Hay una fotografía mental que resume bien lo difícil que resulta ordenar la obra de Stephen King. Un profesor de instituto de veintiséis años, con dos hijos pequeños y sin teléfono en casa porque no puede pagarlo, escribe de noche en una máquina Olivetti prestada, sentado en el cuarto de la lavadora de una caravana alquilada en Hermon, Maine. Gana 6.400 dólares al año en la Hampden Academy. En 1973 recibe un telegrama que le comunica que una editorial de Nueva York le pagará 2.500 dólares por su primera novela. Con ese dinero se compra un Ford Pinto de segunda mano.
Cincuenta y dos años después, ese hombre ha publicado más de sesenta novelas, alrededor de doscientos relatos y cinco libros de no ficción. Sus títulos se han traducido a decenas de idiomas y han vendido cientos de millones de ejemplares. Ha recibido la medalla de la National Book Foundation por su contribución a las letras estadounidenses, en 2003, y la Medalla Nacional de las Artes, que le entregó Barack Obama en la Casa Blanca en septiembre de 2015. La discusión sobre si escribe literatura o entretenimiento sigue viva, pero ya solo la mantienen quienes no lo han leído con atención.
Aquella medalla de 2003, por cierto, provocó un pequeño terremoto. El expresidente de Simon & Schuster, Richard Snyder, declaró que por muchos ejemplares que vendiera no se podía llamar literatura a lo que hacía King. Harold Bloom, el crítico más influyente de su generación, reaccionó con una indignación considerable. La propia fundación se sintió obligada a ampliar los motivos del premio, añadiendo a sus méritos como narrador su apoyo a autores jóvenes y sus donaciones a bibliotecas. Dos décadas después, la discusión suena vieja. Escritoras como Mariana Enríquez lo han reivindicado sin complejos y las universidades llevan años dedicándole tesis.
El problema de una lista como esta es la escala. King publica desde 1974 con una regularidad que roza lo obsceno. Hay años en los que sacó tres libros. Hay periodos enteros, como el que va de 1976 a 1986, que escribió bajo un consumo brutal de alcohol y cocaína y de los que apenas conserva recuerdo. Hay una saga de ocho volúmenes, La Torre Oscura, que funciona como columna vertebral de todo lo demás. Hay un seudónimo, Richard Bachman, con su propia bibliografía. Y hay novelas cortas, como Cadena perpetua o El cuerpo, que están entre lo mejor que ha firmado pero que no son novelas.
Los criterios de esta selección son tres. Primero, que se trate de novelas propiamente dichas, lo que deja fuera los relatos y las cuatro piezas de Las cuatro estaciones. Segundo, que resistan la relectura décadas después, no solo el recuerdo de la primera lectura adolescente. Y tercero, que aporten algo que ningún otro libro suyo aporte, para evitar que la lista se convierta en un desfile de variaciones sobre el mismo pueblo de Maine.
El resultado se ordena de menos a más. Empieza en 1974, con una chica cubierta de sangre de cerdo en un gimnasio de instituto, y termina en 1986, con siete niños bajando a las alcantarillas de una ciudad que se come a sus hijos.
10. Carrie, 1974
Todo empezó con tres folios en la papelera.
King quería escribir un relato para la revista masculina Cavalier, después de que un amigo lo desafiara a construir un personaje femenino convincente. Se le habían cruzado dos ideas sin relación aparente. Una era el recuerdo de las duchas del instituto donde trabajaba, sin cortinas, sin intimidad, un espacio diseñado para la humillación. La otra procedía de un artículo de la revista Life que relacionaba los fenómenos de tipo poltergeist con chicas adolescentes.
Escribió tres páginas a un espacio y las tiró arrugadas a la basura. Le pareció que no sabía nada sobre chicas de instituto y que la historia no iba a ninguna parte. Su mujer, Tabitha, vació la papelera al día siguiente, vio el papel arrugado y cubierto de ceniza de cigarrillo, lo alisó y lo leyó. Después le dijo que aquello tenía algo y que, si él no sabía escribir desde el punto de vista de una chica, ella le ayudaría.
Para acabar de darle forma al personaje, King recurrió a la memoria. Recordó a dos compañeras de su propia adolescencia, una que llevaba siempre el mismo vestido porque su familia no podía comprarle otro y otra criada en un ambiente religioso asfixiante. De la fusión de las dos nació Carrietta White.
Doubleday compró los derechos en 1973. El editor Bill Thompson envió un telegrama con la noticia, porque los King habían tenido que dar de baja la línea telefónica para ahorrar. El libro llegó a las librerías el 5 de abril de 1974 con una tirada de 30.000 ejemplares. Se vendieron unos 13.000. Parecía un fracaso digno. Meses después, New American Library compró los derechos de bolsillo por 400.000 dólares, cantidad que King debía repartir al cincuenta por ciento con Doubleday. Fue el final de la vida en la caravana.
Lo interesante de Carrie medio siglo después no es la telequinesia. Es la estructura. King cuenta la masacre del baile de graduación de forma indirecta, a través de recortes de prensa, informes de comisiones de investigación, cartas, fragmentos de libros académicos escritos años más tarde. El lector sabe desde las primeras páginas que va a ocurrir una catástrofe y sabe también cuántos muertos habrá. La tensión no está en el qué, sino en el cómo se llega hasta allí.
Esa distancia documental hace algo curioso: convierte el linchamiento escolar en un caso de estudio, con la frialdad de un expediente. Y desde ese expediente asoma una novela sobre la crueldad adolescente, sobre la vergüenza del cuerpo femenino y sobre el fanatismo religioso doméstico que sigue leyéndose como si se hubiera escrito la semana pasada. Margaret White, la madre, es probablemente el personaje más aterrador del libro, y no tiene ningún poder sobrenatural.
King nunca ha ocultado su ambivalencia hacia esta novela. La ha llamado torpe y falta de arte. Se equivocaba en un punto importante: pocas primeras novelas contienen tan claramente el programa completo de un escritor. La pequeña ciudad de Nueva Inglaterra, la violencia latente bajo la normalidad, el niño o la niña que paga las culpas de los adultos, la mezcla de compasión y horror hacia el monstruo.
Es también uno de los libros más censurados de las escuelas estadounidenses, lo que en su caso funciona casi como certificado de autenticidad.
La adaptación de Brian De Palma de 1976, con Sissy Spacek y John Travolta, convirtió a King en un nombre de taquilla y estableció un patrón que ya no se ha roto. Hubo una segunda versión en 2013, dirigida por Kimberly Peirce, con Chloë Grace Moretz. Y hay una tercera en camino: Mike Flanagan ha desarrollado una miniserie de ocho episodios para Prime Video, con Summer H. Howell como Carrie White y Siena Agudong como Sue Snell, prevista para finales de 2026. Flanagan ha adelantado que quiere recuperar la estructura epistolar de la novela por la vía del metraje encontrado y el vídeo de teléfono móvil, lo cual, si funciona, sería la primera adaptación fiel al procedimiento que hace especial al libro.
9. Dolores Claiborne, 1992
Es la novela más rara de King y una de las mejores.
No tiene capítulos. No tiene saltos de sección. No tiene doble espacio entre párrafos ni ningún otro elemento divisorio. Son trescientas páginas de un solo bloque, la transcripción literal de una declaración policial. Dolores Claiborne, sesenta y cinco años, viuda, empleada doméstica en la isla ficticia de Little Tall, frente a la costa de Maine, se sienta ante un agente y una taquígrafa y empieza a hablar. No para hasta el final.
El lector nunca lee las preguntas de los policías. Las deduce por las respuestas de ella, que se irrita, se defiende, pide un vaso de agua, se ríe, retrocede en el tiempo. Es un tour de force técnico que King nunca ha repetido y que sostiene sin un solo tropiezo.
Dolores está acusada de haber matado a Vera Donovan, la anciana rica y despótica para la que trabajó durante décadas. Jura que no lo hizo. Y a continuación confiesa que sí mató a otra persona, a su marido Joe St. George, casi treinta años antes, en 1963, aprovechando un eclipse total de sol.
Aquí no hay nada sobrenatural, salvo un destello telepático. Hay alcoholismo, hay violencia doméstica, hay abuso sexual de una hija adolescente, hay diferencias de clase tan hondas que se convierten en biología. Vera Donovan y Dolores Claiborne son dos mujeres atrapadas en la misma casa durante cuarenta años, una arriba y otra abajo, unidas por un odio que se parece bastante al amor.
El libro está dedicado a la madre de King, Ruth Pillsbury King, que crió sola a sus dos hijos con enormes dificultades económicas y murió de cáncer en 1974, poco antes de ver publicada Carrie. Esa dedicatoria explica muchas cosas del tono.
Dolores Claiborne tiene además una hermana gemela. En mayo de aquel mismo 1992 King había publicado El juego de Gerald, la historia de una mujer esposada a la cama de una casa aislada junto a un lago. Las dos novelas iban a ser un único volumen titulado En el camino del eclipse. El proyecto se abandonó porque ambas crecieron demasiado, pero King dejó el nexo: durante el eclipse de 1963, Dolores y Jessie Burlingame, la protagonista de la otra novela, se ven mutuamente por un instante. Dos desconocidas separadas por cientos de kilómetros que en el momento más terrible de sus vidas se vuelven una hacia la otra.
Fue la novela más vendida de Estados Unidos en 1992, con una primera tirada de un millón y medio de ejemplares. Llegó directamente al número uno de la lista del New York Times.
En 1995 Taylor Hackford la llevó al cine con Kathy Bates y Jennifer Jason Leigh, en España con el título Eclipse total. Es una adaptación excelente, quizá la única ocasión en que se puede discutir en serio si la película mejora al libro. Y en 2013 se estrenó en San Francisco una versión operística en dos actos, con música de Tobias Picker, lo que da una idea del recorrido que puede tener un material así cuando se lo saca del estante de terror.
8. La larga marcha, 1979
Esta es la primera novela que escribió Stephen King, aunque tardó doce años en publicarse y salió firmada por otro.
La empezó en 1966, durante su primer curso en la Universidad de Maine, con diecinueve años. Estados Unidos estaba metido hasta el fondo en Vietnam y King, como todos los chicos de su edad, vivía con la conciencia de que un sorteo podía enviarle a morir a un sitio del que no sabía nada. De esa sensación salió el argumento.
Cien adolescentes varones caminan por una carretera. Deben mantener una velocidad mínima. Si bajan de ella reciben un aviso. Al tercer aviso, los soldados que escoltan la marcha les disparan. No hay descansos, no hay noches, no hay tregua. Se camina hasta que solo queda uno, y ese único superviviente recibe todo lo que pida durante el resto de su vida.
Eso es todo. No hay más trama. Y es exactamente por eso por lo que funciona.
King ofreció el manuscrito a varias editoriales y lo rechazaron. Lo guardó. Cuando en 1977 sus editores empezaron a preocuparse por la posibilidad de saturar el mercado, ya que publicaba más de un libro al año, nació Richard Bachman como solución práctica. Bachman se convirtió en algo más: una identidad para el material más seco, más nihilista y menos consolador de su archivo. La larga marcha apareció el 3 de julio de 1979, directamente en edición de bolsillo, con ese nombre en la cubierta.
La novela es una máquina de desgaste. Los chicos hablan mientras caminan, se cuentan sus vidas, hacen amigos, se enamoran un poco unos de otros, y de vez en cuando alguien se sienta en la cuneta y un rifle lo resuelve. Ray Garraty, el protagonista, tiene diecisiete años. Su amigo McVries tiene una cicatriz en la cara y una teoría deprimente sobre por qué todos están allí. Stebbins camina siempre al final del grupo y sabe algo que los demás no saben.
Lo que hace grande al libro es la ausencia de metáfora. No hay monstruo. No hay maldición india. Hay una carretera, un régimen que ha convertido el sacrificio de los jóvenes en espectáculo nacional y una multitud a los lados que come perritos calientes y anima. King no explica el sistema político que lo permite. No hace falta.
En 2000 la American Library Association la incluyó en su lista de los cien mejores libros para lectores adolescentes publicados entre 1966 y 2000. Su descendencia es enorme: Battle Royale, Los juegos del hambre, El juego del calamar. Suzanne Collins ha reconocido la deuda y el propio King ha zanjado la cuestión diciendo que no le parece un robo, sino un homenaje.
Durante casi cincuenta años se consideró imposible de filmar. Lo intentaron George Romero, Frank Darabont y André Øvredal, entre otros. El problema no era técnico, sino de tono: es una película en la que unos chicos caminan y mueren, sin más.
Francis Lawrence, que había intentado comprar los derechos ya en 2006, lo consiguió por fin. Su versión se estrenó el 12 de septiembre de 2025, con guion de JT Mollner, un presupuesto ajustado de veinte millones de dólares y un reparto encabezado por Cooper Hoffman, David Jonsson y Mark Hamill como el Mayor. Se rodó en orden cronológico para que el agotamiento de los actores fuese real. Superó los sesenta millones en taquilla, recibió críticas mayoritariamente entusiastas y cerró la 58 edición del Festival de Sitges. King, que figura como productor ejecutivo, dio el visto bueno incluso a los cambios sustanciales del final.
7. El misterio de Salem’s Lot, 1975
La segunda novela de King nació en una cena.
Daba clases de Fantasía y Ciencia Ficción en el instituto y una de las lecturas del curso era Drácula. Le sorprendió comprobar cuánto seguía funcionando el libro de Stoker con los alumnos y, una noche durante la cena, se preguntó en voz alta qué pasaría si el conde volviera en el siglo XX y aterrizara en Estados Unidos. Tabitha respondió que probablemente lo atropellaría un taxi en Park Avenue. La conversación se cerró ahí, pero King siguió dándole vueltas. Su mujer tenía razón si Drácula llegaba a Nueva York. ¿Y si aparecía en un pueblo pequeño y adormilado?
El resultado se llamó primero Second Coming. Tabitha objetó que sonaba a mala novela erótica. King lo cambió por Jerusalem’s Lot, el nombre completo del pueblo. Los editores de Doubleday lo acortaron porque les parecía demasiado religioso.
El pueblo está modelado sobre Durham, en Maine, donde King vivió de niño, y la casa Marsten sobre una casa abandonada real de aquel lugar. La pesadilla infantil que abre el libro también era suya.
Los derechos de bolsillo se vendieron por 550.000 dólares, una cifra sin precedentes para un autor de veintiocho años. Fue el momento en que la industria entendió que lo de Carrie no había sido un accidente.
La novela ha envejecido asombrosamente bien porque su verdadero tema no son los vampiros. El escritor Ben Mears vuelve a su pueblo de la infancia para escribir un libro sobre la casa que le aterrorizó de niño. Lo que encuentra es una comunidad podrida antes de que llegue nadie a morderla: adulterios, palizas, alcoholismo, un chantajista, una madre que maltrata a su bebé, un vertedero donde el encargado dispara a las ratas por diversión. Kurt Barlow no corrompe el pueblo. Solo aprovecha una corrupción que ya estaba.
King ha explicado que escribió el libro bajo la impresión del Watergate y de la sensación general de que el gobierno mentía sistemáticamente. La paranoia de aquellos años está en cada página. Los críticos suelen resumirla como Peyton Place mezclada con Drácula, y la fórmula es exacta: coral, chismoso, atento a las relaciones sociales de una comunidad pequeña, y de repente lleno de muertos que se levantan.
King ha dicho en varias ocasiones que es su novela favorita entre las suyas. Peter Straub, que años después sería su coautor, contó que se hizo fan suyo en el acto al descubrir que alguien podía coger un tema tan gastado como el vampirismo y devolverle vida.
El pueblo reaparece en los relatos Jerusalem’s Lot y Un trago de despedida, ambos en El umbral de la noche, y el padre Callahan, derrotado en esta novela, resucita muchos años después como personaje clave de La Torre Oscura.
Las adaptaciones han sido abundantes y desiguales. La miniserie de Tobe Hooper de 1979, con David Soul y James Mason, sigue siendo la más apreciada y logró tres nominaciones al Emmy. Hubo una secuela cinematográfica en 1987, un remake televisivo en 2004 con Rob Lowe y una versión escrita y dirigida por Gary Dauberman que Warner tuvo aparcada durante dos años y acabó estrenando en Max en octubre de 2024, con Lewis Pullman como Ben Mears. King la vio antes que nadie y la defendió públicamente como terror de la vieja escuela.
6. Cementerio de animales, 1983
King ha repetido muchas veces que este es el libro que más miedo le da de todos los que ha escrito. Lo tuvo terminado y guardado en un cajón durante años porque le pareció que había ido demasiado lejos.
El origen es real y es doméstico. En 1979 fue nombrado escritor residente en su antigua universidad y trasladó a la familia a una casa alquilada en Orrington, Maine. La casa era estupenda. El problema era la carretera que pasaba por delante, con un tráfico constante de camiones pesados que se cobraban regularmente la vida de las mascotas del vecindario. Los niños de la zona habían construido en el bosque, detrás de la casa, un pequeño cementerio para sus animales, con un cartel escrito con faltas de ortografía.
Poco después de mudarse, el gato de su hija apareció muerto junto a la carretera. Se llamaba Smucky. Lo enterraron allí, con una tabla que ponía que había sido obediente, cosa que según King era rotundamente falsa. En la novela y en la película de 1989, esa tumba aparece.
Y entonces vino la parte que no se olvida. Su hijo Owen, de dos años, echó a correr hacia la carretera mientras pasaba un camión. King lo alcanzó a tiempo. Ha contado que con cinco segundos de diferencia habrían perdido a un hijo.
De ese susto salió una pregunta que cualquier padre reconoce y que casi nadie se atreve a formular: ¿y si no hubiera llegado a tiempo? ¿Hasta dónde llegaría alguien para deshacer algo así?
King planteó el libro como una reescritura de La pata de mono, el cuento de W. W. Jacobs de 1902 sobre unos padres que piden el regreso de su hijo muerto y obtienen exactamente lo que han pedido. La estructura es la misma. Un doctor llamado Louis Creed se muda con su familia a Ludlow, conoce a Jud Crandall, el vecino anciano y encantador que sabe demasiado, y descubre que detrás del cementerio de animales hay un antiguo terreno de enterramiento indígena donde lo que se entierra vuelve.
Primero vuelve el gato. Vuelve mal.
Lo que distingue a Cementerio de animales del resto de la obra de King es que no se apoya en el miedo, sino en el duelo. Hay un capítulo dedicado enteramente al funeral de un niño de dos años, con sus discusiones familiares, su suegro odioso, su absurdo protocolo. Es una de las cosas más crudas que ha escrito nadie sobre la muerte de un hijo. El terror sobrenatural que viene después funciona casi como alivio, porque al menos es fantástico.
El libro no se publicó por convicción. King se lo entregó a Doubleday para saldar una obligación contractual pendiente, apenas concedió entrevistas y evitó promocionarlo. Salió el 14 de noviembre de 1983 y fue un éxito enorme. Estuvo nominado al World Fantasy Award al año siguiente.
Mary Lambert la adaptó en 1989 a partir de un guion del propio King, que además aparece brevemente como oficiante en el funeral. La banda sonora incluye la canción que los Ramones escribieron para la ocasión. Hubo una secuela en 1992, un remake en 2019 dirigido por Kevin Kölsch y Dennis Widmyer y una precuela, Cementerio de animales: el origen, estrenada en Paramount+ en 2023 y bastante prescindible.
Ninguna de las cuatro se acerca a la sensación del libro, que no es la de estar asustado sino la de estar enfermo de tristeza.
5. 22/11/63, 2011
La idea es de 1971. King tenía veinticuatro años, vivía en una caravana, daba clases y solo conseguía vender relatos a revistas masculinas de segunda fila. Se le ocurrió una historia sobre un hombre que viaja al pasado para impedir el asesinato de Kennedy, ocurrido apenas ocho años antes. Empezó a tomar notas y lo dejó. Le pareció que aquello exigía una cantidad de investigación histórica que no podía permitirse y una madurez de escritor que todavía no tenía.
Tardó cuarenta años en volver.
El resultado son casi novecientas páginas y probablemente la novela mejor construida de su carrera tardía. Jake Epping es un profesor de inglés de treinta y cinco años, recién divorciado, en Lisbon Falls, Maine. Da clases nocturnas a adultos que quieren sacarse el graduado escolar. Un día pide a sus alumnos una redacción sobre un acontecimiento que les haya cambiado la vida y uno de ellos, el conserje Harry Dunning, escribe con faltas la historia de la noche en que su padre volvió a casa con un martillo y mató a su madre, a su hermana y a su hermano.
Poco después, el dueño del restaurante local le enseña a Jake una puerta en la despensa que da al 9 de septiembre de 1958. Cada visita reinicia todo lo anterior. Dos minutos en el presente equivalen a cinco años en el pasado.
King podría haber escrito un thriller. Lo que escribió es otra cosa. Jake pasa cinco años viviendo en la América de Eisenhower y Kennedy, dando clases en un instituto de Texas, dirigiendo una función escolar, vigilando a un exmarine llamado Lee Harvey Oswald y, sobre todo, enamorándose de Sadie Dunhill, la bibliotecaria del centro. La misión se convierte en la excusa y la vida en el asunto.
La otra gran idea del libro es que el pasado se defiende. Cuando alguien intenta cambiar algo importante, empiezan a ocurrir cosas: averías, infecciones, atascos, coincidencias imposibles. El pasado es obstinado y no quiere ser cambiado. Es un mecanismo narrativo elegantísimo, porque convierte la fatalidad en antagonista.
King trabajó la documentación con Russ Dorr, su ayudante de investigación de toda la vida. Leyó, según ha contado, una pila de libros y artículos sobre el magnicidio casi tan alta como él, y salió de ahí más convencido que antes de que Oswald actuó solo. En la novela, un personaje estima la probabilidad en un noventa y cinco por ciento. King ha dicho que él la subiría al noventa y ocho, quizá al noventa y nueve.
También hay una recompensa para el lector veterano. En su camino, Jake pasa por Derry en 1958 y se cruza con dos niños que estarán muy ocupados ese verano. Es uno de los guiños internos mejor colocados de toda su obra, y funciona igual si no se ha leído It.
Y luego está el final. King ha escrito muchas novelas magníficas con finales discutibles. Este no lo es. Las últimas cincuenta páginas son de una tristeza serena y perfectamente calibrada, sin trampas ni sentimentalismo.
El New York Times Book Review la incluyó entre los diez mejores libros de 2011 y ganó el Los Angeles Times Book Prize en la categoría de misterio y suspense. Jonathan Demme compró los derechos y llegó a trabajar en una versión cinematográfica, pero abandonó el proyecto por desacuerdos con King sobre qué dejar fuera. Finalmente fue Hulu quien la adaptó en 2016 como miniserie de ocho episodios, producida por J. J. Abrams, escrita por Bridget Carpenter y protagonizada por James Franco y Sarah Gadon. Es correcta y tiene momentos notables, pero le falta precisamente lo que sobra en el libro: tiempo.
4. Misery, 1987
Dos personajes. Una casa aislada en Colorado. Una habitación. Ninguna criatura sobrenatural.
Misery es la demostración de que King no necesita nada de lo que se supone que necesita. Publicada el 8 de junio de 1987, la novela nació de un sueño que tuvo en un vuelo transatlántico a Londres. Escribió parte del libro en el hotel Brown’s de la capital británica, en un escritorio que había pertenecido a Rudyard Kipling, detalle que le fascinó porque Kipling había muerto de un derrame usando precisamente esa mesa.
Paul Sheldon es un novelista de éxito atrapado por su propia criatura, una heroína victoriana llamada Misery Chastain protagonista de ocho novelas románticas. Harto de ella, la mata en el último volumen y se retira a una cabaña a escribir el libro serio que siempre ha querido escribir. De vuelta a la civilización, en plena tormenta de nieve, se sale de la carretera.
Lo rescata Annie Wilkes, exenfermera, que vive sola y se presenta como su fan número uno. Le cuida las piernas destrozadas. Le suministra analgésicos. Y cuando lee el último libro y descubre lo que le ha hecho a Misery, deja de ser una enfermera.
King ha explicado con una franqueza poco habitual qué representa Annie. Fue transparente al respecto: Annie era la cocaína y era el alcohol, y él estaba cansado de ser el escritor domesticado de Annie. Consumía cocaína de forma intensa desde finales de los setenta y llegó a un punto en que su familia le puso delante las pruebas de lo que estaba haciendo y le obligó a elegir. Misery es el libro de esa pelea, escrito mientras aún la estaba perdiendo.
Hay una segunda capa, más literaria. Poco antes King había publicado Los ojos del dragón, una novela de fantasía, y muchos de sus lectores la habían rechazado por no ser terror. La sensación de estar encadenado a un género y a unas expectativas está en cada escena entre Paul y Annie. El fan que ama tanto un personaje que exige, y el escritor que descubre que su carrera es también una jaula.
En la versión original que King imaginó, el libro iba a firmarlo Bachman y a titularse La edición Annie Wilkes. El manuscrito que Paul se veía obligado a escribir acababa encuadernado con su propia piel.
Todo esto podría haber salido pretencioso. No lo hace, porque la novela es implacablemente concreta: el dolor de las piernas, la dependencia del calmante, el ruido de las ruedas de la silla en el pasillo, la máquina de escribir a la que le falta la ene. Es un libro sobre el cuerpo tanto como sobre la mente.
Ganó el primer Bram Stoker Award a la mejor novela, en 1987.
La adaptación de Rob Reiner de 1990, con guion de William Goldman, es una de las mejores películas jamás sacadas de un libro de King. Kathy Bates, entonces una actriz de teatro casi desconocida, ganó el Oscar a la mejor actriz y sigue siendo la única persona que ha conseguido una estatuilla por una adaptación de King. Reiner suavizó la escena más brutal del libro, en la que Annie amputa un pie a Paul con un hacha, y la sustituyó por el mazo y los tobillos. Goldman defendió después la decisión con un argumento sensato: una amputación en pantalla habría hecho que el público odiara a Annie en lugar de entender su locura. Bates nunca estuvo de acuerdo.
En 2015 la historia llegó a Broadway, con Bruce Willis como Paul Sheldon en su debut teatral.
3. Apocalipsis, 1978 y 1990
King empezó a escribirla en febrero de 1975 con una ambición desmedida y explícita: quería hacer una versión americana de El Señor de los Anillos. Un relato épico sobre el bien y el mal recorriendo un continente entero, pero con autopistas, moteles, gasolineras y emisoras de radio en vez de la Tierra Media.
El detonante fue un fallo de seguridad. En una instalación militar del suroeste se escapa un arma biológica, un virus de gripe mutante bautizado oficialmente como Proyecto Azul y conocido popularmente como Capitán Trotamundos. Un vigilante huye con su familia sin saber que lleva la muerte encima. En unas semanas ha desaparecido más del noventa y nueve por ciento de la población.
La primera parte de la novela, la de la epidemia, es de una eficacia demoledora. King alterna las historias de los supervivientes con capítulos breves que siguen la cadena de contagios, saltando de un desconocido a otro hasta que ya no queda nadie. Es sociología del desastre contada a ras de suelo: quién se queda sin insulina, qué pasa con los animales de los zoos, cómo huele una ciudad sin servicios de recogida.
La segunda parte es distinta. Los supervivientes empiezan a soñar. Unos sueñan con una anciana negra de más de cien años, Madre Abagail, que los llama hacia Nebraska y luego hacia Boulder. Otros sueñan con un hombre sonriente que camina por las carreteras y ha instalado su cuartel general en Las Vegas. Randall Flagg aparece aquí por primera vez y se convertiría en el gran villano recurrente de la obra de King, con presencia en Los ojos del dragón y en La Torre Oscura.
Lo mejor del libro no es la batalla final entre el bien y el mal. Es lo que ocurre antes: cómo un grupo de personas normales intenta reconstruir una sociedad, redactar unos estatutos, restablecer la luz eléctrica, organizar comités, y cómo esa política de barrio genera enseguida sus propios resentimientos y traiciones. Harold Lauder, el adolescente gordo, brillante y humillado que acaba tomando el camino equivocado, es uno de los personajes más tristes que ha escrito King.
El autor ha contado que el libro se le atascó a mitad, con demasiados personajes y demasiadas líneas. La solución fue una bomba. Literalmente: hizo estallar un artefacto en una reunión del comité de la Zona Libre y mató a media docena de protagonistas. Dijo después, con humor negro, que aquella bomba salvó el libro y que solo tuvo que asesinar a la mitad del reparto para conseguirlo.
Doubleday obligó a recortar unas ciento cincuenta mil palabras por razones de coste. La edición de 1978 tenía 823 páginas. En 1990 King publicó The Stand: The Complete & Uncut Edition, con más de trescientas páginas restauradas, un nuevo prólogo y un nuevo epílogo, capítulos reordenados, la acción trasladada de 1980 a 1990 para actualizar las referencias culturales e ilustraciones de Berni Wrightson. Es la versión que circula hoy en España con el título Apocalipsis, mientras que la de 1978 se conoció durante años como La danza de la muerte.
Aquella edición ampliada roza las mil doscientas páginas. Es larga, y hay quien opina que le sobra material. También es la única forma de leer el libro tal como King lo concibió.
La pandemia de 2020 devolvió la novela a las listas de más vendidos, con la incomodidad previsible. King se pasó aquellos meses recordando en redes sociales que la covid no se parecía a lo que él había imaginado y pidiendo a la gente que no cundiera el pánico.
Ha habido dos adaptaciones: la miniserie de ABC de 1994, con guion del propio King, y la versión de CBS All Access de 2020, que reordenó la historia con resultados desiguales. Y hay un apéndice reciente y curioso: desde noviembre de 2025 se publica The End Times, una novela epistolar por entregas escrita por Benjamin Percy y King, firmada como Claudia Inez Bachman, la viuda ficticia del seudónimo. Sale en formato de periódico, en entregas mensuales, y está ambientada en el mundo de Apocalipsis. Se prevé recogerla en volumen a principios de 2027.
2. El resplandor, 1977
La víspera de Halloween de 1974, Stephen y Tabitha King se alojaron en el Stanley Hotel de Estes Park, Colorado. El establecimiento, inaugurado en 1909 por el inventor del automóvil de vapor Stanley, cerraba al día siguiente por fin de temporada. Eran los únicos huéspedes.
Cenaron solos en el gran comedor, con todas las demás sillas puestas encima de las mesas y música orquestal sonando por megafonía. Tabitha se fue a dormir. King recorrió los pasillos vacíos y acabó en el bar, donde solo quedaba un camarero. Después se acostó en la habitación 217 y tuvo una pesadilla: su hijo pequeño corría por los corredores del hotel perseguido por algo. Se despertó sudando, se fumó un cigarrillo junto a la ventana y, según ha contado, cuando lo terminó tenía el libro completo en la cabeza.
El título vino de una canción de John Lennon, Instant Karma!, y de su verso sobre el brillo que todos tenemos dentro. King quiso llamarla The Shine hasta que reparó en que esa palabra funcionaba como insulto racista, así que la alargó. La estructura le debe mucho a La máscara de la Muerte Roja, de Poe, al que cita explícitamente en el texto.
Fue su tercera novela y su primer superventas en tapa dura, el libro que lo consolidó definitivamente.
Aquí conviene detenerse en la diferencia entre lo que King escribió y lo que la mayoría de la gente cree que escribió, porque Stanley Kubrick se interpuso en el camino.
En la novela, Jack Torrance no es un loco. Es un hombre corriente, profesor despedido por pegar a un alumno, escritor bloqueado, alcohólico en rehabilitación que arrastra la culpa de haber roto el brazo a su hijo de tres años en un arrebato. Quiere a su familia. Acepta el trabajo de vigilante de invierno en el hotel Overlook como una última oportunidad para arreglarlo todo. El horror del libro consiste en verlo perder esa batalla centímetro a centímetro, mientras el hotel, que sí tiene voluntad propia, le va susurrando exactamente lo que necesita oír.
Wendy Torrance, en el libro, es una mujer con carácter, lúcida, que ve venir el desastre antes que nadie. El protagonista real es Danny, de cinco años, y su capacidad para percibir cosas que los adultos no perciben. El cocinero Dick Hallorann le explica que a eso su abuela lo llamaba resplandor.
King ha reconocido siempre que Jack Torrance era él, o la versión de sí mismo que temía llegar a ser: un escritor alcohólico incapaz de cuidar de los suyos. Escribió la novela en plena espiral y tardó años en admitirlo.
La película de Kubrick de 1980 es una obra maestra que cuenta otra historia. Jack Nicholson aparece perturbado desde el primer fotograma, lo que elimina la caída. Wendy se convierte en una mujer frágil y asustadiza. Los setos con forma de animales que cobran vida y persiguen a los personajes, una de las mejores secuencias del libro, se sustituyen por un laberinto porque eran imposibles de rodar en 1979. La habitación 217 pasa a ser la 237 a petición del hotel donde se filmaron los exteriores, que no quería quedarse con una habitación invendible. Y el final invierte por completo el sentido moral del original.
King lleva cuarenta y cinco años repitiendo la misma objeción, y no es sobre la calidad visual, que admira: dice que a la película le falta corazón. Insatisfecho, produjo en 1997 una miniserie dirigida por Mick Garris, rodada esta vez en el propio Stanley Hotel, mucho más fiel y considerablemente menos memorable.
En 2013 publicó Doctor Sueño, la secuela que sigue a Danny Torrance ya adulto, alcohólico como su padre y en proceso de recuperación. Mike Flanagan la adaptó en 2019 en una película que hizo algo casi imposible: reconciliar el universo de la novela con el de Kubrick sin traicionar del todo a ninguno de los dos.
1. It, 1986
En 1978, King vivía con su familia en Boulder, Colorado. Volvían de comer en una pizzería cuando la transmisión de su AMC Matador nuevo se cayó literalmente al suelo en mitad de Pearl Street. Dos días después, el taller le avisó de que podía recoger el coche. Eran las cinco de la tarde, el concesionario estaba a unos cinco kilómetros y decidió ir andando.
El taller quedaba en un polígono aislado, al final de una carretera estrecha y sin alumbrado. Anochecía. King se dio cuenta de lo solo que estaba. Y entonces cruzó un pequeño puente de madera y escuchó el ruido que hacían sus botas de vaquero sobre los tablones.
El sonido le trajo un cuento noruego que conocía de niño, el de las tres cabras que deben cruzar un puente bajo el que vive un trol. Se preguntó qué haría si una voz le gritara desde abajo preguntando quién anda por su puente. Y de pronto quiso escribir una novela sobre un trol de verdad bajo un puente de verdad.
Ha explicado muchas veces cómo se desplegó el resto. Decidió que el puente podía ser un símbolo, un punto de paso. Pensó en Bangor, la ciudad de Maine donde vivía, partida por un canal extraño. Se le ocurrió que el puente podía ser la ciudad entera. ¿Y qué hay debajo de una ciudad? Alcantarillas. Un sitio excelente para un trol.
Después recordó Stratford, en Connecticut, donde había pasado parte de su infancia, y una biblioteca en la que un corredor corto comunicaba la sección infantil con la de adultos. Decidió que aquel pasillo también era un puente, uno que toda cabra que sea niño tiene que atravesar para convertirse en adulto.
King compara las buenas ideas con un yoyó: pueden llegar al final de la cuerda, pero no mueren allí, solo duermen, y tarde o temprano vuelven a la palma de la mano. Esta durmió unos años. En el verano de 1981 comprendió que tenía que escribir sobre el trol bajo el puente o dejarlo marchar para siempre.
Desde la concepción hasta el punto final pasaron siete años, durante los cuales escribió Cementerio de animales, colaboró con Peter Straub en El talismán, publicó tres novelas más, nueve relatos, seis novelas cortas y tres guiones, y dirigió una película. Nunca se quitó Derry de la cabeza.
It se publicó el 15 de septiembre de 1986 con más de mil cien páginas. Fue el libro de ficción en tapa dura más vendido del año en Estados Unidos y ganó el British Fantasy Award al año siguiente.
King lo concibió como su examen final sobre el terror. La idea era reunir a todos los monstruos de la infancia una última vez, el hombre lobo, la momia, la criatura de la laguna, el leproso, y encontrar una forma de que todos cupieran en el mismo libro. La solución fue crear una entidad que cambia de forma y se alimenta del miedo, que adopta el aspecto de lo que cada víctima teme más y que, por comodidad, suele presentarse como un payaso llamado Pennywise.
La estructura es lo que convierte el libro en algo más que un catálogo de sustos. King alterna dos líneas temporales. En 1958, siete niños marginados que se llaman a sí mismos el Club de los Perdedores se enfrentan a la cosa que se come a los niños de Derry cada veintisiete años. En 1985, esos mismos niños, ahora adultos con vidas prósperas y ninguna memoria clara de aquel verano, reciben una llamada de teléfono y vuelven.
El ir y venir entre las dos épocas no es un truco. Es el tema. It trata sobre lo que se pierde al crecer, sobre la amnesia deliberada con la que los adultos entierran su infancia, sobre la capacidad de creer, que es también la capacidad de tener miedo y la única arma que funciona contra el monstruo.
Y trata sobre Derry, que es el mejor personaje del libro. King construye la historia de la ciudad a través de los capítulos que escribe Mike Hanlon, el único que se quedó, y lo que aparece es un relato de matanzas, incendios y desapariciones que los vecinos han decidido no ver. La violencia de Pennywise es indistinguible de la violencia humana de Derry. Cuando unos matones tiran a un hombre por el puente por ser homosexual, la criatura solo tiene que recoger.
Bill Denbrough, tartamudo, cuyo hermano pequeño Georgie muere en la primera escena persiguiendo un barco de papel. Ben Hanscom, gordo y enamorado. Beverly Marsh, con un padre que la vigila demasiado. Eddie Kaspbrak, asmático de madre asfixiante. Richie Tozier, incapaz de callarse. Stan Uris, ordenado y frágil. Mike Hanlon, el único negro del grupo. Es probablemente el mejor reparto coral de la narrativa popular americana del siglo pasado.
El libro tiene un problema serio, y hay que decirlo: una escena sexual entre los niños protagonistas, en las alcantarillas, que King ha defendido como metáfora del paso de la infancia a la edad adulta y que resulta indefendible. Es el punto que más se le ha reprochado y el que más ha envejecido. Ninguna adaptación la ha filmado ni la filmará.
Fuera de eso, no hay nada en la bibliografía de King que alcance esta combinación de escala, ternura y horror. Es su libro más ambicioso y también el más generoso.
La miniserie de 1990, con Tim Curry como Pennywise, marcó a una generación entera pese a un presupuesto modesto y una segunda mitad floja. Andy Muschietti la dividió en dos películas, estrenadas en 2017 y 2019, con Bill Skarsgård bajo el maquillaje, y la primera se convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de la historia del cine de terror. En octubre de 2025 llegó It: Bienvenidos a Derry, precuela de HBO ambientada en 1962 y desarrollada por los hermanos Muschietti junto a Jason Fuchs, que arrasó en audiencias y ha sido renovada por una segunda temporada situada en 1935, durante la Gran Depresión.
Cuarenta años después, la ciudad sigue dando de comer.
Las que se quedaron a las puertas
Cualquier lista de diez títulos sobre un autor con más de sesenta novelas es un ejercicio de injusticia. Estas son las ausencias que más duelen.
La zona muerta, de 1979, es la novela más limpia y mejor estructurada de su primera etapa, con un protagonista, Johnny Smith, que despierta de un coma con la capacidad de ver el futuro y se enfrenta al dilema de si asesinaría a un político antes de que llegue al poder. La adaptación de David Cronenberg, con Christopher Walken, es magnífica. Su vigencia política resulta incómoda.
La milla verde, de 1996, se publicó originalmente en seis entregas mensuales, un experimento editorial que King quiso hacer como homenaje a Dickens y que salió bien. La película de Frank Darabont de 1999 la conoce todo el mundo.
El pistolero, de 1982, abre La Torre Oscura, que es la obra que King considera su magnum opus. La saga completa, ocho volúmenes contando El viento por la cerradura, es irregular y contiene algunos de los mejores pasajes que ha escrito. No cabe en una lista de novelas sueltas.
Cujo, de 1981, ganó el British Fantasy Award y es un ejercicio brutal de claustrofobia: una madre y su hijo atrapados en un coche averiado bajo el sol, con un San Bernardo rabioso fuera. King ha dicho que apenas recuerda haberla escrito.
Christine, de 1983, cuenta la historia de un chico invisible que compra un Plymouth Fury de 1958 y deja de ser invisible a cambio de convertirse en otra cosa. Es una novela sobre la adolescencia masculina, los coches y la posesión que funciona mejor de lo que su premisa sugiere.
Ojos de fuego, La mitad oscura, Insomnia, Un saco de huesos, La historia de Lisey, Duma Key, La cúpula, Revival. Cada una tiene sus defensores y algunos tienen razón. Un saco de huesos, de 1998, es probablemente la más subestimada del conjunto: una novela sobre el duelo de un escritor viudo, con una deuda declarada con Rebeca, de Daphne du Maurier, y un final que King resuelve mejor de lo habitual en él.
La trilogía protagonizada por el detective retirado Bill Hodges, formada por Mr. Mercedes, Quien pierde paga y Fin de guardia, publicada entre 2014 y 2016, marcó su entrada plena en la novela negra y le valió un premio Edgar. De ella salió Holly Gibney, el personaje secundario que se ha convertido en el más recurrente de su producción reciente.
Y en el King reciente hay al menos tres libros que aguantan bien la comparación con los clásicos: El Instituto, de 2019, sobre niños con capacidades psíquicas encerrados en una instalación secreta; Billy Summers, de 2021, un thriller sin nada sobrenatural protagonizado por un francotirador que quiere hacer un último trabajo; y Cuento de hadas, de 2022, su vuelta a la fantasía pura.
Mención aparte merece Las cuatro estaciones, de 1982, el volumen que contiene Rita Hayworth y la redención de Shawshank, Alumno aventajado y El cuerpo. Son novelas cortas, no novelas, y por eso quedan fuera. También son, en conjunto, el mejor libro que King ha publicado nunca. Las tres dieron lugar a tres películas notables y una de ellas, Cadena perpetua, lleva años instalada en el primer puesto de las listas de mejores películas votadas por el público.
El King de 2026
Escribir sobre King siempre tiene algo de disparar a un blanco móvil, porque publica más rápido de lo que se le puede leer.
El acontecimiento del año llegará el 6 de octubre, cuando Scribner publique Other Worlds Than These, el cierre de la trilogía que empezó con El talismán en 1984 y siguió con Casa Negra en 2001, ambas escritas junto a Peter Straub. Straub murió en 2022 y durante un tiempo pareció que la historia de Jack Sawyer se quedaría sin final. King encontró un correo antiguo de su amigo con la idea para el tercer libro y decidió escribirlo solo, canalizando, según ha dicho, a su Straub interior. El nombre de Straub figura en la portada con crédito completo.
Son 624 páginas con treinta ilustraciones en blanco y negro de Gabriel Rodríguez, el dibujante que ya había trabajado en Cuento de hadas. Jack Sawyer es ahora un hombre mayor, su ka-tet se está deshaciendo y la novela conecta de forma explícita los Territorios con Mundo Medio, es decir, con el universo de La Torre Oscura. Esquire publicó el primer fragmento el 9 de febrero de 2026.
Antes de eso, en 2025, King publicó Never Flinch, con la detective Holly Gibney de protagonista, y una reimaginación de Hansel y Gretel ilustrada con dibujos de Maurice Sendak, en colaboración con la fundación del ilustrador. Y desde noviembre de aquel año viene publicando por entregas, junto a Benjamin Percy, la novela por episodios The End Times.
En pantalla, el ritmo es todavía más frenético. 2025 dejó tres adaptaciones importantes: La larga marcha, de Francis Lawrence; The Running Man, la nueva versión de la novela de Bachman dirigida por Edgar Wright con Glen Powell, que pinchó en taquilla y funcionó después en streaming; y La vida de Chuck, de Mike Flanagan, con Tom Hiddleston, que hizo el camino inverso, mal recibida por el público en salas y reivindicada después. En televisión, The Institute se estrenó en MGM+ y It: Bienvenidos a Derry en HBO.
2026 trae la segunda temporada de The Institute y la Carrie de Flanagan en Prime Video. Y en el horizonte sigue el proyecto que los lectores llevan décadas esperando: la adaptación de La Torre Oscura, otra vez en manos de Flanagan, avanzando despacio después del fracaso de la película de 2017. King ha dicho públicamente que es el único cineasta al que confiaría el trabajo.
Por qué sigue funcionando
Hay una explicación fácil para la longevidad de Stephen King, que es la de la fórmula. Pueblos pequeños, niños en peligro, un mal antiguo, un grupo de personas corrientes que se organiza. Y hay una explicación mejor, que tiene que ver con la voz.
King escribe como habla la gente. Sus personajes tienen marcas de coche, canciones favoritas, deudas, cuñados insoportables y trabajos que odian. Antes de que aparezca el vampiro, el lector ya sabe cuánto gana el protagonista y qué desayuna. Ese realismo de fondo es lo que hace que lo fantástico duela, porque cuando el monstruo llega no está entrando en un cuento: está entrando en una casa que reconocemos.
La segunda razón es que sus temas nunca han sido sobrenaturales. El alcoholismo en El resplandor. El duelo en Cementerio de animales. La adicción en Misery. El acoso escolar y la vergüenza en Carrie. La violencia doméstica y la clase social en Dolores Claiborne. La memoria y el paso del tiempo en It y en 22/11/63. El monstruo siempre es el envase.
Y la tercera es una cuestión de oficio puro. King lleva medio siglo escribiendo prácticamente todos los días, ha reflexionado sobre el asunto en Mientras escribo, que sigue siendo uno de los mejores manuales sobre el oficio que existen, y ha desarrollado un instinto casi infalible para saber cuándo el lector necesita una escena de miedo, cuándo una de ternura y cuándo un chiste.
Cumplirá setenta y nueve años el próximo 21 de septiembre. Sigue publicando un libro largo al año. Sigue viviendo en Bangor con Tabitha, la mujer que sacó tres folios de una papelera en 1972.
Todo lo demás vino después.