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Las 20 mejores novelas latinoamericanas del siglo XXI

Del Santiago de Pinochet a la frontera mexicana, de la Amazonia brasileña a un Caribe del futuro: veinte libros publicados desde el año 2000 que demuestran que la narrativa del continente sigue muy viva

Roberto Bolaño

Durante décadas, hablar de novela latinoamericana era hablar del boom. García Márquez, Cortázar, Fuentes y Vargas Llosa fijaron una imagen del continente que duró más que ellos mismos y que lectores de medio mundo siguen asociando con realismo mágico y patriarcas en decadencia. Lo que ha venido después no se parece a esa imagen, y es la mejor noticia posible.

El siglo XXI ha dejado una narrativa más difícil de resumir. Se escribe sobre los desaparecidos de las dictaduras, pero también sobre el narcotráfico, la migración, los agrotóxicos, la identidad sexual y el cuerpo. Se escribe en Montevideo, en Manaos o en Santo Domingo, y también desde Berlín o Barcelona. Y se escribe con una libertad formal que el viejo canon habría mirado con recelo: diarios que acaban siendo novelas, relatos de terror con ambición de gran fresco histórico, novelas enteras que se resuelven en un diálogo entre una mujer moribunda y un niño.

Hemos elegido con tres criterios. El primero es la escritura: que el libro tenga una voz que no se confunda con ninguna otra. El segundo es la necesidad: que cuente algo que solo podía contarse de esa manera y en ese lugar. El tercero es la huella, es decir, que después de leerlo otros escritores y otros lectores hayan empezado a mirar su mundo de otro modo.

No hemos buscado equilibrios de ningún tipo. Si la lista queda compensada en unos aspectos y desigual en otros, es porque así han caído los libros, no porque hayamos hecho cuentas.

Algunas precisiones sobre el campo de juego. Entran novelas publicadas entre 2000 y 2019 y escritas originalmente en español o en portugués, de modo que Brasil está dentro. Hemos tratado como latinoamericano a quien lo es por origen o por pertenencia literaria, aunque viva o haya vivido lejos. Roberto Bolaño escribió buena parte de su obra en Cataluña, Horacio Castellanos Moya nació en Tegucigalpa y se crio en El Salvador, y Samanta Schweblin reside en Berlín.

Dejamos fuera todo lo posterior a 2019 a propósito. Una novela necesita unos años para demostrar que aguanta una segunda lectura, y preferimos equivocarnos por prudencia que por entusiasmo.

Los premios aparecen en el texto cuando dicen algo del libro o de su recorrido, no como argumento. En esta lista hay obras muy premiadas y otras que apenas recibieron reconocimientos formales, y la diferencia no siempre favorece a las primeras.

Lo que sigue va de la vigésima a la primera. No es una guía escolar ni un recuento de ventas, y está pensado para discutirse. Hay libros de más de mil páginas y otros que se leen en una tarde, novelas de lectura fácil y otras que piden paciencia. Todas, a nuestro juicio, seguirán leyéndose cuando este siglo tenga ya otro nombre en los manuales.

20. Los ingrávidos, de Valeria Luiselli (2011)

Valeria Luiselli era una autora de menos de treinta años cuando Sexto Piso publicó en México Los ingrávidos, su primera novela. Venía de un libro de ensayos, Papeles falsos, y se nota: cada fragmento parece escrito por alguien que sabe exactamente lo que cuesta una frase.

Dos voces se alternan. La primera es la de una mujer que escribe de noche, cuando sus dos hijos duermen, una novela sobre sus años jóvenes como editora en Nueva York, donde el fantasma de un poeta la perseguía por el metro. La segunda es la de ese poeta, el mexicano Gilberto Owen, que recuerda el Harlem de los años veinte y la época en que coincidió con Federico García Lorca. Owen fue un diplomático menor que se impuso a sí mismo una especie de exilio y participó en la vida literaria de México casi como un espectro.

El libro avanza por fragmentos breves que se van volviendo más cortos y más borrosos a medida que se acerca el final. Los personajes se desdibujan, y las causas de esa desintegración son físicas: la ceguera que amenaza a Owen, un temblor de tierra en la casa de la narradora. Por el camino hay humor, y también una historia de falsificación literaria, la de un poemario inédito de Owen que se presenta como traducido por el poeta estadounidense Louis Zukofsky y que acaba publicándose con éxito.

Luiselli ha dicho que su escritura es una conversación con los muertos, y Los ingrávidos lo ilustra mejor que ninguna otra de sus obras. El título, que alude a lo que no pesa, funciona como programa: aquí nada está del todo anclado, ni el tiempo, ni las identidades, ni siquiera la autoría. La traducción al inglés, a cargo de Christina MacSweeney, apareció en 2014 con el título Faces in the Crowd.

Nos parece la novela más discreta de las veinte, y eso explica que esté en el último puesto. Es breve, silenciosa y no pretende explicar nada. Pero abrió una voz. Luiselli ha seguido después un camino que también pasa por el inglés, y el rasgo que Los ingrávidos ya traía, la capacidad de convertir una biblioteca en un lugar con fantasmas, sigue siendo lo mejor de ese camino.

La mejor prueba de que resiste es que no necesita leerse como primera obra de una carrera. Funciona sola, y se agota en una tarde, y se queda varios días.

19. La mucama de Omicunlé, de Rita Indiana (2015)

Santo Domingo, 2027. Acilde Figueroa limpia los ventanales del apartamento de Esther Escudero, una santera que asesora al presidente de la República Dominicana y a quien todos llaman Omicunlé. Antes de ese empleo, Acilde se ganaba la vida con la prostitución en un mirador de la ciudad, y su cuerpo, de pechos pequeños y caderas estrechas, pasaba por el de un chico de quince años.

El país que Rita Indiana dibuja es una ruina previsible. Los mares están contaminados, la mitad haitiana de la isla vive bajo una cuarentena y la gente cruza la frontera huyendo de ella, y una aplicación muestra en el campo de visión de Acilde la marca y el precio de los robots que la rodean. Sobre ese fondo, la novela se bifurca. Acilde toma en el mercado negro un suero que la convierte en hombre, un santero cubano la corona con los tentáculos de una anémona viva y se le encomienda una misión improbable: viajar al pasado para impedir que el presidente se haga con las armas biológicas que provocarán el desastre.

La historia se desdobla además entre épocas distintas, desde finales del siglo XX hasta los tiempos de los bucaneros. La editorial que la publicó, Periférica, reconoció que la novela rehúye cualquier resumen, y tiene razón. Hay santería, arte contemporáneo, ecología y un humor muy caribeño que impide que la mezcla se vuelva solemne.

Rita Indiana nació en Santo Domingo en 1977 y compagina la literatura con la música, al frente del grupo Rita Indiana y los Misterios. Antes de esta novela había publicado, entre otras, Papi y Nombres y animales. En inglés se tradujo como Tentacle, con versión de Achy Obejas, en 2018.

La razón de que figure en esta lista es sencilla. Pocas novelas en español han hecho del Caribe un escenario de ciencia ficción sin renunciar a su música, a sus religiones ni a su manera de reírse de las desgracias. Es además un libro que cambia de piel cada pocas páginas y consigue, casi siempre, que el lector acepte el cambio.

Reconocemos que no es una novela cómoda. Hay quien se pierde en el tramo central, y es legítimo. Pero esa desmesura, esa voluntad de meterlo todo en un mismo libro y que todo suene a Santo Domingo, es lo que la distingue de tantas fábulas distópicas escritas con el mismo molde en cualquier otro idioma.

18. Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra (2011)

Alejandro Zambra había sorprendido en 2006 con Bonsái, una novela muy breve que obtuvo el Premio de la Crítica en Chile. Con Formas de volver a casa, publicada por Anagrama en 2011 y considerada su tercera novela, dio un paso más ambicioso sin perder esa precisión de relojero.

El libro tiene dos hilos. En el primero, un niño de nueve años vive la noche del terremoto del 3 de marzo de 1985 en un barrio de Santiago, entre vecinos que hacen fogatas en la calle y adultos que no hablan de política en casa. En el segundo, un narrador adulto, un escritor, intenta escribir justamente esa novela y la va interrumpiendo con un diario en el que anota sus dudas, sus propósitos y el efecto que le produce el reencuentro con una mujer, Claudia, a quien conoció de niño. Ni siquiera está seguro de que deba conservar su nombre en la ficción.

Esa exposición de los andamios no es un capricho. Zambra habla de la generación de quienes aprendían a leer o a dibujar mientras sus padres se convertían en cómplices o víctimas de la dictadura de Pinochet. Su propuesta, la de una literatura de los hijos, consiste en mirar aquellos años desde el lugar de quien no entendía lo que ocurría, y preguntarse después, ya adulto, qué se hace con esa ignorancia heredada.

El tono es sencillo y la prosa está muy cuidada. Las frases son cortas, hay ironía y mucha ternura, y la novela se cierra con otro terremoto, el de 2010, que cierra el círculo abierto veinticinco años antes. En ningún momento Zambra reclama la autoridad moral de quien sufrió la dictadura, y ese pudor es lo que más nos convence.

Hay quien reprocha a Zambra cierta ligereza, y es verdad que su literatura no persigue el gran fresco. Pero Formas de volver a casa demuestra que se puede escribir sobre la dictadura chilena sin alzar la voz y sin convertir el pasado en una lección. Lo hace con la escala de una casa, de una calle, de una amistad truncada.

Es una novela corta, de poco más de ciento sesenta páginas, y probablemente la mejor puerta de entrada a la literatura chilena de su generación. Se lee rápido. Después cuesta bastante dejar de pensar en ella.

17. La hora azul, de Alonso Cueto (2005)

Adrián Ormache es un abogado próspero de Lima, con una buena casa, una esposa elegante y dos hijas. Su vida parece resuelta hasta que muere su padre y entre las cosas que deja aparece un pasado que nadie le había contado. Durante los años de la guerra contra Sendero Luminoso, aquel oficial estuvo destinado en Ayacucho y participó en torturas y abusos contra prisioneras. A una de ellas, Miriam, la dejó escapar con vida.

Adrián se obsesiona con encontrarla. Lo hace contra todo consejo y a pesar de las amenazas que va recibiendo, y la búsqueda lo lleva de los barrios acomodados de Lima a Ayacucho y a Huanta, un Perú que había conocido siempre de lejos. Cueto, nacido en Lima en 1954, construye esa investigación con recursos del género policial, pero la novela se aparta pronto de la intriga y se vuelve una exploración moral sobre lo que significa saber.

Perú tardó en mirar de frente aquella guerra. La Comisión de la Verdad y Reconciliación presentó su informe final en 2003, y la cifra de víctimas, cercana a las setenta mil, obligó a un país entero a reconocer una historia que buena parte de la capital había seguido a distancia. La hora azul se publicó dos años después y recibió el Premio Herralde, que Anagrama concede a novelas inéditas en español.

Lo mejor del libro es que su protagonista no es un héroe. Adrián es un hombre cómodo, educado para no preguntar, que un día decide hacerlo. Y la novela le deja pagar el precio de esa decisión, sin consuelos fáciles. La relación que se establece entre él y Miriam bordea el melodrama, y es justo reconocer que a veces se asoma a él, pero se sostiene gracias a una prosa sobria y a un manejo muy seguro del suspense.

No es una novela de formas arriesgadas. Su lenguaje es limpio y su estructura clara, y esa escritura sin adornos es una virtud en un tema que invita al exceso. Cueto no necesita subrayar el horror, le basta con dejar que el lector lo vaya descubriendo al mismo ritmo que Adrián.

La incluimos, sobre todo, por su capacidad de incomodar. Pocas novelas peruanas recientes han conseguido que el lector de clase media, el que podría perfectamente ser Adrián, se reconozca en la ignorancia voluntaria de su protagonista. Esa incomodidad tiene mucho valor.

16. Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara (2017)

Entre 1872 y 1879 José Hernández publicó Martín Fierro, el gran poema de la tradición gauchesca, en el que un gaucho perseguido por la ley cuenta su desgracia. En ese universo viril hay una mujer a la que apenas se nombra, la esposa que Fierro abandona. Gabriela Cabezón Cámara la rescata en Las aventuras de la China Iron y le da la palabra.

La protagonista se llama China, y es una adolescente. Fierro la ganó en una partida de truco, la hizo madre de dos hijos cuando tenía catorce años y la dejó cuando el ejército lo reclutó. Con una perra, Estreya, y con la ayuda de una colona escocesa, Liz, China huye en un carro por la pampa. Liz le enseña a mirar el mundo de otra manera y le da una educación sentimental, además de unas cuantas lecciones sobre los modos del Imperio Británico.

El viaje las lleva por un desierto y un fuerte de frontera hasta una comunidad indígena en la que parece posible otra forma de vivir. En el camino se les abren los ojos a la riqueza de la flora y la fauna, a la variedad de culturas y de lenguas, y también a la violencia que supone construir una nación.

Cabezón Cámara ha contado que, mientras escribía, pensaba mucho en la destrucción de la naturaleza. Se nota. La pampa que describe es la de antes de que se convirtiera en la factoría de soja de hoy, según ha explicado ella misma. Y se nota también que lo escribió con alegría. Ha dicho que fue para ella la aventura más alegre, y esa energía contagia.

La novela se publicó en Argentina en 2017. Tres años después, la traducción inglesa de Iona Macintyre y Fiona Mackintosh, editada por Charco Press, llegó a la lista corta del International Booker, junto a Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, otra de las protagonistas de esta lista.

Reescribir un clásico desde una mirada feminista, queer y poscolonial es un ejercicio que puede degenerar con facilidad en panfleto. Aquí no ocurre. China Iron tiene demasiado humor, demasiada vida y demasiada curiosidad para que el libro se convierta en una lección. Su gran hallazgo es la voz, que se ríe de los mitos fundacionales de Argentina mientras los toma completamente en serio.

La literatura rioplatense tiene una larga tradición de discutir con sus propios textos fundacionales. Cabezón Cámara añade a esa discusión una pregunta que el poema dejaba sin formular: qué le pasó a ella.

15. Torto arado, de Itamar Vieira Junior (2019)

Itamar Vieira Junior es un geógrafo bahiano que trabajaba en el organismo brasileño de reforma agraria y había publicado dos libros de cuentos. Presentó su primera novela al premio LeYa, que convoca el grupo editorial portugués del mismo nombre para novelas inéditas en lengua portuguesa, y lo ganó por unanimidad en 2018 con un jurado presidido por Manuel Alegre. La novela salió primero en Portugal, y en Brasil la publicó Todavia en 2019.

Allí se convirtió en uno de los mayores fenómenos editoriales de los últimos años. En 2020 ganó el Jabuti y el Oceanos, dos de los premios más importantes en lengua portuguesa, y los derechos se vendieron a numerosos países.

El título, según explicó un miembro del jurado del LeYa, es una expresión que el poeta Tomás António Gonzaga usaba en varios pasajes de su obra. En español circulan dos ediciones de 2021 con nombres distintos, Tortuoso arado, de Tusquets Colombia, con traducción de Felipe Cammaert, y Torcido arado, de Textofilia, en México.

La novela cuenta la vida de dos hermanas, Bibiana y Belonísia, en Água Negra, una comunidad ficticia de descendientes de esclavizados situada en la Chapada Diamantina, en el interior de Bahía. De niñas, un accidente con un objeto de su abuela deja a una de ellas sin lengua. El episodio marca el libro entero, porque el silencio, la voz y el derecho a contar la propia historia son su tema de fondo.

El relato se divide en tres partes. La primera la narra Bibiana, la segunda Belonísia y la tercera una entidad espiritual, Santa Rita Pescadeira. Esa pluralidad de voces permite a Vieira Junior entrar en el mundo del campo brasileño por tres puertas distintas, la del cuerpo, la de la tierra y la de lo sagrado.

La tierra es el verdadero asunto. Quién la trabaja, de quién es, quién puede ser expulsado de ella. La novela recorre décadas de relaciones laborales cercanas a la esclavitud, de conflictos con los propietarios y de luchas por el reconocimiento legal de los derechos de las comunidades. El autor ha dicho que su libro es un retrato del Brasil actual, un país todavía muy conectado con su pasado mal resuelto.

Nos parece que Torto arado tiene algo que escasea: un oído verdadero para la oralidad rural y una prosa clara que oculta una enorme complejidad. Es un libro hecho de cosas muy concretas, el trabajo, el hambre, los santos, las plantas, que acaban dando una sensación de ancho horizonte. Brasil, a veces ausente de los debates en español, entra aquí por la puerta grande.

14. Dos hermanos, de Milton Hatoum (2000)

Milton Hatoum publicó Dois irmãos, en español Dos hermanos, en 2000, con Companhia das Letras, once años después de su primera novela, Relato de um certo Oriente. Al año siguiente recibió el Premio Jabuti a la mejor novela. Se convirtió, además, en lectura obligatoria para el examen de acceso a la universidad en São Paulo, un destino curioso para un libro que habla de rencor y de casas que se deshacen.

La acción transcurre en Manaos, en plena Amazonia, a lo largo de varias décadas. Zana y Halim, inmigrantes libaneses, tienen tres hijos, entre ellos los gemelos Yaqub y Omar. Son idénticos en aspecto y opuestos en todo lo demás. Omar, el menor, es el preferido de la madre. Un día, en una fiesta, pelea con su hermano por una chica, Lívia, y le marca la cara con un cristal roto.

Halim quiere separarlos y enviarlos al Líbano. Zana solo acepta mandar a Yaqub, porque no soporta alejarse de Omar. Cuando Yaqub regresa, cinco años después, es un joven callado y reservado que se convertirá en ingeniero y acabará prosperando lejos de Manaos. Omar sigue con su vida de fiestas y de violencia, siempre bajo el amparo de la madre.

Todo se cuenta a través de Nael, hijo de la criada de la familia, Domingas, que treinta años después reconstruye los hechos. Nael no sabe quién es su padre, si Yaqub o Omar, y esa duda lo convierte en un testigo perfecto: alguien que vivió en la casa sin pertenecerle del todo, que lo oyó todo y calló. Su voz mezcla lo que vio con lo que le contaron, y esa mezcla da al libro su textura de memoria.

Hatoum no solo cuenta una pelea entre hermanos. Cuenta también cómo cambia Manaos, que pasa de ciudad fluvial y cosmopolita a un lugar que el progreso y la dictadura militar, iniciada en 1964, van desfigurando. La casa familiar se descompone al mismo ritmo que la ciudad, y las dos caídas se explican mutuamente.

Que los gemelos brasileños Fábio Moon y Gabriel Bá la hayan adaptado al cómic tiene su gracia y también su lógica, porque es un libro hecho de miradas. A nosotros nos interesa sobre todo la prosa de Hatoum, discreta y precisa, que prefiere sugerir antes que explicar y que sabe dónde dejar el silencio.

Dos hermanos es una novela de clásico futuro. Lo que cuenta, la rivalidad, la herencia del rencor, la servidumbre doméstica, podría ocurrir en cualquier sitio. Que ocurra en Manaos, y que esa ciudad aparezca con tanta verdad, es lo que la hace irrepetible.

13. Insensatez, de Horacio Castellanos Moya (2004)

Un hombre acepta un trabajo bien pagado en la capital de un país centroamericano cuyo nombre la novela nunca pronuncia. Las menciones a dos presidentes, Vinicio Cerezo y Efraín Ríos Montt, no dejan lugar a dudas: es Guatemala. El encargo consiste en revisar la versión final de un informe de más de mil cuartillas, preparado bajo el amparo del arzobispado, que recoge testimonios de supervivientes y testigos del exterminio de la población indígena durante la guerra civil.

Castellanos Moya se inspira en un documento real, Guatemala: Nunca más, aunque los estudiosos han advertido que la novela no lo reproduce con exactitud y que conviene no leerla como si fuese una copia. Lo que importa es el narrador, un corrector de estilo que lee esas páginas de horror y se queda atrapado entre la repulsión y la fascinación. Encuentra en las palabras de los testigos metáforas y giros que recrean masacres imposibles de decir de otro modo, y el hallazgo lo perturba precisamente porque le parece hermoso.

Al margen del trabajo, el narrador lleva una vida cotidiana a ratos frívola, hecha de alcohol, deseo y vanidades pequeñas. Esa vida paralela se enreda con la lectura, y a medida que avanza el relato la paranoia lo va ganando. Cree que lo siguen, que alguien sabe lo que ha leído, que no hay distancia ni plazo suficientes para olvidar. La novela crece en ritmo y en intensidad, y termina convertida en una persecución más mental que física.

La voz es lo mejor del libro. Castellanos Moya, nacido en Tegucigalpa en 1957 y criado en El Salvador, periodista durante años en diarios y agencias de varios países centroamericanos, maneja un tono hablado, torrencial y lleno de humor negro. Esa risa incómoda es una forma de honestidad: el narrador no es un justiciero ni un héroe, sino un hombre mediocre al que la historia le cae encima.

Insensatez se publicó en México en 2004, con Tusquets, y la edición española llegó en 2005. En inglés se tradujo como Senselessness, con versión de Katherine Silver, y quedó entre las finalistas del Best Translated Book Award de 2009.

Nos interesa por una pregunta que pocas novelas se hacen con tanta franqueza: qué le ocurre a un lector cuando el testimonio de una atrocidad se parece a la literatura. Castellanos Moya no responde, pero tampoco finge inocencia. Su narrador siente el vértigo de leer bien una frase terrible, y esa mala conciencia es el verdadero tema.

Es una novela corta, incómoda y ágil, que no necesita ni un solo gesto de solemnidad. A diferencia de muchos libros sobre la violencia en Centroamérica, no pide al lector que se emocione. Lo deja a solas con lo que ha leído, que ya es bastante.

12. Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera (2009)

Yuri Herrera escribe novelas cortas y las trabaja hasta que cada frase pesa lo que debe. Señales que precederán al fin del mundo ocupa algo más de cien páginas en la edición que publicó Periférica, en Cáceres, en 2009, y contiene un viaje entero. Herrera, nacido en Actopan, Hidalgo, en 1970, ya había publicado otra novela breve, Trabajos del reino.

La protagonista se llama Makina y trabaja en la centralita de un pueblo minero, donde su función es conectar llamadas. Habla tres lenguas, el español, el inglés y una lengua local, lo cual la convierte en una pieza valiosa en un mundo de gente que se comunica mal. La novela arranca con un socavón que se abre en mitad de la calle y se traga a un hombre ciego. Makina se dice a sí misma que está muerta, y ese pensamiento da el tono de todo lo que viene.

Su madre le encarga una misión: cruzar al otro lado y encontrar a su hermano, que se fue al norte hace tiempo y no ha vuelto. Makina lleva consigo dos recados, uno de su madre y otro del hampa mexicana. Nueve etapas legendarias marcan su camino. El viaje se ha leído como un descenso al Mictlán, la región de los muertos en la cosmogonía mexica, y también como una versión invertida del viaje de Juan Preciado a Comala, en Pedro Páramo.

Herrera nunca nombra México ni Estados Unidos. Son dos territorios que el lector reconoce sin que el texto los diga, y el relato, que se aparta del molde del realismo asociado a la narrativa del norte mexicano, trata a sus personajes con una dignidad casi mítica. Makina es una mujer sola que cruza un territorio hostil sin convertirse en víctima, y que sabe usar la palabra como arma. De hecho, la traducción, entendida no solo como paso de una lengua a otra sino como paso de un mundo a otro, es la gran metáfora del libro.

Hay un cuidado enorme por el idioma. Herrera juega con el vocabulario hasta incluir términos que el propio lector hispanohablante debe descifrar, y cada frase parece haber pasado por una criba muy fina. La versión inglesa, de Lisa Dillman, la publicó And Other Stories en 2015.

Frente a tanta novela fronteriza que insiste en la crónica de la violencia, Herrera propuso una fábula escueta, simbólica y muy precisa, y con ello demostró que se podía hablar de la migración sin repetir los tópicos.

Nos parece una pequeña obra maestra. Su final, rotundo y muy breve, es de los que se quedan.

11. La grande, de Juan José Saer (2005)

Juan José Saer murió en París en 2005, tras décadas viviendo en esa ciudad, sin haber terminado su novela más larga. La grande se publicó unos meses después, con el último capítulo sin escribir, y es una de esas obras póstumas que invitan a preguntarse qué significa terminar un libro. Saer, nacido en la provincia de Santa Fe en 1937, había ganado en 1987 el Premio Nadal con La ocasión.

La novela transcurre en la Zona, el territorio literario que Saer fue construyendo a lo largo de toda su obra: los alrededores de la ciudad de Santa Fe, con sus bares, sus islas, sus amigos, sus conversaciones eternas. Guillermo Gutiérrez, al que todos llaman Willi, regresa allí después de unos treinta años de ausencia. A lo largo de siete días se cruza con Nicolás Anoch, apodado Nula, un vendedor de vinos de veintinueve años aficionado a la filosofía; con Tomatis, un periodista conocido de otros libros del autor; con Soldi; y con Leonor, la mujer que lo dejó. Hay una duda que Gutiérrez no resuelve, la de si Lucía, hija de Leonor, es también hija suya.

El libro se abre con una larga caminata bajo la lluvia, que ocupa unas setenta páginas. Esa elección marca el tempo de toda la novela, lento y casi majestuoso, que invita al lector a entrar en la conversación y no a esperar sucesos. Alrededor de esa trama se despliega un humor muy particular: un movimiento literario, el precisionismo, fundado por un impostor llamado Brando, que Tomatis detesta y Gutiérrez encuentra más interesante.

Saer escribe de un modo que desactiva la épica. Sus personajes son intelectuales de provincia, chismosos, introspectivos, un poco ridículos, y él los observa con una mezcla de cariño y de burla. La novela se ríe de su pretensión y la toma en serio al mismo tiempo, y esa doble operación es la que mejor define su estilo.

La edición inglesa, a cargo de Steve Dolph para Open Letter en 2014, llevó a La grande hasta lectores que no conocían a Saer. Hay quien la considera la mejor puerta de entrada a su obra, y a nosotros nos parece una opinión defendible aunque no unánime. Los lectores que lleguen sin haber leído a Saer perderán algunas resonancias, pero ganarán la sensación de entrar en un mundo completo.

Es la novela de una vida entera, escrita con un oído extraordinario para lo que se dice y para lo que no. Al estar incompleta, además, parece más cercana a la vida que a la literatura: abierta, imperfecta y deliberadamente sin cerrar.

10. La novela luminosa, de Mario Levrero (2005)

Mario Levrero murió en Montevideo en 2004 y La novela luminosa apareció un año después. Hasta entonces era un autor de culto, muy querido por sus lectores y poco conocido fuera de ese círculo. El libro cambió esa situación y es hoy su obra más célebre, aunque no tenga demasiado que ver con lo que suele entenderse por novela.

El punto de partida es una anécdota casi cómica. En los años ochenta, Levrero había escrito cinco capítulos de una novela que aspiraba a contar una vivencia casi mística, una imagen que lo obsesionaba. La abandonó, convencido de que ese tipo de experiencias se desvirtúan al narrarlas. Quince años después, en el año 2000, la Fundación Guggenheim le concedió una beca para que la terminara. El dinero le llegó. La novela, no.

La mayor parte del libro, que supera las quinientas páginas, es el «Diario de la beca», en el que Levrero anota día a día sus intentos de ponerse a escribir y sus innumerables rodeos. Se opera de la vesícula. Reorganiza el cableado de su casa para mover el ordenador. Compra un sillón, luego otro. Escribe una carta que empieza con un «Estimado señor Guggenheim» y se disculpa por no haber hecho nada con el dinero, ignorando que Simon Guggenheim llevaba décadas muerto. Se obsesiona con una mujer a quien llama G. Observa palomas y hormigas, practica ejercicios de caligrafía como terapia contra la depresión y navega por internet sin demasiado orgullo.

La novela luminosa propiamente dicha, poco más de cien páginas, llega al final y contrasta con el diario. Es un relato de inspiración casi mística, en el que interviene un sacerdote, Cándido, y que se puede leer como un cierre. Pero la verdadera novela es el diario, es decir, la imposibilidad misma de escribirla.

Levrero es divertidísimo y, a ratos, desolador. Habla de la depresión con una franqueza sin dramatismo, del paso del tiempo, de la dificultad de vivir sin sentir que se está perdiendo el tiempo. Él mismo hablaba de una «angustia difusa» que atraviesa el libro, y esa expresión sirve de resumen.

Lo que más nos admira es su capacidad para hacer de la procrastinación una forma de conocimiento. El libro no trata de lo que pasa, trata de cómo se pasa el tiempo, y lo hace con una libertad formal poco frecuente. En inglés se publicó en 2021, con traducción de Annie McDermott, en And Other Stories.

Es, probablemente, la rareza más querible de esta lista. No es una novela para todos los días, y tampoco lo pretende. Pero quien entra en ella, difícilmente sale igual.

9. Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez (2019)

Mariana Enriquez venía de los cuentos, entre ellos Los peligros de fumar en la cama, y de una fama creciente como autora de terror. Con Nuestra parte de noche se lanzó a una novela de casi setecientas páginas, que se mueve entre 1960 y 1997 y que ganó en 2019 el Premio Herralde. Fue, según contó ella misma, la novela donde logró reunir todas sus obsesiones.

La historia empieza en 1981, en plena dictadura argentina. Juan, viudo desde hace poco tras un accidente de autobús en el que murió su mujer, Rosario, viaja en coche con su hijo pequeño, Gaspar, desde Buenos Aires hasta las cataratas de Iguazú. Es un hombre alto, enfermo y áspero, y huye de algo. Juan es médium de la Orden, una sociedad secreta que controla la poderosa familia de Rosario y que busca, mediante atroces rituales, contactar con la Oscuridad para alcanzar la vida eterna. Gaspar, como su padre, está llamado a ocupar ese lugar.

La novela se va abriendo después en una estructura de muñecas rusas. Retrocede a los años sesenta, salta a Inglaterra, donde nació la Orden antes de extenderse hasta Argentina, y se instala más tarde en los noventa, con la inflación y el desencanto como telón de fondo. Cada parte tiene su propia voz y su propia forma, desde el relato en primera persona de inspiración victoriana hasta el aprendizaje iniciático del final.

Lo más valioso del libro es cómo el terror sobrenatural se entrelaza con los terrores reales. Los desaparecidos de la dictadura no son un decorado, sino parte de la sustancia del horror, porque la Orden se aprovecha de una época que facilita la desaparición de cuerpos inocentes. Enriquez no busca la alegoría fácil. Consigue algo más inquietante, que el lector crea en los dos horrores al mismo tiempo.

La autora ha explicado que se nutre del horror folclórico, de los mitos y supersticiones locales, y que parte de las historias que le contaba su abuela correntina. Ha reconocido también que un libro de Stephen King fue su puerta de entrada a lo macabro. Esa mezcla de herencias, de la literatura popular y de la gótica inglesa, y de la memoria argentina más cruda, es la que da a la novela su textura propia.

No es una lectura fácil, ni por su extensión ni por su crudeza. Hay escenas de una violencia difícil de sostener. Pero Nuestra parte de noche demuestra que el terror puede ser un territorio de primer orden para la gran novela, y que una escritora de género puede pensar su país con la misma ambición que cualquier narrador de realismo. Es la novela más ambiciosa de Enriquez, y también la más personal.

8. Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel (2001)

Pedro Lemebel nació en un barrio pobre de Santiago, junto al Zanjón de la Aguada, hijo de un panadero. Se hizo famoso como cronista, con una escritura barroca y provocadora que contaba la ciudad desde sus márgenes, y publicó una sola novela, Tengo miedo torero, en la colección Biblioteca Breve de Seix Barral, en 2001. Murió en 2015.

La protagonista es la Loca del Frente, un hombre homosexual cuarentón, antigua travesti, con poco pelo y sin dientes, que se nombra a sí mismo en femenino y vive en una casa casi en ruinas, dedicada a bordar. Se enamora de Carlos, un joven universitario de aspecto viril, que le pide guardar documentos y objetos del Frente en su casa y la va involucrando poco a poco en una causa que ella no entiende, pero por la que acaba arriesgándolo todo. Carlos, que se hace llamar así por seguridad, pertenece al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, la organización armada que en 1986 preparó un atentado contra Pinochet.

Lemebel se sirve de ese hecho histórico, el fallido ataque al dictador en el Cajón del Maipo, para construir un doble retrato. En un lado, la Loca, sus boleros, sus amigas, sus coplas, su fantasía amorosa. En el otro, el propio Pinochet y su esposa, Lucía Hiriart, en su vida doméstica, dibujados con una crueldad muy divertida. Ambos mundos se tocan sin conocerse, y entre ellos pasa la historia de Chile.

El lenguaje es la gran apuesta del libro. La Loca habla con un exceso de adjetivos, de diminutivos y de referencias sentimentales, un barroco de bolero que es a la vez un modo de resistir. Esa lengua cursi, kitsch, sirve para enfrentar lo feo del mundo con los ojos abiertos, sin disimular lo que es, y convierte la novela en un acto político tan eficaz como cualquier panfleto, con la ventaja de que se lee sin esfuerzo y sin sermones.

El título procede de un verso de una antigua canción española, y esa mezcla de copla, de miedo y de ternura resume el tono del libro. Hay en él una historia de amor imposible, un trasfondo de conspiración y una comedia de costumbres, y Lemebel consigue que ninguna de las tres se coma a las demás.

Nos parece una de las grandes novelas sobre la dictadura chilena, y una de las pocas que hablan del deseo, del cuerpo disidente y de la clase en el mismo gesto. Llegó pronto a sus lectores y sigue siendo, veinticinco años después, un libro que no ha perdido la capacidad de incomodar a quien lo toma por una sola de sus partes.

7. Delirio, de Laura Restrepo (2004)

Aguilar regresa a Bogotá después de un viaje corto de trabajo y encuentra a su esposa, Agustina Londoño, en un hotel, fuera de sí. Ha pasado allí un fin de semana y nadie sabe qué ocurrió. Aguilar, antiguo profesor de literatura, mucho mayor que ella, la ama sin condiciones y decide averiguar qué la ha llevado a esa locura. La novela es la historia de esa investigación.

Restrepo la organiza en varias voces que se alternan. Está la del propio Aguilar, desconcertado y tenaz. Está la de Midas McAlister, antiguo amante de Agustina, traficante y lavador de dinero, una de las figuras más vivas del libro. Está la de Agustina, que habla desde una conciencia fracturada. Y está la de su abuelo materno, Nicolás Portulinus, a través de unos diarios y cartas que cuentan la historia de la familia y su genealogía de enloquecidos.

Lo que parece un melodrama sobre la pérdida de la razón se vuelve, página a página, un retrato de Colombia. La locura de Agustina está ligada a su pasado familiar y también al país que la rodea, a la violencia de las clases altas bogotanas, al dinero sucio, al pacto de silencio que muchos colombianos firmaron con lo que ocurría a su alrededor. En el fondo de la trama se oyen explosiones, y todo el mundo hace como si no pasara nada.

Delirio ganó el Premio Alfaguara en 2004, con José Saramago como presidente del jurado. Saramago dijo que la novela expresaba todo lo fascinante, incluso lo terriblemente fascinante, de Colombia, y que a ese nivel de escritura solo cabía descubrirse. Restrepo, periodista y filósofa de formación, llevaba ya una trayectoria sólida, pero con este libro alcanzó un público mucho más amplio. Más de veinte años después, la historia ha llegado a Netflix en forma de serie.

La construcción es lo que más nos gusta. La autora administra la información con paciencia de relojera y obliga al lector a armar él mismo el rompecabezas, de modo que el suspense nace de la propia estructura, no de trucos. No hay una explicación única, como tampoco la hay para la locura de un país. Restrepo entiende que lo personal y lo político no se pueden desenredar, y que intentarlo sería falsearlo todo.

Delirio es una novela de mujer, de familia, de ciudad y de época que ha sabido envejecer con dignidad. Quizá sea el libro de esta lista que más se acerca a la gran tradición colombiana del siglo XX, con ecos de García Márquez que algunos lectores han señalado, pero con una voz distinta, más seca y más urbana.

6. El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez (2011)

Antonio Yammara es un joven profesor de Derecho en Bogotá que tiene por costumbre frecuentar un billar del centro. Allí conoce a Ricardo Laverde, un hombre mayor, silencioso, que parece siempre cansado y que no habla de su vida. Se hacen amigos en ese sentido en que lo son dos hombres que no se cuentan nada. Una noche, al salir, dos hombres en moto disparan contra ellos. Laverde muere. Antonio sobrevive, malherido, y se queda con el miedo.

Esa herida, física y mental, lo empuja a investigar quién era Laverde. Descubre que fue piloto, que un norteamericano al que había conocido por el Cuerpo de Paz lo introdujo en el transporte de droga y que su vida se enredó a partir de ahí con el nacimiento del narcotráfico colombiano. Antonio sigue las huellas de ese pasado, conoce a la hija de Laverde, Maya, y reconstruye una historia de amor, de pérdida y de catástrofe aérea que explica el título.

La chispa que lo lleva a contarlo es una anécdota insólita, la fuga de un hipopótamo del zoológico que Pablo Escobar había montado en su hacienda para exhibir su poder. Esa imagen, absurda y verdadera, es el modo en que Vásquez aborda un tema muy trillado: el de una generación atrapada en el miedo. Los hijos de la violencia, los que nacieron en los setenta, crecieron entre bombas y atentados y ahora, adultos, tratan de entender qué les hicieron.

El ruido de las cosas al caer ganó el XIV Premio Alfaguara de Novela, en 2011, y se tradujo al inglés con el título The Sound of Things Falling, versión que obtuvo el premio IMPAC de Dublín en 2014. Vásquez, nacido en Bogotá en 1973, había publicado antes Los informantes, y con esta novela se consolidó como una de las voces mayores de su generación.

Su virtud principal es el equilibrio. Combina el suspense de la investigación con una reflexión sobre la memoria y sobre la culpa, y lo hace con una prosa clara que no se esconde detrás de ningún artificio. La Colombia de Escobar y la Colombia de después aparecen sin estridencias, a través de lo que se pierde en lo íntimo: una pareja, una amistad frustrada, el sueño de quien no puede dormir.

No es la más experimental de las novelas que han hablado del narcotráfico, y quizá por eso mismo ha llegado tan lejos. Vásquez no necesita el exceso para decir que la violencia deja secuelas que duran mucho más que los hechos. El libro funciona como un thriller que, al terminarse, se convierte en otra cosa, en una elegía por quienes sobrevivieron.

5. Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor (2017)

En La Matosa, una ranchería del estado de Veracruz, unos niños que juegan junto a un canal de riego encuentran un cadáver flotando en el agua. Es el de la Bruja, una mujer a la que todo el pueblo había atribuido pócimas, hechizos y desgracias. A partir de ese hallazgo, Fernanda Melchor reconstruye cómo se llegó hasta ahí, y la novela termina con el entierro de la Bruja en una fosa común.

El libro no sigue un orden cronológico y está contado en tercera persona, pero cada capítulo se detiene en un personaje distinto, y esa multiplicidad de miradas permite entrar en los barrios, las cantinas, los cañaverales y las casas de un lugar donde la violencia es un idioma cotidiano. Hay jóvenes sin horizonte, mujeres que han huido de algo, hombres que no saben querer sin golpear. Norma, por ejemplo, llegó a La Matosa escapando de su pueblo, embarazada de su padrastro. Ahí aparece también un candidato político, Pérez Prieto, símbolo de una corrupción que nadie se molesta en ocultar.

Melchor ha contado que la novela nació al oír la noticia de un sicario de catorce años detenido, y que en su estructura influyó la película Amores perros. Venía del periodismo, había estudiado en la Universidad Veracruzana y había publicado ya un libro de crónicas, Aquí no es Miami, y una primera novela, Falsa liebre, ambas de 2013. Pero fue Temporada de huracanes, publicada por Literatura Random House en abril de 2017, la que cambió su lugar en la literatura.

El estilo es lo más impresionante. La prosa de Melchor reproduce el habla de la gente de su región, con sus obscenidades, su jerga y su ritmo, en frases larguísimas que arrastran al lector y no le permiten respirar. Es una escritura que sube de temperatura página a página, como el calor que antecede a un temporal. Y funciona porque nunca se queda en el exhibicionismo. La crudeza no está para escandalizar, sino para que entendamos de dónde sale tanta rabia.

La novela le valió en 2019 el Premio Internacional de Literatura que concede la Casa de las Culturas del Mundo, en Berlín, y la llevó en 2020 a la lista corta del International Booker, con la traducción inglesa de Sophie Hughes, Hurricane Season. Se ha traducido a más de quince idiomas.

No es un libro agradable. Tiene escenas de una violencia sexual y física difícil de soportar, y habrá quien lo abandone a mitad de camino. Pero pocos libros han explicado con tanta precisión cómo funciona el machismo rural, cómo se transmite de padres a hijos y cómo desemboca, tarde o temprano, en tragedia. Melchor no moraliza, y esa es su mayor fuerza moral.

Si hay que leer una novela mexicana de este siglo para entender el país en que se escribe, nuestra apuesta es esta.

4. Distancia de rescate, de Samanta Schweblin (2014)

Una mujer yace en una cama, a punto de morir, y habla. Se llama Amanda y su interlocutor es un niño, David, que no deja de interrogarla. Le pide que recuerde con exactitud el momento en que algo empezó a ir mal. La novela entera es ese diálogo, una conversación al borde de la muerte entre una adulta que va perdiendo el hilo y un niño que sabe más de lo que debería.

Amanda había alquilado una casa en el campo para pasar unas vacaciones con su hija Nina. Allí conoce a una vecina, Carla, madre de David, y descubre que hay algo extraño en el niño y en el lugar. Poco a poco se instala una sensación de amenaza difusa, una sospecha de que todo está contaminado, y Amanda empieza a calcular lo que da título al libro, esa distancia variable que la separa de su hija y que le permitiría rescatarla si algo ocurriera. Se pasa la mitad del día calculándola.

Schweblin escribe sobre un miedo muy concreto, el de una madre que sabe que no puede proteger del todo a su hijo. A partir de ahí desliza la novela hacia el terreno de lo inquietante, con elementos del relato gótico y del fantástico, pero también con una denuncia ecológica, la de los agrotóxicos que envenenan los campos, que da al libro una gravedad inesperada.

La autora, nacida en Buenos Aires en 1978 y residente en Berlín, ha dicho que Distancia de rescate está a medio camino entre el cuento y la novela. Tiene unas ciento veintiocho páginas y se lee de un tirón, casi sin pausas, con la sensación de caer por una pendiente. Se publicó en 2014 con Literatura Random House y fue su primera novela. Venía de una larga carrera como cuentista.

El reconocimiento internacional fue rápido. En 2017 llegó a la lista corta del Man Booker International con la traducción de Megan McDowell, Fever Dream. Ganó además el Premio Shirley Jackson y el Tournament of Books en Estados Unidos, se tradujo a más de una veintena de idiomas y Claudia Llosa la llevó al cine para Netflix.

Hay pocas novelas tan breves que dejen tanta huella. Lo que consigue Schweblin es que la inminencia de la catástrofe, el hecho de que sepamos desde el principio que algo terrible ha pasado y estamos a punto de enterarnos, se convierta en el verdadero motor del libro. No hay respiro, y tampoco hace falta.

Es una novela perfecta en el sentido casi mecánico del término: cada pieza encaja y nada sobra. Se puede discutir si la perfección es siempre una virtud. Aquí, sin duda, lo es.

3. El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura (2009)

En 2004, tras la muerte de su mujer, Iván, un aspirante a escritor que trabaja en un modesto gabinete veterinario de La Habana, recuerda una tarde de 1977. Estaba en una playa cuando vio a un hombre que paseaba dos hermosos galgos rusos, Ix y Dax. Se hicieron conocidos. Con el tiempo, aquel hombre empezó a confiarle historias, y poco a poco fue quedando claro de quién eran.

Eran las de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski. Mercader, catalán de familia burguesa, hijo de un empresario de éxito y de una madre inestable, había sido reclutado por los servicios soviéticos y enviado a México para matar al exiliado. Había vivido en Cuba los últimos cuatro años de su vida, y Padura ha contado que fue precisamente descubrir ese dato, tan poco conocido en la isla, lo que lo llevó a escribir la novela.

El libro avanza en tres planos que se alternan. El de Trotski, desde su expulsión de la Unión Soviética en 1929 hasta su último refugio en México. El de Mercader, desde su infancia en Barcelona hasta su entrenamiento y su identidad falsa, la de Jacques Mornard. Y el de Iván, que en la Cuba de los noventa, devastada por la crisis, trata de ordenar esa historia y de entender qué tiene que ver con él. La conexión entre los tres es la desilusión, la de quienes creyeron en una utopía y vieron cómo se pervertía.

Padura, nacido en La Habana en 1955, era conocido hasta entonces por la serie del policía Mario Conde, con la que había ganado un público fiel. Con esta novela cambió de escala. Pasó cinco años documentándose y construyó una obra larga, de ritmo reposado, en la que la investigación histórica se pone al servicio de una pregunta moral: qué se hace con la lealtad cuando la causa por la que se mata resulta ser una mentira.

El título procede de un relato de Raymond Chandler que Iván está leyendo la tarde en que conoce a Mercader. El libro, publicado por Tusquets en 2009, provocó polémica por su retrato del estalinismo y por lo que decía, entre líneas, de la Cuba contemporánea. Fue decisivo para que Padura recibiera el Premio Nacional de Literatura de Cuba, y en 2015 le concedieron el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

La novela pide paciencia, y es justo decirlo. Las partes dedicadas a Iván son las menos brillantes, y algunos lectores las encuentran de más. Pero el conjunto tiene una gravedad que pocas novelas actuales consiguen. Es, en buena medida, la novela del gran desengaño con la utopía socialista del siglo XX, contada con una humanidad que impide cualquier caricatura de los personajes.

Trotski y Mercader, víctima y verdugo, terminan pareciéndose de un modo que da vértigo. Ese es el mérito mayor de Padura: haber hecho de dos enemigos mortales dos hombres igualmente solos.

2. La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa (2000)

Alfaguara publicó La fiesta del Chivo a comienzos de marzo de 2000, con una gira del autor. Mario Vargas Llosa, que ya había cumplido sesenta y tres años y llevaba décadas entre los novelistas más leídos en español, entregaba una novela sobre el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, a quien el pueblo llamaba el Chivo.

El libro se mueve en tres planos que se alternan. En el presente, Urania Cabral, una abogada que se marchó de Santo Domingo en 1961, cuando tenía catorce años y una beca para estudiar en Estados Unidos, regresa a la isla después de más de tres décadas para ver a su padre, un antiguo senador ya muy enfermo. En el pasado, Trujillo vive sus últimos días rodeado de sus colaboradores, entre ellos el doctor Balaguer. Y un grupo de conspiradores prepara la emboscada en la carretera de San Cristóbal que acabará con el tirano.

Urania y su familia son inventadas, y casi todo lo demás procede de los hechos reales. Vargas Llosa recordó que escribía una novela y no un libro de historia, y que por eso se tomó muchas libertades. Esa mezcla de documento y ficción le permite algo que ningún historiador consigue, que el lector entienda desde dentro cómo funcionaba el miedo. Trujillo aparece como un hombre convencido de que actúa por el bien del país, y esa convicción sincera, más que su crueldad, es lo que da escalofríos.

El secreto de Urania, la razón por la que juró no volver nunca a su país, se revela poco a poco. Su padre, caído en desgracia ante el régimen, quiso recuperar el favor del dictador y le ofreció a su hija. La novela trata ese episodio con sobriedad y sin morbo, y lo convierte en el centro moral de un libro que habla de las complicidades pequeñas y cotidianas que hacen posible una tiranía.

La fiesta del Chivo se inscribe en la tradición de la novela del dictador, esa que va de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, a Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, y a El otoño del patriarca, de García Márquez. Pero Vargas Llosa la lleva a otro terreno, el de la reconstrucción minuciosa y el suspense, y no cede nunca a la tentación del patetismo. La edición dominicana y la presencia del autor en la isla provocaron un debate intenso sobre cómo había retratado a aquel país.

Vargas Llosa recibió el Nobel de Literatura en 2010 y murió en Lima el 13 de abril de 2025, a los ochenta y nueve años, cuando ya se había retirado de la ficción con Le dedico mi silencio, de 2023. Su obra es muy extensa y desigual, pero esta es, a nuestro juicio, la novela en la que su oficio y su ambición se encuentran en equilibrio perfecto.

Es un libro sobre el poder escrito con pulso de novelista de intriga. Se lee con la tensión de un thriller, y se recuerda con la incomodidad de un ajuste de cuentas.

1. 2666, de Roberto Bolaño (2004)

Roberto Bolaño murió en 2003, mientras esperaba un trasplante de hígado, y dejó una novela inmensa que no llegó a revisar del todo. 2666 se publicó en 2004 en Anagrama, en un solo volumen de más de mil páginas, aunque él había pensado en publicar sus cinco partes por separado. Sus herederos decidieron lo contrario, y el tiempo ha dado la razón a quienes querían ver en ella una obra única.

Santa Teresa es una ciudad ficticia del norte de México que remite de forma evidente a Ciudad Juárez. Es el punto al que convergen las cinco partes de la novela, que pueden leerse por separado y que se iluminan entre sí. En la primera, cuatro críticos literarios europeos, un francés, un español, un inglés y un italiano, unidos por la devoción a un escritor alemán, Benno von Archimboldi, de quien nadie conoce el rostro, viajan hasta allí siguiendo un rumor sobre su paradero. Es una comedia académica de una precisión feroz.

La segunda parte sigue a Amalfitano, un profesor chileno de filosofía que llega a la universidad de Santa Teresa con su hija Rosa. La tercera sigue a Óscar Fate, un periodista afroamericano de Harlem, enviado a cubrir un combate de boxeo sin saber nada de boxeo. La cuarta, la más larga y la más dura, es «La parte de los crímenes»: una enumeración de las muertes de más de cien mujeres entre 1993 y 1997, contadas con un tono de informe policial que da más miedo que cualquier dramatización. La quinta cuenta, al fin, la vida de Archimboldi, desde su juventud en Alemania hasta el frente oriental de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que Bolaño consigue es poner en contacto mundos que parecían incomunicables: el universo de los congresos y la teoría, la guerra europea, la violencia sin nombre de una ciudad fronteriza. No lo hace con tesis, sino con acumulación y con una mirada extraordinariamente atenta a los detalles. El mal, en este libro, no tiene explicación, solo tiene geografía. Ni siquiera los amigos del autor supieron decir qué significa el título.

Bolaño había obtenido en 1998 el Premio Herralde y en 1999 el Premio Rómulo Gallegos por Los detectives salvajes, y era ya un escritor de culto. Con 2666 pasó a ser algo más: uno de los novelistas latinoamericanos más leídos fuera de su ámbito lingüístico. La novela recibió el Premio Ciudad de Barcelona en 2004 y el Premio Salambó en 2005, y la traducción inglesa de Natasha Wimmer, publicada en 2008, ganó en 2009 el National Book Critics Circle Award.

Hay mucho que discutir sobre 2666. Se ha dicho que está inacabada, que sus partes son desiguales, que «La parte de los crímenes» es insoportable. Todo eso es cierto en alguna medida, y nada de eso importa. Ninguna novela escrita en español en lo que va de siglo tiene su escala, su variedad de tonos ni su capacidad de acumular materia sin perder la tensión. Hay páginas hilarantes, páginas atroces y páginas de una belleza serena, y a veces están separadas por un salto de línea.

Ocupa el primer puesto porque ha cambiado lo que se entiende por novela ambiciosa. Después de ella, ya no basta con escribir un libro largo: hay que justificar cada página. Y más de veinte años después de su aparición, sigue sin tener rival.

Veinte libros, un mapa incompleto

Una vez ordenados, los veinte títulos dibujan algunos rasgos que no buscábamos. Once salieron entre 2000 y 2009 y nueve en la década siguiente. Siete están escritos por mujeres. Cuatro son argentinos, tres mexicanos, tres chilenos, y hay dos colombianos, dos peruanos y dos brasileños, además de un cubano, un uruguayo, un salvadoreño y una dominicana. Ninguna de esas cifras fue una decisión previa.

La historia reciente sigue pesando mucho. Las dictaduras del Cono Sur, la guerra contra Sendero Luminoso, el genocidio guatemalteco, el trujillismo y el estalinismo aparecen una y otra vez, y casi siempre vistos desde un ángulo lateral: la mirada de un niño, de un corrector de estilo, de un abogado acomodado, de una Loca enamorada de un conspirador. Esa preferencia por el costado frente al centro, por el testigo antes que por el protagonista, es probablemente la marca más clara de la narrativa de estos años.

Otro rasgo es la violencia contada sin épica. Los crímenes de Santa Teresa, el narcotráfico en Colombia, el campo envenenado de Schweblin, el machismo de La Matosa no se presentan como tragedias heroicas, sino como parte del paisaje, y es en esa normalidad donde está el horror. Y casi todos los libros de la lista se preguntan, de un modo u otro, cómo se cuenta lo que no se puede contar.

También hay libros que rompen con lo esperado: el diario de Levrero que fracasa como novela y triunfa como literatura, el fragmento de Luiselli, el terror gótico de Enriquez, la ciencia ficción caribeña de Rita Indiana. La narrativa latinoamericana actual tiene menos miedo a mezclar géneros que la del siglo pasado, y se nota.

Nos quedan fuera nombres que cualquier lector querría ver aquí. Ricardo Piglia, César Aira, Diamela Eltit, Evelio Rosero, Cristina Rivera Garza, Daniel Sada, Chico Buarque, Guadalupe Nettel y muchos más tenían argumentos de sobra para entrar. Una lista de veinte obliga a decir que no a libros que merecerían un sí, y que alguien con otro criterio habría ordenado de otra manera.

Tampoco figura nada posterior a 2019, y eso significa que los años más recientes están sin juzgar. Dentro de una década, esta lista tendrá probablemente algún título más y alguno menos. Es lo normal. Las listas sirven, sobre todo, para eso: para que alguien discuta, proponga lo que falta y se ponga a leer.

Si esta lista consigue que alguien vuelva a una novela que ya conocía, o abra por fin una que lleva años esperando en la estantería, habrá cumplido. Queda mucho siglo por delante y, a juzgar por lo visto hasta ahora, mucho que leer.

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