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Steven Spielberg, el asombro que no envejece

A las puertas de los 80 años, el cineasta más popular de la historia del cine vuelve a mirar al cielo con El día de la revelación y demuestra que su fe en las salas oscuras, y en las historias que se cuentan en ellas, sigue intacta

Steven Spielberg

Hay directores que hicieron películas importantes. Y luego está Steven Spielberg, que directamente cambió la forma en que el mundo entero entiende qué es ir al cine. El próximo 18 de diciembre cumplirá 80 años, y lo hace en un momento poco habitual para alguien de su edad: en pleno estreno, con público haciendo cola en las salas y con la prensa especializada debatiendo, otra vez, si acaba de firmar una nueva obra maestra o simplemente un entretenimiento noble de verano. Esa discusión, en realidad, lleva acompañándolo desde 1975.

Este verano, Spielberg ha estrenado El día de la revelación, su película número treinta y seis como director y su primer acercamiento al género que lo hizo célebre, la ciencia ficción de contacto extraterrestre, en más de dos décadas. El filme llegó a las salas el 12 de junio de 2026 y debutó como número uno en la taquilla mundial, con algo más de 92 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana. El proyecto llevaba más de un año circulando como uno de los secretos mejor guardados de la industria, y su desenlace en pantalla ha reabierto, casi cincuenta años después de Encuentros en la tercera fase, la pregunta de qué significa para Spielberg mirar de nuevo al cielo.

Antes de repasar esa película, conviene detenerse en el camino que lleva hasta ella, porque pocas carreras en la historia del cine admiten un repaso tan largo, tan variado y, aun así, tan reconocible de principio a fin. Spielberg no solo dirigió algunas de las películas más vistas de la historia, también produjo, financió o inspiró una parte enorme de lo que varias generaciones enteras entienden por entretenimiento popular, desde los dinosaurios que llenaron las habitaciones infantiles de los años noventa hasta las cintas de espionaje o de ciencia ficción que todavía hoy citan su nombre como referencia obligada.

Un niño con una cámara de 8 milímetros

Steven Allan Spielberg nació en Cincinnati, Ohio, el 18 de diciembre de 1946, en el seno de una familia judía asquenazí. Su madre, Leah Adler, era pianista, y su padre, Arnold Spielberg, un ingeniero eléctrico que participó en el desarrollo de las primeras computadoras.

Desde muy joven, Spielberg encontró en la cámara de su padre una manera de ordenar el mundo. En 1958 se hizo boy scout, y para conseguir una insignia de mérito rodó un pequeño western de nueve minutos que, según ha contado él mismo en varias entrevistas, fue el verdadero origen de todo. A los trece años ganó un premio local por una película bélica de cuarenta minutos titulada Escape to Nowhere, inspirada en las historias que su padre le contaba sobre la Segunda Guerra Mundial, ambientada en una batalla del este de África.

En 1964, con apenas diecisiete años, escribió y dirigió Firelight, una aventura de ciencia ficción de más de dos horas sobre luces extrañas en el cielo que costó quinientos dólares y que, proyectada una sola vez en un cine local, recaudó quinientos uno, un dólar de beneficio que a Spielberg le ha gustado recordar como su primer éxito de taquilla. Vista con perspectiva, aquella película funciona casi como un boceto de lo que haría trece años después con Encuentros en la tercera fase.

La familia se trasladó varias veces durante su infancia, primero a Nueva Jersey y después a Scottsdale, Arizona, y esos años de desarraigo y de sentirse distinto, incluidos los episodios de acoso antisemita que sufrió en el instituto, terminarían filtrándose décadas más tarde en su cine, de manera casi literal, en Los Fabelman. Tras el divorcio de sus padres, se mudó con su padre a Saratoga, California, mientras sus tres hermanas se quedaban con la madre en Arizona, una separación familiar que también reaparecería, transformada, en varias de sus historias sobre hogares rotos y padres ausentes.

Aquellos primeros pasos profesionales no fueron sencillos. Spielberg intentó entrar en la prestigiosa escuela de cine de la University of Southern California en tres ocasiones y las tres fue rechazado. Terminó estudiando en la California State University de Long Beach mientras se colaba, primero como visitante y después como pasante no remunerado, en los estudios de Universal. Ahí rodó Amblin’, un cortometraje de 26 minutos que tanto impresionó a un ejecutivo de la casa que le ofreció un contrato para dirigir televisión, algo insólito para alguien tan joven y sin título universitario terminado. El nombre de aquel corto, con el paso de los años, se convertiría en el de su propia productora y en una suerte de sello personal que todavía hoy encabeza buena parte de sus proyectos.

El nacimiento del gran estreno de verano

En la televisión de Universal, Spielberg dirigió episodios de series como Colombo y Marcus Welby, M.D., pero el salto real llegó con Duel, un telefilme de 1971 sobre un hombre perseguido por un camión cisterna anónimo en una carretera del desierto, sin que en toda la película se llegue a ver con claridad al conductor del vehículo. La tensión que Spielberg logró extraer de una premisa tan mínima llamó la atención de toda la industria, y la película terminó estrenándose en cines fuera de Estados Unidos con notable éxito, lo que empezó a labrar su fama de narrador capaz de generar suspense con recursos limitados.

Ese impulso lo llevó a su primer largometraje pensado directamente para la gran pantalla, The Sugarland Express, de 1974, una historia de fuga y persecución protagonizada por Goldie Hawn que fue bien recibida por la crítica especializada, aunque no arrasó en taquilla. Fue la película siguiente la que lo cambiaría todo. En 1975 estrenó Tiburón, un rodaje tan accidentado, con un tiburón mecánico apodado Bruce que se averiaba constantemente en el agua salada, que Spielberg tuvo que aprender sobre la marcha a sugerir la amenaza en vez de mostrarla, apoyándose en el punto de vista subjetivo del animal y en la ya célebre partitura de John Williams.

Esa limitación técnica se convirtió en una lección de suspense que todavía se estudia hoy en las escuelas de cine, y el resultado fue la película más taquillera de la historia hasta ese momento. Con ella nació, prácticamente de la nada, el modelo del estreno de verano a gran escala, con estrategia de mercadotecnia masiva, estreno simultáneo en cientos de salas y ambición de fenómeno cultural, el mismo molde que Hollywood sigue usando medio siglo después para sus grandes apuestas de temporada.

Cielos, arqueólogos y un niño de Ohio

Con el prestigio y la libertad que le dio el éxito de Tiburón, Spielberg rechazó dirigir su secuela, además de propuestas tan suculentas comercialmente como King Kong o Superman, para sacar adelante una historia que llevaba escribiendo desde la adolescencia. Encuentros en la tercera fase, de 1977, sobre un hombre corriente que empieza a obsesionarse con un contacto extraterrestre hasta el punto de poner en riesgo a su propia familia, confirmó que Tiburón no había sido un golpe de suerte y consolidó a Spielberg como el nuevo referente absoluto del espectáculo de Hollywood, apenas unos meses después de que su amigo George Lucas hiciera algo parecido con el estreno de La guerra de las galaxias.

No todo fue un camino recto. En 1979 estrenó 1941, una comedia bélica coral y desmesurada que resultó ser su primer tropiezo comercial serio. George Lucas resumiría después el problema con una frase que se ha repetido mucho, la de que la dirección era brillante mientras que la idea de fondo no lo era tanto. El fracaso, sin embargo, apenas frenó su racha. Junto al propio Lucas, ambos devotos del cine de aventuras de los años treinta que veían de niños en los cines de sesión doble, ideó una historia sobre un arqueólogo intrépido que terminó llamándose En busca del arca perdida. Estrenada en 1981 con Harrison Ford como Indiana Jones, tras un proceso de casting en el que Lucas se resistió inicialmente a repetir con el mismo actor de Star Wars, la película revitalizó por completo el género de aventuras y dio origen a una de las sagas más queridas del cine popular.

Mientras rodaba esa película, Spielberg ya pensaba en su siguiente proyecto, uno que le tocaba de cerca desde su infancia repartida entre varios estados y varias figuras paternas. E.T., el extraterrestre, estrenada en 1982, contaba la amistad entre un niño de un hogar monoparental y una criatura alienígena varada en la Tierra, y se convirtió en la película más taquillera de la historia hasta que, más de una década después, el propio Spielberg volvería a batir ese récord. Richard Attenborough, que ese mismo año competía con Gandhi en los Oscar, llegó a reconocer públicamente que sabía de antemano que E.T. iba a ganar, porque su propia película, según sus palabras, era mucho más convencional en comparación.

Ganó finalmente Gandhi, pero la anécdota retrata bien el aura que ya rodeaba a Spielberg en aquellos años. En 1984 volvió a Indiana Jones con la precuela El templo de la perdición, más oscura y violenta que la anterior entrega, y siguió alternando su trabajo como director con el de productor, con mayor fortuna en esta segunda faceta gracias a títulos tan populares como Gremlins y Regreso al futuro.

El giro hacia la seriedad

A mediados de los años ochenta, Spielberg empezó a buscar un reconocimiento distinto al de taquilla, más cercano al que recibían cineastas considerados autores serios por la crítica especializada. El color púrpura, de 1985, una adaptación de la novela de Alice Walker sobre una mujer afroamericana que sobrevive al maltrato y al racismo en el sur de Estados Unidos a principios del siglo veinte, le valió once nominaciones al Oscar, aunque no ganó ninguna, un contraste que en su momento alimentó la idea de que la Academia lo trataba como un simple fabricante de éxitos populares, nunca como un autor con algo propio que decir.

Dos años después, El imperio del sol narró la infancia de un niño inglés separado de su familia durante la ocupación japonesa de Shanghái, con un jovencísimo Christian Bale en el papel principal, en una producción de gran escala que la crítica recibió con notable respeto aunque sin el clamor popular de sus títulos anteriores. En 1989 cerró esta etapa con Always, un drama romántico sobre un piloto que combate incendios forestales que pasó sin demasiada pena ni gloria.

Ese mismo 1989, Spielberg volvió a terreno más seguro con Indiana Jones y la última cruzada, que incorporó a Sean Connery como el padre del arqueólogo y fue recibida como un regreso a la forma. En 1991 se permitió un capricho personal, llevar a la pantalla su propia versión de Peter Pan bajo el título de Hook, con Robin Williams como un Peter Pan adulto que ha olvidado su pasado en el País de Nunca Jamás. La película dividió a la crítica, aunque con los años ha ganado una legión de seguidores que la recuerdan con cariño de infancia.

1993, el año que lo cambió todo otra vez

Pocas veces en la historia del cine un solo año ha contenido dos logros tan opuestos y tan definitorios como 1993 en la carrera de Spielberg. Por un lado, Parque Jurásico, una adaptación de la novela de Michael Crichton sobre un parque temático de dinosaurios resucitados mediante ingeniería genética, revolucionó los efectos especiales al combinar animatrónica y computación gráfica de una manera que nadie había visto antes, y volvió a convertirse en la película más taquillera de la historia, superando a su propia E.T.

Por otro lado, ese mismo año estrenó La lista de Schindler, basada en la novela de Thomas Keneally sobre Oskar Schindler, un empresario alemán que salvó a más de mil judíos del exterminio nazi dándoles trabajo en su fábrica. Rodada casi enteramente en blanco y negro y con un tono muy alejado de sus anteriores películas, le valió a Spielberg su primer Oscar a mejor director, además del de mejor película, en un total de siete estatuillas de las doce candidaturas que reunió. Fue, para buena parte de la crítica, el momento en que la industria dejó de discutir si Spielberg era un cineasta serio y empezó a discutir, simplemente, sobre cuál de sus dos facetas prefería.

Al año siguiente, en 1994, fundó junto a Jeffrey Katzenberg, entonces recién salido de Disney, y el magnate discográfico David Geffen el estudio DreamWorks SKG, una apuesta poco habitual por levantar un estudio de cine completamente nuevo en una industria ya dominada por gigantes centenarios. Con los años, DreamWorks produciría películas tan distintas entre sí como American Beauty, Gladiator o Náufrago, además de una potente división de animación por ordenador con sagas tan populares como Shrek, Kung Fu Panda o Madagascar.

El estudio original terminó reestructurándose en 2015, cuando Spielberg, junto a otros socios, refundó la compañía bajo el nombre de Amblin Partners, un vehículo pensado para producir cine y televisión con la marca DreamWorks Pictures conviviendo junto a la histórica Amblin Entertainment. Universal Pictures, Alibaba Pictures y otras compañías fueron entrando como socios minoritarios en los años siguientes, y en 2021 Amblin Partners firmó un acuerdo plurianual con Netflix para producir varias películas al año destinadas a la plataforma, un giro llamativo si se tiene en cuenta que el propio Spielberg había defendido públicamente, apenas unos años antes, que las producciones pensadas para estrenarse casi en exclusiva en streaming deberían competir por un Emmy y no por un Oscar.

De vuelta a la guerra y a la memoria

En 1997 Spielberg estrenó dos películas de nuevo: Amistad, sobre una rebelión de esclavos africanos a bordo de un barco negrero en 1839 y el juicio posterior en tribunales estadounidenses, y El mundo perdido: Parque Jurásico, la secuela de su éxito de 1993 y la última entrega de la saga que dirigiría personalmente, aunque siguió produciendo las siguientes.

Un año después llegó Salvar al soldado Ryan, una de las películas bélicas más influyentes de las últimas décadas. Su secuencia inicial, el desembarco en la playa de Omaha durante el Día D, se rodó con cámaras desestabilizadas y una crudeza sonora y visual que cambió para siempre la manera de filmar el combate en el cine estadounidense. La Marina de Estados Unidos llegó a reconocer a Spielberg con un premio por el servicio prestado a la memoria de los veteranos, y la Academia le entregó su segundo Oscar a mejor director.

La década de la reinvención

Los años dos mil encontraron a Spielberg explorando registros más incómodos, casi siempre en clave de ciencia ficción o de thriller, en una etapa que muchos críticos consideran una de las más arriesgadas de toda su carrera. En 2001 estrenó Inteligencia artificial, un proyecto que había heredado de Stanley Kubrick tras la muerte del cineasta y que él mismo describió como un homenaje, protagonizado por un niño robot que anhela ser amado como si fuera humano. La crítica se dividió entre quienes vieron en ella una de sus obras más personales, precisamente por esa fusión incómoda entre la frialdad de Kubrick y el sentimentalismo de Spielberg, y quienes la consideraron un choque tonal sin resolver del todo.

Al año siguiente firmó dos títulos muy distintos entre sí, Atrápame si puedes, una comedia criminal con Leonardo DiCaprio y Tom Hanks basada en la vida real de un falsificador adolescente, y Minority Report, una distopía policial sobre la predicción del crimen protagonizada por Tom Cruise y ambientada en un futuro cercano marcado por la vigilancia total. En 2004 volvió a trabajar con Hanks en La terminal, la historia de un hombre atrapado indefinidamente en un aeropuerto por un problema burocrático, una comedia agridulce que muchos leyeron como una reflexión discreta sobre la condición del apátrida en el mundo posterior al 11 de septiembre.

El año 2005 fue especialmente denso. Múnich reconstruyó la respuesta israelí al atentado terrorista palestino contra la delegación olímpica israelí en los Juegos de Múnich de 1972, una película que generó controversia tanto entre sectores judíos como entre defensores de la causa palestina, ante lo cual Spielberg se limitó a defender su derecho a contar una historia moralmente compleja, llegando a declarar que estaba dispuesto a asumir las consecuencias de esa decisión tanto por Estados Unidos como por Israel.

Ese mismo año estrenó La guerra de los mundos, una nueva adaptación de la novela de H. G. Wells con Tom Cruise, que llegaba apenas unos años después de los atentados del 11 de septiembre y que muchos leyeron en clave de aquel trauma colectivo, con sus imágenes de ciudades enteras reducidas a cenizas y familias huyendo por carreteras congestionadas.

Aventureros, soldados y presidentes

En 2008, tras años de rumores, guiones descartados y hasta bromas del propio Harrison Ford sobre si algún día se haría realidad, se estrenó Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, la cuarta entrega de la saga, ambientada ya en plena Guerra Fría y con elementos de ciencia ficción más marcados que en las tres películas anteriores. Las opiniones estuvieron muy repartidas, desde quienes la disfrutaron como una vuelta nostálgica hasta quienes consideraron que la franquicia debería haberse quedado en su trilogía original, en una polémica que anticipó en cierto modo los debates posteriores sobre las secuelas tardías de sagas clásicas.

En 2011 Spielberg volvió a estrenar dos películas el mismo año, algo que ya había hecho en 1993, 1997 y 2005. Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio fue su manera de rendir homenaje al personaje de historieta creado por Hergé, al que admiraba desde que en 1981 un crítico comparó En busca del arca perdida con las viñetas del dibujante belga. Rodada en animación por captura de movimiento junto a Peter Jackson como productor, tras haber llegado a un acuerdo con la viuda de Hergé para adquirir los derechos, la película ganó el Globo de Oro a mejor película animada.

El segundo estreno de ese año fue Caballo de batalla, ambientada en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y contada, en parte, desde el punto de vista de un caballo separado de su joven dueño por el reclutamiento militar, una historia que combinaba la escala épica del cine bélico con un sentimentalismo muy característico de su etapa más clásica.

Un año más tarde llegó Lincoln, un retrato del decimosexto presidente de Estados Unidos centrado en los meses previos a la aprobación de la decimotercera enmienda, que abolió la esclavitud, con un guion de Tony Kushner construido casi como un drama de sala parlamentaria más que como una biografía convencional. Daniel Day-Lewis ganó el Oscar a mejor actor por su interpretación, y la película recibió doce nominaciones en total, aunque Spielberg no repitió estatuilla como director esa noche.

Espías, gigantes y la libertad de prensa

En 2015 estrenó El puente de los espías, un drama de espionaje ambientado en plena Guerra Fría sobre el intercambio de un piloto estadounidense capturado por un espía soviético, con Tom Hanks de nuevo como protagonista y guion coescrito por los hermanos Coen. La película fue recibida como un regreso a la forma clásica del Spielberg más solvente, con elogios especiales para el trabajo de Mark Rylance, que terminaría ganando el Oscar al mejor actor de reparto por su papel como el espía soviético Rudolf Abel.

En 2016 dirigió Mi amigo el gigante, una adaptación del cuento de Roald Dahl sobre la amistad entre una niña huérfana y un gigante bonachón, que pese al cariño puesto en su factura resultó un fracaso comercial notable, uno de los pocos tropiezos claros de taquilla en toda su trayectoria reciente. Se recuperó rápido con Los archivos del Pentágono, estrenada en 2017, un drama periodístico sobre la publicación de los papeles del Pentágono por parte del Washington Post, con Meryl Streep y Tom Hanks encabezando el reparto, que llegó justo en un momento de fuerte debate público sobre la libertad de prensa en Estados Unidos y que muchos leyeron como una respuesta directa de Spielberg a la actualidad política del momento.

Videojuegos, coreografías y su propia infancia

En 2018 adaptó la novela de Ernest Cline Ready Player One, ambientada en un futuro cercano donde buena parte de la humanidad escapa de la realidad a través de un universo virtual repleto de referencias a la cultura pop de las décadas de los ochenta y noventa, un guiño evidente a su propia herencia como cineasta y a las mismas películas que él había contribuido a convertir en iconos generacionales.

En 2021 se atrevió con un nuevo remake de West Side Story, el musical sobre dos bandas rivales enfrentadas en un barrio neoyorquino de finales de los años cincuenta, con guion de Tony Kushner. Fue su primer musical, un género que siempre había admirado desde joven, y la crítica lo recibió con elogios generalizados hacia su puesta en escena y sus números coreografiados, aunque su recorrido en taquilla fue más discreto de lo esperado, en parte por el contexto todavía complicado de las salas de cine tras la pandemia.

La culminación de esta etapa introspectiva llegó en 2022 con Los Fabelman, su película más abiertamente autobiográfica. La historia sigue a un adolescente llamado Sammy Fabelman, trasunto apenas disimulado del propio Spielberg, que descubre su pasión por el cine mientras su familia se resquebraja por dentro. Michelle Williams y Paul Dano interpretaron a unos padres inspirados directamente en Leah Adler y Arnold Spielberg, y Judd Hirsch encarnó a un tío materno excéntrico en una de las secuencias más comentadas de toda la película.

Coescrita de nuevo con Tony Kushner, ganó el premio del público en el Festival de Toronto y llegó a los Oscar con siete nominaciones, incluidas mejor película y mejor director. No se llevó ninguna estatuilla esa noche, pero fue celebrada casi unánimemente por la crítica internacional como una de sus obras más sentidas, el cierre perfecto de un ciclo que había empezado, literalmente, con una cámara de 8 milímetros en Arizona.

El regreso a las estrellas

Después de Los Fabelman, Spielberg guardó un silencio poco habitual en él. Durante más de un año, su siguiente proyecto se convirtió en uno de los secretos mejor guardados de Hollywood, sin que trascendiera prácticamente ningún detalle sobre la trama, algo insólito en una industria acostumbrada a las filtraciones constantes. El misterio se resolvió en la primavera de 2026 con el primer tráiler de El día de la revelación, conocida en su título original como Disclosure Day.

La película sigue a una meteoróloga de Kansas City, interpretada por Emily Blunt, que durante una transmisión en directo sufre un episodio inexplicable que desencadena una cadena de sucesos extraños relacionados con una posible presencia no humana. Junto a ella completan el reparto Josh O’Connor, en la piel de un especialista en ciberseguridad decidido a filtrar información clasificada, Colin Firth, Colman Domingo, Eve Hewson y Wyatt Russell. El guion es obra de David Koepp, colaborador habitual de Spielberg en títulos como Parque Jurásico, La guerra de los mundos e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, a partir de una historia original del propio director.

Spielberg ha explicado que la idea nació de su lectura de reportajes del New York Times sobre el programa del Pentágono dedicado a estudiar fenómenos aéreos no identificados, un asunto que reavivó un interés que arrastra desde que rodó Encuentros en la tercera fase hace casi cincuenta años. A diferencia de aquella película, que él mismo calificaba de especulativa, ha insistido en que esta nueva historia intenta reflejar de manera mucho más literal el estado actual de ese debate. En declaraciones concedidas a la revista Fotogramas antes del estreno, aseguró estar convencido de que existe una inteligencia no humana que lleva tiempo interactuando con la humanidad, y explicó que su interés original imaginaba qué podría haber ahí fuera, mientras que esta vez ha querido centrarse en la verdad de lo que realmente hay.

El rodaje se desarrolló entre febrero y mayo de 2025 en Nueva York y Nueva Jersey, y la banda sonora corrió de nuevo a cargo de John Williams, en su trigésima colaboración con el director. El estreno mundial tuvo lugar en el Grand Rex de París el 2 de junio de 2026, antes de su llegada a las salas estadounidenses diez días después. Comercialmente, la apuesta salió bien: el filme lideró la taquilla global en su primer fin de semana con 92,9 millones de dólares, de los que 44 millones correspondieron a Norteamérica, y se consolidó como uno de los mejores estrenos de la carrera de Spielberg para una historia original, sin ajustar la cifra a la inflación.

La recepción crítica, sin embargo, ha sido más dividida que la taquilla. Una parte de la prensa especializada ha destacado el regreso de Spielberg a un tono que recuerda al de sus propias películas de los años setenta, con secuencias de persecución rodadas en 35 milímetros y con lentes anamórficas que aportan una textura casi artesanal, además de un uso de la cámara que muchos críticos han señalado como superior al de cineastas mucho más jóvenes.

Algunas reseñas han subrayado especialmente el trabajo del reparto, con elogios particulares para la capacidad de Emily Blunt para hacer creíble hasta el momento más extraño del guion, y para un Colman Domingo que, según varios críticos, dota de una solemnidad casi teatral a algunas de sus frases.

Otra parte de la crítica, en cambio, ha señalado que la película no termina de decidir qué quiere ser, oscilando entre el thriller de conspiraciones, la comedia excéntrica y el drama espiritual sin encontrar un tono estable, y ha lamentado un clímax que no está a la altura de la tensión acumulada durante buena parte del metraje.

Algunas reseñas más duras han llegado incluso a cuestionar si, medio siglo después de Encuentros en la tercera fase, Spielberg tenía todavía algo nuevo que decir sobre el mismo tema, mientras que otras han preferido leer la propia indefinición tonal de la cinta como parte de su propuesta, la de un cineasta que ya no necesita demostrar nada y que se permite mezclar registros con la libertad de quien lleva cinco décadas dictando las reglas del género. Sea cual sea el veredicto final, pocos discuten que se trata de una rareza en la industria actual, una gran producción de verano construida sobre una idea completamente original y no sobre una franquicia preexistente.

Preguntado por si se plantea cuántas películas le quedan por rodar, algo que otros cineastas de su generación, como Martin Scorsese, han empezado a verbalizar abiertamente al acercarse a esta edad, Spielberg ha respondido que prefiere no pensar en esos términos y que simplemente espera seguir dejándose inspirar cuando surja una idea, como le ocurrió con Los Fabelman, con West Side Story y ahora con esta nueva película. También ha dejado caer que uno de sus deseos pendientes es rodar un western, un género que admira desde su juventud y que hasta ahora se le ha resistido.

Un cine de asombro y de padres ausentes

Vista en conjunto, y más allá de los géneros que ha tocado, la obra de Spielberg repite algunas obsesiones con una constancia poco frecuente. La primera es la mirada de asombro de un personaje corriente, casi siempre un niño o un adulto que conserva algo de mirada infantil, ante algo que desborda su comprensión, ya sea un tiburón, una nave extraterrestre o un dinosaurio resucitado. La segunda es la ausencia o la debilidad de las figuras paternas, presente de un modo u otro en E.T., en Hook, en Caballo de batalla o en Los Fabelman, y que muchos biógrafos han relacionado directamente con la separación de sus propios padres durante su adolescencia.

La tercera obsesión, más visible desde los años noventa, es la de la guerra y la violencia colectiva entendidas no como espectáculo sino como problema moral, algo que atraviesa La lista de Schindler, Amistad, Salvar al soldado Ryan, Múnich o Caballo de batalla. Y la cuarta, quizá la más discreta pero también la más constante, es la fe en la comunicación y la empatía como salida a los conflictos, una idea que aparece tanto en el gesto de un niño extendiendo el dedo hacia un extraterrestre como en las negociaciones diplomáticas de El puente de los espías o en los debates parlamentarios de Lincoln. No es casual que el propio Spielberg, al presentar El día de la revelación, haya insistido en que el verdadero corazón de la película no es el contacto extraterrestre en sí, sino la pregunta de qué ha sido de la empatía humana.

El productor que multiplicó Hollywood

Reducir la huella de Spielberg en el cine contemporáneo a las películas que ha dirigido sería quedarse a mitad de camino. Como productor, a través de Amblin Entertainment y después de DreamWorks y Amblin Partners, ha impulsado algunas de las franquicias más rentables de las últimas cuatro décadas. Ahí están Poltergeist, Gremlins y Regreso al futuro en los años ochenta, la comedia ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, la trilogía de Men in Black o el reinicio de Jurassic World ya en el nuevo siglo, además de su participación como productor ejecutivo en la saga de Transformers, un proyecto que él mismo impulsó desde el principio como fan confeso de los juguetes y los cómics originales. Ya en la etapa más reciente de Amblin Partners, su sello ha estado detrás de títulos tan celebrados como Green Book, ganadora del Oscar a mejor película, o 1917, de Sam Mendes.

Su papel como productor también se extendió a la animación y a la televisión durante los años noventa, con series como Tiny Toon Adventures, Animaniacs o Pinky y Cerebro, y más adelante a los videojuegos, con la creación de la saga bélica Medal of Honor. Esa faceta menos visible, la de impulsor de proyectos ajenos, explica en buena medida por qué su nombre se asocia a una porción tan enorme del imaginario popular de varias generaciones, mucho más allá de los títulos que efectivamente dirigió.

La familia que siempre vuelve

Pocas filmografías se sostienen sobre colaboraciones tan largas y tan estables como la de Spielberg. John Williams ha compuesto la música de casi todas sus películas desde The Sugarland Express, con contadas excepciones, y El día de la revelación supone ya su trigésima banda sonora juntos, una cifra que por sí sola resume una de las asociaciones creativas más influyentes de la historia del cine. El montador Michael Kahn ha editado prácticamente toda su obra desde finales de los años setenta, y el director de fotografía Janusz Kaminski trabaja con él de manera ininterrumpida desde La lista de Schindler, aportando esa imagen de contrastes marcados y luz dura que define el aspecto visual de sus últimas tres décadas de cine.

A ese núcleo técnico hay que sumar a Kathleen Kennedy, productora en la práctica totalidad de sus proyectos importantes desde E.T., y a un grupo de actores con los que ha repetido en varias ocasiones, entre ellos Tom Hanks, presente en Salvar al soldado Ryan, Atrápame si puedes, La terminal, El puente de los espías y Los archivos del Pentágono, o Harrison Ford, indisociable ya del personaje de Indiana Jones.

El cineasta y la memoria

Un año después de terminar La lista de Schindler, en 1994, Spielberg creó la Fundación Shoah, una organización sin ánimo de lucro dedicada a grabar y conservar testimonios en vídeo de supervivientes y testigos del Holocausto. Entre 1994 y 1999, la fundación llevó a cabo cerca de cincuenta y dos mil entrevistas en treinta y dos idiomas y cincuenta y seis países, una de las colecciones de historia oral más grandes jamás reunidas sobre un episodio histórico.

En 2006 la institución pasó a integrarse en la Universidad del Sur de California bajo el nombre de USC Shoah Foundation, y con el tiempo amplió su misión para documentar también los testimonios de supervivientes de otros genocidios, como el de Ruanda en 1994. Más recientemente, la fundación ha impulsado iniciativas para recoger testimonios vinculados a episodios contemporáneos de violencia y antisemitismo, en la línea de su propósito original de usar la memoria como herramienta educativa contra el odio.

El reconocimiento de una vida

El palmarés de Spielberg incluye tres premios Oscar, dos como mejor director por La lista de Schindler y Salvar al soldado Ryan, y ha sido candidato en esa misma categoría hasta en siete ocasiones. A ellos se suman dos premios BAFTA y cuatro galardones del Directors Guild of America. Su trayectoria también ha sido reconocida al margen de los premios por películas concretas: recibió el AFI Life Achievement Award en 1995, un Kennedy Center Honor en 2006, el premio Cecil B. DeMille de los Globos de Oro en 2009 y, en 2015, la Medalla Presidencial de la Libertad, la máxima distinción civil que otorga el Gobierno de Estados Unidos, entregada de manos del entonces presidente Barack Obama junto a otras figuras como Barbra Streisand o Itzhak Perlman. En 2013, la revista Time lo incluyó entre las cien personas más influyentes del mundo, y en 2023 recibió el primer TIME100 Impact Award concedido en Estados Unidos.

Más allá de las estatuillas, Spielberg es, según distintas estimaciones, el director cuyas películas más dinero han recaudado en la historia del cine, con una cifra acumulada en todo el mundo que supera los diez mil millones de dólares sin ajustar a la inflación. Tres de sus títulos, Tiburón, E.T. y Parque Jurásico, llegaron a ser en su momento la película más taquillera jamás estrenada, un logro que ningún otro cineasta ha repetido tres veces.

Lo que viene

A sus ochenta años, que cumplirá el próximo mes de diciembre, Spielberg no da señales de querer frenar. Ha reconocido que disfruta más que nunca del trabajo en equipo con actores y colaboradores, algo que atribuye a una manera de entender el oficio que ha ido cambiando con la edad, comparándose a sí mismo con un camaleón dispuesto a adaptar su estilo a cada nueva idea que le interesa contar.

Según sus propias palabras, la interacción con el equipo y el reparto le resulta hoy mucho más disfrutable que en las primeras cuatro décadas y media de su carrera, una confesión poco habitual en alguien que empezó a dirigir siendo casi un adolescente y que durante años tuvo fama de controlar hasta el último detalle de sus rodajes. También ha insistido en que la respuesta del público a sus estrenos recientes, incluida la buena acogida de El día de la revelación, le reafirma en la idea de que las salas de cine todavía tienen sentido, incluso en una época en la que la taquilla global no ha terminado de recuperar los niveles previos a la pandemia.

Entre sus proyectos pendientes se ha mencionado en distintas ocasiones una adaptación sobre la conquista de México protagonizada por Hernán Cortés, con guion basado en un texto escrito originalmente por Dalton Trumbo y con el actor español Javier Bardem vinculado al papel del conquistador, aunque el proyecto lleva años sin concretarse en una fecha de rodaje. También ha declarado abiertamente su deseo de dirigir algún día un western, género que lo marcó de joven, en el que llegó a tener un encuentro memorable con John Ford, y con el que mantiene una deuda pendiente pese a su devoción declarada por el género.

Preguntado por si se plantea cuántas películas le quedan por rodar, algo que otros cineastas de su generación, como Martin Scorsese, han empezado a verbalizar abiertamente al acercarse a esta edad, Spielberg ha respondido que prefiere no pensar en esos términos y que simplemente espera seguir dejándose inspirar cuando surja una idea, tal y como le ocurrió con Los Fabelman, con West Side Story y ahora con esta nueva película.

Sea cual sea el siguiente paso, medio siglo después de Tiburón, la pregunta que sigue haciéndose buena parte de la industria del cine es la misma: qué será capaz de sorprendernos esta vez el hombre que, más que nadie, enseñó a Hollywood a soñar en grande. Generaciones enteras crecieron mirando al cielo después de ver E.T., aprendieron a temer el agua después de Tiburón y entendieron el peso moral de la historia después de La lista de Schindler. Que, a las puertas de los ochenta años, siga siendo capaz de llenar una sala de cine con una idea completamente nueva dice menos sobre la nostalgia del público que sobre la vigencia de un oficio que Spielberg nunca ha dejado de tomarse como el primer día, cuando un adolescente de Arizona rodaba trenes de juguete estrellándose por el simple placer de contar una historia.

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