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Roberto Bolaño: el cometa que atravesó la literatura latinoamericana


Roberto Bolaño

Hay escritores que mueren y desaparecen. Y hay escritores que mueren y entonces empiezan a ocurrir cosas extrañas: sus libros se multiplican en los estantes, los lectores los descubren como si fueran hallazgos arqueológicos, la crítica los canoniza con una urgencia que en vida nunca tuvieron. Roberto Bolaño es de los segundos. Murió en 2003, con 50 años, antes de ver convertida 2666 en uno de los grandes monumentos de la narrativa contemporánea. Y desde entonces no ha dejado de crecer.

No es fácil explicar el fenómeno Bolaño sin caer en la hagiografía o en la simplificación. Fue muchas cosas al mismo tiempo: poeta fracasado y novelista tardío, chileno que vivió casi toda su vida adulta en España, hombre de izquierdas que desconfiaba de los escritores de izquierdas, autor de culto que terminó siendo superventas póstumo. Esa acumulación de contradicciones es, en buena medida, lo que hace que su obra resulte tan difícil de encajar y, al mismo tiempo, tan irresistible.

Los años de formación: Chile, México y el caos

Roberto Bolaño Ávalos nació el 28 de abril de 1953 en Santiago de Chile, en el seno de una familia de clase media. Su padre era camionero y boxeador aficionado; su madre, profesora. Cuando tenía quince años, la familia se trasladó a Ciudad de México, y fue allí donde Bolaño empezó a convertirse en lo que sería.

México lo absorbió. Lo marcó de una manera que nunca terminaría de procesar del todo, y quizás por eso volvería a él una y otra vez en su escritura: los años setenta en el Distrito Federal, la efervescencia cultural de una ciudad que era entonces el centro de gravedad de América Latina, la bohemia literaria con sus rituales de borrachera y ambición, la política que lo impregnaba todo.

En 1973 regresó a Chile, convencido de que el proceso socialista de Salvador Allende era algo en lo que debía participar. Llegó justo antes del golpe de Estado del 11 de septiembre. Fue detenido por los militares de Pinochet y pasó unos días en prisión antes de que un guardia que había sido compañero de escuela lo reconociera y facilitara su liberación. Ese episodio, breve pero intenso, dejaría una huella duradera. Bolaño habló de él en pocas ocasiones, siempre con una mezcla de humor y distancia que era su forma de lidiar con las experiencias que más le habían afectado.

Volvió a México y continuó una vida que era, en términos materiales, precaria. Leyó con una voracidad casi clínica. Se hizo amigo de otros poetas jóvenes, entre ellos Mario Santiago Papasquiaro, con quien fundaría en 1975 el infrarrealismo, un movimiento literario de vanguardia que se declaraba enemigo del establishment cultural mexicano y en especial de Octavio Paz, que era entonces la figura dominante e intocable de las letras del país.

El infrarrealismo: provocación como poética

El infrarrealismo merece un párrafo propio, no porque haya sido un movimiento de gran influencia histórica —no lo fue— sino porque revela mucho sobre la manera de entender la literatura que tendría Bolaño durante toda su vida.

Los infrarrealistas eran jóvenes, pobres, agresivos y apasionados. Se declaraban herederos del dadaísmo y del surrealismo, leían a los poetas beat norteamericanos y a los experimentalistas latinoamericanos, y sobre todo querían sacudir una escena literaria que consideraban complaciente y corrupta. Organizaban performances, interrumpían actos literarios oficiales, publicaban manifiestos. Era, en muchos sentidos, más una actitud que una estética.

Bolaño siempre defendió esa etapa, aunque con los años fue matizando su visión. Reconocía que él y sus compañeros eran conscientes de que estaban haciendo algo que probablemente no llegaría a ningún lado en términos de proyección literaria, pero que era necesario hacerlo de todas formas. La pureza, la radicalidad, el rechazo a cualquier compromiso con el poder cultural: eran valores que Bolaño nunca abandonaría del todo, aunque aprendiera a expresarlos de maneras menos estridentes.

La figura del poeta joven que prefiere la integridad al éxito, que vive al margen y resiste las tentaciones del reconocimiento, es uno de los grandes temas recurrentes de su ficción. Y tiene mucho de autobiográfico, aunque Bolaño siempre se resistió a las lecturas demasiado directas entre su vida y su obra.

El camino a España: Blanes y el giro hacia la novela

En 1977, Bolaño abandonó México. Viajó por Europa, pasó por El Salvador y finalmente se instaló en España, donde vivió el resto de su vida. Después de pasar por Barcelona, terminó asentándose en Blanes, una pequeña localidad costera de la Costa Brava catalana, donde vivía con su compañera Carolina López y sus hijos.

La vida en Blanes era tranquila y casi anónima. Trabajaron en empleos variados para subsistir: Bolaño fue lavaplatos, vigilante nocturno, basurero, vendimiador. Escribía cuando podía, que solía ser de noche, y seguía considerándose fundamentalmente un poeta. La narrativa le parecía, durante mucho tiempo, un género menor, algo que hacían los escritores con ambiciones más convencionales.

El giro llegó de manera pragmática. A finales de los ochenta, con una familia que mantener y sin demasiados ingresos, Bolaño empezó a presentarse a concursos literarios de narrativa. No los grandes premios, sino los pequeños certámenes municipales y regionales que proliferaban en España y que ofrecían dotaciones económicas modestas pero reales. Ganó algunos. Suficientes para convencerse de que podía escribir ficción y de que hacerlo tenía sentido.

Lo que vino después fue una explosión creativa tardía pero extraordinaria. En apenas una década, Bolaño publicó la mayor parte de la obra que lo haría inmortal.

La literatura nazi en América: el bestiario de los impostores

En 1996 publicó La literatura nazi en América, una novela construida como un falso diccionario biobibliográfico de escritores de extrema derecha del continente americano. Todos los autores son inventados, pero el libro está escrito con la precisión y el tono seco de una enciclopedia real, lo que le da un efecto perturbador y muy particular.

Es un libro sobre el fascismo, pero también sobre la literatura: sobre cómo la vocación literaria puede pervivir en las ideologías más monstruosas, sobre la relación entre la estética y la ética, sobre los escritores mediocres que se creen genios y los genios que se desperdician en causas indignas. Bolaño tiene una habilidad notable para crear personajes literarios convincentes con apenas unas pocas líneas, y ese libro es quizás su ejercicio más puro en ese sentido.

El último capítulo, dedicado a un personaje llamado Carlos Ramírez Hoffman, fue el embrión de otra novela que publicó ese mismo año: Estrella distante. Allí Bolaño amplió la historia de ese piloto y poeta que usaba sus aviones militares para escribir versos en el cielo y que había colaborado con la dictadura de Pinochet. Estrella distante es una novela corta, casi perfecta en su estructura, y una de las primeras grandes demostraciones de lo que Bolaño podía hacer cuando se lo proponía.

Los detectives salvajes: la novela que cambió todo

En 1998 llegó el libro que lo cambió todo. Los detectives salvajes es, probablemente, la novela más importante publicada en español desde que García Márquez escribió Cien años de soledad. Es una afirmación que puede sonar exagerada, pero hay buenos argumentos para defenderla.

La novela cuenta la historia de dos poetas, Arturo Belano y Ulises Lima —trasuntos apenas disimulados de Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro—, y su búsqueda de una misteriosa poeta de principios del siglo XX llamada Cesárea Tinajero. Pero esa búsqueda es solo el pretexto. Lo que Los detectives salvajes hace en realidad es construir un retrato generacional de los jóvenes latinoamericanos de los años setenta: sus ilusiones políticas y literarias, su fracaso, su dispersión posterior por el mundo, el modo en que el tiempo va depositando capas de melancolía sobre las utopías juveniles.

La estructura es audaz. El libro está dividido en tres partes. La primera y la tercera son narraciones en diario de Juan García Madero, un joven poeta que se une al grupo de los realvisceralistas —nombre ficticio del infrarrealismo— en el México de 1975. La parte central, la más larga y la más innovadora, es una colección de testimonios de más de cincuenta personajes distintos que, entre 1976 y 1996, narran en primera persona sus encuentros con Belano y Lima a lo largo de los años. Es como si Bolaño hubiera construido un mosaico en el que la figura central solo puede ser inferida a través de los reflejos que deja en los demás.

El libro ganó el Premio Herralde y el Premio Rómulo Gallegos, dos de los reconocimientos más importantes del mundo literario en español. Y tuvo ese efecto extraordinario que tienen muy pocos libros: lectores que lo pasaban de mano en mano, que hablaban de él como si hubiera cambiado algo en su manera de ver la literatura.

La sombra de la enfermedad

Mientras todo esto ocurría, Bolaño sabía que estaba gravemente enfermo. Le habían diagnosticado una enfermedad hepática severa, y desde mediados de los noventa vivió con la conciencia de que el tiempo se le acababa. No parece exagerado pensar que esa conciencia aceleró su escritura, le dio una urgencia que de otro modo quizás no hubría tenido.

Hay algo en Bolaño que recuerda a esos escritores del siglo XIX que escribían bajo la presión de una tuberculosis implacable. La intensidad, la velocidad, la sensación de que no hay tiempo que perder. Publicó con una energía notable: cuentos, novelas, poemas, artículos. Preparaba varios proyectos al mismo tiempo. Sabía, con bastante certeza, que no llegaría a terminar todo lo que quería hacer.

Esa conciencia de la muerte no tiñe su obra de patetismo, sino de algo más interesante: una especie de lucidez fría, un humor negro muy particular que impide que la melancolía se convierta en lamento. Bolaño escribía sobre el fracaso, la violencia, la pérdida y la muerte con una precisión casi clínica, pero también con una ternura que aparecía de repente, inesperadamente, y que era quizás lo más difícil de imitar de su estilo.

Nocturno de Chile y Amuleto: la voz afinada

En 2000 publicó Nocturno de Chile, una novela corta que es uno de sus trabajos más logrados. El narrador es un sacerdote y crítico literario chileno, el padre Urrutia Lacroix, que en su lecho de muerte repasa su vida y su colaboración con el régimen de Pinochet. La novela entera está construida como un monólogo febril, casi sin puntos y aparte, en el que la autojustificación y la evasión moral van dejando ver, entre las grietas del discurso, la verdad que el narrador no quiere afrontar.

Es un libro sobre la culpa intelectual, sobre los escritores y artistas que miraron hacia otro lado durante las dictaduras latinoamericanas. Y es también un libro sobre el lenguaje: sobre cómo usamos las palabras para engañarnos a nosotros mismos, para revestir de dignidad lo que no la tiene.

Amuleto, publicada en 1999, es otra novela corta que recupera un personaje que había aparecido brevemente en Los detectives salvajes: Auxilio Lacouture, una mujer que se quedó encerrada en el baño de la Universidad de México cuando los militares invadieron el campus en 1968, y que permaneció allí escondida varios días. La novela, narrada por ella misma, es una especie de canto épico menor, lleno de digresiones y visiones, que convierte ese episodio marginal de la historia en una alegoría sobre la supervivencia y la resistencia.

Los cuentos: la otra cara de Bolaño

Es fácil que la magnitud de sus novelas eclipse su obra cuentística, lo cual sería una injusticia. Bolaño fue un cuentista extraordinario, y libros como Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001) o El gaucho insufrible (2003) contienen algunos de los mejores relatos escritos en español en las últimas décadas.

Sus cuentos tienen una característica reconocible: suelen empezar de una manera aparentemente mundana, con una voz tranquila que relata algo cotidiano, y luego hay un momento en que el suelo se mueve levemente bajo los pies del lector. No hay un giro dramático, ni un golpe de efecto: simplemente, algo se desplaza, y la realidad que creías estar leyendo resulta ser ligeramente distinta de lo que pensabas.

Son relatos que deben mucho a Borges —Bolaño siempre reconoció esa deuda— pero también a Cheever, a Carver, a Kafka. El resultado es una voz propia, inconfundible. Hay en sus cuentos un uso del humor que pocos de sus seguidores han sabido replicar: es un humor que no está reñido con la angustia, sino que la hace más soportable y al mismo tiempo más precisa.

2666: la obra magna e inacabada

Cuando Bolaño murió en julio de 2003, en Barcelona, dejó sobre su escritorio el manuscrito de 2666. Había trabajado en él durante años y sabía que no lo terminaría. Sus instrucciones originales eran que los cinco libros que lo componen se publicaran por separado, para asegurar recursos económicos a su familia. Finalmente, sus herederos y su editor, Jorge Herralde, decidieron publicarlos juntos en 2004, tal como Bolaño los había concebido originalmente.

2666 es una novela inmensa en todos los sentidos. Tiene casi mil páginas y está dividida en cinco partes que en apariencia cuentan historias distintas pero que convergen, de maneras no siempre evidentes, en torno a una ciudad ficticia del norte de México llamada Santa Teresa —trasunto de Ciudad Juárez— y a los crímenes de mujeres que allí se perpetran.

La tercera parte, «La parte de los crímenes», es probablemente el pasaje más perturbador de toda la obra de Bolaño. Durante más de trescientas páginas, el narrador describe con una monotonía brutal y metódica los cuerpos de mujeres asesinadas que van apareciendo en los descampados de Santa Teresa. Cada cuerpo tiene su descripción, su causa de muerte, a veces un intento de identificación. La acumulación es asfixiante. Es una técnica que convierte el horror en algo sistémico, en una estructura que el lenguaje trata de registrar pero que se resiste a ser comprendida.

El libro habla de la violencia contra las mujeres en el norte de México, que era —y sigue siendo— una realidad devastadora. Pero habla también de algo más amplio: del mal como fenómeno colectivo, del fracaso de las instituciones para proteger a los más vulnerables, de la manera en que las sociedades aprenden a convivir con lo inaceptable.

2666 es un libro difícil de leer y difícil de olvidar. Ha sido traducida a decenas de idiomas y considerada por muchos críticos como una de las novelas más importantes del siglo XXI hasta la fecha. No es una obra perfecta —el propio Bolaño habría seguido trabajando en ella— pero tiene una envergadura y una ambición que pocos libros de la literatura reciente pueden igualar.

La poesía: el origen que nunca abandonó

Resulta paradójico que Bolaño, que se consideraba fundamentalmente un poeta, sea hoy recordado casi exclusivamente por sus novelas. Publicó varios libros de poemas a lo largo de su vida, entre ellos Tres (2000) y la recopilación póstuma La universidad desconocida (2007), y en ellos se puede rastrear una voz muy distinta a la del narrador: más íntima, más desnuda, menos preocupada por la arquitectura que tanto cuidaba en sus novelas.

Sus poemas tienen algo de conversación interrumpida, de nota al margen de una vida que se vivía intensamente pero sin demasiada estabilidad. Son poemas que hablan de los viajes, de los amigos perdidos, de la lectura como forma de supervivencia, de México como un lugar al que siempre se está volviendo aunque no se haya vuelto.

Bolaño nunca dejó de considerarse parte de una tradición poética. En sus ensayos y conferencias —reunidos en Entre paréntesis (2004)— defiende a poetas que la crítica oficial tendía a ignorar y ataca a escritores consagrados con una franqueza que en el mundo literario resulta poco frecuente. Sus opiniones son a veces injustas y siempre apasionadas. Leen como las de alguien que se toma la literatura en serio, quizás demasiado en serio para el gusto de algunos.

La recepción internacional: el boom silencioso

La proyección internacional de Bolaño fue un proceso lento y casi accidental. En vida, era conocido en el mundo de habla hispana, pero apenas había llegado a los mercados anglófonos. Su traducción al inglés cambió todo.

Natasha Wimmer tradujo Los detectives salvajes al inglés en 2007, cuatro años después de la muerte del autor. La recepción fue extraordinaria. La prensa literaria norteamericana lo aclamó con un entusiasmo poco habitual para un escritor latinoamericano. 2666 llegó al inglés en 2008 y apareció en casi todas las listas de los mejores libros del año. De repente, Bolaño era un fenómeno editorial.

Ese reconocimiento tuvo el efecto extraño de relanzar su obra también en el mundo de habla hispana, donde algunos lectores descubrieron a Bolaño a través del filtro de la admiración anglosajona. Es una de esas ironías del mercado cultural globalizado: un escritor chileno-catalán cuya obra está impregnada de América Latina tuvo que ser validado en Nueva York para ser completamente asimilado en Buenos Aires o Madrid.

El éxito póstumo también trajo sus sombras. Proliferaron los libros de Bolaño publicados con material de calidad desigual, cuadernos y apuntes que quizás él no habría autorizado a publicar. Algunos críticos señalaron que la industria editorial estaba exprimiendo el legado de un autor que no podía ya decidir qué merecía ver la luz. Es una tensión que existe con muchos escritores que mueren jóvenes y famosos, y que no tiene solución fácil.

El estilo: lo que hace inconfundible a Bolaño

¿Qué hace que Bolaño suene como Bolaño? Es una pregunta que muchos escritores jóvenes se han hecho, con resultados generalmente decepcionantes. Su influencia ha sido enorme, pero sus imitadores rara vez capturan lo que hace que su prosa sea tan particular.

Hay varios elementos. Uno es la voz: Bolaño escribe con una primera persona que tiene la confianza de quien cuenta algo que vivió, pero también una extrañeza que hace que la narración nunca resulte completamente fiable. El narrador bolañano sabe y no sabe al mismo tiempo; tiene información pero también lagunas, y esas lagunas son tan significativas como lo que se dice.

Otro elemento es el uso de las listas y las enumeraciones. Bolaño tiene la costumbre de acumular nombres, títulos, lugares, fechas, con una minuciosidad que puede parecer excesiva pero que produce un efecto de densidad y de realidad muy característico. Es como si la proliferación de detalles fuera una forma de conjurar el caos, de dar la ilusión de que el mundo puede ser registrado aunque no pueda ser comprendido.

Y luego está el humor. Bolaño es un escritor muy gracioso, y eso se olvida con frecuencia porque sus temas son serios. Pero hay en sus páginas un sentido del absurdo, una capacidad para encontrar la comicidad en las situaciones más inesperadas, que aligera la carga sin traicionarla.

El legado: veinte años después

Han pasado más de veinte años desde la muerte de Bolaño, y su posición en el canon literario parece más sólida que nunca. Se estudia en las universidades, se traduce a nuevos idiomas, se cita en conversaciones sobre qué puede hacer la literatura cuando se lo propone en serio.

Pero quizás su legado más importante no sea canonizado sino vivo. Hay una generación de escritores latinoamericanos —y no solo latinoamericanos— que leen a Bolaño como un punto de referencia, no para imitarlo sino para entender qué es posible. La libertad formal que practica, la manera en que combina la ambición intelectual con el placer narrativo, la insistencia en que la literatura debe tener algo en juego: son lecciones que no se aprenden en los talleres sino en las páginas.

Bolaño tampoco tiene nada de figura tranquilizadora. No ofrece certezas ni consuelos fáciles. Sus libros terminan con frecuencia en la ambigüedad, en la pregunta sin respuesta, en el silencio después del ruido. Eso también es una lección, quizás la más difícil de asumir para quienes se acercan a la literatura esperando que les explique el mundo.

Explicar el mundo no era lo que le interesaba. Le interesaba mirarlo de frente, con todo lo que tiene de hermoso y de aterrador, y encontrar las palabras para estar a su altura. Algunas veces lo consiguió. Y esas veces son suficientes para justificar todo lo demás.

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