Hay escritores que se archivan y escritores que se siguen leyendo. Julio Cortázar pertenece claramente al segundo grupo. En 2024, Buenos Aires declaró el «Año Cortázar» para celebrar los ciento diez años de su nacimiento y los cuarenta de su muerte, con exposiciones, maratones de lectura y homenajes en bibliotecas de toda la ciudad.
Ese impulso no se ha detenido. En 2025 llegó a las librerías angloparlantes la traducción de Divertimento, una de sus primeras novelas, escrita en 1949 y publicada solo después de su muerte. A comienzos de 2026, un volumen con la correspondencia cruzada entre los grandes nombres del Boom latinoamericano, con Cortázar como su corresponsal más prolífico, se tradujo al inglés y al italiano, generando reseñas en medios europeos.
Este artículo recorre la vida y la obra completa de Julio Cortázar. Sus cuentos fantásticos, sus novelas experimentales, su poesía menos conocida, su intensa etapa de compromiso político y el modo en que su legado sigue mutando, casi como uno de sus propios personajes, en pleno 2026.
Pocos autores en lengua española combinan, como él, la audacia formal con la calidez de un narrador capaz de emocionar a un lector adolescente y, al mismo tiempo, sostener décadas de estudio académico. Repasar su trayectoria completa, desde los poemas firmados con seudónimo en 1938 hasta las cartas que apenas ahora terminan de traducirse, permite entender por qué su nombre sigue apareciendo, año tras año, en la agenda cultural de medio mundo.
Un nacimiento europeo para un escritor que se sintió siempre argentino
Julio Florencio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Ixelles, un barrio de Bruselas, hijo de padres argentinos. Su padre trabajaba como agregado comercial en la legación argentina en Bélgica, de manera que el nacimiento del futuro escritor fue, como él mismo bromeó alguna vez, resultado del azar diplomático más que de un plan familiar.
La Primera Guerra Mundial obligó a la familia a desplazarse primero a Suiza y luego a España antes de poder regresar a la Argentina. Cortázar tenía apenas cuatro años cuando pisó por primera vez el país que consideraría siempre el suyo, a pesar de haber nacido en Europa y de haber muerto en ella.
La familia se instaló en Banfield, en el conurbano bonaerense, en una casa de la calle Rodríguez Peña que hoy conserva una placa conmemorativa. Allí transcurrió una infancia marcada por la ausencia temprana del padre, que abandonó el hogar cuando Julio era niño, y por la compañía de su madre, su hermana y una tía.
Fue un niño enfermizo y lector voraz, con una imaginación que él mismo describiría después como desbordante hasta rozar lo patológico. Leyó a Julio Verne, a Victor Hugo y, sobre todo, a Edgar Allan Poe, un autor que marcaría de forma decisiva tanto su gusto por lo fantástico como su futura tarea de traductor.
Los años de formación: maestro rural y primeros pasos literarios
Cortázar se formó como maestro normal y ejerció la docencia en distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires, entre ellos Bolívar y Chivilcoy. Esos años de aislamiento provinciano, lejos de la vida cultural porteña, coincidieron sin embargo con una intensa actividad de lectura y escritura personal.
En 1938 publicó, bajo el seudónimo de Julio Denis, su primer libro, un poemario titulado Presencia, de clara influencia mallarmeana. El propio autor terminaría por renegar de aquel volumen juvenil y nunca permitió su reedición en vida.
Poco después escribió Los reyes, un poema dramático en prosa centrado en el mito del Minotauro, publicado en 1949. También circuló de forma más tardía La otra orilla, una colección de relatos escritos en los años cuarenta que solo vería la luz después de su muerte.
En 1946, gracias a la mediación de Jorge Luis Borges, entonces secretario de redacción de la revista Los Anales de Buenos Aires, Cortázar publicó su primer cuento relevante: Casa tomada. La historia de dos hermanos que ven cómo su casa familiar es progresivamente ocupada por una presencia invisible se convertiría en una de sus piezas más antologadas y en una temprana muestra de su capacidad para instalar lo extraño en lo cotidiano.
Cortázar se licenció como profesor de letras y llegó a ejercer brevemente en la Universidad de Cuyo, en Mendoza. Su renuncia a ese cargo, motivada por su rechazo al gobierno de Juan Domingo Perón, marcó el inicio de un desencanto con la Argentina de la época que terminaría por empujarlo hacia Europa.
Antes de ese episodio, los años pasados como maestro en Chivilcoy y Bolívar fueron determinantes para su formación como lector: fue durante ese período de relativo aislamiento cuando profundizó en su conocimiento de la literatura francesa y en las traducciones de Edgar Allan Poe, un autor cuya obra completa en prosa terminaría vertiendo íntegramente al español años más tarde, en un encargo de la Universidad de Puerto Rico que se convirtió en una de las versiones de referencia todavía utilizadas en el mundo hispanohablante. Ese oficio de traductor, ejercido con el mismo rigor que dedicaba a su propia escritura, se convertiría en una fuente de ingresos constante a lo largo de toda su vida adulta.
Bestiario y la consagración del cuento fantástico
En 1951, el mismo año en que decidió instalarse en París, Cortázar publicó Bestiario, su primer libro de cuentos firmado con su verdadero nombre. La colección incluye piezas que hoy son de lectura obligada en cualquier curso de literatura hispanoamericana, como Casa tomada, Carta a una señorita en París y el cuento que titula el volumen.
Lo que distingue a estos relatos no es tanto la irrupción de elementos sobrenaturales al estilo del gótico clásico, sino la naturalidad con que lo insólito se filtra en la vida doméstica de sus personajes. Un hombre que vomita conejitos, una casa que se cierra sobre sus habitantes, una familia que convive con un tigre invisible: en Cortázar, lo fantástico nunca necesita justificarse.
La crítica reconoció de inmediato el talento del autor, aunque el reconocimiento masivo tardaría todavía más de una década en llegar. Mientras tanto, Cortázar comenzó a ganarse la vida en Francia como traductor free lance para la Unesco, un oficio que ejercería durante buena parte de su vida adulta y que marcaría profundamente su prosa.
París, el destierro elegido
La mudanza a París en 1951 no fue un exilio político, al menos no en un primer momento, sino una decisión personal motivada por la asfixia que sentía frente al clima cultural argentino. Cortázar llegaría a describir aquellos años bajo el peronismo como un período de estancamiento de la clase media a la que pertenecía.
En la capital francesa se instaló primero en pequeños hoteles y luego en un departamento en la Rue Martel, donde viviría durante años. Trabajó como traductor jurado y como intérprete free lance, un oficio que le permitía viajar con frecuencia y que compaginaba con una escritura cada vez más ambiciosa.
Fue en esos años cuando tradujo al español la obra completa en prosa de Edgar Allan Poe para la Universidad de Puerto Rico, un trabajo monumental que todavía hoy se reedita y se considera una referencia. También tradujo a autores como Daniel Defoe, Marguerite Yourcenar y André Gide.
Cortázar mantendría siempre una relación singular con Francia: adoptó la ciudadanía francesa en 1981 sin renunciar nunca a la argentina, y llegó a decir que solo desde la distancia de París había logrado entender realmente a Buenos Aires.
Final del juego y Las armas secretas: el cuento como forma mayor
En 1956 apareció Final del juego, una colección ampliada en 1964 que reúne algunos de sus cuentos más recordados, entre ellos Continuidad de los parques, una pieza brevísima sobre un lector que termina atrapado dentro de la novela que está leyendo, y Axolotl, en el que un hombre obsesionado con esos anfibios termina convertido en uno de ellos.
Tres años más tarde llegó Las armas secretas, de 1959, que incluye El perseguidor, considerado por muchos críticos como un punto de inflexión en la narrativa de Cortázar. El relato, inspirado libremente en la figura del saxofonista Charlie Parker, abandona el fantástico puro para adentrarse en una angustia existencial más cercana al ensayo filosófico que al cuento tradicional.
En El perseguidor, la música de jazz funciona como metáfora de una búsqueda de absoluto que el protagonista nunca alcanza del todo. Ese cuento anticipa muchas de las preocupaciones que Cortázar desarrollaría después en Rayuela: la insatisfacción frente a los límites del lenguaje, la persecución de una totalidad inasible, el choque entre la vida burguesa y una vocación de ruptura.
El mismo volumen incluye Las babas del diablo, la historia de un fotógrafo que cree haber capturado en una imagen algo que no debería haber visto. Ese cuento serviría, años después, de punto de partida libre para la película Blow-Up, de Michelangelo Antonioni, estrenada en 1966 y hoy considerada un clásico del cine europeo.
Los premios, la primera incursión en la novela
En 1960, Cortázar publicó Los premios, su primera novela extensa. La trama sigue a un grupo heterogéneo de personas que ganan un crucero por sorteo y descubren, ya a bordo, que existen zonas del barco a las que tienen prohibido el acceso.
La novela funciona como un microcosmos social donde conviven distintas clases y sensibilidades argentinas, y ya deja ver el gusto de Cortázar por las estructuras corales y los relatos que se resisten a una lectura única. El motivo del laberinto, presente desde Los reyes, reaparece aquí bajo la forma de un barco cuyos pasillos esconden un misterio nunca revelado del todo.
Aunque hoy se lee sobre todo como antecedente de sus obras mayores, Los premios fue en su momento una carta de presentación decisiva: demostró que el autor de cuentos breves y fantásticos también podía sostener una narración de largo aliento sin perder su capacidad de extrañamiento.
Rayuela, el terremoto de 1963
El 28 de junio de 1963, la editorial Sudamericana publicó en Buenos Aires Rayuela, la novela que cambiaría para siempre el lugar de Cortázar en la literatura en español. En una carta previa a su amigo el poeta Paul Blackburn, el propio autor había anticipado, con su habitual ironía, que el libro sería una suerte de bomba en el escenario de la narrativa latinoamericana.
Rayuela narra, de manera fragmentaria, la historia de Horacio Oliveira, un intelectual argentino exiliado en París que vive un romance con una mujer conocida como la Maga, y su posterior regreso a Buenos Aires. Pero la trama es apenas una excusa para el verdadero experimento del libro: una estructura que permite, según explicita el propio Cortázar en un «tablero de dirección» inicial, al menos dos recorridos de lectura distintos.
El lector puede optar por la lectura lineal tradicional, que llega hasta el capítulo cincuenta y seis, o seguir el orden alternativo propuesto por el autor, que intercala esos capítulos con los llamados «prescindibles» y que multiplica los sentidos posibles de la historia. Esa arquitectura convirtió a la novela en un objeto de culto y en un antecedente temprano de lo que después se llamaría literatura interactiva.
El título original iba a ser Mandala, en referencia al símbolo esotérico oriental, pero Cortázar lo descartó por considerarlo demasiado exigente para el lector medio y lo sustituyó por una palabra mucho más cercana a la infancia argentina: una rayuela, explicó, no deja de ser un mandala desacralizado.
La identidad real de la Maga fue durante décadas motivo de especulación biográfica. Aunque muchos lectores asociaron el personaje con Aurora Bernárdez, primera esposa de Cortázar, otros biógrafos han señalado que el autor se inspiró también en Edith Aron, una traductora alemana exiliada en París a la que había conocido en esos años.
Rayuela se convirtió rápidamente en una de las novelas centrales del Boom latinoamericano, ese fenómeno editorial que en la misma década lanzó a la fama internacional a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. La traducción al inglés, obra del brasileño radicado en Estados Unidos Gregory Rabassa, recibió en 1967 el primer National Book Award otorgado a una traducción y consolidó la reputación internacional del autor.
La recepción inicial del libro, sin embargo, no fue el éxito arrollador que su leyenda posterior podría sugerir. Durante su primer año en librerías, Rayuela vendió apenas unos cinco mil ejemplares, una cifra modesta que solo empezaría a multiplicarse a medida que la novela se convertía, casi de boca en boca, en una referencia obligada entre lectores jóvenes de toda América Latina.
En 2013, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española dedicaron a Rayuela una edición conmemorativa por el cincuentenario de su publicación, el mismo tratamiento reservado antes a Don Quijote o a Cien años de soledad. En 2023 se cumplieron sesenta años de aquella primera edición, y la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de Buenos Aires organizó jornadas de lectura pública en las que distintos lectores compartieron en voz alta sus fragmentos favoritos, además de un cierre musical dedicado a repasar los temas de jazz mencionados a lo largo de la novela.
Rayuela y el lector cómplice
Más allá de su estructura bifurcada, Rayuela propuso algo todavía más ambicioso: la idea de un lector cómplice, capaz de renunciar a la comodidad de una lectura pasiva y de asumir un papel activo en la construcción del sentido del texto. Frente a esa figura, Cortázar oponía la del lector pasivo, aquel que se conformaba con consumir la literatura sin cuestionar sus convenciones, una distinción que el propio autor desarrolló en varios ensayos y entrevistas de la época.
La novela está dividida en tres partes claramente diferenciadas. «Del lado de allá» transcurre en París y narra la relación entre Oliveira y la Maga dentro de un grupo de amigos bohemios que se autodenomina el Club de la Serpiente. «Del lado de acá» traslada la acción a Buenos Aires, donde Oliveira reencuentra a un viejo amigo, Traveler, y a la esposa de este, Talita, en quien cree reconocer los rasgos de la Maga. La tercera parte, «De otros lados», agrupa los capítulos prescindibles que el lector puede intercalar o ignorar según el recorrido que elija.
Esa arquitectura no era un simple juego formal. Cortázar buscaba, con ella, poner en cuestión el propio concepto de novela cerrada y coherente que había dominado buena parte de la narrativa occidental hasta entonces, y proponer en su lugar un objeto literario abierto, inacabado, más cercano a la experiencia real del pensamiento que a la ficción tradicional. Esa ambición explica por qué la crítica ha señalado con frecuencia el parentesco entre Rayuela y otros grandes experimentos narrativos del siglo veinte, aunque Cortázar siempre insistió en que su libro nacía sobre todo de una tradición propia, más cercana al surrealismo francés y al humor rioplatense que a cualquier modelo extranjero.
Historias de cronopios y de famas, el humor como método
En 1962, un año antes de Rayuela, Cortázar había publicado Historias de cronopios y de famas, un libro breve y juguetón que introdujo al mundo tres criaturas imaginarias: los cronopios, seres desordenados y sentimentales; los famas, rígidos y formales; y las esperanzas, pasivas y conformistas.
El libro incluye también instrucciones absurdas para actividades cotidianas, como subir una escalera o dar cuerda a un reloj, escritas con un humor que roza el nonsense y que emparenta a Cortázar con una tradición lúdica que va de Lewis Carroll a las vanguardias surrealistas. La palabra «cronopio» terminaría convirtiéndose en un adjetivo de uso corriente en el español rioplatense para describir a las personas soñadoras y un poco despistadas.
Ese libro anticipó también un rasgo que definiría buena parte de la producción posterior de Cortázar: la mezcla de géneros dentro de un mismo volumen, la convivencia de la narrativa breve con la crónica, el aforismo y el dibujo, en formatos que él mismo prefería llamar almanaques antes que libros convencionales.
Cortázar y el Boom: amistades, cartas y alguna distancia
El éxito de Rayuela coincidió con la explosión editorial del Boom latinoamericano, un fenómeno que en apenas una década llevó a lectores de todo el mundo los nombres de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y el propio Cortázar. Entre ellos se tejió una red de amistades, admiraciones mutuas y también algunas tensiones que la correspondencia conservada ha permitido reconstruir con detalle en años recientes.
Cortázar y García Márquez mantuvieron una relación cercana y de mutua admiración: el colombiano llegó a decir de él que era, sencillamente, el mejor. Con Vargas Llosa el vínculo fue igualmente estrecho durante años, aunque se resintió con el paso del tiempo, a medida que ambos escritores tomaban caminos ideológicos cada vez más distantes frente a la revolución cubana. Con Fuentes, que lo invitó a colaborar en publicaciones mexicanas desde mediados de los años cincuenta, la amistad epistolar se sostuvo casi hasta el final de su vida.
La relación con Jorge Luis Borges fue de un signo distinto: aunque el propio Borges publicó el primer cuento relevante de Cortázar en 1946, ambos escritores mantuvieron después una distancia cordial pero marcada por diferencias estéticas y, sobre todo, políticas, ya que Borges nunca compartió el entusiasmo de Cortázar por las revoluciones cubana o sandinista. Con Octavio Paz, la amistad, larga y sincera, terminó igualmente resentida hacia el final por las discrepancias de Cortázar en relación con los derechos humanos en Cuba, un desacuerdo que el poeta mexicano no dejó de señalarle.
Ese entramado de vínculos personales, documentado hoy a través del proyecto académico Las cartas del Boom, que reúne más de doscientas misivas cruzadas entre estos autores, confirma el lugar central que Cortázar ocupó en aquella generación: de esas cartas recuperadas, escribió la mayor parte, y solía extenderse en ellas mucho más que sus corresponsales, en una escritura que él describía como un caudal de pensamientos dejado correr sin demasiada corrección posterior.
El giro cubano y el nacimiento del intelectual comprometido
En 1962, Cortázar viajó por primera vez a la Cuba revolucionaria, una experiencia que él mismo describiría como decisiva para su transformación personal. El escritor, hasta entonces volcado casi exclusivamente en la literatura fantástica y en sus traducciones, comenzó a partir de ese viaje una etapa de creciente activismo político.
Cortázar relató después la emoción de escuchar a trescientas mil personas vitorear el nombre del Che Guevara durante un discurso de Fidel Castro, y confesó que en ese momento sintió un inesperado orgullo de ser argentino. A partir de entonces mantuvo un vínculo estrecho con las instituciones culturales cubanas, en particular con Casa de las Américas, cuyo premio literario llegó a presidir en distintos jurados.
Esa nueva sensibilidad no estuvo exenta de tensiones. Cortázar protagonizó una conocida polémica con el escritor cubano Óscar Collazos, publicada en un pequeño volumen colectivo, en la que defendió la compatibilidad entre el compromiso revolucionario y la libertad formal de la literatura fantástica, frente a quienes reclamaban un realismo más directo y militante.
En 1970 viajó a Chile para asistir a la asunción de Salvador Allende como presidente, un episodio que reforzó su compromiso con los procesos de izquierda en la región. Años más tarde, tras el golpe de Augusto Pinochet, escribió Dossier Chile, un libro testimonial sobre la represión del régimen militar.
62/Modelo para armar y las misceláneas de los años sesenta
En 1968, Cortázar publicó 62/Modelo para armar, la novela que él mismo consideró su experimento narrativo más radical. El título remite explícitamente al capítulo 62 de Rayuela, donde uno de los personajes esboza la idea de una novela futura construida a partir de asociaciones libres entre los personajes, sin una psicología convencional que los sostenga.
La trama sigue a un grupo de amigos repartidos entre París, Londres y Viena, unidos por relaciones amorosas cruzadas y por una serie de coincidencias que el propio texto se niega a explicar del todo. Es, de las tres novelas mayores de Cortázar, la que exige mayor esfuerzo al lector y la que menos concesiones hace a cualquier forma de linealidad.
Ese mismo año apareció también Último round, y un año antes, en 1967, La vuelta al día en ochenta mundos, dos volúmenes misceláneos realizados en colaboración con el diseñador Julio Silva que combinan cuentos, ensayos breves, fotografías, collages y reflexiones sobre música y política. Cortázar prefería llamar a estos libros almanaques, en la línea de las publicaciones populares que había leído de niño.
Esa vocación por mezclar géneros y soportes, que hoy podría describirse como un antecedente analógico de la escritura hipertextual, convirtió a Cortázar en un autor especialmente atractivo para lectores jóvenes que no encontraban en la literatura seria de la época ese mismo grado de libertad formal.
Libro de Manuel, la literatura puesta al servicio de una causa
En 1973, en pleno auge de su compromiso político, Cortázar publicó Libro de Manuel, su única novela abiertamente política y también la última que escribió. La trama, centrada en un grupo de militantes latinoamericanos que planean el secuestro de un diplomático, incorpora dentro de la ficción recortes de prensa reales sobre la represión en distintos países de la región.
El propio Cortázar llegaría a calificar esta novela, con una autocrítica poco habitual en él, como la peor de sus obras, aunque reconocía la necesidad íntima que lo había llevado a escribirla. Pese a las reservas de buena parte de la crítica, que la recibió con frialdad, el libro obtuvo el premio Médicis en su versión francesa.
Cortázar donó los derechos de autor de la novela para asistir a presos políticos en Argentina, en un gesto que se repetiría con otras obras de esos años y que confirma hasta qué punto la escritura y la militancia se habían fundido para él en una sola actividad.
El Tribunal Russell, Nicaragua y los años de mayor militancia
A comienzos de los años setenta, Cortázar se convirtió en uno de los miembros más activos del segundo Tribunal Russell, el organismo independiente creado para investigar violaciones a los derechos humanos en América Latina, en el que compartió jurado con Gabriel García Márquez, entre otros intelectuales.
Como parte de ese compromiso escribió Fantomas contra los vampiros multinacionales, una insólita novela gráfica publicada en 1975 que utiliza al héroe de historietas francés Fantomas para denunciar, con un tono entre paródico y urgente, la represión política y la destrucción cultural en el continente.
El segundo Tribunal Russell celebró su primera sesión en Roma en la primavera de 1973, con el objetivo de escuchar testimonios sobre torturas y crímenes políticos cometidos por las dictaduras y regímenes autoritarios de países como Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, Haití, Nicaragua, Paraguay, República Dominicana y Uruguay. Cortázar participó como jurado junto a nombres como Laurent Schwartz, Alfred Kastler y Lelio Basso, en lo que él mismo describió como un regreso pleno a la actividad política tras años de un compromiso más literario que directamente militante.
En 1978, durante una serie de conferencias en Canadá, Cortázar conoció a Carol Dunlop, una escritora y fotógrafa estadounidense radicada en Quebec y treinta y dos años menor que él. Se convertiría en su última compañera y en una colaboradora decisiva en sus proyectos finales.
La revolución sandinista, que derrocó en 1979 al dictador Anastasio Somoza, encontró en Cortázar a uno de sus defensores más comprometidos. El escritor viajó varias veces a Nicaragua, cedió los derechos de algunas de sus obras a causas vinculadas al sandinismo y escribió Nicaragua, tan violentamente dulce, un testimonio publicado en 1983 sobre ese proceso revolucionario.
Los autonautas de la cosmopista, el último viaje compartido
En 1982, Julio Cortázar y Carol Dunlop emprendieron un viaje singular: recorrieron la autopista que une París y Marsella deteniéndose en cada una de sus áreas de servicio, a razón de dos por día, durante poco más de un mes, como si aquella carretera fuera en sí misma un territorio a explorar.
De esa experiencia surgió Los autonautas de la cosmopista, un libro escrito a cuatro manos, mitad diario de viaje y mitad juego literario, ilustrado con fotografías de la propia Dunlop. La obra se publicó en 1983, muy poco antes de la muerte de ambos, y transmite una mirada lúdica sobre la lentitud en un mundo que empezaba a valorar sobre todo la velocidad.
Cortázar donó también los derechos de este libro a la causa sandinista, en una decisión coherente con la que había tomado años antes respecto de otras obras. El volumen se lee hoy como un testamento sentimental compartido entre dos escritores que sabían, aunque no lo dijeran del todo, que el tiempo se les acababa.
Los últimos libros de cuentos: de Octaedro a Deshoras
Durante la década de los setenta y comienzos de los ochenta, Cortázar continuó publicando colecciones de relatos que, sin la fama de Bestiario o Final del juego, contienen algunas de sus páginas más maduras. Octaedro, de 1974, incluye Manuscrito hallado en un bolsillo, un relato construido en torno a un juego amoroso en el metro de París.
En 1977 apareció Alguien que anda por ahí, con cuentos marcados por un tono más sombrío y político que en sus primeros libros, reflejo de la violencia que atravesaba a la Argentina de esos años. Dos años más tarde, en 1979, publicó Un tal Lucas, un libro atípico compuesto por viñetas breves protagonizadas por un personaje llamado Lucas, a medio camino entre el cuento y la prosa poética.
En 1980 llegó Queremos tanto a Glenda, cuyo cuento que da título al volumen imagina a un grupo de admiradores de una actriz de cine que deciden intervenir sus películas para hacerlas perfectas, y que terminaría prestando también su nombre, de manera conmovedora, al libro de homenajes que los intelectuales nicaragüenses dedicaron a Cortázar tras su muerte.
Su último libro de relatos publicado en vida fue Deshoras, en 1982, una colección donde el tono melancólico y la conciencia del paso del tiempo son más explícitos que en cualquier etapa anterior de su narrativa breve. En esos cuentos finales, escritos ya con la salud resentida y con la certeza de haber vivido una vida plena, Cortázar vuelve sobre temas que lo habían acompañado desde el principio, como la infancia, la amistad y la pérdida, pero con una serenidad distinta a la urgencia experimental de sus primeros libros.
Vistas en conjunto, estas colecciones de madurez muestran a un escritor que, lejos de repetir la fórmula que le había dado fama con Bestiario, siguió buscando variantes formales hasta el final de su vida: la viñeta breve de Un tal Lucas, el relato largo y político de Alguien que anda por ahí, la reflexión sobre el tiempo de Deshoras. Esa capacidad de renovación constante es, para buena parte de la crítica especializada, tan meritoria como la audacia estructural de sus novelas mayores.
La poesía, la cara menos conocida de Cortázar
Aunque su fama se construyó sobre todo a partir de sus cuentos y novelas, Cortázar escribió poesía a lo largo de toda su vida, con un pudor que lo llevó a publicar poco y tarde. Pameos y meopas, de 1971, cuyo título es un juego anagramático con las palabras «poemas» y «poemas en prosa», reúne composiciones escritas a lo largo de varias décadas.
En 1984, el mismo año de su muerte, apareció Salvo el crepúsculo, un volumen poético mucho más extenso que combina versos con comentarios en prosa sobre el propio proceso de escritura. Cortázar explicó alguna vez que la poesía era para él un territorio más íntimo y menos exhibido que la narrativa, motivo por el cual tardó tanto en darla a conocer.
Esa faceta poética, todavía hoy la menos estudiada de su producción, revela a un Cortázar más melancólico que el narrador lúdico de los cronopios, y conecta directamente con la tradición del surrealismo francés que había frecuentado desde joven.
El jazz como método de escritura
Cortázar fue mucho más que un simple aficionado a la música. Su pasión por el jazz, y en particular por el bebop, terminó moldeando su propia manera de escribir, hasta el punto de que buena parte de la crítica describe su prosa como un reflejo literario de la improvisación musical. El propio autor reconoció en distintas entrevistas que había escrito pasajes enteros de Rayuela pensando en esa libertad estructural característica de la improvisación jazzística.
Esa afición aparece de forma explícita en varios momentos de su obra. El perseguidor está inspirado libremente en la figura del saxofonista Charlie Parker, mientras que su crónica Louis, enormísimo cronopio describe con devoción un concierto de Louis Armstrong. En Rayuela, los capítulos dedicados al Club de la Serpiente convierten las sesiones de jazz nocturnas en un símbolo de la libertad y la ruptura con las estructuras convencionales que persigue el propio Horacio Oliveira.
Ese ritmo cadencioso, hecho de frases que a veces se truncan justo antes de resolverse del todo, como si el propio texto imitara una frase musical inconclusa, es una de las marcas de estilo más reconocibles de Cortázar. La música, para él, no era un simple tema narrativo sino una fuente directa de método compositivo, tan influyente en su literatura como la tradición surrealista o el cuento fantástico de Poe.
La fotografía, una segunda escritura
Cortázar consideraba la fotografía una disciplina hermana de la literatura, comparable en su capacidad de síntesis con el cuento breve. Esa convicción lo llevó a colaborar en varios proyectos visuales a lo largo de su vida, en los que la imagen no era un simple acompañamiento del texto sino una forma paralela de narrar.
En 1968 publicó Buenos Aires, Buenos Aires, un libro realizado junto a las fotógrafas argentinas Sara Facio y Alicia D’Amico, en el que sus textos dialogan con retratos de la ciudad que lo había visto crecer. Años más tarde, durante un viaje a la India, fotografió con una vieja cámara de treinta y seis exposiciones el observatorio astronómico de mármol construido en el siglo dieciocho en Jaipur, un material que confió después a su amigo, el fotógrafo español Antonio Gálvez, para su revelado manual.
Gálvez, que retrató a Cortázar en numerosas ocasiones a lo largo de los años, se convirtió en uno de los colaboradores visuales más cercanos del escritor, y buena parte de ese archivo compartido de cartas, fotografías de viajes y retratos ha sido expuesto en muestras dedicadas a explorar el llamado archivo Cortázar, como la organizada por el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, que recorrió su vínculo con la fotografía a través de sus viajes por Cuba, Ceilán, Nicaragua, Polonia y el norte de Argentina, entre otros destinos.
Esa faceta fotográfica, todavía poco conocida fuera de los círculos académicos, confirma hasta qué punto Cortázar entendía la creación como un territorio sin fronteras claras entre disciplinas, en el que un cuento, una carta o una imagen podían perseguir exactamente la misma búsqueda expresiva.
Cortázar y el cine
La relación de Cortázar con el cine fue intensa, aunque casi siempre indirecta. En su juventud llegó a intentar la escritura de un guion, hoy perdido, pero su verdadera huella en el séptimo arte llegó a través de las adaptaciones que otros directores hicieron de sus relatos.
El cineasta argentino Manuel Antín adaptó varios de sus cuentos en los años sesenta, entre ellos Cartas de mamá y La cifra impar, inaugurando una relación fructífera entre la obra de Cortázar y el cine de su país. Pero la adaptación más célebre a nivel internacional fue Blow-Up, de Michelangelo Antonioni, estrenada en 1966 y libremente inspirada en el cuento Las babas del diablo.
Esa película, ambientada en el Londres pop de los años sesenta, trasladó la premisa del cuento (un fotógrafo que descubre en sus propias imágenes algo perturbador) a un contexto completamente distinto del original, y se convirtió en una de las películas europeas más influyentes de esa década. Directores de generaciones posteriores han seguido recurriendo al universo cortazariano como fuente de adaptaciones, un interés que las retrospectivas de cine organizadas durante el Año Cortázar de 2024 volvieron a poner en evidencia.
La muerte en París y el legado de Aurora Bernárdez
Carol Dunlop murió en noviembre de 1982, apenas unos meses después de terminado el viaje que dio origen a Los autonautas de la cosmopista. Cortázar, ya afectado por problemas de salud, nunca se recuperó del todo de esa pérdida.
Julio Cortázar murió en París el 12 de febrero de 1984, a los sesenta y nueve años, a causa de una leucemia. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la misma tumba donde descansaba Carol Dunlop, un detalle que sus lectores más fieles siguen visitando como un pequeño ritual de peregrinación literaria.
Aurora Bernárdez, su primera esposa, con quien había mantenido una relación de amistad y colaboración incluso después de la separación, se convirtió en albacea literaria de toda su obra. A ella se debe buena parte de la publicación póstuma de manuscritos inéditos, así como la donación de objetos personales del escritor que hoy pueden verse en distintas exposiciones y archivos.
Cuando falleció Cortázar, el comandante sandinista Tomás Borge participó en un homenaje en Nicaragua en el que su voz se quebró de emoción, un episodio recogido después en el libro colectivo Queremos tanto a Julio, publicado en homenaje al escritor por sus amigos nicaragüenses.
Los inéditos que siguieron llegando después de su muerte
La muerte de Cortázar no cerró su bibliografía. En los años siguientes se publicaron varias obras que habían permanecido guardadas, entre ellas Divertimento, escrita en 1949 y publicada en 1986, y El examen, otra novela temprana rescatada del cajón del escritor.
También vio la luz Diario de Andrés Fava, un texto breve vinculado temáticamente a El examen, así como distintas recopilaciones de textos dispersos bajo el título Papeles inesperados, editadas ya en el presente siglo a partir del archivo conservado por Aurora Bernárdez.
Entre 2000 y 2012 se publicaron también los cinco volúmenes de su correspondencia completa, ordenados por Aurora Bernárdez junto al filólogo Carles Álvarez Garriga, un material que los especialistas consideran hoy imprescindible para entender la evolución de su pensamiento literario y político. En esas cartas, Cortázar aparece como uno de los corresponsales más prolíficos y sinceros del Boom latinoamericano, con un estilo epistolar que él mismo describía como un caudal de pensamientos que dejaba correr sin demasiada elaboración previa.
A ese trabajo de rescate se sumó también la publicación de volúmenes temáticos más acotados, como Cartas a los Jonquières, dedicado a la correspondencia con un matrimonio de amigos argentinos a lo largo de varias décadas, un material que permite seguir el día a día del escritor con un detalle que los libros de ensayo no ofrecen. Alfaguara, la editorial que desde 1986 se ocupa de mantener viva su obra completa a través de la colección Biblioteca Cortázar, con cubiertas diseñadas por su viejo colaborador Julio Silva, ha ido incorporando estos materiales a un catálogo que no ha dejado de crecer desde la muerte del autor.
Menos conocida, aunque igualmente relevante para entender su formación intelectual, es su Obra crítica, publicada en tres volúmenes por Alfaguara con edición de especialistas como Jaime Alazraki y Saúl Yurkievich, que reúne los ensayos y reflexiones teóricas del propio Cortázar sobre el oficio literario, el cuento como género y la tradición fantástica en la que se reconocía. Esos textos, escritos a lo largo de toda su trayectoria, ofrecen la versión más explícita de sus propias ideas sobre la literatura, un complemento indispensable para leer el resto de su producción narrativa.
Cortázar en 2026: traducciones, exposiciones y un legado que no deja de moverse
El interés por Cortázar no se ha apagado con el paso de las décadas, y los últimos dos años lo confirman con particular intensidad. El «Año Cortázar» declarado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires en 2024 incluyó la muestra Comienzo del juego en el Centro Cultural Recoleta, que reunió por primera vez en el país objetos personales del escritor prestados por el Museo del Escritor de Madrid, entre ellos su sombrero, su pipa y una radio portátil que él mismo describía como un libro con brazos.
La Biblioteca Nacional Mariano Moreno organizó ese mismo año la muestra Julio Cortázar. Instrucciones para viajar, centrada en manuscritos originales, mientras que la Biblioteca del Congreso presentó una exposición de ilustradores argentinos inspirados en su obra. En Barcelona, la muestra Cortázar en casa recorrió su vínculo con la ciudad donde vivió de niño y a la que regresaría de adulto con frecuencia.
En el plano editorial, 2025 trajo la primera traducción al inglés de Divertimento, publicada por Vintage Classics, que permitió a los lectores angloparlantes acceder a una de sus novelas de juventud casi ochenta años después de haber sido escrita. Ese mismo año se conoció también la edición en portugués de un volumen colectivo sobre la correspondencia del Boom en el que Cortázar ocupa un lugar central.
A comienzos de 2026, ese mismo epistolario del Boom se tradujo al inglés bajo el título Letters from Julio, mientras que su versión italiana mereció portadas y reseñas extensas en suplementos culturales como el de La Repubblica. De las más de doscientas cartas recuperadas en ese proyecto, Cortázar firma la mayoría, un dato que confirma su papel como el escritor más prolífico en la correspondencia de aquel grupo de autores latinoamericanos.
En distintas localidades argentinas, desde Banfield hasta Saladillo y Salta, los homenajes locales continúan sucediéndose cada 26 de agosto y cada 12 de febrero, fechas de su nacimiento y de su muerte. En Banfield, la Sociedad Argentina de Escritores restituyó en 2025 la placa conmemorativa colocada originalmente en el año 2000 frente a la casa donde el escritor vivió su infancia, en un acto que combinó lecturas públicas con la participación de narradores locales. En Salta, la biblioteca provincial organiza cada año una muestra bibliográfica y periodística que recorre su obra a través de una mesa panel abierta al público.
Ese tipo de homenajes, sostenidos por instituciones culturales de distinta escala, conviven hoy con un interés editorial renovado que trasciende el ámbito hispanohablante. La reedición constante de sus traducciones de Edgar Allan Poe, la circulación de nuevas ediciones de bolsillo de Rayuela y de sus Cuentos completos, y el interés sostenido de sellos como Alfaguara, Cátedra o Edhasa por mantener viva su bibliografía en distintos formatos confirman que la vigencia de Cortázar no depende únicamente de los aniversarios redondos, sino de una demanda de lectores que se renueva año tras año.
Una influencia que atraviesa generaciones
El impacto de Cortázar sobre la narrativa posterior en español es difícil de exagerar. Su manera de instalar lo fantástico dentro de escenarios domésticos y reconocibles marcó a toda una generación de cuentistas latinoamericanos que llegaron después, muchos de los cuales reconocieron abiertamente su deuda con el autor de Bestiario.
Esa influencia no se limitó al ámbito hispanohablante. Escritores en lengua inglesa y francesa han citado con frecuencia a Cortázar entre sus referencias formativas, en particular por su manejo del cuento como género capaz de sostener una tensión filosófica sin perder nunca el pulso narrativo. La traducción de Gregory Rabassa de Rayuela, reconocida en su momento con el primer National Book Award otorgado a una obra traducida, contribuyó de forma decisiva a instalar ese prestigio en el mundo anglosajón.
En Argentina, autores nacidos ya en democracia siguen citando a Cortázar como una de sus primeras puertas de entrada a la literatura, gracias en buena medida a la presencia constante de sus cuentos en los programas escolares. Esa combinación poco frecuente entre prestigio académico y lectura popular explica por qué, en las encuestas y homenajes organizados durante el Año Cortázar de 2024, funcionarios culturales y organizadores insistieron en que su obra seguía convocando tanto a especialistas como a lectores jóvenes que la descubrían por primera vez.
La crítica literaria contemporánea, por su parte, ha vuelto en los últimos años sobre aspectos de su obra antes poco explorados, como su faceta de traductor, su producción poética o su archivo epistolar, en un movimiento que amplía el perfil del escritor más allá del autor de Rayuela y los cronopios con el que se lo suele identificar de manera más inmediata.
Por qué se sigue leyendo a Cortázar
Pocos escritores en lengua española han logrado sostener al mismo tiempo el favor de la crítica académica y el cariño de lectores que descubren su obra por fuera de cualquier obligación escolar. Cortázar consiguió ambas cosas gracias a una combinación poco frecuente: la audacia formal de un vanguardista y la calidez de un narrador que nunca renunció a contar una buena historia.
Su capacidad para instalar lo fantástico en medio de la vida más cotidiana sigue siendo una lección de escritura que autores muy posteriores continúan estudiando. Al mismo tiempo, su costado político, el de un intelectual que puso su prestigio y sus derechos de autor al servicio de causas concretas, lo distingue de otros grandes nombres del Boom que mantuvieron una relación más distante con la militancia directa.
Cortázar solía decir que odiaba las cartas literarias, esas que se piensan y se corrigen antes de enviarse, y que prefería dejar correr el pensamiento tal como llegaba. Esa misma naturalidad, esa desconfianza hacia lo solemne, es quizás la clave que explica por qué, cuarenta y dos años después de su muerte, sus cronopios, su Maga y sus casas tomadas por lo invisible siguen encontrando lectores nuevos en cada generación.
Su obra completa, repartida entre cuentos, novelas, poesía, ensayo, fotografía y una correspondencia todavía en proceso de traducción y estudio, ofrece pocas certezas cerradas y muchas puertas abiertas, exactamente como proponía el tablero de dirección de Rayuela. Quizás por eso cada aniversario, cada exposición y cada nueva edición no funcionan como un simple ritual conmemorativo, sino como una comprobación renovada de que la literatura de Cortázar sigue haciendo lo que mejor supo hacer siempre: invitar al lector a jugar, y a perderse un poco, dentro de sus propias páginas.
Cuarenta y dos años después de aquel 12 de febrero de 1984, esa invitación sigue en pie, tan vigente como la primera vez que alguien abrió Bestiario y descubrió, sin buscarlo, que algo extraño podía habitar la casa de al lado.