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Octavio Paz, el poeta que quiso descifrar México y terminó por descifrar el mundo

Un repaso a la vida, la obra y el legado inagotable del único mexicano que ganó el Nobel de Literatura

octavio paz

Hay escritores que pertenecen a su tiempo y hay escritores que pertenecen al lenguaje. Octavio Paz fue las dos cosas a la vez, y esa doble pertenencia es precisamente lo que lo convierte en una figura tan difícil de abarcar. Poeta, ensayista, diplomático, polemista, editor, crítico de arte y pensador político, Paz ejerció todos esos oficios con una energía que no decreció ni en sus últimas décadas de vida. Cuando en octubre de 1990 la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura, no hacía sino reconocer algo que la cultura de lengua española sabía desde mucho antes: que había un escritor en México capaz de sostener, solo, una conversación intelectual con el mundo entero.

Pero reducir a Paz al Nobel es como reducir una catedral a su puerta principal. La obra que construyó a lo largo de más de seis décadas es uno de los edificios más complejos, más provocadores y más habitables de la literatura latinoamericana. Sus libros siguen siendo leídos, debatidos, citados y contradichos. Y esa contradicción, conviene decirlo desde el principio, forma parte de su grandeza.

Los años de Mixcoac: raíces de un poeta

Octavio Paz Lozano nació el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac, entonces un pueblo a las afueras de la Ciudad de México que hoy ha sido absorbido por la mancha urbana. Crecer allí, en una casa grande y algo ruinosa, entre los libros de su abuelo y la melancolía de su madre, fue una experiencia que marcaría su sensibilidad para siempre.

Su abuelo materno, Ireneo Paz, era un personaje notable: periodista, novelista y liberal militante que había vivido los grandes sacudimientos del siglo XIX mexicano. Su biblioteca era extensa y su abuelo lo dejaba entrar en ella con libertad, algo que para un niño curioso equivalía a recibir un mundo entero como regalo. Paz habló muchas veces de esa biblioteca como del espacio fundacional de su vocación literaria.

Su padre, Octavio Paz Solórzano, era abogado y periodista, y había trabajado como representante de Emiliano Zapata durante la Revolución Mexicana. Esa conexión con el zapatismo pesó sobre la familia de maneras no siempre cómodas. Cuando el movimiento fue derrotado y Zapata asesinado en 1919, el padre de Paz cayó en una deriva de alcohol y desorientación que lo llevaría a pasar largos períodos en Estados Unidos, lejos del hogar. El futuro escritor creció, en buena medida, en ausencia del padre, y esa herida tuvo consecuencias visibles en algunos de sus textos más personales.

La madre, Josefina Lozano, era de origen español y aportó al hogar una sensibilidad distinta, más íntima y más ligada a una tradición católica que el ambiente laico y revolucionario del padre ponía permanentemente en tensión. Paz absorbió esas contradicciones y, en lugar de resolverlas, aprendió a vivir dentro de ellas. Esa capacidad para habitar la tensión sin aplastarla sería, más tarde, una de las marcas de su pensamiento.

Estudió en el Colegio Williams y luego en la Escuela Nacional Preparatoria, donde se sumergió en las lecturas que moldearían su primera poesía: los románticos españoles, los modernistas hispanoamericanos, los simbolistas franceses. A los dieciséis años ya había publicado sus primeros poemas en revistas literarias. A los diecinueve, en 1933, apareció su primer libro: Luna silvestre, una colección que él mismo consideraría años después como un ejercicio juvenil, pero que ya mostraba una musicalidad y una atención al lenguaje poco comunes en un autor tan joven.

En 1936, con veintidós años, viajó a Yucatán para trabajar como maestro en una escuela para hijos de trabajadores. La experiencia fue breve pero lo marcó: lo puso en contacto con una realidad mexicana que no era la de los libros ni la de los cafés literarios de la capital. Esa conciencia de la distancia entre la cultura y la vida popular nunca lo abandonó.

España, la guerra y el primer gran giro

El año 1937 fue decisivo. Paz fue invitado al Segundo Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia y Madrid en plena Guerra Civil española. Tenía veintitrés años y hacía poco que se había casado con Elena Garro, escritora que con el tiempo ganaría su propio lugar en la literatura mexicana.

La España en guerra lo impactó de una manera que iba más allá de la solidaridad política. Ver a un pueblo combatiendo en las calles, escuchar a los poetas españoles recitar sus versos en los frentes de batalla, descubrir que la poesía podía tener una relación directa con la historia: todo eso lo sacudió. Conoció a Antonio Machado, a Rafael Alberti, a León Felipe. La guerra lo politizó, pero no lo redujo a la política. Entendió que el compromiso del escritor no podía confundirse con la obediencia a ningún partido.

De regreso a México, Paz fue uno de los fundadores de la revista Taller (1938-1941), que se convirtió en uno de los espacios centrales de renovación poética en el país. Desde esas páginas, él y sus compañeros de generación tomaron distancia tanto del nacionalismo costumbrista que dominaba la cultura oficial como del dogmatismo estalinista que empezaba a impregnar parte de la izquierda mexicana.

Esa independencia de criterio le costaría enemigos a lo largo de toda su vida, pero también le daría una credibilidad intelectual que ninguna militancia le habría otorgado.

En 1943 obtuvo una beca Guggenheim que lo llevó a Estados Unidos. Vivió en San Francisco y en Nueva York, leyó a los poetas angloamericanos, en particular a T.S. Eliot y a William Blake, y siguió ampliando el mapa de sus influencias. Fue un período de formación silenciosa, de lecturas y reflexiones que darían fruto años después.

La diplomacia como escuela del mundo

En 1945, Paz ingresó al servicio diplomático mexicano. Era una decisión que en su caso no significaba abandonar la literatura sino dotarla de una perspectiva nueva: la del observador que vive en lugares distintos y aprende a ver su propio país desde la distancia. Durante las décadas siguientes sirvió en París, en Tokio, en Ginebra y en Nueva Delhi, entre otros destinos.

El período parisino fue especialmente fértil. Paz llegó a Francia en 1945 y entró en contacto con André Breton y el movimiento surrealista. El encuentro fue electrizante. El surrealismo le ofreció un lenguaje para articular algo que ya sentía pero no sabía cómo nombrar: la idea de que la poesía no era un ornamento de la realidad sino una forma de conocimiento capaz de revelar lo que la razón ordinaria deja en la sombra. También conoció a Albert Camus, a Jean-Paul Sartre y a otros intelectuales que definían el debate europeo de posguerra, aunque su relación con el existencialismo fue más crítica que entusiasta.

París le abrió también las puertas de la reflexión sobre el tiempo histórico. Europa, devastada por la guerra, trataba de reconstruir su sentido de continuidad. Paz observaba ese proceso con los ojos de alguien que venía de un país cuya relación con la historia era radicalmente diferente: no una continuidad interrumpida sino una superposición de tiempos que nunca habían llegado a integrarse del todo. Esa observación fue el germen de El laberinto de la soledad.

El laberinto de la soledad: un libro que cambió la conversación

Publicado en 1950, El laberinto de la soledad es probablemente el ensayo más influyente que se haya escrito sobre México en el siglo XX. No es una obra de sociología ni de historia en sentido estricto, aunque recurre a ambas. Es, más exactamente, un ejercicio de psicoanálisis cultural: un intento de descubrir los estratos ocultos que explican la manera en que los mexicanos se relacionan consigo mismos, con los demás y con el poder.

El libro parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué significa ser mexicano? Paz responde que ser mexicano es, en gran medida, ser el producto de una herida. La Conquista española no fue solo una derrota militar sino una violación en sentido casi literal, el encuentro brutal entre un mundo que dominaba y otro que fue dominado. De ese encuentro nació un mestizaje que nunca procesó del todo su propio trauma, y esa incapacidad para mirarse sin máscara produce lo que Paz llama «hermetismo», una tendencia a esconderse, a no mostrarse, a protegerse detrás de la ironía, la fiesta o la violencia.

El análisis del macho, de la Malinche, de la fiesta, de la muerte y de la soledad como categorías culturales específicamente mexicanas hizo que el libro fuera recibido a la vez con entusiasmo y con escándalo. Había quienes lo consideraban una revelación y quienes lo veían como un retrato hiriente, incluso como una traición. Las críticas feministas posteriores señalaron con razón que su lectura de la figura de la Malinche reproducía estereotipos de género que el propio análisis debería haber cuestionado. Paz reconoció algunas de esas limitaciones en años posteriores y añadió el ensayo «Postdata» en 1970, donde revisó y amplió algunas de sus tesis a la luz de los hechos del 68.

Pero más allá de sus limitaciones, el libro instaló una pregunta que sigue siendo pertinente: ¿cómo se construye la identidad de una nación marcada por la discontinuidad, la violencia fundacional y la mezcla de culturas que no siempre se miran con respeto mutuo? Esa pregunta, formulada con la elegancia ensayística que Paz había aprendido de Montaigne y de Ortega y Gasset, convirtió el libro en un clásico que ningún lector serio de México puede ignorar.

El arco y la lira: la poética de Paz

Si El laberinto de la soledad es su obra de pensamiento más célebre, El arco y la lira (1956) es su texto fundacional como teórico de la poesía. En este libro Paz se pregunta qué es el poema, cuál es su relación con el lenguaje ordinario y en qué sentido la experiencia poética es irreductible a cualquier otra forma de conocimiento.

La respuesta que construye a lo largo de sus páginas es compleja y audaz. Para Paz, el poema no es un vehículo de ideas sino una forma de presencia: cuando funciona de verdad, el poema hace que el tiempo se detenga y que el lector habite, aunque sea brevemente, una dimensión de la experiencia que escapa a la fragmentación y la soledad cotidianas. La poesía, en ese sentido, no describe la realidad sino que la crea o la transforma.

Esta concepción tiene raíces en el romanticismo alemán, en el simbolismo francés y en el surrealismo, pero Paz la elabora con una originalidad que trasciende sus fuentes. Y la conecta con algo que siempre le interesó profundamente: las tradiciones espirituales de Oriente, en particular el budismo zen y el tantrismo hindú, que también apuntan a formas de experiencia que van más allá de la conciencia discursiva.

El arco y la lira fue revisado y ampliado en 1967, y sigue siendo uno de los libros de poética más rigurosos y más poéticos que existen en lengua española. No es una lectura fácil, pero tampoco es un texto hermético: su prosa tiene la claridad de quien sabe exactamente lo que quiere decir, aunque lo que quiere decir sea difícil.

Piedra de sol: el poema que lo define

En 1957, Paz publicó Piedra de sol, un poema largo que muchos consideran su obra maestra en verso. El título alude al calendario azteca, la «piedra del sol» que sintetiza la concepción cíclica del tiempo en la cosmología nahua. Y el poema mismo está construido sobre una lógica circular: sus últimos versos reproducen los primeros, de modo que el texto no tiene principio ni fin sino que gira sobre sí mismo como un planeta.

Con 584 endecasílabos, Piedra de sol es un torrente verbal que arrastra al lector a través del amor, el deseo, la memoria, la historia y el tiempo. No hay puntos, los períodos son largos y sinuosos, la respiración del poema obliga al lector a seguir su ritmo como si nadara en una corriente de agua. Las imágenes se acumulan y se transforman, los nombres de la mitología, la historia y la vida cotidiana se mezclan sin jerarquía, como en un sueño que también es una meditación filosófica.

Algunos versos del poema se han convertido en parte del patrimonio cultural de la lengua española. Hay líneas que generaciones de lectores han memorizado sin esfuerzo, no porque sean sencillas sino porque tienen la densidad precisa que hace que algo se quede.

El poema encarnaba la aspiración mayor de Paz: hacer que la poesía fuera simultáneamente personal y cósmica, íntima y universal, anclada en el cuerpo y abierta a la trascendencia. Es un texto que se puede leer como un poema de amor, como un ensayo sobre el tiempo, como una meditación sobre la soledad y como una celebración del erotismo. Y funciona en todos esos registros a la vez.

India: el encuentro con el otro tiempo

En 1962, Paz fue nombrado embajador de México en India. Los seis años que pasó en ese país fueron, según él mismo dijo en múltiples ocasiones, una experiencia transformadora que amplió su pensamiento de maneras que no habría podido prever.

India le ofreció algo que Europa no podía darle: el contacto con civilizaciones que habían desarrollado formas de entender el tiempo, el cuerpo, el deseo y la muerte radicalmente distintas de las que heredó Occidente. El hinduismo, el budismo y el tantrismo se convirtieron en interlocutores permanentes de su reflexión. No desde la devoción ni la conversión, sino desde la curiosidad intelectual más rigurosa y más apasionada.

En India también encontró el amor que cambió su vida personal. Conoció a Marie-José Tramini, una francesa con quien se casaría en 1964 y con quien permanecería hasta su muerte. Fue un encuentro que él describió en términos que tienen algo de los propios poemas de Piedra de sol: la persona que aparece y hace que el tiempo anterior y el tiempo posterior sean distintos.

Fue en India donde escribió algunos de sus poemas más densos y más hermosos, reunidos en el libro Ladera este (1969). Y fue allí donde concibió El mono gramático (1974), un texto híbrido entre el ensayo, el poema en prosa y la meditación filosófica, que tiene como punto de partida el camino a Galta, un lugar sagrado cerca de Jaipur, y como horizonte nada menos que una reflexión sobre el lenguaje, la escritura y la posibilidad de decir algo verdadero.

Los años en India culminaron con un gesto político que definiría su imagen pública durante décadas.

Tlatelolco: la renuncia y el punto de inflexión

El 2 de octubre de 1968, el ejército mexicano abrió fuego contra una manifestación estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en Ciudad de México. Las víctimas fueron decenas, quizá cientos, según las fuentes. El gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz intentó silenciar la masacre. Diez días después se inauguraban los Juegos Olímpicos en la misma ciudad, como si nada hubiera ocurrido.

Paz, que seguía siendo embajador en India, presentó su renuncia al cargo de manera inmediata. Fue uno de los primeros funcionarios del gobierno mexicano en hacerlo públicamente como gesto de protesta. La renuncia le costó su carrera diplomática y le granjeó la animadversión del régimen, pero le dio algo que no tenía precio: la autoridad moral de quien antepone sus convicciones a sus privilegios.

Escribió sobre Tlatelolco en varios textos, el más importante de los cuales es «Postdata» (1970), el ensayo que añadió como continuación de El laberinto de la soledad. En ese texto, Paz interpretaba la masacre no solo como un crimen del régimen priista sino como la manifestación de algo más profundo: la supervivencia de estructuras de dominación que venían de mucho antes que el PRI, que hundían sus raíces en el mundo prehispánico y en la tradición colonial. La pirámide, decía Paz, no había desaparecido con la Revolución: simplemente había cambiado de forma.

Esa interpretación fue polémica porque algunos la leyeron como una manera de aligerar la responsabilidad del gobierno de Díaz Ordaz, cargando el peso de la tragedia sobre estructuras históricas abstractas. La crítica tiene parte de razón. Pero la lectura de Paz también señalaba algo verdadero: que la violencia política en México no puede entenderse sin atender a sus capas más profundas, a los sedimentos históricos que ningún cambio de régimen ha sabido disolver del todo.

El intelectual combatiente: Plural y Vuelta

Después de Tlatelolco, Paz entró en una nueva fase de su vida pública. Sin cargo diplomático, dedicado por completo a la escritura, se convirtió en uno de los intelectuales más influyentes y más combativos del mundo de lengua española.

En 1971 fundó la revista Plural, publicada como suplemento del periódico Excélsior. Era una publicación de altísimo nivel que combinaba poesía, ensayo, crítica de arte y debate político, y que reunió colaboradores de primera línea de ambos lados del Atlántico. Plural fue una tribuna desde la que Paz defendió posturas que a menudo incomodaban tanto a la derecha como a la izquierda: la democracia liberal frente al autoritarismo del PRI, pero también el rechazo al modelo soviético en un momento en que muchos intelectuales latinoamericanos lo defendían con entusiasmo.

Cuando el gobierno mexicano presionó al director de Excélsior, Julio Scherer García, y lo forzó a salir de la publicación en 1976, Paz cerró Plural en solidaridad y fundó casi de inmediato una nueva revista: Vuelta. Esta publicación, que existió hasta 1998, el año de su muerte, se convirtió en uno de los espacios intelectuales más importantes de México y del mundo hispanohablante.

Desde Vuelta, Paz libró algunas de sus batallas más encendidas. Criticó con dureza a los regímenes comunistas en un momento en que hacerlo te ponía automáticamente bajo sospecha de ser cómplice de la derecha o del imperialismo norteamericano. Polemizó con Gabriel García Márquez, con Carlos Monsiváis, con Jorge Castañeda y con decenas de intelectuales que no compartían su diagnóstico del socialismo real. Fue acusado de haber girado hacia posiciones conservadoras, cuando en realidad lo que había hecho era mantenerse fiel a una línea de pensamiento liberal que era coherente desde los años cuarenta.

La acusación de conservadurismo no era completamente infundada en ciertos aspectos. Paz tenía puntos ciegos visibles: su ambigüedad frente al movimiento zapatista que surgió en Chiapas en 1994 fue criticada por muchos. Y sus posiciones sobre el feminismo, aunque más matizadas de lo que a veces se dice, siguieron siendo insuficientes para quienes veían en su obra una reproducción de ciertos esquemas patriarcales.

Pero calificarlo simplemente de conservador es una simplificación que no resiste el análisis. Paz fue, hasta el final, un defensor apasionado de la libertad de expresión, de la separación entre cultura y poder político, y de la necesidad de que los intelectuales mantengan su independencia frente a cualquier ideología organizada. Esas convicciones, en el México de las décadas que vivió, eran cualquier cosa menos cómodas.

Sor Juana o las trampas de la fe

Entre los muchos libros que Paz escribió en las décadas de los setenta y los ochenta, hay uno que merece una atención especial: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, publicado en 1982. Es, simultáneamente, una biografía intelectual, un estudio literario, un análisis histórico y una meditación sobre el precio que paga quien ejerce el pensamiento libre en un entorno que lo prohíbe.

Paz tardó casi diez años en escribirlo. El resultado es un libro extraordinario, quizá el más completo y más generoso que se haya dedicado a la poeta novohispana del siglo XVII. Sor Juana lo fascinó por razones que tienen que ver con sus propias obsesiones: aquí estaba una mujer de inteligencia excepcional, que había elegido el convento no por devoción sino como el único espacio donde una mujer de su tiempo podía leer, estudiar y escribir; una poeta que fue aplastada por las estructuras del poder eclesiástico cuando su independencia intelectual se volvió incómoda para sus superiores.

La lectura que Paz hace de Sor Juana es, entre otras cosas, una reflexión sobre el absolutismo cultural y religioso del período colonial, y sobre la manera en que el poder reprime no solo los cuerpos sino los pensamientos. Es también un libro que dice mucho sobre el propio Paz: su admiración por quienes pagan un precio alto por no renunciar a su autonomía intelectual tiene el sabor de un autorretrato indirecto.

El libro ganó el Premio Xavier Villaurrutia y fue recibido por la crítica internacional como uno de los grandes trabajos de investigación literaria en lengua española del siglo XX. Sigue siendo lectura obligada para cualquiera que quiera entender a Sor Juana, pero también para cualquiera que quiera entender cómo funciona la represión cultural en las sociedades que no toleran la disidencia.

El Nobel y lo que significó

El 11 de octubre de 1990, la Academia Sueca anunció que el Premio Nobel de Literatura correspondía ese año a Octavio Paz. El fallo mencionaba «su escritura apasionada y de amplios horizontes, caracterizada por la inteligencia sensorial y la integridad humanista».

Paz tenía setenta y seis años. Era el primer escritor mexicano en recibir ese galardón, y hasta hoy sigue siendo el único. La noticia fue recibida en México con una mezcla de orgullo nacional y debate político, porque Paz era una figura lo bastante incómoda para que su consagración internacional generara reacciones complejas. Sus detractores no callaron: los había quienes veían en el Nobel un reconocimiento a posturas ideológicas convenientes para el establishment occidental, en un momento en que el bloque soviético se desmoronaba y el liberalismo celebraba su supuesto triunfo definitivo.

Pero más allá de las lecturas políticas, el Nobel reconocía una obra poética y ensayística de dimensiones verdaderamente excepcionales. Paz había construido, en el transcurso de seis décadas, un corpus que pocas figuras de la literatura latinoamericana pueden igualar en extensión, en rigor y en coherencia intelectual. Y lo había hecho siempre desde la independencia, sin someterse a ningún mandato ajeno al de su propia curiosidad y su propia exigencia.

En su discurso de aceptación en Estocolmo, titulado «La búsqueda del presente», Paz habló de la experiencia del tiempo y de la modernidad latinoamericana con una lucidez que sigue siendo válida. Describió la sensación de llegar tarde a la historia, de ser siempre contemporáneos de todos los tiempos sin ser del todo contemporáneos del propio. Y lo hizo con la prosa luminosa que lo caracterizaba, sin ninguna concesión a la solemnidad vacía de los discursos de ocasión.

La llama doble: amor y erotismo

En 1993, Paz publicó La llama doble: amor y erotismo, uno de sus libros más personales y más accesibles. El ensayo parte de una distinción que para Paz era fundamental: la diferencia entre el sexo (fuerza biológica, instinto), el erotismo (deseo transformado en cultura, en ritual, en imaginación) y el amor (el erotismo cuando se fija en una persona singular e irrepetible).

El libro recorre la historia del erotismo en la literatura y en el pensamiento occidental y oriental, deteniéndose en los trovadores medievales, en el amor cortés, en los poetas persas, en los místicos españoles y en los novelistas del siglo XX. Pero lo que le da su fuerza particular es la convicción con que Paz defiende el amor como una de las últimas formas de trascendencia disponibles en un mundo desencantado.

No es un texto filosófico en sentido técnico. Es, más bien, una meditación apasionada de alguien que ha pensado mucho sobre el deseo y que lo considera parte esencial de lo que significa ser humano. La prosa tiene una calidez que no siempre está presente en sus textos más abstractos. Y la defensa del amor como experiencia singular e irreductible al contrato o al hábito tiene algo de manifiesto contra el cinismo contemporáneo.

El libro fue un éxito de ventas notable para un ensayo literario, lo que decía algo sobre la capacidad de Paz para hablar de temas difíciles en un lenguaje que llegaba a lectores que no necesariamente frecuentaban la teoría literaria.

Vislumbres de la India: el último gran ensayo

Dos años antes de su muerte, en 1995, Paz publicó Vislumbres de la India, una obra que regresaba a los años que había pasado en ese país y reflexionaba sobre lo que India le había enseñado. Es, en cierto modo, un libro de vejez en el mejor sentido del término: un texto escrito desde la distancia del tiempo, donde la experiencia ya ha sido digerida y puede ser contemplada con serenidad.

India aparece aquí no como un enigma que hay que resolver sino como una presencia que cuestiona las certezas de quien llega desde Occidente. Paz reflexiona sobre el tiempo cíclico frente al tiempo lineal de la modernidad, sobre la diversidad religiosa como forma de tolerancia, sobre la casta como sistema de opresión que ninguna modernización ha logrado erradicar del todo. Y lo hace con la honestidad de quien admite que muchas de sus preguntas sobre India siguen sin respuesta.

Es también un libro de nostalgia. Paz recuerda a Marie-José, a los amigos indios, los paisajes de Rajastán y los templos de Benarés. La prosa tiene una textura diferente a la de sus grandes ensayos de los años cincuenta y sesenta: más contemplativa, más dispuesta a detenerse en los detalles concretos, menos urgida por la demostración de una tesis.

Algunos críticos lo han considerado su obra en prosa más hermosa. Es una valoración que se puede discutir, pero dice algo cierto sobre la calidad literaria de un texto que es, al mismo tiempo, un libro de memorias, un ensayo de ideas y un poema en prosa.

La poesía como totalidad: una lectura de la obra poética

Sería un error hablar de Octavio Paz sin detenerse en su poesía con algo más de detención. Porque si el ensayo es la dimensión más conocida de su obra fuera de México, la poesía es el centro desde el que todo lo demás irradia.

Paz escribió poesía durante toda su vida, desde los versos juveniles de Luna silvestre hasta los poemas de Árbol adentro (1987), su último libro de poemas publicado en vida. A lo largo de ese recorrido, su escritura poética atravesó transformaciones significativas sin perder nunca su identidad.

Los primeros poemas son formalmente más convencionales, aunque ya muestran la musicalidad y la densidad de imagen que serían su marca. El contacto con el surrealismo, que se advierte en ¿Águila o sol? (1951), abrió su escritura a la imagen insólita, al automatismo controlado, a la yuxtaposición de realidades que no deberían estar juntas pero que al estarlo producen una chispa de sentido.

Los grandes poemas de madurez, como Piedra de sol y los textos reunidos en Salamandra (1962) y Ladera este (1969), combinan la tradición clásica española con la vanguardia occidental y con las influencias orientales de una manera que no tiene precedente exacto en la literatura en español. No es que sean poemas «difíciles» en el sentido de herméticos: son poemas que piden una lectura activa, una disposición a dejarse llevar por el ritmo y la imagen antes de intentar traducirlo todo a un significado conceptual.

Blanco (1967), uno de sus experimentos formales más radicales, es un poema que puede leerse de múltiples maneras según la ruta que el lector elija en la página. Influido por el I Ching y por la noción de obra abierta que el compositor John Cage había desarrollado, el texto lleva al extremo la idea de que el poema no es un objeto terminado sino un campo de posibilidades que el lector activa.

Árbol adentro, su último libro de poemas, tiene la serenidad y la profundidad de quien ya no necesita demostrar nada. Hay en esos textos una aceptación de la vejez y de la muerte que no es resignación sino reconocimiento: la conciencia de que el tiempo pasa y de que eso es parte del orden de las cosas, un orden que la poesía puede contemplar con los ojos abiertos.

El diálogo con los artistas: plástica y poesía

Paz mantuvo a lo largo de toda su vida un diálogo intenso con las artes plásticas. Escribió sobre Tamayo, sobre Toledo, sobre Duchamp, sobre Picasso, sobre los artistas plásticos de México y del mundo con una agudeza crítica que le ganó el respeto de la comunidad artística internacional.

Su libro Marcel Duchamp o el castillo de la pureza (1968) es uno de los textos más lúcidos que se hayan escrito sobre el artista francés. Paz vio en Duchamp algo que no todos sus contemporáneos habían advertido: no solo al provocador dadaísta que había firmado un urinario como obra de arte, sino al pensador que había llevado hasta sus últimas consecuencias la pregunta sobre qué es el arte y en qué medida puede el arte seguir existiendo cuando la ironía ha destruido todas sus convenciones.

También escribió Los privilegios de la vista (1987-1988), una antología de sus textos sobre arte que recorre medio siglo de mirada y reflexión sobre la imagen. La lectura de Paz sobre los muralistas mexicanos fue polémica porque matizaba el culto oficial que rodeaba a Diego Rivera, Siqueiros y Orozco: los admiraba como artistas de talento pero veía en su uso propagandístico del arte una forma de subordinar la creatividad al mensaje político, con resultados artísticos discutibles.

Su relación con los artistas no era de mero crítico sino de cómplice. Los poetas y los pintores que conoció a lo largo de su vida, de Rufino Tamayo a Joan Miró, de Jorge Luis Borges a Fernando Pessoa, formaban parte de la constelación de interlocutores imaginarios con los que Paz siempre estuvo en conversación.

La herencia polémica

Octavio Paz murió el 19 de abril de 1998 en la Ciudad de México, a los ochenta y cuatro años, en la casa de Pedregal de San Ángel donde había vivido sus últimas décadas. Fue el mismo año en que cerró la revista Vuelta, cuya continuación sin él era impensable.

Su muerte desencadenó el tipo de homenajes que suelen llegar cuando desaparece alguien cuya grandeza ya nadie discute en público, aunque en privado los debates continúen. Y continúan, con razón. La obra de Paz es suficientemente grande y suficientemente compleja como para que quepa dentro de ella la discusión, la revisión y la crítica.

Las críticas feministas a su obra no han desaparecido, y merecen ser tomadas en serio. Su lectura de la feminidad en El laberinto de la soledad reduce a la mujer a un papel pasivo en el drama histórico, como si la Conquista fuera un asunto entre hombres y las mujeres fueran el territorio disputado. La figura de la Malinche, la intérprete indígena de Hernán Cortés, aparece en su análisis como símbolo de la traición y la apertura violenta más que como sujeto histórico en su complejidad. Lecturas posteriores, a partir de los trabajos de escritoras como Elena Poniatowska o investigadoras como Margo Glantz, han ofrecido versiones mucho más ricas y justas de esas figuras.

También se puede cuestionar la manera en que Paz manejó algunas polémicas intelectuales, con una contundencia que a veces rozó el desdén. Su relación con escritores como Carlos Monsiváis o con la generación posterior fue complicada, marcada por diferencias políticas e intelectuales que no siempre se gestionaron con la generosidad que Paz pedía a los demás.

Y sin embargo. El peso de la obra es abrumador. El laberinto de la soledad sigue siendo leído en universidades de todo el mundo. Piedra de sol es uno de los grandes poemas del siglo XX en cualquier lengua. El arco y la lira no ha sido superado como reflexión sobre la naturaleza de la poesía en lengua española. Sor Juana Inés de la Cruz es el estudio de referencia sobre una de las voces más importantes de la literatura colonial. La lista continúa.

Por qué sigue importando

Hay una pregunta que cualquier artículo sobre un escritor muerto debe hacerse, y no siempre se responde con honestidad: ¿por qué leerlo hoy?

En el caso de Paz, la respuesta no es difícil de encontrar, aunque sí de simplificar. Vivimos en un momento en que la vida pública se organiza cada vez más en torno a tribus ideológicas que exigen lealtad sin fisuras, en que los matices son sospechosos y la complejidad se convierte en traición. Paz pasó su vida entera resistiendo exactamente eso: la tentación de simplificar, de elegir un bando y quedarse en él, de convertir la inteligencia en un instrumento al servicio de una causa predeterminada.

No lo hizo por frivolidad ni por ambigüedad moral. Lo hizo porque entendía que la función del intelectual, y en particular del poeta, era mantener abierta la pregunta frente a quienes quieren cerrarla. Que la poesía no sirve para confirmar lo que ya sabemos sino para hacernos ver lo que no sabíamos que veíamos.

Su reflexión sobre la identidad mexicana sigue siendo pertinente en un país que no ha terminado de resolver las tensiones que Paz diagnosticó hace más de setenta años. La pregunta sobre cómo convivir la modernidad y la tradición, sobre qué hacer con el peso de la historia, sobre cómo construir una democracia real en una sociedad marcada por el autoritarismo y la desigualdad: ninguna de esas preguntas ha sido respondida satisfactoriamente.

Su defensa de la libertad de pensamiento frente a cualquier ortodoxia tiene hoy una vigencia que quizá él mismo no habría anticipado. En un mundo en que tanto el autoritarismo de derecha como el dogmatismo de izquierda intentan definir lo que está permitido pensar y decir, la figura de un escritor que pagó costos reales por no ceder a ninguno de los dos tiene algo de brújula.

Y su poesía, simplemente, sigue siendo hermosa. Eso es lo más fácil de decir y lo más difícil de demostrar con argumentos, porque la belleza de un poema no se demuestra, se experimenta. Pero cualquiera que haya leído Piedra de sol a la edad adecuada, en el momento preciso, sabe de qué se habla.

El legado vivo

Desde su muerte, la obra de Paz ha sido editada, reeditada, traducida y estudiada en decenas de países. El Fondo de Cultura Económica publicó sus Obras completas en quince volúmenes, una empresa editorial de largo aliento que permite hoy acceder a la totalidad de su producción con aparato crítico. Sus libros se siguen reeditando regularmente, y no solo en México sino en España, Argentina, Colombia y el resto del mundo hispanohablante.

Su influencia en la poesía latinoamericana de las últimas décadas es difícil de cuantificar con precisión porque opera de maneras subterráneas. No generó una escuela en sentido estricto, entre otras razones porque siempre desconfió de los epígonos y de los movimientos literarios organizados. Pero hay poetas de distintas generaciones y distintos países que reconocen en él una presencia formativa: la manera en que combinó la exigencia formal con la apertura a la experiencia, la tradición con la vanguardia, el rigor conceptual con la sensorialidad de la imagen.

La Cátedra Octavio Paz, creada en la Universidad de Guadalajara, ha organizado a lo largo de los años encuentros y publicaciones que mantienen vivo el debate sobre su obra. Y hay un número creciente de tesis doctorales, monografías y artículos académicos que abordan su trabajo desde perspectivas nuevas, incluyendo las que se plantean críticamente sus limitaciones.

En México, donde la relación con los grandes intelectuales del pasado siempre es complicada, Paz ocupa el lugar paradójico de quien es al mismo tiempo figura de culto y blanco de cuestionamientos. Esa incomodidad, esa incapacidad de reducirlo a un símbolo tranquilizador, es quizá el mejor signo de que su obra sigue viva.

Una última imagen

En uno de los poemas de su vejez, Octavio Paz escribió sobre el árbol que crecía en el jardín de su casa como una imagen del tiempo que pasa y se acumula, que crece hacia arriba mientras sus raíces se profundizan hacia abajo. Es una imagen sencilla y exacta, y dice algo sobre la naturaleza de su propia obra.

La obra de Paz creció durante décadas en dos direcciones simultáneas: hacia arriba, hacia la luz, hacia las preguntas más amplias sobre el tiempo, el amor, la historia y el lenguaje; y hacia abajo, hacia las raíces, hacia el México profundo, hacia la experiencia personal y los estratos oscuros de la identidad. Esa doble dirección es lo que le da su solidez y su envergadura.

No es un escritor para todos los momentos ni para todos los estados de ánimo. Hay libros suyos que requieren paciencia, disposición a la complejidad, voluntad de seguir el hilo de un pensamiento que no siempre lleva adonde uno espera. Pero los lectores que entran de verdad en su obra y se quedan en ella suelen hablar de la experiencia como de un antes y un después. Algo cambia, en la manera de mirar la historia de México, en la manera de entender qué puede la poesía, en la manera de pensar la soledad y el amor, después de haber leído a Paz con atención.

Eso, en última instancia, es lo que se le pide a un escritor: que cambie algo en el lector. Octavio Paz lo consiguió, y lo sigue consiguiendo en quienes se acercan a su obra sin apriorismos y con la curiosidad que él nunca dejó de tener.

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