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Lucian Freud y la pintura hecha carne

Nieto de Sigmund Freud y londinense de adopción, pintó durante siete décadas a las personas que posaban para él, de noche y durante meses

Lucian Freud

El 27 de mayo de 1988, un viernes, unas ochocientas personas pasaron por la Neue Nationalgalerie, en el Berlín Occidental de entonces. A las once y media, un fotógrafo dejó constancia de cómo estaba montada la exposición de Lucian Freud. A las tres de la tarde, un vigilante se fijó en un hueco en la pared.

Alguien había desatornillado un retrato diminuto, de unos dieciocho por trece centímetros, poco más grande que una postal. Era el retrato que Freud había hecho de Francis Bacon en 1952, pintado sobre cobre y propiedad de la Tate. No ha vuelto a aparecer.

Freud había nacido en esa ciudad y se marchó de ella siendo un niño. En 2001, trece años después del robo, hizo diseñar carteles de se busca para pegarlos por Berlín, con una recompensa de hasta 300.000 marcos. Desde el día del robo solo consintió que el cuadro se reprodujera en blanco y negro, como señal de luto, hasta que reapareciera.

La anécdota sirve de puerta de entrada porque junta varias cosas que definen al pintor: una obra pequeña y de una intensidad desproporcionada, la amistad turbulenta con Bacon, la relación áspera con Alemania y la costumbre de mirar de muy cerca a una persona concreta durante mucho tiempo.

Freud pintó a sus hijos, a sus amantes, a sus amigos, a su madre, a una reina, a un barón, a una funcionaria de la seguridad social y a sí mismo. Casi siempre del natural, casi siempre en su estudio, y con un ritmo que hoy parece de otro siglo: meses de sesiones de varias horas por un solo lienzo.

Esa manera de trabajar lo convirtió en uno de los grandes retratistas del siglo XX. También lo convirtió en un personaje discutido, por cómo trataba a quienes posaban para él y por cómo vivía. Robert Hughes lo llamó el mayor pintor realista vivo, un juicio que se repite desde hace décadas.

Este artículo recorre su vida y su obra en orden cronológico, con paradas para explicar su método, sus grabados, los maestros con los que conversaba, su vida privada, el mercado que lo convirtió en uno de los pintores más caros y su relación con España, donde el Museo Thyssen guarda cinco de sus cuadros.

Un niño de Berlín que crece en Londres

Lucian Michael Freud nació el 8 de diciembre de 1922 en Berlín. Su padre, Ernst, era arquitecto y el más joven de los hijos varones de Sigmund Freud. Su madre, Lucie, hija de un comerciante de grano, le puso el nombre en memoria del escritor de la Antigüedad Luciano de Samosata.

Fue el segundo de tres hermanos. Entre Stephan Gabriel, el mayor, y Clement, que con los años sería locutor, escritor y político liberal, Lucian creció en una casa cercana al Tiergarten. Los veranos los pasaban en Hiddensee, una isla del Báltico, y en la finca del abuelo materno, cerca de Cottbus.

En 1933, con Hitler ya en el poder, la familia se instaló en Londres, en el barrio de St John’s Wood. Conviene detenerse en un detalle, porque las fuentes no lo cuentan igual. La mayoría de las biografías presentan el traslado como una huida del nazismo. El archivo oficial del pintor sostiene, en cambio, que no eran refugiados y que emigraron por voluntad propia. La fecha y el destino no admiten duda.

Sigmund Freud llegó a Londres en 1938 y murió en 1939. Ese mismo año Lucian se nacionalizó británico. Tenía dieciséis años.

La escolarización de Lucian fue irregular. Pasó por Dartington Hall, un colegio progresista de Totnes, en Devon, donde le gustaba montar a caballo hasta el punto de dormir a veces en las cuadras. La pasión por los caballos no lo abandonó nunca y terminaría dejando cuadros dedicados solo a ellos. Después entró en Bryanston, en Dorset, de donde lo echaron por mal comportamiento poco antes de cumplir dieciséis años.

Dibujaba desde muy joven. En 1938 algunos de sus dibujos se incluyeron en una exposición de arte infantil en la galería Guggenheim Jeune, en Cork Street. Es la primera vez que consta que algo suyo se mostró en una galería.

Un amigo de Bryanston, David Kentish, fue su compañero en aquellos primeros años. Se marcharon juntos a pintar, y Kentish acabaría siguiéndolo después a la escuela que de verdad le enseñó el oficio.

Lucian Freud, Lucie Freud (1973)
Lucian Freud, Lucie Freud (1973)

Cedric Morris, la guerra y las primeras exposiciones

En 1939, Freud pasó un trimestre en la Central School of Arts and Crafts, en Londres. Ese mismo año ingresó en la East Anglian School of Painting and Drawing, que dirigían el pintor Cedric Morris y su compañero Arthur Lett-Haines, y que en 1940 se trasladó a Benton End, una casa cerca de Hadleigh, en Suffolk.

Morris, pintor galés y apasionado de la horticultura, era un maestro poco convencional. La escuela tenía pocas normas, y Freud se quedó. Con el tiempo reconocería que allí aprendió a pintar y, sobre todo, a no dejar de hacerlo, aunque la relación con su maestro acabó enfriándose. En 1940 le hizo un retrato, Cedric Morris, hoy en el Museo Nacional de Gales. Ya anuncia algo de lo que vendría, porque las carnaciones empiezan a variar de tono en una misma cara.

Aquel invierno de 1940 lo pasó en una casa de un minero jubilado en Capel Curig, en el norte de Gales, con David Kentish. Más tarde se les unió el poeta Stephen Spender.

En 1941, con la guerra en marcha, tomó una decisión repentina y se alistó en la marina mercante. Sirvió en un convoy del Atlántico Norte. Le dieron de baja por invalidez y regresó a Benton End. Por su mala condición física evitó después el reclutamiento, a diferencia de sus hermanos. En 1942 y 1943 pasó también por Goldsmiths College, en la Universidad de Londres.

La década de los cuarenta es la de los primeros pasos públicos. En 1942 se mudó a St John’s Wood y algunos de sus dibujos se mostraron en las galerías Alex Reid y Lefevre. En 1943 se instaló en Delamere Terrace, en Paddington, el barrio que acabaría asociado a su nombre.

Ese mismo año, el poeta y editor Tambimuttu le encargó ilustrar The Glass Tower, un libro de poemas de Nicholas Moore que se publicó en 1944. Entre los dibujos figuraban una cebra disecada y una palmera. Las dos cosas volvieron a aparecer en The Painter’s Room, un cuadro que se vio en su primera exposición individual, celebrada en 1944 en la galería Lefevre de Londres.

Los primeros cuadros de Freud son pequeños y extraños. Se han relacionado con el expresionismo alemán, una influencia que él tendía a negar, y con el surrealismo, porque mezclan personas, plantas y animales en juxtaposiciones desconcertantes. Una cebra, una palmera, objetos dispares reunidos en un mismo cuarto. Son obras de un joven de veintiún años que todavía está buscando qué pintar, aunque ya mira con una fijeza poco común.

Sable fino y ojos enormes (1945-1951)

En 1945 visitó las islas Sorlingas. En el verano de 1946 pasó dos meses en París, donde hizo sus dos primeros grabados, The Bird y Chelsea Bun. Después viajó a Grecia y pasó cinco meses en la isla de Poros con el pintor John Craxton.

Al volver a Londres, Freud pintaba con pinceles diminutos de marta cibelina y una precisión casi de miniaturista. Los colores son apagados, la línea es nítida y las figuras parecen detenidas. La crítica ha comparado aquel estilo con la pintura de los primitivos flamencos.

Entre los cuadros de esos años están Man with a Thistle (1946), un autorretrato que hoy guarda la Tate, y una serie de retratos de una mujer de ojos enormes, su primera esposa, Kitty Garman. Girl with a Kitten es de 1947 y también está en la Tate. Girl with Roses es de 1947-48 y pertenece a la colección del British Council.

Kitty era hija del escultor Jacob Epstein y de Kathleen Garman. Freud la conoció a través de su tía, Lorna Wishart, con quien había tenido una relación. Se casaron en 1948. Tuvieron dos hijas, Annie, nacida ese mismo año, y Annabel, que llegó en 1952, cuando el matrimonio ya se deshacía.

Conviene subrayar un rasgo de estos retratos que se mantendría toda su vida. Los títulos casi nunca nombran a la persona retratada. Kitty es Girl, la chica. La excepción es Portrait of Kitty (1948-49), que hoy se conserva en Walsall. Años después diría que quería que sus retratos fueran de las personas y no que se parecieran a ellas.

Entre 1949 y 1954 fue profesor visitante en la Slade School of Fine Art de Londres. Expuso en la London Gallery en 1947 y en la Hanover Gallery en 1950, y volvió a la Hanover en 1952.

Interior in Paddington (1951), el cuadro de ese periodo que mejor se conoce, muestra a su amigo Harry Diamond junto a una enorme planta de interior. Ganó un premio de compra del Arts Council y se exhibió en Sixty Paintings for ’51, dentro del Festival de Gran Bretaña. Hoy se conserva en la Walker Art Gallery de Liverpool. Lawrence Gowing, el crítico y pintor que firmaría en 1982 una monografía de referencia sobre Freud, dijo de la yuca de ese cuadro que era una de las plantas de interior más memorables de la historia del arte moderno.

Del mismo momento es Girl with a White Dog, que la Tate fecha en 1950-51 y otras fuentes en 1951-52. Es un retrato de Kitty embarazada, sentada en un sofá rayado, con una bata verde lima, la mirada clavada en el pintor y un bull terrier blanco que no mira a nadie. El título, de nuevo, no la nombra. La Tate lo compró en 1952.

El giro de los años cincuenta

A comienzos de los cincuenta, Freud se cansó de su propia precisión. Según explicó él mismo, quería liberarse de aquella manera de trabajar, tan ceñida, tan pendiente del detalle. Cambió los pinceles finos por otros de cerda de cerdo, más rígidos y más anchos, y empezó a pintar de pie frente al caballete. Siguió así hasta la vejez, cuando pasó a una silla alta.

El cambio parece técnico, pero lo transformó todo. La pintura se hizo más gruesa. Las zonas de carne empezaron a variar de color dentro de una misma figura, y Freud limpiaba el pincel después de cada pincelada para que el tono no se contaminara. Alrededor de lo que no era piel, los colores se apagaban. Hacia 1960 ya había fijado el estilo que mantendría, con retoques, el resto de su vida.

Girl with a White Dog funciona como puente. Todavía hay un trazo apretado, pero el tamaño y el punto de vista anuncian algo distinto. La biógrafa Phoebe Hoban sostiene que la influencia de Francis Bacon empujó la pintura de Freud de lo plano y lineal a algo con volumen, con cuerpo.

Lo que consta es la amistad. Freud pintó a Bacon en 1952, en aquel retrato sobre cobre que luego sería robado en Berlín. Bacon posó durante tres meses. Freud empezó un segundo retrato entre 1956 y 1957, pero lo dejó sin terminar cuando Bacon dejó de acudir a las sesiones. En los años setenta la amistad se había roto. Hoban, que dedica páginas a la pareja, reconoce que no llega a aclarar por qué acabó tan mal.

La vida sentimental de Freud también cambió de rumbo. En 1952 se fugó a París con Lady Caroline Blackwood, heredera de los Guinness y escritora, y Kitty Garman lo dejó para volver con sus padres. Freud y Blackwood se casaron en 1953. La pareja se separó en 1957, y las fuentes discrepan sobre cuándo se formalizó el divorcio, que algunas sitúan en 1957 y otras en 1959.

De esa época es Hotel Bedroom (1954), un retrato de Blackwood en una habitación de hotel. Un crítico de Country Life ha escrito que la mirada tan escrutadora de Freud, cuando se dirige a una persona cercana, puede resultar cruel. El cuadro obtuvo el segundo premio en la exposición de jóvenes artistas del Daily Express en 1955 y hoy pertenece a la Beaverbrook Art Gallery de Fredericton, en Canadá.

En 1954 representó a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia, junto a Ben Nicholson y Francis Bacon. Ese año, en julio, publicó en la revista Encounter un texto breve que se ha convertido en su manifiesto, Some Thoughts on Painting.

Un manifiesto de 1954

El texto es corto y se lee en pocos minutos. Empieza con una frase que resume buena parte de su obra. Su objetivo al pintar, escribe, es mover los sentidos dando una intensificación de la realidad. Que lo consiga depende, añade, de con qué intensidad entiende y siente el pintor a la persona o al objeto que ha elegido.

Freud defiende allí que un pintor debe pensar que todo lo que ve está ahí para su uso y su placer. Y afirma que el artista que solo intenta servir a la naturaleza es un mero ejecutor. El modelo, sostiene, solo aporta el punto de partida de la excitación del pintor. El cuadro es todo lo que el pintor siente sobre él y todo lo que juzga digno de conservar.

Hay una frase del mismo texto que resuena en sus retratos posteriores. Freud escribió que el aura que desprende una persona o un objeto forma tanto parte de ellos como su carne.

Casi treinta años después, en 1982, lo dijo de otra manera. Declaró entonces que quería que la pintura actuara como si fuera carne. Se le atribuye también una frase que lo resume, la de que para él la pintura era la persona.

Esas ideas sirven todavía para entender lo que hacía. Freud no buscaba un parecido con el modelo. Buscaba que el cuadro tuviera la presencia que tiene alguien de carne y hueso cuando está delante de nosotros.

En 1958 empezó a exponer con Marlborough Fine Art, una galería londinense con la que trabajó hasta 1972. Sus muestras en Marlborough fueron en 1958, 1963 y 1968.

Los sesenta, entre plantas, hijos y espejos

En los años sesenta llega el desnudo. Freud pintó su primer desnudo de cuerpo entero en 1966, cuando ya tenía más de cuarenta años y llevaba más de una década centrado casi por completo en el retrato. A partir de entonces el cuerpo desnudo ocupará el centro de su obra, y la carne, con sus venas, sus pliegues y su textura, será el asunto principal de los cuadros.

Los cambios de domicilio acompañan esa evolución. En 1962 se instaló en Clarendon Crescent, en el distrito postal W11, en el oeste de Londres. En 1967 se mudó a Gloucester Terrace, en W2. Las habitaciones de esas casas, con sus suelos de madera, sus camas, sus ventanas y sus plantas, aparecen una y otra vez en los cuadros.

Las plantas merecen una mención aparte. Freud las pintó desde joven, y en los años sesenta se volvieron protagonistas. Aparecen en cuadros con personas, como esas plantas de interior mustias que se ven junto a los modelos, y también en cuadros que son solo plantas. Un ejemplo es Two Plants, pintado entre 1977 y 1980, que hoy conserva la Tate.

Ya en Interior in Paddington, de 1951, había una yuca enorme que anticipaba este gusto.

Dos cuadros del Thyssen

Dos cuadros de esa década se conservan en Madrid. El primero es Reflejo con dos niños (Autorretrato), de 1965. Freud se pinta desde abajo, con ayuda de un espejo. En la esquina inferior izquierda, dos niños, Rose y Ali, sus hijos con Suzy Boyt. La composición de esos dos niños está inspirada en la tumba del enano Seneb y su familia, que se conserva en el Museo de El Cairo y que Freud conocía por un libro, Geschichte Aegyptens, que lo acompañó durante toda su carrera de pintor.

La pincelada de ese cuadro ya es la de sus años de madurez. La conservadora Paloma Alarcó ha recordado que Freud admiraba el modo firme y directo con que Frans Hals aplicaba el óleo, con un pincel de cerdas rígidas bien empapado. William Feaver, el comisario de la gran retrospectiva de Tate Britain de 2002, llegó a definir a Freud como el Hals de Paddington.

El segundo es Large Interior, Paddington (1968-69), que el Thyssen titula Gran interior, Paddington. Muestra una escena del estudio de Gloucester Terrace desde un ángulo casi cinematográfico y con una perspectiva ascendente. En el suelo, semidesnuda, su hija Ib (Isobel Boyt), junto a una planta enorme colocada frente a una ventana. El museo habla de una expresión de tristeza infinita.

Hay en los dos cuadros algo que se repetirá. Freud pinta a las personas que le rodean en los sitios en que vive. La casa es al mismo tiempo escenario y tema.

Los setenta, la madre y la primera gran retrospectiva

En 1970 murió su padre, Ernst. Dos años más tarde, en 1972, Freud terminó The Painter’s Mother, el primer cuadro de una serie dedicada a Lucie que se prolongaría hasta 1989, con The Painter’s Mother, Dead, hoy en el Museo de Arte de Cleveland. Lucie murió en 1989.

En los años setenta dedicó unas cuatro mil horas a esos retratos. Lawrence Gowing escribió que hacía más de trescientos años que un pintor no mostraba con tanta franqueza y tanta atención visual su relación con su madre, y que el último en hacerlo había sido Rembrandt.

Freud pintó a su madre durante años sin complacencia, en los años posteriores a la muerte de su padre, y al final la pintó muerta. La serie admite lecturas muy distintas. Un crítico de Time Out escribió, al ver la exposición de la National Gallery en 2022, que incluso el dibujo a lápiz del rostro de su madre muerta parece una ocasión para hacer arte más que para llorar. Es una lectura dura, pero ayuda a entender por qué Freud despierta admiración y reparos a la vez.

La Hayward y la Escuela de Londres

En 1972 dejó la galería Marlborough y pasó a Anthony d’Offay. Ese mismo año se celebró su primera exposición fuera de Londres, en Hartlepool, organizada por su amigo el pintor John Wilson McCracken.

En 1974 llegó la primera retrospectiva, en la Hayward Gallery de Londres, que después viajó a otras sedes.

Dos años más tarde, en 1976, el pintor R. B. Kitaj escribió un ensayo para el catálogo de la exposición The Human Clay, en la Hayward, donde acuñó una expresión que haría fortuna, la de Escuela de Londres. Freud aparece en ella junto a Bacon, Frank Auerbach, Leon Kossoff, Michael Andrews y el propio Kitaj, entre otros.

La etiqueta designaba menos un grupo que una reunión suelta de artistas que se conocían, algunos muy de cerca, y que trabajaban en Londres a la vez, en un estilo figurativo, mientras la pintura abstracta vivía su momento de mayor auge. El Museo Reina Sofía describe a Freud como un artista atípico, al margen de ismos, movimientos y tendencias. Con Auerbach, amigo y retratado suyo, compartió en 2006 una exposición en el Victoria and Albert Museum de Londres.

Desnudos, ratas y un ojo morado

En 1977 se mudó a Holland Park, en el oeste de Londres. De esos años son algunos de sus cuadros más duros. Naked Man with Rat (1977-78) muestra a un hombre desnudo junto a una rata, un ejemplo de su costumbre de yuxtaponer al retratado con un animal o un objeto inesperado. En 1978 se pintó a sí mismo con un ojo amoratado en Self-Portrait with a Black Eye.

A finales de esa década empezó además una relación con la pintora Celia Paul, que aparece en Large Interior, W11 (after Watteau).

Cómo pintaba

Antes de seguir con la cronología conviene entender cómo trabajaba, porque buena parte de lo que se cuenta de Freud, lo bueno y lo discutible, nace de ahí.

Pintaba del natural y exigía sesiones largas, muy largas. Solía evitar a los modelos profesionales. Sus modelos eran amigos, familiares, amantes, hijos, colegas pintores, y cada uno tenía que comprometer una cantidad enorme de tiempo, sin saber cuánto exactamente. Él mismo lo resumió con una frase que figura en la exposición del Louisiana de Dinamarca: todo es autobiográfico y todo es un retrato.

El proceso tenía un orden casi fijo. Empezaba con un dibujo al carbón sobre el lienzo. Luego aplicaba pintura en una zona pequeña y avanzaba desde ese punto hacia fuera. Con un modelo nuevo, solía empezar por la cabeza para conocer a la persona, pasaba después al resto del cuerpo y volvía a la cabeza al final, cuando la comprensión del modelo era mayor. Una parte del lienzo quedaba deliberadamente en blanco hasta el final.

Organizaba el trabajo en dos turnos. Los cuadros de día se pintaban con luz natural, y los de noche, con luz artificial. No mezclaba nunca las dos cosas en un mismo cuadro.

Esa disciplina se traduce en cifras que parecen irreales. Ria, Naked Portrait (2006-07) necesitó dieciséis meses, con la modelo, Ria Kirby, posando todas las tardes salvo cuatro. Con sesiones de unas cinco horas de media, el cuadro se llevó unas 2.400 horas.

Sophie Lawrence, que posó para él hacia 2002, cuando trabajaba en la Tate, contó años después a la prensa británica que acudía cinco noches a la semana, de siete de la tarde a una de la madrugada, durante ocho meses. Volvía a casa en taxi, cubierta de pintura. El cuadro, Portrait on a White Cover, se vendió en Sotheby’s Londres en 2018 por 22,5 millones de libras.

Exigía la presencia del modelo incluso cuando trabajaba en el fondo del cuadro. Según una reseña de la exposición del National Portrait Gallery en 2012, los modelos debían seguir posando mientras Freud se ocupaba del yeso desconchado de una pared, porque creía que la presencia de una persona alteraba el espacio a su alrededor, como una onda en el agua.

Un taller áspero

El estudio de Freud tiene una presencia casi propia en sus cuadros. Sobre todo en los del final de su carrera, aparecen los muros desconchados, el suelo de tablas de madera y montones de trapos de lino con los que limpiaba los pinceles. Uno de esos montones da título a Standing by the Rags (1988-89), que conserva la Tate.

El suelo tenía tantas astillas, según se cuenta, que en uno de sus autorretratos se pintó desnudo y con botas de clavos, que llevaba para protegerse los pies.

Sobre cuándo daba un cuadro por terminado, contó que lo sabía cuando tenía la impresión de estar trabajando en un cuadro ajeno.

El crítico Martin Gayford posó durante meses para él y dejó el relato en Man with a Blue Scarf (2010). Según una reseña del libro, Gayford pasó durante las sesiones más tiempo con Freud que con nadie, salvo su esposa y sus hijos.

Los títulos, sin nombres

Hay otro rasgo de método que tiene que ver con la discreción. Muchos de los títulos de Freud son anónimos y la identidad del modelo no siempre se revelaba. Los duques de Devonshire tuvieron durante años en su casa el retrato de una de las hijas de Freud, siendo un bebé, antes de que el pintor les dijera quién era.

Sue Tilley, por ejemplo, aparece en los títulos por su oficio y no por su nombre, en la serie Benefits Supervisor.

Freud lo explicó así. Pintaba a las personas, dijo, no por cómo son ni exactamente a pesar de cómo son, sino tal y como sucede que son.

Los ochenta, de Watteau a los grandes museos

La década empezó con Freud ya establecido en Gran Bretaña. Su primera retrospectiva fuera del país llegaría en 1987. En 1981 participó en A New Spirit in Painting, una exposición colectiva de pintura contemporánea en la Royal Academy de Londres. En 1982, Lawrence Gowing publicó su monografía, y Freud volvió al grabado, que había practicado por primera vez en París en 1946. Ese año hizo quince planchas.

En 1983 recibió el título de Companion of Honour. Ese mismo año se separó de la galería Anthony d’Offay y pasó a trabajar con James Kirkman, que siguió siendo su agente. En 1984, la Tate de Londres lo incluyó en The Hard Won Image.

Large Interior, W11 (after Watteau)

El cuadro más ambicioso de esa década, y para muchos de toda su carrera, es Large Interior, W11 (after Watteau), pintado entre 1981 y 1983. Mide unos 185 por 198 centímetros, y Freud tardó unos dos años en terminarlo.

La idea nació de un cuadro pequeño de Watteau, Pierrot content, que pertenecía al barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza y que hoy se conserva en el museo de Madrid. Freud lo conoció por una reproducción bastante oscura. La escena resultante es deliberadamente teatral, con los personajes y los objetos dispuestos como sobre un escenario, y según la galería Ocula la disposición de las figuras deriva en parte de Las meninas de Velázquez.

En vez de pintar una fiesta galante, Freud pintó a sus allegados en una casa del oeste de Londres. Aparecen la pintora Celia Paul, su pareja en aquellos años. Suzy Boyt, una antigua pareja, con su hijo Kai. Bella Freud, su hija con otra mujer. Y en el suelo, tumbada sobre las tablas, una niña llamada Star, que ocupó el lugar que Freud había pensado al principio para una de sus nietas.

Cada retrato se pintó por separado. Los modelos se reunieron una sola vez, para que el pintor trazara el boceto de conjunto. El cuadro se presentó en 1983 y ha figurado en casi todas las grandes exposiciones de Freud desde entonces. En 1998 lo compró en Sotheby’s Nueva York el cofundador de Microsoft Paul Allen, por 5,83 millones de dólares, entonces récord del artista. En 2022 se subastó de nuevo, con un resultado que se cuenta más adelante.

El barón y sus retratos

Freud aceptó también algunos retratos por encargo, siempre que los retratados respetaran sus condiciones de trabajo. Según un balance de la exposición del Thyssen en 2023, esos encargos le servían para cubrir un estilo de vida costoso. Entre los retratados estuvo Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, el coleccionista que fue uno de los primeros en interesarse por su obra. El museo que lleva su nombre en Madrid conserva dos de esos retratos.

Son Retrato de hombre (Barón H. Thyssen-Bornemisza) y Hombre en una silla (Barón H. Thyssen-Bornemisza), este último de cuerpo entero. El segundo pasó de ser un depósito a formar parte de la colección cuando la hija del barón, Francesca Thyssen, anunció su donación durante la presentación de la retrospectiva de 2023.

De 1985 es también Reflection (Self-Portrait), uno de sus autorretratos de madurez, y del mismo periodo Two Irishmen in W11 (1984-85), en el que un crítico de Time Out descubrió pequeños retratos escondidos.

En los cuadros de los ochenta aparecen a menudo vistas muy cuidadas de los tejados de Londres desde las ventanas del estudio. A partir de entonces, su taller se convierte en escenario y en tema de la pintura.

De Washington a Berlín

En 1987 se presentó en la National Gallery de Londres The Artist’s Eye, una muestra de cuadros de la colección del museo seleccionados por Freud. Fue una ocasión rara de ver qué miraba él cuando miraba a otros.

Ese mismo año empezó la primera gran retrospectiva de Freud fuera del Reino Unido. La organizó el British Council. Se presentó en el Hirshhorn Museum de Washington, pasó después por el Centre Pompidou de París y por la Hayward Gallery de Londres, y terminó en la Neue Nationalgalerie de Berlín. Fue en esa última sede donde, en mayo de 1988, desapareció el retrato de Bacon.

La retrospectiva de la Hayward fue el eje de un documental de la serie Omnibus, de la BBC, dirigido por Jake Auerbach. Recoge una de las pocas conversaciones con Freud que se han registrado. La hizo posible Duncan MacGuigan, de la galería Acquavella de Nueva York.

En 1989 murió su madre, Lucie, y The Painter’s Mother, Dead cerró la serie que había empezado diecisiete años antes.

Los noventa, la consagración y los grandes desnudos

En 1992 Freud empezó a trabajar con el galerista William Acquavella, de Nueva York. En 1993 recibió la Order of Merit, una de las distinciones más prestigiosas de Gran Bretaña. Fue también el año de una gran exposición itinerante con su obra reciente, que se inauguró en la Whitechapel Art Gallery de Londres en septiembre de 1993 y viajó después al Metropolitan Museum de Nueva York, donde estuvo entre diciembre de 1993 y marzo de 1994. Terminó en Madrid, en el Museo Reina Sofía, del 19 de abril al 21 de junio de 1994. Era la primera gran exposición de Freud en España, y el catálogo llevaba un texto de Catherine Lampert, directora de la Whitechapel.

Nude with Leg Up (Leigh Bowery), un cuadro de gran formato de 1992, no figuró en la versión neoyorquina, de la que se retiró. Sí se vio en Frankfurt en 2000.

Leigh Bowery

En 1990, Freud encontró a uno de sus grandes modelos. Leigh Bowery era un artista de performance australiano, figura central de la noche londinense, un hombre de metro noventa y uno y de unos 110 kilos. Phoebe Hoban compara su gran cabeza calva con la de un Buda.

Posó para Freud hasta su muerte. El primer cuadro, Leigh Bowery (Seated) (1990), mide unos dos metros y medio por metro ochenta. Bowery aparece desnudo en una silla roja, con una pierna y un brazo colgando de un lado, y mira de frente al espectador. El segundo, Naked Man, Back View (1991-92), lo muestra de espaldas, sentado en una otomana baja, con la espalda como protagonista.

Existe una fotografía en la que pintor y modelo imitan las poses de artista y modelo en El taller del pintor, de Courbet. Dice mucho del tono de aquella colaboración. Bowery murió el 31 de diciembre de 1994, a los 33 años, por una enfermedad relacionada con el sida. Según la biógrafa Phoebe Hoban, Freud hizo trasladar su cuerpo a Australia.

Sue Tilley, la funcionaria

Fue Bowery quien presentó a Freud a su amiga Sue Tilley. Las fuentes discrepan sobre el año exacto del encuentro, entre 1990 y 1993. Tilley trabajaba en una oficina pública de empleo y, por las noches, en el guardarropa del club de Bowery. Freud la llamaba Big Sue.

De esa relación salieron cuatro cuadros y dos grabados. Evening in the Studio (1993), Benefits Supervisor Resting (1994), Benefits Supervisor Sleeping (1995) y Sleeping by the Lion Carpet (1995-96). Los títulos usan su oficio, no su nombre. Son cuerpos enormes, y la casa Sotheby’s ha hablado de una intensidad escultórica para describir la manera en que Freud los trabaja.

Sleeping by the Lion Carpet es el último y el más ambicioso. Mide 228 por 120 centímetros y Freud lo pintó durante nueve meses. Tilley aparece dormida sentada en una silla, delante de una alfombra con leones que Freud compró en un mercadillo del oeste de Londres. Ella recordaría después que aquella fue la pose más cómoda. Para superar la vergüenza de desnudarse ante un pintor, se decía que Freud era como un médico que ya había visto mucha carne desnuda.

Premios y exposiciones

En 1996, la Abbot Hall Art Gallery de Kendal reunió veintisiete cuadros y trece grabados. En 1997, la Scottish National Gallery of Modern Art de Edimburgo presentó Lucian Freud: Early Work, con unos treinta dibujos y pinturas de entre 1940 y 1945. Ese mismo año recibió el Premio Rubens de la ciudad de Siegen. En 1998, la Tate presentó Lucian Freud: Some New Paintings.

Freud cumplía entonces setenta y cinco años y seguía trabajando casi a diario en su estudio.

La última década

Freud entró en el siglo XXI con setenta y siete años y sin bajar el ritmo. Entre 2000 y 2001, el Museum für Moderne Kunst de Frankfurt mostró cincuenta obras, entre pinturas, dibujos y grabados de los cuarenta al año 2000, bajo el título Naked Portraits. Fue el único proyecto que Freud autorizó en colaboración directa con un museo alemán, y lo hizo pese a su conocido resentimiento hacia Alemania. Las razones que se suelen dar son la salida forzosa de su familia de Berlín y el robo del retrato de Bacon en 1988. Toda la publicidad de la exposición llevó la imagen de Sleeping by the Lion Carpet.

Hacia 2000 pintó After Cézanne, inspirado en La tarde en Nápoles de Cézanne y singular por su forma, ya que la parte superior izquierda del lienzo está injertada sobre el resto, y al mirarlo de cerca se ve la línea horizontal de la unión. Hoy pertenece a la Galería Nacional de Australia.

La reina

El retrato más comentado de su carrera no fue un encargo. En 2000, Isabel II aceptó posar para él. El cuadro es diminuto, de 23,5 por 15,2 centímetros, y las sesiones se prolongaron entre mayo de 2000 y diciembre de 2001, en un palacio real y no en el estudio de Kensington. Freud le pidió que llevara la corona.

Cuando el retrato se hizo público, en diciembre de 2001, la prensa británica se dividió. A muchos les pareció poco favorecedor. Algún tabloide lo llamó farsa. La reina no hizo comentario alguno.

La historia tiene un final posterior que corrige una versión muy extendida. Durante años se dijo que Freud había donado el cuadro a la Colección Real. En 2022, The Art Newspaper informó de que no había sido así. El retrato fue un regalo personal a la reina, y no entró en la Colección Real. Ese año, tras la muerte de Isabel II, su hijo, el rey Carlos III, lo prestó a la exposición de la National Gallery. Fue, según el mismo periódico, probablemente el primer préstamo artístico del nuevo reinado.

Tate Britain, Hockney y Kate Moss

En 2002, la Tate Britain presentó una gran retrospectiva comisariada por William Feaver, que después viajó a la Fundació La Caixa de Barcelona y al Museum of Contemporary Art de Los Ángeles. Ese año Freud seleccionó además una muestra de Constable para el Grand Palais de París.

En 2002 pintó también a David Hockney. Hockney posó durante más de cien horas en cuatro meses, en casa de Freud, cerca de Holland Park. Las sesiones empezaban con una taza de té que el pintor preparaba en un fogón lleno de grasa. Hockney ha contado que Freud le dejaba fumar y le pedía que no se lo dijera a Kate Moss.

Kate Moss, que entonces tenía veintiocho años, posó nueve meses, embarazada y desnuda. El encuentro lo facilitó Bella Freud, amiga de Moss. La modelo recordó después que aquellas sesiones le enseñaron disciplina. Según Artsy, durante ese tiempo Freud le tatuó dos pájaros en la espalda. Naked Portrait (2002) se vendió en Christie’s Nueva York en 2005 por 7,29 millones de dólares, unos 3,9 millones de libras.

Retratos de poder y de caballos

Hacia 2004 Freud pintó The Brigadier, el retrato del militar Andrew Parker Bowles con uniforme del ejército británico, que se subastó en 2015 por 34,9 millones de dólares. A partir de 2003 posó para él el crítico Martin Gayford, que luego escribiría Man with a Blue Scarf. En esos mismos años pintó caballos, Grey Gelding (2003), Skewbald Mare (2004) y Mare Eating Hay (2006), animales a los que se sentía unido desde la infancia.

En 2004 sus cuadros recientes se vieron en la Wallace Collection de Londres, un museo de antiguos maestros. En 2005, el Museo Correr de Venecia le dedicó una retrospectiva coincidiendo con la Bienal. En 2006 compartió con Auerbach una exposición en el Victoria and Albert Museum. En 2007 llegó al Irish Museum of Modern Art de Dublín y, en Nueva York, el MoMA mostró sus grabados. En 2010, el Centre Pompidou de París organizó L’Atelier.

David Dawson y el último cuadro

La figura clave de sus últimos años fue David Dawson, pintor galés nacido en 1960. Empezó trabajando para el marchante de Freud en 1991 y se convirtió en su ayudante, su amigo y uno de sus modelos más habituales. Posó para unos diez cuadros. También fotografió a Freud pintando, y esas imágenes se mostraron en la National Portrait Gallery en 2004. Veintiséis de ellas pertenecen a la colección del museo.

Dawson es también el sujeto de la última pintura de Freud, Portrait of the Hound, un retrato doble con su whippet, Eli, en el que aparece desnudo. Freud trabajó en él durante cuatro años y no pudo terminarlo. Las últimas pinceladas fueron para la oreja de Eli, atenta y a la escucha.

Lucian Freud murió el 20 de julio de 2011 en su casa de Londres, a los 88 años. Lo comunicó la galería Acquavella. Fue enterrado en el cementerio de Highgate. El funeral, privado, lo ofició el arzobispo Rowan Williams.

El grabado y el dibujo

Freud dibujaba desde muy joven y lo siguió haciendo toda la vida. El dibujo, además, era el primer paso de cada cuadro, porque empezaba los lienzos con un trazado al carbón antes de aplicar el óleo.

Su relación con el grabado tiene dos tiempos. Los dos primeros aguafuertes son de 1946, en París, y se titulan The Bird y Chelsea Bun. En 1982 volvió a la plancha, con quince grabados ese año, y ya no la dejó.

En su última etapa solía hacer, después de terminar un retrato, un grabado de la misma persona en otra postura. Dibujaba directamente sobre la plancha, con el modelo delante. Son obras en las que el rostro y el cuerpo reciben la misma atención que en los cuadros, pero con la precisión y el contraste del blanco y negro.

Entre las modelos que posaron para esos grabados estuvo Sue Tilley. De esa serie proviene Woman with an Arm Tattoo, una de las planchas que Freud le regaló y que ella vendió en 2005. El libro de Martin Gayford, Man with a Blue Scarf, reproduce el grabado que Freud hizo de él tras el retrato al óleo.

Exposiciones sobre el trazo

La obra sobre papel de Freud ha tenido en los últimos años exposiciones propias. Entre 2007 y 2008, el MoMA de Nueva York presentó Lucian Freud: The Painter’s Etchings, comisariada por Starr Figura, con sus grabados. En 2012, la galería Blain Southern de Londres y Acquavella en Nueva York mostraron una muestra de dibujos.

La más reciente es la de 2026. El National Portrait Gallery de Londres presentó del 12 de febrero al 4 de mayo Lucian Freud: Drawing into Painting, con catálogo de Sarah Howgate. Después, el Louisiana Museum of Modern Art de Humlebæk, en Dinamarca, la acogió entre el 11 de junio y el 27 de septiembre. Reunía dibujos a lápiz, a pluma, a tinta y al carbón, además de grabados, y un grupo seleccionado de cuadros para mostrar cómo dialogaban la obra sobre papel y la obra sobre lienzo.

El planteamiento parte de una idea sencilla. Para entender a Freud conviene ver lo que hacía con el lápiz, y cómo ese trazo se convertía después en pintura. El propio Louisiana lo resume con una frase de Freud que sirve de título a la muestra: todo es un retrato.

Conversar con los maestros

Freud pintaba del natural y no copiaba a nadie, pero miraba mucho a los antiguos. La exposición de la National Gallery y el Thyssen de 2022-23 reunió alusiones a Holbein, Cranach, Hals, Velázquez, Rembrandt y Watteau, y también a Ingres, Courbet, Rodin y Cézanne.

Algunas de esas conversaciones se hicieron explícitas en el título. Large Interior, W11 (after Watteau) parte de un Watteau. After Cézanne (hacia 2000) toma como punto de partida un cuadro de Cézanne sobre Nápoles. Otras se adivinan solo en la composición. La disposición de las figuras en el gran interior de los ochenta, como señalaba la galería Ocula, deriva en parte de Las meninas.

El Thyssen ha llamado la atención sobre otro detalle. En Reflejo con dos niños (Autorretrato), la pincelada cargada de pintura recuerda a Frans Hals, al que Freud admiraba por la firmeza y la franqueza con que aplicaba el óleo. De ahí que Feaver lo llamara el Hals de Paddington.

Lucian Freud, Reflejo con dos niños (Autorretrato, 1965)
Lucian Freud, Reflejo con dos niños (Autorretrato, 1965)

La exposición del Reina Sofía de 1994 ya subrayaba su uso de la luz como elemento compositivo, bajo la influencia de Hals, Rubens y Velázquez, y su mirada hacia la Nueva Objetividad alemana.

También hablaba de ellos. En el libro de Gayford, Freud comenta a Michelangelo, Vermeer, Tiziano, Chardin, Goya, Van Gogh y Mondrian, además de a su gran contemporáneo Francis Bacon. Sotheby’s, por su parte, ha recordado su diálogo con Tiziano, Rubens y Velázquez.

Un pintor que iba a la National Gallery

La relación de Freud con los museos era también física. Según cuentan, disponía de un pase especial para visitar la National Gallery. En 1987 eligió él mismo entre los fondos del museo los cuadros que se mostrarían en The Artist’s Eye. En 2002 seleccionó una muestra de Constable para el Grand Palais de París. En 2008 intervino en la campaña para que unos cuadros de Tiziano no salieran de Gran Bretaña.

Freud fue un pintor reservado, poco dado a explicarse, y esas selecciones son de lo más parecido que dejó a una declaración de gustos. La National Gallery le dedicó en 2022 la retrospectiva Lucian Freud: New Perspectives, que propuso David Dawson al museo.

A sus primeros retratos, tan precisos y de tonos tan contenidos, se los comparó con Ingres, y se llegó a llamarlo el Ingres del existencialismo.

Fuera del estudio

La vida privada de Freud ha ocupado tanto espacio como sus cuadros. Hay una razón, y es que los cuadros nacen de ella. Como ha recordado el Thyssen, sus modelos eran a menudo amigos, amantes y sus propios hijos.

Reconoció a catorce hijos, según recogió Vanity Fair: dos de su matrimonio con Kitty Garman y doce fuera del matrimonio, con cinco mujeres distintas. Geordie Greig, autor de Breakfast with Lucian (2013), añade que, según estimaciones de sus amigos, pudo tener hasta treinta.

Entre los hijos hay figuras conocidas. Annie Freud, hija de Kitty, es poeta. Esther Freud, escritora, y Bella Freud, diseñadora de moda, son hijas de Bernardine Coverley. Rose Boyt, hija de Suzy Boyt, aparece de niña en el cuadro del Thyssen de 1965 y publicó en 2024 Naked Portrait: A Memoir of Lucian Freud. En 2025, Esther Freud publicó en Vogue un ensayo cuyo título pregunta por qué su madre la mantuvo en secreto.

La crítica ha dado vueltas a la pregunta de cuánto pesa el hombre en el juicio sobre la obra. Eddy Frankel, crítico de Time Out, escribió al ver la exposición de la National Gallery que Freud fue un padre ausente y un infiel reincidente, porque lo único que le importaba era el lienzo, y que la muestra servía para comprobar si había merecido la pena. Su conclusión es que los cuadros no resultan agradables, pero siguen siendo asombrosos.

El Thyssen titula una entrevista con su conservadora Paloma Alarcó con una frase que apunta en la misma dirección. Freud fue, dice, un artista cuya compleja y fascinante existencia a veces eclipsó la magnitud de su obra.

Reservado hasta con las cámaras

Freud era un hombre reservado y detestaba que lo fotografiaran. Según la biografía de William Feaver, en una cena privada llegó a dar una patada a un fotógrafo cuando este se marchaba.

La excepción fue David Dawson, que lo fotografió en el estudio desde el año 2000. De ahí salieron imágenes que hoy custodia el National Portrait Gallery.

Las cartas de sus primeros años se han publicado como Love Lucian: The Letters of Lucian Freud 1939-1954, editadas por Dawson y Gayford en 2022. Junto a las biografías de Feaver, Greig y Hoban y al libro de Gayford, forman hoy la base documental para entender su vida.

El mercado

Freud se hizo caro antes de morir y se encareció después. Conviene repasar las cifras con fecha, porque son las que permiten medir cuánto ha cambiado la percepción de su obra.

En febrero de 2005, Christie’s vendió en Nueva York Naked Portrait (2002), el retrato de Kate Moss embarazada, por 7,29 millones de dólares. Ese mismo día otro cuadro, Red Haired Man on a Chair, alcanzó 7,71 millones y fijó entonces un récord para el artista.

En mayo de 2008, también en Christie’s Nueva York, Benefits Supervisor Sleeping se vendió por 33,6 millones de dólares, unos 17 millones de libras. Fue en su día el precio más alto pagado por una obra de un artista vivo.

El 13 de mayo de 2015, Benefits Supervisor Resting (1994) superó esa cifra con 56,16 millones de dólares. Seis meses después, el 10 de noviembre, The Brigadier se vendió por 34,89 millones, por encima de su estimación. En junio de 2018, Portrait on a White Cover alcanzó 22,5 millones de libras en Sotheby’s Londres.

El salto mayor llegó el 9 de noviembre de 2022. Dentro de la colección del cofundador de Microsoft Paul Allen, Large Interior, W11 (after Watteau) se vendió en Christie’s Nueva York por 86,27 millones de dólares, con comisiones. Superaba en 30,1 millones el récord anterior, un 53 por ciento más. Allen lo había comprado en 1998 por 5,83 millones.

La subasta de 2026

La última gran operación es reciente. El 24 de junio de 2026, Sotheby’s Londres ofreció Sleeping by the Lion Carpet, el último de los cuatro grandes cuadros de Sue Tilley, con una estimación de entre 25 y 35 millones de libras. Nunca había salido a subasta. Lo tenía desde 1996 el financiero Joe Lewis, que lo había comprado directamente a Acquavella, el galerista de Freud.

El cuadro se vendió en torno a los 29 millones de libras, unos 38,4 millones de dólares con las comisiones, tras la puja de cinco postores. Las fuentes dan cifras ligeramente distintas, entre 29,2 y 29,3 millones. Quedó dentro de la estimación y lejos del récord de 2022.

En marzo de ese mismo año, Sotheby’s había vendido otro cuadro de la colección Lewis, Blond Girl on a Bed (1987), por 7,4 millones de libras.

Lo que enseñan las cifras es una trayectoria. En 2005 un Freud de primera fila valía siete millones de dólares, y en 2022 uno de sus cuadros superó los ochenta. Freud murió sin ver la mayor parte de ese ascenso.

Freud y España

La relación de España con Freud es más larga de lo que suele pensarse, y pasa por tres museos.

El primero fue el Reina Sofía, que en 1994 acogió la exposición itinerante de la Whitechapel, del 19 de abril al 21 de junio. El museo la describe como su primera gran exposición en España. Comentaba la obra de un artista al que presentaba como atípico, al margen de ismos, movimientos y tendencias.

El segundo fue la Fundació La Caixa, en Barcelona. La retrospectiva de Tate Britain de 2002, comisariada por William Feaver, viajó hasta allí antes de llegar a Los Ángeles.

El tercero es el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Es el único museo español con obra de Freud. Guarda cinco pinturas, todas retratos. Son Reflejo con dos niños (Autorretrato) (1965), Gran interior. Paddington (1968-69), Último retrato, Retrato de hombre (Barón H. Thyssen-Bornemisza) y Hombre en una silla (Barón H. Thyssen-Bornemisza).

La razón es una amistad. Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza fue uno de los primeros coleccionistas privados en interesarse por su obra. Posó para él en su estudio, para dos retratos. Guillermo Solana, director del museo, dijo al presentar la retrospectiva de 2023 que Freud era el artista contemporáneo más vinculado a la colección Thyssen, incluso a nivel personal. Durante años, los únicos retratos del barón que tenía el museo eran los que había pintado Freud.

La retrospectiva de 2023

Con motivo del centenario de su nacimiento, el Thyssen y la National Gallery de Londres organizaron una retrospectiva conjunta. Se vio primero en Londres, del 1 de octubre de 2022 al 22 de enero de 2023, y en Madrid, del 14 de febrero al 18 de junio de 2023. Reunió más de cincuenta obras que recorrían siete décadas, desde los años cuarenta hasta principios del siglo XXI.

La comisariaron Daniel F. Herrmann en Londres, y Paloma Alarcó y Clara Marcellán en Madrid. Se organizó por temas, de forma más o menos cronológica: los comienzos, los primeros retratos, la intimidad, el poder, el estudio y, por último, la carne. Cerraba con fotografías de David Dawson.

Guillermo Solana agradeció a Gabriele Finaldi, director de la National Gallery y antiguo responsable del Prado, que hubiera aceptado al Thyssen como segunda sede. Lo hizo con una frase que retrata el momento. Hasta entonces, dijo, ese papel había recaído en el Prado.

En la presentación, Francesca Thyssen sorprendió a los asistentes al anunciar la donación de Hombre en una silla, el retrato de su padre. Hasta entonces estaba en el museo en calidad de depósito.

Otras exposiciones recientes

Fuera de España, los últimos años han traído nuevas miradas. En 2013 tuvo una exposición en el Kunsthistorisches Museum de Viena. En 2019 y 2020, la Royal Academy de Londres y el Museum of Fine Arts de Boston presentaron Lucian Freud: The Self-Portraits. En 2022, la muestra de la National Gallery. En 2026, el National Portrait Gallery y el Louisiana se centraron en sus dibujos.

En 2026 también llegó a las pantallas Moss & Freud, una película de James Lucas sobre las sesiones de 2002 con Kate Moss. Es una muestra de que su figura sigue interesando fuera de los museos.

Cómo se mira hoy

La discusión sobre Freud no se agota en los cuadros. También alcanza a cómo trató a quienes posaban para él y a cómo vivió. Esa segunda conversación no resta valor a la pintura, pero cambia la manera de mirarla.

La reseña de Time Out a la exposición de la National Gallery lo dice sin rodeos. Se puede separar el arte del artista casi siempre, escribe Eddy Frankel, pero cuesta cuando la obra refleja de forma tan evidente una personalidad. Aun así concluye que, a quien le guste la pintura por sí misma, Freud le resulta casi insuperable.

Hay lecturas que van en sentido contrario y defienden que la dureza de Freud es una forma de honestidad. Según una crónica sobre la película de 2026, a Kate Moss no le gustó su retrato al principio, y el pintor le dijo, con cierta pompa, que aquello no era un hecho sino una verdad. Con el tiempo, cuenta la misma crónica, ella lo aceptó.

La exposición de 2022 y 2023 intentó una tercera vía. Su catálogo reúne ensayos originales y entrevistas con pintores actuales para ampliar la comprensión de su método y acercarlo a las nuevas generaciones. Es una apuesta por mirarlo como pintor antes que como personaje.

Freud dijo en una entrevista publicada en 2008 que la tarea del artista es hacer que el ser humano se sienta incómodo, y que todos los placeres de verdad son solitarios. Sus cuadros no buscan agradar.

Por dónde empezar a leer sobre él

Quien quiera profundizar tiene hoy mucho donde elegir. William Feaver publicó The Lives of Lucian Freud, en dos volúmenes, Youth en 2019 y Fame en 2021 (en edición de Knopf, The Restless Years, 1922-1968 y Fame, 1968-2011). Geordie Greig escribió Breakfast with Lucian (2013) como alguien que trató al pintor, y Phoebe Hoban, Lucian Freud: Eyes Wide Open (2014).

Para entender el oficio, el libro de Martin Gayford, Man with a Blue Scarf (2010), sigue siendo la mejor entrada. La relación con Bacon ocupa la primera parte de The Art of Rivalry (2016), de Sebastian Smee. Las cartas de sus primeros años están en Love Lucian (2022). Y Catherine Lampert, que comisarió varias de sus exposiciones, trabajaba en 2021 en el catálogo razonado de su obra.

Conviene también recordar dónde ver los cuadros. El Museo Thyssen de Madrid cuenta con cinco, expuestos en su colección permanente. La Tate, en Londres, guarda Girl with a Kitten, Man with a Thistle, Girl with a White Dog y Two Plants. El Walker de Liverpool tiene Interior in Paddington.

Un pintor sin fecha de caducidad

Freud empezó pintando con sable fino y acabó con un pincel de cerda cargado hasta el borde. Hizo retratos minúsculos y enormes, pintó a su madre viva y muerta, a una reina y a una funcionaria, a un barón. Fue autobiográfico, como decía, hasta el último cuadro, un retrato de su ayudante y su perro.

Los libros, los precios y las discusiones sobre su vida irán cambiando. Lo que sus cuadros piden no cambia: que alguien se detenga delante y mire despacio. La carne pintada tiene peso y el rostro devuelve la mirada, y eso no depende del precio ni del apellido.

En Some Thoughts on Painting, Freud escribió en 1954 que quería mover los sentidos con una intensificación de la realidad. Setenta y dos años después, sigue haciéndolo.

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