retrospectiva de Bilbao, todas las series de los ochenta y los noventa tienen en común tres rasgos: el blanco y negro, la pequeña escala y el interés por recrear lo cotidiano buscando una atemporalidad. Para conseguirla, Caramés elude las visiones frontales, busca efectos en apariencia azarosos y vira a veces las imágenes hacia tonos sepia.
La crítica fue reconociendo esa singularidad. En 1991 participó en 20 años de fotografía española contemporánea. Proyecto 4 direcciones, en el Museo Reina Sofía, una muestra que después recorrió América y Europa, y que en 1994 llegó a The Photographer’s Gallery de Londres. Entre 1995 y 1998 su obra formó parte de Fotografía española contemporánea. Un paseo por los 90, que viajó por Lisboa, Atenas, Varsovia, Bremen, Utrecht, Manchester y Roma.
En 1999 figuró en Le flou et la modernité, una exposición del Festival Internacional de Fotografía de Arlés dedicada precisamente a lo borroso. Era la confirmación de que su desenfoque no era un accidente, sino una tradición con voz propia.
Entre tanto, Ferrol ocupaba un lugar propio en su trabajo. En 1996 expuso Ferrol nada que ver y en 1997 Pegadas, ambas en la Galería Sargadelos de su ciudad natal.
El color llega a la máquina del tren
Hasta los años 2000, Caramés trabajó en exclusiva en blanco y negro. La serie Color, fechada en el año 2000 y presentada ese año en la Galería Trinta de Santiago, marcó el primer cambio de rumbo importante.
El autor explicó el paso con una metáfora de tren. Escribió que dentro del blanco y negro hay color, y dentro del color también hay blanco y negro, y que el proyecto había empezado a gestarse años atrás como una reflexión personal, casi como una terapia. Necesitaba respirar y convencerse de que podía seguir viajando por sus mundos con la misma máquina.
Para él, el color era un vagón más del mismo tren en el que también viajan sus animales, sus nadadores, su Coruña by night, sus castillos entre la niebla, su Compostela, sus viajes, su familia y sus amigos. Los vagones, insistió, no son compartimentos estancos: se comunican entre sí.
En el paso de los noventa a los dos mil, según la descripción del comisario, mantiene la estética de los tonos medios y de los efectos pictóricos, amplía la escala, desteje los colores y consigue efectos seductores. Cambia también los soportes, para forzar los resultados plásticos.
Ese año de 2000 llevó su obra a Buenos Aires y Montevideo, con una exposición del Festival Internacional de la Luz. También ganó la cuarta edición del Premio Luis Ksado de la Diputación de A Coruña, tras haber sido finalista en las dos primeras convocatorias.
La retrospectiva del CGAC y las catedrales
En 2001 el Centro Galego de Arte Contemporánea de Santiago le dedicó una gran retrospectiva. Fue la primera de las grandes miradas de conjunto a su obra, y quedó recogida en un catálogo.
El mismo año se publicó una monografía suya dentro de la colección Photobolsillo, en la serie Biblioteca de Fotógrafos Españoles de La Fábrica, una de las colecciones de referencia para dar a conocer a autores españoles.
También en 2001 presentó En la catedral, un proyecto que se expuso en el Palacio de Montehermoso de Vitoria-Gasteiz y que se editó como libro con la Fundación Catedral de Santa María. Al año siguiente continuó viajando, con paradas en León, Sevilla y Santiago. En 2004 se vio en el Instituto Cervantes de Lisboa, junto a las imágenes de José Manuel Navia, en una muestra a dos voces.
Esos años fueron de máxima intensidad. Entre 2002 y 2005 participó en ferias como ARCO y Art Chicago con la Galería Trinta, y sus imágenes se vieron en espacios de Madrid, Barcelona, Valencia, Toledo, Cartagena, Tarragona y otras ciudades.
Miraxes, Tránsito, Escenarios y Recreo
La primera década del siglo estuvo marcada por cuatro series de color que han quedado como sus hitos de madurez.
Miraxes (2003) es la más antigua de ellas. Luis Rei Núñez escribió para la serie un texto que cita a Mallarmé y que describe las fotografías de Caramés como aproximaciones a un secreto, hechas de nada, pero convertidas en radiografías del alma. Se expuso en el Centro Cultural Torrente Ballester de Ferrol y en la Galería Trinta, y el Concello de Ferrol publicó un libro.
Tránsito (2004) es una serie de imágenes que el propio autor define como acuareladas y ambiguas, hechas en viajes «exteriores-interiores» por lugares próximos y cotidianos, en una frontera entre la realidad y la fantasía. La invitación que dejó escrita es expresiva: dejar los prejuicios en el perchero, ponerse una copa, un poco de jazz, y flotar. Se mostró en 2004 en La Llotgeta de Valencia, con libro de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, y después en A Coruña, Madrid y Palma de Mallorca.
Escenarios (2007) se abre con una cita de Tom Waits sobre lo feo que es el mundo entre bastidores. Caramés la usa para invitar al público a recorrer unos escenarios que no tienen monstruos, situados en la zona de la imaginación, donde habitan el misterio, la sorpresa y la magia. Son lugares fronterizos, espejismos y guiños impresionistas, en color y en blanco y negro, que parecen estar a punto de reconocerse. Se presentó en Vigo y Pontevedra con la Fundación Caixanova, que editó el libro, y viajó a A Coruña, Logroño y Murcia.
Recreo (2008) es un homenaje a la infancia. El autor lo describe como un columpio para volver a ella, un espacio nebuloso y abstracto en el que el protagonista siempre es el juego y los niños. Cita a Rilke, para quien la patria es la infancia, y a Benedetti, y propone al espectador bajar por el tobogán y seguir siendo niño unas horas más. Se estrenó en la Galería SCQ de Santiago de Compostela, que también publicó el libro.
Cada una de estas series abre una vía distinta, pero todas comparten el mismo procedimiento: lo reconocible se vuelve incierto, y esa incertidumbre es el motivo de la imagen. Es el terreno de las manchas, los reflejos y los desenfoques que ha señalado el jurado.
Nadar, el agua como material
Nadar es probablemente la serie más identificable de Caramés, y también una de las que tuvieron una vida más larga. Las tomas se hicieron en la segunda mitad de los años ochenta. Una primera edición apareció en 1997 como el número 10 de la colección Lo Mínimo, de la editorial murciana Mestizo.
En 2010 el autor volvió sobre aquellos negativos. Los digitalizó y preparó copias en un formato mayor, en el que cobra más protagonismo la trama de la imagen. Presentó entonces la serie en la Galería Ana Vilaseco de A Coruña, con libro editado por la propia galería, y años después se vio en la Sala Ufca de Algeciras, en 2013.
En esas imágenes hay cuerpos que flotan, luces que se disuelven en el agua y reflejos que se escapan. El comisario Miguel Fernández-Cid dio al conjunto un lugar aparte dentro de la trayectoria del autor. Luis Rei Núñez escribió que nadar, según cree ver en las miradas de Vari, es el mejor medio para escribir en el agua.
La natación aparece, de hecho, como una forma de relacionarse con el mundo de modo fluido y relajado. Para la retrospectiva de Madrid en 2022 Caramés creó un vídeo pensado para estimular un estado meditativo en el visitante, que se proyectó en la cuba del edificio de la sala.
Pasatiempo y el jardín de los trece años
Pasatiempo (2013) es una serie más personal todavía. El autor la presenta como una reflexión sobre el paso del tiempo, una visión otoñal y crepuscular, una manera de hablar del deterioro, de la madurez y de la fragilidad del ser humano, y de uno mismo.
Para construirla utilizó como escenario un jardín romántico, algo ingenuo, castigado por el olvido. Caramés lo visitó por primera vez con trece años, y la serie reconstruye ese deslumbramiento a través de una película en súper 8, en la que él avanza con su tomavistas como un niño perdido en un sueño.
Las fotografías de formato cuadrado completan el proyecto. Las hizo con una vieja cámara Brownie Kodak, elegida para reforzar una sensación atemporal. El autor habla de una indefinida definición, de una textura propia.
Al presentarla se acordó de un autor al que admira, el fotógrafo húngaro André Kertész, y escribió que, igual que él, usa la cámara como una herramienta para dar sentido a todo lo que le rodea.
Pasatiempo se publicó como una caja con once fotografías de 29 por 25 centímetros y un DVD con la película, montada por Ángel Rueda. Se editaron únicamente 30 ejemplares numerados y firmados. La serie se vio en la Galería Trinta de Santiago en 2013 y en el Centro de Fotografía Contemporánea de Bilbao en 2015.
El premio Pilar Citoler y la monografía de 2015
En 2013 Caramés ganó la séptima edición del Premio Bienal Internacional de Fotografía Contemporánea Pilar Citoler. El certamen lo convoca la Universidad de Córdoba, con el apoyo de la coleccionista que le da nombre, y había celebrado su primera edición en 2006.
Como ganador de la edición anterior formó parte del jurado de la siguiente convocatoria, la octava, junto a la propia Pilar Citoler, Moisés Pérez de Albéniz, Pablo Julià, Pablo Rabasco, Jesús Micó y Alfonso de la Torre.
El premio vino acompañado de una monografía publicada en 2015 que repasa toda su carrera, con textos de Alfonso de la Torre, Miguel Fernández-Cid y Anxela Caramés. En 2016 la exposición Vari Caramés. Ventana a lo insólito se montó en la Sala Vimcorsa de Córdoba como parte del premio, y después recorrió Ferrol, en Afundación, y Santiago de Compostela, en 2017.
Aquel año de 2016 fue de gran actividad. Expuso también Meninas de Vari en el Centro Torrente Ballester de Ferrol, con libro del mismo nombre, y Correos en la Sala Sal de A Coruña. En 2017 mostró Versos sueltos en el Pazo Torrado de Cambados.
El título de esa última muestra remite a una expresión que usa el autor para referirse a las fotografías que no cabían en ninguna serie y que funcionan como eslabones intermedios dentro del conjunto de su obra.
Lugares, o la línea entre realidad y memoria
En 2018 llegó Lugares, que la propia Comunidad de Madrid presentaría años más tarde como su último trabajo. La serie se mostró por primera vez ese año en la Galería Trinta de Santiago de Compostela, que acogió también la presentación del fotolibro del mismo nombre, publicado por Fabulatorio.
El libro reúne imágenes que hacen referencia al mundo de los recuerdos y a la estrecha línea que separa realidad y memoria. Incluye un ensayo de Miguel Fernández-Cid y un texto breve del propio fotógrafo. Su diseño, obra del estudio gallego Desescribir, recibió un LAUS de Oro, que conceden la ADG-FAD, la asociación de directores de arte y diseñadores gráficos.
Entre el 10 de julio y el 27 de octubre de 2019 se mostró en la sala principal de la Fundación Luis Seoane, en A Coruña, con un conjunto de treinta fotografías en color. Son lugares reales e imaginados a la vez, escenarios en los que quizá el artista nunca estuvo y que, como viene siendo habitual en su obra, transmiten una sensación de familiaridad y de déjà vu.
La Fundación Luis Seoane lo ha descrito como uno de los nombres fundamentales de la fotografía contemporánea en Galicia.
Algo, nada, siempre, la gran retrospectiva de Madrid
La Sala Canal de Isabel II de Madrid acogió del 10 de febrero al 24 de abril de 2022 Algo, nada, siempre, la mayor muestra monográfica dedicada a Caramés. Con entrada gratuita, estaba comisariada por Blanca Berlín y Nerea Ubieto.
El título organiza la exposición en tres conceptos abiertos. «Algo» remite a su capacidad de rescatar lo insospechado de la realidad común. «Nada» es lo superfluo de lo que se desprende para plasmar la esencia. «Siempre» alude a su afán por captar la atemporalidad en los fenómenos corrientes.
El recorrido incluía la obra en blanco y negro que produjo hasta los años 2000, sus retratos, bodegones, paisajes y fotografías de calle, y las series Nadar, Tránsito, Color, Escenarios, Miraxes, Recreo, Pasatiempo y Lugares. Entre las imágenes con las que se difundió figuraban Un cortao (1985) y Escaleira (1999), de la colección de la Fundación Foto Colectania, además de La solana (1989) y Vía (2013).
Para la ocasión se editó un catálogo bilingüe, en español e inglés, con textos de las comisarias y de especialistas como Pepe Font de Mora y Alejandro Castellote. La consejera de Cultura de la Comunidad de Madrid, Marta Rivera de la Cruz, lo definió como un referente y un clásico de la fotografía española.
Esa muestra es la que mejor permite ver hasta qué punto una trayectoria dispersa en series responde a un único modo de mirar. Cuatro años después, el Premio Nacional llega a una obra que aquella exposición ya había puesto en primer plano.
Bosque animado, un homenaje compartido
La publicación más reciente de Caramés es Bosque animado (2024), un fotolibro editado por Fabulatorio. Es un paseo por la Fraga de Cecebre, en A Coruña, el bosque en el que Wenceslao Fernández Flórez se inspiró para su novela El bosque animado.
El texto de presentación del proyecto parte de una conversación. Ángeles le decía que algún día tenían que exponer juntos, y ella respondía con un gesto, que estaba chiflado y que se concentrase en lo suyo. El libro quiere ser un recuerdo y un homenaje a esos momentos en que las luces y los sueños nos rodean y nos susurran, como los árboles de la novela.
La artista Ángeles Sales aparece en el origen de la obra. Pintó una serie titulada Bosque, en la que abrazaba los árboles con papeles, los frotaba con las manos para que quedara la huella de sus cortezas y después los coloreaba con acuarelas. El título del proyecto de Caramés dialoga con ese trabajo: «nuestro bosque animado».
El volumen, de 32 páginas, está en gallego e inglés y su sobrecubierta reproduce una imagen de Sales. La exposición se presentó en la Galería Trinta de Santiago con el nombre Bosque animado (con Ángeles). Ese mismo año mostró Souvenirs en la Galería Moret Art de A Coruña.
Cómo mira y cómo trabaja
El jurado resume su obra en manchas, reflejos y desenfoques. El fotógrafo la explica con otras palabras y con un método propio. Caramés trabaja con una cámara de 35 milímetros y con una disciplina que parece contradecir su fama de azaroso. No le interesa la preparación de la toma ni construir un escenario. Se guía por el azar y juega con los tiempos de exposición, la velocidad de obturación, los enfoques, el movimiento de la cámara y la apertura del diafragma, en una cantidad enorme de fotografías.
Después llega la selección. Descarta una enorme cantidad de material y aprueba unas pocas imágenes. Esa fase es la que explica una de sus ideas más repetidas, la de conseguir «efectos de los defectos». Fernández-Cid señala que, aunque las fotografías parezcan fruto de lo fortuito, hay detrás un profundo conocimiento de la pintura, de la composición, del encuadre y de la temperatura del color.
El comisario resume su convicción en una idea: la fotografía debe nutrirse de la vida y reflejar lo cotidiano, sin buscar el exceso ni propiciarlo con una escenografía o una intención previas. Caramés, dice, no pretende alterar la realidad. Prefiere mostrar detalles, rincones y reflejos cargados de energía, lugares y momentos en los que algo acaba de pasar o está a punto de ocurrir. Sus imágenes hablan bajito, pero con alta fidelidad.
Los referentes que él mismo reconoce son los fotógrafos clásicos, sobre todo norteamericanos y centroeuropeos: Alfred Stieglitz, Paul Strand, Robert Frank, Walker Evans, André Kertész y Mario Giacomelli. Añade las fotografías de Jacques Henri Lartigue y, entre los españoles, a Gabriel Cualladó, Humberto Rivas, Ramón Masat, Baylón y Javier Campano.
Hay otra constante en su manera de mirar, que es la ventana. Según una de las semblanzas publicadas sobre él, la ventana, casi siempre imaginaria, funciona como símbolo de mirar y analizar, de ver el mundo a través de algo inconcreto. No es casual que una de sus exposiciones se titulara Ventana a lo insólito y que impartiera en 2015 en el Centro de Fotografía Contemporánea de Bilbao un taller titulado Desde mi ventana.
Esa cercanía con el desenfoque nace, además, de su propia vista. Caramés ha confesado su miopía y ha dicho que, a veces, es un placer no ver del todo, porque esas imágenes algo difusas son sus favoritas.
Todo lo anterior encaja con el único adjetivo que se repite en casi todo lo que se ha escrito sobre él: poético. Caramés convierte lo ordinario en extraordinario, evoca y sugiere sin explicar, y trata de que el espectador complete la imagen con su propia memoria.
Más de 200 exposiciones ya en 2012
Cuando Sala Rekalde, en Bilbao, presentó en 2012 la retrospectiva Ritmo mareiro, 1980-2012, contabilizaba más de 200 exposiciones entre individuales y colectivas desde mediados de los ochenta, además de su presencia como ponente, jurado y fotógrafo en numerosos talleres y congresos.
Aquella muestra se celebró entre el 20 de abril y el 8 de julio de 2012, con más de 150 fotografías y con Miguel Fernández-Cid como comisario. Era la primera vez que su obra se veía en el País Vasco. Después pasó por A Coruña, en el Kiosko Alfonso, y se publicó un libro con textos del comisario y de Carlos Negreira, editado por Ediciones del Limón.
En 2012 y 2013 colaboró además con la Fundación Gonzalo Torrente Ballester. Su serie Las ciudades de Gonzalo Torrente Ballester se mostró en Santiago y quedó recogida en un libro de la fundación, y sus imágenes formaron parte de Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester, una exposición itinerante que pasó, entre otras sedes, por el Instituto Cervantes de Manila y de Bremen y por la Universidad de Albany, en Nueva York.
Su obra ha estado presente además en festivales y ferias de referencia. Estuvo en PHotoEspaña en varias ediciones, entre ellas la de 2013 con Derivas en la Galería Astarté, y expuso con galerías en ARCO, Paris Photo en el Grand Palais, Estampa, Art Élysées en París y Art Chicago.
Sus galerías de referencia, según su propio currículum, son Trinta, en Santiago de Compostela, Rocío Santacruz y Blanca Berlín.
Premios, becas y una pintura con premio
El Nacional llega después de otros reconocimientos. Además de los ya citados, su currículum recoge premios muy distintos. En 1994 ganó el primer premio del concurso Arquitectura Pura y Dura del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia, y en 1993 y 1995 el de la Fundación 10 de Marzo. En 1998 obtuvo una mención honorífica en el Korea International Salon of Photography.
En 2006 recibió el Premio Julián Trincado en la IX Mostra Internacional Unión Fenosa, y en 2007 el Premio Fotoxornalismo Coruña. En 2011 consiguió la Beca Endesa de Artes Plásticas, de la Diputación de Teruel y la Fundación Endesa, que dio lugar a una serie sobre esa provincia.
Su currículum recoge además dos premios en certámenes de pintura, un segundo premio en el VI Salón de Outono, de la Real Academia Galega de Belas Artes, en 2006, y el primer premio del 27 Certame de Pintura del Concello de Cambre en 2010. Es un dato que ilumina una frase suya publicada en el catálogo de Madrid: no se ve del todo como fotógrafo ni como pintor ni como artista, sino en un punto intermedio que le entretiene.
Colecciones
Su obra forma parte de las colecciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Centro Galego de Arte Contemporánea, el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la Fundación Foto Colectania de Barcelona, el IVAM de Valencia (en la colección de Gabriel Cualladó), la Fundación Ayuntamiento de Alcobendas y el Centro de Estudos Fotográficos de Braga.
Figura también en la Fundación Barrié, en la Fundación Vila Casas, en la Colección Norte, en la colección de Pilar Citoler, en la de DKV Seguros, en la Fundación Caixa Galicia, en el Museo Provincial de Lugo y en la Colección Gobierno de Cantabria, entre otras, además de en colecciones privadas de Europa y de Estados Unidos.
Una presencia constante en la fotografía gallega
La contribución a la renovación cultural gallega que menciona el jurado no se limita a su obra. Caramés ha sido también organizador, comisario, jurado y docente.
Coordinó el premio Fototraballo de la Fundación Nortempo en 2007, 2009 y 2011 y comisarió en 2013 la exposición Fototraballo 07-09-11 en el Museo do Pobo Galego. En 2007 comisarió Nada que ver en la Casa da Parra de Santiago y en 2002 la muestra itinerante Imaxes maiores, de Caixa Galicia.
Formó parte del jurado de la FotoBienal de Vigo en 1998, del Premio Luis Ksado en 2002 y del segundo Premio Galicia de Fotografía Contemporánea, en el Outono Fotográfico de Ourense, en 2014.
Ha impartido talleres y charlas en Braga, Bilbao, Granada, Logroño, Menorca, Albarracín y otros lugares, entre ellos La fotografía, oasis emocional, que dio en 2011 en los Encontros da Imagem de Braga y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En 2016 presentó en OnPhoto Soria una ponencia titulada Ventana a lo insólito.
Todo ello le ha situado en el centro de una red de fotógrafos, galerías y festivales que fue ganando peso desde los años ochenta, en ciudades como A Coruña, Vigo, Ferrol, Santiago u Ourense.
Una obra vigente
La «vigencia y contemporaneidad» que destaca el jurado se apoya en una actividad que no ha disminuido en los últimos años. En 2025 expuso Lugar outro junto a José Cruzio en el Museo Nogueira da Silva, participó en El futuro será prehistórico en la Galería Manolo Eirín de Carballo y en El eco de los pasos en la Twin Gallery, dentro de PHotoEspaña.
En 2026 su obra figura en la muestra de la colección del Museo Reina Sofía Colección Arte Contemporáneo 1975 – Presente, en El deber de lo nuevo, de la colección Afundación en diálogo con el MAC, que se ha visto en el Centro Conde Duque de Madrid, y en As Estacións do Ano na Arte Galega dos séculos XX e XXI, en el Museo Centro Gaiás. Participa también en Ananím, el tributo al poeta Eduardo González Ananím en el Museo Provincial de Lugo.
Con el Premio Nacional, el nombre de Caramés queda ligado a una obra que lleva cuatro décadas diciendo lo mismo con voz muy baja. Su fotografía no explica, evoca, y reclama de quien mira una cierta paciencia.
Es un reconocimiento a la perseverancia de un autor que nunca quiso vivir de la fotografía y que acabó viviendo para ella, y a un modo de entender la imagen, el de dejar que el error, la duda y el azar también cuenten.