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El realismo mágico, la revolución que reinventó la literatura latinoamericana

Casi ochenta años después de que un crítico venezolano tomara prestado un término de la pintura europea, el género de Macondo sigue vivo entre series de televisión, relecturas críticas y una nueva generación de escritoras que lo desafía desde el terror y la ciencia ficción

Gabriel García Márquez

Hay pocas etiquetas literarias que hayan viajado tan lejos como el realismo mágico. Nacida en la crítica de arte alemana de los años veinte, adoptada por un ensayista venezolano en 1948 y consagrada por un escritor colombiano en 1967, esta corriente ha terminado convertida en la marca de identidad de todo un continente. Se ha usado para vender turismo, para titular exposiciones de pintura, para describir goles imposibles y para explicar, con más pereza que rigor, cualquier cosa que ocurra en América Latina y resulte difícil de creer.

Ese desgaste retórico no debería confundirse con irrelevancia. El realismo mágico sigue siendo, siete décadas después de sus primeros experimentos narrativos, uno de los aportes más originales que la literatura en español ha hecho a la narrativa universal. Y en este 2026 vuelve a estar en el centro de la conversación cultural por razones muy concretas: Netflix estrena en agosto la segunda y última parte de su adaptación de Cien años de soledad, Colombia ya prepara el año 2027 como el centenario del nacimiento de Gabriel García Márquez, y una generación de escritoras jóvenes discute abiertamente si el género sigue teniendo algo que decir o si ya cumplió su ciclo.

Este artículo recorre esa historia completa. Desde los pintores centroeuropeos que inventaron el nombre sin saber que terminaría asociado a Macondo, pasando por los precursores olvidados de los años treinta, el estallido del Boom, las voces femeninas que ensancharon el canon y la disputa actual sobre su vigencia, hasta llegar a los estrenos y conmemoraciones que en este mismo año lo devuelven a la primera plana. Es, también, un intento de deshacer algunos lugares comunes: el realismo mágico no fue nunca la obra de un solo autor ni de un solo país, sino el resultado de casi un siglo de cruces entre la vanguardia europea, la tradición oral indígena y afroamericana, y la necesidad, muy concreta, de nombrar una historia de violencia política que la prosa estrictamente realista no siempre lograba capturar.

Un término que llegó de la pintura europea

El nombre no nació en América Latina ni tenía, en su origen, nada que ver con literatura. En 1925, el crítico de arte alemán Franz Roh publicó un ensayo titulado Nach-Expressionismus, Magischer Realismus, en el que describía una corriente pictórica posterior al expresionismo. Los pintores de ese grupo representaban objetos cotidianos con una precisión casi fotográfica que, paradójicamente, terminaba produciendo una sensación de extrañeza. Ese mismo año, el libro de Roh se tradujo al español bajo el sello de la Revista de Occidente, con el título literal de Realismo mágico.

Durante más de veinte años, la expresión quedó confinada al mundo de la crítica pictórica europea. Fue el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri quien la trasladó a la literatura hispanoamericana. En su ensayo Letras y hombres de Venezuela, publicado en 1948, Uslar Pietri utilizó el término para caracterizar al cuento venezolano de vanguardia, en el que, según su propia definición, el hombre aparecía como un misterio en medio de datos estrictamente realistas.

Uslar Pietri contó después que el nombre le había surgido casi de memoria inconsciente, a partir de una lectura lejana del ensayo de Roh, y tuvo que aclarar en varias ocasiones que no existía relación real entre ambos movimientos. El crítico Luis Leal señalaría años más tarde, en un artículo de referencia publicado en 1967, que aquella fue la primera vez que la etiqueta se aplicaba a la literatura del continente.

Antes incluso de que existiera el nombre, ya existían los libros. En la década de 1920 y 1930, un grupo de escritores vanguardistas latinoamericanos, entre ellos el propio Uslar Pietri, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el cubano Alejo Carpentier, el ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta y su compatriota José de la Cuadra, empezó a incorporar la realidad indígena, negra y mestiza del continente a una narrativa que dialogaba tanto con las vanguardias europeas como con las tradiciones orales americanas. De ese cruce nacieron obras fundacionales como Leyendas de Guatemala, de Asturias, publicada en 1930, Las lanzas coloradas, del propio Uslar Pietri, de 1931, Don Goyo, de Aguilera Malta, de 1933, o ¡Ecué-Yamba-O!, primera novela de Carpentier, también de 1933.

El «lo real maravilloso» de Alejo Carpentier

Un año después de que Uslar Pietri introdujera su término, Alejo Carpentier propuso uno propio, más ambicioso en sus implicaciones filosóficas. En el prólogo de su novela El reino de este mundo, publicada en 1949 y ambientada en la revolución haitiana, Carpentier acuñó la noción de lo real maravilloso.

Su argumento era que el escritor latinoamericano no necesitaba inventar mundos fantásticos, porque la propia realidad del continente, con su mezcla de culturas, mitologías y accidentes históricos, ya era en sí misma maravillosa. A diferencia del surrealismo europeo, que Carpentier consideraba un artificio construido desde la literatura psicoanalítica, lo real maravilloso latinoamericano no partía de la imaginación individual del autor, sino de la observación directa de un continente donde lo insólito formaba parte de la vida diaria.

Carpentier defendió esa idea durante toda su carrera. Nacido en Suiza y criado en La Habana, hijo de padre francés y madre rusa, su formación cosmopolita y su trabajo como musicólogo dejaron una huella profunda en su prosa, siempre atenta al ritmo y a la cadencia de las frases largas. Novelas posteriores como Los pasos perdidos, de 1953, ambientada en la selva latinoamericana, El siglo de las luces, de 1962, centrada en la Revolución francesa y su repercusión en el Caribe, o El recurso del método, del mismo año, un retrato satírico de un dictador latinoamericano exiliado en París, profundizaron en esa mirada. Ya en 1974 publicó Concierto barroco, una nouvelle breve que lleva a un noble mexicano y a su criado hasta la Venecia del compositor Vivaldi, en uno de los ejercicios más explícitos de su teoría sobre el barroquismo americano. Ese conjunto de trabajo le valió el Premio Cervantes en 1977, tres años antes de su muerte en París.

La distinción entre realismo mágico y lo real maravilloso ha generado décadas de debate académico. En términos generales, se suele señalar que en lo real maravilloso de Carpentier los elementos fantásticos provocan reacciones distintas según quién los observe, de modo que un personaje indígena puede percibir como real algo que otro personaje, ajeno a esa cosmovisión, ni siquiera puede ver. En el realismo mágico posterior, en cambio, los personajes suelen aceptar lo extraordinario con una naturalidad compartida, sin sorpresa ni cuestionamiento.

Los rasgos que definen el género

Más allá de las discusiones sobre su origen exacto, la crítica académica coincide en señalar un puñado de rasgos que permiten reconocer una novela de realismo mágico frente a otras formas de literatura fantástica.

El primero, y quizá el más citado, es la naturalización de lo sobrenatural. Los personajes no reaccionan con asombro ante hechos imposibles, como una levitación o una lluvia de flores amarillas, sino que los incorporan a su vida cotidiana con la misma indiferencia con la que aceptarían cualquier otro suceso ordinario. El segundo rasgo es la ruptura de la linealidad temporal, visible tanto en Pedro Páramo como en Cien años de soledad, donde el pasado, el presente y el futuro conviven sin jerarquía, y donde los finales suelen anunciarse desde las primeras páginas.

A ello se suma un fuerte anclaje en la tradición oral, en las leyendas populares y en las cosmovisiones indígenas o afroamericanas, que aportan buena parte del material mítico sobre el que se construyen estas historias. El uso sistemático de la hipérbole y la exageración, unido a un estilo narrativo de raíz barroca, marcado por frases largas y una adjetivación abundante, completa el retrato formal del género. Por último, casi todas las grandes novelas del realismo mágico esconden un trasfondo histórico y político muy concreto, ya sean las dictaduras centroamericanas, las guerras civiles colombianas o la violencia colonial, que la fantasía no oculta sino que, paradójicamente, ayuda a poner en evidencia.

Miguel Ángel Asturias y el latido indígena

Si Carpentier aportó el andamiaje teórico, Miguel Ángel Asturias ofreció una de las primeras demostraciones narrativas de gran aliento. El escritor guatemalteco, formado en antropología en París y profundamente influido por el estudio de los textos sagrados mayas, construyó una obra en la que la cosmovisión indígena centroamericana convivía con la denuncia política.

Su novela El señor presidente, escrita durante los años veinte pero publicada en 1946 debido a la censura de las dictaduras centroamericanas, retrató a un tirano con rasgos casi demoníacos, en un relato donde la concepción cristiana y el universo mítico maya se entrelazaban sin fisuras. Tres años después, en 1949, Asturias publicó Hombres de maíz, considerada su obra más ambiciosa en términos de recuperación mitológica, un libro en el que la tierra, el maíz y la memoria indígena se convierten en los verdaderos protagonistas del relato.

Asturias completó ese ciclo narrativo con la llamada trilogía bananera, formada por Viento fuerte, de 1950, El Papa Verde, de 1954, y Los ojos de los enterrados, de 1960, tres novelas dedicadas a denunciar la explotación de las compañías fruteras estadounidenses en Centroamérica. En 1963 publicó además Mulata de tal, una novela de gran exuberancia verbal en la que la mitología maya y la brujería popular guatemalteca se despliegan sin ningún tipo de contención narrativa.

El reconocimiento internacional llegó en 1967, cuando Asturias recibió el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer autor latinoamericano asociado directamente al realismo mágico en obtener ese galardón. La Academia sueca destacó entonces sus raíces indígenas y latinoamericanas profundamente arraigadas.

Juan Rulfo, el murmullo de los muertos

Entre los precursores directos de García Márquez, ningún nombre resulta tan citado como el de Juan Rulfo. El escritor mexicano, nacido en Jalisco en 1917, construyó una de las obras más breves y a la vez más influyentes de la literatura en español: dos libros, publicados con apenas dos años de diferencia, le bastaron para instalarse entre los grandes narradores del siglo veinte.

El primero, la colección de relatos El llano en llamas, apareció en 1953. El segundo, la novela Pedro Páramo, se publicó en 1955, tras un proceso de escritura y reescritura que Rulfo completó gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores. La novela cuenta el viaje de Juan Preciado hasta Comala, el pueblo natal de su madre recién fallecida, en busca de un padre al que nunca conoció. Lo que encuentra es una aldea deshabitada, poblada únicamente por murmullos y almas en pena, en la que los planos temporales se rompen constantemente y los vivos y los muertos comparten sin aviso previo el mismo espacio narrativo.

Esa ruptura de la linealidad temporal, unida a la naturalidad con la que los muertos siguen hablando y deseando como si nada hubiera cambiado, ha llevado a buena parte de la crítica a considerar Pedro Páramo como una de las expresiones más perfectas del realismo mágico, incluso antes de que la etiqueta se consolidara del todo. El propio García Márquez reconoció en numerosas entrevistas que la lectura de Rulfo supuso un punto de inflexión personal, una revelación que le permitió encontrar el tono con el que después escribiría su obra mayor.

Macondo, el pueblo que resumió un continente

Ningún nombre está tan asociado al realismo mágico como el de Gabriel García Márquez. Nacido en Aracataca, en el Caribe colombiano, en 1927, el escritor pasó sus primeros años bajo el cuidado de sus abuelos maternos, cuya casa, llena de historias de fantasmas, guerras civiles y presagios, terminaría convertida en la materia prima de buena parte de su narrativa.

Antes de su consagración mundial, García Márquez ya había ensayado varias de las ideas que después perfeccionaría. Novelas cortas como La hojarasca, de 1955, o El coronel no tiene quien le escriba, de 1961, mostraban ya el pueblo ficticio de Macondo y algunos de los recursos que caracterizarían su estilo maduro, aunque todavía con una impronta más cercana al realismo tradicional que a la explosión imaginativa posterior.

El punto de quiebre llegó con Cien años de soledad, publicada en 1967 en Buenos Aires. La novela narra siete generaciones de la familia Buendía en Macondo, desde su fundación utópica hasta su desaparición final, arrasada por un huracán que cumple una maldición anunciada desde el principio del relato. En sus páginas conviven, sin que nadie se asombre demasiado, una mujer que asciende al cielo mientras tiende la ropa, una plaga de insomnio que borra la memoria colectiva de un pueblo, manuscritos escritos en sánscrito que predicen el futuro con un siglo de antelación y una masacre obrera que la historia oficial se empeña en negar.

Ese último episodio, inspirado en la matanza de trabajadores bananeros ocurrida en Colombia en 1928, resume bien el método de García Márquez: la fantasía no sustituye a la historia, sino que la amplifica y la hace más visible allí donde el poder había intentado borrarla. El propio autor insistió siempre en que no inventaba nada que no estuviera ya presente en las historias que había escuchado de niño en boca de su abuela, contadas con total seriedad, sin un gesto que delatara la sorpresa.

La acogida inicial de la novela fue inmediata. La editorial argentina Sudamericana imprimió una primera tirada de ocho mil ejemplares en mayo de 1967, que se agotó en apenas dos semanas, obligando a una segunda impresión casi inmediata. Desde entonces, y según los datos más recientes disponibles, Cien años de soledad ha vendido más de treinta millones de ejemplares en todo el mundo y ha sido traducida a más de cuarenta idiomas, lo que la convierte en una de las obras en español más difundidas después de El Quijote.

García Márquez continuó explorando ese universo y otros paralelos en obras posteriores como El otoño del patriarca, de 1975, un extenso monólogo sobre el poder absoluto de un dictador caribeño sin nombre; Crónica de una muerte anunciada, de 1981, la reconstrucción coral de un crimen que todo un pueblo sabía que iba a ocurrir y que nadie impidió; El amor en los tiempos del cólera, de 1985, una historia de amor que se extiende a lo largo de más de cinco décadas; y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, un relato breve de 1972 que combina crueldad familiar y fantasía desbordada en dosis igualmente altas.

En 1982, la Academia sueca concedió a García Márquez el Premio Nobel de Literatura, en reconocimiento a sus novelas y cuentos, en los que, según el propio jurado, lo fantástico y lo real se combinaban para reflejar la vida y los conflictos de todo un continente. Con ese galardón, el realismo mágico dejó de ser una discusión de especialistas y se convirtió en un fenómeno de alcance verdaderamente global.

García Márquez murió en Ciudad de México en abril de 2014. Colombia ya prepara, como se explica más adelante, una conmemoración de alcance nacional para 2027, cuando se cumplirán cien años de su nacimiento en Aracataca.

Los compañeros de generación del Boom

García Márquez no trabajó solo. Su consagración se produjo en el marco de lo que la crítica bautizó como el Boom latinoamericano, un grupo heterogéneo de escritores que, entre finales de los años cincuenta y los setenta, alcanzó una proyección internacional sin precedentes para la literatura en español.

Julio Cortázar, nacido en Bruselas de padres argentinos, cultivó un tipo de literatura fantástica más cercana a la tradición rioplatense que al realismo mágico propiamente dicho, aunque ambas corrientes comparten un mismo interés por diluir la frontera entre lo posible y lo imposible. Su novela Rayuela, de 1963, revolucionó la estructura narrativa al proponer un orden de lectura alternativo, mientras que sus cuentos, reunidos en libros como Bestiario o Final del juego, construyeron un catálogo propio de irrupciones extrañas en la vida cotidiana.

El mexicano Carlos Fuentes exploró también los límites entre realidad e imaginación en novelas como La región más transparente, de 1958, un retrato coral de la Ciudad de México, y Aura, de 1962, una breve nouvelle de atmósfera fantasmal construida en segunda persona. El peruano Mario Vargas Llosa, por su parte, se mantuvo generalmente más próximo al realismo de raíz social y política, aunque su cercanía personal y editorial con García Márquez, documentada en su ensayo Historia de un deicidio, de 1971, contribuyó a consolidar el prestigio internacional del grupo en su conjunto.

Jorge Luis Borges merece una mención aparte. El escritor argentino, mayor que la mayoría de los autores del Boom, nunca se identificó con el realismo mágico ni buscó ese tipo de reconocimiento continental. Sin embargo, sus libros de relatos Ficciones, de 1944, y El Aleph, de 1949, sentaron buena parte del terreno filosófico y narrativo sobre el que después crecería la literatura fantástica latinoamericana, con sus laberintos, bibliotecas infinitas y desdoblamientos de la identidad.

La relación entre García Márquez y Vargas Llosa merece un párrafo aparte, porque resume bien las tensiones internas de aquel grupo. Los dos escritores se conocieron en el aeropuerto de Caracas en 1967 y llegaron a ser vecinos en Barcelona, ciudad a la que ambos se trasladaron de la mano de la agente literaria Carmen Balcells. Esa amistad fue tan estrecha que Vargas Llosa le puso a uno de sus hijos el nombre de Gabriel en honor a García Márquez, y en 1971 le dedicó un extenso ensayo académico, García Márquez, historia de un deicidio, basado en su propia tesis doctoral.

La relación se rompió de forma abrupta el 12 de febrero de 1976, cuando, coincidiendo ambos en el estreno de un documental en Ciudad de México, Vargas Llosa golpeó a García Márquez en el rostro delante de varios testigos, por motivos que ninguno de los dos quiso aclarar nunca públicamente. Desde entonces no volvieron a dirigirse la palabra en público. Vargas Llosa, cuya obra se mantuvo siempre más cercana al realismo político y urbano que al realismo mágico propiamente dicho, recibió el Premio Nobel de Literatura en 2010 y falleció en abril de 2025, a los ochenta y nueve años, convertido en el último superviviente de aquella generación fundacional.

Las voces femeninas que ensancharon el género

La historia del realismo mágico suele contarse, con demasiada frecuencia, como una historia exclusivamente masculina. Esa narrativa incompleta ignora aportaciones decisivas que en muchos casos precedieron o corrieron en paralelo a las de los autores más citados.

La chilena María Luisa Bombal, con novelas breves como La última niebla, de 1935, y La amortajada, de 1938, exploró décadas antes que el Boom una escritura interior en la que los límites entre la vida y la muerte, la vigilia y el sueño, se volvían intencionadamente borrosos. Su influencia sobre generaciones posteriores de escritores latinoamericanos, incluido el propio García Márquez, ha sido reconocida de forma creciente por la crítica académica.

La mexicana Elena Garro publicó en 1963 Los recuerdos del porvenir, una novela ambientada en un pueblo mexicano azotado por la violencia de la guerra cristera, en la que el propio pueblo narra los hechos como si fuera un testigo con memoria propia y el tiempo se pliega sobre sí mismo. La obra apareció cuatro años antes que Cien años de soledad y comparte con ella recursos tan característicos como la circularidad temporal y la personificación del espacio colectivo. Garro, sin embargo, vivió buena parte de su carrera a la sombra de su entonces esposo, el poeta Octavio Paz, y nunca se sintió cómoda con la etiqueta de realismo mágico que la crítica terminó por adjudicarle.

Isabel Allende, sobrina del presidente chileno Salvador Allende, publicó en 1982 La casa de los espíritus, una saga familiar que recorre varias generaciones de mujeres chilenas marcadas por dones extraordinarios, presentimientos y un trasfondo histórico que culmina en el golpe militar de 1973. La novela, escrita en el exilio, se convirtió en una de las obras de referencia del género en clave femenina y consolidó a Allende como una de las autoras latinoamericanas más traducidas del mundo. Allende continuó desarrollando ese universo en títulos posteriores como Eva Luna, de 1987, y en su libro de memorias Paula, de 1994, escrito durante la larga enfermedad de su hija, en el que la voz mágica de sus primeras novelas se atempera para dar paso a un relato más directamente autobiográfico.

La mexicana Laura Esquivel llevó el género hacia el terreno doméstico y sensorial con Como agua para chocolate, publicada en 1989, una novela estructurada en torno a recetas de cocina en la que las emociones reprimidas de la protagonista se filtran literalmente en los platos que prepara, provocando reacciones físicas extraordinarias en quienes los consumen. Su adaptación cinematográfica, estrenada en 1992, contribuyó a popularizar el realismo mágico entre públicos que nunca habían leído a García Márquez ni a Carpentier.

La también mexicana Rosario Castellanos aportó, desde un registro más cercano al indigenismo crítico, una mirada imprescindible sobre el sur de su país. Su novela Balún Canán, publicada en 1957, retrata la vida y las creencias de las comunidades indígenas de Chiapas a través de los ojos de una niña narradora, en un relato donde la cosmovisión maya se entrelaza con la denuncia de las relaciones de poder entre terratenientes e indígenas, sin renunciar por ello al rigor social que caracterizó siempre la obra de Castellanos.

También mexicana, Ángeles Mastretta exploró un realismo más contenido, con toques de humor y elementos premonitorios, en novelas como Arráncame la vida, de 1985, y Mal de amores, de 1996, ambas centradas en protagonistas femeninas que desafían los roles asignados por la sociedad mexicana posrevolucionaria. Su obra suele citarse como puente entre el realismo mágico clásico y una narrativa histórica de corte más intimista, menos interesada en lo sobrenatural que en la reivindicación de voces femeninas silenciadas por la historia oficial.

Un fenómeno que cruzó fronteras

El éxito internacional del realismo mágico latinoamericano terminó por influir en tradiciones literarias muy alejadas geográficamente del continente. El caso más citado es el del japonés Haruki Murakami, considerado hoy el exponente más reconocido de una sensibilidad afín al realismo mágico dentro de la literatura contemporánea en lengua japonesa, con novelas en las que pozos, gatos parlantes y mundos paralelos conviven con la vida urbana más reconocible.

La crítica especializada ha situado también bajo esa influencia, o al menos en diálogo cercano con ella, al alemán Günter Grass, al indobritánico Salman Rushdie, al checo Milan Kundera y al portugués José Saramago, todos ellos autores que en algún momento de su carrera integraron elementos fantásticos dentro de tramas ancladas en la historia política de sus respectivos países. En el ámbito español, la novela Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio, publicada en 1951, se cita con frecuencia como un antecedente peninsular de esa misma sensibilidad.

Distintos análisis periodísticos sobre la recepción internacional de Cien años de soledad han señalado además su huella en autores tan diversos como el indobritánico Salman Rushdie, cuya novela Hijos de la medianoche comparte con la obra de García Márquez la estructura de saga familiar entrelazada con la historia política de un país recién nacido, o la estadounidense Toni Morrison, en cuya novela Beloved los fantasmas familiares conviven con la memoria de la esclavitud de un modo que la crítica ha comparado en más de una ocasión con los recursos del realismo mágico latinoamericano.

Ese alcance planetario explica por qué, décadas después de su consagración, el realismo mágico sigue generando comentarios desde lugares inesperados. En mayo de este año, durante una visita a la Universidad de Oxford, el escritor chino Mo Yan, Premio Nobel de Literatura, afirmó en declaraciones a la agencia Xinhua que la atmósfera creada en Cien años de soledad todavía puede percibirse en las calles de varios países latinoamericanos, después de un recorrido reciente por Argentina y Brasil. Mo Yan, cuya propia obra ha sido leída en clave de realismo mágico rural chino, defendió además la necesidad de seguir transmitiendo esos clásicos entre generaciones frente al avance de la inteligencia artificial.

McOndo, la primera gran rebelión contra Macondo

La discusión sobre el agotamiento del realismo mágico no nació con la generación de Mariana Enríquez o Samanta Schweblin. Ya en 1996, dos escritores chilenos treintañeros, Alberto Fuguet y Sergio Gómez, publicaron en Chile una antología de cuentos que se convirtió en un pequeño manifiesto generacional: McOndo.

El título, un juego de palabras que combinaba Macondo con McDonald’s, Macintosh y los condominios que empezaban a poblar las ciudades latinoamericanas, dejaba clara la intención de sus editores. En el prólogo del libro, Fuguet y Gómez reivindicaban una América Latina urbana, atravesada por la televisión por cable, los centros comerciales y la cultura pop estadounidense, muy alejada de las mariposas amarillas y los pueblos fundacionales del universo garciamarquiano. Según contó después el propio Fuguet, la antología nació en parte de la frustración por el rechazo de una revista literaria estadounidense a uno de sus cuentos, supuestamente por no ajustarse al exotismo tropical que los editores extranjeros esperaban de un autor latinoamericano.

McOndo reunió a diecisiete autores jóvenes de distintos países, entre ellos varios vinculados poco después al llamado Grupo del Crack mexicano, que en su propio manifiesto de 1996 reclamaba también una narrativa alejada de la fórmula mágico-realista. Ambos movimientos compartían el diagnóstico de que, tres décadas después de Cien años de soledad, el género se había convertido en una exigencia editorial casi obligatoria para cualquier escritor latinoamericano que quisiera ser publicado en Europa o Estados Unidos, lo que terminaba asfixiando propuestas narrativas muy distintas entre sí.

Tres décadas después de aquella polémica, buena parte de la crítica coincide en que ni McOndo ni el Crack lograron desplazar al realismo mágico del centro del canon, pero sí abrieron un espacio legítimo para una literatura latinoamericana urbana, más cercana al policial, la autoficción o la cultura pop, que hoy conviven sin mayor conflicto con las relecturas del legado de García Márquez.

¿Se acabó el realismo mágico?

No todo, sin embargo, es celebración nostálgica. Una parte significativa de la crítica y de los propios escritores latinoamericanos contemporáneos sostiene desde hace años que el realismo mágico, tal y como lo practicaron García Márquez o Asturias, es una fórmula agotada, incapaz de nombrar las urgencias del presente.

Un análisis reciente sobre la nueva narrativa argentina, publicado por la revista cultural Jot Down, señala que autoras como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin o Gabriela Cabezón Cámara triunfan hoy alejadas de las definiciones taxativas del realismo mágico clásico, hasta el punto de que la etiqueta resulta ya insuficiente para describir lo que ocurre actualmente en la narrativa del continente.

Mariana Enríquez, autora de relatos como los reunidos en Las cosas que perdimos en el fuego y de la novela Nuestra parte de noche, de 2019, trabaja desde una tradición distinta, más próxima al gótico y al terror, con influencias que ella misma reconoce en el romanticismo inglés de William Blake y las hermanas Brontë. Su literatura no presenta lo sobrenatural como una maravilla aceptada con naturalidad, sino como una amenaza concreta, muchas veces ligada a la violencia política y social de la Argentina reciente.

Samanta Schweblin, por su parte, ha construido una obra que la crítica académica sitúa en una zona intermedia entre el fantástico rioplatense clásico y lo que algunos especialistas han bautizado como narrativa de lo inusual. Novelas como Distancia de rescate, de 2014, o Kentukis, de 2018, sustituyen la maravilla mítica de Macondo por una inquietud tecnológica y ecológica mucho más cercana a las ansiedades del presente inmediato.

Un reportaje reciente sobre la narrativa latinoamericana actual recoge testimonios de investigadores que señalan cómo escritores mexicanos, argentinos, brasileños o bolivianos, entre ellos Fernanda Trías, Liliana Colanzi o Edmundo Paz Soldán, se decantan hoy con más frecuencia por la ciencia ficción, la distopía o el terror ecológico que por la fórmula clásica del realismo mágico. Según ese análisis, buena parte de esa nueva literatura responde a preocupaciones muy concretas del presente latinoamericano, como el cambio climático, la desigualdad o la crisis ambiental, temas que la generación del Boom no tenía necesariamente entre sus prioridades narrativas.

Esa transición no equivale, en todo caso, a una ruptura completa. Buena parte de la crítica coincide en que el terror contemporáneo de Enríquez o la extrañeza cotidiana de Schweblin serían impensables sin la tradición previa del realismo mágico y de lo fantástico rioplatense, del que autores como Julio Cortázar o el propio César Aira ya habían explorado sus posibilidades más inquietantes desde los años noventa. Lo que ha cambiado es el tono, la escala y el tipo de amenaza que se cierne sobre los personajes, más doméstico y menos épico que en Macondo.

Investigadoras citadas en ese mismo reportaje, entre ellas la especialista Ursula Heise, sostienen que buena parte de esa nueva literatura latinoamericana responde a una sensación de policrisis compartida por el llamado Sur Global, marcada por el cambio climático, la desertificación y la desigualdad, problemas que buena parte del hemisferio norte apenas empieza a experimentar en carne propia. Autores como el mexicano Alberto Chimal, la también mexicana Gabriela Damián Miravete o el brasileño Ignácio de Loyola Brandão trabajan hoy con más frecuencia sobre distopías tecnológicas y futuros ecológicos devastados que sobre pueblos fundacionales poblados de fantasmas amables.

El día en que un pueblo entero desapareció bajo la lluvia

Conviene detenerse, antes de avanzar hacia el presente más inmediato, en el propio final de Cien años de soledad, porque resume mejor que cualquier otro pasaje el mecanismo íntimo del género. La novela anuncia desde sus primeras páginas que Macondo está condenado a desaparecer, y dedica sus últimos capítulos a cumplir esa profecía con method extremo, mientras un miembro de la familia Buendía descifra los manuscritos que narran, con un siglo de antelación, la historia completa que el lector acaba de leer.

Ese cierre circular, en el que la escritura y la profecía coinciden exactamente con el propio libro que el lector sostiene entre las manos, se ha convertido en una de las imágenes más comentadas de toda la literatura del siglo veinte. Numerosos críticos han señalado que ese recurso, lejos de ser un simple efecto de ingenio formal, resume la tesis central del realismo mágico: la idea de que la historia de un pueblo puede estar escrita de antemano, con rigor casi matemático, y que la única libertad posible consiste en la forma en que se cuenta, no en los hechos que finalmente ocurren.

2026, el año en que Macondo volvió a la pantalla

Mientras la discusión académica sobre la vigencia del género continúa abierta, el mercado audiovisual ha demostrado en este mismo año que el interés popular por el realismo mágico está lejos de agotarse. En diciembre de 2024, Netflix estrenó la primera parte de su adaptación de Cien años de soledad, un proyecto rodado íntegramente en Colombia con el respaldo de la familia García Márquez, que fue recibido con un reconocimiento prácticamente unánime por parte de la crítica y el público internacional.

Según un comunicado oficial de la propia plataforma, el reconocimiento del público y de la crítica nacional e internacional hacia esa primera entrega fue prácticamente unánime, algo poco habitual para una adaptación basada en una novela tan reverenciada y considerada durante décadas como prácticamente intraducible al lenguaje audiovisual. El propio García Márquez había expresado en vida sus reticencias a que la novela se llevara al cine, precisamente por la dificultad de trasladar a la pantalla la densidad temporal y la multiplicación de personajes que caracterizan al libro.

Ese éxito llevó a la plataforma a confirmar, ya en 2026, el estreno de la segunda y última parte de la serie. Los siete episodios que completan la adaptación llegarán el 5 de agosto, mientras que un capítulo final, con formato y duración casi cinematográficos, se estrenará por separado el 26 del mismo mes bajo la dirección de la cineasta Laura Mora, quien comparte la dirección general del proyecto con Carlos Moreno. Según explicó Francisco Ramos, vicepresidente de contenido para América Latina de Netflix, la adaptación siempre se concibió como un díptico narrativo, dividido para poder respetar la complejidad de una novela que abarca un siglo entero de historia familiar.

Esta segunda entrega abandona la etapa fundacional de Macondo para adentrarse en su declive, con la llegada del ferrocarril, la instalación de la compañía bananera extranjera y las tensiones sociales que desembocan en la masacre obrera narrada en la novela original. El elenco incorpora a nuevos actores junto a los ya conocidos por la primera temporada, en un rodaje que ha mantenido la misma ambición visual y el mismo respeto por el texto original que caracterizó a la primera entrega.

La coincidencia entre este estreno y la proximidad del centenario de García Márquez no es casual en términos de calendario cultural. El escritor nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, y el gobierno de Colombia anunció oficialmente, durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá celebrada en abril de este año, que 2027 será declarado por decreto presidencial como el año del centenario de su nacimiento. La ministra de las Culturas, Yannai Kadamani, explicó entonces que la conmemoración buscará no solo rendir homenaje a la figura del Nobel, sino también reforzar la proyección internacional de la literatura colombiana, mediante estrategias de traducción y promoción de nuevos autores nacionales en los circuitos editoriales globales.

Diversas iniciativas culturales han comenzado ya a preparar el terreno para esa fecha. Ferias del libro y clubes de lectura en distintas ciudades colombianas han iniciado ciclos de relectura de la obra completa de García Márquez, con especial atención a títulos menos comentados que Cien años de soledad, como El amor en los tiempos del cólera o su producción periodística, en un intento por acercar al autor a nuevas generaciones de lectores antes de que llegue la fecha exacta de la conmemoración.

Un legado que no deja de dialogar con el presente

Setenta y siete años después de que Uslar Pietri tomara prestado un término de la crítica pictórica alemana, el realismo mágico sigue siendo un territorio en disputa. Para algunos, continúa siendo la aportación más singular que la literatura latinoamericana ha hecho a la narrativa universal, una manera de nombrar una realidad histórica marcada por la violencia, el mestizaje y la desmesura que ningún otro lenguaje literario había logrado capturar con la misma precisión.

Para otros, especialmente entre las generaciones más jóvenes de escritores, la etiqueta se ha convertido en una losa turística, una forma cómoda de exotizar al continente que impide ver la literatura que realmente se está escribiendo hoy, más interesada en el terror doméstico, la distopía climática o la ciencia ficción que en el mito fundacional de Macondo.

Ambas posiciones, en realidad, no son excluyentes. El propio hecho de que el debate siga vivo, de que una serie de televisión pueda convertirse en fenómeno global casi sesenta años después de la publicación de la novela que adapta, y de que un país entero prepare durante meses la conmemoración de un centenario, demuestra que el realismo mágico no es un capítulo cerrado de la historia literaria, sino una tradición que sigue generando lecturas, adaptaciones y controversias.

Quizás esa sea, después de todo, la mejor prueba de su vigencia. Un género que nació para explicar que en América Latina lo extraordinario podía convivir con lo cotidiano sin necesidad de sorpresa alguna, sigue hoy provocando exactamente esa misma reacción entre lectores y espectadores de todo el mundo, casi ochenta años después de que alguien decidiera ponerle nombre.

La propia enseñanza escolar y universitaria del género se ha transformado en las últimas décadas. Donde antes bastaba con leer Cien años de soledad como ejemplo único de toda una corriente, los programas de literatura latinoamericana en universidades de la región y de fuera de ella incluyen hoy con más frecuencia a Rulfo, a Garro, a Bombal o a Castellanos junto al propio García Márquez, en un intento por mostrar que el realismo mágico fue siempre un fenómeno coral, construido por hombres y mujeres de procedencias muy distintas, y no la invención solitaria de un genio aislado en su despacho de Ciudad de México.

Lo que queda, en cualquier caso, es un árbol genealógico enorme y todavía en expansión. Va de los pintores centroeuropeos de los años veinte a los cronistas coloniales que ya describían templos aztecas como maravillas imposibles de creer, de las vanguardias venezolanas y guatemaltecas de los años treinta al estallido editorial del Boom, de las voces femeninas que la historia oficial tardó décadas en reconocer a las nuevas escritoras que hoy prefieren el terror doméstico o la distopía climática antes que las mariposas amarillas. Ese recorrido, lejos de cerrarse, sigue sumando capítulos, y probablemente seguirá haciéndolo mientras alguien, en algún rincón del continente, continúe contando historias imposibles con la cara más seria del mundo.

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