Peter Medak ha muerto en Los Ángeles a los 88 años. El director de Al final de la escalera, La clase dirigente y Los Kray falleció el martes 27 de octubre, según ha informado su familia, que ha precisado que se fue en paz y no ha dado a conocer la causa.
Nacido en Budapest en 1937 y refugiado en Inglaterra a los dieciocho años, Medak dirigió 27 largometrajes a lo largo de seis décadas, además de un buen número de episodios de televisión. Pasó por la comedia negra, el terror, el cine criminal, el cuento de hadas para la pequeña pantalla y las series de prestigio. Esa facilidad para cambiar de género le dio fama de artesano versátil y, quizá por eso mismo, le costó que se le tratara como un autor.
Su nombre queda unido a una película de 1980. En Al final de la escalera, un compositor viudo se instala en una mansión de Seattle y descubre que la casa guarda un crimen sin castigar. Una pelota que baja rebotando por una escalera vacía es una de las imágenes más imitadas del cine de fantasmas, y mucha gente la conoce sin haber visto la película.
Su carrera, sin embargo, es bastante más ancha. Medak dirigió a Peter O’Toole en una sátira feroz sobre la aristocracia británica, retrató a los gánsteres Kray con los hermanos Kemp, de Spandau Ballet, y reunió a Gary Oldman con Lena Olin en un policíaco desquiciado. También padeció, y mucho después contó, el naufragio de una película con Peter Sellers que lo persiguió durante casi medio siglo.
Un niño húngaro entre la guerra y el exilio
Medak nació en Budapest el 23 de diciembre de 1937, con el nombre de Medák Péter, hijo de Elisabeth Diamounstein y de Gyula Medak, fabricante textil. La familia era judía y los primeros años del futuro director transcurrieron bajo la sombra de la guerra. Los Medak tuvieron que esconderse y lograron sobrevivir.
La paz no trajo alivio. Con la llegada del régimen comunista, el padre fue clasificado como capitalista y encarcelado. Un hermano de Medak murió en esos años y al propio Peter, según se ha contado, le cerraron las puertas de la escuela. Creció devorando libros, obras de teatro, películas y música, y buscando en ellos una salida.
La salida llegó con el levantamiento de octubre de 1956. Medak tenía dieciocho años cuando huyó de Hungría hacia Inglaterra, en la riada de refugiados que dejó el país tras la intervención soviética. En Londres lo esperaba una tía cantante de ópera con contactos en el mundo del espectáculo, que le consiguió un puesto de aprendiz en Associated British-Pathé, una casa que producía sobre todo documentales.
De ahí pasó por los estudios de Elstree, Pinewood y Shepperton, donde fue subiendo escalones en los rodajes de producciones británicas hasta llegar a ayudante de dirección. Trabajó en esa condición en la versión de Hammer de The Phantom of the Opera, de 1962, y su disciplina en el set de The V.I.P.s, con Elizabeth Taylor y Richard Burton, llamó la atención de Universal.
En 1963, MCA Universal lo llevó a Los Ángeles con un contrato para dirigir televisión. Allí firmó episodios de series como Court Martial, con Peter Graves, y tuvo ocasión de observar de cerca el trabajo de Alfred Hitchcock y de otros veteranos del estudio. Cuatro años más tarde, Paramount le ofreció un contrato para rodar largometrajes.
Aquel aprendizaje de casi una década, hecho a base de trabajo de encargo, le dejó un oficio que se notaría en toda su carrera. Medak entendía el cine como un trabajo de equipo y de supervivencia, y lo ejerció con la misma naturalidad en un plató de Pinewood, en un estudio de Hollywood o en una carretera de Chipre.
Negatives, un debut que desconcertó
Negatives llegó a las pantallas en 1968. Medak rondaba los treinta años y su primer largometraje, producido para Paramount, adaptaba una novela de Peter Everett publicada en 1961, que el propio autor convirtió en guion.
Theo y Vivien forman una pareja que sostiene su relación a base de juegos de rol. Él se disfraza del doctor Crippen, el famoso asesino de esposas de la Inglaterra eduardiana, y ella alterna entre el papel de la mujer asesinada y el de la amante. Cuando se suma al triángulo una fotógrafa alemana, la fantasía cambia de siglo y de bando, y Theo pasa a creerse el Barón Rojo hasta el punto de comprar un avión de verdad. Peter McEnery, Diane Cilento y Glenda Jackson, que ganaría poco después el primero de sus dos Óscar, componían el reparto.
La crítica quedó dividida. Algunos admiraron el ritmo de minué y la elegancia fotográfica de un director novel, mientras otros se perdieron en un laberinto de fantasías que no se molestaba en explicarse. La película fue ganando admiradores con los años, sobre todo a través de las ediciones domésticas, y Severin la publicó en Blu-ray el año pasado.
En 1972 Medak estrenó dos películas, y las dos eran comedias negras adaptadas de obras de teatro británicas. La primera, A Day in the Death of Joe Egg, partía del texto de Peter Nichols, que el dramaturgo escribió a partir de su experiencia como padre de una hija con una discapacidad grave. Alan Bates y Janet Suzman dan vida a un maestro de escuela y a su mujer, una pareja que convive con su hija Josephine, a la que llaman Joe, y que se defiende del dolor con bromas, imitaciones y fantasías.
Medak conservó el humor áspero de la obra sin esquivar su crudeza. La película recibió críticas mayoritariamente favorables, con elogios para la dirección, para el ritmo y para el trabajo de los dos protagonistas.
La clase dirigente y la apuesta de Peter O’Toole
La segunda comedia de 1972 es la película que mejor representa al Medak más audaz. La clase dirigente adapta la obra de Peter Barnes estrenada en 1968, una sátira contra la aristocracia británica protagonizada por un conde que cree ser Jesucristo.
O’Toole poseía los derechos de la pieza, pero la tenía aparcada mientras acumulaba proyectos, y Medak llevaba tiempo insistiéndole. Según el director, todo se decidió una noche en que volvían del teatro y recorrieron todos los bares entre Soho y Hampstead. Ya en casa del actor, muy bebido, O’Toole llamó a su representante, le dijo que estaba con el húngaro loco y le dio veinticuatro horas para montar la película. Al día siguiente, Medak recibió la llamada de United Artists.
Jack Gurney hereda el título de decimocuarto conde de Gurney tras la muerte accidental de su padre. Es un esquizofrénico paranoico que se proclama Dios del amor, canta y baila ante sus perplejos parientes y duerme sobre una cruz. Su tío, Sir Charles, quiere casarlo con su amante para obtener un heredero y después internarlo. Un tratamiento de electroshock acaba con el Jesucristo de Jack, pero lo sustituye por otro personaje mucho más peligroso, Jack el Destripador.
El final, en la Cámara de los Lores, es una de las secuencias más corrosivas del cine británico de la época. Los pares aplauden entusiasmados un discurso a favor del castigo corporal y la pena de muerte, y la película, que antes ha mostrado a esos mismos lores como cadáveres en descomposición cantando un himno, sugiere que la sociedad perdona cualquier locura que sirva a sus intereses.
Se rodó en la mansión de Harlaxton, con los interiores reconstruidos en estudio, por un coste de 1,4 millones de dólares. La versión original dura 154 minutos. Junto a O’Toole figuran Alastair Sim como obispo, Arthur Lowe como el mayordomo comunista, Coral Browne, Harry Andrews, William Mervyn y James Villiers, y en el papel de Grace, la mujer de Jack, Carolyn Seymour, con quien Medak se casaría un año después.
Medak ha recordado que parte del equipo y del reparto se reunía a la hora de comer en el camerino de O’Toole y regresaba al plató bastante achispado. También ha hablado con admiración de la memoria fotográfica del actor, a quien describía como un genio capaz de leer un guion una sola vez y recordar cada línea.
La película compitió por la Palma de Oro en Cannes en 1972 y valió a O’Toole una nominación al Óscar al mejor actor. Obtuvo además el premio del National Board of Review y una candidatura al Globo de Oro a la mejor película extranjera de habla inglesa. Las opiniones, en cambio, estuvieron divididas, entre quienes la consideraron una diversión fantástica y quienes vieron en ella una sátira de brocha gorda.
No funcionó en taquilla. Cuenta la leyenda que, cuando United Artists anunció que recortaría el montaje para el mercado estadounidense, el productor Jules Buck golpeó al representante de la compañía en Londres y recompró la película. Avco Embassy se hizo con la distribución y la acortó seis minutos. Sudáfrica la prohibió.
Con el tiempo, La clase dirigente se convirtió en película de culto. El estudioso Ian Christie ha señalado que su ambición es su rasgo más singular, ya que mezcla en una sola película la tradición teatral inglesa, la farsa de Whitehall, el humor de Oscar Wilde, las comedias de los estudios Ealing y el terror sangriento de Hammer. Es, junto a Al final de la escalera, la película por la que más se recuerda a Medak.
El naufragio de Ghost in the Noonday Sun
En 1973, Medak era un director cotizado. Tres películas en cinco años le habían dado prestigio, y Peter Sellers, amigo suyo, le pidió que dirigiera su próximo proyecto, una comedia de piratas del siglo XVII que se rodaría en Chipre. Medak aceptó. Años después diría que había actuado como un idiota.
Los problemas empezaron antes de que sonara la primera claqueta. El capitán griego que llevaba el barco pirata hasta el puerto de Kyrenia estaba tan borracho que lo estrelló contra el muelle. Sellers llegó a la isla en un estado de ánimo extraño, que se atribuyó a su reciente ruptura con Liza Minnelli, y empezó a perder la confianza en la película desde los primeros días.
Spike Milligan, viejo compañero de Sellers en The Goon Show, llegó para rodar sus escenas, vio el material filmado hasta entonces y lo calificó de camino al desastre. Se puso a reescribir el guion. Sellers dio su visto bueno al principio, pero no se presentó el primer día de rodaje de las escenas nuevas, alegando que estaba demasiado enfermo, y a partir de ahí simuló dolencias y trató de que se cerrara la producción.
Una vez fue ingresado en un hospital por un presunto infarto. Dos días después, Medak vio en los periódicos fotografías del actor cenando con la princesa Margarita en Londres. Sellers se enfrentó además con Tony Franciosa, su compañero de reparto, y llegó a negarse a aparecer en un plano con él. Tras un pase privado al que asistieron Sellers y Milligan, Medak recordó que todos tuvieron ganas de desaparecer.
Columbia consideró que la película no merecía estrenarse en cines. Tardó más de diez años en llegar a las tiendas de vídeo, en 1985, y no salió en DVD hasta 2016. Medak dijo en una ocasión que había sido el mayor desastre de su vida. De Sellers decía que como artista era un genio y como persona estaba loco, aunque también conservaba el recuerdo de momentos en que se reían tanto que les corrían lágrimas por las mejillas.
El fracaso frenó su carrera en el cine. Volvió con The Odd Job (1978), una comedia protagonizada por Graham Chapman, de los Monty Python, que también tuvo un rodaje accidentado. Su regreso grande llegó poco después, con una película de fantasmas.
La película de fantasmas que otros dos directores abandonaron
Medak llegó a Al final de la escalera con el proyecto ya en marcha. Fue el tercer director contratado. Donald Cammell y Tony Richardson se habían marchado antes por diferencias creativas, y Medak dispuso de apenas un mes para reescribir el guion y construir los decorados.
Era una producción canadiense, firmada por Joel B. Michaels y Garth H. Drabinsky, y nació en plena fiebre de las desgravaciones fiscales al cine en la Columbia Británica. El dinero salió de 264 inversores que compraron participaciones de 25.000 dólares cada una. La película costó 6,6 millones de dólares y recaudó unos doce millones en todo el mundo, y los inversores acabaron obteniendo un beneficio de 9.229 dólares por participación.
George C. Scott, ganador del Óscar por Patton, aceptó el papel protagonista, y su mujer en la vida real, Trish Van Devere, se encargó del papel de Claire Norman. Completaban el reparto Melvyn Douglas, doble ganador del Óscar, John Colicos y Jean Marsh, que interpreta a la esposa del protagonista en una aparición muy breve. El rodaje empezó el 4 de diciembre de 1978 y terminó el 25 de febrero de 1979.
La historia transcurre en Seattle, pero casi todo se rodó en Vancouver y en Victoria. El castillo de Hatley, en la isla de Vancouver, hizo de casa del senador. El exterior de la mansión encantada se levantó en un solar de Vancouver, y los interiores se montaron sobre una serie de decorados comunicados en los estudios Panorama de West Vancouver. Entre el equipo había una ayudante de dirección cuyo hijo, de siete meses, hizo allí su debut ante la cámara. Se llamaba Joshua Jackson.
Un crimen de 1906 y una casa de Denver
John Russell es un compositor neoyorquino que, en una carretera nevada, ve morir a su mujer y a su hija atropelladas por un camión mientras él va a buscar un teléfono. Para escapar del dolor se traslada a Seattle y alquila una mansión a Claire Norman, de la sociedad histórica local.
La casa tarda poco en dar señales. Hay golpes cada mañana, los grifos aparecen abiertos, una ventana de cristal rojo estalla en pedazos y, en un armario, John descubre una puerta tapiada que conduce a un cuarto escondido al final de una escalera. Allí hay una caja de música que toca la misma melodía que él acababa de tocar al piano en la planta baja.
Una sesión de espiritismo, grabada en una cinta, le revela la voz del fantasma. Se trata de Joseph Carmichael, un niño enfermo y lisiado al que su padre asesinó en 1906 para asegurarse una herencia millonaria, y al que reemplazó por otro niño sacado de un orfanato. El impostor creció y hoy es un poderoso senador.
El título original, The Changeling, alude a esas criaturas del folclore europeo que sustituyen a un niño humano, y no tiene traducción exacta al español. En Argentina se estrenó como El intermediario del diablo; en España, como Al final de la escalera, que remite al cuarto sellado.
El guion se inspiró en las supuestas experiencias de Russell Hunter, compositor y dramaturgo que aseguraba haber vivido a finales de los años sesenta en la mansión Henry Treat Rogers, junto al parque Cheesman, en Denver. Hunter contaba que encontró en un cuarto oculto un diario centenario y que una sesión de espiritismo lo condujo hasta unos restos y una medalla con el nombre del niño muerto.
El relato nunca se ha podido confirmar. La Biblioteca Pública de Denver no tiene constancia de que Hunter viviera en esa casa, y un historiador local ha señalado que ninguna familia de la zona poseía una fortuna como la que describía la leyenda. La mansión fue demolida en la década de 1980 y sustituida por un edificio de apartamentos.
El parque Cheesman, por su parte, se levantó sobre un antiguo cementerio, y en 2010 unos operarios que instalaban el riego desenterraron cuatro esqueletos. Todo esto ayuda a que la historia siga viva, sea cierta o no.
La pelota, la cinta y George C. Scott
El guion de partida incluía más efectos de susto, y la película acabó apostando por la sugerencia. Medak ha descrito Al final de la escalera como una historia de fantasmas clásica, en la que se descubren poco a poco hechos ocultos en el pasado. Ha reconocido, además, que cada película lleva dentro la vida de quien la rueda y que esta no era una excepción, porque en ella pesaban los miedos de su infancia.
La escena más célebre es la de la pelota. Una bola de goma baja rebotando por la escalera de la casa vacía, John la arroja desde un puente a un río y la pelota regresa. Medak explicó que él y Scott buscaron meter en ese gesto de lanzarla al agua todas las emociones del filme. Estas escenas, añadía, no se planifican como momentos especiales, sino que surgen cuando el guion es bueno.
Otro de los instantes que más recordaba era distinto. John fuma un cigarrillo mientras escucha, en un viejo magnetófono de bobina, la grabación de la sesión de espiritismo y descubre una voz que no había oído al hacerla. Medak recordaba además que las mejores escenas de Scott a veces consistían simplemente en que apagaba una luz.
Scott, el general de Patton y el militar de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, aparece contenido, casi frágil, como un hombre racional que se resiste a creer en sus propios ojos. Stephen King, que sitúa la película entre sus favoritas del terror sobrenatural, ha dicho que no necesita monstruos saliendo de ataúdes y que le basta una pelota botando por una escalera para helarle la sangre. King añadió que quizá fuera el último gran papel de Scott en la pantalla.
La fotografía de John Coquillon, colaborador habitual de Sam Peckinpah, mantiene una textura casi documental que sitúa el miedo en un entorno cotidiano. La música de Rick Wilkins se apoya en la melodía de la caja de música, y la sesión de espiritismo, con la cinta como único testigo, es uno de los pasajes más tensos del cine de terror de su década.
No todo el mundo quedó convencido. Roger Ebert admiró la factura técnica de la película, pero echó en falta la sensación de peligro inminente y consideró demasiado sereno a su protagonista.
Más de cuatro décadas de fantasmas
Al final de la escalera se estrenó en el USA Film Festival de Dallas el 26 de marzo de 1980 y llegó a las salas de Canadá y Estados Unidos dos días después. Fue la producción canadiense más taquillera de ese año y ganó ocho de los primeros premios Genie, entre ellos los de mejor película, mejor actor extranjero para Scott, mejor actriz extranjera para Van Devere, mejor guion adaptado y mejor fotografía. Obtuvo además dos nominaciones a los premios Saturn.
Su prestigio ha ido creciendo desde entonces. Martin Scorsese la incluyó en su lista de los once filmes más terroríficos de todos los tiempos. Guillermo del Toro, según se ha contado, se acercó a felicitar a Medak en una gala y la definió como una obra maestra. Se cuenta también que Steven Spielberg la proyectó para el equipo de Poltergeist, y su influencia se ha detectado en El sexto sentido y en muchas otras historias de casas encantadas.
En 2018 la Boston Society of Film Critics la distinguió con su premio al mejor redescubrimiento, el mismo año en que Severin publicó una edición en Blu-ray y dio nueva visibilidad a la película. En 2024, Entertainment Weekly la situó en el primer puesto de su lista de las mejores películas de casas encantadas de la historia, y en la misma época Esquire la colocó entre las grandes del terror de los ochenta.
Se anunció en 2018 un remake, con la productora alemana X Filme y la participación de Joel B. Michaels, el productor del original. El proyecto cambió de director, de guionista y de escenario durante los años siguientes, y llegó a plantearse su traslado a Venecia y después a Irlanda. En 1987, Lamberto Bava rodó para televisión un telefilme titulado Until Death que en el mercado doméstico se vendió como secuela, aunque no tenía relación alguna con el original.
Los años ochenta, entre el encargo y la televisión
Tras Al final de la escalera, Medak dio un viraje radical. Zorro, the Gay Blade (1981), una comedia de capa y espada producida por 20th Century Fox, tenía como protagonista a George Hamilton en un doble papel. Hamilton interpretaba al Zorro tradicional, don Diego de la Vega, y a su hermano gemelo Bunny Wigglesworth, un oficial de la marina británica de gustos extravagantes que toma el relevo del héroe cuando este se lesiona un pie.
La película arranca en el Madrid de 1840 y tuvo como compañeros de reparto a Lauren Hutton, Brenda Vaccaro y Ron Leibman, además de Carolyn Seymour, la esposa de Medak. Hamilton obtuvo una nominación al Globo de Oro, pero con un presupuesto de 12,6 millones de dólares no recuperó su coste en taquilla, y las críticas fueron discretas, aunque con algún elogio como el de Vincent Canby en The New York Times.
Durante esa década, Medak trabajó sobre todo para la televisión. Dirigió episodios de series como Hart to Hart, Remington Steele, Magnum, P.I. y St. Elsewhere, además de telefilmes y varios capítulos de Faerie Tale Theatre, la serie de cuentos de Shelley Duvall, entre ellos Pinocho, Blancanieves, La reina de las nieves y El traje nuevo del emperador.
También rodó varios episodios de la nueva The Twilight Zone. Uno de ellos, Button, Button, inspiraría más tarde la película The Box, que Richard Kelly estrenó en 2009. En 1986 estrenó The Men’s Club y siguió alternando la televisión con el cine hasta que el cambio de década le trajo sus películas mejor valoradas.
Los Kray, Bentley y un policía corrupto
Los Kray (1990) cuenta la historia de los gánsteres gemelos que dominaron el hampa del East End londinense en los años sesenta. El guion lo escribió Philip Ridley, quien, tras oír por casualidad a unos ejecutivos hablar de un proyecto sobre los Kray que llevaba años sin cuajar, lo redactó por su cuenta en tres semanas durante unas vacaciones de Navidad.
El reparto reunía a Gary Kemp como Ronnie y a Martin Kemp como Reggie, hermanos en la vida real y miembros de Spandau Ballet, junto a Billie Whitelaw, que daba vida a la madre, Violet, y a Tom Bell, en el papel de Jack «el Sombrero» McVitie. Steven Berkoff, Susan Fleetwood y Kate Hardie completaban el elenco.
Medak puso el foco en la relación de los gemelos con su madre y en la vida personal de los hermanos, y dejó fuera la investigación policial y el juicio. La película termina con el funeral de la madre, en 1982.
Se estrenó en abril de 1990 y encabezó la taquilla británica durante dos semanas. Whitelaw fue nominada al BAFTA como actriz secundaria y Medak se llevó uno de los premios principales de los Evening Standard British Film Awards, en los que Ridley fue elegido como el nuevo talento más prometedor. En 2024, uno de sus productores, Ray Burdis, declaró que se arrepentía de haber glamurizado a los gemelos, a los que describió como unos bravucones psicópatas y cobardes y no como héroes populares.
Al año siguiente llegó Let Him Have It (1991), un drama basado en el caso de Derek Bentley. Este joven con discapacidad intelectual y epilepsia fue ahorcado en 1953 por la muerte de un policía a manos de su compañero de atraco, un adolescente llamado Christopher Craig. Se le acusó de haber incitado a disparar con la frase que da título a la película, pero su significado, entregar el arma o abrir fuego, nunca se aclaró.
Christopher Eccleston encabezaba el reparto junto a Paul Reynolds, Tom Courtenay y Eileen Atkins. El guion era de Neal Purvis y Robert Wade, más tarde habituales de la saga de James Bond. La película hizo poca taquilla, pero obtuvo muy buenas críticas. Los rótulos finales recordaban que la hermana de Bentley, Iris, seguía luchando por su indulto. La condena fue anulada por el Tribunal de Apelación en 1998, un año después de la muerte de Iris.
Romeo Is Bleeding (1993) cambia el drama social por un neo-noir sin escrúpulos. Gary Oldman interpreta a Jack Grimaldi, un policía de Nueva York que vende información a la mafia, mantiene una amante adolescente y pierde el control cuando se ve obligado a custodiar a Mona Demarkov, una asesina a sueldo a la que da vida una Lena Olin imponente. Annabella Sciorra, Juliette Lewis y Roy Scheider completaban el reparto, el montaje era de Walter Murch y el título procede de una canción de Tom Waits.
Fue un fracaso. Costó diez millones de dólares y recaudó siete, y buena parte de la crítica la consideró un ejercicio de estilo desbordado. Jon Bon Jovi, que había escrito la canción Always para la película, la retiró tras ver un pase de prueba. Con el tiempo, el trabajo de Oldman y de Olin ha ganado defensores, y el British Film Institute le dedicó una edición en Blu-ray con una entrevista de 43 minutos a Medak, grabada en 2021.
Oldman conocía al detalle la historia de Ghost in the Noonday Sun. Fue él, según contó Medak, quien años después le sugirió hacer una película sobre aquel desastre.
De los telefilmes a las grandes series
El resto de los años noventa fue más irregular. Tras varios tropiezos, entre ellos Pontiac Moon (1994), con Ted Danson y Mary Steenburgen, y la secuela de ciencia ficción Species II (1998), Medak se refugió en la televisión con The Hunchback (1997), con Mandy Patinkin y Salma Hayek, David Copperfield (2000) y The Feast of All Saints (2001).
La televisión, que había sido su escuela, acabó siendo su casa. Dirigió episodios de Homicide: Life on the Street, de Law & Order: Special Victims Unit y de The Guardian, y en la década de 2000 se integró en el grupo de realizadores de las grandes series de cable. Rodó dos episodios de la primera temporada de The Wire, The Buys y The Pager, y un capítulo de Carnivàle, Black Blizzard.
Siguió con House, con The Socratic Method; con Masters of Horror, donde dirigió The Washingtonians a partir de un relato de Bentley Little, y con Breaking Bad. Su episodio, Peekaboo, de la segunda temporada y emitido en 2009, es uno de los más celebrados de la serie. En él, Jesse tiene que enfrentarse a una pareja de adictos que le había robado, y TV Guide lo incluyó en su lista de los cien mejores episodios de la historia de la televisión.
Más adelante dirigió dos capítulos de Hannibal, Œuf y Hassun, para Bryan Fuller, el creador de la serie. Fuller lo ha despedido estos días con palabras de enorme cariño: lo recordó como un entrañable osito de peluche húngaro que, ya en sus últimos años, conservaba un brillo en la mirada y un amor por contar historias que se le notaba en todo el cuerpo.
Una película para ajustar cuentas con Peter Sellers
Medak hizo en 2018 su último trabajo como director, The Ghost of Peter Sellers, un documental en primera persona sobre el rodaje de Ghost in the Noonday Sun. Volvió a Chipre más de cuarenta años después de la filmación, se reunió con los supervivientes del equipo y del reparto, y revisó los archivos de la producción, de la que conservaba presupuestos, planes de trabajo, fotografías y material rodado.
La película se presentó en 2018 en la Mostra de Venecia, dentro de las Giornate degli Autori, y en el Festival de Telluride, y fue recibida con elogios. Se le reconoció la honestidad de volver sobre el peor episodio de su carrera y se valoró que, a pesar de todo, siguiera sintiendo cariño y admiración por Sellers. En un momento dice, medio en broma, que quisiera matar a los culpables, pero que todos están muertos.
Aquel documental ponía el broche a una trayectoria que él mismo resumía, según contaba, con una convicción sencilla: lo más importante que había aprendido en el cine era no rendirse jamás, en ninguna circunstancia. Esa idea sirve igual para el joven que huyó de Budapest a los dieciocho años que para el director que se negó a abandonar un rodaje imposible.
Una vida repartida entre tres matrimonios y cuatro hijos
Medak estuvo casado tres veces. Su primera esposa fue Katherine La Kermance. Después se casó con la actriz Carolyn Seymour, a quien dirigió en La clase dirigente y en Zorro, the Gay Blade, y más adelante con la soprano Julia Migenes, de 1988 a 2003. En los últimos tiempos mantenía una relación con Christine Wagner.
Le sobreviven sus cuatro hijos, Christopher, Joshua, Karen y Cornelia, y sus cinco nietos, Sacha, Marlowe, Ryden, Oliver y Anders.
Las muestras de pesar han llegado desde distintos rincones de la industria. El actor Malcolm McDowell lo despidió como uno de sus amigos más antiguos y queridos, y otros profesionales y aficionados han compartido mensajes de cariño en las redes. Entre ellos hay uno en español que resume el ánimo general, gracias por tanto, descanse en paz.
El oficio de seguir adelante
Medak fue un director difícil de reducir a una firma visual. Trabajó con la comedia, con el terror y con el policíaco con la misma solvencia, y esa maleabilidad le jugó en contra cuando la crítica buscaba autores y le dio trabajo cuando la industria necesitaba oficio. Su fuerza estuvo siempre en los actores, y de ahí los papeles de O’Toole, Scott, Bates, Oldman o Eccleston.
Si hay un hilo en su obra, son las familias que se pudren desde dentro. La aristocracia de La clase dirigente, el padre asesino de Al final de la escalera, los hermanos y la madre de Los Kray o la pareja de A Day in the Death of Joe Egg dibujan un territorio que Medak conocía bien. Venía de una familia rota por la guerra y por un régimen, y quizá por eso nunca trató la casa como un refugio seguro.
Creemos que su mejor momento se concentra en tres películas muy distintas entre sí. La clase dirigente es una locura teatral que conserva su filo satírico más de medio siglo después. Al final de la escalera demuestra que un susto bien dosificado puede ser más efectivo que cien. Los Kray retrata a unos criminales con una elegancia que su propio productor llegó a considerar excesiva.
Nada de eso estaba garantizado para quien llegó a Inglaterra con dieciocho años, una tía en Londres y un oficio por aprender. Medak se abrió paso a golpe de trabajo, sobrevivió a un rodaje que habría acabado con otra carrera y vivió lo suficiente para ver cómo el público redescubría sus películas en copias restauradas.
Deja 27 largometrajes y una escalera, una pelota y una voz grabada en una cinta que seguirán asustando a quien las vea por primera vez.