David Fincher vuelve a estar en boca de todos antes incluso de estrenar nada nuevo. Las nuevas desventuras de Cliff Booth (título original, The Further Mis-Adventures of Cliff Booth), su continuación de Érase una vez en Hollywood con Brad Pitt de nuevo en la piel del especialista Cliff Booth, llegará a las salas IMAX el 25 de noviembre y después a Netflix el 23 de diciembre. Es su tercera colaboración con la plataforma tras Mank y El asesino, y la primera vez que retoma un personaje ajeno, escrito por Quentin Tarantino y no por él mismo.
El anuncio ha reactivado una pregunta que llevamos años queriendo responder: cuál es, en realidad, la mejor película de David Fincher. Repasada su filmografía completa, doce largometrajes en más de tres décadas de carrera, la respuesta se concentra sin demasiadas dudas en cinco títulos que han resistido el paso del tiempo mejor que el resto: Zodiac, El club de la lucha, La red social, Seven y Perdida.
Son las cinco películas en las que Fincher lleva más lejos las obsesiones que definen todo su cine, el control, la manipulación y la violencia que se acumula en silencio hasta estallar, y las que mejor combinan ambición formal, precisión técnica y un impacto cultural que sigue vivo décadas después de su estreno. También son, no por casualidad, las que sus propios colaboradores y competidores citan con más frecuencia cuando se les pregunta por su cineasta favorito.
Quedan fuera títulos con defensores igual de apasionados, incluidas sus dos últimas películas para Netflix, Mank y El asesino, de factura impecable pero sin la contundencia narrativa de las cinco elegidas. También queda fuera, por motivos muy distintos, su ópera prima, Alien 3, un rodaje tan torturado que el propio Fincher ha repudiado en público en numerosas ocasiones y que probablemente sería el primero en apartar de cualquier lista de sus mejores trabajos.
Tampoco entran en el podio The Game, el thriller psicológico con Michael Douglas que muchos reivindican como una pequeña joya escondida; La habitación del pánico, con Jodie Foster encerrada en su propia casa, y El curioso caso de Benjamin Button, que le dio su primera nominación al Oscar como director. Ninguno logra, a nuestro juicio, la contundencia de los cinco elegidos, pero todos explican, cada uno a su manera, la trayectoria de un cineasta que empezó limpiando cámaras y acabó definiendo buena parte de la estética del thriller contemporáneo.
El orden de esta lista responde a un criterio editorial propio, de menor a mayor, y deja para el final la película que consideramos su obra más redonda. No pretende ser una verdad cerrada ni definitiva, sino una lectura razonada de veinte años de carrera que, como cualquier ejercicio de este tipo, admite discusión.
Del laboratorio de efectos especiales a la obsesión por el control
David Fincher nació en Denver, Colorado, el 28 de agosto de 1962 y se crió, desde los dos años, en San Anselmo, California, muy cerca de George Lucas. Su padre, Jack Fincher, era periodista y jefe de redacción de la revista Life; su madre trabajaba como enfermera en programas de tratamiento contra las adicciones. Con ocho años ya rodaba pequeñas películas caseras en 8 milímetros, inspirado por Butch Cassidy and the Sundance Kid.
Su primer trabajo remunerado en el cine llegó a los dieciocho años, en la productora de animación Korty Films, donde participó en la película Twice Upon a Time. Poco después entró en Industrial Light and Magic, la casa de efectos visuales de Lucas, y trabajó en producciones como El retorno del Jedi o Indiana Jones y el templo maldito. Allí aprendió a moverse entre disciplinas técnicas muy distintas, del matte painting al motion control, algo que él mismo ha descrito como la mejor escuela posible porque obligaba a inventar soluciones nuevas cada semana.
En 1984 dejó ILM para dirigir un anuncio contra el tabaco para la Sociedad Americana del Cáncer que mostraba a un feto fumando un cigarrillo. El impacto de aquella pieza le abrió las puertas de la publicidad y, poco después, del videoclip. Dirigió a Madonna, a Michael Jackson, a Aerosmith y a los Rolling Stones, con quienes ganaría un Grammy en 1994 por Love Is Strong. Casi veinte años más tarde, en 2013, repetiría galardón con Suit & Tie, de Justin Timberlake y Jay-Z. Entre medias fundó su propia productora, Propaganda Films, y se convirtió en uno de los realizadores más solicitados del sector sin haber tocado todavía un largometraje.
Su estreno en el cine, en 1992, fue una novela negra en sí misma. La Fox le encargó Alien 3 después de despedir al director anterior, Vincent Ward, y le entregó un rodaje que empezó sin guion cerrado y que fue reescribiéndose casi a diario durante el proceso. Fincher terminó la película sin apenas capacidad de decisión sobre el montaje final y, desde entonces, ha repudiado públicamente el resultado en repetidas ocasiones. Tardó año y medio en volver a leer un guion, y llegó a confesar que prefería morir de cáncer de colon antes que dirigir otra película en esas condiciones.
El que le devolvió las ganas de dirigir fue, por accidente, el de Seven. La productora se lo envió por error con el final más oscuro de todas las versiones que se habían barajado, el que los ejecutivos de New Line Cinema querían descartar por demasiado sombrío. A Fincher le convenció precisamente ese final y puso como condición para dirigir la película que se mantuviera intacto.
A partir de ahí construyó una filmografía reconocible por su fotografía en tonos ocres y verdosos, su montaje quirúrgico y su fascinación por personajes que intentan controlar sistemas que se les escapan de las manos, ya sean un asesino en serie, una secta empresarial, una pareja rota o el algoritmo que fundó Facebook. Fue además uno de los primeros directores de Hollywood en apostar de forma decidida por el rodaje íntegramente digital, con cámaras Thomson Viper FilmStream que le permitían revisar el material en tiempo real y multiplicar el número de tomas sin disparar los costes de la película virgen.
Ha dirigido también series como House of Cards, cuyos dos primeros episodios firmó él mismo, y Mindhunter, sobre los orígenes del perfilado criminal en el FBI, y ha producido documentales sobre su propio oficio, como Voir o el rescate de la entrevista de François Truffaut a Alfred Hitchcock recuperado en Hitchcock/Truffaut. Su fama de perfeccionista casi patológico le acompaña desde sus primeros trabajos publicitarios. Es célebre por pedir decenas de tomas de una misma escena, un método que le ha valido tanto elogios como quejas de actores como Jake Gyllenhaal, que llegó a repetir setenta veces un mismo plano durante el rodaje de Zodiac, o los miembros del reparto de Mindhunter que en una sola escena de interrogatorio acumularon 75 repeticiones sin apenas pausa para comer.
Jodie Foster, que trabajó con él en La habitación del pánico, lo resumió en una frase que se ha repetido desde entonces: es un cineasta extraordinario, y también obsesivo. El propio Fincher se ha defendido de esa fama asegurando que no impone nada a nadie, que hay actores como Brian Cox a los que sencillamente no les gusta repetir tantas veces una escena, y que él simplemente prefiere disponer de material suficiente para poder elegir en montaje, porque a veces la mejor interpretación no llega en la tercera toma sino en la doce. En una charla pública con el director Sam Mendes llegó a reconocer que la frase que más repite en cualquier plató es una orden seca para pedir silencio antes de rodar.
Esa insistencia le ha dado, paradójicamente, muy pocos premios oficiales. Ha sido candidato al Oscar a mejor director en tres ocasiones, por El curioso caso de Benjamin Button, La red social y Mank, y las tres veces se ha ido de vacío. En 2011 perdió frente a Tom Hooper por El discurso del rey, una decisión que buena parte de la crítica sigue considerando, año tras año, uno de los mayores errores recientes de la Academia. Sí ha reunido, en cambio, un palmarés notable en televisión, con varios Premios Primetime Emmy repartidos entre House of Cards y Mindhunter, esta última una serie que muchos fans siguen reclamando que continúe pese a llevar años sin una tercera temporada confirmada.
Casado en primeras nupcias con la directora de fotografía Donya Fiorentino, con quien tuvo una hija y de quien se divorció en 1995, Fincher volvió a casarse en 1996 con la productora Ceán Chaffin, que desde entonces ha producido prácticamente todas sus películas y series. Esa continuidad se repite también en otros puestos clave de sus equipos técnicos, con nombres como el del diseñador de producción Donald Graham Burt o el del montador Kirk Baxter apareciendo una y otra vez en los títulos de crédito de sus últimos veinte años de carrera.
Perdida, el matrimonio como escena del crimen
Perdida llegó a los cines el 3 de octubre de 2014, tras abrir el Festival de Nueva York una semana antes, y se convirtió de inmediato en la película con el mejor estreno de la carrera de Fincher hasta ese momento, con 37,5 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana en Estados Unidos y Canadá, por delante incluso de la película de terror Annabelle, que debutaba el mismo fin de semana.
La propia Gillian Flynn adaptó su novela homónima, publicada en 2012, para llevarla a la pantalla. La historia sigue a Nick Dunne, interpretado por Ben Affleck, un profesor de escritura que se convierte en el principal sospechoso de la desaparición de su esposa Amy, encarnada por Rosamund Pike, el mismo día de su quinto aniversario de boda. A medida que avanza la investigación de la detective Rhonda Boney, interpretada por Kim Dickens, la película va desmontando, capa a capa, la imagen pública de un matrimonio aparentemente perfecto.
Fincher construyó el reparto con cierto riesgo calculado. Neil Patrick Harris y Tyler Perry, conocidos sobre todo por la comedia y la televisión, asumieron papeles dramáticos de peso, y Carrie Coon debutaba en el cine en el papel de la hermana gemela de Nick. Según ha contado la propia Flynn, la elección de Affleck para el papel protagonista fue en gran medida idea suya desde el principio del proyecto, aunque el resto del reparto quedó por completo en manos del director.
La química entre la fidelidad al libro y las libertades del guion resultó decisiva para el éxito de la adaptación. Flynn reescribió parte del tramo final pensando específicamente en el lenguaje del cine, algo poco habitual entre autores que adaptan su propia obra, y consiguió mantener el efecto de sorpresa incluso entre quienes ya habían leído la novela. El célebre monólogo de Amy sobre la construcción de la mujer perfecta para complacer a su pareja, muy comentado en su momento, sigue citándose hoy como una de las piezas de interpretación femenina más recordadas del cine de la década.
La película recaudó cerca de 370 millones de dólares en todo el mundo frente a un presupuesto de 61 millones, la cifra más alta jamás alcanzada por un filme de Fincher hasta la fecha. Rosamund Pike logró su primera y única nominación al Oscar por su interpretación de Amy Dunne, una mujer capaz de construir una coartada perfecta contra su propio marido sin levantar jamás la voz. El público que llenó las salas fue, según los datos de la distribuidora, mayoritariamente femenino, algo poco frecuente para un thriller con tanta violencia latente.
Más de una década después de su estreno, Perdida sigue generando debate por un desenlace que a muchos espectadores les deja mal cuerpo. Ese poso amargo, lejos de restarle mérito, es exactamente lo que persigue Fincher: retratar el matrimonio no como un refugio sino como otro sistema de poder que puede convertirse en trampa. Es, de las cinco películas de esta lista, la más reciente entre las protagonizadas por actores reales, y la que mejor demuestra que su cine no perdió filo con el paso de los años.
Trent Reznor y Atticus Ross, ya convertidos en colaboradores habituales del director tras La red social y Millennium, firmaron también la partitura de Perdida, esta vez con un tono deliberadamente más suave y casi hipnótico que contrasta con la crueldad de lo que ocurre en pantalla. Ese contraste entre una superficie amable y un fondo perturbador resume, mejor que cualquier otra cosa, el tono general de la película.
Seven, el crimen convertido en liturgia
Antes de Perdida hubo Seven, y sin Seven probablemente no existiría el resto de esta lista. Estrenada el 22 de septiembre de 1995 con un presupuesto de apenas 33 millones de dólares, la película llegó a los cines españoles meses después, ya entrado 1996, y acabó recaudando más de 327 millones en todo el mundo, convirtiéndose en la séptima película más taquillera de aquel año pese a unas previsiones de los pases de prueba que auguraban un fracaso seguro.
El guion de Andrew Kevin Walker, escrito en parte durante su propia etapa de precariedad en Nueva York, sigue a dos detectives de homicidios, el veterano William Somerset, interpretado por Morgan Freeman, y el recién llegado David Mills, encarnado por Brad Pitt, en la persecución de un asesino que organiza sus crímenes siguiendo los siete pecados capitales. La fotografía de Darius Khondji, trabajada con un proceso de revelado que oscurece y satura la imagen conocido como bleach bypass, y la partitura de Howard Shore construyeron desde el minuto uno una ciudad lluviosa y sin nombre propio que se convertiría en marca de la casa de Fincher.
La productora había rechazado inicialmente el final más crudo del guion, aquel en el que aparece la célebre caja que Mills recibe al final de la trama, por considerarlo excesivo para un público mayoritario. Fue un error de envío de guiones lo que llevó a Fincher a leer esa versión original, y su insistencia en respetarla acabó siendo la condición innegociable para aceptar dirigir la película. La escena final se rodó cerca de Lancaster, California, en pleno desierto, para reforzar visualmente el aislamiento de sus dos protagonistas.
Kevin Spacey, en el papel del asesino John Doe, pidió expresamente no aparecer en los créditos iniciales ni en la campaña promocional para no delatar su presencia antes de tiempo. New Line Cinema se resistió en un primer momento porque quería explotar comercialmente el nombre del actor, pero acabó cediendo tras la mediación del propio Fincher. Su nombre solo apareció al final del metraje, en los créditos de cierre, una decisión de marketing tan arriesgada como efectiva que hoy se recuerda como uno de los grandes golpes de suerte narrativos del cine de los noventa.
Las críticas del estreno fueron desiguales. Algunos diarios la recibieron con reservas por su dureza visual, mientras que Roger Ebert le dio la puntuación máxima y llegó a escribir que ninguna otra película de Fincher era tan oscura como aquella. El público, en cambio, no dudó: se mantuvo cinco semanas seguidas en el número uno de la taquilla estadounidense, por delante de estrenos como Showgirls o la nueva entrega de Halloween.
Tres décadas después, Seven sigue apareciendo en casi cualquier lista seria de los mejores thrillers de la historia del cine, con una nota de 8,6 sobre 10 entre el público en IMDb que pocos títulos de aquella década conservan intacta. Fue, además, la película que rescató a Fincher tras el fracaso de Alien 3, la que demostró que aquel director de videoclips podía sostener una historia completa de principio a fin y la que fijó, prácticamente sin variaciones desde entonces, su paleta visual de lluvia constante, luz sucia y ciudades sin identificar.
Su influencia se dejaría notar durante años en el género del thriller policial, tanto en el cine como en la televisión, con decenas de imitaciones que copiaban su estética sin llegar a replicar la precisión de su montaje ni la ambigüedad moral de su final. El propio Fincher volvería, más de una década después, a un terreno parecido con Zodiac, aunque con una aproximación radicalmente distinta al mismo tipo de crimen, mucho más pegada a los hechos documentados y mucho menos interesada en el golpe de efecto final.
La red social, la fundación de un imperio y una amistad rota
Quince años más tarde, en 2010, Fincher encontró en la creación de Facebook una historia que encajaba a la perfección con sus obsesiones de siempre: la ambición, la traición entre socios y la forma en que el poder cambia a las personas más rápido de lo que ellas mismas pueden asimilar.
La red social se basa en el libro The Accidental Billionaires, de Ben Mezrich, aunque el guion de Aaron Sorkin toma distancia deliberada de los hechos documentados para construir, en sus propias palabras, una narración antes que una verdad literal. La película se estrenó el 1 de octubre de 2010 tras su presentación en el Festival de Nueva York, con un presupuesto de 40 millones de dólares y una recaudación mundial de casi 225 millones.
Jesse Eisenberg interpreta a un Mark Zuckerberg frío, brillante y profundamente inseguro, construido a partir de diálogos vertiginosos típicos del estilo de Sorkin. Andrew Garfield da vida a Eduardo Saverin, el cofundador apartado del proyecto, y Justin Timberlake compone un Sean Parker seductor y manipulador que empuja a Zuckerberg a distanciarse de su único amigo real. Para interpretar a los gemelos Winklevoss, que denuncian a Zuckerberg por robarles la idea original, Fincher recurrió a un truco técnico poco habitual entonces: el actor Armie Hammer interpretó a ambos hermanos, pero en las escenas conjuntas su rostro se superpuso digitalmente sobre el cuerpo de otro actor, Josh Pence, que había pasado meses preparando el papel entero sin saber que su cara acabaría desapareciendo de la pantalla.
La banda sonora, compuesta por Trent Reznor, líder de Nine Inch Nails, junto a Atticus Ross, se convirtió en un elemento narrativo más, con piezas electrónicas que laten como la ansiedad social que atraviesa toda la película. Aquel trabajo les valió el Oscar a mejor banda sonora, uno de los tres que ganó la película en la gala de 2011, junto al de mejor guion adaptado para Sorkin y al de mejor montaje para Angus Wall y Kirk Baxter.
La red social obtuvo ocho nominaciones al Oscar en total, incluidas mejor película, mejor director y mejor actor para Eisenberg, aunque perdió las tres frente a El discurso del rey. Fincher sí se llevó el Globo de Oro a mejor director, el premio BAFTA a la mejor dirección y el reconocimiento del círculo de críticos de Boston, entre otros muchos galardones de aquella temporada.
Con el tiempo, la película ha ido ganando la reputación de retrato adelantado a su época, capaz de anticipar buena parte del debate social sobre las redes que solo se generalizaría años después. Su frase final, con Zuckerberg actualizando obsesivamente una solicitud de amistad mientras suena una canción de los Beatles, resume mejor que cualquier discurso la soledad que puede esconderse detrás de un imperio de conexiones digitales.
El propio Sorkin ha explicado en varias ocasiones que su lealtad como guionista no estaba con la verdad literal de los hechos, sino con la construcción de un relato coherente sobre la ambición, y que por eso se permitió comprimir y dramatizar episodios reales sin pretender nunca hacer un documental. Esa distancia deliberada con la biografía exacta de Zuckerberg generó cierta polémica en su momento, pero con los años ha terminado por reforzar la lectura de la película como fábula sobre el poder más que como crónica periodística.
El club de la lucha, del fracaso de taquilla al clásico de culto
Pocas películas ilustran mejor el desfase entre la recepción inicial y el juicio posterior de la historia que El club de la lucha. Estrenada el 15 de octubre de 1999 tras su paso por el Festival de Venecia, la adaptación de la novela de Chuck Palahniuk recaudó apenas 100 millones de dólares en todo el mundo frente a un presupuesto de entre 63 y 65 millones, un resultado que la industria consideró entonces un fracaso.
Chuck Palahniuk escribió la novela después de que sus editores rechazaran su anterior manuscrito, Invisible Monsters, por considerarlo demasiado perturbador. Lejos de suavizar el tono para su siguiente intento, Palahniuk decidió llevar la provocación todavía más lejos, y el resultado fue la historia que Fincher acabaría adaptando pocos años después.
El guion, firmado por Jim Uhls, sigue a un narrador sin nombre, interpretado por Edward Norton, atrapado en un trabajo gris y en un insomnio crónico que solo alivia asistiendo a grupos de apoyo para enfermedades que no padece. Su encuentro con el carismático y anárquico Tyler Durden, un Brad Pitt en uno de sus papeles más recordados, desemboca en la fundación de un club de lucha clandestino que acaba mutando en algo mucho más peligroso. Fincher, en un guiño que solo se descubre con visionados repetidos, insertó varios fotogramas sueltos de Tyler Durden intercalados en la imagen mucho antes de que el personaje aparezca formalmente en la trama, como si el propio montaje avisara de una presencia que todavía no debería estar ahí.
El estudio, la Fox, y el propio Fincher chocaron abiertamente sobre cómo vender la película. El director quería una campaña agresiva y directa, mientras que el estudio prefirió apoyarse en el reclamo de sus estrellas y en la promesa de peleas, algo que atrajo al público equivocado y alejó a buena parte de la crítica, que la recibió con reseñas muy divididas. El propio Roger Ebert, tan generoso años antes con Seven, apenas le concedió dos estrellas sobre cuatro en su reseña original.
Fue el mercado del vídeo doméstico el que dio la vuelta a su suerte. La edición en DVD, con extras y comentarios que profundizaban en las capas satíricas de la historia, vendió más de trece millones de copias y convirtió la película en un fenómeno de culto que se transmitía casi de boca en boca. En 2009, con motivo de su décimo aniversario, The New York Times llegó a calificarla como la película de culto definitoria de aquella generación.
Ese desfase entre el fracaso comercial inmediato y la reivindicación posterior no es un caso aislado en la historia del cine, pero pocas veces resulta tan llamativo como aquí, sobre todo porque el propio estudio que produjo la película fue durante años el primero en dudar de su potencial. La distancia entre lo que un público de 1999 estaba dispuesto a aceptar y lo que esa misma historia significa hoy, ya asimilada como una crítica lúcida a la sociedad de consumo, dice tanto de la película como de los años que ha tardado la cultura popular en ponerse a su altura.
Con los años, El club de la lucha ha pasado de ser vista como una simple provocación adolescente a analizarse como una crítica al consumismo, a la crisis de la masculinidad de finales del siglo pasado y a la seducción de los discursos que prometen una liberación radical sin explicar del todo el precio que hay que pagar por ella. Su desenlace, sostenido por la canción Where Is My Mind?, de Pixies, se sigue citando hoy como uno de los mejores cierres del cine de género, hasta el punto de que el propio Chuck Palahniuk ha reconocido en varias ocasiones que la resolución que ideó Fincher le parece más redonda que la de su propia novela.
En su vigesimoquinto aniversario, en 2024, la película volvió brevemente a los cines con una restauración en 4K, prueba de que su legado sigue creciendo mucho después de que las cifras de su estreno la dieran por perdida.
Zodiac, la obsesión filmada fotograma a fotograma
Si hay un título que corona esta lista es Zodiac. Ninguna otra película de Fincher lleva tan lejos su método de trabajo ni retrata con tanta precisión la obsesión que atraviesa buena parte de su filmografía, hasta el punto de que resulta casi imposible separar el rigor casi enfermizo del director de la propia trama de la película, centrada en hombres que dedican media vida a perseguir una verdad que se les escapa entre los dedos.
Estrenada en marzo de 2007 tras posponer su fecha original de diciembre de 2006 para dar más tiempo de montaje a Fincher, la película recrea la investigación real del asesino conocido como Zodiac, que aterrorizó el área de la bahía de San Francisco entre finales de los años sesenta y mediados de los setenta a través de crímenes brutales y cartas cifradas enviadas a la prensa.
El guion de James Vanderbilt se basa en los libros de Robert Graysmith, el dibujante de prensa convertido en investigador obsesivo que en la película interpreta Jake Gyllenhaal. Robert Downey Jr. da vida al periodista Paul Avery, cuya vida se desmorona a medida que el caso se le escapa de las manos, y Mark Ruffalo encarna al detective David Toschi, cuyo trabajo real inspiraría después a personajes tan distintos como el inspector protagonista de Harry el Sucio. Completan el reparto Anthony Edwards, Chloë Sevigny y Brian Cox, entre otros muchos secundarios de lujo.
Fincher y Vanderbilt pasaron más de dos años documentándose antes de escribir una sola escena, revisando informes policiales, testimonios y pruebas forenses originales. La obsesión por la fidelidad histórica llegó a extremos casi absurdos: para recrear con exactitud el aspecto del lago Berryessa en la fecha de uno de los ataques, el equipo llegó a transportar árboles en helicóptero hasta la localización exacta. Fincher rodó la película con las mismas cámaras digitales Thomson Viper que había empezado a usar en anuncios y videoclips, lo que convirtió a Zodiac en una de las primeras grandes producciones de Hollywood filmadas casi por completo sin celuloide.
Ese nivel de exigencia también se trasladó al reparto. Gyllenhaal ha reconocido públicamente que llegó a sentirse frustrado durante el rodaje por tener que repetir algunas tomas hasta setenta veces, y que solo con el tiempo entendió que Fincher trabajaba, en sus propias palabras, pintando con las personas, no dirigiéndolas de forma convencional. El propio director ha admitido con humor que, para mantener la coherencia histórica, dejó pasar a propósito un anacronismo gastronómico en una escena de cena porque el plato que pedía uno de los personajes no existía todavía en la época retratada, y le pareció un pecado venial frente al resto del rigor documental de la película.
Pese a las críticas casi unánimemente positivas, que la situaron entre las tres películas mejor valoradas de 2007 solo por detrás de No es país para viejos y Pozos de ambición, Zodiac no recibió una sola nominación relevante en los premios de aquella temporada, ni en los Oscar, ni en los Globos de Oro, ni en los BAFTA. Es, probablemente, el mayor desajuste entre reconocimiento crítico y reconocimiento institucional de toda la carrera de Fincher.
El caso real, por cierto, sigue oficialmente sin resolver. En los últimos años han circulado varias teorías sobre la identidad del asesino, incluida una difundida a comienzos de 2026 que lo vincula con el llamado crimen de la Dalia Negra a través de un supuesto desciframiento de sus cartas cifradas, pero ninguna ha sido confirmada por el FBI, que sigue manteniendo la investigación abierta según sus propios comunicados. Esa ambigüedad irresoluble es, precisamente, lo que convierte a la película en algo más que un relato de crímenes: es un estudio sobre lo que le ocurre a quienes dedican su vida a perseguir una respuesta que quizá nunca llegue.
Esa estructura de investigación interminable, sin un clímax de acción convencional y con el paso del tiempo como verdadero antagonista, terminaría influyendo de forma directa en el propio Fincher cuando años después se puso al frente de Mindhunter, y también en toda una generación de series y películas de crímenes reales que llegarían después, desde True Detective hasta el resurgir del true crime como género dominante en el audiovisual de la última década.
Un director sin Oscar y con una filmografía que no deja de crecer
Estas cinco películas cubren apenas veinte años de una carrera que ya suma más de tres décadas, pero condensan casi todo lo que se le puede pedir a un cineasta: dominio absoluto del suspense, capacidad para dirigir interpretaciones memorables, un estilo visual reconocible desde el primer fotograma y la valentía de rodar finales que incomodan al espectador en lugar de tranquilizarlo. No es casual que las cinco compartan, en el fondo, la misma pregunta: qué le ocurre a una persona cuando descubre que el sistema que creía controlar, ya sea un matrimonio, una empresa naciente, un club clandestino o una investigación criminal, en realidad la controla a ella.
Fincher ha declarado en más de una ocasión que no le interesa demasiado la validación de la Academia, y ha llegado a comparar a los directores con animales entrenados que disfrutan haciendo una gracia para que después les aplaudan. Sea o no una boutade, lo cierto es que su ausencia del palmarés de los Oscar contrasta cada vez más con el lugar que ocupan sus películas en la memoria colectiva del cine de este siglo.
Con Las nuevas desventuras de Cliff Booth, la traducción más natural del título original, The Further Mis-Adventures of Cliff Booth, todavía sin confirmación oficial en España, a punto de estrenarse en salas IMAX y después en Netflix, Fincher se adentra por primera vez en el universo de otro autor, el de Tarantino, con un reparto que incluye a Elizabeth Debicki, Scott Caan y Carla Gugino junto a un Brad Pitt que regresa treinta y un años después de Seven a colaborar con el director que lo convirtió en una de sus estrellas más fieles. Habrá que esperar a diciembre para saber si esta nueva aventura logra colarse algún día en una lista como esta. Mientras tanto, estas cinco películas siguen siendo la mejor puerta de entrada posible a la obra de uno de los directores más ásperos, más rigurosos y más influyentes que ha dado el cine americano contemporáneo.