Hay una foto de 1962 que casi nadie reconocería hoy. En ella aparece un grupo de jóvenes flacos, mal vestidos, con caras de no haber dormido, tocando versiones de blues estadounidense en un sótano de Ealing, al oeste de Londres. Ninguno de ellos hubiera apostado un chelín a que seguirían tocando juntos pasados los treinta años, y mucho menos a que lo seguirían haciendo con más de ochenta.
Y sin embargo ahí siguen. En julio de 2026 The Rolling Stones publicaron Foreign Tongues, su vigesimoquinto álbum de estudio, apenas tres años después de Hackney Diamonds. Mick Jagger tiene ochenta y tres años. Keith Richards, ochenta y dos. Ronnie Wood, el benjamín del grupo, setenta y nueve. Ninguno de ellos ha dado señales de querer dejarlo.
La historia de esta banda no cabe en una lista de éxitos ni en un puñado de anécdotas escandalosas, aunque las anécdotas escandalosas sobren. Es la historia de un club de blues que se convirtió en una corporación, de una amistad de infancia que sobrevivió a una guerra fría de tres años, de una muerte prematura en una piscina y de una serie interminable de reinvenciones. Es también, vista con perspectiva, la crónica de cómo cinco o seis músicos aprendieron a convivir con sus propias contradicciones durante más tiempo del que dura habitualmente una vida laboral completa, sin dejar nunca de discutir entre ellos sobre qué dirección debía tomar la banda. Merece la pena contarla completa, sin saltarse los años incómodos ni quedarse solo con los himnos que suenan en cualquier bar.
Un anuncio en Jazz News
Todo empezó, como tantas otras cosas en el Londres de principios de los sesenta, alrededor del blues estadounidense. A comienzos de 1961 había llegado a la capital británica un joven guitarrista de Cheltenham llamado Brian Jones, que por entonces se hacía llamar Elmo Lewis en homenaje a Elmore James. Jones tocaba de vez en cuando con Blues Incorporated, el grupo de Alexis Korner que funcionaba como semillero de casi toda la escena de rhythm and blues londinense.
El 2 de mayo de 1962 Jones puso un anuncio en el semanario Jazz News buscando músicos para montar su propia banda de R&B. Al llamado respondieron el pianista Ian Stewart y, poco después, un joven cantante llamado Mick Jagger, que llevó consigo a un amigo de la infancia con el que compartía discos de Chuck Berry y Muddy Waters: Keith Richards.
Jagger y Richards se conocían desde niños en Dartford, Kent, pero fue un encuentro casual en el andén de la estación de tren, con Jagger cargando discos importados de Chess Records bajo el brazo, lo que reavivó la amistad en la adolescencia. Cuando ambos vieron tocar a Jones en el Ealing Jazz Club a principios de aquel año, quedaron fascinados por su forma de tocar la guitarra slide.
De la fusión de esos músicos, más el bajista Dick Taylor y varios bateristas que fueron entrando y saliendo, salió una formación que debutó el 12 de julio de 1962 en el Marquee Club de Londres, sustituyendo esa noche al propio grupo de Alexis Korner. Fue Brian Jones quien eligió el nombre del grupo tras ver en el suelo un disco de Muddy Waters cuyo quinto tema se llamaba Rollin’ Stone. Cuando el dueño de un club le preguntó por teléfono cómo se llamaba la banda, improvisó la respuesta mirando esa portada.
A los pocos meses se sumaron el bajista Bill Wyman y el batería Charlie Watts, quien tocó su primer concierto con el grupo el 12 de enero de 1963 en el Ealing Blues Club. La alineación quedó fijada: Jagger, Richards, Jones, Wyman, Watts y el pianista Ian Stewart. Fue esa formación, con Jones como líder indiscutido durante los primeros años, la que empezó a tocar en clubes de blues por todo Londres.
Stewart no duraría mucho como miembro oficial. El nuevo mánager del grupo, Andrew Loog Oldham, un publicista de diecinueve años con olfato para la mercadotecnia, decidió a mediados de 1963 que Stewart no encajaba con la imagen que quería vender: seis integrantes eran demasiados, y su aspecto de estudiante aplicado no cuadraba con el resto. Stewart siguió tocando el piano en los discos y llevando la furgoneta de gira hasta su muerte en 1985, sin resentimiento aparente por la decisión, y con el tiempo se ganó el apodo cariñoso de sexto Stone.
Chicos malos contra chicos buenos
Oldham entendió algo esencial en 1963: si The Beatles vendían simpatía y buenos modales, los Stones podían vender justo lo contrario. Empezó a cultivar deliberadamente una imagen de rebeldía, de pelo largo y actitud desafiante, en contraste con los trajes a juego del cuarteto de Liverpool. Llegó a prohibirles sonreír en las fotos y alentó titulares como el que se preguntaba si el lector dejaría salir a su hija con un Rolling Stone.
La estrategia funcionó, a veces literalmente a pie de gasolinera: en 1965 Jagger, Jones y Wyman fueron detenidos brevemente por orinar en la pared de una estación de servicio en Londres, un incidente menor que la prensa amplificó hasta convertirlo en escándalo nacional. Su primer sencillo, una versión de Come On de Chuck Berry, había salido en junio de 1963. Un año después llegó su primer número uno en el Reino Unido, una versión de It’s All Over Now de Bobby Womack. La banda todavía dependía casi por completo de versiones ajenas, hasta que Oldham, según cuenta la leyenda, encerró a Jagger y Richards en una cocina y no les dejó salir hasta que compusieran una canción propia.
Aquel encierro forzoso resultó providencial. En 1965 llegó (I Can’t Get No) Satisfaction, construida sobre un riff de guitarra que Richards grabó a medianoche y que a punto estuvo de descartar por sonar, según él mismo, a maqueta sin terminar, pensada solo como guía provisional para una sección de metales. La canción llegó al número uno en Estados Unidos en mayo de aquel año y cambió el estatus del grupo de una vez por todas: dejaron de ser una curiosidad británica más para convertirse en una fuerza cultural.
Entre 1965 y 1967 llegó una sucesión de álbumes que consolidaron a Jagger y Richards como el motor compositivo del grupo, relegando a Jones a un papel de multiinstrumentista brillante pero cada vez más secundario en las decisiones creativas. En discos como Aftermath (1966), grabado ya casi en su totalidad con material propio, Jones tocaba sitar, marimba, dulcémele o mellotron, aportando texturas que ningún otro grupo de rock estaba explorando en ese momento, mientras canciones como Under My Thumb o Paint It, Black reforzaban la fama de Jagger como letrista mordaz. Between the Buttons, publicado en 1967, cerró esa primera etapa de sencillos encadenados como Let’s Spend the Night Together o el desafiante 19th Nervous Breakdown.
El sonido que inventaron
Resulta difícil resumir en pocas líneas qué hace reconocible a esta banda desde el primer segundo de una canción, pero casi todos los especialistas coinciden en señalar tres o cuatro elementos. El primero es el riff de guitarra de Keith Richards, construido durante buena parte de su carrera sobre una afinación abierta en sol con solo cinco cuerdas, una técnica que aprendió del guitarrista de country Ry Cooder a finales de los sesenta y que le permitió simplificar acordes complejos en figuras muy directas, casi hipnóticas, como las de Honky Tonk Women o Brown Sugar.
El segundo es la manera de cantar de Mick Jagger, deudora del blues y del soul estadounidenses pero pasada por un filtro de teatralidad británica, con un fraseo elástico capaz de sonar amenazante y divertido en la misma frase. A eso se suma su presencia escénica, construida a base de saltos, contoneos y un dominio del espacio del escenario que convirtió cada concierto en un espectáculo físico además de musical, algo que en los primeros años desconcertaba tanto como fascinaba a la prensa británica.
El tercer elemento, menos vistoso pero igual de decisivo, es la sección rítmica formada durante décadas por Charlie Watts y Bill Wyman, y después por Watts y Darryl Jones. Watts, formado en el jazz y admirador confeso de bateristas de swing como Kenny Clarke, tocaba con un retraso deliberado sobre el tiempo que dotaba a las canciones de un balanceo muy particular, mientras Wyman aportaba líneas de bajo económicas, casi nunca protagonistas, pensadas para sostener el conjunto sin llamar la atención sobre sí mismas.
A la hora de componer, Jagger y Richards adoptaron pronto el apodo conjunto de Glimmer Twins, acuñado por ellos mismos a principios de los setenta como firma de producción, y desarrollaron un método de trabajo en el que Richards solía aportar el riff o la progresión de acordes inicial y Jagger terminaba la letra y la melodía vocal, aunque con el paso de los años ambos reconocerían que esa división resultaba, en la práctica, mucho más porosa de lo que sugiere el reparto oficial de créditos.
La redada de Redlands
El 12 de febrero de 1967 Keith Richards organizó una fiesta en su casa de campo de Sussex, Redlands. Entre los invitados estaban Jagger, su novia Marianne Faithfull y el galerista Robert Fraser. Aquella noche, la policía de Sussex, alertada por el tabloide News of the World, irrumpió en la propiedad con una orden de registro.
Encontraron pastillas de anfetaminas en el abrigo de Jagger y heroína en poder de Fraser. La escena, con Faithfull envuelta únicamente en una manta de piel tras salir de la ducha, alimentó durante décadas la leyenda negra del grupo. Jagger y Richards fueron procesados y llegaron a pasar una noche en prisión antes de que el editorial de The Times titulado ¿Quién rompe una mariposa en una rueda? diera un vuelco a la opinión pública en su favor. La condena de Richards por permitir el consumo de drogas en su propiedad terminó siendo anulada en apelación pocos meses después.
El proceso judicial coincidió con un cambio de rumbo artístico. En 1967 los Stones publicaron Their Satanic Majesties Request, su experimento más abiertamente psicodélico, grabado en parte mientras Jagger y Richards afrontaban el juicio. La crítica lo recibió con frialdad, y la propia banda terminaría considerándolo un desvío pasajero antes de regresar a un sonido más terrenal.
El viaje que Jagger, Richards, Jones y Pallenberg emprendieron a Marruecos durante aquel proceso judicial dejó, además, una herida abierta: en Tánger, Pallenberg puso fin a su relación con Jones e inició un romance con Richards, un episodio que la propia banda relataría después como uno de los puntos de no retorno en el deterioro emocional del fundador del grupo.
La salida y la muerte de Brian Jones
Mientras la banda ganaba en ambición compositiva, Brian Jones se hundía. El consumo de drogas y una serie de detenciones por posesión lo dejaron al margen de varias giras, y su relación con la pareja formada por Jagger y Richards se deterioró de forma irreversible tras la ruptura con Pallenberg.
Para 1968, Jones apenas contribuía en el estudio. Beggars Banquet, publicado el 6 de diciembre de aquel año y que incluye Sympathy for the Devil, marcó el regreso del grupo a las raíces del blues y del rock and roll tras el paréntesis psicodélico, pero con una participación cada vez más marginal de su fundador. La canción escandalizó a parte de la sociedad británica, que llegó a acusar al grupo de practicar el satanismo, una acusación que resurgiría de forma injusta un año después, cuando se atribuyó erróneamente ese tema a la tragedia de Altamont.
El 8 de junio de 1969, Jagger, Richards y Watts se presentaron en casa de Jones para comunicarle que dejaba la banda. Menos de un mes después, en la madrugada del 3 de julio de 1969, Jones fue encontrado muerto en el fondo de la piscina de su casa por su entonces novia, Anna Wohlin. La causa oficial fue ahogamiento tras un ataque de asma mientras nadaba de noche. Tenía veintisiete años, la misma edad a la que morirían después Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison, fundando sin quererlo el llamado club de los 27.
Dos días después de su muerte, la banda ofreció un concierto gratuito ya programado en Hyde Park, Londres, que se convirtió en un homenaje improvisado. Jagger leyó un fragmento del poema Adonais de Percy Shelley y liberó varios miles de mariposas sobre el escenario, aunque muchas de ellas, según relataron los presentes, habían muerto asfixiadas en sus cajas antes de poder volar. Aquel concierto sirvió también como presentación pública del sustituto de Jones, un guitarrista de veinte años llamado Mick Taylor, procedente de la banda de blues de John Mayall.
Altamont, el final de una década
Cinco meses después del homenaje en Hyde Park, la banda cerró una exitosa gira estadounidense con un concierto gratuito en el circuito de carreras de Altamont, California, el 6 de diciembre de 1969. La seguridad del evento se encargó, de forma poco meditada, a un grupo de moteros Hells Angels a cambio de varios cientos de dólares en cerveza.
Durante la actuación de los Stones, un espectador de dieciocho años llamado Meredith Hunter fue apuñalado mortalmente cerca del escenario por uno de esos moteros, mientras la banda tocaba Under My Thumb, no Sympathy for the Devil como durante años quiso recordar la memoria colectiva. El suceso, sumado a otras tres muertes accidentales aquella misma jornada, convirtió Altamont en el símbolo del fin abrupto de la utopía hippie que Woodstock había representado apenas cuatro meses antes.
El documental Gimme Shelter, filmado por los hermanos Albert y David Maysles junto a Charlotte Zwerin, capturó tanto los últimos compases de aquella gira como el propio apuñalamiento, y se convirtió con el paso de los años en una de las películas de no ficción más estudiadas sobre la cultura del rock, con una escena final en la que se ve a un Jagger visiblemente conmocionado revisando el material filmado en una sala de montaje.
La edad de oro con Mick Taylor
Paradójicamente, los años inmediatamente posteriores a esa tragedia produjeron la etapa más celebrada de la discografía del grupo. Con Mick Taylor aportando un fraseo de blues y jazz mucho más sofisticado que el de Jones en sus últimos años, la banda encadenó entre 1969 y 1973 varios álbumes que buena parte de la crítica sigue considerando su cumbre: Let It Bleed, Sticky Fingers, Exile on Main St. y Goats Head Soup.
Sticky Fingers, publicado en 1971, fue el primer disco íntegro con Taylor y el primero editado por el sello propio del grupo, Rolling Stones Records, tras romper su relación con Decca. Su portada, diseñada por Andy Warhol, mostraba un primer plano de unos vaqueros ajustados con una cremallera metálica real que se podía bajar, revelando una fotografía de ropa interior en el envoltorio inferior. El modelo que posó para aquella imagen no era ningún miembro de la banda, sino Joe Dallesandro, actor habitual del círculo de Warhol. En España, la dictadura franquista censuró aquella portada y sustituyó la canción Sister Morphine por una versión en directo de Chuck Berry.
Exile on Main St., grabado en 1971 en los sótanos húmedos de una mansión alquilada por Richards en el sur de Francia mientras huían de la Hacienda británica, es hoy uno de los discos más reverenciados del rock por su sonido crudo, casi sucio, grabado con un estudio móvil en condiciones precarias, entre fiestas continuas y con Richards ya visiblemente enganchado a la heroína. Con el tiempo, tanto ese disco como Sticky Fingers han sido señalados repetidamente como la cima creativa de la banda, y Goats Head Soup (1973), grabado en Jamaica, sirvió como epílogo algo más irregular a esa racha, con el éxito balada Angie como su tema más recordado.
Aquella etapa dorada no duró. En diciembre de 1974 Taylor anunció su marcha, incapaz de explicar con claridad sus razones ni siquiera a Richards, que llegó a preguntárselo directamente sin obtener respuesta clara. Taylor buscaba mayor reconocimiento como compositor y sentía que el modelo de reparto de créditos de la banda, centrado casi siempre en la firma Jagger-Richards, lo dejaba sin margen suficiente pese a sus aportaciones instrumentales en discos como It’s Only Rock ‘n Roll (1974), el último que grabó con el grupo.
Ronnie Wood, el aprendiz eterno
Para sustituir a Taylor, la banda hizo audiciones informales con varios guitarristas, entre ellos el estadounidense Wayne Perkins, antes de decantarse por un viejo conocido de la escena londinense: Ronnie Wood, guitarrista de The Faces y admirador confeso de los Stones desde los tiempos de Beggars Banquet. Antes de su debut oficial, el grupo protagonizó una actuación improvisada de Brown Sugar sobre un camión que recorrió la Quinta Avenida de Nueva York, como maniobra de promoción, tras ensayar en la finca que Andy Warhol tenía en Montauk.
Wood tocó su primer concierto como Rolling Stone el 1 de junio de 1975 en Baton Rouge, coincidiendo con su vigésimo octavo cumpleaños, aunque todavía compaginaba la gira con su banda anterior. No sería declarado miembro oficial hasta que The Faces se disolvieron aquel diciembre, y durante casi dos décadas más cobraría únicamente cuando la banda salía de gira, sin ser accionista del negocio Rolling Stones como sí lo eran Jagger, Richards y Watts. Su primer disco completo con el grupo, Black and Blue (1976), sirvió también como documento sonoro de aquella búsqueda de guitarrista, con temas grabados con distintos aspirantes antes de que Wood se quedara con el puesto.
Su llegada coincidió con años convulsos. En febrero de 1977 Richards fue detenido en Toronto por posesión de heroína con intención de tráfico, un cargo que amenazaba con años de cárcel. Mientras el proceso se alargaba, Jagger tomó las riendas creativas de lo que sería Some Girls, publicado en junio de 1978.
Aquel disco respondió con desparpajo a quienes daban por acabada a la banda frente al empuje del punk y el disco, llegando incluso a ser apodados con sorna por la prensa musical británica como The Strolling Bones. Miss You, con su bajo funk y su ritmo bailable, se convirtió en número uno en Estados Unidos, mientras Beast of Burden y Shattered reforzaban un regreso que la crítica celebró como el mejor disco del grupo desde Exile on Main St. Richards, finalmente, evitó la cárcel gracias a una sentencia suspendida que lo obligó a dar un concierto benéfico para una institución canadiense de ciegos, y aprovechó aquel golpe de advertencia para dejar atrás su adicción más grave, aunque tardaría todavía algún tiempo en superarla del todo.
Los años siguientes, con Emotional Rescue (1980) y sobre todo Tattoo You (1981), consolidaron a Wood en la guitarra y mantuvieron a la banda como una maquinaria de giras multitudinarias. Tattoo You, curiosamente, se construyó en buena parte con sobras de sesiones anteriores, algunas con Taylor todavía en la guitarra, cosidas por el ingeniero Chris Kimsey en un disco que incluye Start Me Up, uno de los mayores himnos del catálogo del grupo, rescatado de una vieja cinta de 1975 que casi nadie recordaba.
La Tercera Guerra Mundial
A mediados de los ochenta, las diferencias artísticas entre Jagger y Richards, latentes al menos desde Undercover (1983), estallaron abiertamente. Jagger quería modernizar el sonido de la banda con arreglos más cercanos al pop de la época; Richards defendía un regreso a las raíces del blues y el rock and roll. La grabación de Dirty Work, publicado en marzo de 1986, se hizo casi sin que ambos coincidieran en el estudio, con Charlie Watts atravesando además un severo problema de adicción que limitó su participación y obligó a recurrir a bateristas de apoyo como Steve Jordan.
El desencadenante final llegó cuando Jagger se negó a salir de gira para presentar el disco, decidido a centrarse en su carrera en solitario con She’s the Boss, publicado el año anterior. Richards se sintió traicionado: había compuesto buena parte del material pensando en tocarlo en directo. Los dos músicos no volverían a hablarse con normalidad durante los siguientes tres años, un periodo que el propio Richards bautizaría después como su particular Tercera Guerra Mundial.
Cada uno siguió su camino. Jagger publicó Primitive Cool en 1987 con resultado discreto. Richards formó los X-Pensive Winos y grabó Talk Is Cheap, un álbum bien recibido que incluía una canción, You Don’t Move Me, interpretada como un ajuste de cuentas directo contra su viejo socio.
La reconciliación llegó en 1988, cuando ambos se sentaron a componer de nuevo y, según relató Richards, en apenas dos días tenían media docena de canciones encaminadas. De aquellas sesiones nació Steel Wheels (1989), acompañado de una gira mundial, la Steel Wheels/Urban Jungle Tour, que devolvió a la banda a los estadios más grandes del planeta y que supuso, además, la última gira con Bill Wyman como bajista.
Un cuarteto sin bajista fijo
Wyman había ido distanciándose emocionalmente de la banda durante años. En enero de 1993 confirmó oficialmente su salida, convirtiéndose en el primer miembro original en abandonar el grupo por voluntad propia, tras haber dejado de girar con ellos en la práctica desde 1991. Jagger, Richards, Watts y Wood decidieron no buscar un sustituto oficial y siguieron adelante como cuarteto.
Para las grabaciones y giras necesitaban, obviamente, un bajista, y encontraron a Darryl Jones, un músico de formación jazzística que había tocado con Miles Davis y Sting. Jones debutó en Voodoo Lounge (1994), disco que le valió a la banda el Grammy al mejor álbum de rock, y desde entonces ha acompañado a los Stones en todos sus discos y giras sin llegar nunca a ser nombrado miembro oficial, una rareza contractual que se ha mantenido durante más de tres décadas. La gira mundial que acompañó a ese disco recaudó más de trescientos millones de dólares y recorrió cuatro continentes entre 1994 y 1995.
Los años noventa consolidaron el modelo de gira mundial masiva que definiría el resto de la carrera del grupo: escenarios monumentales, presupuestos millonarios y recaudaciones que batían récords cada vez que se anunciaba una nueva ronda de conciertos. Bridges to Babylon (1997) continuó esa dinámica, con un sonido más experimental que incorporaba samplers y colaboraciones puntuales con productores de hip hop, seguido de la gira No Security y, ya en 2002 y 2003, del Licks Tour, pensado para celebrar cuatro décadas de carrera con un repertorio que abarcaba desde sus primeros sencillos hasta el entonces reciente Forty Licks, su recopilatorio más ambicioso.
Documentales, libros y la fábrica de leyendas
Pocas bandas han sido retratadas en cámara con tanta insistencia, y con resultados tan distintos entre sí. Gimme Shelter (1970) quedó como el documento definitivo de Altamont y de la ingenuidad quebrada de los años sesenta. El director francés Jean-Luc Godard filmó en 1968 Sympathy for the Devil, un ensayo experimental que entrelazaba imágenes del grupo componiendo esa canción en el estudio con material político de la época. Años después circuló también, de forma no autorizada durante décadas, Cocksucker Blues, un retrato descarnado de la gira estadounidense de 1972 que la propia banda prefirió mantener alejado de una distribución comercial normal.
Ya en el nuevo siglo, Martin Scorsese dirigió Shine a Light (2008), filmada durante dos noches de conciertos íntimos en el Beacon Theatre de Nueva York dentro de la gira A Bigger Bang, con apariciones de Bill y Hillary Clinton entre el público y guitarristas invitados como Jack White o Buddy Guy sobre el escenario. Jagger bromeó en su día con que era la única película de Scorsese que no incluía la canción Gimme Shelter, pese a que el director la había usado como leitmotiv en filmes como Uno de los nuestros o Casino.
El quincuagésimo aniversario del grupo, en 2012, se celebró también en la pantalla con el documental Crossfire Hurricane, estrenado en HBO con entrevistas a los seis miembros vivos que habían pasado por la formación, incluidos Bill Wyman y Mick Taylor. Ese mismo año, Keith Richards ya llevaba dos publicando su autobiografía Life (2010), escrita junto al periodista James Fox tras varios años de entrevistas, un libro de una franqueza poco habitual en el género que repasaba sin filtros su relación con Jagger, sus adicciones y su historia de amor con Anita Pallenberg y, después, con su esposa Patti Hansen.
Las giras que no dejaron de crecer
Entre 2005 y 2007 la banda emprendió la gira A Bigger Bang, que recaudó más de quinientos cincuenta millones de dólares y que en su momento se convirtió, sin discusión, en la más taquillera de la historia del rock. Aquel tour incluyó paradas en estadios de béisbol como el Fenway Park de Boston, cuyo césped hubo que reparar por completo tras el peso del escenario montado para la ocasión.
En 2012, coincidiendo con su cincuenta aniversario, la banda emprendió 50 & Counting, una gira mucho más reducida en número de fechas pero cargada de gestos simbólicos: Bill Wyman y Mick Taylor subieron al escenario del O2 Arena de Londres como invitados, mientras artistas como Bruce Springsteen, Lady Gaga, John Mayer o The Black Keys se sumaban en distintas paradas para tocar clásicos junto a la banda.
La gira siguiente, bautizada 14 On Fire, se vio interrumpida de forma abrupta en marzo de 2014 tras la muerte de L’Wren Scott, diseñadora de moda y pareja de Mick Jagger desde 2001, que se quitó la vida en Nueva York. La banda canceló de inmediato las fechas previstas en Australia y Nueva Zelanda como muestra de apoyo a su cantante, antes de reanudar la gira semanas después.
Los años siguientes trajeron el Zip Code Tour (2015), la gira No Filter, que arrancó en 2017 y se prolongó de forma intermitente durante años debido en parte a la pandemia de covid-19 y a una operación cardíaca de urgencia que Jagger tuvo que afrontar en 2019, y finalmente la gira Sixty, en 2022, que celebró seis décadas de carrera con conciertos en Madrid, Liverpool y otras ciudades europeas, ya sin Charlie Watts a la batería.
Escenarios cada vez más grandes
La evolución de sus giras cuenta también, a su manera, una historia sobre cómo cambió la industria del espectáculo en vivo a lo largo de seis décadas. De los clubes de blues de los primeros años sesenta, con Watts tocando sobre una tarima improvisada a escasos metros del público, la banda pasó en los ochenta y noventa a montar escenarios cada vez más colosales, con estructuras metálicas de varios pisos, pantallas gigantes y presupuestos de producción que rivalizaban con los de una película de gran presupuesto.
La gira Steel Wheels de 1989 introdujo un escenario con forma de ciudad futurista que necesitaba varios días de montaje en cada estadio. La posterior Voodoo Lounge incorporó una serpiente inflable de más de veinte metros que emergía durante ciertos temas, mientras que Bridges to Babylon llevó por primera vez a la banda a tocar sobre un puente que se extendía literalmente hacia el público, permitiendo a Jagger recorrer buena parte del estadio durante el concierto.
Con el paso de los años, sin embargo, la propia banda optó por simplificar en ciertas ocasiones esa escala descomunal. Durante la gira posterior a la muerte de Charlie Watts, por ejemplo, se recurrió a escenarios de dimensiones más comedidas que las de A Bigger Bang, en parte por razones logísticas y en parte porque, según reconocieron sus técnicos habituales, la prioridad había pasado a ser la comodidad física de unos músicos que ya superaban ampliamente los setenta años.
El nuevo siglo y la pérdida irreparable
En 2005 llegó A Bigger Bang, un disco que buscaba deliberadamente recuperar la crudeza de sus discos setenteros. Fue el último álbum de estudio grabado íntegramente con Charlie Watts a la batería antes de su muerte.
Watts, que en 2004 había superado un cáncer de garganta tratado con radioterapia, siguió siendo durante toda su vida el ancla silenciosa del grupo, el árbitro discreto que Jagger y Richards buscaban complacer al escribir una canción nueva. En 2016 la banda regresó sorprendentemente al blues puro con Blue & Lonesome, un disco de versiones grabado en apenas tres días que les valió un Grammy al mejor álbum de blues tradicional.
En agosto de 2021, pocos días antes de que debiera reincorporarse a la gira No Filter tras una intervención quirúrgica no especificada, Charlie Watts murió en un hospital de Londres a los ochenta años. Su viejo amigo Steve Jordan, colaborador habitual de los proyectos en solitario de Richards y elegido por el propio Watts como sustituto temporal, asumió la batería y ha seguido ocupando ese puesto desde entonces.
La pérdida de Watts obligó a la banda a plantearse por primera vez en serio si debía continuar. Decidieron seguir porque, según explicaron, era lo que Watts hubiera querido. La gira No Filter se reanudó pocas semanas después de su muerte con un homenaje explícito en cada concierto, proyectando en las pantallas del escenario imágenes de archivo del batería mientras Jagger le dedicaba unas palabras antes de empezar a tocar.
Hackney Diamonds, el regreso inesperado
Durante casi dieciocho años, entre 2005 y 2023, los Stones no publicaron un disco de canciones originales, aunque siguieron de gira con regularidad. Esa larga sequía discográfica terminó el 20 de octubre de 2023 con Hackney Diamonds, producido por el entonces joven productor Andrew Watt y grabado con la participación de invitados como Paul McCartney, Elton John, Stevie Wonder y Lady Gaga, además del propio Bill Wyman, que regresó puntualmente al bajo en una canción por primera vez en tres décadas.
El título del disco hace referencia a la jerga londinense para los cristales rotos de coches que brillan en las aceras del barrio de Hackney. Dos de sus canciones, Mess It Up y Live by the Sword, incluyen grabaciones de batería que Charlie Watts había dejado hechas en 2019, antes de su muerte, lo que permitió a la banda cerrar el disco con una última contribución suya.
La crítica recibió el álbum con un entusiasmo que pocos esperaban para una banda con miembros ya octogenarios. Muchos comentaristas lo señalaron como su trabajo más sólido en décadas, destacando temas como Angry, con un riff que remite directamente a Start Me Up, o Sweet Sounds of Heaven, con la colaboración vocal de Lady Gaga. El disco cierra con una versión desnuda de Rollin’ Stone, la canción de Muddy Waters que dio nombre al grupo, interpretada solo con guitarra, armónica y la voz de Jagger.
La gira que acompañó a Hackney Diamonds se desarrolló únicamente por Norteamérica en 2024, con veinte fechas que vendieron cerca de un millón de entradas y situaron a la banda entre los tours más taquilleros de aquel año.
Reconocimientos de toda una vida
A lo largo de estas seis décadas, la banda ha ido acumulando prácticamente todos los honores disponibles en la industria musical. Fueron incluidos en el Rock and Roll Hall of Fame en 1989, en una ceremonia que reunió tanto a los miembros vigentes como a Brian Jones e Ian Stewart, incorporados de forma póstuma, junto con Mick Taylor y Bill Wyman.
En 2003 Mick Jagger fue nombrado caballero del Imperio británico por sus servicios a la música popular, una distinción que él mismo reconoció no darle demasiada importancia personal, aunque sí valoró lo que significó para su padre, presente en la ceremonia celebrada en el Palacio de Buckingham. Un año después, en 2004, la banda al completo ingresó en el UK Music Hall of Fame. A esos reconocimientos se suman tres premios Grammy, incluido uno honorífico a toda su trayectoria en 1986, además de los ya mencionados por Voodoo Lounge y Blue & Lonesome.
Las cifras de ventas resultan casi abstractas de tan enormes: más de doscientos millones de discos vendidos en todo el mundo, según distintas estimaciones de la industria, y una sucesión de giras que durante años se disputaron entre sí el récord de la más taquillera de la historia.
Un logotipo más famoso que muchos discos
Pocas bandas de rock han construido un negocio tan sólido alrededor de su propia imagen. En 1971, coincidiendo con la fundación de su sello Rolling Stones Records, el grupo encargó al diseñador gráfico John Pasche un logotipo que pudiera imprimirse en carteles, entradas y merchandising. Pasche, entonces un joven estudiante del Royal College of Art, presentó una boca abierta con la lengua fuera, inspirada según distintas versiones tanto en la propia sonrisa de Jagger como en representaciones de la diosa hindú Kali.
Aquel dibujo, conocido informalmente como la lengua y los labios, se convirtió con el tiempo en uno de los símbolos más reconocibles de la cultura popular del siglo veinte, reproducido en camisetas, parches, fundas de guitarra y todo tipo de objetos mucho más allá del circuito de sus conciertos. Pasche cobró en su día una cantidad modesta por el encargo, y no fue hasta 2008 cuando la banda decidió reconocerle una compensación adicional tras años de uso comercial casi ilimitado del diseño.
Ese instinto para gestionar su propia marca no se limitó al logotipo. La banda fue pionera en organizar sus giras como auténticas operaciones empresariales, con patrocinios corporativos, merchandising oficial y un control muy estricto sobre los derechos de sus canciones, negociado casi siempre de forma directa por Jagger, que con los años se ganó fama de gestor meticuloso y de negociador duro frente a promotores y discográficas, una faceta que contrasta con la imagen de desenfreno asociada tradicionalmente al grupo.
La huella que dejaron en los que vinieron después
Resulta casi imposible encontrar una generación de músicos de rock posterior a los años sesenta que no reconozca alguna deuda con The Rolling Stones. La crudeza y la actitud desafiante de discos como Beggars Banquet o Exile on Main St. alimentaron directamente la estética del punk británico de finales de los setenta, incluso cuando bandas como Sex Pistols se presentaban públicamente como una reacción contra los dinosaurios del rock que los Stones ya representaban entonces para una parte de la crítica.
El hard rock y el rock sureño estadounidense de los setenta, con grupos como Aerosmith o The Black Crowes, tomó de los Stones tanto el manejo del riff de guitarra como la propia coreografía escénica de sus frontman, muchas veces calcada casi literalmente del repertorio de gestos de Jagger. Bandas británicas posteriores, desde The Black Keys hasta buena parte de la escena de garage rock de comienzos de los dos mil, han reconocido en entrevistas su influencia directa a la hora de simplificar canciones hasta reducirlas a un puñado de acordes eficaces.
Incluso géneros aparentemente alejados del rock clásico, como el hip hop o la música electrónica de baile, han recurrido durante décadas a samplear fragmentos de canciones del grupo, desde Gimme Shelter hasta Sympathy for the Devil, en un flujo constante de referencias que demuestra hasta qué punto su catálogo ha terminado convertido en una especie de patrimonio común de la música popular, disponible para ser reinterpretado por generaciones que ni siquiera habían nacido cuando esas canciones se grabaron.
Vidas paralelas fuera del escenario
Detrás de la marca colectiva hay cinco biografías muy distintas entre sí. Mick Jagger, que llegó a matricularse en la London School of Economics antes de abandonarla por la música, ha combinado su papel de cantante con una carrera en solitario intermitente, con discos como She’s the Boss (1985), Wandering Spirit (1993), producido por Rick Rubin, o Goddess in the Doorway (2001), además de proyectos esporádicos como el supergrupo SuperHeavy, formado en 2009 junto a Joss Stone, Dave Stewart y Damian Marley. También ha ejercido de productor de cine en títulos como Enigma y de documentales sobre la propia banda, y ha mantenido una vida sentimental muy mediática, desde su matrimonio con Bianca Pérez-Moreno de Macías en 1971 hasta su relación de más de una década con la diseñadora L’Wren Scott.
Keith Richards, superviviente casi mitológico de décadas de consumo de heroína del que se desenganchó a finales de los años setenta, encontró una relativa estabilidad personal en su matrimonio con la modelo Patti Hansen, con la que se casó en 1983. Su autobiografía Life reveló también una faceta menos conocida: la de un lector voraz y un padre de familia numerosa, muy alejado del estereotipo de pirata del rock que él mismo ayudó a construir en público.
Ronnie Wood ha compaginado su carrera musical con la pintura, afición que retomó en los años ochenta como fuente de ingresos adicional mientras esperaba a convertirse en miembro de pleno derecho de la banda, y que con el tiempo se convirtió en una carrera artística paralela con exposiciones propias. En 2017 fue diagnosticado de un cáncer de pulmón que superó tras someterse a una operación, un episodio que llevó a Richards a moderar de forma notable su propio consumo de tabaco y alcohol.
Bill Wyman, el bajista más introvertido del grupo, se reinventó tras su salida en 1993 al frente de los Rhythm Kings, una banda propia de formato más modesto con la que ha seguido girando por clubes durante años, alejado deliberadamente de los estadios. Charlie Watts, por su parte, mantuvo en paralelo a los Stones una carrera de jazz que consideraba tan importante como su trabajo con la banda, liderando distintas orquestas de swing y big band entre gira y gira, fiel hasta el final a la música que había escuchado de joven antes de conocer el rock and roll.
Foreign Tongues y un presente que no se resigna a terminar
La banda no se ha limitado a vivir de su pasado. Tras el éxito de Hackney Diamonds, Keith Richards y Andrew Watt siguieron trabajando juntos casi sin pausa, convencidos de que el material sobrante de aquellas sesiones merecía convertirse en un disco propio en lugar de quedar como descarte. El resultado, Foreign Tongues, se publicó el 10 de julio de 2026.
El disco reúne catorce canciones grabadas de forma intermitente entre 2019 y 2026, con colaboraciones de Paul McCartney, Steve Winwood, Robert Smith de The Cure y el batería de Red Hot Chili Peppers Chad Smith. También incluye, según ha confirmado la propia banda, una última grabación realizada con Charlie Watts antes de su muerte. El primer sencillo, In the Stars, se publicó en mayo de aquel año como doble cara A junto a Rough and Twisted, un tema editado bajo el pseudónimo The Cockroaches en una tirada limitada de mil copias en vinilo que se agotó en horas.
Ronnie Wood definió el proceso de composición como especialmente rápido y espontáneo, una escritura casi automática que les permitió, según sus propias palabras, plasmar las ideas sin pararse a analizarlas de más. Richards, por su parte, ha explicado que consideraba las sesiones de Hackney Diamonds tan extensas que en realidad estaban grabando un disco doble, y que simplemente decidieron espaciar la publicación con un par de años de diferencia.
Lo que no ha llegado, al menos por ahora, es la gira que muchos fans daban por segura. A finales de 2025 la banda descartó una serie de conciertos en estadios de Reino Unido y Europa, con rumores de fechas en París, Barcelona, Roma y hasta cuatro noches en el estadio del Tottenham Hotspur en Londres. Según trascendió entonces, fue el propio Richards quien planteó a Jagger y Wood que no se sentía en condiciones de afrontar una gira de estadios de varios meses de exigencia física.
Preguntado en 2026 sobre una posible gira para presentar Foreign Tongues, Richards respondió con su característica parquedad que podían hablarlo el año siguiente, que por el momento se limitaban a haber terminado el disco y a pensar qué hacer después. Ni Jagger ni Wood han cerrado la puerta a subirse de nuevo a un escenario, y el pianista de la banda desde los años ochenta, Chuck Leavell, ha asegurado no tener ninguna duda de que The Rolling Stones seguirán tocando en directo mientras puedan.
Una banda que se resiste al pretérito
Pocas historias en la música popular combinan tanta permanencia con tanta convulsión. Los Stones han enterrado a un fundador ahogado en su propia piscina, a un pianista que nunca dejó de tocar con ellos aunque lo echaran del cartel, y al batería que sostuvo el pulso del grupo durante cinco décadas. Han sobrevivido a una redada policial que pudo mandarlos a prisión, a una acusación de haber propiciado un asesinato en Altamont, a una guerra fría de tres años entre sus dos líderes y a la salida voluntaria de dos de sus miembros originales.
Y sin embargo, cada vez que parece razonable dar por cerrado el capítulo, aparece un disco nuevo, una gira más o una entrevista en la que alguno de ellos asegura, con total naturalidad, que todavía queda material por grabar. Mick Jagger dijo hace años que pensaba que cada disco podía ser el último. Keith Richards, más lacónico como siempre, se ha limitado a apuntar que es bastante posible que todavía quede algo más ahí dentro.
Sesenta y cuatro años después de aquel anuncio en Jazz News, esa incertidumbre deliberada, esa negativa a poner fecha final a la historia, sigue siendo quizá el rasgo más fiel a lo que The Rolling Stones han sido siempre: una banda de rhythm and blues que salió de un club de Ealing sin ningún plan a largo plazo y que, contra todo pronóstico razonable, todavía no ha decidido cuándo parar.
Quienes los vieron debutar en el Marquee Club en 1962 difícilmente hubieran imaginado que aquel grupo de jóvenes desgarbados terminaría convertido en una institución cultural capaz de llenar estadios enteros pasados los ochenta años. Y sin embargo, cada vez que se anuncia una fecha de gira o se filtra el título de un disco nuevo, millones de personas repartidas por varias generaciones vuelven a hacer la misma pregunta que llevan haciéndose desde 1964: cuánto tiempo más va a durar esto. La respuesta, por ahora, sigue siendo la misma que dio siempre esta banda: todavía no lo sabemos, y probablemente tampoco quieran saberlo.