revista cultural por (y para) el arte

La Catedral de Toledo: ocho siglos de piedra, luz y fe

Un recorrido por la historia del templo primado de España, desde la basílica visigoda hasta las celebraciones de su VIII Centenario en 2026

Catedral de Toledo

Hay edificios que se limitan a marcar el paisaje de una ciudad y hay otros que se convierten en su memoria. La Catedral de Toledo pertenece a esta segunda categoría. Bajo sus bóvedas conviven capas de historia que van del reino visigodo a la Edad Contemporánea, y en sus muros se puede leer, casi como en un libro abierto, la evolución del arte español a lo largo de ocho siglos.

En 2026 este templo cumple ochocientos años desde que se colocó su primera piedra, un aniversario que la propia catedral y las instituciones de Castilla-La Mancha están celebrando con exposiciones, conciertos y un año jubilar que se extenderá hasta 2027. Es un buen momento para detenerse, entrar despacio por alguna de sus puertas y repasar cómo llegó a convertirse en lo que hoy se conoce como la Dives Toletana, la rica catedral toledana, sede primada de la Iglesia católica en España.

Antes de la catedral: la basílica visigoda y la mezquita mayor

El lugar donde hoy se levanta la catedral no empezó a ser sagrado con la llegada de los cristianos medievales. La tradición sitúa en este mismo emplazamiento una primera basílica cristiana ya en época visigoda, cuando Toledo era la capital del reino y sede de los concilios que gobernaban la Iglesia hispana. Una inscripción datada en tiempos del rey Recaredo, aparecida siglos después, hace referencia a la consagración de un templo a Santa María en el año 587, coincidiendo con la conversión oficial de los visigodos al catolicismo.

Con la llegada de los musulmanes en el año 711, aquel templo se transformó en la mezquita aljama de la ciudad. Aunque no se conserva ningún resto que permita reconstruir con precisión su aspecto, los historiadores suponen que debió de tratarse de un edificio de planta columnaria, con arcos de herradura apoyados en columnas reaprovechadas de construcciones romanas y visigodas, en la línea de otras grandes mezquitas de al Ándalus como la de Córdoba.

Esa mezquita mayor permaneció prácticamente intacta durante más de tres siglos, hasta que en 1085 Alfonso VI conquistó Toledo. Según cuenta la tradición popular, el rey había pactado con los habitantes musulmanes de la ciudad respetar sus lugares de culto, pero poco después el templo pasó a manos cristianas y fue reconsagrado. Alfonso VI colmó de privilegios al renovado templo cristiano: el 18 de diciembre de 1086 lo puso bajo la advocación de la Virgen María y le concedió villas, aldeas, molinos y una parte de las rentas de las demás iglesias de la ciudad. Durante décadas, aquel edificio conservó todavía elementos arquitectónicos de origen islámico, conviviendo con la nueva liturgia cristiana.

1226: nace la catedral gótica

A comienzos del siglo XIII, aquella vieja mezquita convertida en iglesia ya no estaba a la altura de las ambiciones de Toledo ni de su arzobispo. En 1222, una bula del papa Honorio III autorizó el inicio de las obras de un nuevo templo, y hacia 1224 o 1225 comenzaron los trabajos, aunque la ceremonia oficial de colocación de la primera piedra se retrasó hasta 1226, cuando pudo contarse con la presencia del rey Fernando III el Santo.

El impulsor de aquel proyecto fue el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, elegido para la sede toledana en 1209 y una de las grandes figuras del pensamiento y la política eclesiástica de su tiempo. Jiménez de Rada defendió ante Roma la primacía de la sede de Toledo sobre el resto de las diócesis españolas, un rango que la ciudad ya había ostentado en época visigoda como cabeza de los concilios hispanos, y soñaba con levantar un templo gótico que estuviera a la altura de las grandes catedrales francesas.

Durante mucho tiempo se atribuyó la traza inicial de la catedral a un maestro llamado Petrus Petri, cuya lápida, aún visible en el templo, lo señala como el arquitecto que construyó la iglesia. Sin embargo, investigaciones del siglo XX demostraron que existió un maestro anterior, llamado Martín, probablemente de origen francés y casado con una toledana llamada María Gómez, que fue quien realmente diseñó la planta y comenzó las obras por la cabecera entre 1227 y 1234, antes de que Petrus Petri continuara la construcción.

Dos siglos y medio de obras

Levantar la catedral no fue tarea de una sola generación. Las obras se prolongaron durante más de dos siglos y medio, entre 1226 y 1493, y por ellas pasaron numerosos maestros mayores que fueron dejando su impronta particular en portadas, capillas y vidrieras. El resultado final es un templo de planta gótica con cinco naves, un crucero poco pronunciado y una girola de doble deambulatorio en la que se abren numerosas capillas radiales, un esquema que recuerda a las grandes catedrales del gótico francés pero que en Toledo adquirió una personalidad propia, más luminosa y más ligada a la tradición constructiva hispana.

Sus dimensiones dan idea de la magnitud del proyecto: unos ciento veinte metros de longitud por sesenta de anchura, con ochenta y ocho columnas y setenta y dos bóvedas sosteniendo el conjunto. En algunos puntos del templo, como el triforio de la capilla mayor o el de la girola, aparecen arcos entrecruzados de tradición califal, un guiño discreto a los alarifes musulmanes que también trabajaron en su fábrica, y que recuerda que Toledo siguió siendo, incluso en plena construcción del templo cristiano, una ciudad de artesanos formados en distintas tradiciones.

La torre campanario, situada en el ángulo noroeste de la fachada principal, empezó a levantarse en el siglo XIV, continuó el maestro Álvar Martínez y fue rematada ya en el siglo XV por Hanequín de Bruselas, en tiempos del arzobispo Juan de Cerezuela. Alcanza algo más de noventa metros de altura y se remata con un chapitel piramidal de ocho lados realizado en el siglo XIX. En su interior cuelga la Campana Gorda, una de las mayores de España, izada en 1755 con un peso de varias toneladas y que, según cuenta la tradición local, se resquebrajó al primer toque, obligando a sustituir su badajo original por uno más pequeño.

La fachada occidental, frente a la actual plaza del Ayuntamiento, se organiza en torno a tres portadas góticas conocidas como la Puerta del Perdón, la del Juicio Final y la del Infierno. A ellas se suman, en las fachadas norte y sur, la Puerta del Reloj, del siglo XIV, y la Puerta de los Leones, ya de finales del XV y principios del XVI. Una segunda torre, proyectada en un principio para hacer pareja con la del campanario, quedó finalmente sin terminar y con el tiempo pasó a albergar la capilla que hoy se conoce como Capilla Mozárabe.

1493: se cierra la última bóveda

El cierre de las últimas bóvedas de los pies de la nave central llegó en 1493, ya en tiempos de los Reyes Católicos y bajo el mandato del arzobispo Pedro González de Mendoza, consejero de Isabel la Católica. Aquel año se dio oficialmente por concluida la fábrica gótica del templo, aunque en realidad las obras de ampliación, decoración y enriquecimiento continuarían durante siglos.

El siglo XVI trajo consigo algunas de las intervenciones más determinantes en la fisonomía interior de la catedral. Se instaló el gran retablo mayor, se construyó la parte alta del coro y se colocaron las rejas que hoy separan los distintos espacios litúrgicos. También se acometió el cierre de todas las vidrieras, formando uno de los conjuntos de vitrales medievales y renacentistas mejor conservados de España, y se llevaron a cabo reformas importantes en la planta, entre ellas la construcción de la sala capitular y de la Capilla Mozárabe.

El cardenal Cisneros y el Renacimiento en la Primada

Ningún personaje marcó tanto el rostro renacentista de la catedral como el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo entre finales del siglo XV y comienzos del XVI. Bajo su impulso se levantó el retablo mayor, obra de Diego Copín de Holanda con la colaboración de artistas como Petit Jean, Copin de Holanda, Francisco de Amberes, Enrique Egas, Pedro Gumiel, Felipe Vigarny y Rodrigo Alemán, cuyo elemento central es una torre eucarística que protege el Santísimo Sacramento. Cisneros también promovió el claustro alto destinado a la comunidad de canónigos y la biblioteca capitular.

Pero si hay una obra que resume mejor la sensibilidad de Cisneros, esa es la Capilla Mozárabe. En 1504 el cardenal destinó este espacio, situado en la antigua sala capitular, a la celebración perpetua del rito hispano-mozárabe, la liturgia más antigua de la cristiandad hispana, heredera de la época visigoda y conservada durante siglos por los cristianos que vivieron bajo dominio musulmán. Toledo era la única ciudad donde aquella liturgia se seguía celebrando tras la Reconquista, y Cisneros quiso asegurar su pervivencia editando en 1500 el misal correspondiente y fundando esta capilla para que la misa mozárabe no se perdiera.

La traza inicial de la capilla fue obra del arquitecto Enrique Egas, y las obras se prolongaron entre 1502 y 1510. Un incendio destruyó su linterna original en 1622, y fue Jorge Manuel Theotocópuli, hijo de El Greco, quien reconstruyó la cúpula, concluyendo los trabajos en 1631. En su interior se conserva un extenso programa pictórico de Juan de Borgoña que conmemora la toma de Orán por el propio Cisneros en 1509, además de un retablo reformado en el siglo XVIII y un mosaico vaticano encargado por el cardenal Lorenzana. Cada mañana, todavía hoy, en esta capilla se sigue celebrando la misa según el antiguo rito hispano-mozárabe, un hilo litúrgico que conecta el presente con los primeros siglos del cristianismo hispano.

Otro de los grandes legados de la época de Cisneros es la Custodia procesional que hoy lleva el nombre de Enrique de Arfe. En 1515 el cardenal encargó a este orfebre de origen alemán, afincado en Castilla, la creación de un gran relicario para honrar la presencia de Cristo en la Eucaristía durante las procesiones del Corpus Christi. Durante casi una década, Arfe modeló un templete gótico en miniatura de algo más de tres metros de altura, compuesto por miles de piezas ensambladas, varios cientos de figuras y cerca de doscientos kilos de plata sobredorada, enriquecida con oro, esmaltes y piedras preciosas. En su interior se aloja además un viril más antiguo, realizado entre 1495 y 1499 por el platero barcelonés Jaume Aimeric, que había pertenecido a la reina Isabel la Católica y que, según la tradición, incorporó algunas de las primeras piedras preciosas traídas por Cristóbal Colón de sus viajes a América.

Desde el siglo XVIII, la Custodia de Arfe procesiona cada año por las calles del casco histórico de Toledo sobre una carroza de plata dotada de un mecanismo basculante que le permite mantenerse siempre vertical, incluso en las pronunciadas cuestas de la ciudad. Entre 2015 y 2016 fue sometida a una restauración integral en la que se desmontó pieza a pieza, sustituyendo su antigua estructura interna de madera por un armazón de aluminio invisible pero mucho más seguro. En junio de 2026, la Custodia volvió a salir en procesión con motivo del Corpus Christi, en una edición que tuvo un brillo especial por coincidir con las celebraciones del VIII Centenario de la catedral.

El coro, la sillería y las voces de la piedra

El coro de la catedral, situado en el centro de la nave principal, es en sí mismo un pequeño museo de la escultura española. Su sillería baja, obra de Rodrigo Alemán, narra en sus relieves las campañas de la guerra de Granada y la conquista de ciudades como Alhama o Ronda, mientras que la sillería alta fue encargada en 1539 a Alonso Berruguete y Felipe Vigarny, dos de los grandes nombres de la escultura renacentista española. Berruguete también talló la silla arzobispal y el grupo escultórico de la Transfiguración que corona el trascoro.

En este mismo espacio se conserva la imagen gótica de la Virgen Blanca, del siglo XIV, y dos atriles con relieves de bronce obra de Nicolás Vergara. Flanqueando el coro se disponen dos órganos de tubos, entre los que destaca el llamado órgano del arzobispo, construido en 1756 por Pedro de Livorno, cuyo sonido sigue acompañando hoy las celebraciones litúrgicas más solemnes del templo.

El Greco y la sacristía

Cuando el pintor cretense Doménikos Theotokópoulos, conocido como El Greco, llegó a Toledo en 1577, la catedral le encargó una de sus primeras obras importantes en tierras españolas: un lienzo destinado a la sacristía que representara el momento en que Cristo es despojado de sus vestiduras antes de la crucifixión. El tema, poco frecuente en el arte occidental de la época, resultaba especialmente apropiado para una sacristía, el lugar donde los sacerdotes se revisten antes de la misa.

El Greco trabajó en el cuadro, conocido como El Expolio, entre 1577 y 1579. Su composición, sin embargo, no fue del agrado del cabildo catedralicio: el pintor había situado a la Virgen, a María Magdalena y a María Cleofás en un primer plano, y colocado por encima de la cabeza de Cristo a parte del grupo de soldados que lo escoltaba, algo que los canónigos consideraron una impropiedad teológica que restaba dignidad a la figura de Jesús. Aquel desacuerdo derivó en el primer pleito que El Greco tuvo en España por causa de sus honorarios, un litigio que se prolongó durante más de dos años y que acabó zanjándose con un pago muy inferior al que el pintor reclamaba.

A pesar de aquella disputa, El Expolio permaneció en su lugar original, sobre el altar de la sacristía, donde continúa hoy. En 2013 fue restaurado en los talleres del Museo del Prado y expuesto temporalmente en la pinacoteca madrileña, regresando a la catedral en febrero de 2014, justo a tiempo para las conmemoraciones del cuarto centenario de la muerte del pintor. Junto a esta obra, la sacristía conserva hoy un conjunto notable de pinturas de otros grandes maestros, entre ellos Juan de Borgoña y Anton van Dyck, además de varios retratos de arzobispos que fueron mecenas del templo a lo largo de los siglos, como Tenorio, Tavera, Sandoval o Lorenzana.

El Transparente: la gran extravagancia barroca

Si el gótico y el Renacimiento marcaron el cuerpo de la catedral, el Barroco dejó en ella una de sus creaciones más audaces y discutidas: el Transparente. Situado en la girola, justo detrás del altar mayor, fue realizado entre 1721 y 1732 por el arquitecto y escultor Narciso Tomé, ayudado por sus cuatro hijos, bajo el patrocinio del arzobispo Diego de Astorga y Céspedes.

El problema que resolvió Tomé era, en apariencia, sencillo: el sagrario del altar mayor, situado detrás del gran retablo gótico, carecía de luz natural. Para solucionarlo, el arquitecto abrió un óculo en la bóveda de la girola y perforó también la parte trasera del propio retablo, de modo que un haz de luz pudiera atravesar ambos huecos e iluminar directamente el sagrario, como un símbolo visible de la presencia divina. El conjunto resultante mezcla mármoles, jaspes, bronces dorados y estucos en una composición que representa la Apoteosis del Santísimo Sacramento, coronada por las Virtudes Teologales.

La obra se inauguró el 9 de junio de 1732 con grandes festejos y procesiones, y desde entonces ha generado opiniones encontradas. El escritor Benito Pérez Galdós llegó a criticar con dureza el estilo churrigueresco del Transparente, mientras que el escritor cubano Alejo Carpentier, un siglo después, lo señaló como el auténtico milagro de la Primada, comparándolo con otros grandes templos de la cristiandad. Sea cual sea el juicio estético de cada visitante, resulta difícil no detenerse unos minutos frente a esta máquina de luz y piedra cuando el sol del mediodía atraviesa sus huecos.

De la Ilustración al siglo XIX

Durante el siglo XVIII, además del Transparente, la catedral recibió otras intervenciones de menor escala pero igualmente significativas, como reformas puntuales en sus fachadas. Ya en el siglo XIX, en 1800, se abrió la que seguiría siendo durante mucho tiempo la última puerta de acceso desde la calle, conocida como la Puerta Llana, de estilo neoclásico y vinculada al gusto arquitectónico impulsado por Ventura Rodríguez. Aquella puerta permitió comunicar el templo directamente con la calle del Cardenal Cisneros, facilitando el acceso de los fieles sin necesidad de atravesar las plazas monumentales que rodean el edificio.

El siglo XIX también trajo consigo el remate metálico en forma de chapitel piramidal que hoy corona la torre campanario, sustituyendo elementos anteriores dañados por el paso del tiempo. Fueron años de restauraciones puntuales más que de grandes transformaciones, en los que la catedral fue consolidando su papel como símbolo de la ciudad y como uno de los grandes referentes del arte gótico español, admirado por viajeros, escritores y estudiosos que empezaban a llegar a Toledo atraídos por su patrimonio.

Patrimonio de la Humanidad y un siglo de restauraciones

El 26 de noviembre de 1986, durante la décima sesión del Comité del Patrimonio Mundial celebrada en París, la Unesco inscribió la ciudad histórica de Toledo en su lista de Patrimonio de la Humanidad, con el número de identificación 379. La candidatura, presentada como Ville Historique de Tolède, fue recomendada en base a varios criterios, entre ellos el de representar una obra maestra del genio creativo humano y el de ser manifestación de un intercambio considerable de valores humanos a lo largo de distintas épocas y culturas. La catedral, como pieza central del conjunto monumental toledano, quedó amparada bajo esta protección internacional junto con el Alcázar, la sinagoga del Tránsito, la mezquita del Cristo de la Luz y el resto del extraordinario patrimonio de la ciudad de las tres culturas.

A lo largo del siglo XX y de las primeras décadas del XXI, el templo ha sido objeto de sucesivas campañas de restauración, tanto en su fábrica arquitectónica como en sus tesoros artísticos. La ya mencionada restauración de El Expolio de El Greco en 2013 o la de la Custodia de Arfe entre 2015 y 2016 son solo dos ejemplos de un trabajo continuo de conservación que implica a especialistas de disciplinas muy distintas, desde la restauración pictórica hasta la orfebrería y la ingeniería estructural.

El presente: el VIII Centenario y la exposición Primada

En 2026 se cumplen ochocientos años desde que Fernando III y el arzobispo Jiménez de Rada colocaron la primera piedra de la catedral gótica. Para conmemorar la efeméride, la Catedral de Toledo, en colaboración con la Fundación Impulsa Castilla-La Mancha, el Gobierno regional, el Arzobispado y el Ayuntamiento de la ciudad, ha organizado un amplio programa de actividades que incluye conciertos, congresos, publicaciones y, como gran hito central, la exposición Primada. VIII Centenario de la Catedral de Toledo.

La muestra, que puede visitarse entre el 25 de mayo y el 14 de octubre de 2026, ocupa más de dos mil metros cuadrados del propio templo, incluyendo espacios que habitualmente permanecen cerrados al público, como los claustros bajo y alto, la Capilla de la Reina o la Sala de Gigantones. Reúne alrededor de trescientas cincuenta obras procedentes de instituciones como el Museo del Prado, la Galería de los Uffizi de Florencia, el Museo de Santa Cruz o el Museo del Greco, con nombres tan destacados como Diego Velázquez, El Greco, Francisco de Zurbarán, Alonso Cano o Luca Giordano. Cerca de la mitad de las piezas expuestas nunca antes habían sido mostradas al público.

La exposición está comisariada por Javier Martínez de Aguirre Aldaz, especialista en arte medieval, y Benito Navarrete Prieto, catedrático de Historia del Arte experto en pintura española de la Edad Moderna y el Barroco, y recorre la historia artística y espiritual del templo desde su fundación gótica en el siglo XIII hasta la plenitud del Barroco en el XVIII. El proyecto ha permitido además restaurar más de un centenar de obras y ha dado lugar a un catálogo científico de gran envergadura, elaborado por cerca de un centenar de investigadores de universidades y museos de distintos países.

Entre las piezas que esta muestra ha permitido recuperar y mostrar al público destaca un conjunto de diecinueve óleos sobre cobre del siglo XVII, encargados en 1662 por el cardenal Pascual de Aragón al pintor Pietro del Po y conservados durante siglos en el camarín de la Virgen del Sagrario, patrona de Toledo y de la propia catedral. También se exhibe una cuidada selección de las más de cien reliquias que guarda el templo, entre ellas relicarios medievales y objetos vinculados a la Pasión de Cristo que normalmente permanecen custodiados en el Ochavo, uno de los espacios más simbólicos y restringidos de todo el edificio.

La exposición Primada funciona además como preludio de un Año Jubilar que se extenderá entre 2026 y 2027, con el que se cerrarán oficialmente las celebraciones del Centenario y que se espera que atraiga a miles de visitantes y peregrinos a la ciudad. El arzobispo de Toledo, Francisco Cerro Chaves, ha subrayado que la conmemoración busca mostrar el vínculo profundo entre la fe y el arte que ha dado forma a este templo a lo largo de los siglos, mientras que desde el Ayuntamiento se ha destacado el papel de la catedral como corazón mismo de la identidad toledana.

Un templo que sigue vivo

Recorrer hoy la Catedral de Toledo es atravesar, casi sin darse cuenta, ocho siglos de historia de España. En sus muros conviven el arco de herradura de tradición califal con las vidrieras góticas, el retablo plateresco de Cisneros con el lienzo manierista de El Greco, la sobriedad herreriana de la sacristía con el estallido de luz y mármol del Transparente. Pocos edificios permiten leer con tanta claridad la sucesión de estilos, gustos y sensibilidades que han ido conformando la cultura española desde la Edad Media hasta la Edad Moderna.

Pero la catedral no es solo un museo, por espectacular que resulte su colección de arte. Cada mañana, en la Capilla Mozárabe, se sigue celebrando la misa según el rito más antiguo de la cristiandad hispana, tal y como quiso preservarlo el cardenal Cisneros hace más de cinco siglos. Cada mes de junio, la Custodia de Arfe vuelve a salir por las calles del casco histórico durante la procesión del Corpus Christi, una de las fiestas declaradas de Interés Turístico Internacional, envuelta en el aroma de las hierbas aromáticas que los toledanos siguen esparciendo por su recorrido.

Ese doble carácter, de tesoro artístico y de templo vivo en plena actividad litúrgica, es quizá lo que mejor explica por qué la Catedral de Toledo sigue despertando el mismo interés que despertó hace ochocientos años, cuando Fernando III y el arzobispo Jiménez de Rada decidieron construir, sobre los restos de una basílica visigoda y de una mezquita mayor, uno de los grandes santuarios del arte gótico europeo. Ocho siglos después, con la ciudad volcada en las celebraciones de su Centenario, ese sueño medieval sigue en pie, y sigue, cada día, abriendo sus puertas.

Otros artículos