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Patti Smith, la voz que nunca se rindió

La madrina del punk recibe el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026, el reconocimiento más alto de su carrera en Europa, con 79 años y medio siglo de obra a sus espaldas

Patti Smith

El 29 de abril de 2026, el jurado de la Fundación Princesa de Asturias se reunió en Oviedo y tomó una decisión que, para quienes llevan décadas siguiendo la trayectoria de Patricia Lee Smith, no hizo más que confirmar lo que ya era una evidencia: que esta mujer nacida en Chicago el 30 de diciembre de 1946 es una de las artistas más completas, más consecuentes y más necesarias de la cultura contemporánea. El acta del jurado, presidido por la coreógrafa María Pagés Madrigal, decidió conceder el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 a Patti Smith por su «impetuosa creatividad, que conecta el rock, la poesía simbolista y el espíritu de la contracultura con una gran potencia expresiva».

Son palabras que suenan exactas. No hay en ellas el habitual exceso retórico de los premios institucionales. «Impetuosa creatividad» es una fórmula que le viene bien porque describe algo que no ha disminuido con los años: esa energía particular, casi física, que Patti Smith proyecta cuando está sobre un escenario, cuando escribe un poema o cuando habla en público sobre política, sobre el medioambiente, sobre los jóvenes del mundo.

Esta candidatura fue propuesta por Inés Martín Rodrigo, periodista y escritora española miembro del jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, lo que dice mucho sobre cómo se entiende la figura de Smith desde España: no como una estrella del rock que escribe de vez en cuando, sino como una escritora de primer orden que también hace música. Ese matiz importa. Porque la grandeza de Patti Smith no está en un solo registro, sino en la suma de todos ellos.

Con 50 años de carrera artística, Patti Smith sucede en el galardón a la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, premiada el año anterior. El relevo entre estas dos mujeres tiene una lógica interna hermosa: dos artistas que han hecho del mundo visible un territorio de exploración, dos creadoras que no encajan en ninguna caja y que han dedicado su vida entera a su trabajo sin concesiones al mercado ni a las modas.

Clase obrera, libros y enfermedades

Para entender a Patti Smith hay que empezar por donde ella misma ha empezado siempre que ha contado su historia: por la pobreza. Patricia Lee Smith creció en Filadelfia y Woodbury, en el estado de Nueva Jersey, y tras graduarse en la escuela empezó a trabajar muy joven en una fábrica de juguetes debido a las dificultades económicas que atravesaba su familia.

Esa infancia marcada por la estrechez económica aparece en todos sus libros de memorias, pero especialmente en el más reciente, el que publicó en noviembre de 2025. En Pan de ángeles, desde su primer recuerdo hasta sus actuales inquietudes, teje un relato de una vida consagrada a la belleza, la música, la poesía y el amor. Su infancia transcurre entre desahucios y enfermedades, alternados con juegos y libros de cuentos que le abrirán las puertas de un mundo lleno de magia.

Lo que la salvó, ella misma lo ha dicho en incontables entrevistas, fueron los libros. Su padre era lector. La biblioteca pública se convirtió en un refugio. Y en esas páginas encontró los primeros modelos de lo que quería ser: Arthur Rimbaud, sobre todo, ese adolescente de provincias que lo cambió todo con sus versos y su vida breve e incandescente. También encontró a Bob Dylan, que en aquellos años sesenta era ya una figura mítica, y en esa doble devoción, la del poeta maldito francés y la del cantante profeta americano, estaba ya dibujada la línea que definiría toda su carrera.

No era fácil ser una chica pobre, lectora y soñadora en la América de los años cincuenta y sesenta. Había que armarse de una determinación muy particular para imaginar que se podía salir de una fábrica de juguetes de Nueva Jersey y acabar compartiendo escenarios con los grandes del rock mundial. Pero Patti Smith tenía esa determinación. La tuvo desde el principio.

La llegada a Nueva York

En 1967 se trasladó a Nueva York y trabajó como vendedora de libros, articulista y autora de canciones y teatro, animada por el dramaturgo y actor Sam Shepard, con quien escribió Cowboy Mouth en 1971. Nueva York era entonces otra ciudad. Una ciudad más peligrosa, más caótica, más barata y, por eso mismo, más posible. El Hotel Chelsea era una colmena de artistas y poetas y músicos y fotógrafos que pagaban alquileres irrisorios y vivían para su trabajo. El barrio del East Village hervía de energía. Y en ese ambiente, Patti Smith encontró su tribu.

El encuentro más decisivo de esos años fue el que tuvo con Robert Mapplethorpe, el fotógrafo que se convertiría en su pareja, su mejor amigo, su compañero de aventuras y su primer gran retratista. La imagen de Patti Smith que la mayoría del mundo conoce, esa fotografía en blanco y negro en que aparece andrógina y desafiante con una chaqueta al hombro, es obra de Mapplethorpe. Es también la portada del disco que lo cambió todo. Pero eso vendría después.

Primero vinieron los años de formación. De dos jóvenes sin dinero que se empujaban mutuamente hacia arriba, que compartían hambres y sueños y habitaciones en hoteles baratos, que se prometían que llegarían a ser artistas de verdad. Mapplethorpe murió de sida en 1989, y Patti Smith le prometió que escribiría el libro sobre aquellos años. Tardó más de veinte años en cumplir la promesa, pero cuando lo hizo, el resultado fue impecable: Just Kids ganó el National Book Award en 2010 y se convirtió en uno de los mejores libros de memorias escritos en las últimas décadas.

Tras una estancia en París en 1971, de vuelta en Nueva York grabó varias canciones con Allen Lanier, del grupo de rock Blue Öyster Cult. Ya entonces se movía en los círculos del rock con naturalidad, pero sin renunciar a la poesía. La palabra escrita y la música eran para ella una sola cosa, dos formas de decir lo mismo con herramientas distintas.

La poeta antes que la cantante

Hay que insistir en este punto porque a veces la imagen de Patti Smith como «la madrina del punk» oscurece su dimensión literaria, que es igualmente importante. En 1972 publicó su primer poemario, Seventh Heaven, al que siguieron Witt en 1973, kodak en 1977 y Babel en 1978. Esos libros la situaban en una tradición muy específica. Por un lado, la generación beat americana: Allen Ginsberg, William S. Burroughs, Gregory Corso. Por el otro, los simbolistas franceses del siglo XIX.

Influenciada por la obra de la generación beat estadounidense, Patti Smith ha dejado también patente su gusto por la poesía francesa del siglo XIX, especialmente por la de Rimbaud, Baudelaire y Verlaine, así como su devoción por autores como García Lorca o el chileno Roberto Bolaño, para quien compuso una canción. El interés por Bolaño es especialmente revelador. El autor de Los detectives salvajes y 2666 es, como ella, un artista que vive en los márgenes de los géneros, que mezcla la poesía y la narrativa con la cultura popular, que tiene una visión del arte como algo urgente y vital.

La referencia a García Lorca también es significativa. El poeta granadino, que pagó con su vida su compromiso con la libertad, encarna una figura que Smith admira profundamente: la del artista que no puede separar su obra de su vida, que escribe desde las entrañas y asume las consecuencias. Hay algo de esa actitud en la propia Patti Smith, en su manera de pararse en el escenario y decir lo que piensa sobre la guerra, sobre el cambio climático, sobre el capitalismo, sobre el planeta que se calienta.

Sus poemas no son decorativos. No son ejercicios de estilo. Son instrumentos. Tienen la función de los manifiestos y la forma de los sueños. Esa combinación, que en otras manos podría resultar grandilocuente, en las suyas suena a verdad. Porque viene de una experiencia vivida, de una mujer que ha tenido que ganarse cada centímetro de espacio en un mundo que no estaba pensado para ella.

Horses, el disco que lo cambió todo

En 1974 grabó su primer sencillo con el Patti Smith Group, Hey Joe / Piss Factory. En 1975 el grupo saltó a la fama con su álbum Horses, que fusionaba punk rock y poesía hablada. Horses es uno de esos discos que se mencionan en todos los libros de historia del rock. No porque haya vendido millones de copias, que no las vendió, sino porque cambió lo que era posible.

Antes de Horses, el rock era una cosa. Después, era otra. La manera en que Patti Smith tomaba un poema de Rimbaud y lo convertía en detonador de una canción, la manera en que su voz rota y desafiante recitaba y cantaba al mismo tiempo, la manera en que la portada del disco decía todo eso con una sola imagen. Nueva, diferente, sin precedentes.

Horses está considerado uno de los cien mejores álbumes de todos los tiempos por la revista Rolling Stone. Y en 2021, casi cincuenta años después de su grabación, el disco entró en la lista del Grammy Hall of Fame. Son reconocimientos que llegan tarde, como suele ocurrir con las obras verdaderamente originales, pero que llegan.

Lo que hace especial a Horses no es solo la música, sino la actitud que contiene. En un momento en que el rock estaba dominado por grandes bandas masculinas que llenaban estadios con solos de guitarra interminables, Patti Smith aparecía con algo completamente distinto: inteligencia, literatura, rabia política y una presencia escénica que no debía nada a la sexualización convencional de las cantantes de aquella época. Ella no intentaba gustar. Intentaba decir algo.

La apertura del disco, con esa versión de Gloria que comienza con la declaración «Jesus died for somebody’s sins but not mine», es todavía hoy una de las entradas más memorables de la historia del rock. No es una provocación vacía. Es una declaración filosófica. Es Patti Smith diciéndole al mundo que ella no va a heredar las culpas de nadie, que su arte nace desde la libertad más absoluta.

El CBGB, la sala del Bowery neoyorquino que se convirtió en la cuna del punk americano, fue el escenario de sus primeras actuaciones regulares. Junto a ella estaban Television, Talking Heads, Blondie, The Ramones. Pero Patti Smith no era exactamente como ninguno de ellos. Tenía más raíces literarias, más conciencia histórica, más ambición intelectual. Si el punk de los Ramones era una patada en el estómago, el de Patti Smith era también un puñetazo en la cabeza.

Because the Night y los años de éxito

Tras Horses, el Patti Smith Group siguió adelante con una energía que no decaía. El grupo publicó también Easter en 1978 y Wave en 1979. Easter contenía su mayor éxito comercial, Because the Night, escrito en colaboración con Bruce Springsteen. La historia detrás de esa canción es uno de esos relatos que parecen demasiado bonitos para ser verdad, pero que son completamente ciertos.

Springsteen estaba grabando en el estudio de al lado en los estudios Record Plant de Nueva York. Tenía una melodía a medias que no terminaba de cuajar. Se la dejó. Patti Smith escribió la letra. El resultado fue el mayor éxito comercial de su carrera, una canción de amor que tiene al mismo tiempo la intensidad de un grito y la delicadeza de un susurro. «Because the night belongs to lovers, because the night belongs to us»: esa frase ha resonado en millones de radios y millones de habitaciones durante casi cincuenta años.

El éxito de Because the Night demostró que Patti Smith podía llegar a audiencias masivas si quería, que tenía el talento para el hit comercial. Pero también demostró algo más importante: que era capaz de colaborar con otro artista de primer nivel desde una posición de igualdad absoluta. Springsteen era en 1978 uno de los músicos más populares del mundo. Ella no negoció ni cedió. La canción lleva su letra, su voz, su impronta.

People Have the Power, publicada en 1988 en el álbum Dream of Life, se convertiría con los años en otro himno. La propia Smith ha explicado el mensaje de la canción en incontables entrevistas: «Hace falta una conciencia global, una unidad de millones, y lo que deseo es que las nuevas generaciones, ante la corrupción y los problemas medioambientales, encuentren la manera de cooperar; ellos tienen el poder». Hay algo profundamente consecuente en esa cita. Patti Smith no es una artista que se retira a la comodidad de sus memorias mientras el mundo se cae a pedazos. Tiene 79 años y sigue hablando de política, de ecología, de derechos civiles, con la misma urgencia que cuando tenía 30.

El retiro y el regreso

En los años ochenta, Patti Smith vivió prácticamente retirada de la música hasta que en 1988 publicó Dream of Life. Lo que ocurrió en ese paréntesis fue determinante para entender la segunda mitad de su vida. En 1980 se casó con el músico Fred «Sonic» Smith en Detroit. Tuvieron dos hijos: Jackson y Jesse. Patti Smith dejó los escenarios y se dedicó a criar a sus hijos y a escribir.

No fue un retiro forzado ni una derrota. Fue una elección. Una mujer que había pasado los setenta viviendo con una intensidad que pocas personas pueden sostener decidió parar, respirar, construir algo diferente. Los años en Detroit, lejos del circuito de la fama, le dieron perspectiva y material. Le dieron también un amor que duró hasta el final.

Porque Fred «Sonic» Smith murió en noviembre de 1994, de un fallo cardíaco, con 45 años. Unos meses antes había muerto también su hermano Todd. Ese año de 1994 fue el más oscuro de la vida de Patti Smith, y ella no lo ha ocultado nunca. Las pérdidas acumuladas en ese período, Mapplethorpe en 1989, su hermano y su marido en 1994, configuran una experiencia del duelo que atraviesa toda su obra posterior. No como motivo decorativo, sino como herida real de la que mana mucho de lo que escribe.

En 1995, un año después de la muerte de su marido y de su hermano, llevó a cabo una gira junto a Bob Dylan. Volver al escenario después de todo eso requería un tipo de valentía que no tiene nombre exacto. No es solo coraje artístico. Es algo más parecido a la necesidad de seguir existiendo a través del arte. En 1996 volvió a trabajar con su banda habitual grabando Gone Again, un disco sobre el duelo, sobre la pérdida, sobre cómo se sigue adelante cuando ya no queda nada que perder. Y fue también el comienzo de una segunda etapa de su carrera que, contra todo pronóstico, resultó ser tan rica y tan importante como la primera.

En Pan de ángeles, ese período ocupa un lugar central. No solo la muerte de Fred «Sonic» Smith, sino la manera en que ella salió adelante: a través de los amigos, de la escritura, de los escenarios, de los libros. Quiénes la ayudaron a salir del abatimiento fueron, entre otros, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Allen Ginsberg y Michael Stipe, lo que dice algo sobre el lugar que ocupa en la cultura popular contemporánea. Pero más allá de esa lista de nombres, lo que Pan de ángeles muestra es que el rescate creativo formó parte del mismo proceso existencial. Una manera de afrontar la herida abierta.

Una artista visual que la industria no encasilla

La música y la literatura son las dos ramas más conocidas de la obra de Patti Smith, pero hay una tercera que suele quedar en segundo plano: las artes visuales. La trayectoria de Patti Smith ha traspasado los límites de la música a través de distintas manifestaciones artísticas como la poesía, la fotografía, el performance o la videoinstalación.

Smith realizó su primera exposición de dibujos en el Gotham Book Mart de Nueva York en 1973. Durante tres décadas fue representada por la Robert Miller Gallery, una de las más respetadas de la ciudad. Y sus muestras retrospectivas han tenido lugar en instituciones de primer nivel: el Andy Warhol Museum de Pittsburgh, la Fondation Cartier de París y el Wadsworth Atheneum Museum of Art de Hartford.

El Andy Warhol Museum. La Fondation Cartier. Estos no son espacios que abran sus puertas a cualquier músico que haga algunos dibujos en sus ratos libres. Son instituciones que acogen a artistas de primera línea. La dimensión visual de Patti Smith es tan seria y tan trabajada como su música o su escritura.

Sus fotografías tienen una cualidad particular: capturan objetos y lugares con la misma atención con que un poeta elige las palabras. En sus libros de memorias ha incluido fotografías suyas de las tumbas de Rimbaud, de Keats, de Sylvia Plath. De habitaciones de hotel en las que ha dormido. De su taza de té. De su máquina de escribir. Son imágenes que dicen algo sobre cómo mira el mundo: con esa atención lenta, casi contemplativa, que es exactamente lo contrario de la velocidad con que funciona la cultura contemporánea.

En los últimos años, también ha colaborado con el grupo Soundwalk Collective en proyectos que cruzan la música, la poesía y la instalación sonora. Durante 2024 presentó estas colaboraciones en escenarios y centros culturales de todo el mundo, demostrando que a los 78 años su curiosidad artística no solo no había disminuido sino que seguía explorando territorios nuevos.

Escritora con mayúsculas

En 2010, Patti Smith ganó el National Book Award, uno de los premios literarios más importantes de Estados Unidos, por Just Kids, sus memorias sobre los años que pasó junto a Robert Mapplethorpe. Fue un reconocimiento que algunos recibieron con sorpresa, como si una cantante de rock no pudiera ser una escritora seria. Pero quienes habían leído el libro no se sorprendieron.

Como narradora ha publicado varios libros de memorias especialmente celebrados por la crítica. Just Kids en 2010, con el National Book Award. M Train en 2015. Year of the Monkey en 2019. Y en 2025, Pan de ángeles, presentado como sus memorias definitivas. Cada uno de estos libros tiene su propio carácter y su propio tono, pero todos comparten una misma manera de mirar el mundo: con la lentitud del poeta, con la precisión del fotógrafo, con la honestidad de alguien que no tiene nada que ocultar.

Just Kids es un retrato de la juventud y de la amistad. M Train es un libro de viajes y de luto, escrito después de que un huracán destruyera su casa favorita en Rockaway Beach, en Queens, donde pasaba largas temporadas escribiendo y bebiendo café. Year of the Monkey, publicado en 2019, transcurre en el agitado año 2016, cuando Donald Trump ganó las elecciones presidenciales y cuando la propia Smith estaba atravesando un período de incertidumbre personal y política.

Pan de ángeles, el libro de 2025, es otra cosa. Es más ambicioso, más personal y, en cierto modo, más vulnerable. Abarca toda una vida, desde la infancia en Nueva Jersey hasta el presente. Tardó una década en escribirlo. Y en ese tiempo, la propia escritura del libro se convirtió en parte de la historia que el libro cuenta.

El título no es casual. Para Patti Smith, el «pan de ángeles» es un gesto de amabilidad, sencillo, que no se espera. En ese concepto está condensada su filosofía de vida: la gracia viene de los gestos pequeños, de la generosidad inesperada, del instante en que alguien te tiende la mano sin razón aparente. Es una idea que ella misma ha reconocido haber aprendido en su infancia de clase obrera, donde la solidaridad entre vecinos era a veces lo único que separaba a una familia de la calle.

La propia Smith explicó al publicar el libro: «Me llevó una década escribir este libro, lidiando con la belleza y la tristeza de toda una vida. Espero que la gente encuentre algo que necesite». Esa sencillez en la declaración de intenciones es característica de ella. No habla de obra maestra ni de legado. Habla de que la gente encuentre algo que necesite. Es una manera de entender la literatura como un servicio, como una forma de conexión humana.

Pan de ángeles fue recibido con entusiasmo a ambos lados del Atlántico. Fue incluido entre los mejores libros del año 2025 por Time, NPR y The New Yorker. También en España, donde la editorial Lumen lo publicó en traducción de Ana Mata Buil, el libro entró rápidamente en las listas de más vendidos y fue destacado por numerosas publicaciones culturales.

En estas memorias, el hilo narrativo es tan libre como sólido. El tiempo es un continuo y la cronología, que efectivamente ordena el relato, resulta secundaria. Lo que preside la obra es una triple temática que se engarza y deviene fascinante epicentro de su viaje personal: la crónica de origen, la pérdida y la creación artística como respuesta a ambas. Son unas memorias que solo podía escribir una poeta. Una prosa que convierte la vida cotidiana en algo elevado y, sin proponérselo, en algo místico.

Los reconocimientos internacionales

El Premio Princesa de Asturias no llega en el vacío. Llega como culminación de un proceso largo de reconocimiento internacional que ha ido creciendo con los años. Patti Smith es Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras de Francia desde 2005. Posee la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes de España desde 2019. Es Oficial de la Legión de Honor de Francia desde 2022. Y es doctora honoris causa por la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Que Francia la haya reconocido dos veces tiene una lógica evidente: Patti Smith lleva toda su vida bebiendo de la cultura francesa. Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, Genet, el existencialismo, los cafés de París. Francia es parte de su imaginario. Y los franceses, que saben reconocer a sus deudores culturales, la han premiado en consecuencia.

En 2007 fue incluida en el Salón de la Fama del Rock and Roll, el reconocimiento más importante dentro de la industria musical americana. En 2011 recibió el Premio Polar de la Música de Suecia, considerado por muchos el Nobel de la música: lo han ganado antes que ella Paul McCartney, Bruce Springsteen y Joni Mitchell, entre otros. En 2020 recibió el International Humanities Prize de la Universidad de Washington en St. Louis. En 2021 recibió la Medalla de la Ciudad de Nueva York.

El Premio Polar es especialmente significativo. La compañía que implica dice mucho del nivel en que se mueve Patti Smith, y el hecho de que el jurado sueco subrayara la dimensión humanística de su obra, no solo la musical, apunta en la misma dirección que el fallo del Premio Princesa de Asturias.

España, por otra parte, no es un país ajeno a su figura. La Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que recibió en 2019 llegó de un gobierno español que reconocía a una artista cuya influencia en la música y la literatura española ha sido considerable. Muchos músicos y escritores españoles la mencionan como referente: desde artistas de rock alternativo de los noventa hasta narradores contemporáneos que han encontrado en su manera de mezclar géneros una puerta abierta.

El fallo del jurado y lo que dice de España

El jurado del Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 reunió nombres de gran peso dentro del panorama cultural español e internacional. Estuvo presidido por María Pagés Madrigal e integrado, entre otros, por Josep Maria Flotats, Jesús García Calero, Blanca Li, Isabel Muñoz, Alfonso Palacio, Christina Rosenvinge, Teresa Sapey, Eduardo Torres-Dulce, Juan Antonio Vigar y Estrella de Diego, que actuó como secretaria del jurado.

La presencia de Christina Rosenvinge en ese jurado tiene su propia significación. La cantante y compositora española de trayectoria larga y reconocida es una de las artistas de su generación que más claramente ha bebido de la tradición que Patti Smith ayudó a construir: un rock inteligente, literario y comprometido que no renuncia a la accesibilidad pero tampoco a la profundidad. Hay algo de homenaje generacional en este fallo.

Según el acta oficial, Patti Smith ha plasmado la rebeldía del individuo en la sociedad en canciones palpitantes, algunas de las cuales ya son iconos de la música popular de nuestro tiempo. A lo largo de más de cinco décadas de trayectoria profesional, ha conmovido a oyentes y lectores de todo el mundo y sigue inspirando a las nuevas generaciones. El jurado también destacó que su actitud inconformista y transgresora sigue siendo fuente de inspiración para artistas de todo el mundo.

Las palabras «inconformista» y «transgresora» no son adjetivos vacíos en este contexto. Describen no solo su música sino su manera de estar en el mundo: esa negativa permanente a adaptarse a lo que se espera de ella, esa insistencia en hacer exactamente lo que considera necesario sin pedir permiso ni pedir disculpas.

El premio, de acuerdo con las normas de la Fundación Princesa de Asturias, fue el primero de los ocho galardones que se conceden cada año en el marco de esta convocatoria, que en 2026 celebra su cuadragésima sexta edición. La ceremonia de entrega tendrá lugar en octubre en Oviedo, presidida por Sus Majestades los Reyes de España, acompañados por la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía.

La relación con la contracultura y el activismo

Patti Smith nunca ha separado el arte de la política. Desde sus primeras actuaciones en el CBGB de Nueva York en los años setenta hasta sus intervenciones más recientes, ha mantenido una coherencia ideológica que resulta poco habitual en el mundo del espectáculo. Dotada de un extraordinario carisma, ha ligado sus propuestas al compromiso con diferentes causas políticas y sociales y es considerada un icono del activismo y la lucha por los derechos civiles.

Su posición contra la guerra de Irak, su apoyo a movimientos de justicia social, su defensa del medioambiente, sus declaraciones sobre la crisis climática: todo forma parte de un continuum coherente. No es el activismo de las celebrities que firman manifiestos para quedar bien. Es el de alguien que considera que el arte tiene una responsabilidad con el mundo en que existe.

En este sentido, Patti Smith conecta con una tradición muy americana y también muy europea de artistas comprometidos. Con Allen Ginsberg, que escribió Howl como un grito contra la conformidad de la América de los cincuenta. Con Pete Seeger, que cantó canciones de protesta durante décadas. Con Joan Baez, que también es una referencia confesa para ella. Y con Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura y Premio Princesa de Asturias de las Artes de 2007, con quien comparte mucho más que un galardón: una manera de entender la canción como un acto de pensamiento y la actuación pública como un acto de responsabilidad cívica.

People Have the Power, compuesta en los años ochenta, se cantó en manifestaciones, en mítines, en concentraciones de todo tipo a lo largo de los últimas cuatro décadas. Es una canción que ha seguido viviéndose fuera de los discos, que ha tenido una existencia propia en el espacio público. Pocos artistas pueden decir lo mismo de sus canciones. Bruce Springsteen con Born to Run. Bob Dylan con Blowin’ in the Wind. Patti Smith con People Have the Power. Esa es la categoría en que se mueve.

La influencia en las nuevas generaciones

Uno de los aspectos más llamativos de la trayectoria de Patti Smith es su capacidad para seguir siendo relevante para artistas mucho más jóvenes. No como objeto de estudio histórico sino como referencia viva, como modelo de lo que se puede hacer con el arte cuando se toma en serio.

Rosalía ha citado a Patti Smith como una de sus influencias. Lo mismo han hecho otras artistas de la generación Z que no habían nacido cuando se publicó Horses pero que han encontrado en ese disco y en esa figura algo que les habla directamente. Esa capacidad de cruzar generaciones no es frecuente, y cuando ocurre suele indicar que hay algo en esa obra que toca algo fundamental, que no está atado a una moda sino a algo más profundo.

La androginia de su imagen, su rechazo a los códigos convencionales de la feminidad en el rock, su insistencia en ser tomada en serio como intelectual además de como artista: todo eso la convierte en un antecedente directo de lo que muchas artistas contemporáneas están haciendo. El terreno que ella desbrozó en los setenta sigue siendo el terreno en que trabajan muchas de las voces más interesantes de la música actual.

En España, su influencia se puede rastrear en artistas muy distintos: desde los grupos de rock alternativo que surgieron en los noventa, cuando la figura de Patti Smith se conocía principalmente a través del boca a boca y de los suplementos culturales, hasta escritoras y escritores contemporáneos que han adoptado su manera de mezclar géneros y tradiciones.

La gira del cincuentenario

En el año 2025, coincidiendo con el cincuenta aniversario de la publicación de Horses y con el lanzamiento de Pan de ángeles, Patti Smith emprendió una extensa gira de conciertos que la llevó por toda Europa y América. A sus 78 y 79 años, seguía siendo una presencia magnética sobre el escenario. La voz más grave, el paso algo más lento, pero la energía intacta. La capacidad de comunicación directa con el público, sin mediaciones ni pantallas, tal como siempre.

Los conciertos del cincuentenario de Horses fueron algo más que celebraciones nostálgicas. Fueron demostraciones de que un disco puede seguir siendo relevante medio siglo después de su grabación, de que la música que viene de un lugar verdadero no caduca. Tocar Horses de principio a fin, como hizo en muchas de esas fechas, es un acto de confianza en la obra propia que requiere una serenidad que solo dan los años.

Durante esas actuaciones también dio recitales de poesía, presentó Pan de ángeles y habló con el público sobre el estado del mundo. La combinación de música, literatura y discurso político es la misma que ha caracterizado su trabajo desde el principio. A los 79 años, no hay en ella ningún signo de que esa mezcla haya perdido energía.

El acta como retrato

Vale la pena detenerse en las palabras exactas que el jurado del Premio Princesa de Asturias de las Artes eligió para describir la obra de Patti Smith, porque son palabras elegidas con cuidado y dicen mucho sobre cómo se la quiere reconocer.

«Impetuosa creatividad» es la primera formulación. No creatividad tranquila ni creatividad refinada. Impetuosa: con ímpetu, con fuerza, con impulso. Es una palabra que reconoce la dimensión física de su arte, el hecho de que Patti Smith no crea desde la distancia intelectual sino desde un lugar más visceral, más urgente.

«Conecta el rock, la poesía simbolista y el espíritu de la contracultura con una gran potencia expresiva». Tres tradiciones distintas unidas por una sola figura: el rock americano de los años setenta, la poesía francesa del siglo XIX y la contracultura como actitud vital. Esa síntesis es exactamente lo que hace única a Patti Smith: haber encontrado el punto donde esas tres corrientes confluyen y haber construido ahí su propio río.

«Intérprete de estilo vigoroso, ha plasmado la rebeldía del individuo en la sociedad en canciones palpitantes, algunas de las cuales ya son iconos de la música popular de nuestro tiempo». La palabra «palpitantes» es también significativa: dice que esas canciones siguen vivas, siguen latiendo, no son piezas de museo. Y la referencia a la rebeldía del individuo sitúa la obra de Smith en el terreno de la libertad como valor central, que es exactamente donde ella siempre ha dicho que se sitúa.

«Ha conmovido a oyentes y lectores de todo el mundo y sigue inspirando a las nuevas generaciones». El verbo «seguir» en presente es el que da sentido al premio. No se premia a alguien por lo que hizo, sino por lo que hace. Patti Smith sigue siendo relevante. Sigue actuando, sigue escribiendo, sigue hablando. Eso es lo que el jurado quiere reconocer.

Una vida convertida en arte

Hay una frase de la crítica española de Pan de ángeles que resume bien lo que hace Patti Smith en su obra: «buscar el arte en la vida y verter la vida en el arte». Es una descripción que vale para toda su trayectoria. No hay en su obra una separación entre lo que vive y lo que escribe o canta. Todo viene de la misma fuente y va al mismo destino.

Esa indistinción entre vida y obra es lo que da a su trabajo una autenticidad que no se puede fingir. Cuando escribe sobre la muerte de Robert Mapplethorpe, está escribiendo sobre su propio dolor. Cuando canta People Have the Power, está cantando lo que piensa de verdad. Cuando fotografía la tumba de Rimbaud en Charleville, está rindiendo homenaje a alguien que de verdad ha cambiado su vida. No hay distancia irónica, no hay postureo, no hay construcción de personaje calculada para el consumo cultural.

Lo que hay es una mujer que nació en una familia obrera de Nueva Jersey, que aprendió a leer en la biblioteca pública, que llegó a Nueva York con lo puesto y decidió que iba a ser artista, y que durante cincuenta años ha cumplido esa promesa con una constancia y una integridad que merecen todos los premios del mundo.

El Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 llega en un momento en que Patti Smith es más visible que nunca. Pan de ángeles ha vuelto a colocar su nombre en las portadas de las revistas culturales de todo el mundo. La gira del cincuentenario de Horses ha llenado salas en Europa y América. Y el reconocimiento de generaciones más jóvenes de artistas sitúa su figura no en el panteón de los clásicos intocables sino en el presente activo de la cultura contemporánea.

A sus 79 años, Patricia Lee Smith sigue siendo exactamente lo que fue desde el principio: una poeta que encontró en la música una forma de llegar más lejos, una cantante que encontró en la escritura una forma de ir más adentro, una artista que nunca ha aceptado que nadie le diga lo que debe ser. La madrina del punk, sí. Pero también mucho más que eso.

La Fundación Princesa de Asturias y el jurado reunido en Oviedo el 29 de abril de 2026 no solo premiaron una discografía ni una bibliografía. Premiaron una manera de entender el arte como necesidad, el compromiso como obligación y la vida entera como el material del que está hecha la obra. Difícilmente podría estar mejor elegido.

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