El siglo XX encontró a América Latina en plena efervescencia y la dejó, cien años después, convertida en uno de los grandes centros de gravedad de la novela mundial. En ese trayecto hubo guerras civiles, dictaduras que duraron décadas, exilios que cruzaron océanos y una lengua, el español, que en el continente se hizo también quechua, guaraní y náhuatl sin dejar de ser español. El resultado fue una narrativa que no se parecía a nada de lo que se escribía en Europa, aunque dialogara todo el tiempo con ella.
Elegir veinte novelas de ese siglo obliga a dejar fuera nombres que en cualquier otra lista tendrían un lugar asegurado. No ha sido un ejercicio de consenso ni una suma de premios ajenos: es una selección propia, discutible como todas, construida sobre dos preguntas. Por un lado, qué huella dejó cada novela en la narrativa que vino después. Por otro, si esa novela sigue hablándole a un lector de hoy sin necesitar ya la muleta del contexto que la vio nacer.
El resultado recorre casi todo el siglo, desde 1924 hasta 1998, y cruza fronteras que en la práctica literaria casi nunca se respetan: hay novelas de la selva amazónica y de la pampa argentina, del altiplano andino y de La Habana nocturna, del sertón brasileño y de una cárcel de Buenos Aires. Hemos incluido, a propósito, una obra escrita en portugués, porque ignorar la tradición brasileña empobrece cualquier balance serio de lo que Latinoamérica le dio a la novela en esos cien años.
También hemos preferido, en más de una ocasión, apartarnos del canon más repetido para dar espacio a nombres que la crítica ha tratado con menos generosidad de la que merecen, en particular varias escritoras cuya obra estuvo, durante décadas, a la sombra de sus maridos o de sus contemporáneos varones. No está aquí Jorge Luis Borges, el escritor argentino más influyente del siglo en cualquier idioma, porque nunca escribió una novela: su genio fue el cuento y el ensayo, géneros que exigirían una lista propia. Tampoco están los grandes poetas del continente, de Pablo Neruda a César Vallejo, por la misma razón de género literario. Y quedan fuera, por pura cronología, las novelas que Roberto Bolaño y otros publicarían ya entrado el siglo XXI, por mucho que su sombra se proyecte sobre todo lo anterior.
Hemos puesto, además, un límite temporal estricto: solo entran obras publicadas entre 1900 y 1999. Eso deja fuera, aunque su genealogía las haga casi inevitables de mencionar, novelas como 2666 de Bolaño, publicada de forma póstuma en 2004, o buena parte de la narrativa de Isabel Allende y de otros autores que siguieron escribiendo bien entrado el nuevo siglo.
Lo que sigue es un recorrido, de la vigésima a la primera, por las novelas que, a nuestro juicio, mejor resumen lo que ese siglo le hizo a la ficción latinoamericana y lo que la ficción latinoamericana le devolvió al mundo a cambio.
20. Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes (1926)
Ricardo Güiraldes nació en 1886 en el seno de una familia acomodada de Buenos Aires que, cuando el niño tenía apenas un año, se trasladó a vivir a París. Allí aprendió primero francés y alemán, y solo después el castellano que terminaría siendo la lengua de su obra. Esa doble pertenencia, entre el cosmopolitismo europeo y las estancias bonaerenses de su infancia, marcaría toda su literatura.
Sus primeros libros, publicados en 1915, pasaron casi inadvertidos. Fue once años después, con Don Segundo Sombra, cuando Güiraldes encontró la voz que lo llevaría a la fama. La novela narra en primera persona la historia de Fabio Cáceres, un joven que aprende de un arriero, Segundo Ramírez Sombra, todo lo necesario para convertirse en hombre y en resero de la pampa.
El libro se inscribe en la tradición gauchesca inaugurada por el Martín Fierro de José Hernández, pero la renueva con una prosa cuidada y una mirada nostálgica hacia un mundo, el de los gauchos itinerantes, que ya se extinguía frente al avance del ferrocarril y del alambrado. Güiraldes había cofundado un año antes, junto a Jorge Luis Borges, la revista vanguardista Proa, y esa doble filiación entre la modernidad literaria y el mundo rural atraviesa toda la novela.
El éxito fue inmediato, pero Güiraldes no llegó a disfrutarlo demasiado. En 1927, durante un viaje a Francia, la enfermedad de Hodgkin que padecía se agravó y murió en París a los cuarenta y un años. Su cuerpo fue repatriado a San Antonio de Areco, el pueblo bonaerense de su infancia, y en el cortejo fúnebre encabezó la comitiva de paisanos el propio Segundo Ramírez, el resero real en quien se había inspirado el protagonista de su novela más célebre.
19. La vorágine, de José Eustasio Rivera (1924)
José Eustasio Rivera nació en 1888 en una familia campesina del Huila colombiano y se formó como abogado antes de dedicarse a la literatura y a la función pública. En 1924 publicó en Bogotá La vorágine, la novela que lo convertiría, todavía hoy, en una de las voces más influyentes de las letras colombianas después de Gabriel García Márquez.
La novela cuenta en primera persona la huida de Arturo Cova, que escapa de las convenciones de la sociedad bogotana junto a su compañera Alicia hacia los llanos orientales. Separado de ella, Cova se interna en la selva amazónica en su búsqueda y es testigo directo de la esclavitud a la que la casa cauchera peruana Arana sometía a miles de trabajadores indígenas y colonos.
Rivera no escribía desde la distancia: como miembro de comisiones investigadoras del Congreso colombiano, había denunciado públicamente la corrupción en contratos petroleros y ferroviarios, y esa misma voluntad de denuncia atraviesa la novela, que combina el naturalismo de raíz europea con una prosa exuberante, casi alucinada, para describir la selva como una fuerza que devora a quien pretende dominarla.
El libro tuvo un éxito inmediato en toda Hispanoamérica, y el propio Rivera siguió corrigiéndolo obsesivamente en ediciones sucesivas, hasta llegar a introducir varios miles de cambios en la versión definitiva. Nunca vería, sin embargo, ninguna adaptación al cine que tanto persiguió en sus últimos años. Murió en 1928 en un apartamento de Nueva York, en circunstancias que nunca quedaron del todo esclarecidas: la causa oficial fue una hemorragia cerebral, pero durante décadas circuló la sospecha de que sus denuncias contra intereses petroleros y políticos habían tenido algo que ver con su muerte repentina, a los cuarenta años.
18. Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (1929)
Pocos escritores latinoamericanos del siglo XX tuvieron una vida tan entrelazada con la política de su país como Rómulo Gallegos. El venezolano, nacido en Caracas en 1884, se había formado como maestro y ejercido como tal durante años antes de que la publicación de Doña Bárbara, en 1929, lo consagrara como el gran novelista de su generación.
La novela enfrenta a Santos Luzardo, un abogado educado en la ciudad que regresa a administrar la hacienda familiar en los llanos venezolanos, con Doña Bárbara, la cacica que domina la región a través de la superstición, la violencia y su alianza con el caudillismo local. El enfrentamiento entre ambos personifica la vieja dicotomía civilización y barbarie que recorre buena parte de la literatura latinoamericana del XIX y principios del XX.
El libro tuvo tanto éxito que el propio dictador venezolano Juan Vicente Gómez, incómodo con las lecturas críticas que despertaba, intentó atraer a Gallegos ofreciéndole un cargo de senador en 1931. Gallegos lo rechazó y se exilió voluntariamente hasta la muerte del dictador, en 1935.
La política no terminaría ahí para él. En 1947, tras las primeras elecciones directas, secretas y universales de la historia venezolana, Gallegos fue elegido presidente de la república con el porcentaje de votos más alto jamás obtenido por un mandatario en el país. Tomó posesión en febrero de 1948 y fue derrocado apenas nueve meses después, en noviembre de ese mismo año, por un golpe militar encabezado por Carlos Delgado Chalbaud. Vivió su exilio en Cuba y México hasta 1958, cuando regresó a Venezuela y fue recibido como un héroe. Murió en Caracas en 1969, a los ochenta y cuatro años, y desde 1964 su nombre da título al Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, uno de los más prestigiosos de la lengua española.
17. Los ríos profundos, de José María Arguedas (1958)
José María Arguedas nació en 1911 en Andahuaylas, en la sierra peruana, y quedó huérfano de madre a los tres años. Se crió entre la servidumbre indígena quechuahablante de la hacienda familiar, y esa infancia bilingüe, dividida entre el español de su padre abogado y el quechua de las nanas que lo criaron, marcaría toda su obra.
Los ríos profundos, publicada en Buenos Aires en 1958 por el editor español exiliado Gonzalo Losada, es su novela más autobiográfica y también la más lograda. Narra la formación de Ernesto, un adolescente que ingresa en un internado religioso del Cuzco y que, dividido entre el mundo andino de su infancia y el orden colonial que impone la escuela, encuentra en el zumbayllu, un trompo mágico, un símbolo de esa cultura ancestral que la modernidad amenaza con borrar.
Lo que distingue a Arguedas de la narrativa indigenista que lo precedió, la de autores como Clorinda Matto de Turner o Ciro Alegría, es que no escribe sobre el mundo indígena desde fuera, como observador criollo, sino que intenta reproducir en castellano el ritmo sintáctico y la cosmovisión del quechua, su otra lengua materna. El resultado es un español injertado de una sintaxis extranjera que, lejos de sonar artificial, se convirtió en un modelo para narrar la experiencia bicultural de los Andes.
Arguedas compaginó siempre la escritura con su trabajo como etnólogo y profesor universitario, y esa doble vocación lo llevó a colecciones de cuentos y ensayos sobre la cultura quechua que hoy se estudian junto a su narrativa. Sufrió episodios de depresión severa a lo largo de su vida adulta y, tras un primer intento en 1966, murió en Lima en 1969, a los cincuenta y ocho años, dejando inconclusa su última novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, publicada póstumamente en 1971.
16. Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro (1963)
Elena Garro nació en Puebla en 1916 y pasó buena parte de su infancia en Iguala, en el estado de Guerrero, donde su familia se instaló durante la Guerra Cristera. Fue periodista, dramaturga y, durante años, esposa del poeta Octavio Paz, una circunstancia que durante mucho tiempo eclipsó su propia obra ante la crítica mexicana.
Escribió Los recuerdos del porvenir entre 1951 y 1953, en París y en Berna, en un momento de salud precaria, y guardó el manuscrito durante casi una década antes de publicarlo en México en 1963. La novela recrea, a través de la voz colectiva y omnisciente del pueblo ficticio de Ixtepec, el desencanto de una comunidad mexicana tras la Revolución y la posterior Guerra Cristera, contada desde la perspectiva de los hermanos Moncada y de una comunidad entera que, como dice el propio título, recuerda un futuro que nunca llegó a cumplirse.
El libro obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia en 1963, compartido con La feria de Juan José Arreola, y Octavio Paz llegó a calificarlo como una de las creaciones más perfectas de la literatura hispanoamericana contemporánea, aunque el propio matrimonio de Garro y Paz terminaría poco después, en medio de tensiones que la escritora nunca dejó de señalar públicamente.
Publicada cuatro años antes de Cien años de soledad, la novela de Garro anticipa varios de los recursos que asociamos con el realismo mágico: la fusión de tiempos, la voz narrativa colectiva de un pueblo entero, la naturalidad con que lo sobrenatural se filtra en lo cotidiano. Sin embargo, su nombre quedó durante décadas fuera de las historias del boom que sí incluyeron a sus contemporáneos varones. Garro murió en Cuernavaca en 1998, a los ochenta y un años, habiendo recibido en vida un único premio literario por una obra que hoy se reivindica como una de las más originales de su generación.
15. El astillero, de Juan Carlos Onetti (1961)
Juan Carlos Onetti, nacido en Montevideo en 1909, construyó a lo largo de su obra la ciudad imaginaria de Santa María, un trasunto degradado de las capitales rioplatenses donde ambientó buena parte de su narrativa. El astillero, publicada en Buenos Aires en 1961, es la segunda entrega de esa saga y, para buena parte de la crítica, su novela más lograda.
La trama sigue a Larsen, un antiguo proxeneta que regresa a Santa María para hacerse cargo, en un gesto tan absurdo como conmovedor, de la dirección de un astillero en ruinas cuyo propietario ha desaparecido y cuya maquinaria lleva años oxidándose sin producir nada. Larsen finge dirigir una empresa que ya no existe, corteja a la hija demente del dueño y se rodea de dos empleados tan fantasmales como él, en una alegoría descarnada de la decadencia y de la impostura como única forma posible de dignidad.
Onetti pagó cara su integridad literaria. En 1974, siendo jurado del concurso anual de cuentos del semanario Marcha, votó junto al resto del jurado por premiar un relato de Nelson Marra que el régimen militar uruguayo consideró subversivo. Onetti fue detenido, recluido primero en una comisaría y un campo deportivo, y finalmente internado varios meses en un hospital psiquiátrico, pese a que él mismo declaró en más de una ocasión que el cuento premiado ni siquiera le había gustado.
Tras su liberación se exilió en Madrid, donde recibió en 1980 el Premio Cervantes, el más importante de las letras en español. Con el dinero del galardón se compró un piso y prácticamente no volvió a salir de él: nunca regresó a Montevideo, ni siquiera cuando la democracia se restableció en Uruguay en 1985, y murió en la capital española en 1994.
14. El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias (1946)
El guatemalteco Miguel Ángel Asturias escribió El señor presidente durante su exilio parisino en los años treinta, mientras el país centroamericano seguía bajo la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, en la que el propio Asturias había vivido su infancia y adolescencia. Sin embargo, la novela no pudo publicarse hasta 1946, doce años después de terminada, cuando la caída de una dictadura posterior, la de Jorge Ubico, permitió por fin su circulación.
La novela retrata, sin nombrarlo ni situarlo con precisión geográfica, un régimen dictatorial que se sostiene sobre el terror cotidiano, la delación entre vecinos y la corrupción de todas las instituciones, incluida la justicia. Asturias había estudiado antropología en París bajo la influencia del surrealismo y de los estudios sobre culturas mesoamericanas, y esa doble formación explica el lenguaje de la novela, que combina un naturalismo descarnado con pasajes de una densidad casi onírica.
El señor presidente fundó, junto a la obra posterior de otros autores latinoamericanos, todo un subgénero: la llamada novela del dictador, que décadas más tarde retomarían Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez, entre otros. Asturias no escribía sobre un tirano abstracto: sus años de infancia bajo Estrada Cabrera, un régimen que se prolongó durante más de dos décadas, alimentaron cada detalle de la maquinaria represiva que describe la novela.
En 1967 Asturias recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el segundo autor latinoamericano en obtenerlo tras el chileno Gabriela Mistral. La Academia sueca reconoció en su obra la fusión entre las tradiciones indígenas de América y la literatura española, un mérito que El señor presidente, con su retrato implacable del poder absoluto, había anticipado dos décadas antes de que llegara el reconocimiento.
13. El reino de este mundo, de Alejo Carpentier (1949)
A finales de 1943, el escritor cubano Alejo Carpentier viajó a Haití y recorrió las ruinas del palacio de Sans-Souci y la imponente ciudadela de La Ferrière, construidas por orden del rey Henri Christophe, el antiguo esclavo que se proclamó monarca tras la independencia haitiana. Aquel viaje, según el propio Carpentier relataría después, cambió para siempre su manera de entender la literatura americana.
De esa experiencia nació El reino de este mundo, publicada en 1949, una novela histórica que reconstruye, a través de la mirada del esclavo Ti Noel, el proceso revolucionario haitiano desde los rituales vudú del líder rebelde Mackandal hasta el reinado despótico de Christophe. Carpentier documentó minuciosamente los hechos, respetando cronologías, nombres de personajes y lugares reales.
Pero la importancia histórica del libro va más allá de su trama. En el prólogo, Carpentier acuñó por primera vez el concepto de «lo real maravilloso americano», con el que se distanció explícitamente de lo maravilloso europeo, el de los viejos clichés artúricos y los bosques encantados, para reivindicar que en América Latina la realidad cotidiana, atravesada por creencias religiosas sincréticas y por una historia de una violencia casi inconcebible, ya contenía en sí misma todo lo prodigioso que la literatura europea tenía que fabricar artificialmente.
Aquella idea, formulada en apenas unas páginas, se convertiría en la semilla teórica de la que crecería después el realismo mágico de toda una generación de escritores latinoamericanos. Carpentier, que había vivido también el surrealismo parisino de primera mano en los años veinte, tomó de aquel movimiento el gusto por lo inesperado, pero lo ancló en la historia real de un pueblo esclavizado que efectivamente creyó, de forma colectiva, en los poderes sobrenaturales de sus líderes. Esa distinción, entre la fe compartida de un pueblo y el artificio de un escritor europeo, es lo que Carpentier consideraba la verdadera diferencia entre ambos continentes.
12. La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes (1962)
Carlos Fuentes tenía apenas treinta y tres años cuando publicó, en 1962, La muerte de Artemio Cruz, la novela que lo convertiría en una de las cuatro grandes figuras del boom latinoamericano junto a García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar. El libro narra las últimas horas de vida de Cruz, un antiguo combatiente de la Revolución mexicana convertido, con el paso de las décadas, en un magnate corrupto y sin escrúpulos.
Lo más audaz de la novela es su estructura. Fuentes, bajo la influencia declarada de William Faulkner, dividió la conciencia de su protagonista en tres voces narrativas simultáneas: un yo que registra el presente de la agonía, un tú en futuro que anticipa lo que está por vivirse en el delirio, y un él en pasado que reconstruye, sin orden cronológico, los grandes episodios de su vida. Esa fragmentación reproduce el propio funcionamiento errático de una memoria que se apaga.
A través de esos fragmentos, la novela recorre casi un siglo de historia mexicana, desde el porfiriato hasta el México institucionalizado de mediados de siglo, y traza un diagnóstico feroz sobre cómo los ideales de la Revolución fueron traicionados por quienes mejor supieron capitalizarla. El crítico y poeta José Emilio Pacheco escribió, el mismo año de su publicación, que el libro terminaría por imponerse pese a la incomprensión inicial que lo rodeó, un pronóstico que el paso de las décadas confirmó ampliamente.
Fuentes, hijo de un diplomático mexicano, había pasado buena parte de su infancia entre Washington, Santiago de Chile y Buenos Aires, una formación cosmopolita que lo distanció pronto del nacionalismo cultural imperante en México y que se refleja en la ambición casi total de la novela, que no se conforma con retratar a un hombre sino a todo un país a través de él.
11. Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante (1967)
Guillermo Cabrera Infante había participado activamente en el triunfo de la revolución cubana y llegó a dirigir el Consejo Nacional de Cultura antes de que sus propias posiciones lo convirtieran, primero, en una figura represaliada dentro de la isla y, después, en un exiliado en Bruselas y en Londres. Fue precisamente en Bruselas donde escribió el primer manuscrito de la novela que lo haría célebre.
Aquel manuscrito, titulado entonces Vista del amanecer en el trópico y concebido, según el propio autor, como un ejercicio de realismo socialista, ganó el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral en 1964, con Mario Vargas Llosa entre los miembros del jurado. Pero el libro tardó tres años más en publicarse: la censura franquista lo rechazó en su forma original, y el editor Carlos Barral sugirió cambiar el título por el de Tres tristes tigres, con la esperanza de que los censores creyeran que se trataba de una obra distinta.
Cuando por fin apareció, en 1967, el libro que había nacido como un proyecto de literatura comprometida se había transformado en todo lo contrario: una celebración desbordante del lenguaje, ambientada en el mundo nocturno de los cabarets y clubes habaneros de finales de los años cincuenta, con guiños constantes al cine, al jazz y a la música popular cubana. Fidel Castro terminaría prohibiendo su circulación en la isla.
La novela se caracteriza por sus juegos verbales, sus palíndromos, sus parodias de estilos literarios ajenos y una escritura que Cabrera Infante definió como escrita «en cubano» antes que en español. Sus páginas están pobladas de músicos reales de la escena habanera, de Benny Moré a Bola de Nieve, convertidos en personajes secundarios de una noche interminable que el propio autor describió como el verdadero protagonista del libro.
En 1997 recibió el Premio Cervantes, el reconocimiento que consagró definitivamente a un escritor que, desde su exilio londinense, nunca dejó de escribir sobre la Habana que había perdido para siempre. Volvería sobre esa misma ciudad, ya en clave más melancólica, en La Habana para un Infante Difunto, publicada más de una década después.
10. Paradiso, de José Lezama Lima (1966)
José Lezama Lima apenas salió de La Habana en toda su vida, pero construyó, desde su asma crónica y su biblioteca personal, una de las prosas más herméticas y ambiciosas de la lengua española. Paradiso, publicada en 1966 tras casi dos décadas de gestación, narra la formación de José Cemí y, a través de él, discurre sobre la poesía, la historia y la espiritualidad con un barroquismo que convierte cada página en un pequeño tratado de estética.
La primera edición cubana, apenas mil ejemplares, salió llena de erratas y con el capítulo octavo censurado por sus escenas de sexo explícito y su tratamiento abierto de la homosexualidad, algo que las autoridades culturales de la revolución consideraron peligroso para la juventud. La acusación de pornografía y hermetismo estuvo a punto de sepultar el libro dentro de la propia isla.
Su rescate llegó de fuera. Julio Cortázar, deslumbrado por la novela, se convirtió en su albacea literario, corrigió las erratas de la primera edición y promovió una edición mexicana, publicada por la editorial ERA en 1968, con ilustraciones del pintor René Portocarrero. Octavio Paz, Carlos Monsiváis y el propio Alejo Carpentier se sumaron a un coro de elogios que terminó imponiendo la novela como una de las cumbres de la literatura en español del siglo, pese a la resistencia inicial que había encontrado en su propio país.
Lezama Lima, que nunca abandonó Cuba pese a las dificultades que la revolución le impuso en sus últimos años, murió en La Habana en 1976 a causa de las complicaciones del asma que lo acompañó desde la infancia. La edición española de Paradiso, autorizada por la censura franquista, no llegaría a las librerías hasta 1976, el mismo año de la muerte de su autor.
9. Grande Sertão: Veredas, de João Guimarães Rosa (1956)
João Guimarães Rosa fue, antes que escritor, médico y diplomático. Nacido en 1908 en Cordisburgo, en el estado brasileño de Minas Gerais, ejerció la medicina en el ejército antes de ingresar en el cuerpo diplomático, donde llegó a servir como cónsul adjunto en Hamburgo durante los años del nazismo, en compañía de su segunda esposa, Aracy de Carvalho, reconocida después como Justa entre las Naciones por su ayuda a judíos que huían de la persecución.
Toda esa vida cabe, transfigurada, en Grande Sertão: Veredas, su única novela, publicada en 1956. El libro es el largo monólogo de Riobaldo, un antiguo jagunço, miembro de esas bandas armadas al servicio de caudillos locales que dominaron el interior brasileño a comienzos del siglo, que rememora ante un interlocutor culto su propia vida, marcada por un supuesto pacto con el diablo y por su amor ambiguo hacia otro jagunço, Diadorim.
La lengua de la novela es tan protagonista como su trama. Guimarães Rosa fabricó un portugués propio, injertado de arcaísmos, neologismos y giros del habla popular del sertão, hasta el punto de que su primera traducción al inglés, publicada en 1963, fue considerada por el propio autor incapaz de reproducir la textura de su prosa. El crítico Antonio Candido definió el libro como una novela metafísica, y no son pocos los que la consideran el equivalente brasileño de Ulises, de James Joyce.
Guimarães Rosa fue elegido para la Academia Brasileña de Letras en 1963, pero pospuso durante cuatro años la ceremonia de investidura, atormentado por el miedo a desmayarse ante el público. Cuando finalmente tomó posesión de su sillón, en noviembre de 1967, murió de un infarto tres días después, en su apartamento de Copacabana, mientras su esposa asistía a misa.
8. Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño (1998)
Roberto Bolaño había fundado en México, junto al poeta Mario Santiago Papasquiaro, el movimiento infrarrealista, una vanguardia poética empeñada en romper con el academicismo literario mexicano de los años setenta y, en particular, con la figura tutelar de Octavio Paz. Aquella experiencia juvenil, vivida entre bares y tertulias de la Ciudad de México, sería la materia prima de la novela que lo consagraría dos décadas después.
Los detectives salvajes, publicada en 1998, se estructura en tres partes: el diario de un joven poeta, Juan García Madero, que narra el final de 1975 y el arranque de 1976 en México, y un extenso tramo central compuesto por los testimonios de más de cincuenta personajes distintos, recogidos entre 1976 y 1996, que reconstruyen desde ángulos opuestos las vidas de Arturo Belano y Ulises Lima, alter egos de Bolaño y de Mario Santiago, en su búsqueda de una poeta desaparecida, Cesárea Tinajero.
El libro obtuvo el Premio Herralde de novela en 1998, por unanimidad del jurado, y al año siguiente el Premio Rómulo Gallegos, considerado el más importante para una novela en español publicada en el continente. Se cuenta que Bolaño, que había declarado no darle importancia al galardón, llamó de madrugada a su editor Jorge Herralde para preguntarle si había ganado; en el discurso de recepción, agradeció con ironía a la escritora Ángeles Mastretta, la única jurado que había votado en su contra.
Mario Santiago Papasquiaro, el amigo cuya vida inspiró al personaje de Ulises Lima, murió atropellado en la Ciudad de México en 1998, el mismo año de la publicación del libro, sin llegar a leerlo. Bolaño, que llevaría después su ambición narrativa hasta el límite en la novela póstuma 2666, moriría también prematuramente, en Barcelona en 2003, a los cincuenta años, por una insuficiencia hepática que arrastraba desde hacía tiempo.
La novela llama a ese movimiento juvenil «realismo visceral» en lugar de infrarrealismo, y convierte la búsqueda de la poeta Cesárea Tinajero en una road movie que atraviesa medio mundo, de la Ciudad de México a Barcelona, de Israel a Liberia, siguiendo a unos personajes que nunca dejan de perseguir, aunque sea de forma cada vez más desesperada, la vida que habían soñado tener siendo jóvenes.
7. El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (1976)
Manuel Puig, nacido en 1932 en el pueblo bonaerense de General Villegas, había crecido devorando el cine de Hollywood en los años cuarenta, una pasión que marcaría para siempre su literatura. El beso de la mujer araña, publicada en 1976, lleva esa fascinación hasta sus últimas consecuencias: convierte a las películas contadas de memoria en la materia misma de la que está hecha una novela.
El libro transcurre casi por completo en una celda de una cárcel argentina, donde comparten espacio Valentín, un preso político marxista, y Molina, un hombre homosexual condenado por corrupción de menores que, para sobrellevar el encierro, le va narrando a su compañero el argumento de sus películas favoritas. La estructura, hecha casi enteramente de diálogos sin acotaciones que indiquen quién habla, obliga al lector a deducir las voces por el propio contenido de lo que dicen, y convierte a Molina y a su fantasía hollywoodiense en una forma de resistencia frente a la brutalidad del Estado.
Publicada durante la dictadura militar argentina, que amenazaba constantemente a Puig por su abierta condición homosexual, la novela estuvo prohibida en su país hasta 1983. Puig terminó exiliándose en México, y desde allí vio cómo su libro se convertía en fenómeno internacional: en 1985 Héctor Babenco la llevó al cine con William Hurt, Raúl Juliá y Sonia Braga, y Hurt ganó el Óscar al mejor actor por su interpretación de Molina.
El propio Puig había adaptado antes la novela al teatro, en una versión estrenada en 1982 en Valencia y Madrid con Juan Diego y Pepe Martín como protagonistas. Once años después de la película, en 1993, el musical de Broadway, con música de John Kander y Fred Ebb, los mismos autores de Cabaret y Chicago, ganó siete premios Tony con Chita Rivera en el papel de la mujer araña.
Casi medio siglo después de su publicación, la historia sigue generando adaptaciones: en 2025 llegó a los cines una nueva versión cinematográfica basada en el musical, dirigida por Bill Condon y protagonizada por Jennifer López, prueba de que la fábula de Puig sobre el poder liberador de la fantasía frente a la represión no ha perdido vigencia.
6. Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos (1974)
El paraguayo Augusto Roa Bastos conoció el exilio dos veces en su vida: la primera en 1947, cuando tuvo que huir a Argentina tras una guerra civil en su país, y la segunda en 1976, cuando la dictadura de Alfredo Stroessner lo obligó a instalarse en Francia. Fue precisamente durante su primer exilio argentino, en Buenos Aires, cuando escribió y publicó, en 1974, la novela que se convertiría en su obra maestra.
Yo el Supremo recrea la figura de José Gaspar Rodríguez de Francia, el dictador que gobernó Paraguay de forma absoluta entre 1814 y 1840, aislando al país del exterior y proclamándose Dictador Perpetuo. Roa Bastos construye la novela como un montaje de documentos: pasquines, glosas, notas al pie contradictorias y el propio dictado, cada vez más delirante, del Supremo a su secretario, en una reflexión sobre el poder absoluto que trasciende ampliamente el caso paraguayo.
El libro le costó seis años de trabajo y lo dejó, según confesó él mismo, físicamente agotado. Su ambición formal, con la escritura y la oralidad en permanente tensión, y su reivindicación del guaraní como lengua nacional paraguaya frente al español colonial, lo convirtieron de inmediato en una referencia obligada de la llamada novela del dictador, junto a El señor presidente de Asturias y El otoño del patriarca de García Márquez, publicada apenas un año antes.
Roa Bastos recibió el Premio Cervantes en 1989, y en 2017 la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española eligieron Yo el Supremo para su colección de ediciones conmemorativas de obras emblemáticas del español, el mismo honor reservado a El Quijote o a Cien años de soledad. Tras la caída de Stroessner en 1989, Roa Bastos siguió viviendo en Francia, aunque regresó a Paraguay con regularidad hasta su muerte, en Asunción, en 2005.
5. El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso (1970)
José Donoso tardó ocho años en escribir El obsceno pájaro de la noche, un proceso que lo llevó al límite de su resistencia física y mental. Según contó el propio escritor chileno, encontró la clave definitiva de la estructura del libro tras sufrir una reacción alérgica a la morfina que le habían suministrado durante una operación de urgencia, un episodio que lo sumió durante días en un estado cercano al delirio.
La novela transcurre en un convento de Santiago de Chile convertido en refugio de monjas, ancianas y huérfanas, y está narrada por el Mudito, un antiguo escriba que ha perdido literalmente el habla y cuya identidad se disuelve constantemente en la de otros personajes. La obra toma su título de una carta que el teólogo neoyorquino Henry James padre escribió a sus hijos, en la que advertía que la herencia natural de cualquier vida espiritual es un bosque animado donde aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche.
El manuscrito se presentó al Premio Biblioteca Breve de 1970, con García Márquez y Vargas Llosa en el jurado y con Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique como principal competidor, pero una crisis financiera de la editorial Seix Barral impidió que el premio llegara a otorgarse ese año. Aun así, el libro se publicó en diciembre de 1970 y obtuvo un reconocimiento inmediato: Julio Cortázar celebró por carta la construcción del libro, y el crítico Harold Bloom lo incluiría después entre las obras esenciales del canon occidental del siglo XX.
Donoso, que vivió buena parte de su vida fuera de Chile, entre Mallorca, Barcelona y el pueblo turolense de Calaceite, siempre reconoció que la novela estaba hecha del mismo material que sus propias obsesiones: el miedo a la enfermedad, la identidad escondida detrás de otra identidad y una relación entre el amor y el encierro que atraviesa buena parte de su biografía.
4. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa (1969)
Mario Vargas Llosa había debutado en la narrativa con La ciudad y los perros, ganadora del Premio Biblioteca Breve en 1962, pero fue con Conversación en La Catedral, publicada en 1969, cuando el peruano alcanzó lo que él mismo consideraría siempre su novela más ambiciosa. El libro nace de una pregunta que se convertiría en una de las frases más citadas de la literatura latinoamericana: en qué momento se jodió el Perú.
Esa pregunta la formula Santiago Zavala, hijo de una familia acomodada limeña, en una conversación de varias horas con Ambrosio, antiguo chofer de su padre, en un bar llamado La Catedral. A partir de ese diálogo, la novela reconstruye, con saltos temporales constantes y varias conversaciones entrelazadas en un mismo párrafo, la corrupción moral de toda una sociedad durante la dictadura de Manuel Odría, que gobernó Perú entre 1948 y 1956.
La técnica narrativa, con sus diálogos que avanzan simultáneamente en distintos tiempos y lugares sin transición explícita, exige del lector un esfuerzo poco habitual, pero permite a Vargas Llosa mostrar cómo el poder autoritario corrompe no solo a quienes lo ejercen, sino a cada rincón de la vida privada, desde los matrimonios hasta las amistades más íntimas.
Vargas Llosa escribió buena parte de la novela mientras vivía en Londres y en Barcelona, en los años en que la capital catalana se convirtió en el centro editorial del boom latinoamericano. El escritor obtendría después, en 2010, el Premio Nobel de Literatura, y siempre señaló Conversación en La Catedral como el libro que más le costó escribir y, por eso mismo, el que sentía más suyo entre toda su extensa producción narrativa.
3. Rayuela, de Julio Cortázar (1963)
Julio Cortázar llevaba ya varios libros de cuentos publicados cuando, en 1963, hizo con Rayuela algo que ninguna novela en español había intentado con esa radicalidad: proponerle al lector dos formas distintas, y en principio incompatibles, de leer el mismo libro. Al comienzo de la obra, un «tablero de dirección» ofrece la posibilidad de leer los capítulos en el orden convencional en que aparecen impresos, o bien de seguir un orden alternativo que salta constantemente entre capítulos y que incorpora, además, una serie de capítulos «prescindibles» ausentes de la primera lectura.
La novela sigue a Horacio Oliveira, un argentino errante entre París y Buenos Aires, en su relación con la Maga, una mujer uruguaya de intuición desbordante, y en su búsqueda existencial de un absoluto que la propia estructura del libro se encarga de poner en duda todo el tiempo. Cortázar la definió como una «antinovela», un intento de desmontar desde dentro las convenciones del género para llegar a algo parecido a la experiencia del lector, no solo a la del personaje.
El libro reunía todas las obsesiones de la vanguardia europea que Cortázar había frecuentado desde su instalación en París en 1951, el jazz, el surrealismo, la filosofía existencialista, con una sensibilidad porteña que nunca abandonó del todo. Esa mezcla convirtió a Rayuela en una lectura de culto casi inmediata entre los jóvenes lectores de toda Hispanoamérica, hasta el punto de que la palabra «rayuelear» pasó a designar, coloquialmente, la experiencia de leer el libro siguiendo su propio orden alternativo.
Cortázar, que se convertiría con el tiempo en una de las voces más comprometidas políticamente del boom, en solidaridad declarada con la revolución cubana y con la causa sandinista en Nicaragua, nunca dejó de considerar Rayuela como el libro que mejor representaba su propia búsqueda literaria, la de un escritor que, como Oliveira, desconfiaba profundamente de cualquier forma cerrada y definitiva.
2. Pedro Páramo, de Juan Rulfo (1955)
Juan Rulfo publicó apenas dos libros de ficción en toda su vida: la colección de cuentos El llano en llamas, de 1953, y la breve novela Pedro Páramo, aparecida en 1955, de apenas ciento veinte páginas. Con esos dos títulos, y sin necesidad de escribir una sola línea más de narrativa durante las tres décadas que le quedaban de vida, se convirtió en una de las figuras más influyentes de toda la literatura en español del siglo XX.
La novela cuenta el viaje de Juan Preciado a Comala, el pueblo donde su madre le ha dicho que vive su padre, Pedro Páramo, para descubrir que el lugar está poblado únicamente por muertos que siguen conversando entre susurros, atrapados en un purgatorio que se confunde con la memoria del propio pueblo. La estructura fragmentaria, sin cronología explícita, y la ambigüedad constante entre los planos de la vida y la muerte convirtieron al libro en un modelo narrativo que anticipó buena parte de las técnicas del boom posterior.
Gabriel García Márquez ha contado en numerosas ocasiones que, cuando leyó Pedro Páramo por primera vez en 1961, en un momento de bloqueo creativo absoluto tras años sin poder avanzar en su propia obra, memorizó el libro entero de tanto releerlo, y que aquella lectura fue decisiva para desatascar el camino que lo llevaría, pocos años después, a escribir Cien años de soledad. Jorge Luis Borges, por su parte, lo consideró una de las obras narrativas más notables de las letras hispánicas de cualquier época.
Rulfo, nacido en 1917 en Jalisco y criado en medio de la violencia de la guerra cristera que le arrebató a varios familiares, incluido su propio padre, asesinado cuando el escritor era todavía un niño, trabajó buena parte de su vida como agente de ventas y funcionario cultural, ajeno por completo a los círculos literarios del boom que su obra había hecho posible. Murió en Ciudad de México en 1986, siempre esquivo ante las preguntas sobre por qué nunca publicó una segunda novela.
1. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967)
Gabriel García Márquez tenía treinta y ocho años y una carrera de periodista y novelista todavía modesta cuando, en 1967, publicó en Buenos Aires Cien años de soledad, la novela que cambiaría para siempre la percepción mundial de la literatura latinoamericana. El colombiano llevaba años dándole vueltas a la historia de Macondo, el pueblo imaginario fundado por José Arcadio Buendía, hasta que decidió encerrarse durante meses en su casa de Ciudad de México, con su esposa Mercedes Barcha sosteniendo económicamente a la familia, para terminar de escribirla de una sola vez.
La novela narra siete generaciones de la familia Buendía, marcadas por guerras civiles, por una compañía bananera extranjera que explota y masacra a sus trabajadores, y por un incesto que la estirpe parece condenada a repetir generación tras generación, todo ello bajo un tratamiento narrativo que hace convivir, sin ninguna jerarquía, los hechos más cotidianos con fenómenos abiertamente sobrenaturales: una mujer que asciende al cielo mientras tiende la ropa, un cura que levita al beber chocolate, una lluvia que dura cuatro años.
Ese tratamiento, que la crítica bautizaría como realismo mágico, no era del todo nuevo: Alejo Carpentier lo había teorizado dos décadas antes, y Juan Rulfo o Elena Garro ya lo habían ensayado en sus propias novelas. Pero García Márquez lo llevó a una escala y a una popularidad sin precedentes: el libro vendió su primera edición argentina de ocho mil ejemplares en apenas una semana, y desde entonces no ha dejado de traducirse ni de reeditarse en todo el mundo.
En 1982 García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, en gran medida por esta novela, y en su discurso de aceptación en Estocolmo reivindicó la soledad de un continente cuya realidad, dijo, había sido durante siglos incomprensible para Europa precisamente por resultarle demasiado desmesurada. Macondo, el pueblo que había nacido de la imaginación de un escritor colombiano, se convirtió desde entonces en sinónimo universal de la propia América Latina: un lugar donde lo extraordinario y lo cotidiano dejan, sencillamente, de ser categorías opuestas.
Un siglo que Latinoamérica le dio al mundo
Repasar estas veinte novelas de corrido deja una certeza clara: durante el siglo XX, la literatura latinoamericana dejó de mirar hacia Europa como modelo a imitar y empezó a ser, ella misma, el lugar desde donde otras literaturas del mundo miraban para renovarse. Se escribió desde el exilio, desde la cárcel, desde el destierro interior de quienes, sin salir de su país, tuvieron que aprender a decir lo que la censura no permitía decir directamente.
Faltan, inevitablemente, nombres que muchos lectores echarán en falta. No hemos incluido la vasta narrativa mexicana posterior a Rulfo y Fuentes, ni la escrita en las últimas dos décadas del siglo por autores como Isabel Allende o Laura Esquivel, cuyo éxito masivo merecería un análisis propio y distinto. Tampoco hemos dado espacio a la literatura centroamericana más reciente ni a la narrativa puertorriqueña, capítulos que exigirían, cada uno, su propio recorrido.
Lo que queda, en todo caso, es el mapa de un continente que convirtió sus propias heridas, las dictaduras, los exilios, la violencia heredada de las conquistas y de las revoluciones fallidas, en algunas de las páginas más originales que ha dado la lengua española y, gracias a Guimarães Rosa, también la portuguesa. Ningún territorio que haya atravesado un siglo tan convulso puede presumir de una narrativa cómoda, y la latinoamericana, con toda su desmesura, nunca lo fue. Fue, ante todo, urgente, y esa urgencia es la que sigue haciendo que estas veinte novelas se lean hoy con la misma intensidad con la que fueron escritas.