El siglo XX español fue, sobre todo para su literatura, un siglo de obstáculos. Una guerra civil partió en dos la vida cultural del país, obligó al exilio a una parte notable de sus mejores narradores y dejó a los que se quedaron escribiendo bajo la vigilancia de un aparato censor que tachaba páginas enteras antes de que llegaran a la imprenta. Y aun así, o precisamente por eso, la novela española de esos cien años produjo algunas de las obras más originales, más incómodas y más duraderas de toda su historia literaria.
Elegir veinte de ellas obliga a dejar fuera títulos que en cualquier otra lista podrían ocupar un lugar de honor. No ha sido un ejercicio de consenso ni de suma de menciones ajenas: es una selección propia, discutible como todas, construida a partir de un criterio doble. Por un lado, la huella real que cada novela dejó en la literatura que vino después, en la forma de contar y en la forma de leer. Por otro, su capacidad de seguir hablándole a un lector de hoy sin necesitar ya la coartada del contexto histórico que la vio nacer.
El resultado abarca desde 1911 hasta 1992, prácticamente todo el siglo, y recorre casi todas sus corrientes: el pesimismo finisecular de la Generación del 98, el tremendismo de la inmediata posguerra, el realismo social de los años cincuenta, la explosión experimental de los sesenta y setenta, y la normalización estilística que trajo la democracia. Hay novelas escritas en Madrid y novelas escritas en el exilio mexicano o parisino, novelas en castellano y una novela en catalán que ningún repaso serio de la narrativa española del siglo puede permitirse ignorar. Hay autores con premio Nobel y autores que murieron sin ver reconocido en vida el alcance real de lo que habían escrito.
Nos hemos limitado, además, a dos fronteras que conviene explicar desde el principio. La primera es geográfica: hablamos de la novela escrita en España o por autores españoles, aunque algunos la escribieran desde el exilio mexicano, argentino o francés, y dejamos fuera, a propósito, la riquísima tradición narrativa hispanoamericana del mismo periodo, que merece un repaso propio y no una mención de compromiso dentro de este. La segunda es temporal: solo entran obras publicadas entre 1900 y 1999, de modo que quedan fuera, por pura cronología, novelas que empezaron a publicarse ya iniciado el siglo XXI, por muy ligadas que estén a la memoria del siglo anterior.
Lo que sigue no es una guía de lectura escolar ni un ranking de ventas. Es un recorrido, novela a novela, por lo que consideramos que son las veinte cumbres de la ficción española del siglo pasado, empezando por la vigésima y terminando por la que, a nuestro juicio, mejor resume lo que ese siglo le hizo a la literatura y lo que la literatura le devolvió a cambio.
20. Primera memoria, de Ana María Matute (1960)
Ana María Matute tenía apenas catorce años cuando estalló la Guerra Civil, y esa memoria de infancia interrumpida atraviesa toda su obra. Primera memoria es la novela donde esa herida encuentra su forma más depurada. Ganó el Premio Nadal correspondiente a 1959 y se publicó al año siguiente, abriendo la trilogía que la autora tituló Los mercaderes.
La protagonista es Matia, una adolescente sin madre y con un padre ausente que pasa la guerra en la casa de su abuela, en una isla que el relato sitúa en Mallorca sin nombrarla nunca de forma explícita. Junto a su primo Borja, Matia descubre en un solo verano la crueldad, la hipocresía y la violencia larvada de un mundo adulto que hasta entonces solo había intuido desde fuera.
Matute construye ese descubrimiento con una prosa de una densidad casi poética, cargada de imágenes que remiten al calor, a la piedra y a la luz mediterránea, sin que ese lirismo diluya nunca la dureza de lo que cuenta. La guerra aparece siempre de forma indirecta, como un rumor que llega desde fuera de la isla, y sin embargo condiciona cada gesto de los personajes, cada alianza y cada traición.
La novela consolidó a Matute como una de las voces mayores de su generación, un lugar que la Real Academia Española terminaría reconociendo al concederle un sillón en 1996 y que la Academia sueca de los premios Cervantes ratificó en 2010, cuando recibió el galardón como culminación de una carrera dedicada casi por entero a contar la infancia rota por la guerra. Primera memoria sigue siendo, más de sesenta años después, una de las novelas de aprendizaje más exigentes que ha dado la lengua española, y una de las pocas que aborda la Guerra Civil desde la mirada de quienes eran demasiado jóvenes para entenderla del todo.
19. San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno (1931)
Miguel de Unamuno escribió San Manuel Bueno, mártir en 1930 y la publicó al año siguiente, en la etapa final de una vida dedicada a interrogar sin descanso el sentido de la fe y de la existencia. Es una obra breve, apenas una novela corta, pero concentra en sus páginas una de las preguntas más incómodas que se ha hecho la literatura española sobre la religión.
Don Manuel es el párroco de un pueblo imaginario, Valverde de Lucerna, venerado por sus feligreses por su entrega absoluta a la comunidad. Solo Lázaro, el hermano de la narradora Ángela, descubre el secreto que sostiene esa entrega: don Manuel ha perdido la fe en la vida eterna, pero sigue predicándola porque cree que sin esa esperanza sus vecinos no podrían soportar la dureza de sus vidas.
Unamuno llamó a este tipo de relatos «nivolas», un término que él mismo acuñó para distinguir su forma de narrar, más interesada en el conflicto interior de los personajes que en la trama o en la descripción minuciosa del entorno. En San Manuel Bueno, mártir esa apuesta alcanza su forma más pura: apenas hay acción, y toda la tensión del relato se sostiene en el contraste entre lo que don Manuel predica y lo que en realidad piensa.
La Iglesia católica no tardó en reaccionar: la obra fue incluida en el Índice de libros prohibidos, un reconocimiento involuntario de la profundidad con la que Unamuno había tocado un nervio sensible. Casi un siglo después, la novela se sigue leyendo como una de las reflexiones más honestas que existen sobre la distancia entre la fe pública y la duda privada, y como el testamento filosófico de uno de los pensadores más inquietos de la Generación del 98.
18. El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina (1991)
Con El jinete polaco, Antonio Muñoz Molina ganó el Premio Planeta de 1991, el galardón literario más mediático de España, en un gesto que sorprendió a una parte de la crítica más exigente. El tiempo le dio la razón al jurado: la novela se ha convertido en una de las piezas centrales de la narrativa española de finales de siglo.
El libro construye la historia de Mágina, una ciudad imaginaria que es trasunto directo de Úbeda, la localidad jienense donde nació el propio Muñoz Molina. A través de la memoria de su protagonista, Manuel, la novela recorre más de un siglo de historia española, desde el magnicidio del general Prim en 1870 hasta la Guerra del Golfo de 1990, entrelazando la crónica familiar con la Historia con mayúscula.
Esa ambición estructural convierte a El jinete polaco en una de las novelas españolas más conscientes de su propio oficio de recuperar el pasado. Muñoz Molina no narra la historia desde fuera, como un cronista distante, sino desde el interior de una memoria familiar hecha de fotografías, objetos heredados y relatos orales que se han ido transmitiendo de generación en generación hasta llegar, deformados y a la vez reveladores, a quien los recibe.
La crítica española reconoció pronto el valor de esa propuesta: el diario El Mundo la incluyó años después entre las cien mejores novelas en español del siglo, y Muñoz Molina recibiría en 2013 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por el conjunto de una obra que El jinete polaco había terminado de consolidar. Es, junto a La ciudad de los prodigios, una de las grandes novelas de la memoria histórica que dio la España de la democracia recién asentada.
17. La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda (1962)
Ninguna lista seria de la novela española del siglo XX puede prescindir de una obra escrita en catalán, y La plaça del Diamant, en su título original, es la candidata más evidente. Publicada en 1962, se ha traducido a más de cuarenta idiomas y está considerada, sin apenas discusión, la obra maestra de Mercè Rodoreda y una de las cumbres de toda la literatura catalana contemporánea.
La novela sigue a Natàlia, a quien todos llaman Colometa, desde su juventud en el barcelonés barrio de Gràcia, durante los años de la Segunda República, hasta la Guerra Civil y la larga posguerra que siguió. En ese tránsito, Colometa pierde a las personas que ama, pasa hambre, cría a sus hijos entre privaciones y va transformando, casi sin darse cuenta, su manera de entenderse a sí misma.
Rodoreda escribe casi toda la novela desde dentro de la conciencia de Colometa, con un monólogo interior que mezcla el detalle doméstico más pequeño con las grandes conmociones históricas, sin jerarquizar nunca lo uno por encima de lo otro. Esa decisión narrativa, que podría parecer modesta, es en realidad una toma de posición: la Historia no se cuenta aquí desde los despachos ni desde los frentes de batalla, sino desde una cocina, un patio interior y una plaza de mercado.
La plaza del Diamante recuerda, además, algo que conviene no olvidar al repasar la narrativa española del siglo pasado: que buena parte de sus mejores páginas se escribieron fuera del castellano, en catalán, en gallego o en euskera, y que ignorar esas literaturas empobrece cualquier balance del periodo. La novela de Rodoreda, escrita en gran parte durante su propio exilio en Ginebra, es la prueba más contundente de esa riqueza.
16. Corazón tan blanco, de Javier Marías (1992)
Cuando se publicó Corazón tan blanco en 1992, Javier Marías llevaba ya varias novelas publicadas, pero fue esta la que lo convirtió en una referencia internacional. La traducción inglesa, obra de Margaret Jull Costa, le valió en 1997 el Premio Literario Internacional IMPAC de Dublín, uno de los reconocimientos más importantes que puede recibir hoy una novela traducida al inglés.
El punto de partida es un intérprete de conferencias, Juan, recién casado, que empieza a intuir un secreto largamente oculto en las dos primeras esposas de su padre. La primera murió sin que nadie hablara nunca de ella; la segunda, hermana mayor de la madre de Juan, se quitó la vida poco después de la boda. A partir de esa intuición, la novela se convierte en una exploración morosa de lo que las familias deciden no contarse.
El estilo de Marías es quizá lo más reconocible de la novela: frases largas, llenas de incisos y de matizaciones sucesivas, que avanzan por aproximaciones antes de llegar a una afirmación y que a menudo se detienen a examinar sus propias palabras mientras las pronuncian. Esa prosa, deudora en parte de la tradición anglosajona que Marías conocía bien como traductor, resultaba entonces poco habitual en la narrativa española y abrió una vía estilística que después seguirían otros autores.
Corazón tan blanco plantea, en el fondo, una pregunta incómoda sobre el conocimiento: si es preferible saber la verdad sobre quienes amamos o protegernos de ella con el silencio. Marías no ofrece una respuesta cómoda, y esa negativa a resolver la tensión moral de la novela es, probablemente, la razón de que siga leyéndose con la misma inquietud más de tres décadas después de su publicación.
15. El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite (1978)
Carmen Martín Gaite obtuvo con El cuarto de atrás el Premio Nacional de Narrativa de 1978, un reconocimiento que consolidó una trayectoria que había empezado décadas antes con novelas como Entre visillos. Es, de las veinte obras de esta lista, una de las que más abiertamente juega con los límites entre la memoria, la ficción y el sueño.
La narradora, una escritora que se le parece mucho a la propia Martín Gaite, recibe de noche la visita de un misterioso hombre vestido de negro que la interroga sobre su vida y, sobre todo, sobre su infancia durante la posguerra. La conversación, que se prolonga durante horas, va desbloqueando recuerdos de la España franquista, del racionamiento, de la censura y de la educación que se impartía entonces a las niñas, mientras la frontera entre lo que ocurre de verdad esa noche y lo que la narradora imagina se vuelve cada vez más difícil de trazar.
Martín Gaite escribió la novela en un momento de transición política evidente, apenas tres años después de la muerte de Franco, y ese contexto explica en parte su interés por revisar la memoria de la dictadura desde una distancia todavía muy próxima. Pero El cuarto de atrás no es un ajuste de cuentas: es, sobre todo, una reflexión sobre el propio acto de recordar y de escribir, sobre cómo la memoria reconstruye el pasado en lugar de limitarse a reproducirlo.
Su influencia en la narrativa española posterior, sobre todo en la escrita por mujeres, ha sido notable. Martín Gaite demostró que la autoficción y la reflexión metaliteraria podían combinarse con una prosa cálida y accesible, sin caer nunca en el hermetismo que otras novelas experimentales de la época sí asumían como parte de su propuesta.
14. Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender (1953)
Pocas novelas del siglo condensan la tragedia de la Guerra Civil en tan pocas páginas como Réquiem por un campesino español. Ramón J. Sender la escribió en el exilio, la publicó por primera vez en México en 1953 bajo el título Mosén Millán y la rebautizó con su nombre definitivo en una edición de 1960.
La estructura es tan sencilla como eficaz: mientras el sacerdote Mosén Millán se prepara para oficiar una misa de réquiem en el aniversario de la muerte de Paco el del Molino, un joven campesino que había liderado las reivindicaciones de los jornaleros de su pueblo, va desgranando en su memoria los hechos que llevaron a la ejecución de Paco. Poco a poco queda claro que el propio Millán, atrapado entre su fidelidad a la Iglesia y su afecto por el muchacho al que había bautizado, tuvo un papel decisivo en la delación que acabó con su vida.
Sender no necesita describir batallas ni escenarios épicos para retratar la Guerra Civil: le basta un pueblo, un cura y un campesino para exponer la complicidad de una parte de la Iglesia católica con la represión franquista, y la culpa que esa complicidad dejó en quienes, como Millán, se limitaron a mirar hacia otro lado mientras podían haber actuado.
La novela no pudo publicarse en España hasta muchos años después de escrita, otra víctima más de la censura que empujó al exilio a buena parte de los mejores narradores de su generación. Hoy se estudia en institutos de toda España como una introducción directa y sin adornos a la violencia de la contienda, y sigue siendo, más de setenta años después, una de las condenas literarias más precisas que se han escrito sobre la Guerra Civil.
13. El árbol de la ciencia, de Pío Baroja (1911)
Pío Baroja publicó El árbol de la ciencia en 1911, en plena madurez de la Generación del 98, y la crítica coincide en señalarla como una de las novelas donde mejor se condensa el pesimismo existencial de ese grupo de escritores marcados por la crisis de fin de siglo.
Su protagonista, Andrés Hurtado, es un estudiante de medicina en el Madrid de finales del XIX que observa con desapego y desencanto crecientes la miseria moral e intelectual que lo rodea, tanto en la facultad como en la sociedad madrileña en general. Cuando termina sus estudios y se instala como médico en el pueblo ficticio de Alcolea, descubre que el caciquismo rural es, si cabe, todavía más asfixiante que la capital que había querido dejar atrás.
El contrapunto filosófico de la novela lo pone su tío, el doctor Iturrioz, defensor de un vitalismo pragmático que se opone al racionalismo desengañado de Andrés. Ese diálogo entre las dos posturas, que Baroja no resuelve a favor de ninguna, convierte a la novela en algo más que un retrato de costumbres: es una discusión filosófica encarnada en personajes de carne y hueso, con ecos del pesimismo que entonces circulaba por buena parte de la filosofía europea.
Baroja escribía con una prosa deliberadamente antirretórica, seca y directa, que él mismo reivindicaba frente al estilo más ornamentado de otros escritores de su tiempo. Esa economía verbal, que tanto influiría después en narradores como Ernest Hemingway, confesado admirador suyo, convierte a El árbol de la ciencia en una lectura que ha envejecido con una naturalidad poco frecuente entre las novelas de su generación.
El árbol de la ciencia forma parte, junto a La busca y Camino de perfección, del conjunto de novelas con las que Baroja definió su visión desencantada de la España de su tiempo, pero es esta, por la solidez de su construcción y por la hondura de su discusión filosófica, la que mejor ha resistido el paso de las décadas. El propio Hemingway llegó a visitar a Baroja poco antes de su muerte, en 1956, para expresarle una admiración que había declarado en repetidas ocasiones a lo largo de su carrera, un gesto que dice mucho del alcance que la prosa desnuda del escritor vasco tuvo fuera de las fronteras españolas.
12. Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé (1966)
Juan Marsé ganó con Últimas tardes con Teresa el Premio Biblioteca Breve de 1965, uno de los galardones más prestigiosos de la narrativa española de la época, concedido por la editorial Seix Barral. La novela se publicó al año siguiente y se convirtió de inmediato en una de las radiografías más certeras de la Barcelona dividida por la clase social.
Su protagonista, Manolo, apodado el Pijoaparte, es un joven de origen humilde que se presenta en los ambientes acomodados de la ciudad con una moto robada y una capacidad de fabulación que le permite hacerse pasar por alguien que no es. Su objetivo inicial es Maruja, criada de la adinerada familia Serrat, pero el verdadero interés de Manolo acaba desplazándose hacia Teresa, la hija universitaria y políticamente inquieta de esa misma familia.
Marsé enfrenta en la novela dos Barcelonas que apenas se rozan: el barrio del Carmelo, poblado por emigrantes llegados de otras regiones de España a los que entonces se llamaba despectivamente charnegos, y el barrio residencial de San Gervasio, con sus jóvenes universitarios de izquierdas que hablan de revolución sin haber conocido nunca la escasez. El choque entre ambos mundos, encarnado en la relación entre Manolo y Teresa, revela la distancia entre el compromiso político declarado de la burguesía catalana progresista y su incapacidad real de cruzar la frontera de clase.
Con el tiempo, Últimas tardes con Teresa se ha convertido en una referencia obligada para entender la Barcelona de los años sesenta y en una de las novelas donde el desclasamiento social español encontró su relato más lúcido, sin caer nunca en la caricatura ni en la condescendencia hacia ninguno de sus personajes.
11. Señas de identidad, de Juan Goytisolo (1966)
Juan Goytisolo no pudo publicar Señas de identidad en España. La novela salió en 1966 de la editorial mexicana Joaquín Mortiz y permaneció prohibida en su país de origen hasta 1976, ya con Franco muerto, en uno de los episodios más claros de lo que significaba escribir literatura comprometida bajo la dictadura.
El protagonista, Álvaro Mendiola, es un fotógrafo barcelonés exiliado en París que regresa enfermo a España en el verano de 1963. Ese regreso, planteado casi como una investigación personal, funciona como detonante para que Álvaro reconstruya su infancia, su juventud y la historia reciente de una España que ya no reconoce del todo como propia.
Goytisolo rompe con la linealidad narrativa y combina distintos registros: fragmentos de diario, reportaje periodístico, monólogo interior y hasta transcripciones de documentos oficiales, en una estructura que reflejaba el propio desconcierto identitario de su protagonista. Esa voluntad de ruptura formal situaba a Goytisolo entre los autores más radicalmente experimentales de su generación, en sintonía con lo que por entonces ocurría en otras literaturas europeas y latinoamericanas.
Señas de identidad abre la trilogía que Goytisolo completaría con Reivindicación del conde don Julián, de 1970, y Juan sin tierra, de 1975, tres novelas centradas en el mismo personaje que trazan, en conjunto, una de las revisiones más ácidas que se han escrito sobre la identidad española del franquismo. Goytisolo pagó ese compromiso con años de exilio y de prohibición, pero su trilogía ha acabado siendo reconocida como una de las cumbres de la narrativa española de posguerra, tan importante por lo que cuenta como por la forma, entonces insólita, en que decidió contarlo.
El reconocimiento definitivo llegaría décadas después, con el Premio Cervantes que recibió en 2014, ya instalado desde hacía años en Marrakech y convertido en una de las voces más independientes y menos acomodaticias de las letras españolas contemporáneas. Goytisolo nunca dejó de mirar a España con la misma distancia crítica que había adoptado en Señas de identidad, y esa coherencia es, quizá, lo que más ha envejecido bien de toda su obra.
10. La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza (1986)
Eduardo Mendoza publicó en 1986, con Seix Barral, La ciudad de los prodigios, una novela que se propone contar la transformación de Barcelona entre 1888 y 1929, es decir, entre las dos Exposiciones Universales que la ciudad organizó en ese periodo y que marcaron su conversión definitiva en una gran metrópoli europea.
El hilo conductor es Onofre Bouvila, un joven llegado del campo catalán sin recursos ni apellidos que va escalando posiciones en la ciudad a través de negocios cada vez menos confesables: primero como repartidor de panfletos revolucionarios, después mezclado en la delincuencia urbana, y finalmente como magnate de la especulación inmobiliaria y del incipiente negocio del cine. Tres mujeres distintas resultan decisivas en cada etapa de ese ascenso, aunque ninguna llega a ocupar en la vida de Onofre el lugar que su ambición reserva solo para sí misma.
Mendoza no escribe una novela histórica al uso, con la pretensión de reconstruir fielmente cada episodio documentado de la Barcelona de la época. Prefiere construir algo parecido a una mitología urbana, una memoria colectiva amplificada por la exageración y el humor, en la que la ciudad misma funciona casi como un personaje más, tan ambicioso y tan poco escrupuloso como su protagonista.
Esa mezcla de rigor histórico y libertad narrativa convirtió a La ciudad de los prodigios en una de las novelas más leídas de la España de los años ochenta y en una referencia obligada para entender cómo la narrativa española, ya sin la presión de la censura franquista, empezaba a mirar el pasado con una ambición formal que antes le había resultado casi imposible.
La trayectoria posterior de Mendoza confirmaría el talento que esta novela ya anunciaba: el conjunto de su obra, cada vez más orientada hacia la comedia y la parodia de los géneros populares, le valdría en 2016 el Premio Cervantes, el reconocimiento más alto de las letras en español. Pero es en La ciudad de los prodigios, con su equilibrio entre la épica urbana y el humor socarrón, donde ese talento alcanzó su forma más ambiciosa.
9. La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza (1975)
Antes de La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza había debutado en la novela con La verdad sobre el caso Savolta, publicada en 1975, el mismo año de la muerte de Franco. La obra, que originalmente iba a titularse Los soldados de Cataluña hasta que la censura obligó a cambiarle el nombre, obtuvo el Premio de la Crítica de narrativa castellana y se considera, con razón, el punto de arranque de la llamada nueva novela española.
La trama se sitúa en la Barcelona convulsa de 1917 a 1919, durante los años del pistolerismo patronal y sindical, y se cuenta como el testimonio que un abogado, Javier Miranda, presta diez años después en un juicio. Miranda trabaja para un despacho vinculado al empresario de origen francés Paul-André Lepprince, se enamora de una bailarina llamada María Coral y asiste, cada vez más comprometido, al enfrentamiento entre el capital industrial y un movimiento obrero que empieza a organizarse con una violencia equiparable a la que recibe. La muerte de Lepprince, rodeada de ambigüedad, cierra la novela sin resolver del todo sus enigmas.
Lo que hizo de esta novela un hito no fue solo su ambientación histórica, sino la manera en que Mendoza mezclaba géneros hasta entonces poco frecuentados con seriedad por la narrativa española seria: la novela de intriga, el folletín por entregas y la crónica social conviven aquí sin que ninguno se imponga sobre los demás.
Esa hibridación genérica, unida a una prosa ágil y a una estructura de rompecabezas narrativo, marcó un antes y un después. Tras años de novela experimental de difícil acceso para el gran público, Mendoza demostró que se podía escribir literatura ambiciosa y, al mismo tiempo, absolutamente legible, un equilibrio que buena parte de la narrativa española posterior a la Transición terminaría adoptando como propio.
8. La saga/fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester (1972)
Gonzalo Torrente Ballester tenía ya más de sesenta años cuando publicó, en 1972, la novela que terminaría por convertirlo en un clásico vivo de las letras españolas. La saga/fuga de J.B. obtuvo ese mismo año el Premio de la Crítica y el Premio Ciudad de Barcelona, y el propio José Saramago llegaría a decir de su autor que ocupaba «una silla vacía a la derecha de Cervantes», un elogio que resume bien el lugar que la crítica terminó por concederle.
La novela transcurre en Castroforte del Baralla, una localidad gallega imaginaria de la que desaparece de forma misteriosa una reliquia sagrada. A partir de ese suceso, Torrente Ballester despliega una estructura circular en la que distintas épocas históricas se superponen, y en la que aparecen, una y otra vez, personajes cuyas iniciales son siempre J.B., como si la historia del pueblo estuviera condenada a repetirse bajo distintas máscaras. La rivalidad con la vecina Villasanta de la Estrella añade una capa más de sátira sobre las pequeñas patrias y sus mitologías locales.
Torrente Ballester escribe con un humor corrosivo, cargado de juegos de palabras, citas eruditas y guiños literarios, que convierte la lectura en un ejercicio casi lúdico sin renunciar por ello a la ambición formal. La novela dialoga abiertamente con la tradición del realismo mágico entonces en auge en Hispanoamérica, pero lo hace desde una sensibilidad gallega muy particular, más escéptica y más burlona que la de sus contemporáneos americanos.
Con esta novela, Torrente Ballester inauguró además una trilogía fantástica que confirmó su lugar entre los grandes renovadores de la narrativa española de los setenta, un reconocimiento que se completaría en 1985 con el Premio Cervantes y en 1982 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que ese año compartió, no por casualidad, con Miguel Delibes.
7. Los santos inocentes, de Miguel Delibes (1981)
Miguel Delibes publicó Los santos inocentes en 1981, en plena madurez literaria, y con ella entregó una de las denuncias más contundentes que se han escrito sobre la España rural del franquismo. La novela retrata la vida de una familia de jornaleros en un cortijo situado en la raya entre Extremadura y Portugal, durante los años sesenta, bajo el dominio absoluto de una familia de señoritos.
Azarías, un hombre con discapacidad intelectual, ha desarrollado a lo largo de su vida un vínculo casi místico con los animales, en particular con una grajilla a la que ha domesticado y a la que quiere como si fuera lo único verdaderamente suyo en el mundo. Su cuñado, Paco el Bajo, sirve al señorito Iván con una sumisión que Delibes describe con un cuidado casi antropológico, mostrando cómo la servidumbre se ha convertido, para Paco, en una segunda naturaleza. Cuando el señorito Iván mata al pájaro de Azarías en un gesto de puro capricho, la novela se precipita hacia un desenlace de violencia contenida durante generaciones.
Delibes escribe con una prosa depurada al máximo, casi sin subordinadas, que imita el habla oral de sus personajes sin caer nunca en el pintoresquismo. Esa economía de medios, lejos de empobrecer el relato, intensifica la sensación de opresión que atraviesa cada página: en Los santos inocentes no hace falta un adjetivo de más para transmitir la humillación cotidiana de quienes viven bajo el yugo del latifundio.
La adaptación cinematográfica que Mario Camus dirigió en 1984 llevó la novela a un público todavía más amplio, y el galardón compartido que obtuvieron en el Festival de Cannes los actores Alfredo Landa y Francisco Rabal certificó la fuerza de unos personajes que Delibes había construido con una precisión casi documental. Pocas novelas españolas han retratado con tanta contundencia la violencia estructural del mundo rural preindustrial.
6. El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (1956)
Rafael Sánchez Ferlosio ganó con esta novela el Premio Nadal de 1955, y su publicación en 1956 supuso un terremoto silencioso en la narrativa española: por primera vez, un autor llevaba hasta sus últimas consecuencias la técnica objetivista que el realismo social venía tanteando desde hacía años.
La trama, si puede llamarse así, es mínima: once jóvenes madrileños de extracción trabajadora deciden pasar un domingo de calor extremo bañándose en el río Jarama, a las afueras de la capital. Durante dieciséis horas, Sánchez Ferlosio registra sus conversaciones, sus bromas, sus pequeñas rivalidades y su tedio, hasta que un suceso trágico al final de la jornada revela, de golpe, la fragilidad de esas vidas que hasta entonces habían parecido dedicadas solo a matar el tiempo.
Lo verdaderamente radical de la novela es su método: una narración en tercera persona que se limita, casi como una cámara, a registrar lo que se ve y lo que se oye, sin adentrarse apenas en la conciencia de los personajes ni ofrecer explicaciones psicológicas de sus actos. El jurado del Premio Nadal destacó especialmente la calidad de los diálogos, construidos con un oído asombroso para el habla popular madrileña, sin caer nunca en la caricatura costumbrista.
El Jarama se convirtió, casi de inmediato, en el modelo a seguir del realismo social español, la corriente que dominó buena parte de la narrativa de los años cincuenta como respuesta indirecta a la censura: contar la vida cotidiana de la gente corriente era también, a su manera, una forma de denunciar la miseria moral y material de la posguerra sin necesidad de decirlo de forma explícita. Pocas novelas han conseguido, con tan poca trama aparente, decir tanto sobre el tiempo que les tocó retratar.
5. Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes (1966)
Diez años antes de Los santos inocentes, Miguel Delibes ya había firmado con Cinco horas con Mario una de las novelas más originales de la narrativa española de los sesenta. Publicada en 1966, construye toda su acción en torno a un solo personaje, Carmen, una mujer de clase media que vela durante una noche entera el cadáver de su marido, Mario Díez, recién fallecido.
A lo largo de esas cinco horas, Carmen habla sin cesar, como si Mario todavía pudiera escucharla, y va desgranando reproches acumulados durante años de matrimonio: sus ideas políticas, que ella considera peligrosas e ingenuas; su desapego por el dinero y las apariencias; su falta de ambición profesional. El monólogo, organizado en torno a pasajes bíblicos que el propio Mario había subrayado en vida, se convierte en un retrato demoledor de la mentalidad conservadora, católica y materialista de buena parte de la burguesía provinciana española de la época.
Delibes construye ese monólogo con un dominio absoluto del habla coloquial, reproduciendo los circunloquios, las contradicciones y los prejuicios de Carmen sin necesidad de comentarlos desde fuera: el lector saca sus propias conclusiones sobre quién tenía razón en ese matrimonio precisamente porque la voz narrativa nunca se lo dice de forma explícita. Esa ironía silenciosa es, probablemente, el mayor logro técnico de la novela.
Lo que hace de Cinco horas con Mario algo más que un ejercicio de estilo es su radiografía de las dos Españas que convivían, a menudo bajo el mismo techo, durante el franquismo: la España resignada, temerosa y aferrada a las formas que encarna Carmen, y la España silenciada, idealista y finalmente derrotada que representa Mario, ya mudo para siempre cuando empieza la novela. Pocas obras han retratado con tanta agudeza esa distancia sin necesidad de que sus dos protagonistas lleguen a discutir jamás cara a cara.
4. Nada, de Carmen Laforet (1945)
Carmen Laforet tenía solo veintitrés años cuando Nada ganó, en 1944, la primera edición del Premio Nadal, el galardón que con el tiempo se convertiría en uno de los más prestigiosos de las letras españolas. La novela se publicó en 1945 y causó una conmoción inmediata en un ambiente literario todavía dominado por hombres mucho mayores que ella.
Andrea, la protagonista, llega a Barcelona con una beca para estudiar en la universidad, con la ilusión de reencontrarse con la familia acomodada que recuerda de su infancia. Lo que encuentra en la casa de la calle Aribau es muy distinto: una vivienda en ruinas habitada por una tía autoritaria, un tío músico frustrado que sobrevive del estraperlo y otro tío violento e inestable, todos atrapados en rencores familiares que se remontan a la guerra recién terminada.
Laforet describe esa decadencia doméstica con una prosa directa, casi despojada de artificio, que contrastaba con el estilo más retórico habitual en la narrativa española de la época. A través de la amistad de Andrea con Ena, una compañera de universidad de familia acomodada y armoniosa, la novela plantea un contraste constante entre dos formas opuestas de vivir la posguerra: la miseria moral y material de la casa de Aribau y la promesa, todavía lejana, de una vida distinta.
Nada está considerada una de las obras fundacionales del existencialismo en la literatura española de posguerra, y también una de las primeras novelas que retrató sin idealización el hambre, la frustración y la violencia latente que dejó la guerra en el interior de las familias, más allá de los frentes de batalla. Ochenta años después de su publicación, sigue siendo una de las novelas de iniciación más leídas de la lengua española, y la prueba de que la literatura escrita por mujeres jóvenes podía, ya entonces, competir de igual a igual con la de sus contemporáneos consagrados.
3. La colmena, de Camilo José Cela (1951)
Camilo José Cela no pudo publicar La colmena en España. La novela salió en 1951 de la editorial argentina Emecé, en Buenos Aires, porque la censura franquista consideraba inadmisible su retrato descarnado de la miseria moral y material del Madrid de la posguerra. No se autorizó una edición española hasta 1963, y aun así con cortes.
La novela reúne a más de trescientos personajes que pululan, durante apenas tres días de diciembre de 1943, por los cafés, las pensiones y las calles de un Madrid hambriento y desconfiado. Cela organiza el relato en más de doscientos fragmentos breves, distribuidos en seis capítulos y un epílogo final, sin que exista un protagonista único que sostenga la trama: la verdadera protagonista es la ciudad entera, entendida como una colmena en la que cada personaje ocupa una celda minúscula de una estructura mucho más grande que él.
Esa estructura coral, deudora en parte de la tradición del esperpento de Valle-Inclán y del montaje cinematográfico, permitía a Cela sortear en parte la vigilancia censora: al fragmentar la denuncia social entre cientos de voces distintas, ninguna resultaba, por sí sola, tan explícita como para justificar una prohibición inmediata, aunque finalmente tampoco evitó la censura. El resultado es un fresco colectivo en el que la miseria, el estraperlo, la prostitución y la resignación aparecen retratados con un naturalismo que ninguna otra novela española de la época se había atrevido a mostrar con tanta amplitud.
La colmena está considerada, sin apenas discusión entre los especialistas, la novela más importante de la literatura española de la inmediata posguerra, y una pieza decisiva en la concesión del Premio Nobel de Literatura que Cela recibiría en 1989. Casi ocho décadas después de su publicación clandestina en el exilio, sigue siendo el retrato más completo que existe del Madrid derrotado de los años del hambre.
2. Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos (1961)
Pocas novelas han cambiado tan radicalmente el rumbo de una literatura nacional como Tiempo de silencio. Luis Martín-Santos, psiquiatra de profesión y novelista casi por accidente, la publicó en 1961 con la editorial Seix Barral, y su aparición se considera, con razón, el momento en que la narrativa española rompió definitivamente con el realismo social que había dominado la década anterior.
Pedro, su protagonista, es un joven médico investigador que trabaja en el estudio del cáncer utilizando ratones de laboratorio. Cuando la escasez de ejemplares lo obliga a buscar ratones en las chabolas de la periferia madrileña, Pedro entra en contacto con un mundo de miseria que no conocía y que acabará arrastrándolo a una tragedia ajena: la muerte de una joven, Florita, a consecuencia de un aborto clandestino practicado por su madre, desencadena una persecución policial contra Pedro que termina arruinando su carrera y, más tarde, provoca un asesinato por venganza que cierra la novela con una violencia seca y sin paliativos.
La verdadera revolución de Tiempo de silencio no está tanto en su argumento como en su lenguaje. Martín-Santos incorpora a la narrativa española el monólogo interior de raíz joyceana, las digresiones eruditas del narrador, el perspectivismo y una ironía descriptiva que se permite parodiar, en plena narración, el estilo grandilocuente de la retórica oficial franquista. La novela prescinde de capítulos convencionales y se organiza en sesenta y tres secuencias separadas por espacios en blanco, una estructura tan deliberadamente antinaturalista como su prosa.
La censura no pasó por alto esa audacia: la primera edición perdió veinte páginas completas, entre ellas cuatro capítulos enteros y un fragmento ambientado en un prostíbulo, y una segunda edición de 1965 recuperó parte de ese material mientras introducía nuevos cortes. Martín-Santos moriría en 1964, a los treinta y nueve años, en un accidente de tráfico, sin llegar a ver publicada una versión íntegra de su obra maestra. Aun así, Tiempo de silencio abrió de un solo golpe la puerta a la novela experimental española de los años sesenta y setenta, y ningún narrador español posterior pudo ya escribir como si esa novela no hubiera existido.
1. La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela (1942)
Si hay una sola novela capaz de resumir lo que la Guerra Civil y la posguerra le hicieron a la literatura española, esa es La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela la publicó en 1942, con apenas veinticinco años, a través de la editorial Aldecoa, y con ella no solo inauguró su propia carrera, sino toda una corriente literaria: el tremendismo, que llevaría la crudeza y la violencia a un primer plano que la narrativa española de preguerra apenas se había atrevido a explorar.
La novela se presenta como el relato en primera persona que Pascual Duarte escribe mientras espera su ejecución, condenado por una serie de crímenes que incluyen el asesinato de su propia madre. A lo largo de esa confesión, que abarca desde 1882 hasta 1937, Pascual repasa una vida marcada desde la infancia por la miseria, la violencia doméstica y una fatalidad que parece perseguirlo sin darle nunca la oportunidad de escapar de su destino.
El impacto de la novela fue inmediato: sus dos primeras ediciones provocaron tal escándalo por la crudeza de sus escenas que en menos de un año fue retirada de la circulación, y Cela tuvo que publicar en diciembre de 1943 una versión corregida para poder seguir distribuyéndola. Ese mismo escándalo es la mejor prueba de que Cela había tocado algo que la literatura oficial del régimen prefería no mirar de frente: la miseria rural, la violencia heredada de generación en generación y la ausencia casi total de justicia para quienes nacían del lado equivocado de la sociedad.
La crítica ha comparado en más de una ocasión el fatalismo de Pascual Duarte con el de los personajes de Albert Camus, aunque Cela llegó a esa desolación existencial por una vía propia, forjada en el naturalismo español y en la tradición picaresca, y no por influencia directa del existencialismo francés. Con el tiempo, Cela recibiría el Premio Cervantes en 1995 y el Premio Nobel de Literatura en 1989, en gran parte por el camino que esta primera novela había abierto. Ocho décadas después de su publicación, La familia de Pascual Duarte sigue siendo, a nuestro juicio, la novela que mejor inaugura y mejor resume el siglo que la vio nacer: la que primero se atrevió a mirar de frente la parte más oscura de la España del siglo XX, y la que demostró que la literatura podía seguir diciendo la verdad incluso cuando el país entero parecía empeñado en silenciarla.
Un siglo que no ha terminado de leerse
Repasar estas veinte novelas de corrido deja una impresión clara: la literatura española del siglo XX no fue nunca un territorio tranquilo. Se escribió contra la censura, contra el exilio, contra el olvido impuesto y, en más de una ocasión, contra la propia lengua en la que se publicaba, cuando esa lengua no era el castellano sino el catalán de Mercè Rodoreda. Cada una de estas obras es, en algún sentido, un acto de resistencia frente a algo que intentaba impedir que se escribieran.
Faltan, inevitablemente, nombres que muchos lectores echarán en falta. No hemos incluido aquí ni el teatro esperpéntico de Valle-Inclán ni la poesía narrativa de Machado o Lorca, por tratarse de géneros distintos a la novela, aunque su sombra recorra buena parte de estas veinte obras. Tampoco hemos dado cabida a la generación de narradores que empezaba a publicar justo cuando terminaba el siglo, como Javier Cercas o Almudena Grandes, porque sus novelas más determinantes llegarían ya entrado el siglo XXI y merecen, por tanto, un repaso propio y distinto a este.
Lo que queda, en cualquier caso, es un mapa razonablemente completo de cómo la novela española pasó del pesimismo finisecular de Baroja y Unamuno al tremendismo de posguerra, de ahí al realismo social de los años cincuenta, después a la explosión experimental de los sesenta y los setenta, y finalmente a la normalización estilística y temática que trajo la democracia. Ningún país que haya atravesado un siglo tan convulso puede presumir de una narrativa cómoda, y la española, con toda su crudeza, tampoco lo fue nunca. Fue, sencillamente, honesta con su tiempo, y esa honestidad es la que sigue haciendo que estas veinte novelas se lean hoy con la misma urgencia con la que se escribieron.