Dolly Rebecca Parton nació en una cabaña de una sola habitación a orillas del Little Pigeon River y murió en un centro oncológico de Nashville, dentro del complejo hospitalario de la Universidad de Vanderbilt al que llevaba años donando dinero. Entre esos dos puntos caben setenta años de trabajo, más de 3.000 canciones escritas, cerca de cincuenta discos de estudio, un parque de atracciones, una fundación que reparte libros en cinco países y una cantidad de dinero que ni ella ni sus contables se molestaron nunca en desmentir.
La cantante, compositora, actriz, empresaria y filántropa estadounidense ha muerto el martes 25 de agosto en Nashville, a los 80 años. Su equipo confirmó que falleció en el Vanderbilt-Ingram Cancer Center, rodeada de los suyos, tras lo que el comunicado familiar describió como una breve batalla contra el cáncer. No se han hecho públicos los detalles del diagnóstico.
El anuncio no lo hizo un gabinete de prensa. Lo hizo, en vídeo, su sobrino Bryan Seaver, hijo de su hermana Cassie y jefe de su equipo de seguridad durante más de dos décadas, un puesto que antes había ocupado su padre. Seaver explicó que Parton le había pedido años atrás que fuera él quien diera la noticia cuando llegara el momento, y que hasta entonces no había llegado a asimilar del todo que ese momento fuera a existir.
La llamó por su nombre completo, Dolly Rebecca Parton Dean, y luego por los nombres con los que la conocían en casa. Hermana. Sis. Aunt Granny para una generación de la familia. Gigi para la siguiente.
El comunicado oficial resumía en una frase el modo en que ella misma habría querido que se contara: una vida de estrás que brilló lo bastante como para que la viera el mundo entero.
Los últimos meses
La muerte no llegó por sorpresa para quienes venían siguiendo el último año de Parton, aunque ella hizo cuanto pudo por quitarle importancia.
El punto de inflexión fue el 3 de marzo de 2025, cuando murió en Nashville Carl Thomas Dean, su marido durante casi sesenta años. Tenía 82 años. Se habían conocido en 1964, el primer día que ella pisó la ciudad, delante de una lavandería, y se casaron en Ringgold, Georgia, el 30 de mayo de 1966. Dean llevó durante décadas una empresa de asfaltado de carreteras y accesos, evitó sistemáticamente los focos y, según ella misma contó, sólo la vio actuar una vez.
Cuatro días después del entierro, Parton publicó If You Hadn’t Been There, una canción escrita para él. Después dijo que había aparcado la escritura. Era la primera vez en sesenta años que decía algo parecido.
En septiembre de 2025 aplazó la residencia que tenía prevista en el Colosseum del Caesars Palace de Las Vegas, seis funciones en diciembre bajo el título Dolly: Live in Las Vegas, y la trasladó a septiembre de 2026. Habló de «problemas de salud» sin concretar.
En octubre, su hermana Freida pidió públicamente oraciones por ella y se desató el pánico. Parton respondió con un vídeo grabado en el plató de un anuncio del Grand Ole Opry. Preguntó a cámara si tenía aspecto de estar enferma. Dijo que estaba trabajando. Explicó que, mientras Carl estuvo enfermo, y estuvo enfermo mucho tiempo, ella se había desatendido, y que ahora los médicos le estaban poniendo al día de todo lo que había dejado pasar.
Después bromeó con una imagen generada por inteligencia artificial que circulaba por las redes y en la que aparecía Reba McEntire junto a su lecho de muerte. Dijo que las dos salían con un aspecto que pedía entierro directo, y que si de verdad se estuviera muriendo no le parecía que Reba fuera a ser la elegida para acompañarla. La frase con la que cerró aquel vídeo fue la que dio la vuelta al mundo: todavía no se había muerto.
El 19 de enero de 2026 cumplió 80 años. El gobernador de Tennessee, Bill Lee, firmó una proclamación declarando esa fecha Día de Dolly Parton en el estado. Tres días antes se había publicado una nueva versión en directo de Light of a Clear Blue Morning, la canción con la que en 1977 había celebrado su independencia artística, grabada ahora con Queen Latifah, Lainey Wilson, Miley Cyrus, Reba McEntire y David Foster.
En marzo de 2026 apareció en la apertura de temporada de Dollywood, su parque de atracciones de Pigeon Forge, y pronunció un discurso en el que reconoció que el duelo la había dejado agotada por dentro y por fuera. Dijo que tenía «algunos problemillas de salud» y que se estaban ocupando de ellos. Y bromeó con que Carl Dean la estaba esperando y no le haría ninguna gracia verla llegar a las puertas del cielo acompañada.
En mayo canceló definitivamente la residencia de Las Vegas. En el comunicado explicó que llevaba años tratándose cálculos renales y añadió que le sacaban más piedras al año que la cantera de Rockwood, en Tennessee. Era una manera muy suya de informar de algo grave sin dejar de hacer reír.
En julio murió su hermano Coy, conocido en la familia como Denver, a los 82 años. Era el cuarto de los doce hermanos Parton que se iba. Randy, cantante y guitarrista de su banda durante años, había muerto de cáncer en 2021. Floyd, autor de algunas de sus canciones, en 2018. David, en 2024.
A principios de agosto canceló una aparición en Dollywood. Envió un vídeo breve en el que decía que el médico le había cortado las alas y le había prohibido viajar.
«Todavía me quedan muchas cosas por hacer»
El 21 de agosto de 2026, la revista People publicó una entrevista con ella. Fue la última.
Parton reconoció que estaba lidiando con problemas de salud a los que no había prestado atención mientras cuidaba de su marido. Habló de ello con naturalidad, recordando que ya había pasado por episodios serios antes, entre ellos los meses que estuvo apartada de todo a principios de los ochenta.
También quitó hierro al asunto con un argumento que sonaba a alguien que llevaba sesenta años gestionando su propia leyenda: en un mundo que funciona veinticuatro horas al día en las redes sociales, dijo, todo se amplifica.
Y luego pronunció la frase que ahora se lee de otra manera. Dijo que se había metido soñando en una esquina y que todavía le quedaban muchísimas cosas por conseguir. Que seguía curándose, pero que seguía trabajando.
Enumeró proyectos. El musical sobre su vida, camino de Broadway. El hotel y el museo de Nashville. Incluso mencionó que estaba explorando acuerdos con empresas especializadas en actuaciones mediante avatares, para poder seguir estando en un escenario cuando ya no pudiera subirse a uno.
Ese mismo día ingresó en el Vanderbilt-Ingram Cancer Center. Murió cuatro días después.
Un entierro privado y un país entero de luto
Parton decidió que no habría funeral público. Fue enterrada el viernes 28 de agosto en una ceremonia privada, sólo con la familia más cercana, en el Woodlawn Memorial Park de Nashville, junto a Carl Dean.
Su sobrina Lainey Mae Parton lo contó al día siguiente en un mensaje en el que explicaba que había esperado a que enterraran a su abuela para poder escribir algo. Recordó que Parton, al no haber tenido hijos, se había ocupado de que todos sus sobrinos se sintieran suyos.
La ausencia de ceremonia pública no impidió el duelo colectivo. El presidente Donald Trump ordenó que las banderas ondearan a media asta en todo el país durante una semana. Ante la casa de Brentwood en la que vivió más de cincuenta años, y ante la estatua de bronce que le levantaron en el juzgado de Sevierville, su pueblo, se acumularon flores durante días. Ella siempre dijo que esa estatua era el mayor honor que había recibido, porque venía de la gente que la conocía de verdad.
El sábado 29, el Grand Ole Opry dedicó su función semanal a su memoria. La rebautizó Opry 100 – The Opry Remembers Dolly Parton y colgó el cartel de entradas agotadas. En el centro del escenario colocaron una mariposa gigante hecha de flores rosas, uno de sus emblemas desde Love Is Like a Butterfly.
Abrió la noche Carly Pearce, que empezó cantando de adolescente en Dollywood y a quien Parton invitó personalmente a ingresar en el Opry en 2021. Interpretó Those Memories of You y dijo que era lo justo que le tocara a ella honrar a la reina.
Kathy Mattea cantó Jolene. Ketch Secor y Molly Tuttle hicieron Just Someone I Used to Know. Channing Wilson, My Tennessee Mountain Home. Dan Tyminski presentó Smile When You’re Alone diciendo que la voz de Parton habría encajado ahí a la perfección. Su sobrina Jada Star habló en nombre de la familia y cantó The Orchard, la canción que había grabado con ella para el álbum familiar de 2024.
El final fue 9 to 5, con todos los músicos en el escenario y una aparición sorpresa de Jelly Roll. Luego se apagaron las luces y proyectaron un vídeo de Parton cantando I Will Always Love You en ese mismo escenario. Los artistas y los invitados de bambalinas lo vieron desde donde estaban, sin moverse.
Una parte de la recaudación fue a la Imagination Library.
Su placa de socia del Opry luce desde entonces un lazo blanco. Parton ingresó en la institución en 1969 y actuó en su escenario durante casi setenta años, desde que se subió a él por primera vez con trece. Dan Rogers, vicepresidente y productor ejecutivo del Opry, contó que la ovación más ruidosa que ha oído nunca entre aquellas paredes fue la de una aparición sorpresa suya, y que su buzón de correo de admiradores seguía llenándose todas las semanas, en cualquier época del año.
Cuatro días después de su muerte, el gobernador Bill Lee y el aeropuerto internacional de Nashville anunciaron su intención de ponerle su nombre. La propuesta llegó después de que una petición ciudadana lanzada en enero de 2025 pasara de unos miles de firmas a más de 169.000 en cuestión de días. La autoridad aeroportuaria tiene previsto abordarla en su reunión del 17 de septiembre. El equipo de Parton ha dicho que la familia agradece el gesto y está abierta a seguir hablando.
Las cadenas de cines AMC y Regal programaron reposiciones de Magnolias de acero y El mejor burdel de Texas. Y su hermana Stella publicó un mensaje en el que revelaba algo que dice bastante sobre cómo entendía Parton su propia enfermedad: le había contado que, aunque no hubiera esperanza para ella, autorizaría a su equipo médico a probar fármacos experimentales por si servían a otros más adelante.
Locust Ridge
Nació el 19 de enero de 1946 en Pittman Center, condado de Sevier, Tennessee, en una cabaña de una habitación. Fue la cuarta de doce hermanos. Su madre, Avie Lee Owens, tuvo once embarazos en veinte años, uno de ellos de gemelos, y a los treinta y cinco años ya era madre de doce.
Su padre, Robert Lee Parton, al que todos llamaban Lee, empezó como aparcero y acabó cultivando su propio tabaco en una parcela pequeña, completando los ingresos con trabajos de construcción. No sabía leer ni escribir. Su hija repitió durante toda su vida que era una de las personas más inteligentes que había conocido, y que todo lo que ella sabía de negocios lo había aprendido de él.
Al médico misionero que la trajo al mundo, Robert F. Thomas, su padre le pagó con un saco de harina de maíz. Décadas más tarde, Parton le dedicó una canción y donó medio millón de dólares para un hospital y un centro oncológico en Sevierville que lleva su nombre.
La familia se mudó pronto a una cabaña de dos habitaciones en Locust Ridge, en una granja de subsistencia al norte del valle de Greenbrier, en las Great Smoky Mountains. Allí transcurrió casi toda su infancia. De aquel paisaje salió My Tennessee Mountain Home. Años después de que se vendiera la finca, Parton la volvió a comprar y su hermano Bobby se encargó de restaurarla. Hay una réplica de la cabaña en Dollywood.
Ella describía a su familia como pobre de solemnidad. Lo escribió sin sentimentalismo en Coat of Many Colors y en In the Good Old Days (When Times Were Bad), dos canciones que funcionan como las dos caras de la misma moneda: la dignidad de los pobres y el rechazo a la nostalgia fácil sobre la miseria.
La música llegó por vía materna. Avie Lee, de ascendencia galesa, cantaba baladas antiguas llegadas a los Apalaches con los emigrantes de las islas británicas en los siglos XVIII y XIX. Parton llamaba a esa voz «obsesionante» y decía que se sentía físicamente.
Su abuelo materno, Jake Owens, era predicador pentecostal y pastoreaba la congregación de la Church of God a la que iba la familia. Ella empezó a cantar en aquella iglesia a los seis años. A los siete se fabricó una guitarra. A los ocho, un tío le regaló la primera de verdad.
Pero la referencia decisiva no fue ninguna estrella. Cuando le preguntaban por sus influencias, respondía que la gente esperaba nombres importantes y que su heroína había sido su tía Dorothy Jo, la hermana pequeña de su madre, que era evangelista, tocaba el banjo y la guitarra y escribía buenas canciones.
Con diez años ya cantaba en The Cas Walker Show, en la radio WIVK y en la televisión WBIR de Knoxville. Con trece grabó su primer sencillo, Puppy Love, en un sello pequeño de Luisiana, Goldband Records, y actuó por primera vez en el Grand Ole Opry. Allí conoció a Johnny Cash, que le dijo que siguiera su instinto y no hiciera caso a nadie.
El día después del instituto
Se graduó en el instituto del condado de Sevier en 1964. Al día siguiente cogió un autobús a Nashville. Tenía dieciocho años y una maleta de cartón llena de canciones a medio escribir.
Aquella misma mañana, mientras esperaba a que terminara la colada en una lavandería llamada Wishy Washy, salió a la calle a por un refresco. Un chico de Nashville llamado Carl Dean paró el coche a su lado y le dijo que con esa camiseta se iba a quemar al sol. Estuvieron hablando. Se casaron dos años después y siguieron juntos cincuenta y ocho.
Sus primeros éxitos no fueron como intérprete sino como compositora. Firmó con la editorial Combine y, junto a su tío Bill Owens, escribió Put It Off Until Tomorrow y The Company You Keep, dos top ten para Bill Phillips en 1966, y Fuel to the Flame para Skeeter Davis en 1967. Kitty Wells y Hank Williams Jr. también grabaron cosas suyas.
En 1965, con diecinueve años, fichó por Monument Records, que decidió venderla como cantante de pop adolescente. Ella quería hacer country. El sello se negó con el argumento de que su soprano, agudísima y con ese vibrato tan reconocible, no encajaba en el género.
Sólo cuando Put It Off Until Tomorrow llegó al número seis de la lista country en 1966 la dejaron probar. Su primer sencillo country, Dumb Blonde, escrito por Curly Putman, alcanzó el puesto 24 en 1967. Le siguió Something Fishy. Los dos aparecieron en su primer álbum, Hello, I’m Dolly.
La ironía de que su carrera arrancara con una canción titulada «rubia tonta», cantada por una mujer a la que subestimarían por su aspecto durante los siguientes sesenta años, no se le escapó nunca a nadie. Y menos a ella.
Porter Wagoner, o el precio de aprender
En 1967, Porter Wagoner la llamó para incorporarse a su programa de televisión sindicado y a su espectáculo de carretera. Wagoner era una institución del country, con sus trajes Nudie bordados y su tupé imposible, y su audiencia no encajó bien el cambio: Parton sustituía a Norma Jean, y durante meses hubo público que gritaba el nombre de la anterior desde las butacas.
Wagoner la impuso. Convenció a su sello, RCA Victor, para que la fichara, y RCA protegió la inversión sacando su primer sencillo como dúo con él, una versión de The Last Thing on My Mind, de Tom Paxton. Entró en el top ten country en enero de 1968 y abrió seis años de éxitos casi ininterrumpidos como pareja.
En solitario le costó mucho más. Su primer sencillo para RCA, Just Because I’m a Woman, se quedó en el puesto 17 en 1968. Durante dos años, nada de lo que publicó sola funcionó como los dúos, ni siquiera In the Good Old Days (When Times Were Bad), que acabaría siendo un estándar. La Country Music Association los nombró grupo vocal del año en 1968. A ella la seguían ignorando.
Wagoner tenía intereses muy concretos en el asunto. En 1969 era coproductor de sus discos y poseía casi la mitad de Owe-Par, la editorial que Parton había fundado con su tío Bill Owens.
En 1970, frustrados los dos, Wagoner la convenció para grabar Mule Skinner Blues, de Jimmie Rodgers, medio en broma. Funcionó: número tres. En febrero de 1971 llegó Joshua, su primer número uno en solitario. Y después, en cascada, Coat of Many Colors, Touch Your Woman, My Tennessee Mountain Home.
Parton siempre había querido una carrera propia. Dejó de aparecer en el programa a mediados de 1974 y dieron su último concierto juntos en abril de aquel año. Wagoner siguió produciéndole discos hasta 1975. Su último disco a dúo fue Say Forever You’ll Be Mine. La ruptura del contrato acabó en pleito, y el acuerdo que lo cerró incluyó la publicación en 1980 del álbum Porter & Dolly.
De aquella separación salió I Will Always Love You. No es una canción de amor romántico. Es una carta de despedida a un socio, escrita con una generosidad que en el negocio de la música no abunda: te dejo, te lo agradezco todo, no quiero ser un estorbo en tu camino.
Elvis Presley quiso grabarla. Parton estaba encantada hasta que el coronel Tom Parker le comunicó que el procedimiento habitual consistía en ceder la mitad de los derechos editoriales de cualquier canción que grabara Presley. Ella dijo que no. Lloró toda la noche, según contó después, pero dijo que no.
Esa negativa acabó siendo probablemente la decisión financiera más rentable de la historia del country. Cuando Whitney Houston convirtió la canción en un fenómeno mundial en 1992, los derechos seguían siendo suyos.
La compositora
Cualquier balance honesto de Dolly Parton tiene que empezar por ahí. Antes que la peluca, antes que el parque temático, antes que el personaje: las canciones.
Escribió más de 3.000. Decía que escribía algo todos los días, aunque fuera una idea suelta, y que llevaba haciéndolo en serio desde los siete años. No sabía leer música. Tocaba el dulcémele, el autoarpa, el banjo, la guitarra acústica y eléctrica, el violín, el piano, la flauta dulce y el saxofón. Sobre eso decía que tocaba un poco de todo, que no era buena en nada, pero que se entregaba.
Era, además, una rareza en Nashville: escribía sus mejores canciones sola, en una ciudad construida sobre la coautoría.
Coat of Many Colors, de 1971, es su obra maestra en el registro autobiográfico. La escribió, según contó siempre, en el reverso de un recibo de la tintorería, en la furgoneta de gira de Wagoner. Cuenta la historia del abrigo de retales que su madre le cosió con trapos donados y de las burlas que recibió en la escuela por llevarlo. No hay resentimiento en la canción. Hay una afirmación de la dignidad de los pobres que en la radio estadounidense de los setenta sonaba casi política.
Jolene es de 1973 y llegó al número uno de la lista country en febrero de 1974. Parton contó infinidad de veces su origen: una cajera pelirroja de banco que coqueteaba con Carl Dean con demasiado descaro, y un nombre que le tomó prestado a una niña que se acercó a pedirle un autógrafo.
La letra no amenaza. Suplica. Una mujer le pide a otra, más guapa que ella, que no le quite al marido, admitiendo de paso que podría hacerlo sin esfuerzo. Esa mezcla de vulnerabilidad y franqueza brutal era rarísima en el pop de la época, poblado de canciones sobre encontrar o perder el amor pero no sobre reconocerse derrotada de antemano.
Musicalmente funciona como una balada folk antigua, en tono menor, con la guitarra en fingerpicking rapidísimo del músico de sesión Chip Young y esa escalada de acordes en cada llamada al nombre. Parton explicó una vez que el estribillo era tan simple que podría cantarlo un niño de primero.
Por eso ha aguantado más de cuatrocientas versiones, en decenas de idiomas y en manos de intérpretes de cualquier género. Jack White la cantó con The White Stripes en 2001 en primera persona masculina y funcionó igual. Beyoncé la reescribió en Cowboy Carter, con la bendición explícita de Parton, y le dio la vuelta al planteamiento: en su versión hay tanta admiración de una mujer por otra como miedo.
Descubrió, años después, revisando cintas antiguas, que había escrito Jolene e I Will Always Love You en la misma sesión. La misma noche. Su comentario fue que había sido una buena noche.
El lado gótico
Existe otra Dolly Parton, mucho menos citada, que resulta imprescindible para entenderla como escritora.
En sus primeros discos, muchos de ellos con ventas discretas, abordó asuntos que la radio country de finales de los sesenta y principios de los setenta prefería no tocar: el maltrato psicológico, el internamiento forzoso de mujeres, el duelo de una madre biológica que entrega a su hijo, el embarazo fuera del matrimonio, la muerte de un recién nacido, el suicidio de una mujer abandonada.
Down From Dover, incluida en The Fairest of Them All (1970), es el ejemplo más citado: una chica embarazada esperando a un hombre que no volverá, y un desenlace que ninguna emisora quería programar.
Ese conocimiento del lado oscuro es lo que da peso a las canciones luminosas. Cuando Parton cantaba sobre trascendencia, sobre mañanas azules y sobre mariposas, no lo hacía desde la ingenuidad. Lo hacía desde alguien que había puesto por escrito lo peor.
Su otra veta constante fue el gospel. The Golden Streets of Glory (1971) fue su primer disco religioso; volvería a ese terreno una y otra vez, hasta For God and Country (2003), y en 2009 ingresó en el Gospel Music Hall of Fame.
El salto al pop y la maquinaria del personaje
A partir de 1976, Parton diseñó conscientemente su cruce al mercado generalista. Ese año empezó a trabajar con Sandy Gallin, que sería su representante durante veinticinco años, y con el álbum All I Can Do asumió por primera vez tareas de producción.
New Harvest… First Gathering (1977) fue su primer disco autoproducido de principio a fin. Incluía versiones de My Girl, de The Temptations, y de Higher and Higher. Fue número uno en la lista country y no hizo prácticamente nada en la lista pop.
El giro llegó con Here You Come Again (1977), producido por Gary Klein. Fue su primer millón de copias. La canción que le da título, escrita por Barry Mann y Cynthia Weil, fue número uno country y llegó al tres en la lista pop. Le dio su primer Grammy en 1978.
En su parte del país, aquello se vivió como una traición. Parton nunca lo negó ni pidió perdón. Su respuesta habitual era que no se estaba yendo del country, sino llevándoselo consigo a otros sitios.
Es el momento en que el personaje se termina de construir. La peluca cada vez más alta, las uñas larguísimas, el maquillaje espectacular, el vestuario imposible. Ella lo explicó siempre con una franqueza desarmante: de niña, en aquellas montañas, la mujer más llamativa que veía era la que el pueblo consideraba una perdida, y a ella le pareció que aquello era exactamente lo que quería ser de mayor. No era guapa por naturaleza, decía, así que se inventó un aspecto.
De ahí salió una de sus frases más repetidas: cuesta mucho dinero parecer tan barata.
En octubre de 1978 apareció en la portada de Playboy vestida de conejita, orejas incluidas. Había rechazado varias veces posar desnuda. La entrevista de Lawrence Grobel que acompañaba aquella portada fue una de las primeras conversaciones largas y sinceras que concedió a un medio generalista.
Su busto se convirtió en un asunto público que ella gestionó a base de chistes propios, adelantándose siempre al chiste ajeno. La oveja clonada Dolly recibió su nombre porque procedía de una célula de glándula mamaria. Un puente de Mobile, Alabama, se conoce popularmente por sus arcos como el puente Dolly Parton. Sobre la cirugía estética nunca disimuló: si algo se descuelga, se afloja o se arrastra, decía, se corta, se estira o se aspira.
Contó también, encantada, que una vez se presentó de incógnito a un concurso de drag queens imitadoras de Dolly Parton en Los Ángeles y perdió.
Ese personaje operaba como un caballo de Troya. Detrás de la caricatura había una mujer que controlaba su editorial, sus derechos, su imagen y, más tarde, sus empresas, en una industria que en los años setenta no dejaba a ninguna mujer controlar nada.
Hollywood
En 1980 debutó en el cine con 9 to 5, dirigida por Colin Higgins, junto a Jane Fonda y Lily Tomlin. Interpretaba a Doralee Rhodes, una secretaria acosada por su jefe. La película es una comedia sobre la discriminación laboral de las mujeres y sirvió de altavoz a la asociación de trabajadoras del mismo nombre.
Recaudó más de 103 millones de dólares en todo el mundo. Parton fue nominada al Globo de Oro a la mejor actriz de comedia o musical y al de nueva estrella del año, y la revista Motion Picture Herald la nombró actriz más taquillera en 1981 y 1982.
La canción es otra historia. 9 to 5 fue número uno simultáneo en las listas country, pop y adult contemporary en febrero de 1981, ganó dos Grammy y fue nominada al Oscar. El ritmo que la abre lo sacó de chocar sus propias uñas postizas entre sí mientras esperaba en el rodaje. En los créditos de la grabación figura acreditada a voz principal y máquina de escribir.
Es probablemente el himno laboral más eficaz que ha dado la música popular estadounidense, y lo escribió alguien que jamás había trabajado en una oficina.
Siguió El mejor burdel de Texas (1982), con Burt Reynolds, que le valió otra nominación al Globo de Oro y recaudó más de 69 millones. Allí volvió a grabar I Will Always Love You, esta vez como despedida amorosa, y el sencillo fue de nuevo número uno country.
Después vino Rhinestone (1984), con Sylvester Stallone, un desastre crítico y comercial que costó 28 millones y recaudó 21, y que le dio un premio Razzie a la peor canción original por Drinkin’stein. Es fácil imaginar cómo se lo tomó.
Volvió en 1989 con Magnolias de acero, adaptación de la obra de Robert Harling, donde interpretaba a la peluquera Truvy Jones. Fue un éxito de crítica y público, con más de 95 millones de dólares recaudados sólo en Estados Unidos, y la única de sus películas que se ha instalado de forma duradera en el canon del melodrama americano.
El resto de su filmografía es más irregular: Straight Talk (1992) con James Woods, la comedia Frank McKlusky, C.I. (2002), un cameo en Miss Agente Especial 2, la voz de una gnoma en Gnomeo y Julieta (2011) y Joyful Noise (2012) junto a Queen Latifah.
En televisión tuvo dos programas de variedades con su nombre, Dolly! (1976-1977) y Dolly (1987-1988). Los dos duraron una sola temporada. Del primero pidió salirse porque le estaba destrozando las cuerdas vocales.
Apareció como ella misma en Los Simpson, en Designing Women, en Hannah Montana, donde hacía de tía Dolly de su ahijada real Miley Cyrus, en la última temporada de Grace and Frankie reencontrándose con Fonda y Tomlin, y en un episodio de The Orville interpretando a una simulación de sí misma.
Su empresa Sandollar Productions, cofundada con Gallin, produjo el documental Common Threads: Stories from the Quilt, que ganó el Oscar en 1990, y las series Buffy cazavampiros y Angel. Su nombre aparece en los créditos de la mitología televisiva de los noventa, y casi nadie lo sabe.
En 2005 escribió Travelin’ Thru para Transamerica, la película de Duncan Tucker sobre una mujer transexual. Le valió su segunda nominación al Oscar como compositora y una tanda de amenazas de muerte. No se retractó.
En 2020 produjo y protagonizó para Netflix Christmas on the Square, que le dio un Emmy a la mejor película para televisión. Con ese premio quedó a un Tony de completar el EGOT, tras haber sido la primera artista country nominada a los cuatro.
Whitney
En 1992, Kevin Costner le pidió permiso personalmente para usar I Will Always Love You en El guardaespaldas. La versión de Whitney Houston se convirtió en el sencillo más vendido de la historia interpretado y escrito por mujeres, con más de doce millones de copias en todo el mundo.
Parton contó muchas veces la escena: iba conduciendo, la puso en la radio sin saber qué era, y estuvo a punto de salirse de la carretera.
Con parte de los diez millones de dólares que le reportó aquella grabación, según cifras de Forbes, compró en febrero de 1997 un complejo de oficinas y locales comerciales en Sevier Park, entonces un barrio negro de Nashville alejado de la Music Row. Lo contó en 2021 en el programa de Andy Cohen: le pareció el sitio adecuado, dijo, teniendo en cuenta de quién venía el dinero. Lo llamó la casa que construyó Whitney.
Aquella anécdota se difundió después con adornos que la propia Parton no había puesto. En NPR, la investigadora Amanda Marie Martinez publicó un artículo señalando que varios medios habían convertido una compra inmobiliaria en un acto de activismo por los derechos civiles, en un barrio que además se ha gentrificado mucho desde entonces. Es un buen ejemplo de un fenómeno que la acompañó siempre: el relato sobre Dolly Parton tendía a crecer por su cuenta.
Cuando Houston murió en 2012, Parton dijo que su corazón era sólo uno entre millones de corazones rotos, y que siempre estaría agradecida y asombrada por lo que aquella mujer había hecho con su canción.
Trio, o cómo se vuelve a casa
A mediados de los ochenta las ventas empezaron a flojear. RCA no le renovó el contrato cuando expiró en 1986 y fichó por Columbia al año siguiente.
En 1987 publicó Trio junto a Emmylou Harris y Linda Ronstadt, un disco que llevaba una década intentando cuajar y que salió justo cuando más falta le hacía. Fue número uno durante cinco semanas en la lista de álbumes country, entró en el top ten del Billboard 200, vendió varios millones y produjo cuatro éxitos country, entre ellos un número uno con To Know Him Is to Love Him, de Phil Spector.
Ganó el Grammy a la mejor interpretación country de dúo o grupo y estuvo nominado a álbum del año. Es, para muchos oyentes, el disco más bonito en el que participó Parton: tres voces que se conocían y se respetaban, armonías de raíz apalache y ningún interés en sonar moderno.
Hubo un Trio II en 1999, cuya versión de After the Gold Rush, de Neil Young, ganó otro Grammy. Y en 2018 las tres recibieron juntas una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood por su trabajo como trío. Para Parton era la segunda: ya tenía una desde 1984.
Ese mismo año publicó Rainbow, otro intento de disco pop que no funcionó, y a partir de ahí dejó de forzar el cruce. White Limozeen (1989), producido por Ricky Skaggs, le dio dos números uno country con Why’d You Come in Here Lookin’ Like That y Yellow Roses.
Fue una resurrección breve. Los primeros noventa trajeron el llamado nuevo country, que barrió de las listas a casi todos los veteranos. En 1993 grabó Honky Tonk Angels con Loretta Lynn y Tammy Wynette, disco de oro que dio aire a las carreras de las tres. En 1997 disolvió su club de fans, uno de los más fieles del género. Era una manera de reconocer que la radio la había dejado atrás.
El regreso por las montañas
Lo que hizo entonces fue la decisión artística más inteligente de su segunda mitad de carrera: dejó de perseguir la radio y volvió a la música con la que se había criado.
The Grass Is Blue (1999) es un disco de bluegrass puro, grabado con músicos de primera fila, sin concesiones. Ganó el Grammy al mejor álbum de bluegrass. Le siguió Little Sparrow (2001), donde una versión acústica de Shine, de Collective Soul, le valió el Grammy a la mejor interpretación vocal country femenina, y Halos & Horns (2002), que incluía una versión en clave bluegrass de Stairway to Heaven.
En 2005 publicó Those Were the Days, un repaso a la era folk-rock con lecturas de Imagine, Where Do the Children Play?, Crimson and Clover y Where Have All the Flowers Gone?.
Con esa trilogía montañesa reconquistó a un público que la había dado por perdida en el pop, ganó el respeto de la crítica que antes la miraba por encima del hombro y, de paso, se colocó en posición de ser redescubierta por generaciones sucesivas.
En 1999 ingresó en el Country Music Hall of Fame. En 2001, en el Songwriters Hall of Fame.
En 2007 fundó su propio sello, Dolly Records. El primer sencillo fue Better Get to Livin’. El primer álbum, Backwoods Barbie (2008), llegó al número dos country y al 17 del Billboard 200, entonces su mejor posición absoluta. La canción que le daba título la había escrito para el personaje de Doralee en el musical de 9 to 5, y funcionaba como una declaración de principios sobre su propia imagen.
El imperio
En 1986 Parton hizo algo que ninguna estrella del country había hecho: comprar la mitad de un parque de atracciones que iba regular y ponerle su nombre.
El parque se llamaba Silver Dollar City, estaba en Pigeon Forge, en el condado donde ella nació, y pasó a llamarse Dollywood. Lo explotaba y lo sigue explotando en sociedad con Herschend Family Entertainment.
La operación tenía lógica sentimental y lógica económica. Sevier County vivía de un turismo estacional y precario. Dollywood se convirtió en el mayor empleador de la zona y en uno de los motores de una industria turística que hoy sostiene buena parte de la economía local. En 2024 recibió 3,1 millones de visitantes y figura entre los veinte parques más visitados de Estados Unidos.
Alrededor creció The Dollywood Company: el parque acuático Splash Country, el complejo hotelero Dream More Resort and Spa, los espectáculos con cena Dolly Parton’s Stampede, en Branson (Misuri), y Pirates Voyage, en Myrtle Beach (Carolina del Sur), luego ampliado a Tennessee y Florida.
En 2010, Dollywood recibió el premio Applause de Liseberg, la mayor distinción del sector de los parques temáticos. En 2025, Parton entró en el salón de la fama de la asociación internacional de parques de atracciones.
Su última gran apuesta empresarial estaba en marcha cuando murió. En octubre de 2025 anunció, de nuevo con Herschend, el SongTeller Hotel en el centro de Nashville, acompañado de un museo, Dolly’s Life of Many Colors, presentado como la mayor exposición dedicada a su vida. Las entradas anticipadas para la apertura de junio de 2026 salieron a la venta a finales de octubre de 2025.
En mayo de 2026 anunció además la apertura de Dolly’s Tennessean Travel Stop, una estación de servicio con tienda, restaurante y cafetería en Cornersville, a una hora al sur de Nashville, prevista para el 24 de junio.
Su fortuna se ha estimado en unos 650 millones de dólares. En 1998, la revista Nashville Business ya la señalaba como la estrella más rica del country.
Nada de esto se explica sin el detalle que ella repetía siempre: era hija de un hombre que no sabía leer y que, según su hija, entendía el dinero mejor que cualquier ejecutivo.
Los libros
La Imagination Library nació en 1995 como una idea local y acabó convertida en el proyecto por el que probablemente será recordada más allá de la música.
El mecanismo es de una sencillez desarmante: cada niño inscrito recibe en casa un libro al mes, por correo y gratis, desde que nace hasta que empieza la escuela. Sin requisitos de renta. Sin trámites.
La fundó en honor a su padre, que nunca aprendió a leer ni a escribir. Lee Parton murió en 2000, cuando el programa llevaba cinco años funcionando. En la zona, los niños empezaron a llamarla the book lady, la señora de los libros, y ese acabó siendo el título de un documental sobre su campaña por la alfabetización estrenado en 2008.
Hoy funciona en más de 1.600 comunidades y llega a cerca de 850.000 niños al mes en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia e Irlanda. En febrero de 2018 entregó el libro número cien millones, un ejemplar de su propio cuento Coat of Many Colors, a la Biblioteca del Congreso en Washington. Desde entonces la cifra total se cuenta por cientos de millones.
El programa depende en parte de fondos públicos estatales, y eso lo ha metido a veces en política. En febrero de 2025, el gobernador de Indiana, Mike Braun, retiró la aportación estatal que igualaba el 50% de la financiación local. La fundación pidió públicamente que se restituyera. Braun terminó encargando a su mujer que buscara la manera de mantener vivo el programa en el estado.
El resto de su filantropía es larga y desordenada, como suele ser la de quien da por impulso. Un millón de dólares a la investigación de la Universidad de Vanderbilt en abril de 2020, que financió fases iniciales del desarrollo de la vacuna de Moderna. Ella, que se vacunó ante las cámaras y cantó una versión de Jolene adaptada para animar a vacunarse, dijo que estaba orgullosa de haber tenido algo que ver.
Tras los incendios de las Great Smoky Mountains de 2016 montó un teletón y el My People Fund, que repartió mil dólares al mes durante seis meses a más de 900 familias afectadas, y cinco mil más en el último pago. En total, diez mil dólares por hogar. Un estudio posterior de la Universidad de Tennessee analizó el efecto de aquellas transferencias directas de efectivo y concluyó que las familias recuperaron su nivel de estabilidad financiera previo al desastre y mejoraron su capacidad de ahorro. El FBI le dio un premio por ello.
En 2024 donó dos millones a las víctimas del huracán Helene. Y en 2022 recibió de Jeff Bezos el Courage and Civility Award, dotado con cien millones de dólares para destinar a causas benéficas, y la Medalla Carnegie de Filantropía.
La única persona con la que todo el mundo estaba de acuerdo
Hay un hecho difícil de explicar fuera de Estados Unidos: en un país partido por la mitad, Dolly Parton era de las poquísimas figuras públicas que caían bien en las dos mitades.
Lo consiguió con una estrategia deliberada. Nunca declaró su voto. Nunca respaldó a un candidato. Rechazó tres veces la Medalla Presidencial de la Libertad: dos durante la presidencia de Donald Trump, alegando la enfermedad de su marido y la pandemia, y una tercera durante la de Joe Biden, para no dar la impresión de estar tomando partido.
En 2021, cuando la Asamblea de Tennessee propuso erigirle una estatua en el Capitolio del estado, pidió por escrito que retiraran el proyecto. Dijo que, con lo que estaba pasando en el mundo, no le parecía el momento de ponerla a ella en un pedestal.
Eso no significa que se callara. Apoyó públicamente el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2009, mucho antes de que fuera cómodo hacerlo desde el country. Defendió a la comunidad trans cuando Tennessee aprobó en 2023 una batería de leyes contra ella. Escribió Travelin’ Thru para una película sobre una mujer transexual y aguantó las amenazas que le llegaron por ello.
Su argumento era siempre religioso, no político, y por eso resultaba tan difícil de rebatir en su terreno. Si de verdad eres el buen cristiano que crees ser, le dijo a Larry King en 2017, por qué estás juzgando a la gente.
En 2018 retiró la palabra Dixie del nombre de su espectáculo con cena, que pasó a llamarse simplemente Dolly Parton’s Stampede, al entender el peso que esa palabra tiene para una parte del país.
Esa capacidad de moverse entre mundos irreconciliables convirtió a Parton, en la última década de su vida, en una especie de santa laica estadounidense. El podcast Dolly Parton’s America, de Jad Abumrad, dedicó nueve episodios en 2019 a intentar entender por qué. La escritora Ann Powers, en su despedida en NPR, la definió como la única persona viva que aún merecía el viejo apelativo de novia de América, y como la tía favorita y presidenta imaginaria de un país que no lograba ponerse de acuerdo en nada más.
Esa canonización tuvo también sus críticos, y conviene recogerlos. En 2021, la propia NPR publicó un artículo que preguntaba por qué necesitamos que Dolly Parton sea una santa, y sostenía que buena parte de la mitología reciente sobre su activismo se había construido a base de exagerar gestos reales pero mucho más modestos. Parton, que era más lista que casi todos sus hagiógrafos, nunca reivindicó ese papel. Lo que decía era que daba desde el corazón y que ni ella misma sabía por qué hacía las cosas cuando las hacía.
El último acto
La década final fue, contra todo pronóstico, una de las más productivas.
En 2014 publicó Blue Smoke y actuó por primera vez en el festival de Glastonbury ante más de 180.000 personas, una de las mayores audiencias de la historia del festival. En 2016 se embarcó en la gira de Pure & Simple, sesenta y cuatro fechas por Estados Unidos y Canadá, la más ambiciosa que había hecho en su país en veinticinco años.
En 2019 apareció por sorpresa en el Newport Folk Festival acompañada por The Highwomen. En 2022 anunció que dejaba las giras, aunque seguiría haciendo actuaciones sueltas.
Ese mismo año la nominaron al Rock and Roll Hall of Fame. Su primera reacción fue rechazarlo por escrito, con el argumento de que aquel salón era para la gente del rock y ella no lo era. Cuando le explicaron que el criterio era más amplio, aceptó. Ingresó el 5 de noviembre de 2022.
Y entonces hizo lo que hacía siempre: convertir la incomodidad en material de trabajo. Si la habían metido en el salón del rock, grabaría un disco de rock.
Rockstar salió el 17 de noviembre de 2023. Son treinta canciones, entre versiones y temas propios, con Paul McCartney, Ringo Starr, Sting, Elton John, Sheryl Crow, Peter Frampton, Stevie Nicks, Miley Cyrus y Lizzo, entre otros. Debutó en el número tres del Billboard 200, la mejor posición de un disco suyo en toda su carrera, y fue número uno en las listas de rock y de country a la vez.
No es un disco redondo. Es demasiado largo y hay versiones que no aportan gran cosa. Pero contiene algo que resume su ética profesional mejor que ninguna declaración: a los setenta y siete años, alguien le puso delante un género que no era el suyo y ella se lanzó sin red. Lo explicó a NPR con cuatro palabras: se lanzó y ya está.
En noviembre de 2024 publicó Dolly Parton & Family: Smoky Mountain DNA – Family, Faith & Fables, un proyecto de treinta y siete canciones producido por su primo Richie Owens en el que cantan generaciones enteras de su familia, incluidas grabaciones de parientes ya fallecidos como su abuelo, el reverendo Jake Owens. Lo acompañaba una serie documental en cuatro partes que rastrea su linaje musical desde las islas británicas del siglo XVII hasta las Smokies.
En marzo de 2025 se estrenó en Nashville Dolly Parton’s Threads: My Songs in Symphony, un espectáculo sinfónico multimedia en el que ella aparece en pantalla contando la historia de cada canción mientras la orquesta local la interpreta. Recorrió una docena de ciudades estadounidenses hasta mayo de 2026.
Y en julio de 2025 se estrenó en el Fisher Center de la Universidad Belmont, en Nashville, Dolly: A True Original Musical, el musical autobiográfico en el que llevaba trabajando una década, con libreto coescrito por ella y Maria S. Schlatter y dirección de Bartlett Sher. La buena acogida de aquella temporada llevó a programar su estreno en Broadway para principios de 2027.
En paralelo siguió apareciendo en discos ajenos con una generosidad de mentora que nunca perdió: Rainbowland con Miley Cyrus en 2017, There Was Jesus con Zach Williams en 2019, Does He Love You con Reba McEntire en 2021, Gonna Be You junto a Belinda Carlisle, Cyndi Lauper, Debbie Harry y Gloria Estefan en 2023, Have the Heart con Post Malone en 2024 y Please Please Please con Sabrina Carpenter en febrero de 2025.
Las cuentas
El balance en cifras es abrumador y a la vez engañoso, porque ninguna de ellas explica por qué la gente lloraba en las calles de Nashville la semana pasada.
Más de cien millones de discos vendidos. Veinticinco números uno en la lista country de Billboard, récord compartido con Reba McEntire. Más de cuarenta álbumes en el top ten de la lista country, récord absoluto para cualquier artista. Ciento diez sencillos en listas. Presencia en las listas country en siete décadas distintas, algo que no ha logrado nadie más.
Once premios Grammy, incluido el de trayectoria de 2011, y cincuenta y cinco nominaciones, la tercera artista femenina más nominada de la historia del premio. Tres Emmy, siete premios de la Academy of Country Music, diez de la Country Music Association, entre ellos el de artista del año en 1978.
Dos nominaciones al Oscar como compositora, por 9 to 5 y por Travelin’ Thru. Una nominación al Tony por la partitura de 9 to 5: The Musical, que estuvo en Broadway en 2009 y cerró tras 148 funciones.
Estrella en el Paseo de la Fama en 1984 y una segunda en 2018 con Harris y Ronstadt. Medalla Nacional de las Artes. Kennedy Center Honors en 2006. Medalla de Leyenda Viva de la Biblioteca del Congreso en 2004. Puesto 27 en la lista de los doscientos mejores cantantes de la historia de Rolling Stone en 2023. Un liquen apalache bautizado en su honor, Japewiella dollypartoniana, y el asteroide 10731 Dollyparton.
Y un Oscar, al fin. El 16 de noviembre de 2025, la Academia le concedió el premio humanitario Jean Hersholt en la decimosexta edición de los Governors Awards. No pudo asistir. Lo entregó Lily Tomlin y ella lo aceptó por vídeo desde Nashville, vestida de dorado a juego con la estatuilla.
Dijo que había crecido en una casa con doce niños y que eso, por sí solo, enseña lo que significa compartir. Que sus padres le enseñaron con el ejemplo que cuanto más das, más te vuelve. Y que había sido bendecida más de lo que jamás soñó, lo cual le daban ganas de inventarse maneras nuevas de levantar a la gente.
Fue su última aparición pública de relevancia. Nueve meses después estaba muerta.
Una voz que continuará sonando
Quedan las canciones, que es lo único que ella dijo siempre que le importaba de verdad.
Quedan también las cuentas pendientes. El musical de Broadway, previsto para principios de 2027, se estrenará sin ella. El hotel SongTeller y el museo de Nashville seguirán adelante. La Imagination Library manda libros esta semana como los mandaba la semana pasada, y esa es probablemente la parte de su obra que más gente tocará sin saber nunca de dónde viene.
Queda una pregunta incómoda que ella misma dejó abierta cuatro días antes de morir, cuando contó a People que estaba explorando acuerdos con empresas de actuaciones mediante avatares. Dolly Parton, que se rió toda su vida de lo artificial de su propia imagen, dejó dicho que no le importaría seguir en un escenario después de no poder subirse a uno. Habrá que ver quién decide qué se hace con eso.
Y queda el dato que mejor la define y que se le suele pasar por alto a quien la ve por primera vez: escribió Jolene e I Will Always Love You la misma noche, con veintisiete años, sin saber leer una partitura.
Una es la canción sobre el miedo a perder. La otra, sobre saber marcharse. Entre las dos cabe casi todo lo que le puede pasar a una persona.
Nunca contempló jubilarse. Cuando le preguntaban, respondía siempre lo mismo: que siempre iba a querer tener algo que hacer y que ojalá la muerte la pillara justo en mitad de ello.
Le faltaron cuatro días.