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Roberto Bolaño, la fiebre que no baja

Repaso a una vida errante y a una obra que sigue creciendo después del punto final

Roberto Bolaño

No hay aniversario redondo que celebrar en 2026. Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953 y murió en Barcelona el 15 de julio de 2003, a los cincuenta años. Ni setenta y cinco de lo primero ni veinticinco de lo segundo. Y sin embargo el año ha estado lleno de Bolaño.

En julio, el Festival de Aviñón abrió su octogésima edición con Maldoror, una creación de Julien Gosselin en el Patio de Honor del Palacio de los Papas que cruza la obra del chileno con los Cantos de Maldoror del conde de Lautréamont. La función arrancaba a las diez de la noche y se prolongaba durante cinco horas. Algunos espectadores se marcharon por el camino; los que aguantaron hasta las tres y cuarenta de la madrugada despidieron el estreno con una ovación larga. Doce actores jóvenes sostenían el aparato, y el espectáculo se anunció después en el Odéon de París para enero de 2027.

Gosselin volvía así a Bolaño diez años después de aquella adaptación de 2666 que en 2016 convirtió Aviñón en un acontecimiento. Entonces fueron doce horas de teatro. Ahora, cinco. El material procede en buena medida de La literatura nazi en América, y el asunto es el mismo que obsesionó al chileno durante veinte años: de dónde sale el mal, qué relación tiene con la escritura, qué hacen los poetas cuando el horror se instala al lado de casa.

En marzo llegó a las librerías españolas Notas para una autobiografía. Entrevistas 1975-2003, publicado por Alfaguara. Más de cuatrocientas páginas que reúnen conversaciones con Bolaño aparecidas o emitidas en medios de tres continentes, desde el poeta desconocido del México de los setenta hasta el autor consagrado que desconfía de los premios y de la posteridad. El volumen se había publicado antes en Chile, y su recepción crítica allí no fue unánime: en Revista Santiago, Alejandro Arturo Martínez le reprochó la falta de índice onomástico, la ausencia de criterios de exclusión explicados y, sobre todo, que se quedara fuera la última entrevista que concedió Bolaño, la que le hizo Mónica Maristain, donde se lee la respuesta más citada del escritor sobre su nacionalidad. Preguntado por si era chileno, español o mexicano, contestó: «Soy latinoamericano».

En verano apareció la novedad más esperada. La sombra de los perros románticos, de Jose Serralvo, publicada en España por Navona y en Chile por Catalonia, es la primera biografía completa del escritor. Lleva prólogo de Juan Bonilla y epílogo de Valerie Miles. Llega veintitrés años después de la muerte del autor, en un terreno donde el archivo personal sigue cerrado al público.

Y en Blanes, el pueblo de la Costa Brava donde Bolaño vivió sus últimos dieciocho años, la Casa Saladrigas acogió hasta el 28 de marzo la exposición Roberto Bolaño: el visitante del futuro. La comisarió Juan Insua, el mismo que en 2013 firmó la muestra del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona por el décimo aniversario de su muerte. Gracias a los herederos, Insua reunió material inédito: poemas en catalán, algunos cuentos, cuadernos manuscritos y las gafas que cualquiera imagina al pensar en el escritor. La muestra se centraba en el tramo que va de 1985 a 2003, sus años de Blanes, que fueron también los de máxima productividad.

Casi al mismo tiempo, a más de diez mil kilómetros, el Centro Cultural de Los Ángeles, en el sur de Chile, inauguraba el 16 de marzo Bolaño, regreso al país natal, una exposición instalada en el edificio donde funcionó el Liceo de Hombres en el que el escritor cursó parte de su adolescencia. Allí cuelgan cinco retratos pequeños trazados a bolígrafo azul, firmados «R. Bolaño», que dibujó en 1973 cuando volvió a Chile.

Dos pueblos separados por medio planeta revisando al mismo tiempo el principio y el final de la misma vida. La coincidencia dice bastante sobre lo que Bolaño se ha convertido: un escritor que no pertenece del todo a ningún sitio y al que todos los sitios reclaman.

El termómetro más frío también lo confirma. En 2024, The New York Times preguntó a 503 novelistas, ensayistas, poetas y críticos por los mejores libros publicados en inglés en el primer cuarto de siglo. 2666 quedó en sexto lugar y Los detectives salvajes en el trigésimo octavo. Serralvo señala otro dato: en un compendio de trescientas listas de mejores libros de todos los tiempos elaborado por el informático Shane Sherman, el único autor hispanohablante reciente que aparecía por partida doble era Bolaño.

Insua lo resume sin rodeos: si estuviera vivo, dice, «podría tener perfectamente un Nobel». Es una frase que se repite cada vez que alguien habla de él y que conviene tomar por lo que es, una hipótesis sentimental. Pero apunta a algo real. Bolaño murió sin traducciones al inglés, con un solo libro que había vendido bien y con una reputación sólida en un puñado de ciudades. Veintitrés años después, sus libros se estudian en universidades de todo el mundo, se adaptan al teatro, se ilustran, se reeditan y se discuten con el fervor que se reserva a los clásicos y a los santos.

Un niño que leía en el sur

Nació en Santiago, aunque nunca vivió allí. El dato parece anecdótico y no lo es: la desubicación empieza en la partida de nacimiento.

Su padre, León Bolaño, fue camionero y boxeador aficionado. Su madre, Victoria Ávalos, profesora. La relación entre ellos era inestable, con separaciones y reencuentros continuos. El niño pasó parte de la infancia en Valparaíso y Viña del Mar, hizo sus primeros estudios en Quilpué y Cauquenes, y vivió la mayor parte de esos años en Los Ángeles, en la provincia de Biobío.

En Quilpué, donde residió entre 1960 y 1964, trabajó por primera vez a los diez años, vendiendo billetes en una línea de autobuses que cubría el trayecto hasta Valparaíso. Es una imagen que Bolaño usaría después: el niño en el pasillo del bus, cobrando, mirando a la gente.

La dislexia es otro de esos datos que se han repetido tanto que conviene matizarlos. Se cree que la padeció, pero la fuente es un comentario del propio autor en una conferencia en Venezuela y no existe diagnóstico médico contrastado. En el Discurso de Caracas, efectivamente, la menciona de pasada y con guasa, como explicación posible de su confusión geográfica con Venezuela. Él mismo aclaró que no fue un obstáculo para aprender.

Era un chico flaco, miope y lector. La familia no era intelectual. Su madre leía superventas. La biblioteca pública sería más adelante, en México, su verdadera escuela.

Serralvo insiste en que ese material biográfico basta para justificar una vida narrada. «Bolaño murió a los cincuenta, pero vivió más que cualquier nonagenario», dice. Es una frase de contraportada, pero funciona.

México, 1968

La familia se trasladó a Ciudad de México en 1968, el mismo año del movimiento estudiantil que terminaría en Tlatelolco. La madre había conseguido allí una plaza de profesora. Roberto tenía quince años.

Pasó la adolescencia leyendo, encerrado durante horas en la biblioteca pública. A los dieciséis le comunicó a su madre que dejaba la escuela y que iba a ser escritor. Abandonó definitivamente los estudios a los diecisiete. Nunca pisó una universidad.

Ese detalle importa más de lo que parece para entender su prosa. Serralvo lo señala: Bolaño no fue el periodista reconvertido en escritor, ni el alumno de un máster de escritura creativa, ni el profesor universitario con novela. Se formó robando tiempo, leyendo de forma desordenada y voraz, mezclando la alta cultura con los géneros bastardos. En su obra conviven Borges y Philip K. Dick, Nicanor Parra y las novelas de quiosco, la vanguardia europea y la ciencia ficción soviética.

Trabajó de todo. Vendió cosas. Escribió artículos. Se movió por los cafés del Distrito Federal donde los poetas jóvenes discutían durante horas sin publicar una línea.

También hubo un episodio doloroso, que la biografía de Serralvo recoge y que hasta ahora circulaba de forma fragmentaria. Bolaño se enamoró en México de Lisa Johnson; la ruptura lo dejó destrozado y llegó a intentar quitarse la vida. Sobrevivió, hizo el duelo con los años, pero según su biógrafo el fantasma de aquella historia lo acompañó hasta el final. Lisa aparece, desdibujada y reescrita, en varios de sus libros.

Los ocho días

En 1973, a los veinte años, decidió volver a Chile.

Iba a apoyar el proceso de reformas del gobierno de Salvador Allende y, a la vez, a buscar esa sensación de libertad extrema que había leído en los beats. Hizo el viaje en autobús, a dedo y en barco, atravesando prácticamente toda América Latina, y llegó en agosto, pocas semanas antes del golpe de Estado del 11 de septiembre. Se alojó en Santiago en casa del poeta Jaime Quezada.

Lo que ocurrió después ha sido durante años el episodio más discutido de su biografía. Un reportaje de Larry Rohter publicado en The New York Times en 2009 puso en duda que Bolaño estuviera en Chile durante el golpe. Algunos de sus amigos mexicanos declararon que no fue así y sugirieron que el escritor había ocultado su ausencia de la experiencia política que definió a su generación. La polémica dejó un rastro largo.

El trabajo del periodista chileno Juvenal Rivera ha aclarado el asunto. Según su investigación, Bolaño llegó a Chile en agosto de 1973 con la idea de incorporarse a la editorial Quimantú. Tras el derrocamiento de Allende se encontraba en Concepción y, a finales de octubre, fue detenido por carabineros en un autobús a la salida de la ciudad, en el retén de Chaimávida, por viajar sin pasaporte y hablar con acento mexicano. Un mes antes, en la misma capital penquista, agentes de la institución habían asesinado a dos estudiantes ecuatorianos de su edad acusados del mismo cargo que le imputaron a él: terroristas extranjeros.

Lo salvó un detective que había sido compañero suyo de curso en el liceo de Los Ángeles. El propio Bolaño ficcionó el episodio en el cuento Detectives, incluido en Llamadas telefónicas, y volvió sobre él en Carnet de baile, de Putas asesinas.

Sobre la duración exacta del encierro las fuentes no coinciden. Serralvo, apoyado en Rivera, habla de unos ocho días, la cifra más repetida y la que el propio escritor daba. Alguna reseña de la biografía recoge seis. La diferencia es menor y la conclusión, la misma: estuvo preso, tuvo miedo, y ese miedo se convirtió en literatura.

«Muertes despersonalizadas» llamó Bolaño a lo que temió entonces. Serralvo rastrea esa marca no solo en sus libros chilenos, Estrella distante y Nocturno de Chile, sino en el modo de abordar la violencia en La literatura nazi en América o en 2666.

En enero de 1974 estaba de vuelta en México. El paso por El Salvador junto al poeta Roque Dalton, que él contaba de vez en cuando, es uno de los episodios cuya veracidad se ha puesto en duda. Bolaño maquillaba su biografía con la misma naturalidad con que respiraba, y ese es uno de los problemas centrales de cualquiera que intente contarla.

Infrarrealismo, o cómo reventar un recital

De regreso en el Distrito Federal conoció a los poetas que le cambiarían la vida.

Mario Santiago Papasquiaro y él se encontraron por primera vez en 1975 en el Café La Habana. Aquella noche Santiago le entregó un fajo de poemas que Bolaño leyó hasta el amanecer. Meses después, en casa del poeta chileno Bruno Montané, se gestó el movimiento.

El grupo salió del taller de poesía de Difusión Cultural de la UNAM que coordinaba Juan Bañuelos, un taller del que varios jóvenes se marcharon convencidos de que no aprendían nada. Se amplió deprisa hasta treinta o cuarenta personas, entre escritores, músicos y pintores. Hubo revista, hubo editorial y hubo irrupciones en recitales de la poesía oficial.

Al movimiento lo bautizaron infrarrealismo. El nombre alude a un territorio nuevo pero invertido, donde el calor viene de dentro, desde las vísceras. De ahí saldría, años más tarde, el realismo visceral de Los detectives salvajes.

Los infrarrealistas produjeron tres manifiestos: Por un arte de vitalidad sin límites (1975), de José Vicente Anaya; el Manifiesto infrarrealista (1975), de Mario Santiago Papasquiaro; y Déjenlo todo, nuevamente, el primer manifiesto infrarrealista, escrito por Bolaño en 1976. Se leyó en público una noche de aquel año en la librería Gandhi del Distrito Federal. Se publicó después en Correspondencia Infra. Revista menstrual del Movimiento Infrarrealista.

El texto se cierra con una consigna tomada de Breton y torcida: dejarlo todo y lanzarse a los caminos. Lo que proponía era la automarginación respecto de las grandes editoriales y la coincidencia estricta entre la vida y la obra del poeta.

El enemigo tenía nombre y apellido. Octavio Paz y su corte de poetas subvencionados representaban todo aquello contra lo que los infras se organizaron: la institución literaria, el aparato, la carrera. Boicotearon lecturas. Provocaron. Fueron, en la práctica, un grupo de veinteañeros sin dinero convencidos de que estaban haciendo historia.

Tenían razón, aunque no del modo que imaginaban. Bolaño se marchó de México en 1977. Antes lo habían hecho Mario Santiago, Bruno Montané y Juan Harrington. Veinte años más tarde, el chileno convertiría a aquellos amigos en los personajes de una de las grandes novelas del siglo. Mario Santiago sería Ulises Lima. Montané, Felipe Müller. Él mismo, Arturo Belano.

Europa, los oficios, la Universidad Desconocida

Se marchó definitivamente de México y viajó por África, Francia y España, haciendo toda clase de trabajos. Fue lavaplatos, vigilante de camping, botones y barrendero. La idea inicial era instalarse en Suecia, pero acabó en Barcelona.

Fueron años oscuros y económicamente ásperos. Memoria Chilena los define con sobriedad: una etapa de mucho esfuerzo y dificultades. Bolaño vivió en Barcelona, después en Girona y por último en Blanes. Escribía poesía, casi solo poesía, y la escribía sin publicar.

Ese fondo de precariedad europea explica una parte importante de su literatura. Los personajes de Bolaño duermen en pensiones, trabajan en campings, pierden trenes, cobran tarde. La bohemia de sus libros no es una postal: huele a habitación fría.

En el invierno de 1984 empezó a vivir con Carolina López. Ese mismo año publicó su primera novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, escrita a cuatro manos con el catalán Antoni García Porta y ganadora del Premio Ámbito Literario.

Se casaron en 1985. Ese verano se trasladaron a Blanes, en la Costa Brava, a setenta kilómetros de Barcelona, para que Roberto pudiera trabajar en la tienda de bisutería que su madre había montado en 1983. Carolina encontró un empleo de servicios sociales en el ayuntamiento, y por eso en 1986 se instalaron allí definitivamente.

Cambiaron de casa varias veces dentro del mismo pueblo. El estudio donde trabajaba, en la misma calle que la vivienda familiar, no tenía calefacción ni comodidad alguna.

De aquellos años vienen los poemas. Bolaño se consideró siempre, en esencia, poeta. Reinventar el amor fue su primer cuaderno. La Universidad Desconocida reúne el grueso de su producción en verso de los setenta y ochenta, y es probablemente el libro donde mejor se le oye pensar. Los perros románticos, que recoge poemas escritos entre 1977 y 1990, le valió el Premio Literario Ciudad de Irún. Después llegarían Tres y El último salvaje.

Su poesía es prosaica, narrativa, llena de nombres propios y de calles. No hay músculo retórico. Hay una voz que cuenta y que se despide. Alfaguara reunió toda su obra en verso en un solo volumen, Poesía reunida, en 2017.

También hay un dato que conviene retener para entender su método. Bolaño escribía en un cuaderno cada proyecto antes de escribirlo: ideas, datos de documentación, versos sueltos, perfiles de personajes, escenas previstas. Los herederos difundieron en 2020 una de esas libretas, titulada Exhibición y fechada en Barcelona el 15 de febrero de 1978. Contiene una reflexión sobre la memoria, poemas y una frase que hoy resulta escalofriante: escribió entonces que moriría inédito, porque no tenía impulso ni talento para crear editoriales alternativas.

El giro a la prosa

En 1990 nació Lautaro, su primer hijo. Bolaño, que hasta entonces escribía casi solo poesía, se volcó en la narrativa como forma de hacer el oficio más rentable y sostener a la familia.

La decisión, tan poco romántica, es una de las más importantes de la literatura en español de las últimas décadas.

La estrategia inicial fue puramente instrumental. Bolaño empezó a presentarse a premios municipales de provincias, muchos de ellos dotados con cantidades modestas, y a ganarlos con una constancia asombrosa. Aquellos concursos se convirtieron en su principal fuente de ingresos. Enviaba el mismo relato a varios certámenes, cambiaba títulos, calculaba plazos. Lo contó después con humor y sin vergüenza.

De ese periodo procede el caso más enredado de su bibliografía. La novela que hoy conocemos como Monsieur Pain fue escrita a comienzos de los ochenta. Con el título La senda de los elefantes ganó el Premio Félix Urabayen del Ayuntamiento de Toledo en 1992 y se publicó en 1993; antes, con otro nombre, había recibido una mención en otro certamen de provincias. Anagrama la reeditó en 1999 con el título definitivo. Conviene avisar de que varias fuentes solventes fechan ese premio en 1984 y otras en 1993, una discrepancia que arrastran incluso las solapas de las ediciones actuales.

El libro cuenta la historia de Pierre Pain, acupuntor y mesmerista, al que en la primavera de 1938 le encargan tratar el hipo persistente de un sudamericano ingresado en un hospital de París. El sudamericano es César Vallejo. Es una novela rara, atmosférica, casi de cine negro europeo, y ya contiene el mecanismo que Bolaño repetiría toda su vida: alguien investiga algo que no puede resolverse.

En 1993 publicó La pista de hielo, con la que ganó el Premio Ciudad de Alcalá de Henares. Tres narradores cuentan por turnos una historia de amor, poder municipal y un cadáver en un palacete de la Costa Brava. Es su primer ensayo serio de novela polifónica, el andamiaje que sostendrá Los detectives salvajes.

Ese mismo año llegó la mala noticia. En 1992 se enteró de la enfermedad hepática que arrastraría poco más de una década, y a menudo priorizó el trabajo sobre el cuidado de su salud. Otras fuentes sitúan el diagnóstico en 1993. Lo indiscutible es el efecto: a partir de ahí Bolaño escribe como quien tiene un plazo.

La enciclopedia del mal

En 1996 publicó dos libros, La literatura nazi en América en Seix Barral y Estrella distante en Anagrama. Con ellos empieza el Bolaño que hoy leemos.

La literatura nazi en América es un catálogo de escritores fascistas imaginarios del continente americano, con sus biografías, sus bibliografías, sus editoriales y hasta un epílogo de personajes secundarios. El modelo es borgiano y el chiste es negrísimo: poetisas argentinas de derechas, futbolistas místicos, novelistas de ciencia ficción racista, todos tratados con la seriedad de un diccionario académico.

El libro funciona porque Bolaño no caricaturiza. Sus nazis americanos son mediocres, vanidosos y a veces conmovedores, como cualquier escritor. La monstruosidad no está en su talento sino en la naturalidad con que la literatura convive con la infamia.

El último capítulo estaba dedicado a Carlos Ramírez Hoffman, piloto y poeta que escribía versos en el cielo con la estela de su avioneta mientras participaba en la represión. Bolaño lo reescribió y lo amplió hasta convertirlo en una novela independiente: Estrella distante.

Ahí está el asesino que también es artista, Carlos Wieder, y ahí está el crimen que da al libro su núcleo real. La novela recoge un crimen cometido en Nacimiento, cerca de Los Ángeles, cuyas víctimas fueron las hermanas Garmendia, estudiantes de la Universidad de Concepción.

Estrella distante es probablemente su libro más perfecto. Ciento cincuenta páginas donde no sobra nada, con un narrador que va reconstruyendo la trayectoria de Wieder a partir de rumores, recortes y catálogos de exposiciones, hasta un desenlace en una pensión de la costa española que es de una tristeza seca.

Serralvo recomienda estos dos títulos como puerta de entrada para quien no quiera enfrentarse a los libros extensos, y define el segundo de ellos como muy borgiano.

En 1997 apareció Llamadas telefónicas, su primera colección de cuentos, con la que obtuvo el Premio Municipal de Santiago. Catorce relatos que giran alrededor de la literatura y de los escritores: Sensini, sobre un autor argentino exiliado que vive de los concursos de provincias, es una de las cumbres del cuento en español de los noventa y una autobiografía disfrazada.

Los detectives salvajes

El 2 de noviembre de 1998 Bolaño ganó el XVI Premio Herralde de Novela con Los detectives salvajes y se convirtió en el tercer latinoamericano en obtenerlo. Al año siguiente llegó el XI Premio Rómulo Gallegos. A los cuarenta y cinco años, un escritor casi desconocido pasó a ser el nombre del que todos hablaban.

La novela arranca la última noche de 1975, cuando Arturo Belano y Ulises Lima, fundadores del realismo visceral, salen de Ciudad de México en un Impala blanco prestado. Buscan a Cesárea Tinajero, una poeta desaparecida y olvidada en los años posteriores a la revolución. Un enfrentamiento violento en el desierto de Sonora convierte la búsqueda en huida, y veinte años después los dos siguen escapando.

La estructura es el hallazgo. El libro se abre y se cierra con el diario de un chaval de diecisiete años, Juan García Madero, y entre medias se despliegan más de cincuenta voces distintas que cuentan lo que vieron de Belano y Lima. Los testimonios llegan desde Centroamérica, Europa, Israel y África occidental.

Serralvo subraya lo que hace especial esa polifonía: Bolaño capturó el español en toda su amplitud geográfica y social, del registro culto al popular, de lo urbano a lo rural. Y avisa contra la lectura fácil: el chileno parece un escritor sencillo porque es muy legible, pero era un orfebre de la lengua.

Hay algo más que técnica. Los detectives salvajes es un libro divertidísimo, algo poco frecuente en la literatura seria en español. Y es, a la vez, la crónica de una derrota. Los poetas que iban a cambiarlo todo terminan vendiendo droga, dando clases en universidades menores, desapareciendo en África. Bolaño lo dijo en el Discurso de Caracas, al recoger el Rómulo Gallegos: «todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida» a los nacidos en la década del cincuenta, los que entregaron su juventud a una causa que creyeron la más generosa del mundo.

En 1998 viajó a Chile por primera vez tras veinte años fuera. Volvió en noviembre de 1999 para la Feria del Libro, y en esa ocasión el recibimiento de algunos colegas fue más hosco, por sus comentarios críticos. Bolaño no tenía la menor intención de hacer amigos. Despreciaba en público a buena parte del establecimiento literario chileno, se burlaba de Isabel Allende y de Antonio Skármeta, y llamó a Pablo Neruda gran poeta y hombre equivocado. Al llegar a Chile llegó a proclamarse el mejor novelista chileno contemporáneo, lo que irritó a muchos.

Chile en una noche de fiebre

Amuleto apareció en 1999. Es una novela corta que amplía una de las historias contenidas en Los detectives salvajes: la de Auxilio Lacouture, uruguaya, autoproclamada madre de la poesía mexicana, que en 1968 se quedó encerrada en un baño de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM cuando el ejército tomó la universidad. Desde ahí, sentada en un váter durante días, narra el siglo entero.

Nocturno de Chile llegó en 2000. Está estructurada en dos párrafos, uno larguísimo y otro de una sola línea, y en un principio iba a titularse Tormenta de mierda.

El narrador es Sebastián Urrutia Lacroix, sacerdote del Opus Dei, crítico literario y poeta mediocre, que revisa en una noche de fiebre alta los momentos decisivos de su vida convencido de que va a morir. Recuerda su visita a la hacienda de Farewell en los años cincuenta, su viaje por Europa para estudiar técnicas de conservación de iglesias, las clases de marxismo que impartió a Pinochet y a los generales de la Junta, y sobre todo las tertulias literarias en casa de la escritora María Canales, donde mientras se hablaba de libros se torturaba en el sótano.

El protagonista remite al crítico José Miguel Ibáñez Langlois, sacerdote del Opus Dei que firmaba como Ignacio Valente y que ejerció la crítica literaria de manera casi exclusiva durante la dictadura desde El Mercurio. La historia de María Canales se basa en la de Mariana Callejas y su marido Michael Townley, agente de la CIA y de la DINA y autor material del asesinato de Orlando Letelier, Ronni Moffitt y Carlos Prats, que utilizaban su casona de Lo Curro como lugar de detención y tortura mientras ella celebraba veladas literarias.

Es un personaje con continuidad: Urrutia Lacroix, bajo su seudónimo Ibacache, ya había aparecido en Estrella distante reseñando la obra de Carlos Wieder. Ese sistema de vasos comunicantes recorre toda la obra de Bolaño. Los personajes entran y salen de un libro a otro, envejecen, se cruzan, mueren en una novela y reaparecen jóvenes en otra.

Nocturno de Chile dura poco más de cien páginas y es una de las novelas políticas más incómodas escritas en América Latina, precisamente porque no denuncia desde fuera. Habla desde dentro de la culpa, con la voz del cómplice, y termina sugiriendo que así se hace la literatura no solo en Chile.

Un cuentista de primera fila

Bolaño escribió cuentos toda su vida y los escribió muy bien, aunque la fama de los novelones haya tapado esa parte.

Putas asesinas apareció en 2001. El gaucho insufrible, entregado a Jorge Herralde apenas un día antes de su ingreso hospitalario definitivo, se convirtió poco después en su primera obra póstuma. Entre medias publicó Amberes, escrita en 1980 y guardada durante veintidós años, y Una novelita lumpen, ambas en 2002.

Amberes es su libro más extraño y el que más quería. Cincuenta y seis fragmentos sin argumento reconocible, escritos con veintisiete años, que el propio autor describía como lo único que no le avergonzaba. Es el eslabón perdido entre el poeta infrarrealista y el novelista.

En El gaucho insufrible están dos de sus mejores textos en prosa no narrativa. Uno es la conferencia Literatura + enfermedad = enfermedad, escrita mientras esperaba un trasplante. Otro es Los mitos de Cthulhu, una demolición feroz del estado de la literatura en español que sigue doliendo a quien se sienta aludido.

El cuento Playa, incluido después en El secreto del mal, merece capítulo aparte por razones que no tienen que ver con su calidad. Está narrado en primera persona por un exheroinómano que vuelve a su pueblo, sigue un tratamiento con metadona y baja cada día a la playa. Todo el relato es una sola frase. Y esa frase, leída fuera de contexto, alimentó durante años la leyenda de un Bolaño yonqui que nunca existió.

2666

El 30 de junio de 2003, en muy mal estado, Bolaño conversó largamente con Jorge Herralde en las oficinas de Anagrama sobre literatura y sobre la novela en la que trabajaba. Al día siguiente, Carmen Pérez de Vega lo llevó de urgencia desde Blanes al Hospital Vall d’Hebron de Barcelona. Murió el martes 15, tras diez días en coma, por una insuficiencia hepática, mientras esperaba en vano un donante. Lautaro tenía trece años; Alexandra, dos.

Dejó sobre la mesa más de mil páginas.

2666 se publicó en 2004 en Anagrama. Consta de cinco partes que el autor, por razones económicas, había planeado publicar como cinco libros independientes para asegurar el futuro de sus hijos en caso de fallecimiento. Tras su muerte, los herederos ponderaron el valor literario del conjunto y decidieron editarla como una única novela, junto con Herralde y con el crítico Ignacio Echevarría, que revisó y preparó los manuscritos.

Las cinco partes se pueden leer por separado y ninguna se entiende del todo sin las demás.

La primera sigue a cuatro académicos europeos obsesionados con un escritor alemán ilocalizable, Benno von Archimboldi, que los lleva hasta una ciudad fronteriza mexicana. La segunda se centra en Amalfitano, un profesor chileno que enloquece despacio en esa misma ciudad. La tercera acompaña a Fate, un periodista negro neoyorquino enviado a cubrir un combate de boxeo que acaba tropezando con algo mucho peor.

La cuarta es La parte de los crímenes. Casi cuatrocientas páginas que enumeran, con la frialdad de un informe forense, los asesinatos de mujeres en Santa Teresa. Santa Teresa es un trasunto de Ciudad Juárez, la ciudad mexicana de la frontera con Estados Unidos donde proliferan las maquiladoras. Bolaño no solo dibuja el ambiente mortuorio de la ciudad, sino que dota de historia a las víctimas de los feminicidios que la hicieron tristemente célebre desde 1993.

Aparece además, como personaje, el reportero Sergio González Rodríguez, autor de Huesos en el desierto. Ese libro, una investigación periodística publicada en Anagrama a partir de los reportajes que González escribió para Reforma, funciona como contrapunto ensayístico de la ficción de Bolaño. González llega a Santa Teresa para escribir sobre un profanador de iglesias y descubre que los medios prestan más atención al sensacionalismo que a los asesinatos de mujeres.

La quinta parte, La parte de Archimboldi, revela la identidad del escritor alemán y su participación en la Segunda Guerra Mundial, y dota de sentido su relación con Santa Teresa.

El título no se explica en ninguna parte del libro. La cifra aparece de pasada en Amuleto, donde se describe una avenida a las afueras de la ciudad que parece un cementerio del año 2666. Es todo lo que hay. Bolaño dejó una fecha sin acontecimiento, un futuro vacío hacia el que apuntan todos sus libros.

La recepción fue arrolladora y fue creciendo con los años. La traducción de Natasha Wimmer se publicó en Estados Unidos en 2008 por Farrar, Straus and Giroux y en el Reino Unido en 2009 por Picador. El 12 de marzo de 2009, en el New School de Nueva York, el National Book Critics Circle concedió a 2666 su premio de ficción correspondiente a los libros publicados en 2008. Wimmer lo recogió en nombre del autor. Un miembro del jurado, Marcela Valdes, dijo que era una obra tan rica y deslumbrante que atraería a lectores y estudiosos durante siglos.

Tanto el Premio Ciudad de Barcelona como el Salambó se concedieron por primera vez de manera póstuma.

La industria póstuma

Bolaño publicó en vida quince libros. Desde su muerte han aparecido cerca de una decena más, y la maquinaria no se ha detenido.

Casi toda su obra salió en Anagrama, a través de Jorge Herralde, donde publicó al menos un libro por año entre 1996 y 2003. Entre 2003 y 2011 la editorial sacó siete libros póstumos, aunque Herralde asegura que para entonces el contacto con la familia se producía únicamente a través de agentes y abogados.

La lista es larga. El gaucho insufrible en 2003. Entre paréntesis, la reunión de sus artículos, discursos y reseñas, en 2004. El secreto del mal en 2007. La Universidad Desconocida, también en 2007. El Tercer Reich, una novela sobre un campeón alemán de juegos de estrategia en un hotel de la Costa Brava, en 2010. Los sinsabores del verdadero policía, en 2011.

Después llegó la ruptura. El 4 de marzo de 2016, Alfaguara anunció la adquisición de los derechos de la obra. La operación la lideró el agente literario de los herederos, el estadounidense Andrew Wylie. La editorial reeditaría de forma progresiva los veintiún títulos que componen la producción conocida del autor.

Carolina López rompió una década de silencio con un artículo en El País para dar su versión. Sostuvo que la propuesta de Alfaguara era más ventajosa, y no solo en lo económico, por su mayor presencia en América Latina, donde los libros cuestan menos. Recordó también que Bolaño llevaba solo siete años publicando en Anagrama cuando murió y que seis de sus quince libros habían salido en otros sellos. Herralde replicó que no le dejaron pujar y atribuyó la decisión a razones personales.

La polémica se solapó con otra, la que enfrentó a la viuda con Ignacio Echevarría, el crítico que había editado para Anagrama 2666 y El secreto del mal. López fecha la ruptura profesional en 2005 y la atribuye a una pérdida de confianza durante la coordinación de este último libro. Echevarría sostiene que el distanciamiento se produjo porque había hecho consultas a Carmen Pérez de Vega.

Detrás del culebrón hay un asunto de fondo que interesa más que los nombres. La primera edición de 2666 en Anagrama incluía una «Nota de los herederos» que inscribía en el mismo plano a Carolina López y sus hijos, a Echevarría y a Herralde como agentes de la escritura póstuma. En las ediciones de Alfaguara esa nota se sustituye por reproducciones fotográficas de los manuscritos, con lo que los dos últimos desaparecen del relato de la producción del libro. Quien posee el archivo posee también la historia de cómo se hicieron los libros.

La primera novedad de la nueva etapa fue El espíritu de la ciencia-ficción, publicada en 2016. Le siguió Sepulcros de vaqueros, en septiembre de 2017, un volumen con tres nouvelles inéditas: Patria, Sepulcros de vaqueros y Comedia del horror de Francia. Después vinieron Poesía reunida (2017), Cuentos completos (2018) y A la intemperie (2019).

Cada aparición reabre el mismo debate: hasta qué punto un texto que el autor no dio por terminado debe publicarse. La discusión se avivó especialmente con El espíritu de la ciencia-ficción, cuando parte de la crítica señaló la distancia entre ese material y los libros mayores. La respuesta de los herederos ha sido siempre la misma: el archivo es enorme y queda mucho por descubrir.

Hay un episodio que ilustra bien las tensiones de ese archivo. En 2014, el poeta Rubén Medina publicó en México Perros habitados por las voces del desierto, una antología de trescientas páginas de poesía infrarrealista. No consiguió autorización para incluir los poemas de Bolaño, así que imprimió solo sus títulos y su lugar de publicación, y dejó en blanco el espacio de la página que deberían haber ocupado los versos.

Bolaño Inc.

La consagración en Estados Unidos fue rapidísima y trajo consigo un envoltorio que a Bolaño le habría hecho gracia y rabia a partes iguales.

Sarah Pollack, especialista en literatura latinoamericana, lo formuló con precisión en un ensayo de 2009: el lector estadounidense se encuentra a Bolaño, antes incluso de abrir el libro, como un cruce entre los beats y Rimbaud, con la vida ya convertida en leyenda. Pollack dejó claro que consideraba a Bolaño un escritor genial, pero sostuvo que eso era solo un componente del fenómeno. Su tesis es que la novela ofrece al lector norteamericano dos mensajes complementarios y cómodos: el idealismo juvenil que conduce a la rebeldía y la aventura, y a la vez una fábula moral sobre lo que ocurre cuando uno no madura.

El envoltorio incluía un dato falso. Reseñas influyentes, entre ellas la de The New Yorker sobre Los detectives salvajes en 2007, atribuyeron la enfermedad hepática que mató a Bolaño al consumo de heroína años atrás. El escritor peruano Gustavo Faverón apuntó el origen del malentendido: los lectores estadounidenses tomaron por confesión autobiográfica un relato narrado en primera persona por un drogadicto, Playa.

Los desmentidos fueron rotundos y vinieron de quienes lo trataron a diario. Bruno Montané, amigo desde los días del infrarrealismo, zanjó: «Jamás le vi ni borracho». Antoni García Porta recordó que con Bolaño todo eran tecitos y cafés con leche, y que cuando la enfermedad empezó a manifestarse hacia 1992 los primeros médicos no se creían que no fuera un gran bebedor o consumidor. Echevarría añadió el argumento más bolañesco de todos: si hubiera sido cierto, él mismo lo habría contado; era más propio de Bolaño decirlo aunque fuera mentira que ocultarlo.

La dolencia que lo mató fue una colangitis esclerosante primaria, una enfermedad hepática crónica sin causa identificable. Horacio Castellanos Moya recordó que su caso se parecía más al de Balzac o Proust, muertos también a los cincuenta tras un esfuerzo de trabajo tremendo, que al de un ídolo pop. La biografía de Serralvo desmiente igualmente la supuesta adicción.

En julio de 2026, al reseñar el libro, un medio chileno tituló que la primera biografía completa desmitifica parte de la figura. Es exactamente lo que hacía falta. El mito de Bolaño ha sido durante veinte años un obstáculo para leerlo.

El escritor que se peleaba con todos

Conviene no olvidar que Bolaño fue, además de novelista y poeta, un polemista de mano suelta.

En varios ensayos y conferencias desmontó el discurso contemporáneo sobre la nacionalidad, y llegó a decir que lo único que lo identificaba como chileno y no como mexicano o español era el pasaporte. Su relación con la literatura chilena tampoco fue cordial. Repartía con generosidad: contra los escritores subvencionados, contra el realismo mágico convertido en producto de exportación, contra la novela histórica de consumo, contra los talleres.

Esa parte de su obra está reunida en Entre paréntesis, editado póstumamente por Echevarría, y en A la intemperie. Ahí están el Discurso de Caracas, las columnas semanales que escribió para Las Últimas Noticias, las reseñas, los ataques y los entusiasmos.

Porque Bolaño también era un lector generoso hasta el desorden. Defendió a Nicanor Parra por encima de Neruda, reivindicó a Rodrigo Rey Rosa, a Javier Cercas, a Rodrigo Fresán, a Enrique Vila-Matas. Escribió con devoción sobre Philip K. Dick y sobre Georges Perec. Volvía una y otra vez a Borges y a Cortázar. Serralvo destaca en él un sentido del humor extraordinario, a ratos muy cervantino.

Su idea de la literatura era, en el fondo, moral y bastante dura. Escribir es meter la cabeza en lo oscuro, saber que uno va a perder y aun así hacerlo bien. Le gustaba repetir que, pasado el suficiente tiempo, Shakespeare y Menganito serían lo mismo.

Por qué se sigue leyendo

Hay explicaciones de mercado y hay explicaciones literarias, y las dos son ciertas a la vez.

Serralvo apunta una razón de fondo: Bolaño supo adaptar la historia de la literatura a las sensibilidades contemporáneas, entre ellas la de vivir en un mundo globalizado. Muchas de sus novelas transcurren en varios países y tienen personajes de distintas nacionalidades, y eso las vuelve atractivas para los lectores de ahora.

Es una obra escrita antes de internet que se lee como si estuviera escrita después. Los personajes se buscan, se pierden, dejan rastros incompletos. Los libros se construyen por acumulación de testimonios contradictorios, sin una voz que arbitre. Se parecen mucho a cómo conocemos hoy cualquier cosa.

Hay también una cuestión generacional. Bolaño escribió sobre jóvenes que creyeron que la literatura y la política eran la misma urgencia y descubrieron que no. Ese desengaño no ha caducado.

Insua describe la operación completa: Bolaño llega después del boom y de las vanguardias y libra su combate contra ambos. Y añade el dato que explica la vigencia: entran primero los lectores jóvenes, y después los expertos, los críticos y los escritores.

Sobre el destino de esos lectores hay una anécdota que dice mucho. El escritor mexicano Medina Mora imaginó a una pareja de neoyorquinos que, cansados de las fiestas de revistas y de las galerías, tropiezan con su vieja copia de Los detectives salvajes y deciden mudarse a Ciudad de México. No dice que la novela sea mala; sugiere que es peculiarmente propensa a gustar por malas razones.

Esa es la tensión permanente de la obra. Bolaño escribió libros sobre el fracaso que se leen como invitaciones a la aventura. Escribió sobre el mal absoluto y lo convirtieron en objeto de culto. Escribió contra el mercado literario y es hoy uno de sus productos más rentables. Le habría parecido divertidísimo.

En el mercado editorial español la cifra sigue moviéndose. En 2025 Alfaguara publicó Los detectives salvajes en edición ilustrada por el argentino Luis Scafati, galardonado en su país con el Gran Premio de Honor de Dibujo del Salón Nacional y con el Konex. Es la enésima operación sobre un catálogo que no deja de reformularse.

Y en las universidades, el fenómeno tampoco se enfría. Serralvo constata que la obra sigue despertando un interés enorme también en el mundo académico. Tesis, congresos, ediciones críticas. Bolaño se ha convertido en lo que él mismo habría descrito con sorna: un autor de programa.

Lo que queda por saber

Pese a todo, hay huecos importantes.

El archivo personal, custodiado por los herederos, sigue sin ser de acceso público. Ese cierre condiciona cualquier trabajo biográfico. Serralvo trabajó con fuentes públicas y con archivos poco explorados, como la correspondencia con el poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory o las cartas que Bolaño envió a Bruno Montané durante dos décadas, hoy en la Biblioteca Nacional de España. Entrevistó a testigos como el poeta Jaime Quezada y se apoyó en investigadores previos: el periodista Juvenal Rivera, el documentalista Ricardo House y el escritor Felipe Ossandón. Solicitó entrevistar a Carolina López a través del agente literario y recibió una negativa.

Su brújula, según cuenta, fue un consejo de Valerie Miles, la mayor estudiosa del archivo: tratar a todos los personajes con dignidad. Miles firma además el epílogo del libro.

Queda pendiente la edición crítica de la obra completa. Queda por catalogar y estudiar el fondo de manuscritos. Queda por escribir la historia editorial de los libros póstumos, que es también una historia sobre quién decide qué es un libro.

Y queda algo más difícil: leer a Bolaño sin el mito.

Un kit para entrar en Bolaño

Para quien se acerque por primera vez, un itinerario posible.

Empezar por Estrella distante. Ciento cincuenta páginas, un asesino que escribe poemas en el cielo y un narrador que no consigue dejar de buscarlo. Contiene, en miniatura, todo lo que hará después.

Seguir con Llamadas telefónicas, y dentro de él con Sensini, que es la mejor puerta a su humor y a su melancolía. Después, Nocturno de Chile, si se quiere entender qué relación tiene la literatura con el poder.

Luego, Los detectives salvajes, con tiempo por delante. Serralvo la recomienda a quien no se arredre ante los libros extensos, y tiene razón: son seiscientas páginas que se leen como si fueran doscientas.

2666 al final, y no por dificultad sino por conveniencia. Todo lo anterior la prepara.

Para la poesía, Los perros románticos o, si se puede, La Universidad Desconocida entera. Para la prosa de combate, Entre paréntesis.

Y para la vida, ahora sí, La sombra de los perros románticos, de Jose Serralvo, y Notas para una autobiografía, donde el escritor se explica a sí mismo durante veintiocho años en voz alta.

Con eso basta para empezar. Después es imposible parar. Que es exactamente lo que ha ocurrido, mal que le pese al propio Bolaño, con varios millones de lectores en veinte idiomas desde que aquel martes de julio de 2003 dejó mil páginas encima de una mesa sin calefacción en un pueblo de la Costa Brava.

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