Hay una fotografía que resume mejor que cualquier biografía el desconcierto que Miguel Hernández provocaba entre sus contemporáneos. En ella aparece un hombre joven, de manos grandes y traje prestado, con la mirada de quien no sabe muy bien qué hace en un salón madrileño lleno de gente que ha leído mucho más que él. Ese hombre acabaría escribiendo, sin embargo, algunos de los versos más citados, más musicados y más llorados de la lengua española.
Nació en Orihuela, en la vega baja del río Segura, el 30 de octubre de 1910. Murió en una cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942, con treinta y un años recién cumplidos, enfermo de tuberculosis y sin más delito que haber escrito y luchado del lado de los que perdieron la guerra. Entre esas dos fechas hay un cabrero que se hizo poeta, un poeta que se hizo soldado y un soldado que murió preso sin renunciar a nada de lo que había defendido.
Su nombre ha vuelto a sonar este año en Orihuela. El Instituto Valenciano de la Juventud, con la colaboración de la Universidad que lleva su apellido, prepara para octubre un nuevo encuentro pensado para acercar su figura a los más jóvenes. En diciembre se inauguró también en su ciudad natal una exposición itinerante que reinterpreta su obra desde la pintura. Ninguno de esos gestos sería posible si Miguel Hernández fuera, como durante años quisieron hacer creer, un autor menor o de circunstancias.
No lo fue. Y tampoco es, como a veces se simplifica, solo el autor de dos o tres poemas escolares que se repiten cada año en las aulas por estas fechas. Detrás de esos pocos títulos que todo el mundo reconoce hay una trayectoria completa, con etapas muy distintas entre sí, que merece leerse de principio a fin y no solo a través de sus versos más antologados.
Fue uno de los poetas que mejor supo unir la tradición clásica española, la de Garcilaso y Quevedo, con la experiencia más cruda del siglo XX: la guerra, la cárcel, el hambre, la muerte de un hijo. Conviene, ochenta y cuatro años después de su muerte, repasar sin prisa quién fue este hombre, qué escribió en cada etapa de su vida tan breve y por qué seguimos necesitando su voz.
El cabrero que leía a escondidas
La familia Hernández Gilabert no pasaba hambre, pero tampoco le sobraba nada. El padre, también llamado Miguel, se ganaba la vida comprando y vendiendo cabras y otros animales; la madre, Concepción Gilabert Giner, llevaba la casa y crió a varios hijos, no todos los cuales llegaron a la edad adulta, como ocurría con frecuencia en la España rural de entonces. Entre los que sobrevivieron estaban Vicente, el hermano mayor, y Encarnación, la más pequeña.
De niño, Miguel pasó primero por una guardería y después por las Escuelas del Ave María. En 1923 ingresó como alumno externo en el colegio de Santo Domingo, dirigido por dominicos, donde llegó a obtener algunas distinciones académicas menores, entre ellas las dignidades escolares de Edil, a finales de ese año, y de Príncipe y Emperador en distintas materias durante el curso siguiente. Fue, durante un par de años, un estudiante razonablemente aplicado, algo que después quedaría eclipsado por la imagen, más cómoda para sus biógrafos, del genio autodidacta.
La escuela, sin embargo, duró poco. En marzo de 1925, con solo catorce años, su padre decidió que el muchacho debía ganarse el pan como pastor, y Miguel salió al campo a cuidar cabras junto a su hermano Vicente. Fue una imposición doméstica más que una vocación: el padre necesitaba manos jóvenes y no veía ninguna utilidad en que su hijo siguiera perdiendo el tiempo entre libros.
Podría haber sido el final de cualquier inquietud intelectual. Fue, en cambio, el principio de todo lo que vendría después. En la sierra oriolana, entre el monte y la huerta, Miguel Hernández empezó a mirar el mundo con una atención que más tarde trasladaría al papel: los surcos, los animales, la luz cambiante, el esfuerzo físico del trabajo campesino. Esa mirada de pastor, entrenada durante años de soledad entre rebaños, es reconocible todavía en sus últimos poemas.
El trabajo al aire libre también dejó su huella en el físico del futuro poeta. Quienes lo conocieron en Madrid a comienzos de los años treinta recordarían después el contraste que ofrecía: un hombre fuerte, de manos ásperas y andar campesino, capaz de sorprender a los intelectuales de la capital tanto por la delicadeza de sus versos como por la solidez de su presencia. Aquel contraste, entre el cuerpo del pastor y la sensibilidad del poeta, nunca dejó de acompañarlo.
A escondidas de un padre que desconfiaba de tanto libro, el joven pastor frecuentaba también la biblioteca particular de un sacerdote de la ciudad, Luis Almarcha, donde descubrió a los clásicos españoles. Fue, en el sentido más literal de la palabra, un autodidacta: no pisó una universidad, no tuvo maestros de verso más allá de sus lecturas sueltas y de un puñado de amigos con inquietudes parecidas a las suyas.
Ese aprendizaje irregular, hecho de lecturas robadas y de largas horas de silencio en el campo, explica buena parte de las contradicciones y de las fulguraciones de su obra futura. Miguel Hernández nunca dejó de ser, ni siquiera en sus libros más sofisticados, aquel muchacho que había aprendido a leer el paisaje antes que la gramática.
La Tahona y los primeros versos
Hacia 1926 conoció a Carlos Fenoll, un panadero aficionado a la poesía cuya familia regentaba una tahona en Orihuela. Alrededor de aquel horno se fue formando, con los años, una pequeña tertulia de jóvenes con vocación literaria a la que se sumaron, entre otros, Jesús Poveda y un estudiante de Derecho que firmaba sus escritos como Ramón Sijé. El grupo acabó conociéndose como el Grupo de la Tahona, y fue allí, entre el olor a pan recién hecho y las discusiones sobre métrica, donde Miguel Hernández empezó a tomarse en serio la idea de ser escritor.
Antes de eso, en 1929, había llegado a actuar en un pequeño grupo de teatro aficionado de la ciudad llamado La Farsa, otra muestra de esa curiosidad artística que no se limitaba solo al verso. Pero fue la poesía la que acabó imponiéndose sobre cualquier otra afición.
El 13 de enero de 1930 publicó su primer poema en un periódico, El Pueblo de Orihuela, con el título «Pastoril». No fue un estreno espectacular, pero sí marcó el inicio de una costumbre: en los meses siguientes fue apareciendo en cabeceras locales como Voluntad, Actualidad, El Día o Destellos, y también en La Verdad de Murcia, con la que entabló una relación de colaboración que se prolongaría durante años.
Ramón Sijé, apenas tres años menor que él, se convirtió pronto en su lector más exigente y en su amigo más cercano. Católico convencido, de ideas conservadoras y una erudición precoz que sorprendía a cuantos lo trataban, Sijé animó a Hernández a leer con disciplina, corrigió sus primeros versos y lo introdujo en ambientes intelectuales a los que un pastor autodidacta difícilmente habría llegado por su cuenta. Su amistad, marcada por discusiones tan intensas como el cariño que se profesaban, resultaría decisiva en los años siguientes, y también en el final trágico que unió sus nombres para siempre.
Junto a Sijé y a otros miembros de aquella tertulia, Hernández participó también en El Gallo Crisis, una revista literaria de orientación católica que se editó en Orihuela entre 1934 y 1935 y que sirvió, durante un tiempo, como plataforma común para un grupo de jóvenes que todavía no sospechaba que la política acabaría separándolos de forma irreversible.
Otro apoyo providencial llegó del propio Luis Almarcha, el sacerdote de cuya biblioteca se había nutrido en la adolescencia. Fue él quien costeó, con 425 pesetas de la época, la impresión del primer libro de Miguel Hernández. Y en 1931 la ciudad de Elche le concedió un premio poético, el único reconocimiento oficial que recibiría en vida. Con veinte años recién cumplidos, el cabrero de Orihuela empezaba a tener, aunque fuera a escala local, un nombre propio.
Madrid, el primer tropiezo
Animado por esos primeros éxitos, Miguel Hernández viajó por primera vez a Madrid a finales de noviembre de 1931, convencido de que la capital lo reconocería enseguida como poeta. No fue así. Llegó sin contactos sólidos, sin apenas dinero y sin más credenciales que un libro todavía sin publicar, y aunque algunos medios como La Gaceta Literaria o la revista Estampa le dedicaron sendos reportajes que lo presentaban como una rareza pintoresca, el pastor poeta, no logró abrirse camino en el mundo editorial madrileño. Aquellos reportajes lo trataban con una mezcla de curiosidad y condescendencia, como si su valor principal fuera la anécdota de un pastor que escribía versos y no la calidad de lo que escribía, un enfoque que sus biógrafos coinciden en señalar como una fuente añadida de frustración para un Hernández que aspiraba a ser leído como poeta y no solo mirado como curiosidad de feria. Meses después regresó a Orihuela con las manos vacías.
El golpe no fue solo literario. En mayo de 1932, cuando viajaba de vuelta a su ciudad, fue detenido en un tren por no llevar la documentación en regla y pasó varios días en la cárcel de Alcázar de San Juan. Tenía que ganarse la vida de algún modo, así que trabajó una temporada en la tienda de tejidos de la familia de Ramón Sijé y, más tarde, como oficinista en la notaría de un abogado de la ciudad. Ninguno de esos empleos tenía nada que ver con la poesía, pero le permitieron seguir escribiendo por las noches, después de cerrar los libros de cuentas.
Ese mismo año conoció en Murcia a la escritora Carmen Conde, con la que mantendría una relación de amistad y admiración mutua, y a finales de 1932 firmó por fin un contrato para publicar su primer libro. El título, tan extraño como certero, era Perito en lunas.
Perito en lunas: un laberinto de piedra
Perito en lunas, publicado en 1933, no se parece a nada de lo que Miguel Hernández escribiría después. Son cuarenta y dos octavas reales, la estrofa clásica que ya habían empleado Garcilaso o Boscán, construidas con un lenguaje deliberadamente oscuro, lleno de metáforas encadenadas y de acertijos que convierten objetos cotidianos, una noria, un gallo, una sandía, en pequeños enigmas casi imposibles de descifrar sin ayuda de notas.
El libro es, sobre todo, un ejercicio de estilo y una carta de presentación. Hernández había llegado a Madrid en plena efervescencia del homenaje a Luis de Góngora que la Generación del 27 venía celebrando desde 1927, y quiso demostrar, con esa poesía hermética y trabajadísima, que un pastor sin estudios podía dominar la forma más exigente de toda la tradición española. Lo consiguió solo a medias: la crítica reconoció su destreza técnica, pero el libro apenas se vendió y muchos lectores lo encontraron impenetrable.
Con el paso de las décadas, Perito en lunas ha sido reivindicado por los estudiosos como algo más que un capricho juvenil. Es la prueba de que Miguel Hernández, antes de convertirse en el poeta directo y desgarrado que hoy conocemos, pasó por una etapa de disciplina formal casi obsesiva, medida verso a verso. Sin ese aprendizaje exigente, probablemente los sonetos que escribiría poco después no habrían tenido la misma solidez ni la misma fuerza expresiva.
Hay además algo de guiño personal en el título. Un pastor pasa buena parte de sus noches bajo el cielo, atento a la luna como referencia práctica para orientarse y calcular el paso de las horas. Miguel Hernández, que había sido durante años ese tipo de observador involuntario, convirtió esa familiaridad rural con el astro nocturno en la imagen central de un libro que, paradójicamente, pocos pastores habrían podido leer sin ayuda de un diccionario.
El amor que no cesa
El 15 de agosto de 1933, durante la feria de Orihuela, Miguel Hernández conoció a Josefina Manresa Marhuenda, una joven modista nacida el 2 de enero de 1916 en Quesada, un pueblo de la provincia de Jaén, hija de un guardia civil. Josefina trabajaba desde niña: había entrado a los trece años en una fábrica de sedas y más tarde se había formado como costurera en un taller de la calle Mayor de Orihuela.
El flechazo no fue inmediato. Hubo que esperar hasta 1934 para que la relación se formalizara. Miguel empezó a esperarla a la salida del taller y, en septiembre de ese año, le entregó un poema manuscrito firmado, sencillamente, «para ti». El 27 de septiembre de 1934 hicieron oficial su noviazgo, y el 1 de diciembre comenzó entre ellos una correspondencia que se prolongaría, con interrupciones dramáticas, hasta los últimos días de la vida del poeta.
Josefina Manresa no era una intelectual ni frecuentaba los ambientes literarios en los que Miguel se movía cada vez con más soltura. Era una mujer de origen humilde, como él, y esa condición compartida fue, probablemente, parte de lo que los unió desde el principio. Con los años se convertiría en la destinataria de algunos de sus poemas más célebres y, después de su muerte, en la guardiana casi obsesiva de todo lo que su marido había escrito.
La correspondencia que ambos mantuvieron durante los años de noviazgo, y sobre todo durante los periodos de separación forzosa que trajo después la guerra, se ha conservado en buena parte gracias al empeño de Josefina y hoy constituye un material imprescindible para entender al hombre que había detrás del poeta, más allá de la imagen pública que fue construyendo en Madrid.
Madrid otra vez: Lorca, Neruda, Aleixandre
En 1934, gracias a una colecta organizada por sus amigos de Orihuela, Miguel Hernández pudo regresar a Madrid con algo más de margen que en su primer intento. Esta vez el viaje sí dio frutos duraderos. Ya el 2 de enero de 1933, en casa del pintor Raimundo de los Reyes, había conocido a Federico García Lorca; en marzo de 1934 trató al escritor José Bergamín, que le abrió las puertas de su revista Cruz y Raya, donde en julio de ese año publicó un auto sacramental de tema calderoniano titulado Quien te ha visto y quien te ve, y sombra de lo que eras. Y en julio de 1934 conoció también a Pablo Neruda, entonces cónsul de Chile en Madrid, que se convertiría en uno de sus valedores más decisivos.
A través de Neruda y de Vicente Aleixandre, que lo acogieron casi como a un hermano menor, Hernández entró en contacto directo con los poetas de la Generación del 27 y con el círculo de pintores conocido como la Escuela de Vallecas, liderado por Benjamín Palencia, al que se aproximó en diciembre de 1934. Durante 1935 encontró incluso un trabajo relativamente estable en la capital, colaborando en la redacción de la gran enciclopedia taurina Los toros que dirigía José María de Cossío para la editorial Espasa-Calpe, un empleo que lo obligó a familiarizarse a fondo con el mundo de los toros y que dejaría huella en su poesía inmediatamente posterior.
Los críticos e historiadores de la literatura siguen discutiendo, todavía hoy, dónde encaja exactamente Miguel Hernández en el mapa generacional de la poesía española. Algunos lo consideran el último gran nombre de la Generación del 27, un epígono tardío que llegó a Madrid cuando el grupo ya estaba consolidado y fue adoptado por sus miembros más jóvenes. Otros prefieren situarlo al frente de una generación distinta, la llamada Generación del 36, formada por autores marcados directamente por la guerra y por una escritura más urgente y menos esteticista que la de sus mayores. Probablemente la verdad es que perteneció a las dos a la vez, o a ninguna del todo: llegó tarde a una fiesta literaria que otros habían empezado antes que él, pero se marchó demasiado pronto para formar parte plena de la siguiente.
El contacto con Aleixandre resultó determinante en un sentido muy concreto. La lectura de La destrucción o el amor, el libro con el que Aleixandre había fundido erotismo y naturaleza en un lenguaje de violencia luminosa, empujó a Hernández a abandonar el barroquismo hermético de Perito en lunas y a buscar una voz propia para hablar del deseo y del dolor amoroso. El resultado de esa búsqueda sería su segundo gran libro, el que acabaría dándole verdadero nombre.
Ese Madrid bullicioso y bohemio también puso a prueba su relación con Josefina, de quien se distanció durante un tiempo. Según recogen sus biógrafos, su nombre se vinculó entonces con la poeta murciana María Cegarra y con la pintora Maruja Mallo, dos mujeres de un mundo cultural muy distinto al suyo de origen. Fueron episodios menores dentro de una vida sentimental que, a pesar de todo, siempre acabó regresando a la misma mujer de Orihuela.
Treinta sonetos y una herida abierta
El 24 de enero de 1936 terminó de imprimirse El rayo que no cesa, el libro que consagraría a Miguel Hernández como uno de los grandes poetas de su generación. Lo forman treinta composiciones: veintisiete sonetos de rigurosa factura clásica, en los que dialoga a distancia con San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Quevedo y el propio Aleixandre, y tres poemas de forma más libre que rompen deliberadamente esa simetría. Entre estos últimos figuran «Un carnívoro cuchillo», en cuartetas octosilábicas, y la extensa silva «Me llamo barro», de sesenta y un versos.
En estos sonetos el amor aparece como una fuerza física, casi animal, que hiere antes de consolar. La imagen del toro, que Hernández había conocido de cerca en su trabajo con la enciclopedia de Cossío, se convierte en emblema de un destino de sufrimiento asumido casi con orgullo. Es una poesía de pasión contenida por la forma clásica, donde cada verso parece luchar contra el molde que al mismo tiempo lo sostiene y lo limita.
Cuando el libro llegó a las librerías, buena parte de la crítica madrileña ya no vio en su autor a un curioso pastor con talento, sino a un poeta hecho y derecho, capaz de medirse de igual a igual con los nombres consagrados de la Generación del 27. El propio título, tomado de uno de los sonetos, funciona como declaración de intenciones: un amor y un dolor que no se apagan, que insisten, que vuelven una y otra vez como el rayo de la tormenta que anuncia la lluvia sin llegar nunca a descargarla del todo.
El libro incorpora, además, material que Hernández había escrito ya en 1934 bajo los títulos provisionales de Imagen de tu huella y El silbo vulnerado, reelaborado junto a los sonetos más recientes hasta formar el conjunto definitivo. Se cierra con una pieza que no estaba prevista en el proyecto original: la «Elegía a Ramón Sijé», escrita en tercetos rematados por un serventesio.
Sijé, su amigo de la Tahona, el que le había prestado libros y corregido versos, murió el 24 de diciembre de 1935 a causa de una infección que derivó en septicemia, apenas diez días después de caer enfermo. Tenía veintidós años. La noticia llegó a Hernández cuando ya se había distanciado de él por diferencias ideológicas cada vez más profundas: Sijé era católico y de derechas, y Miguel se acercaba con firmeza al comunismo. Ese desencuentro sin resolver hizo aún más desgarradora la elegía que le dedicó pocos días después de su muerte.
Con el paso de las décadas, esa elegía se convertiría en una de las piezas más leídas, más citadas y más musicadas de toda la poesía española del siglo veinte. La grabarían, entre otros, Joan Manuel Serrat, el grupo Jarcha y el cantaor Enrique Morente, cada uno a su manera, y todavía hoy se recita en institutos y homenajes con la misma emoción con la que debió de escribirla su autor.
Aquel mismo mes de enero de 1936, mientras el libro salía de la imprenta, Hernández fue detenido de nuevo por carecer de documentación, esta vez cerca de San Fernando de Henares. Solo la intervención de un grupo de intelectuales, que firmaron un manifiesto público en su defensa, logró que quedara en libertad pocos días después. La España de la República, cada vez más convulsa y polarizada, empezaba a estrecharse peligrosamente en torno a él, sin que nadie pudiera imaginar todavía lo que se avecinaba.
El poeta se hace soldado
El 18 de julio de 1936 estalló la Guerra Civil. Miguel Hernández, que en esos años había abandonado ya sus antiguas creencias religiosas y se había acercado con firmeza a las ideas comunistas, no dudó en tomar partido. Regresó brevemente a Orihuela, donde el 13 de agosto de aquel verano fue asesinado el padre de Josefina, guardia civil, en un episodio que muestra hasta qué punto la violencia de los primeros meses de guerra golpeó también a su propia familia política.
A mediados de septiembre volvió a Madrid y, el 23 de septiembre de 1936, se alistó como voluntario zapador en el Quinto Regimiento, la unidad comunista que dirigía Valentín González, más conocido como El Campesino. Combatió en los frentes que defendían la capital, en localidades como Cubas, Valdemoro o Alcalá de Henares, mientras Madrid resistía el asedio de las tropas franquistas casa por casa. Fue el invierno de 1936, uno de los más duros de toda la guerra en el frente del centro, el que templó definitivamente al Hernández combatiente: frío, trincheras improvisadas, compañeros que no volvían de una salida nocturna. De ahí saldría buena parte del material humano que después reelaboraría en sus poemas de guerra.
En febrero de 1937 fue destinado a Jaén, a la redacción de Altavoz del Frente Sur, un servicio de propaganda cultural republicano que combinaba radio, teatro y prensa para sostener la moral de los combatientes. Allí, entre soldados que en su mayoría apenas sabían leer, Hernández comprobó de primera mano el poder de la palabra dicha en voz alta, algo que marcaría el tono directo y oral de buena parte de la poesía que escribiría en los meses siguientes. Fue precisamente en Orihuela, aprovechando un permiso, donde el 9 de marzo de 1937 se casó por lo civil con Josefina Manresa. La pareja empezaba su vida conyugal en el peor momento posible, en plena guerra, sin certezas sobre el futuro y con la muerte rondando a todos sus conocidos.
El 7 de mayo de 1937 Josefina le comunicó que esperaban un hijo. Dos meses después, el 2 de julio, Hernández participó en Valencia en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, un encuentro histórico que reunió, entre el 4 y el 17 de julio, a doscientos treinta delegados de treinta y ocho países. Allí coincidió con Pablo Neruda, Rafael Alberti, André Malraux, un jovencísimo Octavio Paz y, entre otros muchos, el poeta peruano César Vallejo, con quien compartía un origen humilde, una adhesión reciente al comunismo y, aunque ninguno de los dos podía saberlo entonces, una muerte prematura separada apenas por unos años.
En agosto de ese mismo 1937, Hernández viajó como parte de una delegación española a la Unión Soviética para asistir al V Festival de Teatro Soviético, recorriendo Moscú, Leningrado y Kiev antes de regresar a España, vía Londres, en el mes de octubre. Fue el único gran viaje internacional de su vida, y llegó en el momento de mayor proyección pública de toda su carrera.
Un padre en tiempos de hambre
El 19 de diciembre de 1937 nació Manuel Ramón, el primer hijo del matrimonio. La alegría duró poco: el niño murió el 19 de octubre de 1938, con apenas diez meses, en medio de las penurias de una guerra que para entonces ya empezaba a decantarse del lado franquista. Fue uno de los golpes más duros que Miguel Hernández encajó en toda su vida, y su huella es perceptible en buena parte de lo que escribiría a partir de entonces.
El 4 de enero de 1939, cuando la derrota republicana era ya casi inevitable, nació el segundo hijo de la pareja, al que llamaron Manuel Miguel y que la familia acabaría conociendo con el cariñoso diminutivo de Manolillo. Fue, según recuerdan quienes lo trataron en esos meses, su único consuelo en un tiempo en el que todo lo demás parecía derrumbarse a su alrededor.
Es en este periodo, y sobre todo durante el cautiverio que vendría después, cuando Miguel Hernández escribió algunos de sus poemas más íntimos sobre la paternidad, alejados ya del tono heroico y colectivo que había dominado buena parte de su poesía de guerra. El hambre, el miedo y la ternura por ese hijo recién nacido se entrelazan en unos versos que hoy figuran entre los más leídos y los más traducidos de toda su producción.
No hay en esos poemas ninguna épica que consuele. Hay, sobre todo, la mirada de un padre que sabe que no podrá acompañar el crecimiento de su hijo y que trata de dejarle, en unas pocas estrofas, lo único que todavía puede darle: ternura, algo de humor y una advertencia velada sobre lo que le espera en un país que él ya no reconoce como el suyo.
Poeta de trinchera
En 1937 Miguel Hernández publicó Viento del pueblo, un libro dedicado a Vicente Aleixandre que marca su conversión definitiva en poeta comprometido. Frente al intimismo doloroso de El rayo que no cesa, aquí la voz se hace colectiva, exhortativa, casi de arenga: canta al pueblo en armas, a los campesinos convertidos en soldados, a los héroes anónimos de una causa que sentía como propia. El libro incluye también dos elegías dedicadas a amigos caídos en la contienda, tituladas ambas «Elegía primera» y «Elegía segunda»: la primera a Federico García Lorca, fusilado en agosto de 1936 cerca de Granada, y la segunda al comisario político cubano Pablo de la Torriente Brau, muerto en combate ese mismo año.
La guerra no solo lo convirtió en poeta de trinchera, sino también en dramaturgo de circunstancias. Entre 1933 y 1937 escribió media docena de piezas teatrales de registro muy distinto entre sí: el ya citado auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve; el drama en prosa Los hijos de la piedra, ambientado en una comunidad minera y centrado en el enfrentamiento entre los trabajadores y los dueños de la explotación, la única de sus obras de teatro escrita enteramente sin verso; El torero más valiente; El labrador de más aire, una tragedia rural en verso que bebe de la tradición de Lope de Vega; y, ya en plena guerra, el breve Teatro en la guerra, cuatro escenas que escribió, según el testimonio de sus propios compañeros, entre los olivares de Jaén, pensadas para representarse ante los soldados en el propio frente.
En 1939, con la guerra ya prácticamente perdida, Miguel Hernández terminó un nuevo poemario, El hombre acecha, de tono mucho más sombrío que Viento del pueblo. Aquí ya no hay épica ni exaltación colectiva, sino el retrato desnudo de un país devastado por el odio, el hambre y la miseria. El libro llegó a componerse e imprimirse, pero la edición quedó abandonada en la propia imprenta cuando las tropas franquistas entraron en Madrid, y durante décadas se dio prácticamente por perdido. No fue hasta 1981 cuando la editorial cántabra La Casona de Tudanca publicó una edición facsímil de aquellos pliegos rescatados, permitiendo por fin conocer el libro tal y como el poeta lo había dejado listo para imprenta antes de que la guerra se lo arrebatara.
La derrota y la frontera
La Guerra Civil terminó oficialmente el 1 de abril de 1939, con la victoria de las tropas franquistas. Para un hombre que había sido comisario cultural del bando republicano y autor de una poesía abiertamente combativa, la derrota significaba, en el mejor de los casos, la cárcel. Miguel Hernández intentó lo único que le quedaba: la huida hacia el país vecino. Muchos de sus antiguos compañeros de armas y de letras habían tomado ya el camino del exilio hacia Francia o hacia América, pero él, con una mujer y un hijo pequeño esperándolo en Orihuela, decidió jugárselo todo a una carta mucho más arriesgada: cruzar solo, a pie, con la idea de reunirse después con su familia si conseguía ponerse a salvo.
El 30 de abril de 1939 cruzó a pie, de manera clandestina, la frontera con Portugal. No llegó lejos: la policía portuguesa lo detuvo el 4 de mayo y lo entregó a las autoridades españolas en Rosal de la Frontera apenas dos días después. Empezaba entonces un peregrinaje carcelario que lo llevaría, sucesivamente, por Huelva, Sevilla y Madrid, donde el 18 de mayo de 1939 ingresó en la prisión de Torrijos.
Por un tiempo pareció que la situación podía resolverse: quedó en libertad y regresó a Orihuela, quizá con la esperanza de reconstruir una vida normal junto a Josefina y su hijo recién nacido. Pero la delación y la vigilancia de la posguerra no perdonaban a quienes habían defendido a la República, y Miguel Hernández fue detenido de nuevo en su propia ciudad y devuelto una vez más a una cárcel de Madrid.
Un vía crucis de cárceles
El 14 de enero de 1940, en un juicio sumarísimo, un tribunal militar condenó a Miguel Hernández a muerte. La sentencia, que compartía con miles de españoles procesados en circunstancias parecidas, se conmutó el 9 de junio de ese mismo año por treinta años de prisión, gracias en parte a las gestiones de algunos escritores e intelectuales que, pese a las diferencias ideológicas, no habían olvidado su talento ni su valor.
La conmutación no significó alivio real. Entre 1940 y 1941 Hernández fue trasladado sucesivamente a la prisión provincial de Palencia, donde enfermó de una neumonía, y al penal de Ocaña, en Toledo. El 28 de junio de 1941 llegó, ya muy debilitado, al Reformatorio de Adultos de Alicante, la que sería su última cárcel.
Su salud, nunca reforzada por una alimentación adecuada ni por las condiciones mínimas de higiene, se había ido deteriorando con cada traslado. El 25 de noviembre de 1941 tuvo que ingresar en la enfermería del penal, gravemente enfermo de tuberculosis, una dolencia que en aquellos años, sin antibióticos eficaces todavía, equivalía casi siempre a una sentencia de muerte lenta.
Las cárceles franquistas de la inmediata posguerra, atestadas muy por encima de su capacidad, eran en sí mismas un peligro para la salud de cualquier preso: hacinamiento, comida escasa, frío y enfermedades que se contagiaban de celda en celda sin apenas control médico. Miles de presos políticos pasaron por circuitos parecidos al de Miguel Hernández, y muchos de ellos, como él, no llegaron a salir con vida. Su caso resultó especialmente sonado por tratarse de un poeta ya conocido, pero fue, ante todo, uno más entre decenas de miles.
Cancionero y romancero de ausencias
Fue precisamente en la cárcel, entre 1938 y 1941, donde Miguel Hernández escribió la mayor parte de los poemas que compondrían su último libro, publicado ya después de su muerte con el título Cancionero y romancero de ausencias. Son textos breves, casi todos de tres o cuatro estrofas, escritos con una economía de medios que contrasta con la exuberancia verbal de sus primeros libros. La prisión no daba para grandes despliegues retóricos, y el poeta aprendió, casi por necesidad, a decir mucho con muy poco.
El propio título del libro anuncia ese regreso a las formas populares: un cancionero y un romancero son dos maneras muy antiguas de organizar la poesía española, ligadas a la copla y al romance oral, a los versos hechos para ser cantados o recitados de memoria y no solo leídos en silencio. Después de haber pasado por el hermetismo culto de Perito en lunas y por el clasicismo trabajado de El rayo que no cesa, Miguel Hernández cerraba su trayectoria volviendo a las formas más sencillas y más antiguas de la tradición, las mismas que probablemente había escuchado de niño en la sierra oriolana.
El libro está atravesado de principio a fin por la ausencia: la de Josefina, la del hijo muerto, la de la libertad, la de un país que ya no reconocía como propio. Entre esos poemas figura el que hoy es, probablemente, el más conocido de toda su obra: unas coplas breves escritas para su hijo Manuel Miguel después de recibir una carta de Josefina en la que le contaba que, por toda comida, solo tenía pan y cebolla. De esa carta doméstica y desesperada nació uno de los poemas más tiernos y más desgarradores jamás escritos por un padre a un hijo pequeño, una nana que varias generaciones de españoles han acabado sabiendo casi de memoria, muchas veces sin haber leído nunca el libro del que procede.
Otro de los poemas de esa misma colección, «Menos tu vientre», alcanzaría con el tiempo una popularidad parecida, convertido también en canción por distintos intérpretes a lo largo de las décadas siguientes. Entre ambos poemas, y entre los muchos otros que componen el libro, Cancionero y romancero de ausencias dibuja el retrato de un hombre que, encerrado y enfermo, seguía encontrando en la escritura la única forma de conversación posible con los suyos.
El libro no vería la luz en España hasta mucho después de la muerte de su autor. Las primeras ediciones más completas, ya en los años setenta, tuvieron que publicarse fuera del país, en Buenos Aires, antes de que la censura franquista permitiera su circulación normal en las librerías españolas.
La boda en la enfermería
Consciente quizá de que el final se acercaba, Miguel Hernández y Josefina Manresa decidieron formalizar su unión también por la Iglesia. La ceremonia religiosa se celebró el 4 de marzo de 1942 en la propia enfermería de la cárcel de Alicante, apenas unas semanas después de que los médicos hubieran intentado, sin éxito duradero, aliviar quirúrgicamente su pulmón enfermo mediante una operación practicada a mediados de febrero.
Los responsables del penal le ofrecieron, según ha quedado documentado por sus biógrafos, la posibilidad de mejorar su situación e incluso de acceder a un tratamiento más digno a cambio de una simple renuncia pública a sus ideas. Miguel Hernández se negó. Prefirió sostener hasta el final la misma dignidad que había defendido en sus versos, aun sabiendo lo que ese gesto podía costarle.
Le costó la vida. Miguel Hernández murió el 28 de marzo de 1942, a las cinco y media de la madrugada, en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Tenía treinta y un años. Fue enterrado dos días después, el 30 de marzo, en el nicho 1009 del cementerio de la ciudad, sin apenas ceremonia, como uno más entre los muchos vencidos de aquella guerra que la dictadura se afanaba en borrar de la memoria pública.
Josefina, la guardiana
Viuda a los veintiséis años y con un hijo pequeño que criar en la España más dura de la posguerra, Josefina Manresa tuvo que enfrentarse a la miseria y, durante mucho tiempo, también al silencio impuesto sobre la obra de su marido. Siguió trabajando de costurera, primero en Orihuela y, desde 1950, en Elche, ciudad en la que se instaló definitivamente.
Pero además de sostener económicamente a la familia, Josefina asumió una tarea que hoy resulta decisiva para entender lo que sabemos de Miguel Hernández: conservó sus manuscritos, sus cartas, sus objetos personales, y se convirtió, sin proponérselo del todo, en la primera guardiana de un legado que durante años nadie más se ocupó de proteger. Murió el 18 de febrero de 1987, cuarenta y cinco años después que su marido, habiendo dedicado buena parte de su vida a que la obra de Miguel Hernández sobreviviera a la dictadura que había intentado sepultarlo junto a él.
Sin ese trabajo callado y sostenido durante décadas, buena parte de lo que hoy sabemos con precisión sobre la vida del poeta, fechas, cartas, borradores, se habría perdido sin remedio. La historia de la literatura suele recordar a los autores y olvidar a quienes hicieron posible que sus textos llegaran hasta nosotros; en el caso de Miguel Hernández, esa deuda tiene nombre y apellidos.
Ese archivo personal, con más de cinco mil seiscientos documentos entre cartas, manuscritos y fotografías, se conserva hoy en Quesada, el pueblo natal de Josefina, en la provincia de Jaén, y constituye una de las fuentes más importantes con las que cuentan historiadores y filólogos que siguen estudiando al poeta.
Lo que no pudo enterrarse
Durante buena parte del franquismo, Miguel Hernández fue un autor incómodo, apenas tolerado en las aulas y ausente de las antologías oficiales. Su rehabilitación pública fue lenta y llegó, sobre todo, con la Transición, cuando España empezó a reconocer abiertamente a los escritores que la dictadura había marginado por su compromiso republicano.
Ese reconocimiento se aceleró de forma decisiva en 1972, cuando Joan Manuel Serrat le dedicó un disco íntegro, titulado sencillamente Miguel Hernández, en el que musicó varios de sus poemas más conocidos y contribuyó, más que cualquier estudio académico, a que su nombre volviera a sonar en las radios y en las casas españolas. Otros artistas, como el grupo Jarcha o el cantaor Enrique Morente, siguieron después caminos parecidos, acercando sus versos a públicos que probablemente nunca habrían abierto un libro de poesía por su cuenta.
La investigación biográfica también ha ido llenando huecos con el paso de los años. El periodista y escritor José Luis Ferris publicó en 2002 una biografía de referencia, Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta, corregida y ampliada en ediciones posteriores, que sigue siendo hoy una de las fuentes más completas y más citadas sobre su vida.
En las historias de la literatura española del siglo veinte, Miguel Hernández ocupa hoy un lugar que hace ochenta años nadie le habría augurado: se le suele citar, sin demasiada discusión, junto a Federico García Lorca, Antonio Machado o Rafael Alberti entre los grandes nombres de la poesía española de aquel periodo, pese a haber publicado muchos menos libros que ellos y a haber muerto mucho más joven. Pocos autores han logrado tanto reconocimiento póstumo con una obra tan breve.
Hoy Orihuela conserva la casa natal del poeta convertida en museo, la Casa Museo Miguel Hernández, y es el punto de partida de la llamada Senda del Poeta, una ruta de senderismo de unos cincuenta y cuatro kilómetros que une la ciudad con el cementerio de Alicante donde está enterrado, atravesando localidades como Redován, Callosa de Segura, Cox, Albatera o Crevillent. La organiza desde 1998 la Asociación de Amigos de Miguel Hernández, y durante el centenario de su nacimiento, en 2010, llegó a reunir a más de cuatro mil quinientos participantes en sus distintas jornadas.
Su obra, además, hace tiempo que dejó de ser un asunto exclusivamente español. Se ha traducido a numerosos idiomas y se estudia en departamentos de hispanismo de universidades de toda Europa y América, donde su figura suele presentarse como un caso singular dentro de la literatura del siglo veinte: el de un escritor que llegó a la alta cultura desde fuera de ella, sin pasar por ninguna de las vías habituales, y que aun así terminó dialogando de igual a igual con la tradición literaria más exigente.
La provincia le rindió, además, uno de los homenajes más duraderos que puede recibir un escritor: dar nombre a una universidad. La Universidad Miguel Hernández, creada en 1996 por ley de las Cortes Valencianas y con sede principal en Elche, lleva su nombre desde su fundación y mantiene viva la relación entre la institución académica y la memoria del poeta a través de actividades culturales periódicas.
En diciembre de 2025 se inauguró en la Sala de Exposiciones Miguel Hernández de Orihuela una muestra itinerante titulada Indómito, del artista Fernando Somé, que reúne veintiséis obras pictóricas y una escultura de estilo cubista y colorista inspiradas directamente en su vida y en su obra, con especial atención a Cancionero y romancero de ausencias. Desde Orihuela, la exposición ha ido viajando después a otras ciudades españolas, entre ellas Lucena, en Córdoba, prolongando así, casi un siglo después, el eco de sus versos en un lenguaje completamente distinto al suyo, el de la pintura.
Y en octubre de este mismo año, el Instituto Valenciano de la Juventud, en colaboración con la Universidad Miguel Hernández, ha organizado en el Teatro Circo de Orihuela un encuentro cultural pensado específicamente para jóvenes de entre doce y treinta años, con la idea de acercar la figura del poeta a las nuevas generaciones a través de un formato más participativo que la tradicional caminata conmemorativa. Se espera la asistencia de cerca de mil jóvenes procedentes de distintos municipios de la región.
No es casual que ese esfuerzo se dirija precisamente a los más jóvenes. Igual que ocurre con Lorca, la imagen de Miguel Hernández corre el riesgo de quedar fijada para siempre en un puñado de versos memorizados a la fuerza en el colegio, sin que nadie explique después por qué merece la pena seguir leyéndolo de adulto. Iniciativas como la de Orihuela, o exposiciones como Indómito, buscan justamente romper esa inercia y devolver al poeta la complejidad que la simplificación escolar suele borrarle.
El poeta que seguimos necesitando
Miguel Hernández vivió poco más de treinta y un años, y de ellos apenas doce estuvo escribiendo con regularidad. En ese tiempo tan breve pasó del hermetismo gongorino de Perito en lunas a la pasión contenida de El rayo que no cesa, de la épica combativa de Viento del pueblo a la desnudez definitiva de Cancionero y romancero de ausencias. Pocos poetas españoles han recorrido, en tan poco tiempo, un camino literario tan largo y tan exigente consigo mismo.
Lo que explica que siga leyéndose no es solo la calidad indiscutible de sus versos, sino también la coherencia entre lo que escribió y lo que vivió. No hubo distancia entre el poeta que cantó al pueblo en armas y el hombre que se alistó como soldado raso; tampoco la hubo entre el que escribió sobre la dignidad humana y el que, agonizante y con una salida al alcance de la mano, se negó a renunciar a sus ideas para salvar la vida.
Ese es, quizá, el motivo último por el que un pastor autodidacta de Orihuela, muerto en una cárcel hace ya ochenta y cuatro años, sigue siendo estudiado en los institutos, musicado por cantautores, caminado por senderistas y pintado por artistas contemporáneos, y citado, todavía hoy, cada vez que alguien necesita palabras para hablar del amor, del hambre o de la pérdida de un hijo. Miguel Hernández no dejó una obra cerrada ni perfecta. Dejó, algo más valioso y más difícil de conseguir, una voz que cualquiera reconoce en cuanto la escucha por primera vez.
Ese reconocimiento inmediato, casi físico, es raro entre los poetas y todavía más raro entre los poetas del siglo pasado. Puede que tenga que ver con el propio origen de su autor: un hombre que aprendió a escribir mirando el campo, que llegó tarde y sin credenciales a los círculos literarios, y que nunca renunció, ni siquiera en sus versos más cultos, a hablar de lo que de verdad le importaba, el amor, el hambre, los hijos, la libertad, con la misma honestidad con la que se habla en una carta escrita desde una celda a la persona que se ama.
Ochenta y cuatro años después de su muerte, esa honestidad sigue siendo, probablemente, la razón última por la que Miguel Hernández no necesita ninguna efeméride redonda para seguir estando de actualidad.