Hay escritores que se definen por un libro. Hay otros que se definen por una atmósfera. Haruki Murakami pertenece a la segunda categoría. Basta una frase, un gato que habla, una mujer que desaparece sin explicación o una canción de los Beatles sonando de fondo para que cualquier lector medianamente entrenado reconozca, casi por instinto, que está dentro de un territorio que ya tiene nombre propio: el universo murakamiano.
Ese territorio lleva más de cuatro décadas expandiéndose. Desde que en 1979 publicó su primera novela hasta la actualidad, Murakami ha construido una de las obras más singulares y comercialmente exitosas de la literatura contemporánea, traducida a medio centenar de idiomas y leída con la misma devoción en Tokio, en Buenos Aires, en Madrid o en Nueva York.
Este año, además, su nombre vuelve a estar en el centro de la conversación literaria. No por el Nobel, que una vez más se le ha escapado, sino por un anuncio que ha sorprendido incluso a sus lectores más fieles: por primera vez en toda su trayectoria, su nueva novela tendrá como protagonista absoluta a una mujer.
De Kioto a un bar de jazz en Tokio
Haruki Murakami nació en Kioto el 12 de enero de 1949, apenas cuatro años después del final de la Segunda Guerra Mundial. Aunque vio la luz en una de las ciudades más tradicionales y conservadoras de Japón, su infancia transcurrió en Hyogo, en el área de Kobe, una región con una fuerte presencia portuaria y, por tanto, más abierta a las influencias extranjeras.
Sus padres se dedicaban a la enseñanza de la literatura japonesa clásica. De ellos heredó el amor por los libros, aunque su camino como lector se desvió pronto hacia autores que poco tenían que ver con la tradición familiar. Mientras crecía, Murakami devoraba novelas estadounidenses: Raymond Chandler, Kurt Vonnegut, Truman Capote, Francis Scott Fitzgerald. Esa querencia por la narrativa occidental marcaría para siempre su estilo, hasta el punto de que parte de la crítica literaria japonesa todavía lo señala como un autor poco «japonés».
A esa formación lectora se sumó una pasión que resultaría decisiva: el jazz. Murakami ha contado en numerosas ocasiones que pasaba más tiempo en tiendas de discos y clubes nocturnos que en las aulas de la Universidad de Waseda, donde estudiaba Literatura y Arte Dramático griego. Fue precisamente en Waseda donde conoció a Yoko Takahashi, la mujer con la que se casaría siendo todavía muy joven, a los 22 años, y con la que sigue compartiendo su vida.
El matrimonio decidió no tener hijos. Murakami explicó esa decisión con una frase que resume bien su carácter introspectivo: no sentía la misma confianza que tuvo la generación de sus padres tras la guerra, la certeza de que el mundo seguiría mejorando.
Antes de convertirse en escritor, Murakami fue otra cosa: gestor de un local de jazz. Junto a Yoko abrió en Kokubunji, un barrio de Tokio, un pequeño bar llamado Peter Cat, que regentaron entre 1974 y 1981. Fue un periodo de estrecheces económicas, de jornadas larguísimas y de una banda sonora constante que terminaría filtrándose en cada una de sus novelas posteriores. El jazz, de hecho, no es un simple decorado en su obra: es casi un personaje recurrente, presente en la cadencia de sus frases y en los nombres propios que aparecen en sus páginas.
Mientras regentaba el bar, Murakami tampoco era un estudiante modelo. Prefería trabajar en una tienda de discos de Shinjuku, muy parecida a la que más tarde aparecería en «Tokio Blues» como lugar de trabajo de su protagonista, y dedicaba buena parte de su tiempo libre a frecuentar los clubes de jazz del barrio de Kabukicho. Esa doble vida, entre la disciplina del negocio propio y la bohemia nocturna del jazz, terminaría siendo el caldo de cultivo de su universo literario posterior.
El apellido Murakami, por cierto, no tiene nada de excepcional en Japón. Es uno de los más extendidos del país, con origen en distintos clanes samuráis de la época feudal. Esa aparente vulgaridad onomástica contrasta, de forma casi simbólica, con la singularidad que terminaría adquiriendo su portador dentro de las letras japonesas.
El día del partido de béisbol
La leyenda fundacional de Murakami como novelista tiene, como corresponde a su universo, un punto de partida casi mágico. Él mismo ha relatado en distintas entrevistas que la idea de escribir una novela le llegó de manera repentina mientras asistía a un partido de béisbol en Tokio, en 1978. Esa misma noche, según su propio testimonio, comenzó a trabajar en lo que terminaría siendo su primera novela.
El resultado fue «Escucha la canción del viento», publicada en 1979. Con esta obra breve y fragmentaria obtuvo el Premio Gunzo, destinado a escritores noveles japoneses. El libro ya contenía buena parte de los rasgos que definirían su estilo posterior: narradores solitarios, atmósferas melancólicas, una prosa sencilla cargada de simbolismo y un tono que mezclaba el desencanto generacional con cierta ironía contenida.
A esa primera novela siguió «Pinball, 1973» (1980), con lo que se completó la llamada Trilogía de la Rata, un ciclo narrativo protagonizado por un personaje sin nombre que funcionaría como germen de muchos de sus narradores posteriores. En 1982 llegó «La caza del carnero salvaje», que cerró formalmente la trilogía y le valió el Premio Noma para nuevos escritores, uno de los reconocimientos más prestigiosos del panorama literario japonés.
Aquellos primeros años fueron también los del descubrimiento personal de otra de sus grandes pasiones. En 1982, después de cerrar el bar de jazz para dedicarse por completo a la escritura, Murakami comenzó a correr. Lo que empezó como una forma de cuidar su salud y mantener la disciplina necesaria para escribir se convirtió, con el tiempo, en una práctica casi espiritual que él mismo describiría años después en uno de sus libros más personales.
La consolidación de un estilo propio
A mediados de los años ochenta, Murakami dio un salto cualitativo en su narrativa. En 1985 publicó «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas», una novela que entrelazaba dos líneas argumentales paralelas: una de tono futurista y cyberpunk, ambientada en un Tokio reconocible, y otra onírica y poética, situada en una ciudad amurallada donde sus habitantes están condenados a desprenderse de su sombra.
La obra exploraba conceptos que se convertirían en marca de la casa: la memoria, la identidad, el inconsciente como territorio narrativo. Por ella obtuvo el Premio Tanizaki, uno de los galardones literarios más respetados de Japón, y se consolidó como uno de los narradores más originales de su generación. Lo que entonces pocos sabían es que aquella ciudad amurallada volvería a aparecer, casi cuatro décadas después, en una de sus novelas más recientes.
Pero el verdadero punto de inflexión en su carrera llegó en 1987, con la publicación de «Norwegian Wood», traducida al español como «Tokio Blues». El título está tomado directamente de una canción de los Beatles, otro guiño más a esa cultura pop occidental que atraviesa toda su producción.
A diferencia de sus trabajos anteriores, más experimentales y fragmentarios, «Tokio Blues» es una novela de corte realista y profundamente melancólico. Narra la historia de Toru Watanabe, un joven universitario que rememora su juventud marcada por el suicidio de un amigo cercano y por su relación con dos mujeres muy distintas entre sí. El libro vendió millones de ejemplares solo en Japón y convirtió a Murakami, de la noche a la mañana, en un fenómeno cultural de masas.
La repercusión fue tan abrumadora que el propio autor se sintió incómodo con la exposición pública que conllevó. Aquel éxito masivo contrastaba con su carácter, que él mismo ha descrito en numerosas ocasiones como extremadamente tímido y reservado. Murakami ha repetido a lo largo de los años que le incomoda hablar de su vida privada, una postura que mantiene hasta hoy pese a su estatus de superventas global.
Los años de expansión internacional
Tras el impacto de «Tokio Blues», Murakami inició un periodo de viajes y residencias en distintos países que ampliaría todavía más su perspectiva narrativa. En 1988, apenas un año después del fenómeno editorial que supuso aquella novela, abandonó Japón para instalarse primero en Europa y después en Estados Unidos, donde impartió clases en universidades como Princeton y Tufts. Esa experiencia de desarraigo cultural, vivida en parte como una huida de la exposición mediática que había generado su éxito repentino, terminaría reflejándose en su literatura posterior.
No regresó a Japón hasta 1995, año marcado por dos tragedias que sacudieron al país: el terremoto de Kobe, que asoló precisamente la región donde Murakami había crecido, y el atentado con gas sarín perpetrado por la secta Aum Shinrikyo, conocida también como la Verdad Suprema, en el metro de Tokio. Ambos sucesos pesaron en la decisión de volver y, más adelante, impulsarían a Murakami a adentrarse en el periodismo de no ficción.
En 1994 y 1995 publicó, en dos volúmenes, «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo», una de sus obras más ambiciosas hasta ese momento. La novela sigue a Toru Okada, un hombre que primero busca al gato desaparecido de su esposa y termina adentrándose en un mundo subterráneo bajo Tokio, en un relato cargado de misterio, abstracción y realismo mágico. La crítica internacional llegó a compararla con la obra de Raymond Carver, Thomas Pynchon e incluso con el cine de David Lynch.
El resultado fue «Underground» (1997), un libro de entrevistas a supervivientes del atentado del metro que mostró una faceta distinta del autor: la del cronista atento a las heridas colectivas de su país, alejado por una vez del surrealismo que caracterizaba su narrativa de ficción. Poco después llegaría «Después del terremoto» (2000), una colección de relatos que abordaba, desde la ficción, las secuelas psicológicas del desastre de Kobe.
En 1999 publicó «Sputnik, mi amor», y tres años más tarde, en 2002, llegó «Kafka en la orilla», una de sus novelas más recomendadas y leídas. La historia arranca el día en que el joven Kafka Tamura cumple quince años y decide huir de casa, atemorizado por una profecía de tintes edípicos, mientras en paralelo se desarrolla la historia de Nakata, un anciano que perdió los recuerdos de su infancia tras la guerra pero ganó la extraña capacidad de hablar con los gatos. Ambas tramas, cargadas de metáforas y elementos oníricos, terminan entrelazándose en un relato que consolidó internacionalmente su nombre.
Correr, escribir, vivir
En 2007 Murakami publicó uno de sus libros más personales y, paradójicamente, uno de los que mejor explica su método de trabajo como novelista: «De qué hablo cuando hablo de correr». El título es un homenaje directo a la colección de relatos de Raymond Carver «De qué hablamos cuando hablamos de amor», otro de los autores que marcaron su formación literaria.
En sus páginas, Murakami repasa su trayectoria como corredor de fondo desde que empezó a practicar este deporte en 1982, a los 33 años. Cuenta cómo, al año siguiente, corrió en solitario el trayecto completo entre Atenas y la localidad de Maratón, una experiencia casi iniciática que describe con el mismo tono reflexivo que emplea en sus novelas. Desde entonces ha participado en más de veinte maratones oficiales y al menos una ultramaratón, además de varios triatlones.
Esa ultramaratón llegó el 23 de junio de 1996, cuando Murakami completó una carrera de cien kilómetros alrededor del lago Saroma, en la isla septentrional de Hokkaido. El propio autor ha descrito esa prueba como una experiencia límite, en la que el cuerpo y la mente terminan disociándose hasta alcanzar un estado casi de trance, muy distinto a la sensación que produce un maratón convencional.
El libro deja entrever una filosofía de vida que atraviesa toda su obra: la disciplina como forma de libertad, la soledad buscada y no sufrida, y la idea de que escribir una novela larga exige el mismo tipo de resistencia física y mental que completar una carrera de fondo. Murakami ha llegado a decir que sería feliz si pudiera envejecer junto a la práctica de correr, una declaración que resume bien su relación con el deporte: no como obligación, sino como compañía.
Esa rutina disciplinada, casi monástica, contrasta con la imagen que muchos lectores tienen de un autor que escribe sobre mundos surrealistas poblados de gatos parlantes, sapos gigantes y ciudades amuralladas. Pero para quienes siguen de cerca su trayectoria, esa aparente contradicción es, en realidad, la clave de su método: la extrema disciplina cotidiana como condición necesaria para que la imaginación pueda desbordarse sin control en la página.
La gran apuesta de 1Q84
Si hay una obra que representa el punto culminante de su ambición narrativa, esa es «1Q84», publicada en dos partes entre 2009 y 2010, y completada con una tercera parte poco después. El título es un guiño evidente a «1984» de George Orwell, aunque la sustitución de la cifra «9» por la letra «Q» en japonés remite a un juego fonético con la palabra «pregunta».
La novela, de más de mil páginas en su edición conjunta, sigue dos líneas narrativas que terminan convergiendo: la de Aomame, una mujer criada en una secta religiosa que de día trabaja como instructora de fitness y de noche se dedica a ajustar cuentas con hombres violentos, y la de Tengo Kawana, un profesor de matemáticas con aspiraciones literarias al que le encargan reescribir en secreto la novela de una adolescente.

«1Q84» rompió todos los récords de ventas en Japón y fue reconocida como una de las obras literarias más importantes de la era Heisei. La primera entrega se agotó en cuestión de días tras su publicación, y la expectativa generada por la segunda parte llegó a provocar colas en las librerías japonesas la madrugada de su lanzamiento, un fenómeno habitualmente reservado a productos de entretenimiento masivo y muy poco frecuente en el mercado editorial.
La novela funcionó además como una suerte de declaración de intenciones: Murakami demostraba que podía sostener tramas de gran complejidad estructural sin renunciar a la accesibilidad que siempre ha caracterizado su prosa, ese equilibrio entre literatura exigente y narrativa de consumo masivo que ha sido tanto su mayor virtud como el principal argumento de quienes le reprochan cierta sencillez estilística. La crítica especializada señaló entonces que, con esta obra, Murakami abandonaba definitivamente la etiqueta de autor de culto para convertirse en un fenómeno editorial de alcance verdaderamente global, comparable al de algunos de los grandes superventas anglosajones, pero sin abandonar la ambición literaria que siempre ha reivindicado para su propio trabajo.
En los años siguientes llegaron «Los años de peregrinación del chico sin color» (2013) y «La muerte del Comendador» (2017), publicada en dos volúmenes, que retomaba elementos del realismo mágico ya explorados en obras anteriores, con guiños directos a «El gran Gatsby» de Fitzgerald, otro de sus autores de referencia constante. «Los años de peregrinación del chico sin color» narra la historia de Tsukuru Tazaki, un hombre que durante años quedó marcado por el rechazo repentino e inexplicado de su grupo de amigos durante la adolescencia, y que emprende ya en la madurez un viaje para entender qué ocurrió realmente. «La muerte del Comendador», por su parte, sigue a un retratista que se instala en la casa de un pintor de renombre y descubre, oculto en el desván, un cuadro que termina desencadenando una serie de sucesos sobrenaturales relacionados con la propia historia de Japón durante la Segunda Guerra Mundial.
Los premios que no fueron el Nobel
A lo largo de su carrera, Murakami ha acumulado un palmarés que pocos escritores vivos pueden igualar, aunque uno de los galardones más codiciados se le siga resistiendo año tras año. Entre sus reconocimientos más relevantes figuran el Premio Mundial de Fantasía y el Premio Franz Kafka, ambos en 2006, el Premio Jerusalén en 2009, el Hans Christian Andersen de Literatura en 2016 y, ya más recientemente, el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2023. A estos se suman, ya en las primeras décadas de su carrera, el Premio Noma en 1982, el Tanizaki en 1985 y el Yomiuri en 1996, tres de los galardones literarios más prestigiosos dentro de Japón, lo que demuestra que el reconocimiento a su trabajo nunca ha sido exclusivamente un fenómeno extranjero, como a veces se ha querido presentar desde ciertos sectores de la crítica nipona.
España, de hecho, mantiene un vínculo especialmente estrecho con su figura. Además del Princesa de Asturias, Murakami recibió en 2009 la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno español y, dos años después, el Premio Internacional Cataluña. También ha sido distinguido con el Premio Arzobispo Juan de San Clemente, otro reconocimiento español a su trayectoria. El jurado del Princesa de Asturias destacó en su fallo la singularidad de su literatura, su alcance universal y su capacidad para conciliar la tradición japonesa con el legado de la cultura occidental en una narrativa ambiciosa e innovadora.
Pero el Nobel de Literatura sigue sin llegar. Cada mes de octubre, desde hace más de una década, el nombre de Murakami encabeza las quinielas de las casas de apuestas, solo para ver cómo la Academia Sueca premia a otro autor. En 2025 volvió a quedarse a las puertas: el galardón fue para el escritor húngaro László Krasznahorkai, «por su obra cautivadora y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte», según la justificación oficial del jurado. Junto a Murakami, otros nombres que sonaron con fuerza aquel año fueron los de Amitav Ghosh, Margaret Atwood, Cristina Rivera Garza y Gerald Murnane.
Solo tres autores japoneses han recibido el Nobel de Literatura hasta la fecha: Yasunari Kawabata en 1968, Kenzaburo Oé en 1994 y Kazuo Ishiguro en 2017, este último de origen japonés aunque nacionalizado británico. Murakami sigue esperando turno, convertido ya casi en un género propio dentro de las especulaciones anuales sobre el galardón.
Lejos de mostrarse frustrado por esta situación, el propio autor ha cultivado siempre un perfil discreto frente al ruido mediático que genera su nombre cada vez que se acerca octubre. En distintas entrevistas ha llegado a decir que se siente como el patito feo de las quinielas, una frase que resume bien su distancia irónica respecto a un asunto que, paradójicamente, lleva años marcando la narrativa periodística sobre su figura.
Un escritor que no rehúye la polémica social
Pese a su fama de autor introspectivo y alejado de la confrontación pública, Murakami no ha sido ajeno a los grandes debates de su tiempo. En 2009, al recoger el Premio Jerusalén en plena ofensiva militar israelí sobre la Franja de Gaza, pronunció un discurso que generó un notable revuelo internacional. Antes de viajar, contó después, varias personas en Japón le recomendaron no acudir e incluso le advirtieron de que podrían impulsar un boicot contra sus libros si finalmente aceptaba el premio en aquel contexto.
Pese a esas presiones, Murakami decidió viajar a Jerusalén y pronunciar un discurso que se conocería después como «De los huevos y los muros». En él planteó una metáfora que desde entonces se ha citado en innumerables ocasiones: entre un muro alto y sólido y un huevo que se rompe contra él, dijo, él siempre estaría del lado del huevo, sin importar cuánta razón pudiera tener el muro. Aclaró que esa imagen podía leerse de forma literal, con los bombardeos y los tanques como el muro y los civiles desarmados como los huevos aplastados, pero también de manera más amplia, como una defensa genérica de los individuos frente a cualquier sistema que los oprima.
Esa misma sensibilidad hacia los traumas colectivos había quedado patente años antes en «Underground», su trabajo de no ficción sobre el atentado del metro de Tokio, y volvería a aparecer en sus reflexiones públicas sobre la energía nuclear tras el desastre de Fukushima en 2011, cuando Murakami se posicionó abiertamente en contra de la continuidad del programa atómico japonés. Su compromiso con ciertos debates sociales se repitió también en 2015, cuando aprovechó su consultorio en línea para condenar el discurso de odio dirigido contra colectivos extranjeros en Japón, calificándolo de injusto y pidiendo actuar contra esa tendencia.
La pandemia y el regreso a la ciudad amurallada
Durante los años de pandemia, mientras buena parte del mundo se confinaba, Murakami encontró en el aislamiento un impulso creativo que llevaba años posponiendo. Fue precisamente durante el confinamiento cuando retomó, con una intensidad inusual, la escritura de una historia que había dejado pendiente desde hacía más de cuarenta años.
El germen original se remonta a un relato breve publicado en 1980 en la revista literaria Bungakukai, titulado precisamente La ciudad y sus muros inciertos. El propio Murakami no quedó satisfecho con aquel trabajo y nunca permitió su publicación en formato libro, aunque parte de su esencia sobrevivió en «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas», la novela de 1985 que recuperaba el escenario de una ciudad amurallada habitada por unicornios.
Cuatro décadas después, ya en la madurez de su carrera y sin nada que demostrar, Murakami decidió volver sobre aquella idea original y darle una forma definitiva. El resultado, publicado en Japón en 2023 bajo el título «La ciudad y sus muros inciertos», es su primera novela larga en seis años y la más extensa de toda su producción, con más de seiscientas páginas en su edición original.
La trama recupera a dos protagonistas sin nombre propio, identificados únicamente como «Boku» y «Kimi», pronombres personales en japonés que equivalen a un genérico «yo» y «tú». Un joven de diecisiete años se enamora de una chica que, en sus encuentros furtivos, le habla de una misteriosa ciudad amurallada situada en otra dimensión, donde asegura que reside su verdadero yo. Cuando ella desaparece repentinamente de su vida, el protagonista queda sumido en una tristeza que lo acompañará durante décadas, hasta que finalmente consigue acceder a esa ciudad imposible de cartografiar, poblada por unicornios y custodiada por un guardián de las sombras.
En el epílogo de la novela, poco habitual en la obra de Murakami, el autor reconoce abiertamente su deuda con Jorge Luis Borges, a quien cita para justificar su propia insistencia temática a lo largo de los años: todo escritor, viene a decir, trabaja en realidad sobre un repertorio limitado de obsesiones, y lo único que cambia es la forma de presentarlas.
La recepción crítica de la novela ha sido, como suele ocurrir con Murakami, marcadamente desigual. Mientras algunos lectores y críticos la consideran una de sus obras más redondas, una síntesis perfecta de las constantes que ha cultivado durante toda su carrera, otros la han descrito como reiterativa y de ritmo excesivamente lento. Esa polarización no es nueva: ha acompañado prácticamente cada una de sus publicaciones desde «Tokio Blues», y forma parte, de algún modo, del propio fenómeno cultural que representa su figura.
El cambio que nadie esperaba: una protagonista femenina
Si «La ciudad y sus muros inciertos» suponía un cierre de ciclo, casi un ajuste de cuentas con su propia juventud literaria, el anuncio de su próxima novela representa exactamente lo contrario: una ruptura con cuatro décadas de tradición narrativa.
La editorial japonesa Shinchosha confirmó que la nueva obra de Murakami, titulada «The Tale of Kaho» («La historia de Kaho»), llegará a las librerías de Japón el 3 de julio de este año. Se trata de la primera novela completa del autor protagonizada y narrada en exclusiva por una mujer, un giro que tiene especial relevancia si se tiene en cuenta que buena parte de la crítica literaria ha cuestionado durante años la forma en que Murakami ha retratado a sus personajes femeninos.
La protagonista, Kaho, es una ilustradora de libros infantiles de veintiséis años. La novela, de trescientas cincuenta y dos páginas, arranca con un encuentro inesperado: un hombre al que acaba de conocer le suelta, sin preámbulos, que nunca ha visto a nadie tan feo como ella. Lejos de sentirse ofendida, Kaho reacciona con una curiosidad que marcará el tono general de la historia.
El texto tiene su origen en cuatro relatos cortos que Murakami fue publicando de forma escalonada en la revista japonesa Shincho, el último de ellos en marzo de este mismo año. Uno de esos relatos llegó a aparecer en inglés en la revista The New Yorker en 2024, traducido por Philip Gabriel, uno de los traductores habituales del autor al inglés.
En una entrevista concedida al diario The New York Times el pasado mes de febrero, Murakami explicó que escribir desde la perspectiva de una mujer le resultó «algo inusual, pero natural». Llegó incluso a confesar que, durante el proceso de escritura, sintió que se convertía en ella. El propio autor ha señalado que esta nueva novela tiene un tono más optimista que buena parte de su producción anterior, marcada habitualmente por la melancolía y la pérdida.
Hasta el momento no existen fechas confirmadas para la publicación de «The Tale of Kaho» en inglés ni en español, aunque la expectativa generada por el anuncio ya ha trascendido las fronteras japonesas. La obra llega además rodeada de un hermetismo poco habitual en la industria editorial: en 2024, Murakami realizó una lectura pública de uno de los relatos que darían origen a la novela ante un aforo reducido, y a los periodistas presentes solo se les permitió informar sobre los títulos de las historias, sin desvelar ningún detalle de su contenido.
Murakami más allá de la novela
Aunque su fama internacional se asienta sobre todo en sus novelas largas, la producción de Murakami abarca géneros muy distintos. Ha publicado varias colecciones de relatos breves, entre ellas «El elefante desaparece», «Sauce ciego, mujer dormida» y «Hombres sin mujeres», esta última centrada en personajes masculinos que atraviesan distintas formas de soledad tras haber vivido relaciones amorosas intensas y, casi siempre, frustradas. A finales de 2005 publicó además «Misterios tokiotas», otra colección de cuentos que reforzó su faceta de narrador breve, un terreno en el que se mueve con una libertad formal distinta a la de sus extensas novelas.
También ha cultivado el ensayo y el libro de no ficción con títulos como «De qué hablo cuando hablo de escribir» (2018), donde reflexiona sobre el oficio literario, la imaginación y su incómoda relación con los premios, o «Música, solo música», un diálogo extenso con el director de orquesta Seiji Ozawa sobre la música clásica, otra de sus grandes pasiones junto al jazz. A ese catálogo se suman dos relatos breves publicados en formato ilustrado, «La chica del cumpleaños» y «Tony Takitani», que muestran su interés por explorar formatos híbridos entre la narrativa y la imagen, mucho antes de que llegara su reciente incursión en la novela gráfica.
Su faceta de traductor merece una mención aparte. Murakami ha vertido al japonés obras de autores estadounidenses como Raymond Carver, Truman Capote, John Irving o Francis Scott Fitzgerald, una actividad que ha desarrollado en paralelo a su propia escritura y que explica, en buena medida, la fuerte influencia de la narrativa norteamericana en su estilo.
En 2015 sorprendió a sus lectores al abrir, durante varios meses, un consultorio en línea donde cualquier persona podía enviarle preguntas y recibir una respuesta personal. La iniciativa, bautizada con un título que jugaba con la idea de «preguntémosle a Murakami», recibió miles de consultas sobre los temas más variados, desde dudas literarias hasta cuestiones existenciales cotidianas.
El salto al cómic y otros formatos
El universo narrativo de Murakami ha encontrado en los últimos meses un nuevo cauce de expresión: la novela gráfica. El pasado mes de marzo llegó a las librerías españolas «Murakami. El séptimo hombre y otros cuentos», la primera adaptación en formato de cómic autorizada por el propio escritor.
El proyecto, dirigido por el guionista JC Deveney y el ilustrador PMGL, traslada al lenguaje visual nueve relatos extraídos de distintas colecciones del autor ya publicadas en España, entre ellas «Después del terremoto», «El elefante desaparece», «Sauce ciego, mujer dormida» y «Hombres sin mujeres». La publicación se lanzó de forma simultánea en castellano, a través de Planeta Cómic, y en catalán, en colaboración con Grup62.
Entre las historias seleccionadas figura la que da título al volumen, «El séptimo hombre», además de otros relatos que incluyen elementos tan característicos del imaginario murakamiano como un sapo gigante decidido a evitar un terremoto en Tokio con la ayuda de un oficinista anónimo, o la historia de una camarera de veinte años que entrevé la posibilidad de cumplir su mayor deseo. Las historias elegidas oscilan entre el realismo social y el romanticismo fantástico, dos registros que conviven de forma constante en la obra breve del autor y que, trasladados al lenguaje del cómic, permiten apreciar con mayor claridad los contrastes tonales que a veces quedan más difusos en la prosa original.
Murakami había sido reticente durante años a autorizar adaptaciones de su obra a otros formatos, lo que convierte este proyecto en una rareza dentro de su trayectoria y, al mismo tiempo, en una puerta de entrada distinta para nuevos lectores. Según explicaron los propios autores del proyecto, fue el entusiasmo y el talento mostrado en la propuesta lo que finalmente convenció al escritor de dar luz verde a esta adaptación, abriendo así la puerta a una reinterpretación visual de su universo que respeta los silencios y las atmósferas del texto original, ampliando al mismo tiempo sus capas simbólicas a través del dibujo.
Las críticas que también forman parte de su leyenda
No todo en la trayectoria de Murakami ha sido unanimidad. Pese a su enorme éxito comercial y a la legión de lectores fieles que ha cultivado en todo el mundo, su obra también ha generado críticas constantes, tanto dentro como fuera de Japón.
El reproche más recurrente dentro del propio país tiene que ver precisamente con esa influencia occidental que marca toda su narrativa. Parte del establishment literario japonés ha cuestionado durante años la «japonesidad» de sus libros, señalando que sus referentes, sus símbolos y su forma de narrar se alejan deliberadamente de la tradición literaria nacional.
Fuera de Japón, las críticas han apuntado en otra dirección: la construcción de sus personajes femeninos, frecuentemente reducidos a objeto de deseo o a catalizador emocional del protagonista masculino, sin una entidad narrativa propia comparable a la de sus narradores varones. Es precisamente este señalamiento el que da una relevancia especial al anuncio de «The Tale of Kaho», presentada por su propia editorial como la primera protagonista femenina en solitario de una novela completa del autor.
También ha habido voces que cuestionan el propio valor literario de su obra más reciente. Algunas reseñas de «La ciudad y sus muros inciertos» la han descrito como una novela densa, reiterativa y de difícil avance, en abierto contraste con quienes la consideran una de las cumbres de su producción. Esta división de opiniones, lejos de debilitar su figura, parece formar parte de la propia mitología que rodea al autor desde hace décadas.
La voz de la crítica internacional
La prensa cultural de todo el mundo ha intentado durante años explicar el fenómeno Murakami sin agotar del todo el misterio que rodea a su literatura. El crítico Antonio Lozano, en las páginas de La Vanguardia, llegó a describir la lectura de su obra como una experiencia transformadora, comparable a adentrarse en un bosque o bajar a un pozo. El periodista Rodrigo Fresán, desde El País, ha repetido en distintas ocasiones que Murakami, igual que los Beatles, provoca adicción en sus lectores, una afirmación que resume bien el carácter casi compulsivo con el que muchos seguidores afrontan cada nueva entrega del autor.
The Guardian lo ha incluido entre los mayores novelistas de la actualidad, mientras que medios económicos como el Financial Times han subrayado su capacidad para mezclar lo doméstico y lo esotérico con un resultado que pocos autores logran igualar. Esa combinación de literatura exigente y accesibilidad narrativa explica, en buena medida, que sus libros funcionen tanto en círculos académicos como entre lectores que se acercan a sus novelas sin ningún bagaje literario previo.
No todas las voces han sido igualmente elogiosas. Algunos críticos, tanto japoneses como occidentales, han señalado que su literatura tiende a repetir fórmulas: el protagonista solitario, la mujer que desaparece, el gato como presagio, la música como refugio. Para sus detractores, esa reiteración temática raya en la autocomplacencia. Para sus defensores, en cambio, esa misma constancia es la prueba de que Murakami ha construido un universo propio y coherente, comparable al que cualquier gran autor termina dejando como huella reconocible.
El «mundo de Murakami» como fenómeno cultural
Más allá de la discusión literaria estricta, Murakami se ha convertido en un fenómeno cultural que trasciende el ámbito de la lectura. Sus seguidores hablan habitualmente de adentrarse en el «mundo de Murakami», una expresión que resume bien la experiencia de leer sus novelas: ranas gigantes que desafían a oficinistas a luchar, lluvias de caballas cayendo del cielo, gatos que hablan, ciudades que cambian de forma según quien las recorra.
Ese universo, profundamente reconocible y a la vez difícil de explicar a quien no lo ha experimentado, es probablemente la mayor aportación de Murakami a la literatura contemporánea: la construcción de una mitología propia, coherente a través de más de cuarenta años de obra, capaz de absorber lo cotidiano y lo fantástico sin que ninguno de los dos planos resulte forzado.
El éxito de su última novela ha reactivado además el interés por todo su catálogo anterior, un fenómeno habitual cada vez que Murakami publica un nuevo título. Lectores que descubren por primera vez «La ciudad y sus muros inciertos» terminan, casi de manera inevitable, rastreando sus primeras novelas, sus colecciones de relatos y sus ensayos, en un recorrido que confirma la vigencia de un autor que, pese a haber cumplido ya 77 años, sigue ocupando un lugar central en la conversación literaria internacional.
Un legado que ya está escrito, con o sin Nobel
Cada octubre, cuando se acerca el anuncio del Premio Nobel de Literatura, el nombre de Haruki Murakami vuelve a sonar con la misma intensidad de los últimos quince años. Y cada octubre, la Academia Sueca elige a otro autor. Esa rutina, que podría leerse como una frustración, se ha convertido más bien en parte del relato público del escritor: el eterno candidato, el corredor de fondo de las letras contemporáneas, como llegó a definirlo el jurado del Princesa de Asturias.
Pero reducir la trayectoria de Murakami a la espera de un galardón sería injusto con una carrera que ya ha dejado una huella imborrable. Pocos escritores vivos pueden presumir de haber construido un estilo tan personal y, al mismo tiempo, tan accesible para millones de lectores en decenas de idiomas distintos. Pocos han logrado, además, mantenerse relevantes durante más de cuatro décadas sin repetirse de forma evidente, reinventando constantemente las mismas obsesiones: la soledad, la memoria, la música, los mundos paralelos, la pérdida.
Su trayectoria es también la de un escritor que ha sabido moverse con naturalidad entre registros muy distintos, desde la novela de gran formato hasta el relato breve, desde el ensayo personal hasta el periodismo de no ficción, sin que ninguno de esos cambios de registro haya diluido la identidad reconocible de su voz. Esa versatilidad, unida a una disciplina de trabajo que él mismo compara con el entrenamiento de un corredor de fondo, explica en buena medida la longevidad de un proyecto literario que comenzó casi por accidente, una noche de 1978, en las gradas de un estadio de béisbol.
Con «The Tale of Kaho» a punto de llegar a las librerías japonesas, Murakami demuestra que, incluso a estas alturas de su carrera, todavía conserva la capacidad de sorprender. El giro hacia una protagonista femenina no es solo una novedad temática: es una señal de que el autor sigue dispuesto a cuestionar sus propias certezas narrativas, algo poco habitual en escritores que ya tienen asegurado un lugar en la historia de la literatura. Queda por ver si ese giro abre además una nueva etapa dentro de su producción o si se trata, como ha ocurrido en otras ocasiones, de una incursión puntual antes de regresar a los escenarios y obsesiones que lo han acompañado durante toda su carrera.
Mientras la Academia Sueca decide si este es, por fin, el año del Nobel para Murakami, sus lectores seguirán haciendo lo que han hecho durante más de cuarenta años: cruzar el muro, entrar en la ciudad incierta y dejarse llevar por una voz que, pese a la repetición de sus temas, nunca termina de agotarse. Y es precisamente en esa paradoja, la de un autor que repite y a la vez sorprende, donde reside buena parte del secreto de su vigencia.