Durante años, Philip Seymour Hoffman fue una cara que el público reconocía sin saber cómo se llamaba. Salía unos minutos en una película, dejaba una escena clavada en la memoria y desaparecía del plano. Era el compañero de clase insufrible de un colegio de élite, el ayudante de sonido que se enamora de la persona equivocada, el enfermero que intenta localizar por teléfono al hijo de un moribundo, el crítico de rock Lester Bangs.
Cuando murió, el 2 de febrero de 2014, a los 46 años, el obituario de portada de The New York Times lo describió como quizá el actor estadounidense más ambicioso y más admirado de su generación. Para entonces había ganado el Oscar al mejor actor y había sido nominado otras tres veces. Había aparecido en 55 películas y una miniserie en poco más de dos décadas de carrera. Había protagonizado diez obras de teatro y dirigido otras diecinueve, casi todas en Nueva York.
La cifra, sin embargo, cuenta poco. Hoffman no fue un actor de listas ni de récords. Su oficio consistía en tomar a personajes que otros habrían despachado con un gesto de desprecio (el cobarde, el baboso, el fracasado, el fanático, el cínico) y ponerlos delante del espectador con tal exactitud que era imposible dejar de mirarlos. Rara vez pedía simpatía para ellos. Ofrecía comprensión, que es otra cosa y casi siempre exige más al espectador.
Este artículo recorre su vida y su trayectoria completa. Empieza en una localidad del norte del estado de Nueva York, pasa por las aulas y los escenarios donde se formó, repasa una filmografía que combina cine independiente y grandes producciones, se detiene en su trabajo como director teatral y en su relación con el escritor y cineasta Paul Thomas Anderson, y termina con su muerte y con el lugar que ocupa hoy en la historia de la interpretación. Hay mucho que contar, y conviene hacerlo con orden.
Una infancia en Fairport
Philip Hoffman nació el 23 de julio de 1967 en Fairport, una población de las afueras de Rochester, en el estado de Nueva York. Su padre, Gordon Stowell Hoffman, trabajaba para la empresa Xerox. Su madre, Marilyn O’Connor (de soltera Loucks), había sido maestra de primaria, estudió después Derecho y acabó ejerciendo como jueza de un tribunal de familia.
Tenía un hermano, Gordy, y dos hermanas, Jill y Emily. Sus padres se divorciaron cuando él tenía nueve años, y los cuatro hijos se criaron sobre todo con su madre. Años más tarde, al recoger el Oscar, Hoffman le agradecería en público que los hubiera sacado adelante sola.
Fue bautizado como católico y acudía a misa de niño, aunque la religión no tuvo un peso grande en su educación. En su casa pesaba más el teatro. Marilyn O’Connor era una aficionada de toda la vida y llevaba a sus hijos a ver espectáculos, también a Nueva York.
De niño, sin embargo, lo suyo era el deporte, sobre todo la lucha y el béisbol. Todo cambió cuando tenía doce años y vio una función de Todos eran mis hijos (All My Sons), de Arthur Miller. En 2008 lo recordaba como una experiencia que lo cambió de forma permanente, algo parecido a un milagro. También mencionó como inspiradoras las funciones de Quilters y de Alms for the Middle Class, esta última con un Robert Downey Jr. adolescente en el reparto.
A los catorce años una lesión en el cuello puso fin a su etapa deportiva. Ese revés abrió un hueco que acabó ocupando la interpretación. Su madre lo animó a entrar en el grupo de teatro del instituto de Fairport, y él mismo contó que al principio se apuntó, en parte, porque le gustaba una chica que formaba parte del grupo.
Aquel pretexto se convirtió en una vocación. Según contó después, le atraían la camaradería y la gente del teatro, y fue ahí donde decidió a qué quería dedicarse.
Saratoga Springs, el Circle in the Square y la universidad
En 1984, con diecisiete años, fue seleccionado para asistir al New York State Summer School of the Arts, un programa de verano que se celebra en Saratoga Springs. Allí conoció a dos jóvenes que serían clave en su carrera: Bennett Miller y Dan Futterman. Miller recordaría después que les atraía de aquel muchacho que se tomaba en serio su dedicación, y que ya entonces tenía una pasión evidente.
Veintiún años más tarde, los tres se reunirían para rodar Truman Capote (Capote), con Futterman como guionista, Miller como director y Hoffman en el papel que le daría el Oscar. La amistad nacida en un curso de verano acabó produciendo una de las películas más celebradas de la década.
Antes de ingresar en la universidad, Hoffman completó el programa estival del Circle in the Square Theatre, una escuela neoyorquina de formación teatral. Presentó su candidatura a varias facultades de arte dramático y fue admitido en la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York, la NYU.
Durante la carrera trabajó como acomodador en teatros para pagarse los gastos. Guardaba buen recuerdo de aquellos años. Con Bennett Miller y otros amigos puso en marcha una compañía de teatro, el Bullstoi Ensemble. Se licenció en arte dramático en 1989.
Aquel periodo tuvo también una cara menos amable. En una entrevista de 2006 con el programa 60 Minutes, Hoffman contó que durante sus años de universidad había consumido alcohol y drogas sin hacer distingos, cuanto tenía a mano, y que le había gustado todo. Al terminar la carrera ingresó en un programa de rehabilitación. Según su propio relato y los de las crónicas posteriores, se mantuvo sobrio durante 23 años.
Ese dato importa para entender el resto de la historia. A partir de ahí comienza la carrera de un actor extremadamente disciplinado, que trabajaba sin parar y que llegó a la cumbre de su profesión con la sobriedad como cimiento, hasta que ese cimiento cedió.
Teatro, trabajos de supervivencia y una cara nueva en pantalla
Al salir de la universidad, Hoffman se movió en el circuito teatral de fuera de Broadway y completó sus ingresos con empleos de atención al cliente. Una de sus primeras apariciones sobre un escenario fue en Food and Shelter, de Jane Anderson, en 1991. Después llegaron papeles tan distintos como Lanzarote Gobbo en El mercader de Venecia y el personaje de Mark en la versión neoyorquina de Shopping and Fucking, de Mark Ravenhill.
Su estreno en pantalla se produjo en 1991 con un episodio de la serie Law & Order, titulado The Violence of Summer, en el que daba vida a un hombre acusado de violación. Un año después debutó en el cine con una película independiente, Triple Bogey on a Par Five Hole, en la que figuraba en los créditos como Phil Hoffman.
Fue entonces cuando añadió el Seymour. Tomó el nombre de su abuelo para no confundirse con otro actor del mismo nombre. Así nació la firma con la que se haría famoso.
Los primeros papeles fueron pequeños. Apareció en My New Gun, una producción de estudio, y tuvo un papel breve en El charlatán (Leap of Faith), la comedia de Steve Martin. Pero en 1992 llegó el trabajo que sí marcó una diferencia.
Esencia de mujer, la primera puerta
En Esencia de mujer (Scent of a Woman, 1992), la película por la que Al Pacino consiguió su Oscar, Hoffman interpretaba a George Willis Jr., un estudiante malcriado de un colegio privado. Hizo cinco pruebas para conseguir el papel. El personaje era una oportunidad para lucir una habilidad que siempre tuvo, la de volver fascinante a alguien untuoso.
La película recaudó 134 millones de dólares en todo el mundo y fue la primera en la que se fijaron en él. Hoffman diría años después que, de no haber entrado en aquel reparto, no estaría donde estaba. Dejó su empleo en una charcutería para dedicarse por completo a la interpretación.
Durante los años siguientes encadenó papeles secundarios, pequeños casi siempre. Apareció en Joey Breaker y en My Boyfriend’s Back, una comedia adolescente de zombis que la crítica despachó con severidad. En Money for Nothing (1993) fue el amigo adinerado de John Cusack.
En 1994 interpretó a un mafioso sin experiencia en La huida (The Getaway), con Alec Baldwin y Kim Basinger, y trabajó con Andy García y Meg Ryan en When a Man Loves a Woman. Ese mismo año fue un agente de policía rígido y puntilloso en Ni un pelo de tonto (Nobody’s Fool), al que golpea Paul Newman, uno de los actores a los que más admiraba.
Todavía hoy cuesta localizar a Hoffman en aquellas películas sin saber dónde buscar. Pero esos años sirvieron de aprendizaje, y en cada uno de aquellos papeles pequeños ya se adivinaba un actor atento a cada segundo que se le concedía.
LAByrinth, la compañía de toda una vida
Mientras su nombre empezaba a aparecer en los créditos de las películas, Hoffman encontró una casa teatral a la que siempre regresaría. En 1995 se unió a LAByrinth Theater Company, una compañía neoyorquina de teatro independiente, y su vínculo con ella duró hasta el final de su vida. Allí actuó, dirigió y produjo, y con el tiempo llegó a ser codirector artístico junto a John Ortiz.
Ese mismo año su única aparición en el cine fue un cortometraje cómico de 22 minutos, The Fifteen Minute Hamlet, que parodiaba el negocio del cine con ropaje isabelino. Hacía de Bernardo, Horacio y Laertes junto al Hamlet de Austin Pendleton. Es una rareza, pero muestra que su actividad cinematográfica seguía siendo mínima mientras el teatro ocupaba el centro.
Como director de escena, recibió dos nominaciones a los premios Drama Desk en la categoría de mejor dirección de una obra: una por Jesus Hopped the ‘A’ Train en 2001 y otra por Our Lady of 121st Street en 2003. Como intérprete también fue candidato a un Drama Desk por The Author’s Voice, una obra de fuera de Broadway.
En una entrevista de 2008 explicó que cambiar de sombrero entre la interpretación y la dirección le ayudaba a mejorar en ambas facetas. Nunca dejó de alternar ambas tareas, ni siquiera cuando su fama le habría permitido dedicarse solo al cine.
Paul Thomas Anderson y el hallazgo de un compañero de viaje
Tras ver su trabajo en Esencia de mujer, el director y guionista Paul Thomas Anderson lo fichó para Hard Eight (1996), su primer largometraje. El papel era mínimo: un jugador de dados joven y fanfarrón. Aun así, aquel encargo abrió la colaboración más importante de la carrera de Hoffman. Aparecería en cinco de las seis primeras películas de Anderson. Solo quedó fuera Pozos de ambición (There Will Be Blood), la de Daniel Day-Lewis.
En Hard Eight coincidió además con John C. Reilly, a quien ya conocía de antes y que volvería a acompañarlo en Boogie Nights y Magnolia. Años más tarde compartirían también escenario.
Entre abril y mayo de 1996 actuó en el Public Theater de Nueva York en The Skriker, de Caryl Churchill, porque el escenario seguía siendo central en su carrera.
Ese mismo año participó en uno de los grandes éxitos de taquilla de 1996, Twister, donde era un cazatormentas desaliñado e hiperactivo junto a Helen Hunt y Bill Paxton. Fue su primera aparición en una superproducción. No sería la última, pero tampoco alteró su manera de elegir proyectos.
Boogie Nights
El verdadero salto llegó con la segunda película de Anderson. Boogie Nights (1997) retrataba la edad de oro del cine porno en California, con Mark Wahlberg, Julianne Moore y Burt Reynolds al frente del reparto. Hoffman era Scotty J., un operario de sonido tímido e inseguro, enamorado sin esperanza de la estrella del grupo.
Es un papel pequeño y devastador. David Fear, de Rolling Stone, lo describió como un perdedor completo y sin tapujos, y elogió la desnuda necesidad emocional de la interpretación. Scotty resulta torpe, sobrante y tierno a la vez, y Hoffman lo interpretaba con una desprotección total. Años después recordó que rodar aquellas escenas no le resultó fácil. Pesaba más que ahora y temía que la gente se riera de él. Le dijeron que quizá se rieran, pero no de él, sino del dolor del momento.
La película fue bien recibida por la crítica y acabó convertida en título de culto. Para muchos espectadores marcó la primera vez que reparaban en aquel actor, y se ha citado como el papel en el que Hoffman mostró por primera vez toda su capacidad. Del director, Hoffman diría más tarde que era incomparable.
1998, cinco estrenos en un año
Tras Boogie Nights, Hoffman estrenó cinco películas en 1998. Dos fueron fracasos comerciales, el thriller Montana y la comedia romántica Next Stop Wonderland. Las otras tres dibujan bien su registro.
En El gran Lebowski (The Big Lebowski), de los hermanos Coen, interpretaba a Brandt, el asistente engreído del millonario Lebowski. Hoffman era admirador de los Coen desde hacía tiempo y disfrutó del rodaje. Era un papel secundario, pero él mismo dijo que era el que más le reconocía la gente. La película se ha convertido en un fenómeno de culto con una legión de seguidores.
En Happiness, de Todd Solondz, daba vida a Allen, un solitario frustrado que acosa por teléfono a mujeres con llamadas obscenas. Es una comedia misántropa sobre tres hermanas y quienes las rodean. El estudioso Jerry Mosher habló de una interpretación de crudeza embarazosa, y Jake Coyle, de Associated Press, lo situó entre los personajes más repulsivos del cine estadounidense. Xan Brooks, en cambio, subrayó la compasión que Hoffman lograba insuflar al personaje.
La película fue polémica pero muy elogiada, y la crítica ha citado esta interpretación como una de sus mejores.
El tercer estreno fue la más convencional Patch Adams, con Robin Williams, donde hacía de compañero de habitación del protagonista. Pese a las críticas negativas, la película funcionó bien en taquilla.
1999, el año de Nadie es perfecto, Magnolia y El talento de Mr. Ripley
En 1999 compartió cartel con Robert De Niro en Nadie es perfecto (Flawless), de Joel Schumacher. Hoffman era Rusty Zimmerman, una mujer transgénero vecina del personaje de De Niro, un policía retirado. Consideraba a De Niro el actor más imponente con el que había trabajado y sentía que trabajar con él había mejorado profundamente su propio oficio. La crítica destacó su habilidad para esquivar los clichés en un papel tan delicado.
Roger Ebert escribió que la interpretación lo confirmaba como uno de los mejores actores de reparto de la nueva generación. Le valió su primera nominación a los premios del Sindicato de Actores.
Ese año volvió a trabajar con Anderson en Magnolia, una película coral ambientada en un solo día en Los Ángeles. Hoffman era Phil Parma, un enfermero que cuida a un moribundo, interpretado por Jason Robards, y que intenta localizar al hijo que este abandonó. Es un papel de bondad sencilla, poco habitual entre los suyos.
El sector sanitario aprobó la interpretación, y Jessica Winter, de The Village Voice, la consideró su trabajo más memorable y lo comparó con un ángel de la guarda. Con los años, la película ha figurado en listas de las mejores de todos los tiempos, y fue una de las favoritas del propio Hoffman.
En El talento de Mr. Ripley, de Anthony Minghella, aparecía como Freddie Miles, el niño bien insolente que humilla a Tom Ripley, el personaje de Matt Damon. Un crítico lo describió como el verdadero esnob insufrible del cine estadounidense. Meryl Streep, otra de sus admiradas, contó que se incorporó en la butaca y se preguntó quién era aquel actor. Pensó que aquel actor no tenía miedo, y consideró que había logrado dar a un personaje odioso el respeto que merecía.
El talento de Mr. Ripley, que Hoffman consideraba tan arriesgada como puede serlo una película de Hollywood, fue uno de los grandes éxitos de crítica y de público de su carrera.
Por su trabajo en ella y en Magnolia, el National Board of Review lo eligió mejor actor de reparto. Al comenzar el siglo, la crítica lo trataba ya como un secundario fiable, capaz de dejar huella en cada aparición. Según Mosher, parecía estar en todas partes, a las puertas del estrellato. David Kamp, en la revista GQ, comparó el hecho de encontrarlo en una película con descubrir un premio en una caja de cereales.
True West, o el regreso al escenario
Hoffman debutó en Broadway en 2000 con True West, de Sam Shepard. Compartió escenario con John C. Reilly y los dos intercambiaban cada noche los papeles de los hermanos protagonistas. Hicieron 154 funciones entre marzo y julio.
Ben Brantley, crítico de The New York Times, consideró su trabajo la mejor actuación teatral de su carrera y lo calificó de brillante. Hoffman logró su primera nominación a los premios Tony, como mejor actor protagonista de una obra.
Al año siguiente actuó junto a Meryl Streep, Natalie Portman y John Goodman en La gaviota, de Chéjov, en el teatro Delacorte de Central Park. Brantley opinó que su trabajo estaba menos conseguido. Aun así, la presencia de un actor ya solicitado en producciones tan exigentes encajaba con su idea del oficio: intentaba subirse a un escenario al menos una vez al año, y decía que eso lo mantenía con los pies en el suelo.
Un crítico de rock y una comedia de Mamet
En 2000 llegaron otros dos estrenos. Uno fue State and Main, de David Mamet, una comedia sobre el caos de rodar una película en un pueblo de Nueva Inglaterra. El otro fue Casi famosos (Almost Famous), de Cameron Crowe, ambientada en el mundo del rock de los años setenta.
En Casi famosos era Lester Bangs, el crítico musical de verbo torrencial. Hoffman sintió el peso de dar vida a una persona real, pero logró captar sus gestos y su ingenio después de ver una entrevista suya de la BBC. Patrick Fugit, compañero de reparto, recordaría después la presencia intimidante de Hoffman y su generosidad como mentor.
En 2001 puso voz al narrador y entrevistador del documental The Party’s Over, sobre las elecciones presidenciales estadounidenses del año 2000. Adoptaba la figura de un joven informado y desencantado de la generación X, que acaba revelando el hartazgo ciudadano con la política.
Love Liza, la primera vez como protagonista
Su primer papel protagonista llegó en 2002 con Love Liza, dirigida por Todd Louiso. El guion lo había escrito su hermano Gordy. Philip lo había leído en casa de su madre cinco años antes y lo consideraba lo mejor que había leído jamás, algo asombrosamente humilde en su forma de tratar el duelo. Contaba la historia de un viudo que empieza a inhalar gasolina para sobrellevar el suicidio de su mujer.
Por entonces bromeaba con que, aunque lo contrataran como protagonista, probablemente acabaría convirtiendo el papel en uno secundario.
La película se estrenó en circuito limitado y recaudó apenas 210.000 dólares. Una reseña de la BBC celebró que Hoffman hubiera recibido por fin un papel que mostraba su verdadera capacidad, pero pocos espectadores pudieron comprobarlo.
2002, otros tres estrenos
Ese año fue extraordinariamente fértil. En Embriagado de amor (Punch-Drunk Love), cuarta película de Anderson, trabajó junto a Adam Sandler y Emily Watson. Interpretaba a Dean Trumbell, el supervisor de una línea telefónica erótica. La crítica recibió la película con entusiasmo, y Drew Hunt, del Chicago Reader, vio en su trabajo un ejemplo de su talento para convertir papeles pequeños en interpretaciones esenciales, además de elogiar su vis cómica.
En un registro bien distinto, apareció junto a Anthony Hopkins en El dragón rojo (Red Dragon), precuela de El silencio de los corderos. Era Freddy Lounds, un periodista sensacionalista y entrometido.
Y en La última noche (25th Hour), de Spike Lee, daba vida a Jakob Elinsky, un profesor de Lengua que comete un error terrible bajo los efectos del alcohol. Hoffman lo consideraba uno de los personajes más reservados que había interpretado, un tipo formal y de pantalones de pana.
Lee llevaba tiempo queriendo trabajar con él, y Edward Norton, protagonista del filme, también se alegró de contar con su compañía. Ebert la incluyó en 2009 en su lista de grandes películas, y tanto él como A. O. Scott la situaron entre las mejores de la década.
2003, Owning Mahowny, Cold Mountain y otra vez Broadway
En 2003, Owning Mahowny le brindó su segundo papel protagonista. Era la historia de un empleado de banco que desfalca dinero para alimentar su adicción al juego, basada en el caso real de Brian Molony, autor del mayor fraude de la historia de Canadá. Hoffman se reunió con Molony para preparar el personaje y quiso huir de los estereotipos de película.
Su retrato de la adicción obtuvo el visto bueno del Royal College of Psychiatrists, y Ebert habló de una interpretación llena de disciplina y precisión. La película recaudó poco.
Su segunda aparición de aquel año fue un papel pequeño en Cold Mountain, la épica de la guerra civil de Anthony Minghella. Interpretaba a un predicador sin escrúpulos, un personaje que el propio Hoffman describió como una masa de contradicciones. Se cuenta como anécdota que, cuando un amigo le preguntó por esas fechas si le iba bien en la profesión, él respondió con modestia que acababa de estrenarse una película suya llamada Cold Mountain.
Entre abril y agosto de ese año volvió a Broadway con Largo viaje del día hacia la noche, de Eugene O’Neill, junto a Vanessa Redgrave, Brian Dennehy y Robert Sean Leonard. Hoffman era Jamie Tyrone, el hijo mayor y alcohólico de la familia. El director, Robert Falls, recordó que cada noche se entregaba hasta tal punto que no lograba salir del personaje, y que se lo llevaba consigo. Obtuvo su segunda nominación a los Tony, esta vez como mejor actor de reparto.
En 2004 apareció en Y entonces llegó ella (Along Came Polly), un éxito de taquilla, como el amigo actor en horas bajas de Ben Stiller. La revista People escribió que demostraba su capacidad para la comedia al nivel de los mejores.
Truman Capote, la película que lo cambió todo
El giro de su carrera llegó en 2005 con Truman Capote (Capote), una película que dramatizaba el proceso por el que el escritor Truman Capote compuso su novela de no ficción A sangre fría, publicada en 1966. Detrás del proyecto estaban dos amigos de juventud de Hoffman, los que había conocido en Saratoga Springs: Bennett Miller, director, y Dan Futterman, guionista.
Hoffman acabó firmando como protagonista y productor ejecutivo. Curiosamente, al principio se resistió a interpretar a Capote, pese a la amistad que lo unía a ambos. Pero una vez que aceptó, se sumergió en los escritos y las entrevistas del autor.
Un papel de preparación extrema
Preparó el personaje durante unos cuatro meses. Vio grabaciones de Capote para captar su voz aguda y su manera de moverse, y perdió peso de forma notable para el papel. Dijo que no aspiraba a calcar su manera de hablar, sino a transmitir su vitalidad y sus matices, algo que sentía como un deber.
Durante el rodaje se mantuvo en el personaje de forma continua para no perder la voz ni la postura. Si no lo hacía, explicó, daba a su cuerpo la oportunidad de abandonarlo. Meses después de acabar la película, la voz de Capote seguía resonándole en la cabeza contra su voluntad, y la idea de volver a imitarla le parecía una locura.
Hoffman coprodujo la película y contribuyó a sacarla adelante, de modo que el proyecto era suyo también fuera de cámara.
El éxito
La película se estrenó con elogios generalizados, sobre todo para el trabajo de Hoffman. Algunos críticos señalaron que el papel parecía diseñado para ganar premios, y en efecto los ganó casi todos. Hoffman obtuvo el Oscar, el Globo de Oro al mejor actor dramático, el premio del Sindicato de Actores, el BAFTA y numerosos galardones de la crítica. El National Board of Review también lo eligió mejor actor del año.
La ceremonia de los Oscar se celebró en marzo de 2006. Al recoger la estatuilla, Hoffman agradeció a su madre que hubiera sacado adelante, sola, a sus cuatro hijos.
La revista Premiere colocó su trabajo en la película en el puesto 35 de las mejores interpretaciones de la historia del cine. Tras Truman Capote, numerosos comentaristas empezaron a describirlo como uno de los mejores y más ambiciosos actores de su generación.
Después del Oscar: Empire Falls y Misión imposible III
Ese mismo año participó en Empire Falls, una miniserie de HBO sobre la vida cotidiana en un pueblo de Nueva Inglaterra. Obtuvo con ella su única nominación a los premios Emmy, en la categoría de actor secundario. El ganador fue su compañero de reparto Paul Newman, con quien Hoffman había coincidido en Ni un pelo de tonto.
En 2006 dio un paso que muchos no esperaban y se sumó a un gran éxito veraniego: Misión imposible III, junto a Tom Cruise. Interpretaba a Owen Davian, un traficante de armas sin escrúpulos. Un periodista de Vanity Fair escribió que su villano era de los más sabrosos del cine de Hollywood desde el de Alan Rickman en La jungla de cristal. Con una recaudación cercana a los 400 millones de dólares, la película lo dio a conocer al gran público.
Hoffman nunca lo ocultó. Reconocía que a veces aceptaba películas de gran estudio por dinero, pero aseguraba que su objetivo principal seguía siendo hacer buen trabajo. Si un proyecto no pagaba bien, añadía, no pasaba nada.
2007, tres películas muy distintas
Tras el estreno de Misión imposible III, Hoffman regresó al cine independiente en 2007 y encadenó tres trabajos de gran altura.
La familia Savages
En La familia Savages (The Savages), de Tamara Jenkins, formaba pareja con Laura Linney como dos hermanos adultos que deben ingresar en una residencia a su padre, enfermo de demencia, interpretado por Philip Bosco. Es una película de comedia y tragedia entrelazadas, sin concesiones sentimentales. Jake Coyle, de Associated Press, la definió como la película de Hoffman por excelencia, mezcla de humor seco, sutileza y destellos de gracia. Le valió una nominación al Globo de Oro.
Antes que el diablo sepa que has muerto
La tercera película de 2007 fue Antes que el diablo sepa que has muerto (Before the Devil Knows You’re Dead), la última de Sidney Lumet. Hoffman era un agente inmobiliario que desfalca a su empresa para pagar su dependencia de las drogas y que acaba envuelto en un atraco a la joyería de sus padres.
Mosher describió el personaje como uno de los más desagradables de su carrera, pero añadió que su falta de miedo volvía a descubrir la humanidad de un hombre lleno de defectos. Hoffman aparecía desnudo en la escena de sexo que abre la película. La crítica recibió el thriller con elogios.
La guerra de Charlie Wilson
En La guerra de Charlie Wilson (Charlie Wilson’s War), de Mike Nichols, interpretaba a Gust Avrakotos, el agente de la CIA que colaboró con el congresista Charlie Wilson, personaje de Tom Hanks, para ayudar a los muyahidines afganos en su lucha contra la Unión Soviética. Hoffman volvía a dar vida a un personaje real.
Todd McCarthy escribió que, con su peinado cardado de los ochenta, el bigote, la barriga prominente y el cigarrillo permanente, cada vez que Hoffman aparecía la película vibraba con una electricidad conspirativa. El papel le dio su segunda nominación al Oscar, esta vez como actor de reparto, y también nominaciones al BAFTA y al Globo de Oro.
2008, Synecdoche, New York y La duda
El año 2008 trajo dos de sus interpretaciones más comentadas.
Synecdoche, New York
En Synecdoche, New York, debut en la dirección del guionista Charlie Kaufman, Hoffman era Caden Cotard, un director teatral frustrado que intenta construir en un almacén una réplica a escala de Nueva York para una obra. A medida que el personaje envejece y se deteriora, el actor volvía a exhibir rasgos poco favorecedores y se entregaba a un papel de hondo calado psicológico.
La crítica se dividió ante una película que se calificó de ambiciosa y desconcertante. Sonny Bunch, de The Washington Times, la consideró impresionista e inaccesible, y comparó al protagonista con un dios sin imaginación. Roger Ebert, en cambio, la nombró mejor película de la década y la situó entre las grandes de todos los tiempos. Robbie Collin, de The Daily Telegraph, cree que Hoffman ofreció en ella una de las mejores interpretaciones de la historia del cine.
La duda
Su segundo papel del año lo compartió con Meryl Streep y Amy Adams en La duda (Doubt), de John Patrick Shanley. Era el padre Brendan Flynn, un sacerdote acusado de abusar de un alumno de doce años, afroamericano, en los años sesenta. Hoffman conocía la obra de teatro original y aprovechó la ocasión de llevarla al cine. Para preparar el personaje habló largamente con un sacerdote que había vivido aquella época.
La película tuvo una acogida desigual, y críticos como Peter Bradshaw, de The Guardian, sospecharon que buscaba el Oscar. Hoffman, sin embargo, logró su segunda nominación consecutiva como actor de reparto en los Oscar, los BAFTA y los Globos de Oro, además de una nominación del Sindicato de Actores.
2009, de Yago a un personaje de plastilina
En 2009 volvió al escenario como Yago en Otelo, una producción futurista de Peter Sellars en la que John Ortiz era el Moro. Fue acogida con opiniones divididas. Ben Brantley, de The New York Times, la consideró desacertada y escribió que, incluso cuando Hoffman intentaba manipular a otros hasta destruirlos, estaba a punto de estropearlo todo con arrebatos de furia volcánica.
Ese mismo año hizo su primer trabajo de voz en la película de animación con plastilina Mary and Max. Ponía voz a Max Jerry Horovitz, un neoyorquino solitario con síndrome de Asperger que mantiene una correspondencia con Mary, una niña australiana a la que da voz Toni Collette. La película tardó en estrenarse en Estados Unidos. También prestó su voz en un episodio de la serie infantil Arthur, por el que fue nominado a un Emmy diurno como intérprete de animación.
Más adelante, ese año, interpretó en Radio encubierta (The Boat That Rocked, también conocida como Pirate Radio), la comedia británica de Richard Curtis. Su personaje era un locutor estadounidense, desenfadado y bocazas, basado en Emperor Rosko, presentador de Radio Caroline en 1966. Compartió reparto con Bill Nighy y Rhys Ifans. Y en Increíble pero falso (The Invention of Lying), de Ricky Gervais, hizo un cameo como camarero.
Una etapa de dudas
Los estudiosos de su obra señalan que, al final de la década, Hoffman seguía impresionando, aunque no ofrecía una actuación del nivel de Truman Capote. El crítico David Thomson creyó ver cierta indecisión en esos años: no sabía si seguir haciendo espectaculares papeles de reparto o convertirse en un protagonista capaz de controlar la emoción y el desenlace de una película.
Poco después, Hoffman dio el paso de ponerse tras la cámara.
Una cita para el verano, su debut como director de cine
A pesar de sus reservas iniciales sobre dirigir cine, su primer estreno de la década de 2010 fue también su primera película como director. Una cita para el verano (Jack Goes Boating) adaptaba la obra de Robert Glaudini, que Hoffman había protagonizado y dirigido para LAByrinth en 2007.
La idea original era dirigir y no actuar. Pero el actor que quería para el papel de Jack, un solitario chófer de limusina que busca el amor, no estaba disponible, y Hoffman decidió asumirlo él mismo. Fue una película pequeña, de estreno limitado y escasa taquilla, aunque con muchas críticas positivas.
No todo fueron alabanzas. Dave Edwards, del Daily Mirror, la calificó de tan floja que apenas recordaba de qué iba al salir de la sala. Mark Kermode, en cambio, valoró las cualidades cinematográficas que Hoffman aportaba y vio en él potencial como director.
Ese mismo año, 2010, también dirigió en el Goodman Theatre de Chicago The Long Red Road, un drama trágico de Brett C. Leonard. Steven Oxman, de Variety, lo describió como una obra de mano pesada y previsible, aunque intrigante y parcialmente lograda.
2011, entre el béisbol y la política
En el último tercio de 2011, Hoffman tuvo dos papeles de reparto importantes. En Moneyball: Rompiendo las reglas (Moneyball), de su viejo amigo Bennett Miller, interpretaba a Art Howe, entrenador de los Oakland Athletics en la temporada de 2002. Ann Hornaday, de The Washington Post, lo consideró perfectamente elegido. El verdadero Howe, por su parte, calificó su retrato de injusto y falso.
Moneyball fue un éxito de crítica y de público. En Los idus de marzo (The Ides of March), dirigida por George Clooney, era el entregado jefe de campaña de un candidato presidencial demócrata, el personaje del propio Clooney. Sus escenas con Paul Giamatti, que daba vida al jefe de campaña rival, fueron muy elogiadas. Por ese trabajo logró su cuarta nominación al BAFTA.
La muerte de un viajante, su último papel en el teatro
En la primavera de 2012 subió por última vez a un escenario. Fue en la reposición de La muerte de un viajante (Death of a Salesman), de Arthur Miller, dirigida por Mike Nichols en Broadway. Interpretaba a Willy Loman, junto a Andrew Garfield.
Había algo de círculo cerrado en aquel montaje. Hoffman había descubierto el teatro de niño con Todos eran mis hijos, otra obra de Miller, y más de treinta años después encarnaba a uno de los grandes personajes del dramaturgo. La producción se mantuvo en cartel durante 78 funciones y se convirtió en la más taquillera de la historia del teatro Ethel Barrymore.
La acogida crítica fue desigual. Muchos comentaristas pensaron que Hoffman, con 44 años, era demasiado joven para un Loman de 62, y Chris Jones, del Chicago Tribune, juzgó mal planteado el enfoque del personaje. El propio actor admitió que el papel le resultó muy difícil. Aun así, consiguió su tercera nominación a los Tony, la segunda como mejor actor protagonista.
The Master, la cima de su colaboración con Anderson
Aquel mismo año llegó la quinta película que Hoffman hizo con Paul Thomas Anderson. En The Master (2012) interpretaba a Lancaster Dodd, el carismático líder de un movimiento de tintes cientológicos en la América de los años cincuenta, que acoge bajo su tutela a un hombre atormentado, Freddie Quell, al que daba vida Joaquin Phoenix.
El crítico Peter Bradshaw consideró aquella la interpretación más memorable de su carrera. Hoffman fue pieza clave del proyecto, en el que estuvo implicado durante tres años. Ayudó a Anderson revisando muestras del guion y sugirió convertir a Freddie Quell, y no a Dodd, en el protagonista.
Un jefe de secta que baila
Como era buen bailarín, la película le dio ocasión de lucir esa habilidad en una secuencia onírica en la que Dodd baila una giga. Bradshaw la llamó un momento extraordinario que solo Hoffman habría podido sostener.
Drew Hunt, del Chicago Reader, vio en el filme su mejor trabajo. Describió a Dodd como un personaje inescrutable pero acogedor, intimidante y carismático, malvado y paternal al mismo tiempo. Reúne tantas cosas a la vez, escribió, que es imposible verlo como un simple personaje de película.
Premios
Hoffman y Phoenix compartieron la Copa Volpi a la mejor interpretación en el Festival de Venecia. Hoffman fue además nominado al Oscar, el Globo de Oro, el BAFTA y el premio del Sindicato de Actores como actor de reparto. Era su tercera nominación al Oscar en esa categoría.
El último concierto y la despedida del cine
Su otra película estrenada en 2012 fue El último concierto (A Late Quartet), en la que formaba parte de un cuarteto de cuerda junto a Christopher Walken, Catherine Keener y Mark Ivanir. Hoffman era un violinista que, junto con sus compañeros, debe afrontar una crisis cuando a uno de los miembros del cuarteto le diagnostican párkinson. Stephen Holden, de The New York Times, calificó su actuación de excepcional.
En 2013 se incorporó a la saga Los Juegos del Hambre con su segunda entrega, Los Juegos del Hambre: En llamas. Daba vida a Plutarch Heavensbee, el responsable de diseñar los juegos. Para entonces ya era un rostro familiar para un público más joven.
Sundance, enero de 2014
En enero de 2014, pocas semanas antes de su muerte, viajó al Festival de Sundance para presentar dos películas. En El hombre más buscado (A Most Wanted Man), de Anton Corbijn, basada en la novela de John le Carré, interpretaba a un agente de inteligencia alemán. Xan Brooks elogió una interpretación hecha con un deleite enorme, llena de picardía y anclada en la integridad.
La otra era El misterio de God’s Pocket (God’s Pocket), debut en la dirección del actor John Slattery, en la que Hoffman era un ladrón.
Proyectos que se quedaron a medias
Al morir estaba rodando Los Juegos del Hambre: Sinsajo – Parte 2, cuarta película de la serie, y había completado la mayor parte de sus escenas. Las dos que le faltaban se reescribieron para compensar su ausencia. La película se estrenó en noviembre de 2015, un año después de que Sinsajo – Parte 1 se dedicara a su memoria.
También preparaba su segundo largometraje como director, Ezekiel Moss, un drama de la época de la Ley Seca que iban a protagonizar Amy Adams y Jake Gyllenhaal. Y había rodado el episodio piloto de Happyish, una serie de Showtime en la que encarnaba al protagonista, un ejecutivo de publicidad. Tras su muerte se aplazó la temporada completa, y el papel pasó a Steve Coogan.
Cómo trabajaba, según quienes lo vieron hacerlo
Hay una constante en casi todos los textos sobre Hoffman: su capacidad de dar verdad a personajes que otros habrían tratado con desdén. Ryan Gilbey, en The Guardian, resumió su filmografía como un desfile de llorones, pedantes insoportables, fanfarrones y matones. Cuanto más patético o iluso era el personaje, apuntaba, mayor parecía el deleite del actor por rescatarlo de lo meramente monstruoso.
Xan Brooks lo expresó de otro modo: su talento consistía en tomar una humanidad frustrada y retorcida y ennoblecerla. David Fear, de Rolling Stone, escribió que trabajaba desde dentro hacia fuera y que poseía una transparencia emocional capaz de resultar abrumadora, estimulante y devastadora.
Una cara corriente
Todd Louiso, el director de Love Liza, creía que Hoffman conectaba con el público porque parecía un hombre normal y dejaba ver su vulnerabilidad. Un escritor lo describió como demasiado rechoncho para parecer romántico o heroico. El actor dijo estar agradecido por su aspecto, porque le hacía creíble en una gran variedad de papeles.
En 2000, el director Joel Schumacher dijo de él que nunca sería una estrella de 25 millones de dólares, pero que trabajaría toda la vida. Hoffman sabía que a menudo resultaba demasiado poco convencional para la Academia. Admitió que, a su juicio, los grandes estudios no sabían muy bien qué hacer con alguien como él, y que no le importaba.
El precio del oficio
Cuando le preguntaron en 2006 por qué aceptaba papeles tan ingratos, respondió que no iba buscando personajes negativos, sino gente con una lucha que afrontar. Ahí estaba, según su propia explicación, el interés que despertaban en él.
No ocultaba, además, el esfuerzo que le exigía el trabajo. En 2012 confesó que el oficio no era difícil, sino que lo difícil era hacerlo bien. En una entrevista anterior con The New York Times explicó que amaba la interpretación, pero que ese amor tenía un coste. Para él actuar era una tortura precisamente porque sabía que se trataba de algo hermoso, y aspirar a la grandeza resultaba, decía, absolutamente torturador.
El novelista John le Carré, que lo conoció durante la adaptación de su libro, confirmó esa lucha. Elogió su inteligencia y su intuición, pero reconoció la carga que Hoffman soportaba: era un trabajo doloroso y agotador, y probablemente acabó siendo su perdición. A su juicio, el mundo era demasiado brillante para él.
Una vida privada guardada
Hoffman hablaba poco de su vida personal en las entrevistas. En 2012 explicó que prefería no hacerlo porque su familia no tenía elección, y que si él hablaba de ella en la prensa no le dejaba otra opción. Pensaba, además, que cuanto menos se supiera de él, más interesante resultaría verle hacer su trabajo.
Mantuvo catorce años de relación con la diseñadora de vestuario Mimi O’Donnell, a quien había conocido en 1999 durante el trabajo en una obra que él dirigía, In Arabia We’d All Be Kings. Vivían en Nueva York y tuvieron un hijo, Cooper, y dos hijas.
Algunas informaciones hablaron de una separación a finales de 2013. O’Donnell aseguró después que ambos seguían comprometidos con su relación, y que Hoffman se había mudado a un apartamento cercano para proteger a los niños de los efectos de su recaída.
La adicción y la recaída
Hoffman habló abiertamente de su historia con las drogas y el alcohol. En 2006, en una entrevista para el programa 60 Minutes, contó que durante sus años en la Universidad de Nueva York había consumido cuanto caía en sus manos y que le gustaba todo. Al graduarse, en 1989, ingresó en un programa de rehabilitación y se mantuvo sobrio durante 23 años.
Tras esos 23 años recayó en 2012, y en mayo de 2013 ingresó unos diez días en un centro de rehabilitación.
El 2 de febrero de 2014
El 2 de febrero de 2014, Philip Seymour Hoffman fue hallado muerto en el cuarto de baño de su apartamento de Manhattan. Lo encontró su amigo David Bar Katz, dramaturgo y guionista. Tenía 46 años.
Aunque sus amigos aseguraban que su consumo estaba controlado en aquel momento, los investigadores encontraron en el apartamento heroína y medicación con receta. La muerte se declaró accidental, causada por una intoxicación aguda por mezcla de drogas, entre ellas heroína, cocaína, benzodiacepinas y anfetaminas. The New York Times señaló que no se había informado de si las sustancias se consumieron el mismo día o si algunas procedían de un uso anterior.
Su funeral se celebró el 7 de febrero en la iglesia de San Ignacio de Loyola, en Manhattan. Después, el cuerpo fue incinerado y sus cenizas se entregaron a su pareja y a sus hijos.
La reacción
La noticia de su muerte conmocionó a la industria del cine y del teatro. El 5 de febrero, LAByrinth Theater Company celebró una vigilia con velas en su memoria, y Broadway apagó sus luces durante un minuto. El 16 de febrero, Cate Blanchett dedicó su BAFTA a la mejor actriz por Blue Jasmine a Hoffman. Años después, en la 90.ª ceremonia de los Oscar, Sam Rockwell le dedicó su premio al mejor actor de reparto por Tres anuncios en las afueras.
Tres semanas después de su muerte, David Bar Katz creó la American Playwriting Foundation en su memoria. Con el dinero obtenido de una demanda por difamación contra un tabloide, la fundación concede un premio anual de 45.000 dólares al autor de una obra sin estrenar. Katz lo bautizó Relentless Prize en honor a la entrega de Hoffman a su profesión.
Diez películas para entrar en su filmografía
Quien quiera acercarse a su cine por primera vez dispone de un amplio abanico. Esta es una selección propia, repartida por toda su carrera.
Para ver al Hoffman de los papeles pequeños, lo más lógico es empezar por Boogie Nights (1997), donde un personaje secundario lo situó en el mapa, y seguir con Happiness (1998), su registro más oscuro y sin concesiones. Magnolia (1999) le da la vuelta a todo con un enfermero que busca al hijo de un moribundo. El talento de Mr. Ripley (1999) muestra al esnob insoportable que le valió elogios de colegas como Meryl Streep.
Truman Capote (2005) es el papel del Oscar y la película que conviene ver con calma. Tras ella, La familia Savages (2007) enseña su cara más contenida y humana, y Antes que el diablo sepa que has muerto (2007) recoge uno de sus personajes más ásperos en la última película de Sidney Lumet.
Synecdoche, New York (2008) es la más enigmática de todas. The Master (2012) es, para muchos críticos, la cumbre de su carrera. Y El hombre más buscado (2014) permite despedirse con una de sus últimas interpretaciones completas.
Cómo se mira hoy a Philip Seymour Hoffman
Su obra completa suma 55 películas y una miniserie en 22 años de carrera. Ganó el Oscar al mejor actor por Truman Capote y fue nominado tres veces más en la categoría de reparto, por La guerra de Charlie Wilson, La duda y The Master. Recibió cinco nominaciones al Globo de Oro (ganó una), cinco al BAFTA (ganó una) y cuatro al premio del Sindicato de Actores (ganó una), y obtuvo la Copa Volpi en Venecia.
En el teatro protagonizó diez obras y dirigió diecinueve, sobre todo en Nueva York. Tuvo tres nominaciones a los Tony: dos como mejor actor protagonista, por True West en 2000 y La muerte de un viajante en 2012, y una como actor de reparto, por Largo viaje del día hacia la noche en 2003.
Los números dicen menos que el modo en que se le recuerda. En 2022, los lectores de la revista Empire lo incluyeron entre los 50 mejores actores de la historia. Y en 2024, una clasificación de The Independent lo eligió el mejor actor del siglo XXI.
Una estatua en su pueblo
En 2022 se inauguró una estatua de Hoffman en su localidad natal, Fairport. La obra es del escultor David A. Annand, y la encargó el productor James Declan Tobin, que había trabado amistad con la madre del actor en el Festival de Sundance de 2015. En 2023 quedó instalada de forma permanente frente al museo George Eastman. Marilyn O’Connor la describió como un recuerdo lleno de cariño hacia su hijo.
El hijo
Cooper Hoffman, hijo del actor, es también intérprete. Su primer papel protagonista fue en Licorice Pizza (2021), de Paul Thomas Anderson, el director con quien su padre había trabajado tantas veces. Por ese trabajo fue candidato al Globo de Oro.
Hoffman dejó 55 películas, una larga lista de funciones teatrales y varios personajes que cuesta olvidar después de verlos. Fue un actor que se tomó el trabajo con una seriedad poco común, que pasó por la dependencia de las drogas y que murió a los 46 años. Su filmografía sigue ahí, a disposición de cualquiera que quiera descubrir cómo un actor de aspecto corriente podía volver inolvidable a cualquier personaje, por esquivo o ingrato que fuera.