Hay una fotografía de Antoni Gaudí tomada poco antes de su muerte que resulta perturbadora por su anonimato. Un hombre mayor, de barba blanca y ropa oscura y raída, camina por las calles de Barcelona con la parsimonia de alguien que no tiene ninguna prisa por llegar a ningún sitio. Nadie en la ciudad le reconoce. Nadie sabe que ese anciano mal vestido es el autor de los edificios más extraordinarios que jamás han visto. El 7 de junio de 1926, ese hombre es atropellado por un tranvía en la Gran Via de les Corts Catalanes. Los transeúntes que acuden a socorrerle tardan en identificarle. Algunos taxistas se niegan a llevarlo al hospital porque temen que no pueda pagar. Cuando finalmente lo ingresan en el Hospital de la Santa Cruz, un médico anota en su ficha: «desconocido». Muere tres días después. Tenía 73 años.
Ese final resulta, a su manera, coherente con la vida que eligió Gaudí en sus últimas décadas. Un hombre que había frecuentado los salones de la burguesía catalana, que había sido el arquitecto favorito de uno de los industriales más poderosos de su época, que había vestido con elegancia y asistido a banquetes y tertulias, acabó sus días como un asceta que dormía en su estudio de la Sagrada Família, vivía de pan, agua y nueces, y distribuía entre los pobres el dinero que le quedaba. Su transformación personal resulta tan fascinante como su arquitectura.
El 7 de junio de 2026 se cumplen cien años de su muerte. Barcelona, que no supo reconocerle en vida cuando yacía en el suelo de una calle, lo honra hoy como el mayor símbolo de su identidad cultural. La Sagrada Família, el templo que lleva décadas prometiendo terminar, se acerca a su conclusión con una lentitud que él habría entendido perfectamente. La Iglesia Católica lleva más de dos décadas estudiando su beatificación. Y los turistas, entre ocho y diez millones al año solo en la Sagrada Família, siguen llegando de todos los rincones del mundo para entender qué fue exactamente lo que hizo este hombre y por qué nadie antes ni después lo ha conseguido replicar
Los años de formación, entre el campo y la ciudad
Antoni Gaudí i Cornet nació el 25 de junio de 1852 en Reus, en la provincia de Tarragona, aunque existe un debate histórico sobre si el lugar exacto fue Reus o la cercana localidad de Riudoms, donde su familia tenía casa. Su padre, Francesc Gaudí, era calderero, y su madre, Antònia Cornet, provenía también de una larga estirpe de artesanos del metal. Gaudí recordaría siempre esa herencia con orgullo: los caldereros, decía, tienen la capacidad de visualizar el espacio en tres dimensiones antes de doblar el metal, y él atribuía gran parte de su intuición geométrica a esa tradición familiar.
Fue el menor de cinco hijos. Desde niño padeció artritis reumatoide, una enfermedad que le impedía jugar con otros niños y que le obligaba a pasar largas temporadas en reposo. Esas horas de quietud involuntaria las dedicó a observar. La naturaleza del campo catalán, que veía desde la ventana o recorría despacio en las épocas en que sus articulaciones se lo permitían, se convirtió en su libro de texto. Los huesos de los animales, la disposición de las hojas, la espiral de los caracoles, la forma en que una tela húmeda se tensa sobre un bastidor: todo eso entró en él antes de que aprendiera a dibujar planos.
En 1868 se trasladó a Barcelona para estudiar en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Era un estudiante irregular. Algunos profesores lo consideraban un genio; otros, un indisciplinado. El director de la escuela pronunció una frase que se ha repetido hasta la saciedad cuando le entregó el título en 1878: «No sé si le hemos dado el título a un loco o a un genio. El tiempo lo dirá». El tiempo lo dijo.
Durante sus años de formación, Gaudí se impregnó del ambiente intelectual de la Barcelona modernista. El catalanismo cultural estaba en plena efervescencia: la Renaixença, el movimiento que buscaba recuperar la identidad y la lengua catalanas, llenaba teatros, ateneos y revistas. Gaudí lo absorbió todo con la misma avidez con que había observado los insectos del campo. También leyó a John Ruskin y a Eugène Viollet-le-Duc, los grandes teóricos de la arquitectura de su tiempo, aunque acabaría alejándose de ambos en direcciones que ninguno habría podido anticipar.
Sus primeras obras de juventud, como el proyecto para el parque de la Ciudadela de Barcelona en el que colaboró como dibujante, muestran ya una inquietud ornamental que se desborda. Pero el Gaudí verdadero, el que reconocemos hoy, no aparece de golpe. Hay un proceso, una evolución que va de los revivalismos históricos hacia algo completamente original, y ese proceso tarda varios años en consolidarse.
El mecenas que lo cambió todo
En 1878, el mismo año en que se graduó, Gaudí participó en la Exposición Universal de París con una vitrina de guantes diseñada para el fabricante Comella. Entre los visitantes de aquella exposición estaba Eusebi Güell i Bacigalupi, hijo del industrial Joan Güell y heredero de una de las fortunas más grandes de Cataluña. La vitrina le llamó la atención. Preguntó quién era su autor. Pocos meses después, Güell y Gaudí se conocieron en Barcelona.
Fue el inicio de una de las relaciones más fructíferas de la historia de la arquitectura occidental. Güell era un hombre culto, viajado, con gustos cosmopolitas y dinero suficiente para sostener proyectos que cualquier otro cliente habría considerado demasiado ambiciosos, demasiado extraños o simplemente demasiado caros. Gaudí encontró en él algo que muy pocos arquitectos tienen en toda su vida: un mecenas dispuesto a darle carta blanca.
Entre 1883 y 1888, Gaudí construyó para Güell las caballerizas y picadero de la finca Güell en la calle Pedralbes, uno de sus primeros trabajos reconocibles, con ese dragón de hierro forjado en la verja que parece a punto de saltar. Entre 1886 y 1890 levantó el Palau Güell, en el centro de Barcelona, un edificio que ya rompe con todo lo que se esperaba de una residencia urbana de lujo. La fachada con sus dos grandes arcos parabólicos, la cubierta con sus chimeneas revestidas de fragmentos de cerámica que son el precedente directo del trencadís del Park Güell, la cúpula perforada del salón central que filtra la luz como si fuera un instrumento astronómico: todo apunta a un lenguaje propio, inconfundible, que en ese momento no tiene nombre pero que con el tiempo se llamará simplemente gaudiniano.
La relación con Güell no fue solo profesional. Gaudí compartía con su mecenas el catalanismo cultural y una profunda fe católica. Güell le encargó también la cripta de la colonia obrera que había fundado en Santa Coloma de Cervelló, un proyecto en el que Gaudí trabajaría durante años y que se convertiría en su laboratorio estructural más importante. La cripta de la Colònia Güell, inconclusa, es donde Gaudí ensayó los sistemas de arcos que luego trasladaría a la Sagrada Família. Nunca se terminó. Güell murió en 1918 y sin él el proyecto quedó varado.
Aprender de la naturaleza lo que los libros no enseñan
Antes de hablar de los edificios concretos, conviene detenerse en el método de Gaudí, porque sin entenderlo resulta imposible entender nada de lo demás. Lo que hizo no fue decorar de otra manera. Fue pensar la estructura desde un principio completamente diferente.
Los arquitectos de su tiempo trabajaban con formas que la geometría clásica podía describir fácilmente: arcos de medio punto, columnas, bóvedas de cañón. Gaudí buscó en la naturaleza las formas que la naturaleza misma había seleccionado por su eficiencia. Los huesos son huecos porque así soportan el peso sin material innecesario. Los árboles se ramifican según proporciones que distribuyen la carga uniformemente. Las conchas de los moluscos siguen espirales que optimizan el espacio. Todo eso tiene una lógica estructural, y esa lógica es superior a la de cualquier manual de construcción.
El instrumento más famoso de su método es el modelo funicular de cadenas, que utilizó sobre todo para diseñar la cripta de la Colònia Güell y la propia Sagrada Família. La idea es tan simple como genial: si cuelgas una cadena de dos puntos, la cadena toma la forma de una catenaria, que es la curva de mínima energía para ese tipo de carga. Si inviertes esa curva, obtienes el arco perfecto para soportar cargas de compresión. Gaudí construyó maquetas con cordeles y pequeñas bolsitas de arena colgadas de ellos, representando los pesos de las distintas partes del edificio. Luego fotografiaba el modelo y lo invertía: la forma que aparecía era exactamente la estructura que necesitaba construir.
Esas maquetas eran enormes, a veces ocupaban salas enteras. Hubo una para la Sagrada Família de varios metros de altura. Fue destruida en 1936 durante la Guerra Civil, cuando la cripta del templo fue asaltada e incendiada. Los colaboradores de Gaudí pasaron años reconstruyendo los fragmentos que habían sobrevivido para poder continuar la obra.
Pero el método de Gaudí no fue solo estructural. Fue también sensorial. Estudiaba la luz en distintas horas del día y en distintas épocas del año. Analizaba cómo los colores cambian según la distancia y la atmósfera. Colocaba espejos en sus obras en construcción para ver el efecto desde ángulos que el ojo humano no podía alcanzar directamente. En el Park Güell instaló una inclinación específica en los bancos de la gran terraza para que resultaran ergonómicamente correctos: los moldes se hicieron con obreros que se sentaban sobre arcilla blanda y dejaban la huella de su cuerpo.
Utilizó tres tipos de superficies regladas, es decir, superficies que pueden generarse por el movimiento de una línea recta: el paraboloide hiperbólico, el hiperboloide y el helicoide. Estas superficies aparecen en la naturaleza de manera constante, tienen propiedades estructurales excepcionales y se pueden construir con líneas rectas, lo cual facilita enormemente el encofrado. Son la base de los ventanales de la Sagrada Família, de la cubierta de la sala hipóstila del Park Güell, de las chimeneas de la Casa Milà.
Casa Vicens: el inicio de todo
La primera obra importante que Gaudí construyó por encargo propio fue la Casa Vicens, en el barrio de Gràcia de Barcelona, entre 1883 y 1885. El cliente era Manuel Vicens, un fabricante de azulejos, y Gaudí aprovechó esa circunstancia para crear una fachada que es casi un catálogo de posibilidades cerámicas.
El edificio mezcla influencias orientales, mudéjares y elementos propios en una combinación que a muchos críticos de la época les pareció excesiva y a algunos directamente estrafalaria. Hoy es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, junto a otras seis obras del arquitecto, y funciona como museo. La casa original ha sido ampliada y modificada desde que Gaudí la construyó, pero el núcleo fundacional sigue siendo reconocible y fascinante.
Lo que resulta más notable de la Casa Vicens es su libertad. Hay en ella una alegría experimental que el Gaudí posterior, más serio y más místico, no volvería a mostrar con tanta despreocupación. Es un edificio joven, curioso, ávido de probar cosas nuevas. Y en ese sentido es inseparable del momento en que fue creado: la Barcelona del Modernismo, la ciudad que se expandía más allá de sus murallas demolidas y necesitaba una arquitectura que expresara su nueva confianza en sí misma.
El Palau Güell y los años de consagración
Mientras construía para Güell en el centro de Barcelona, Gaudí recibía otros encargos que le permitieron desarrollar su lenguaje en distintas escalas y programas. En 1883 tomó el relevo de la Sagrada Família, un proyecto que había comenzado otro arquitecto, Francisco de Paula del Villar, y que en ese momento era poco más que una cripta inacabada. Pero ese encargo merece capítulo aparte.
El llamado «El Capricho», construido en Comillas, Cantabria, entre 1883 y 1885, es contemporáneo de la Casa Vicens y comparte con ella ese espíritu lúdico de los primeros años. La torre de base cilíndrica, el friso de girasoles de cerámica que recorre el perímetro, las proporciones que mezclan referencias orientales con elementos propios: todo resulta exuberante y un poco imprevisible.
El Palau Güell, en cambio, es otra cosa. Es donde Gaudí empieza a dejar de divertirse y empieza a pensar. La fachada con sus dos arcos parabólicos en la planta baja tiene una sobriedad que contrasta con la exuberancia decorativa del interior. La cúpula del salón central, con sus perforaciones que imitan un cielo estrellado, es probablemente el primer espacio interior en la historia de la arquitectura moderna que consigue que el visitante tenga la sensación de estar simultáneamente dentro de un edificio y bajo el cielo abierto. La cubierta, con sus veinte chimeneas revestidas de fragmentos de mármol, cerámica y vidrio, anticipa directamente el Park Güell.
El Palau fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984, junto a la Casa Vicens y a otras obras del arquitecto, en el primer reconocimiento internacional de gran escala de su trabajo. Hoy funciona como museo dependiente de la Diputació de Barcelona y recibe en torno a 450.000 visitas anuales.
Casa Batlló y el dragón de piedra
En 1904, Josep Batlló, un industrial textil barcelonés, le encargó a Gaudí que reformara un edificio de pisos en el Passeig de Gràcia que le parecía demasiado convencional. Lo que Gaudí entregó en 1906 no tiene precedente en ninguna tradición arquitectónica conocida.
La fachada de la Casa Batlló es, según cómo se mire, una escena de un cuento, un fósil marino de proporciones monumentales o la representación de la leyenda de Sant Jordi en clave arquitectónica. Los balcones con sus pasamanos de hueso, la fachada revestida de fragmentos de vidrio azul y verde que cambian de color según la luz, la cubierta que imita el lomo escamoso de un dragón y la torre rematada con una cruz de cuatro brazos que sería la lanza del santo: la interpretación simbólica es posible y el arquitecto la fomentó, aunque nunca la confirmó de manera explícita.
El interior es igual de extraordinario. La caja de escalera que atraviesa el edificio de arriba abajo está revestida de azulejos que van del azul más oscuro en los pisos inferiores al blanco casi puro en los superiores, creando la sensación de estar ascendiendo por el interior de un mar. El piso principal, el que ocupaba la familia Batlló, tiene una sala de estar cuyos techos en espiral, las molduras que parecen olas y las ventanas que se abren al paseo como ojos de un ser acuático confirman esa lectura submarina.
La Casa Batlló compite con la Casa Milà, a pocos metros de distancia en el mismo Passeig de Gràcia, por ser el edificio más fotografiado de Barcelona. Juntos forman lo que los barceloneses llaman la Manzana de la Discordia, junto a la Casa Lleó Morera y la Casa Amatller, y representan el vértice creativo del Modernismo catalán.
La Pedrera, la última casa
La Casa Milà, conocida popularmente como La Pedrera, es la última obra civil que completó Gaudí antes de dedicarse en exclusiva a la Sagrada Família. La construyó entre 1906 y 1912 para Pere Milà y su esposa Roser Segimon, y desde el primer momento fue objeto de escándalo.
Los barceloneses la llamaron La Pedrera, la cantera, porque la ondulada fachada de piedra caliza sin ningún ornamento pintado les parecía un bloque de roca sin terminar. Los críticos la ridiculizaron. Algunos la compararon con una acumulación de quesos. El arquitecto Josep Puig i Cadafalch, uno de los más reputados de la época, dijo de ella que parecía una montaña de maíz tostado. El escándalo fue suficiente para que el ayuntamiento amenazara con obligar a derribar las partes que sobresalían de la alineación permitida.
Hoy La Pedrera es uno de los edificios más admirados del siglo XX y recibe más de un millón de visitantes al año. El museo que aloja en el ático y la terraza está considerado uno de los mejores espacios de exhibición de España. Y la cubierta, con sus guerreros espiralados que son en realidad salidas de escalera y sus chimeneas retorcidas que parecen esculturas abstractas, se reproduce constantemente en libros de arquitectura, fotografía y diseño de todo el mundo.
Lo que hace tan extraordinaria a La Pedrera es que no tiene ninguna pared recta en su interior. La estructura está resuelta con un sistema de pilares de piedra y hierro que libera completamente las plantas, de manera que los tabiques no son estructurales y pueden colocarse donde sea necesario. Es, en ese sentido, un edificio completamente moderno en su concepción estructural, aunque su apariencia no tenga nada que ver con lo que el Movimiento Moderno entendería por modernidad décadas después.
La relación entre Gaudí y sus clientes en La Pedrera fue conflictiva. Pere Milà era más conservador de lo que la obra suponía, y su esposa, que había heredado una gran fortuna de un primer marido americano, nunca se entendió bien con el arquitecto. Cuando Gaudí terminó la obra, los Milà le debían una parte de los honorarios. Los pleitos duraron años. Cuando finalmente le pagaron, Gaudí donó el dinero íntegro a un convento de Carmelitas Descalzas.
El Parque Güell, la ciudad que nunca fue
El Parque Güell tiene una historia que suele pasarse por alto en las visitas turísticas, ocupadas en fotografiar los bancos de cerámica y los lagartos polícromos. Eusebi Güell encargó a Gaudí en 1900 un proyecto de ciudad-jardín inspirado en los modelos ingleses que Güell había conocido en sus viajes a Gran Bretaña. La idea era construir sesenta parcelas residenciales en la falda del cerro del Carmel, con una plaza central, un mercado cubierto, calles sinuosas adaptadas a la topografía y todos los servicios necesarios para una comunidad autosuficiente de clase alta.
El proyecto fracasó. Solo se vendieron dos parcelas. Una fue adquirida por el propio Güell, que vivió allí. La otra la compró un amigo de Gaudí que se la cedió para que el arquitecto viviera en ella; esa casa es hoy el museo dedicado a su vida y su obra dentro del parque. El resto de las parcelas nunca se vendieron. Los catalanes de la época no estaban dispuestos a vivir tan lejos del centro de la ciudad, en una ladera sin urbanizar, por muy genial que fuera el arquitecto.
Lo que quedó de ese fracaso comercial es uno de los parques más extraordinarios del mundo. El viaducto de columnas inclinadas que recorre la ladera, las escaleras de acceso con su fuente del lagarto, el pórtico de la sala hipóstila con sus 86 columnas dóricas que sostienen la gran explanada superior, los bancos serpenteantes de la plaza central revestidos de trencadís con fragmentos de azulejos de colores: todo eso es el resultado de una obra que nunca llegó a ser lo que se pretendía pero que en su fracaso creó algo mejor que el éxito original.
El Park Güell fue cedido al ayuntamiento de Barcelona en 1926, poco después de la muerte de Gaudí, y declarado jardín público. Hoy es Patrimonio de la Humanidad y recibe entre cuatro y cinco millones de visitas anuales, lo que lo convierte en uno de los espacios más visitados de España. La afluencia fue tan desbordante en la segunda década del siglo XXI que el ayuntamiento introdujo un sistema de acceso restringido con reserva previa y pago de entrada para la zona monumental, algo que ha reducido la masificación pero que sigue generando debate.
La Sagrada Família: una catedral en construcción permanente
Todo lo demás que hizo Gaudí, por extraordinario que sea, queda en cierto modo subordinado a la Sagrada Família. No porque sea necesariamente su obra más perfecta desde el punto de vista arquitectónico, sino porque es la más ambiciosa, la más compleja, la que lo absorbió por completo durante los últimos años de su vida y la que sigue siendo, un siglo después de su muerte, una obra en curso.
Gaudí recibió el encargo en 1883, cuando contaba 31 años. Lo que había hasta ese momento era la cripta, iniciada por Francisco de Paula del Villar con un proyecto neogótico convencional. Gaudí continuó la cripta con algunas modificaciones y luego empezó a desarrollar un proyecto propio radicalmente diferente: un templo de dimensiones catedralicias, con dieciocho torres (doce para los apóstoles, cuatro para los evangelistas, una para la Virgen y la central más alta de todas para Jesucristo), tres fachadas con portadas escultóricas elaboradísimas y un interior que utiliza columnas ramificadas como árboles para sostener unas bóvedas que proyectan la luz desde alturas que ninguna catedral gótica había alcanzado.
La fachada del Nacimiento, la única que Gaudí pudo ver prácticamente terminada antes de morir, es un tratado de teología en piedra. Cada figura, cada elemento vegetal o animal, cada detalle tiene un significado preciso dentro de un programa iconográfico que Gaudí elaboró con minuciosidad de teólogo. Los tres portales representan la Fe, la Esperanza y la Caridad. Las tortugas que sostienen las columnas de la portada central son terrestres en un lado y marinas en el otro, porque representan respectivamente la tierra y el mar. Los cipreses que flanquean las torres son el árbol de la vida. La nieve de piedra del portal de la Esperanza cae sobre el paisaje de la matanza de los Inocentes.

Cuando Gaudí murió en 1926, apenas estaba terminada esa fachada y una de las cuatro torres que la coronan. El resto era planos, maquetas y cálculos. Y gran parte de eso también ardió en 1936.
Lo que ha pasado desde entonces es una historia de controversia y genio colectivo. Los arquitectos que han continuado la obra, desde Domènec Sugrañes en los años veinte hasta Jordi Bonet y su hijo Jordi Faulí más recientemente, han tenido que resolver el problema de cómo completar un edificio cuyo autor murió sin dejar instrucciones definitivas, con las maquetas destruidas y con planos que a veces no coincidían entre sí.
La fachada de la Pasión, realizada en las décadas de 1980 y 1990 con escultura del artista Josep Maria Subirachs, fue recibida con enorme polémica. Su lenguaje expresionista, casi brutal, contrasta radicalmente con la exuberancia naturalista de la fachada del Nacimiento. Hay quien la considera una traición al espíritu de Gaudí. Hay quien piensa que Subirachs tuvo el coraje de no imitar al maestro y crear algo propio. El debate no ha cesado.
En los últimos años, el uso de la tecnología digital ha transformado el ritmo de construcción. Los escáneres de los fragmentos de las maquetas originales, combinados con programas de modelado tridimensional, han permitido reconstruir con precisión las formas que Gaudí tenía en mente. Las torres centrales, las más altas del conjunto, comenzaron a elevarse a ritmo acelerado en la segunda década del siglo XXI.
La torre de Jesucristo, la más alta de todas, está proyectada para alcanzar 172,5 metros, lo que la convertiría en el edificio más alto de Barcelona y la iglesia más alta del mundo. La normativa urbanística de la ciudad establece que ningún edificio puede superar la altura de Montjuïc, y la Sagrada Família se ha proyectado respetando ese límite por un margen de apenas un metro.
La fecha de conclusión definitiva del templo ha sido anunciada y pospuesta varias veces. El objetivo era el año 2026, centenario de la muerte de Gaudí, pero las obras sufrieron retrasos importantes durante la pandemia de Covid-19, cuando la Junta Constructora, que se financia exclusivamente con donaciones y entradas de visitantes, vio caer sus ingresos de manera drástica. Actualmente, las previsiones sitúan la conclusión de los elementos principales para los años inmediatamente siguientes.
El papa Francisco consagró el templo en noviembre de 2010, durante su visita a Barcelona, cuando todavía faltaban por completar las torres centrales y varios elementos de la fachada de la Gloria. Desde ese momento es oficialmente una basílica menor de la Iglesia Católica.
El Gaudí tardío: fe, ascetismo y aislamiento
La transformación personal de Gaudí a partir de los primeros años del siglo XX es uno de los aspectos menos estudiados y más fascinantes de su biografía. El hombre que en su juventud había frecuentado las tertulias de la alta burguesía catalana, que había sido miembro de la Liga de Cataluña y había participado en la política cultural de su tiempo, que había viajado a Francia para estudiar las catedrales góticas, que había tenido amigos, relaciones, una vida social reconocible, fue cerrándose sobre sí mismo de manera progresiva.
En 1878, su madre había muerto. Su padre murió en 1906. Su sobrina Rosa, que vivía con él y lo cuidaba, murió en 1912. Y en 1914 murió su amigo íntimo y colaborador Francesc Berenguer, que había sido su sombra durante décadas. Gaudí se quedó sin familia directa, sin el mecenas Güell que moriría en 1918, sin los afectos que habían organizado su vida cotidiana.
Se retiró progresivamente del mundo. Dejó de aceptar nuevos encargos. Redujo su dieta hasta límites que sus contemporáneos consideraban inquietantes: comía poco y cada vez cosas más simples, vivía en el estudio que se había instalado en la propia obra de la Sagrada Família, rezaba el rosario varias veces al día y asistía diariamente a la iglesia de Sant Felip Neri para confesarse. Su aspecto físico cambió radicalmente: la ropa elegante fue sustituida por prendas viejas y raídas, los zapatos de calidad por zapatos de alpargata o directamente por periódicos enrollados alrededor de los pies cuando los zapatos le dolían por la artritis.
Sus colegas y colaboradores lo describían en esos años como alguien que había renunciado deliberadamente a todo lo que no fuera la obra y la oración. Joan Matamala, uno de los escultores que trabajaron en la Sagrada Família y cuyo padre también había colaborado con Gaudí, escribió en sus memorias que el arquitecto en sus últimos años tenía la apariencia de un mendigo y la serena certeza de alguien que ha entendido algo que los demás todavía no han comprendido.
Esta transformación ha sido interpretada de maneras muy diferentes. Para sus admiradores más devotos, fue una progresión espiritual coherente con su fe profunda y con su comprensión de la Sagrada Família no solo como un proyecto profesional sino como una ofrenda. Para algunos biógrafos laicos, fue también una reacción a los duelos acumulados y a una soledad que él mismo fue construyendo como muro protector.
Un adiós que fue casi una canonización espontánea
Cuando murió el 10 de junio de 1926, Barcelona reaccionó de una manera que ningún otro arquitecto de la historia había suscitado. El velatorio en la cripta de la Sagrada Família fue multitudinario. Decenas de miles de personas desfilaron ante su féretro. La procesión fúnebre recorrió las calles de la ciudad con una concurrencia que los periódicos de la época compararon con la de los funerales de estado.
Fue enterrado en la misma cripta de la Sagrada Família, en la capilla de la Virgen del Carmen, donde permanece. Es el único arquitecto enterrado en el templo que construyó, lo que añade a su figura una dimensión de permanencia y de identificación con la obra que ninguna otra circunstancia podría haber creado.
Los periódicos barceloneses de la época, incluidos los que habían sido críticos con su arquitectura, publicaron obituarios que reconocían la magnitud de lo perdido. La Vanguardia dedicó varias páginas a su figura. En Madrid, los periódicos recogieron la noticia con respeto aunque con menor emoción. En París y en otras capitales europeas hubo notas más discretas, pero las hubo.
Lo paradójico es que en el momento de su muerte, Gaudí era célebre en Barcelona pero no era todavía la figura universal que es hoy. Su internacionalización fue un proceso lento que arrancó décadas después de su muerte y que se aceleró a partir de los años ochenta, cuando la UNESCO reconoció sus obras y cuando Barcelona comenzó a usarlas como imagen de ciudad.
El legado: de la incomprensión al icono global
Durante buena parte del siglo XX, la arquitectura de Gaudí estuvo en una situación incómoda. El Movimiento Moderno, que dominó el pensamiento arquitectónico desde los años veinte hasta bien entrados los setenta, no sabía qué hacer con él. Le Corbusier lo visitó en 1928 y quedó desconcertado. La arquitectura moderna quería superficies lisas, funciones claras, ornamento mínimo o nulo. Gaudí era exactamente lo contrario: ornamento máximo, formas orgánicas, simbolismo desbordante.
Algunos historiadores lo relegaron a la categoría de excéntrico brillante, un caso aislado sin continuadores posibles. Salvador Dalí lo reivindicó desde el surrealismo, lo que tampoco ayudó a su recepción dentro de los círculos académicos serios. Robert Hughes, el gran crítico de arte australiano, escribió sobre él con una mezcla de fascinación y perplejidad que refleja bien la dificultad que tuvo la crítica del siglo XX para encuadrarlo.
Lo que cambió todo fue, primero, el agotamiento del Movimiento Moderno y la crisis del pensamiento racionalista en arquitectura. Cuando los arquitectos volvieron a interesarse por la historia, por la ornamentación, por la complejidad formal, la obra de Gaudí dejó de parecer un callejón sin salida y empezó a verse como una cantera de ideas sin explotar. Y segundo, el salto definitivo hacia la iconicidad global que se produjo cuando Barcelona organizó los Juegos Olímpicos de 1992 y decidió presentarse al mundo con la imagen de la Sagrada Família.
Hoy Gaudí es, junto con Dalí y Picasso, el artista español más reconocido internacionalmente. Su nombre aparece en libros de texto de arquitectura de todos los países. Sus edificios son destinos turísticos en sí mismos. La marca Gaudí es tan poderosa que ha generado un fenómeno de producción industrial de réplicas y souvenirs que habría horrorizado a un hombre que donó sus últimos honorarios a un convento.
Su influencia en la arquitectura contemporánea es más compleja de rastrear que la de otros maestros, precisamente porque lo que hizo es difícil de imitar sin caer en la imitación vacía. Algunos arquitectos como Santiago Calatrava han reconocido su deuda con Gaudí en el uso de formas naturales y estructuras orgánicas. El arquitecto japonés Toyo Ito habló de él en términos de admiración cuando recibió el Pritzker. Zaha Hadid, cuya arquitectura de superficies curvas y geometrías no euclidianas tiene algún parentesco con la gaudiniana, nunca lo citó directamente pero sus biógrafos señalan conexiones evidentes.
La causa de beatificación: Gaudí en proceso de convertirse en santo
El 7 de marzo de 2000, el obispado de Barcelona abrió oficialmente la causa de beatificación de Antoni Gaudí. En 2003, el Vaticano reconoció la validez de la causa y otorgó a Gaudí el título de Siervo de Dios, el primer paso del largo proceso que puede llevar, si se concluye satisfactoriamente, a la beatificación y eventualmente a la canonización.
La causa está basada en lo que sus promotores denominan su heroicidad de virtudes: la fe profunda y vivida, la caridad con los pobres, la castidad que mantuvo durante toda su vida adulta, la pobreza voluntaria de sus últimos años, la obediencia a las enseñanzas de la Iglesia. El proceso incluye la revisión exhaustiva de testimonios de quienes le conocieron y documentos de toda su vida.
En 2015, la fase diocesana del proceso se cerró y la documentación fue enviada al Vaticano, a la Congregación para las Causas de los Santos. Desde entonces, el proceso avanza con la lentitud característica de los procedimientos vaticanos. Para que Gaudí sea beatificado se requiere, además de la declaración de heroicidad de sus virtudes, la verificación de un milagro atribuido a su intercesión. Para la canonización, se requeriría un segundo milagro.
La posible beatificación de Gaudí sería un acontecimiento de enorme resonancia cultural y religiosa, no solo en Cataluña sino en toda la Iglesia Católica. Sería el primer arquitecto moderno beatificado, y su proceso elevaría a la categoría de santidad una forma de vocación, la del artista y el creador, que habitualmente no encuentra reconocimiento en el santoral.
Entre los defensores de la causa está el propio papa Francisco, que en su visita a Barcelona en 2010 para la consagración de la Sagrada Família expresó el deseo de que el proceso avanzara. En noviembre de 2024, Francisco volvió a Barcelona para una nueva visita y reafirmó su apoyo a la causa de beatificación.
La figura del Gaudí devoto y asceta que emerge de los testimonios recogidos en el proceso es coherente con los últimos veinte años de su vida, pero también con la totalidad de su obra, que siempre tuvo una dimensión espiritual explícita. Él mismo dijo en varias ocasiones que la originalidad consiste en volver al origen, y que el origen de todo es Dios. Esa frase, que podría parecer una boutade de artista, está en realidad en el centro de su concepción arquitectónica: la naturaleza, de la que extrajo todas sus formas, era para él la expresión directa de la inteligencia divina.
Barcelona y Gaudí: una relación que no siempre fue de amor
Conviene no idealizar la relación entre Gaudí y la ciudad que hoy lo convierte en su emblema. Barcelona no siempre trató bien a Gaudí en vida, y Gaudí tampoco tuvo siempre una relación fácil con sus conciudadanos.
Fue detenido brevemente en 1924 durante una celebración de la Diada de Catalunya porque se negó a hablar en castellano con un guardia que le pidió identificación, un incidente que refleja tanto su carácter como el clima político de la dictadura de Primo de Rivera. Su catalanismo era profundo y coherente: proyectó los edificios de su ciudad, utilizó el catalán en sus documentos, participó en las organizaciones culturales del catalanismo.
Pero sus obras fueron objeto de burla y de incomprensión. La Pedrera fue una fuente inagotable de chistes. La Sagrada Família fue considerada por muchos una obra de megalomanía religiosa inadecuada a los tiempos modernos. El escritor José María Castellet recordó haber oído de niño a adultos barceloneses hablar del templo como de una vergüenza pública.
Hubo un momento particularmente oscuro en la historia de la relación de Barcelona con Gaudí: la Guerra Civil. En julio de 1936, cuando las milicias anarquistas asaltaron la cripta de la Sagrada Família, destruyeron las maquetas, quemaron los planos y profanaron la tumba del arquitecto. No fue un acto de destrucción artística: fue un acto antirreligioso dirigido contra un símbolo eclesiástico. Pero las consecuencias para la continuación de la obra fueron devastadoras.
Hoy la ciudad ha resuelto esa ambivalencia histórica en la dirección del orgullo absoluto. Los edificios de Gaudí son los más visitados de España. La imagen de la Sagrada Família es la que aparece en todos los libros de viaje, en todas las guías turísticas, en todos los carteles de turismo catalán. La figura del arquitecto ha sido tan completamente asimilada por la identidad barcelonesa que resulta difícil imaginar que alguna vez fue objeto de mofa.
Lo que queda por entender
Un siglo después de su muerte, y con toda la bibliografía, los estudios académicos, los documentales y las exposiciones que se han acumulado, Gaudí sigue siendo un personaje parcialmente opaco. La destrucción de sus archivos en 1936 creó un vacío que los investigadores han intentado llenar con testimonios, cartas, fotografías y los propios edificios.
Lo que resulta más difícil de explicar es la combinación de rigor matemático y libertad expresiva que caracteriza su obra. Cada forma en sus edificios tiene una razón estructural o simbólica precisa; al mismo tiempo, el conjunto transmite una vitalidad que ningún cálculo puede generar. Esa tensión entre la lógica y la exuberancia, entre el método y la intuición, es lo que hace que sus edificios sigan siendo tan difíciles de replicar.
También es difícil de explicar la escala de su ambición. No hay en la historia moderna de la arquitectura occidental un proyecto de construcción comparable a la Sagrada Família en términos de duración, complejidad y demanda de fe en algo que todavía no existe. Gaudí sabía que no viviría para ver la obra terminada. Lo dijo explícitamente. Y aceptó esa condición con la misma serenidad con que aceptó la pobreza y el anonimato de sus últimos años.
El centenario de su muerte en 2026 coincide con un momento en que la Sagrada Família está más cerca de completarse que nunca y en que el proceso de beatificación lleva más de dos décadas avanzando. Son dos procesos paralelos, arquitectónico y espiritual, que Gaudí habría encontrado completamente coherentes entre sí. Para él, en el fondo, nunca fueron cosas distintas.
El tranvía que lo atropelló en la Gran Via no distinguió entre el mendigo que parecía y el genio que era. Barcelona tardó tres días en reconocerlo antes de que muriera. Lleva cien años intentando entenderlo desde entonces. Y probablemente seguirá haciéndolo durante otros cien.