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El autorretrato que Van Gogh pintó con la herida todavía abierta sale de su escondite

La Fondation Louis Vuitton expondrá desde el 9 de octubre el Autorretrato con la oreja vendada y pipa, un cuadro que no se presta desde 1990 y que no se ve en Francia desde 1937

Autorretrato de Van Gogh

Hay cuadros célebres que casi nadie ha visto. El Autorretrato con la oreja vendada y pipa que Vincent van Gogh pintó en Arlés en enero de 1889 es uno de ellos: reproducido en manuales, camisetas y portadas durante más de un siglo, pero fuera del circuito de las exposiciones desde hace treinta y cinco años y ausente de Francia desde 1937.

Eso cambiará el próximo 9 de octubre. La Fondation Louis Vuitton ha confirmado que la pintura será una de las piezas centrales de Gustave Fayet, coleccionista y creador. Iconos del arte moderno, la muestra que ocupará todo el edificio del Bois de Boulogne hasta el 8 de marzo de 2027.

Los prestadores han pedido permanecer en el anonimato, aunque su identidad no es un secreto para el mundo del arte: son los herederos del naviero griego Stavros Niarchos, fallecido en 1996, entre ellos su hijo mayor Philip. El valor asegurado no se ha hecho público, pero las estimaciones que circulan lo sitúan entre 200 y 300 millones de dólares.

Durante décadas, el cuadro solo pudo verse de forma intermitente colgado entre los fondos del Kunsthaus de Zúrich. Las peticiones de préstamo se acumularon y se fueron rechazando una tras otra. La última vez que viajó a una exposición temporal fue en 1990.

Tres semanas después

Van Gogh se cortó buena parte de una oreja en Arlés la noche del 23 de diciembre de 1888, tras una discusión con Paul Gauguin, que compartía con él la Casa Amarilla. La herida fue grave, pero la recuperación aparente resultó rápida: el 7 de enero de 1889 salió del hospital.

Diez días más tarde escribía a su hermano Theo que había vuelto al trabajo y que ya tenía tres estudios hechos en el taller. Dos de ellos eran autorretratos. El otro, un bodegón.

Lo desconcertante no es que volviera a pintar tan pronto, sino lo que decidió pintar. Podía haberse limitado a las naturalezas muertas. Podía haberse retratado desde el otro perfil. En lugar de eso giró la cabeza para que el vendaje quedara en primer plano, exactamente donde el espectador no puede dejar de mirarlo.

Nadie sabe qué buscaba con ello. La hipótesis más extendida entre los especialistas es que se trató de un intento de asimilar lo ocurrido. En las cartas apenas fue capaz de escribir sobre la automutilación; quizá pudo enfrentarse a ella por la vía de la pintura.

Dos cuadros, un mismo vendaje

Los dos autorretratos de aquellos días se pintaron con uno o dos días de diferencia y se confunden con frecuencia en la prensa generalista. El más conocido está en la Courtauld Gallery de Londres. El otro, el que ahora viaja a París, mide 49,5 por 44,2 centímetros y se distingue por dos cosas: la pipa y el fondo.

Ese fondo está partido en dos franjas, naranja y roja, y la línea divisoria cae justo a la altura de los ojos, lo que refuerza la frontalidad de la mirada. El abrigo verde, complementario del rojo, hace que la superficie entera vibre.

La pipa es el otro rasgo insólito. Van Gogh rara vez se retrató fumando, aunque el tabaco le acompañó siempre como forma de consuelo. Tres meses después de terminar el cuadro le escribía a su hermana Wil, citando a Dickens, que cada día tomaba el remedio contra el suicidio recomendado por el novelista: un vaso de vino, pan con queso y una pipa.

Otro detalle llama la atención en las dos telas. El pintor aparece afeitado, o casi, algo excepcional en una serie de treinta y cinco autorretratos pintados en los que casi siempre luce barba. Es probable que lo afeitaran en el hospital y que el vello no hubiera vuelto a crecer del todo. La barba ligeramente más corta en la versión de la colección privada sugiere que se pintó antes que la de la Courtauld.

Un guiño a Courbet

Hay un antecedente que hasta ahora ha pasado casi inadvertido. Un mes antes de pintar estos autorretratos, Van Gogh había visitado con Gauguin el Musée Fabre de Montpellier, donde admiró especialmente los Courbet de la colección. Entre ellos había un autorretrato del pintor de Ornans fumando en pipa.

Ambas obras compartieron durante años el mismo título en francés, L’Homme à la pipe. Los estilos no pueden ser más distintos, pero la coincidencia de motivo, tan cercana en el tiempo, resulta difícil de atribuir al azar.

La primera vez que Van Gogh se vio impreso

El cuadro tiene además un lugar propio en la historia de la fama póstuma del pintor. En julio de 1893, tres años después de su muerte, fue la obra elegida para representarlo en Les Portraits du prochain siècle, una exposición celebrada en la galería parisina de Le Barc de Boutteville.

La muestra apenas tuvo eco en la prensa, salvo un artículo extenso en la Revue Encyclopédique firmado por el poeta Paul Napoléon Roinard, que se declaró impresionado por la yuxtaposición de los colores. Aquel texto incluía una fotografía del lienzo: la primera reproducción de una pintura de Van Gogh publicada en un medio impreso.

Esa imagen en blanco y negro permite hoy comparaciones curiosas. En 1893 los reflejos del abrigo parecen más marcados y el humo de la pipa más denso que en el estado actual de la obra, aunque parte de esas diferencias pueden deberse a las limitaciones técnicas de la fotografía de la época.

Del taller de Arlés a la abadía de Fontfroide

Van Gogh dejó el cuadro en Arlés cuando en mayo de 1889 ingresó en el manicomio de Saint-Rémy-de-Provence. Acabó en manos del pintor Émile Schuffenecker, uno de los primeros coleccionistas serios de su obra, que llegó a hacer una copia a la tiza del autorretrato, hoy en el Van Gogh Museum de Ámsterdam y expuesta una sola vez, en 2016.

En 1902 Schuffenecker se lo vendió a Gustave Fayet por 3.000 francos, unos 580 dólares de entonces. En una carta inédita escrita poco antes de la venta explicaba que se desprendía de la obra por una necesidad pasajera de dinero y lamentaba perder un cuadro que, más allá de su belleza, le recordaba al Van Gogh que había conocido en persona.

Fayet, que llegó a reunir dieciséis pinturas de Van Gogh, lo conservó hasta su muerte en 1925. Después pasó al marchante parisino Paul Rosenberg, que en marzo de 1939, en vísperas de la guerra, lo envió en préstamo breve a un destino inesperado: el Museo del Príncipe Pablo de Belgrado.

El expolio y el regreso

Tras la ocupación alemana de Francia en 1940, Rosenberg, de origen judío, escondió el cuadro en la cámara acorazada de un banco de Libourne, cerca de Burdeos. No sirvió de nada. En 1941 fue incautado por un comando nazi y trasladado a París, donde lo adquirió Hermann Göring.

En 1942 se envió a un abogado suizo que actuaba en representación de los intereses del mariscal del Reich. Documentos británicos desclasificados recogen que la pieza cruzó la frontera oculta en valija diplomática alemana. Se recuperó en Zúrich en 1945 y en 1948 fue restituida a Rosenberg, razón por la cual el cuadro no está sujeto hoy a ninguna reclamación pendiente.

Después vinieron los coleccionistas estadounidenses. El publicista neoyorquino Albert Lasker lo tuvo brevemente y en 1949 pasó al industrial del acero de Chicago Leigh Block y a su esposa Mary, que lo colgaron sobre la chimenea del salón de su apartamento. Hubo esperanzas de que acabara donado al Art Institute de Chicago. No ocurrió.

Block lo vendió a mediados de los años setenta. El marchante londinense Martin Summers, que intervino en la operación, contó que Niarchos escuchó el precio durante un almuerzo, entre dos y tres millones de dólares, no volvió a mencionar el asunto en toda la comida y al despedirse soltó que se lo quedaba. El naviero lo hacía trasladar en helicóptero a su chalé de Saint Moritz para sus estancias de invierno.

Solo quedan cuatro autorretratos de Van Gogh en manos privadas, y este es con diferencia el más importante. Si algún día saliera al mercado, batiría casi con seguridad el récord del pintor, en poder de Huerto con cipreses, vendido por 117 millones de dólares en 2022.

Un coleccionista que casi nadie recuerda

La exposición que lo acoge no está dedicada a Van Gogh, sino al hombre que compró el cuadro en 1902. Gustave Fayet, nacido en 1865 y muerto en 1925, fue propietario de un dominio vinícola en el Aude, pintor, ceramista, diseñador de alfombras, telas y papeles pintados, y uno de los primeros defensores de la vanguardia en Francia.

Reunió más de setecientas cuarenta obras, montó en su casa de la calle Bellechasse de París un museo Gauguin particular con cerca de doscientas piezas por el que pasaron Picasso, Matisse e Ivan Morozov, y en 1908 compró la abadía cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona, para convertirla en una obra de arte total. Allí encargó a Odilon Redon los paneles decorativos de la biblioteca.

Fue precisamente la restauración de la abadía una de las razones que le empujaron a vender. Dos Gauguin fueron a parar a Serguéi Shchukin por 47.000 francos en 1908 y siete Cézanne a Charles Pacquement dos años después. Las ventas se concentraron sobre todo entre 1909 y 1912, aunque conservó hasta el final un núcleo de Renoir, Van Gogh y Redon.

Con su muerte, la colección se dispersó por medio mundo y su nombre se fue borrando. La Fondation Louis Vuitton ha necesitado varios años de investigación y el concurso de 64 instituciones internacionales y 71 colecciones privadas para reunir de nuevo más de 250 obras de aquel conjunto, un siglo después.

El resultado son 767 obras y documentos repartidos en veintiocho secciones, con diez pinturas de Van Gogh, setenta y ocho de Gauguin y ochenta y ocho de Redon. Comisaría Sylvie Patry, con Angeline Scherf al frente de la parte dedicada a Fayet creador, y firma la escenografía Robert Carsen.

El diálogo de los dos enemigos

En las salas, el autorretrato de Van Gogh se enfrentará al Autorretrato con paleta que Gauguin pintó en 1898, otra pieza que perteneció a Fayet y que hoy está también en una colección privada. Dos maneras opuestas de entenderse a uno mismo como artista moderno, firmadas por dos hombres cuya convivencia en Arlés terminó de la peor manera posible.

En la misma exposición se reúnen por primera vez en Francia tres obras capitales de Gauguin que pasaron por el círculo de coleccionistas del Midi: El Cristo amarillo, el Retrato del artista con el Cristo amarillo y El calvario bretón. Y se muestran al gran público los paneles El día, La noche y El silencio, que Redon pintó para Fontfroide y que siguen conservados allí.

Queda la pregunta de qué ocurrirá el 8 de marzo de 2027, cuando la muestra cierre. El cuadro es hoy demasiado valioso para colgar de la pared de una casa, de modo que lo más probable es que vuelva a un depósito de máxima seguridad. La ventana de cinco meses que se abre en octubre puede ser, para muchos, la única oportunidad en la vida de ver este cuadro en persona.

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