Hay directores que tardan una carrera entera en encontrar su tema. Carla Simón (Barcelona, 1986) lo tuvo desde el primer día, porque el tema la encontró a ella antes de que supiera que iba a hacer películas. En apenas ocho años, entre 2017 y 2025, construyó tres largometrajes que funcionan como las tres caras de una misma historia: la suya. Estiu 1993, Alcarràs y Romería no nacieron como un proyecto cerrado desde el principio, pero hoy se leen como una trilogía tan coherente que resulta difícil imaginar una sin las otras dos. Juntas forman uno de los relatos más personales, mejor construidos y más premiados del cine español reciente.
La trayectoria de Simón no se entiende sin su biografía. A los seis años perdió a su madre por el sida, la misma enfermedad que se había llevado a su padre tres años antes. Ambos habían sido consumidores de heroína en los años de la Movida, esa década de libertades recién estrenadas y también de una de las mayores tasas de mortalidad por sida de toda Europa. La niña pasó entonces a vivir con sus tíos maternos y una prima algo menor que ella, en un pequeño pueblo del interior de Cataluña. De ese desplazamiento, de esa pérdida convertida en nueva familia, salieron después tres películas que exploran, cada una desde un ángulo distinto, qué significa crecer con una ausencia y con una herencia que no se eligió.
Una infancia marcada por la ausencia
Carla Simón Pipó nació el 29 de diciembre de 1986 en Barcelona. Su padre era gallego, de la zona de Vigo, y su madre catalana. Los dos formaban parte de aquella generación que vivió la Transición con una sensación de libertad recién conquistada, y los dos pagaron un precio altísimo por los excesos de esos años. Cuando el sida acabó con la vida de su madre, Carla tenía seis años y ya había perdido a su padre tres años antes. La huérfana fue acogida por su tío materno y su mujer, que vivían en Les Planes d’Hostoles, un municipio pequeño de la comarca de la Garrotxa, en la Cataluña interior. Allí creció junto a una prima algo más joven que ella, en una casa de campo que después reconocería, deformada por la ficción, en su primera película.
Ese verano de 1993, el de la adaptación a una nueva casa y una nueva familia, se convertiría casi un cuarto de siglo después en el título de su ópera prima. Pero antes de llegar ahí, Simón tuvo un recorrido formativo que pasó por varias ciudades y varios idiomas. Cursó un año en la Universidad de California, donde filmó sus primeros ejercicios en formato corto, y después regresó a Barcelona para graduarse en Comunicación Audiovisual por la Universidad Autónoma de Barcelona en 2009. Un año más tarde completó un máster en televisión de calidad e innovación organizado por Televisió de Catalunya, un paso que la acercó a la producción profesional antes de dar el salto definitivo a la ficción.
El giro decisivo llegó con una beca de posgrado de la Obra Social La Caixa que le permitió cursar un máster en la London Film School. En Londres, lejos de España pero rodeada de un ambiente internacional que la empujaba a mirar hacia dentro, empezó a trabajar con material directamente relacionado con su propia historia. Fue en esa etapa británica donde Simón entendió que el cine podía ser, para ella, una herramienta para procesar aquello que no había podido procesar de niña. No se trataba de hacer autoficción por moda, sino de usar la cámara como quien usa un diario.
Los años de aprendizaje: Londres y los primeros cortos
Durante su etapa en la London Film School, Carla Simón dirigió el documental Born Positive (2012), un trabajo sobre la infancia atravesada por el VIH que ya anticipaba buena parte de las preocupaciones que definirían su cine posterior. Un año después llegó Lipstick (2013), su primer cortometraje de ficción, y poco después Las pequeñas cosas, otro trabajo breve realizado ya de vuelta en España. Ninguno de esos títulos alcanzó gran repercusión fuera de los circuitos especializados, pero sirvieron como laboratorio de un lenguaje que combinaba la observación casi documental con una atención extrema al detalle cotidiano, algo que se convertiría en su sello.
En esos años, Simón empezó a mover el guion de lo que sería su primer largometraje por distintos programas de desarrollo europeos. El proyecto pasó por la Script Station de la Berlinale, donde la directora participó también en el Talent Campus del festival, y fue seleccionado por la SGAE para el laboratorio de creación de guion de su fundación. También circuló por el Low Budget Film Forum de Les Arcs, en Francia, y por el programa polaco Ekran+, además de por Media Sources 2 y L’Alternativa. Fueron años de peregrinaje institucional, típicos del cine de autor europeo, que permitieron ir afinando un guion basado en recuerdos de infancia hasta convertirlo en un proyecto financiable.
La producción recayó finalmente en Inicia Films, en coproducción con Avalon P.C., con el apoyo del programa MEDIA de la Unión Europea, el ICAA y el ICEC, y la participación de RTVE, TV3 y Movistar Plus. Fue la productora Valérie Delpierre quien impulsó el proyecto desde el principio, y María Zamora, entonces mentora de Delpierre, quien quedó tan impresionada al leer el tratamiento que decidió sumarse también a la producción ejecutiva. Aquel encuentro marcaría el inicio de una de las colaboraciones más fructíferas del cine español reciente: Zamora, al frente de su propia productora, Elástica Films, acompañaría a Simón en sus tres largometrajes.
Estiu 1993: el verano que lo cambió todo
Estiu 1993, conocida en castellano como Verano 1993, se rodó íntegramente en catalán a lo largo de seis semanas en la comarca de la Garrotxa, la misma región donde había crecido su directora. La película sigue a Frida, una niña de seis años interpretada por Laia Artigas, que tras la muerte de su madre se traslada desde Barcelona a vivir con sus tíos y su prima pequeña, Anna, interpretada por Paula Robles, en una casa de campo catalana. El relato transcurre casi por completo desde el punto de vista de la niña, sin explicaciones adultas ni grandes discursos, dejando que sea la mirada infantil la que vaya descubriendo, a través de gestos y silencios, el peso de lo que ha ocurrido.
El reparto adulto lo completaban Bruna Cusí, en el papel de la tía Marga, y David Verdaguer, como el tío Esteve. Ambos construyeron una pareja creíble de nuevos padres que intentan, con torpeza y cariño, integrar a la niña sin sustituir a la madre perdida. La dirección de fotografía corrió a cargo de Santiago Racaj, y el montaje fue obra de Ana Pfaff junto a Dídac Palou, mientras que la banda sonora la firmó Ernest Pipó, hermano de la directora, que empezaría así una colaboración que se extendería a lo largo de toda la trilogía.
La película se estrenó en la Berlinale de 2017, donde obtuvo el premio a la mejor ópera prima y, además, el Gran Premio del Jurado Internacional de la sección Generation Kplus, dedicada al público juvenil, que compartió ex aequo con la surcoreana Becoming Who I Was. Fue el primer gran espaldarazo internacional para una directora hasta entonces desconocida. Poco después llegó la Biznaga de Oro a la mejor película en el Festival de Málaga, además del premio Feroz Puerta Oscura al mejor largometraje de la sección oficial del mismo certamen.
En los Premios Feroz de 2018, Estiu 1993 se impuso en cuatro de sus siete candidaturas: mejor película dramática, mejor dirección, mejor guion y mejor actor de reparto para David Verdaguer. En los Premios Gaudí del cine catalán logró cinco estatuillas de sus catorce nominaciones, incluyendo mejor película, mejor dirección y mejor guion para Simón, mejor actriz secundaria para Bruna Cusí y mejor montaje. Y en los Goya, de sus ocho nominaciones (entre ellas mejor película y mejor guion original), se llevó tres: mejor dirección novel para Carla Simón, mejor actriz revelación para Bruna Cusí y mejor actor de reparto para David Verdaguer.
Ese mismo año, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España eligió Estiu 1993 para representar al país en los Oscar, imponiéndose a Abracadabra, de Pablo Berger, y a 1898: los últimos de Filipinas, de Salvador Calvo. La entonces presidenta de la Academia, Yvonne Blake, defendió la elección señalando que se trataba de una película tierna capaz de conectar con Hollywood mientras abordaba temas de plena actualidad. La cinta no llegó a entrar finalmente en la terna de nominadas, pero su selección confirmó que Simón había dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad del cine español.
Lo más llamativo de Estiu 1993, visto con la perspectiva de los años, es hasta qué punto Simón ya tenía entonces las claves de su método: actrices infantiles no profesionales elegidas tras un casting minucioso, un rodaje pensado para proteger la naturalidad de sus intérpretes más jóvenes, y una narración que confía en lo no dicho por encima del diálogo explicativo. La crítica especializada, tanto en España como fuera, destacó la madurez de una ópera prima que evitaba el sentimentalismo fácil pese a tratar un tema tan doloroso como la orfandad infantil.
Alcarràs: la tierra, la familia y el Oso de Oro
Cinco años después de su debut, Carla Simón presentó Alcarràs, su segundo largometraje, coescrito junto a Arnau Vilaró. La historia se aleja en apariencia de la biografía directa de la directora para adentrarse en el mundo de una familia de agricultores catalanes, los Solé, que afrontan la que podría ser su última cosecha de melocotones antes de que los dueños del terreno decidan sustituir los frutales por placas solares. Es una película sobre el fin de un modo de vida rural, sobre el desarraigo y sobre la tensión entre generaciones que ya no comparten el mismo proyecto de futuro.
Aunque el argumento parezca alejarse de su historia personal, Alcarràs está profundamente anclada en la biografía de Simón: está rodada en Alcarràs y Sucs, en la provincia de Lleida, el pueblo de origen de su familia adoptiva, y buena parte del reparto está formado por parientes reales de la directora, incluidos primos, tíos y su propia hermana. El resto del elenco salió de un proceso de casting que recorrió fiestas populares y ferias agrícolas de la comarca durante más de dos años, un proceso interrumpido por la pandemia y que llegó a evaluar a cerca de nueve mil personas antes de encontrar a la familia definitiva. La responsable de ese casting, Mireia Juárez, ya había trabajado con Simón en Estiu 1993, y explicó después que la directora nunca describe a sus personajes por rasgos físicos, sino por su forma de ser, lo que obligó a buscar payeses reales capaces de encarnar esas personalidades sin impostura.

El resultado fue un reparto íntegramente no profesional, encabezado por Jordi Pujol Dolcet como el patriarca, junto a Anna Otin, Berta Pipó, Xenia Roset, Albert Bosch, Ainet Jounou, Josep Abad, Montse Oro y Carles Cabós. La fotografía corrió a cargo de la boliviana Daniela Cajías, primera mujer en ganar un Goya a la mejor dirección de fotografía gracias a su trabajo previo en Las niñas, de Pilar Palomero. El montaje volvió a ser responsabilidad de Ana Pfaff. La producción reunió a Avalon P.C., Elástica Films y Vilaüt Films, en coproducción con la italiana Kino Produzioni, con apoyo del ICAA, el ICEC, el programa MEDIA de Creative Europe, Eurimages y la Diputación de Lleida.
Alcarràs se proyectó en la competición oficial de la 72ª edición de la Berlinale el 15 de febrero de 2022. El jurado internacional, presidido por el director M. Night Shyamalan, le concedió el Oso de Oro a la mejor película, destacando tanto las interpretaciones de los actores infantiles y de los intérpretes de más edad como el retrato de la conexión y la dependencia de una comunidad respecto a la tierra que la rodea. Fue la primera película rodada en catalán en ganar el máximo galardón del festival alemán, y la primera producción española en lograrlo desde que Mario Camus se impusiera con La colmena en 1983, entonces compartido ex aequo con una cinta británica.
En su discurso de agradecimiento, Simón se declaró, en sus propias palabras, hija de la Berlinale, en referencia a que tanto su debut como su segunda película se habían proyectado en el festival alemán con resultados extraordinarios. Agradeció especialmente a los intérpretes debutantes y a su propia familia, cultivadores de melocotones en el pueblo que da nombre a la película, subrayando que era gracias a su cercanía con ese mundo que había podido contar aquella historia desde dentro.
El recorrido posterior de Alcarràs por la temporada de premios españoles resultó, sin embargo, mucho más agridulce. La Academia de Cine la eligió como candidata española a los Oscar de 2023, por delante de Cinco lobitos y As bestas, pero la película no logró superar la fase de preselección de la Academia de Hollywood. Y en la gala de los Goya de 2023, pese a llegar con once nominaciones (entre ellas mejor película, mejor dirección y mejor guion original), Alcarràs se fue de la ceremonia sin ganar ni un solo premio, superada en todas las categorías por As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, la gran triunfadora de la noche. Fue uno de los batacazos más comentados de aquella edición, y un contraste llamativo con el reconocimiento internacional que la película había cosechado meses antes en Alemania.
Más allá de los premios, Alcarràs consolidó a Simón como una de las voces más respetadas del cine europeo contemporáneo. La película fue leída, dentro y fuera de España, como una continuación natural de cierta tradición del neorrealismo italiano, con ecos de Vittorio De Sica y de Rossellini en su apuesta por actores no profesionales y por una mirada que busca la verdad antes que el artificio. También sirvió para consolidar su relación profesional con María Zamora, cuya productora, Elástica Films, se convertiría en el eje de toda su carrera posterior.
Entre dos largometrajes: los cortos que preparan Romería
Entre Alcarràs y Romería, Carla Simón no dejó de trabajar, aunque lo hizo en un formato más breve y experimental. En 2019 estrenó Después también, un cortometraje coescrito junto a la actriz Aina Clotet, con música de nuevo firmada por Ernest Pipó. Poco después llegó Correspondencia (2020), un díptico epistolar realizado a cuatro manos con la cineasta chilena Dominga Sotomayor, un intercambio de cartas filmadas que se proyectó en festivales como Visions du Réel, el de Nueva York y el de San Sebastián. Ese formato de conversación íntima entre dos artistas dejaría huella en el tono confesional que después tomaría Romería.
El paso más determinante hacia su tercera película llegó en 2022, con el cortometraje Carta a mi madre para mi hijo. En ese trabajo, Simón empezó a experimentar con un material extremadamente personal: los diarios reales que había escrito su madre antes de morir. La propia directora reconocería después que aquel corto fue el germen directo de Romería, el lugar donde por primera vez se atrevió a mezclar el material documental de su propia historia familiar con recursos de ficción e imaginación, en lugar de limitarse a la reconstrucción realista que había caracterizado sus dos largometrajes anteriores.
Durante estos años, Simón compaginó su trabajo como directora con la docencia y la gestión cultural: desde 2022 dirige el programa de Residencias de Guion de la Academia del Cine Catalán, una tarea que le permite acompañar a nuevos talentos mientras sigue desarrollando sus propios proyectos. En 2020 había recibido ya el Premio Nacional de Cultura de la Generalitat de Catalunya, un reconocimiento institucional que anticipaba el que llegaría poco después a escala estatal.
Romería: el regreso a la familia del padre
Si Estiu 1993 estaba dedicado a la memoria de la madre y Alcarràs a la familia materna que la acogió, Romería completa el círculo mirando hacia la rama paterna, la gallega, la que Simón apenas había conocido de niña. La película sigue a Marina Piñeiro, una joven de dieciocho años interpretada por la debutante Llúcia Garcia, que viaja a Vigo con la excusa de tramitar unos papeles necesarios para solicitar una beca de estudios de cine. En realidad, el verdadero motivo del viaje es otro: conocer por primera vez a la familia de su padre biológico, fallecido de sida cuando ella era muy pequeña, igual que su madre.
Durante los cinco días que dura su estancia, Marina se aloja en casa de su tío Lois, en una vivienda flotante junto a su mujer y sus hijos, y va desgranando, a través de encuentros con distintos tíos y primos, una historia familiar marcada por la vergüenza y el silencio en torno al pasado de adicción a la heroína de sus padres. El diario que su madre escribió en su día se convierte en la brújula que le permite reconstruir fragmentos de esa historia, mientras una relación adolescente con su primo Nuno, interpretado por el actor conocido como Mitch, le abre una vía distinta: la de imaginar y reinventar a sus padres a través de secuencias oníricas rodadas en un registro completamente distinto al resto de la película.

El reparto lo completan Tristán Ulloa, Celine Tyll, Miryam Gallego, Janet Novás, José Ángel Egido y Sara Casasnovas. La fotografía corrió a cargo de la francesa Hélène Louvart, habitual colaboradora de Alice Rohrwacher y responsable también de la imagen de Las playas de Agnès, de Agnès Varda, y de La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal. El montaje volvió a contar con Ana Pfaff, esta vez junto a Sergio Jiménez, y la música corrió de nuevo a cargo de Ernest Pipó, hermano de la directora, que construyó junto a ella lo que ambos definieron como una especie de antibanda sonora: una música muy marcada, que no subraya emociones sino que aparece únicamente cuando la protagonista imagina o se siente cerca de sus padres.
La producción reunió a Elástica Films con Ventall Cinema y Dos Soles Media, en coproducción entre España, Alemania y Francia, con un presupuesto aproximado de 3,2 millones de euros y financiación del ICAA, el ICEC, la Xunta de Galicia, Eurimages, el programa MEDIA de Creative Europe, RTVE, Movistar Plus, 3Cat, ZDF-Arte y Netflix, entre otras fuentes. El rodaje se desarrolló en el verano de 2024 en distintas localizaciones de Vigo, incluido el casco viejo y la Plaza de Almeida, recreando las Fiestas do Carmen de 2004, año en el que transcurre la trama. La película se rodó en varios idiomas: castellano, catalán, gallego y francés.
Romería tuvo su estreno mundial el 21 de mayo de 2025 en el Gran Teatro Lumière, dentro de la Sección Oficial a competición del 78º Festival de Cannes, marcando el debut de Simón en la Croisette tras haber pasado por Berlín con sus dos películas anteriores. La acogida del público fue entusiasta, con una ovación prolongada tras la proyección, y la crítica internacional coincidió en señalar que se trataba de su trabajo más maduro hasta la fecha, aunque también el más arriesgado formalmente, al introducir un registro fantástico y alegórico ajeno al naturalismo que la había caracterizado hasta entonces.
Curiosamente, aquella no fue la única película sobre el estigma del sida en la Cannes de 2025: la francesa Julia Ducournau presentó ese mismo año Alpha, otra aproximación a la memoria de la crisis sanitaria de los años ochenta y noventa, aunque con una recepción crítica más dispar. Pese al favor de la prensa, Romería no logró entrar en el palmarés final del festival, que reconoció con la Palma de Oro a Un simple accidente, del iraní Jafar Panahi, y que dejó para Óliver Laxe el Premio del Jurado ex aequo por Sirat, compartido con la alemana Sound of Falling.
En Rotten Tomatoes, la película acumuló un 90 por ciento de reseñas positivas sobre 58 críticas, con una valoración media de 7,6 sobre 10, mientras que Metacritic le otorgó una puntuación de 76 sobre 100 a partir de 14 críticas, la categoría que el propio agregador define como generalmente favorable. Publicaciones como Time o el portal especializado RogerEbert.com destacaron especialmente la capacidad de Simón para lograr, en palabras propias de esos medios traducidas aquí, una fuerza contenida y a la vez desgarradora en su retrato familiar.
Romería se estrenó en las salas españolas el 5 de septiembre de 2025, distribuida por Elástica Films, tras un preestreno en el Auditorio Mar de Vigo unos días antes. En septiembre de ese mismo año, la Academia de Cine española incluyó la película en una terna de tres finalistas para representar al país en la categoría de mejor película internacional de los Oscar 2026, junto a Sirat, de Óliver Laxe, y Sorda, de Eva Libertad. El 17 de septiembre, finalmente, la Academia decantó su elección hacia Sirat, que llegaría después a lograr nominación en los Oscar, dejando a Romería fuera de la carrera hacia Hollywood por segunda vez consecutiva tras el precedente de Alcarràs.
La cinta sí completó un recorrido notable por festivales internacionales, con paso por Sídney, Busan, Bangkok, Nueva York, Vancouver y el BFI de Londres, entre otros muchos certámenes, además de inaugurar la edición de 2025 del Festival Internacional de Cine de Bueu, en Galicia, con presencia de parte del elenco. En marzo de 2026, Romería se impuso en el Festival de Cine Español de Nantes, donde obtuvo el premio Julio Verne a la mejor película por su lenguaje visual y por el desarrollo minucioso de una experiencia traumática capaz de dar giros inesperados hacia la reconstrucción íntima del pasado. Llúcia Garcia, por su parte, fue reconocida como mejor interpretación revelación en los Premios Gaudí por su papel de Marina.
En los Goya de 2026, celebrados el 28 de febrero en el Auditori Fòrum de Barcelona, Romería llegó con seis nominaciones, entre ellas mejor película, mejor dirección y mejor guion original para Carla Simón, mejor actriz de reparto para Myriam Gallego y sendas candidaturas a mejor actriz y mejor actor revelación para Llúcia Garcia y Mitch. La gala, sin embargo, terminó coronando a Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, como gran triunfadora de la noche con cinco premios, mientras que Sirat se llevó el grueso de los galardones técnicos. Romería, como ya le había ocurrido a Alcarràs tres años antes, se fue de la ceremonia sin ningún Goya pese a sus candidaturas en las categorías más importantes.
Otro reconocimiento cargado de simbolismo llegó en noviembre de 2025, cuando Carla Simón se convirtió en la primera receptora del Premio de Cinematografía Novos Cinemas, un galardón de nueva creación vinculado al audiovisual gallego. El detalle no es menor teniendo en cuenta que Romería es, de las tres películas de la trilogía, la única rodada fuera de Cataluña, y la que reivindica de forma más explícita la mitad gallega de la biografía de la directora, la de un padre y una familia paterna que hasta entonces habían permanecido casi en la sombra de su cine.
En Cannes, además, la presencia de Simón tuvo una lectura adicional poco comentada fuera de los medios especializados. Al competir por la Palma de Oro, se convirtió solo en la segunda directora española en optar al máximo galardón del festival francés, dieciséis años después de que Isabel Coixet lo intentara con Mapa de los sonidos de Tokio, en 2009. Y lo hizo, según recogieron varias crónicas del festival, en un avanzado estado de gestación, en vísperas de dar a luz a su segunda hija, una circunstancia que ya se había repetido, de forma casi idéntica, durante la recogida del Oso de Oro por Alcarràs en Berlín tres años antes. Para una cineasta cuya obra entera gira en torno a la maternidad, la paternidad y la herencia familiar, la coincidencia no pasó inadvertida para la prensa que cubrió ambos festivales.
Una trilogía que se fue descubriendo sola
Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es que, según ha explicado la propia Carla Simón en distintas entrevistas, la trilogía no estaba planeada como tal desde el principio. La idea fue surgiendo poco a poco, casi como una consecuencia natural de tirar del hilo de la propia biografía. Al terminar Estiu 1993, la directora empezó a desarrollar Alcarràs como una forma de rendir homenaje a la familia que la había acogido. Fue después, con el cortometraje Carta a mi madre para mi hijo, cuando apareció la posibilidad de cerrar el círculo utilizando los diarios que había dejado escritos su madre, lo que terminó por dar forma a Romería.
Simón ha explicado que cada película está vinculada a una de sus distintas familias: la materna en Estiu 1993, la de adopción en Alcarràs y la paterna en Romería. Con la llegada de esta última siente que ese ciclo autobiográfico se cierra, no porque deje de interesarle la memoria o la infancia como temas, sino porque considera que esas historias estaban contadas desde el punto de vista de las nuevas generaciones, y ahora que ella misma es madre, cree que corresponde a quienes vienen detrás contar las cosas desde su propia perspectiva.
La cineasta ha insistido también en que Romería no debe leerse como una secuela directa de Estiu 1993, pese a que ambas protagonistas podrían ser, de hecho, la misma persona en distintos momentos de su vida. Prefirió darle a Marina un nombre distinto al de Frida porque, aunque el punto de partida biográfico es compartido, la manera de narrar y el tono de cada película son sustancialmente diferentes. Mientras que en su debut todo se filtraba a través de la mirada literal de una niña de seis años, en Romería se permitió por primera vez fabricar recuerdos imaginados, algo que había rechazado explícitamente durante la promoción de su ópera prima, cuando repetía que no se pueden generar recuerdos, solo apropiarse del relato ajeno.
Esa evolución explica por qué Romería incorpora un registro fantástico casi ausente en sus dos películas anteriores, con secuencias en las que Marina y su primo Nuno encarnan, en una suerte de ensoñación, a los propios padres de la protagonista en su juventud. La crítica especializada ha señalado ecos de El sur, de Víctor Erice, en la relación de una hija con la parte desconocida de la familia paterna, así como resonancias de Un verano con Mónica, de Ingmar Bergman, y de Arrebato, de Iván Zulueta, en el tratamiento del fulgor y la heroína como experiencia límite de una generación completa.
El estilo Simón: naturalismo, actores no profesionales y memoria
Pese a las diferencias de tono entre las tres películas, existen elementos que las atraviesan de principio a fin y que configuran algo parecido a una firma de autora. El primero es la desconfianza hacia el artificio: Simón ha trabajado sistemáticamente con actrices y actores no profesionales, especialmente en Estiu 1993 y Alcarràs, buscando siempre rostros que no resultaran reconocibles para el espectador y cuyos gestos transmitieran una verdad difícil de fabricar desde la interpretación convencional. En sus guiones, según ha explicado ella misma, los personajes nunca aparecen descritos por rasgos físicos sino por su personalidad, lo que traslada a los equipos de casting una libertad poco habitual en el cine comercial.
El segundo elemento es la centralidad absoluta de la familia como estructura narrativa, ya sea la familia de sangre, la de adopción o la reconstruida a través del recuerdo. En las tres películas, los conflictos surgen siempre dentro del núcleo doméstico: entre generaciones, entre lo que se calla y lo que se sabe, entre lo que los adultos deciden proteger y lo que los más jóvenes necesitan entender. La infancia y la adolescencia ocupan siempre el centro de la mirada, no como etapas idealizadas sino como territorios de aprendizaje doloroso.
El tercer elemento común es un equipo técnico que se ha mantenido notablemente estable a lo largo de toda la trilogía. María Zamora y su productora, Elástica Films, han acompañado a Simón en sus tres largometrajes. Ana Pfaff ha firmado el montaje de las tres películas, en distintas combinaciones con otros montadores. Y Ernest Pipó, hermano de la directora, ha compuesto la música de Estiu 1993 y de Romería, además de la del cortometraje Después también, construyendo con ella una relación de trabajo tan cercana que, según ha contado la propia Simón, apenas necesitan hablar para entenderse sobre el tono que debe tener cada partitura.
El cuarto elemento, quizás el más determinante, es el estigma del sida como trasfondo histórico y social. Las tres películas, de manera directa o indirecta, hablan de una generación golpeada por la heroína y por una enfermedad que en los años ochenta y noventa convirtió a España en el país europeo con mayor mortalidad asociada al virus. Simón ha explicado en distintas ocasiones que uno de sus propósitos con esta trilogía era reivindicar a esa generación de sus padres, señalando que lo que les ocurrió con las drogas y el sida no fue simplemente una culpa individual, sino el resultado de un contexto histórico concreto que durante mucho tiempo la sociedad española prefirió silenciar.
Una generación de cineastas que cambió el cine español
Carla Simón no ha construido su carrera en solitario, sino en paralelo a una generación de directoras españolas que en la última década ha transformado el panorama del cine de autor local. Junto a nombres como Mar Coll, Pilar Palomero, Alauda Ruiz de Azúa, Celia Rico, Elena Martín o Clara Roquet, Simón forma parte de una oleada de cineastas que han situado la mirada femenina y las historias familiares en el centro del cine español contemporáneo, con reconocimientos internacionales que hace una década resultaban excepcionales y que hoy se han vuelto casi habituales.
La propia Simón ha reivindicado en varias entrevistas ese sentido de generación, subrayando que prefiere hablar de un avance colectivo antes que de logros individuales. Ha señalado en distintas ocasiones a Mar Coll, autora de Tres días con la familia, como una referencia temprana que le hizo ver que ese tipo de cine íntimo tenía un lugar posible en la industria española. Esa red de cineastas, que comparten a menudo colaboradores técnicos, productoras y espacios de formación, ha ido consolidando un modelo de producción que combina el bajo presupuesto con una ambición artística muy alta, capaz de competir en los festivales más importantes del mundo.
El reconocimiento institucional a la propia Simón ha ido creciendo en paralelo a esta transformación colectiva. En 2018 recibió el premio Women in Motion de talento emergente en el Festival de Cannes. En 2020, el Premio Nacional de Cultura de la Generalitat de Catalunya. En 2023, el Premio Nacional de Cinematografía del Ministerio de Cultura español, el galardón estatal más importante del sector, que recogió en San Sebastián pocas horas después de anunciarse públicamente su siguiente proyecto. Y en 2025, la Creu de Sant Jordi, distinción que otorga la Generalitat de Catalunya a personalidades destacadas de la cultura catalana.
El propio palmarés de los Goya de 2026 sirvió como recordatorio de lo excepcional que sigue siendo, pese a todo, el ascenso de estas cineastas. Al recoger el premio a la mejor dirección por Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa recordó ante el público del Auditori Fòrum que, en las cuatro décadas de historia de los Goya, solo tres mujeres habían ganado antes esa categoría: Isabel Coixet, Pilar Miró e Icíar Bollaín. Simón, nominada esa misma noche por Romería, formaba parte de un grupo de directoras que, año tras año, va estrechando ese margen histórico, aunque los datos muestran que la paridad en las categorías de dirección sigue siendo, todavía hoy, una excepción antes que una norma.
Después de la trilogía: el musical flamenco y lo que viene
Cerrado el ciclo autobiográfico con Romería, Carla Simón ha optado por un giro radical en su próximo proyecto. Ya en 2023, al recoger el Premio Nacional de Cinematografía, anunció que su cuarto largometraje sería un musical flamenco de corte neorrealista ambientado en el barrio barcelonés de La Mina, en colaboración de nuevo con María Zamora y Elástica Films. La propia directora ha explicado que su interés por el flamenco nació al descubrir que su madre biológica había sido una apasionada de ese género musical, lo que despertó en ella una curiosidad creciente por su historia y por su capacidad para conectar de manera directa con la emoción.
Como paso previo a ese largometraje, Simón dirigió Flamenco, un cortometraje producido dentro de la campaña internacional Where Talent Ignites, impulsada por Audiovisual From Spain, la marca del ICEX dedicada a proyectar el talento español en el exterior. La pieza, protagonizada por la bailaora Rocío Molina junto a Dolores La Agujeta, Carmela Greco, Ángeles Toledano y Pedro Rojas Oyarzábal, con dirección musical y banda sonora original de Niño de Elche y fotografía de Gris Jordana, se presentó primero en el Festival Internacional de Cine de Róterdam, a comienzos de 2026, y tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes el 17 de mayo de 2026, seguido de una emisión global en streaming el mismo día.
En el cortometraje, Simón revisita el flamenco desde una mirada contemporánea, explorando la tensión constante entre la herencia cultural y la libertad creativa que, según ha explicado, define a este lenguaje musical desde siempre. La directora ha señalado que, aunque existen numerosos documentales sobre flamenco, el género cinematográfico específico del musical flamenco quedó asociado durante décadas al cine rodado bajo la dictadura franquista, y que le interesa repensarlo desde una perspectiva actual, sin la carga conservadora de aquellas películas. Uno de los momentos musicales de Romería, construido en torno a la canción Bailaré sobre tu tumba, de Siniestro Total, funcionó de hecho como un pequeño ensayo de ese universo que desarrollará en su próximo largometraje.
El anuncio de un musical flamenco por parte de una directora asociada hasta entonces al naturalismo más estricto generó cierta sorpresa, e incluso alguna polémica en redes sociales catalanas en torno al carácter marcadamente español, y no catalán, del proyecto. María Zamora ha defendido esa decisión señalando que la voluntad de embarcarse en mundos distintos y de asumir nuevos retos es precisamente lo que distingue a los grandes artistas, y que ese salto no contradice, sino que amplía, la trayectoria construida hasta ahora por Simón. El rodaje del largometraje está previsto para 2026, con vocación de coproducción europea abierta a la incorporación de otros países.
El legado de una trilogía necesaria
Vista en su conjunto, la trilogía familiar de Carla Simón representa uno de los proyectos autorales más coherentes y mejor ejecutados del cine español de las últimas dos décadas. Estiu 1993 abrió una puerta que muchas directoras españolas atravesarían después: la de contar historias familiares íntimas sin miedo a la primera persona. Alcarràs demostró que esa mirada personal podía trasladarse a un relato coral sobre comunidades enteras sin perder ni un ápice de autenticidad, y logró para el cine español un reconocimiento en Berlín que llevaba cuatro décadas sin repetirse. Romería, finalmente, se atrevió a romper el naturalismo que había definido a Simón hasta entonces para incorporar la imaginación y la fantasía como herramientas legítimas de reconstrucción de la memoria.
El hecho de que ninguna de las tres películas lograra, pese a sus méritos evidentes, hacerse con premios en las grandes citas internacionales más allá de Berlín, ni tampoco con estatuillas en los Goya salvo en el caso de Estiu 1993, no ha restado un ápice de peso a su recepción crítica ni a su influencia en el cine español posterior. Alcarràs sigue siendo, ocho años después de La colmena, la última película española en ganar el Oso de Oro, y Romería continúa cosechando premios en festivales internacionales meses después de su estreno en Cannes, incluido el reconocimiento de la Academia gallega del cine y el galardón obtenido en Nantes a comienzos de 2026.
Carla Simón ha construido, con apenas tres largometrajes, una obra que ya puede leerse en su totalidad: una infancia rota por el sida, una familia de acogida que sostiene sin sustituir del todo, y unos orígenes paternos que solo pueden reconstruirse a medias, con la ayuda de la imaginación cuando los recuerdos y los testimonios ajenos no bastan. Ahora que ese ciclo se ha cerrado, y con un musical flamenco en el horizonte, la pregunta que se plantea el cine español no es si Simón seguirá siendo una de sus voces más importantes, sino hacia dónde llevará esa voz cuando por fin decida dejar de mirar hacia su propio pasado.