Glen Hansard murió el pasado 29 de julio en Dublín, la ciudad que nunca dejó de considerar su verdadero hogar por mucho que sus canciones lo llevaran a Nueva York, Broadway o los Óscar. Tenía 56 años. Según confirmó la policía irlandesa, la Garda Síochána, el accidente se produjo poco antes de las 4.30 de la madrugada, cuando el músico circulaba en motocicleta por una carretera de Lucan, al oeste de la capital, cerca de la zona conocida como Strawberry Beds, en Chapelizod. El siniestro no involucró a ningún otro vehículo. Hansard recibió asistencia médica en el lugar, pero falleció poco después.
La noticia llegó pocas horas más tarde a través de un comunicado de ATC Management, la agencia que representaba al artista desde hacía años. Con el corazón roto, anunciaban la muerte de un hombre que había pasado media vida cantando en las esquinas de Grafton Street antes de convertirse en uno de los compositores más queridos de su generación. La familia pidió privacidad mientras la investigación policial seguía su curso, y agradeció la rapidez con la que actuaron los servicios de emergencia.
Pocas horas antes de morir, Hansard había participado en una sesión de música tradicional en un pub de la zona, según relataron después medios irlandeses. Apenas tres semanas antes había ofrecido lo que terminaría siendo su último concierto en suelo irlandés, dentro de la programación estival del Trinity College de Dublín, un dato que muchos de sus allegados señalarían después como una despedida involuntaria de la ciudad que lo había formado como músico y como persona.
De Ballymun a las calles de Dublín
Glen James Hansard nació el 21 de abril de 1970 en Ballymun, un barrio del norte de Dublín conocido entonces por sus torres de viviendas sociales y por una vida de barrio dura pero muy unida. Fue en ese entorno donde desarrolló, desde niño, un vínculo con la música que terminaría marcando toda su existencia. Su madre tocaba y cantaba en casa, y el propio Hansard reconocería más adelante que la música nunca fue en su familia un adorno, sino una forma de estar en el mundo.
Dejó la escuela a los trece años. No fue una decisión tomada a la ligera ni un gesto de rebeldía adolescente sin más, sino la consecuencia de una vocación que ya entonces se le había hecho evidente. Empezó a tocar la guitarra en la calle, primero en su barrio y después en el centro de Dublín, en Grafton Street, la arteria comercial y peatonal que durante décadas sería su verdadero conservatorio. Uno de sus primeros profesores de música, en la Chatham Row School of Music de Dublín, le dijo entonces que no podía prometerle la fama, pero que si empezaba en ese momento nunca le faltaría el sustento gracias a su guitarra. Hansard recordaría esa frase toda su vida como una suerte de permiso para dedicarse por completo a la música.
Aquellos años de busker, de músico callejero, no fueron un simple prólogo romántico de su biografía. Fueron el lugar donde aprendió buena parte de lo que después se convertiría en su lenguaje artístico: la conexión directa con el público, la necesidad de ganarse la atención de la gente canción a canción, la mezcla de folk, soul y rock que definiría tanto a The Frames como a su obra en solitario. Grafton Street no era solo el escenario donde ensayaba su oficio, sino también el lugar donde, años más tarde, ambientaría la historia que le cambiaría la vida para siempre.
A los quince años empezó a colaborar como voluntario con la Dublin Simon Community, una organización dedicada a las personas sin hogar que sería, junto a la música, el otro gran eje de su vida adulta. A los diecisiete, junto a un grupo de amigos, intentó poner en marcha un refugio llamado First Step Project. Tenía una tía que había luchado durante años contra el alcoholismo y que murió sin hogar, en un banco de un parque de Birmingham, un día de Navidad. Ese dolor familiar, del que Hansard hablaría abiertamente en años posteriores, explica en parte la intensidad y la constancia de su compromiso posterior con las personas sin techo.
Aquellos años de adolescencia estuvieron marcados también por una autoexigencia poco habitual para su edad. Mientras la mayoría de sus compañeros de instituto seguían atrapados en la rutina escolar, Hansard pasaba horas enteras en Grafton Street, con el estuche de la guitarra abierto sobre el suelo, aprendiendo a leer al público, a sostener la atención de un transeúnte durante los tres minutos que duraba una canción y a convertir el rechazo, tan frecuente en la vida de cualquier músico callejero, en parte del propio oficio. Esa escuela de la calle, sin partituras ni conservatorios de por medio, terminaría siendo la que él mismo reivindicaría siempre como su verdadera formación musical.
The Frames, una banda como una familia
En 1990, con apenas veinte años, Hansard fundó The Frames en Dublín. El nombre de la banda no tenía nada de solemne: procedía de los cuadros de bicicletas rotas que solían acumularse en el jardín de su madre, donde él mismo se entretenía reparándolos. Aquella imagen, la de objetos desechados que vuelven a cobrar utilidad, terminaría siendo una metáfora bastante ajustada de lo que The Frames representó durante más de tres décadas: una banda que nunca fue especialmente fashion ni encajó en las modas del momento, pero que construyó una comunidad de seguidores fiel, casi familiar, en torno a una música intensa y sin artificios.
La banda original se formó con Hansard a la voz y la guitarra, John Carney al bajo, Dave Odlum a la guitarra y Paul Brennan a la batería. Con el tiempo se sumarían nombres que acabarían siendo inseparables del sonido de The Frames, como el violinista y teclista Colm Mac Con Iomaire o el bajista Joe Doyle. La banda firmó primero con Island Records y más tarde con ZTT, el sello fundado por el productor Trevor Horn que en su día había lanzado a Frankie Goes to Hollywood. En Estados Unidos, para evitar confusiones con otro grupo que ya usaba ese nombre, sus discos se publicaron bajo la denominación The Frames DC.
Los inicios no fueron sencillos. Para poder grabar sus primeras maquetas, la madre de Hansard llegó a pedir un préstamo bancario que permitió financiar las sesiones que después atrajeron el interés de Island Records. Aquel gesto, modesto pero decisivo, resume bien el tipo de complicidad familiar y de barrio sobre la que se sostuvo buena parte de la carrera de Hansard, siempre reacio a presentarse como una estrella surgida de la nada y siempre dispuesto a recordar a quienes lo habían ayudado en los años previos al reconocimiento.
Dublín de comienzos de los noventa era un escenario musical dominado por la ironía y el desapego, una escena en la que el entusiasmo desbordado de Hansard, con su media melena pelirroja y su forma directa de entregarse sobre el escenario, resultaba casi un anacronismo. The Frames no encajaban en las modas del momento y tardaron años en ser tomados en serio por una parte de la crítica local, que los consideraba una banda demasiado sentimental para los tiempos que corrían. Esa misma falta de encaje terminaría siendo, con el paso de las décadas, uno de los rasgos que más apreciarían sus seguidores: una banda que nunca dejó de sonar como sí misma, ajena a cualquier cálculo comercial.
Su primer álbum, Another Love Song, apareció en 1991 y durante años fue difícil de encontrar, lo que llevó a que Fitzcarraldo, publicado en 1996, se convirtiera para muchos oyentes en el verdadero punto de partida del grupo. Ya en ese disco se apreciaba un sonido de rock emocional, directo, sostenido por arreglos de violín y teclado que evitaban que la vulnerabilidad de las letras de Hansard cayera en el melodrama. Canciones como Revelate, con ecos del primer U2, se convirtieron pronto en clásicos de directo.
A esos primeros discos les siguieron Dance the Devil (1999) y For the Birds (2001), producido por Steve Albini, que consolidaron a The Frames como una de las bandas de culto más respetadas de Irlanda. Le siguieron dos álbumes en directo, Breadcrumb Trail (2002) y Set List (2003), que documentaron la fama que la banda se había labrado sobre los escenarios, donde sus conciertos tenían fama de ser auténticas ceremonias colectivas, largas, imprevisibles y muy físicas.
En 2004 llegó Burn the Maps, que alcanzó el número uno en la lista de álbumes de Irlanda, y en 2006 publicaron The Cost, otro de los discos más aclamados de su trayectoria, que llegó al mercado el mismo año en que la vida de su líder empezaba a cambiar radicalmente gracias a un pequeño proyecto de cine independiente. En total, The Frames llegaron a publicar seis álbumes de estudio, cuatro de los cuales entraron en el top diez de las listas irlandesas, y mantuvieron su actividad, con distintas formaciones y pausas, hasta prácticamente el final de la vida de Hansard, quien seguía presentándose en los escenarios de Dublín con la banda que lo había formado como artista.
El actor accidental de The Commitments
Antes de que el mundo conociera a Hansard como compositor, lo conoció, sin saberlo del todo, como actor. En 1991 fue elegido para interpretar al guitarrista Outspan Foster en The Commitments, la adaptación cinematográfica que Alan Parker hizo de la novela de Roddy Doyle sobre un grupo de jóvenes de un barrio obrero de Dublín que forman una banda de soul. La película, ganadora de un premio BAFTA, se convirtió en un pequeño fenómeno y sigue siendo hoy una referencia del cine irlandés contemporáneo.
Fue, en cierto modo, un papel casi accidental para un músico que en ese momento estaba centrado por completo en sacar adelante a The Frames, pero que terminaría siendo decisivo. En el rodaje de The Commitments coincidió con el bajista de su propia banda, John Carney, que trabajaba entonces también en tareas de producción dentro del cine. Quince años más tarde, esa amistad y esa complicidad artística resultarían determinantes para el proyecto que cambiaría por completo la trayectoria de Hansard.
Once, la película que lo cambió todo
En 2006, John Carney, que ya se había alejado de la música para dedicarse a la dirección, empezó a preparar una pequeña película rodada en Dublín con un presupuesto mínimo, apenas 112.000 euros, y con dos cámaras de mano. El guion se construyó a partir de historias que el propio Hansard le había contado sobre sus años como músico callejero, y terminó de perfilarse alrededor de un conjunto de canciones que Hansard ya tenía compuestas.
Once cuenta la historia de un músico callejero de Dublín, apodado simplemente Guy, y de una joven inmigrante checa, Girl, vendedora ambulante de flores que también compone canciones, aunque nunca las interpreta en público. Los dos se cruzan por azar en una tienda de instrumentos musicales de la ciudad y terminan compartiendo una semana de intensa colaboración creativa y una historia de amor tan contenida como profunda. El papel de Guy iba a protagonizarlo en un primer momento el actor Cillian Murphy, pero finalmente fue el propio Hansard quien terminó interpretándolo, junto a una debutante llamada Markéta Irglová, música checa sin experiencia previa como actriz.
La película se estrenó en el Festival de Sundance de 2007, donde se llevó el Premio del Público, y se convirtió en una de las grandes sorpresas independientes de aquel año. La banda sonora se publicó el 22 de mayo de 2007 en Estados Unidos y cuatro días después en Irlanda, y entre sus canciones destacaba especialmente un tema escrito y compuesto conjuntamente por Hansard e Irglová, que en la película los dos personajes interpretan juntos, él a la guitarra y ella al piano, en la tienda de música Walton’s de Dublín: Falling Slowly.
El impacto de Once fue muy superior a lo que cualquiera hubiera podido prever para una producción tan modesta. La crítica la recibió con entusiasmo, ganó el Independent Spirit Award a la mejor película extranjera y, sobre todo, dio a conocer internacionalmente a un músico que llevaba diecisiete años tocando en la escena independiente irlandesa sin haber logrado nunca una repercusión comparable.
El Óscar y el fenómeno Falling Slowly
Falling Slowly se convirtió, sin que nadie lo hubiera planeado, en la canción que definiría a Hansard ante el gran público durante el resto de su vida. Construida sobre una progresión sencilla de guitarra y piano, con las voces de Hansard e Irglová entrelazándose de forma casi conversacional, la canción funcionaba como una extensión natural de la historia de la película: dos personas que se descubren, con cautela y esperanza, a través de la música.
El 24 de febrero de 2008, en la 80ª edición de los Premios de la Academia, Falling Slowly ganó el Óscar a la mejor canción original. Hansard subió al escenario visiblemente incrédulo, y su reacción, entre la sorpresa y la incredulidad de encontrarse allí, quedó grabada como uno de los momentos más espontáneos de la gala de aquel año. A Irglová, por su parte, la producción le cortó el micrófono antes de que pudiera terminar su discurso, un gesto que generó tanta polémica que el propio presentador de la ceremonia, Jon Stewart, decidió invitarla de nuevo al escenario más tarde para que pudiera completar sus palabras, dedicadas a reivindicar el trabajo de los artistas independientes. Con aquel triunfo, Irglová se convirtió, con apenas diecinueve años, en la persona más joven en ganar un Óscar fuera de las categorías interpretativas.
La banda sonora de Once recibió además una nominación al Grammy, y la propia canción fue reconocida con varios premios de crítica en Estados Unidos, entre ellos el de mejor canción de los Critics’ Choice Awards. Más allá de las estatuillas, Falling Slowly se convirtió en una de esas raras canciones que trascienden su origen cinematográfico y adquieren vida propia, versionada durante años por artistas de muy distintos géneros y adoptada por miles de parejas como banda sonora sentimental.
The Swell Season
El rodaje de Once no solo unió artísticamente a Hansard e Irglová, sino que dio pie a una relación sentimental que, en paralelo, alimentó un proyecto musical conjunto: The Swell Season. El nombre del dúo estaba tomado de la novela homónima de 1975 del escritor checo Josef Škvorecký, uno de los autores favoritos de Hansard. Su álbum de debut, publicado en 2006 bajo ese mismo título, precedió incluso al estreno de la película que los haría famosos a ambos.
Hansard e Irglová se habían conocido en 2001, durante un concierto en la localidad checa donde ella vivía, cuando Irglová era apenas una adolescente con un talento precoz para el piano. Años más tarde, el rodaje de Once y el éxito repentino de Falling Slowly convirtieron aquella colaboración esporádica en una carrera compartida. Como pareja artística y sentimental, giraron juntos durante los años posteriores al estreno de la película, aunque su relación de pareja terminó en 2009.
La ruptura sentimental no puso fin a la colaboración musical entre ambos. En octubre de aquel mismo 2009 The Swell Season publicó su segundo álbum de canciones originales, Strict Joy, editado por el sello Anti- y grabado ya en un clima personal mucho más complejo que el de su debut, con Hansard e Irglová tratando de sostener una relación artística después de haber puesto fin a la sentimental. Con el tiempo, esa capacidad de separar ambos planos se convertiría en una de las características más admiradas de su vínculo. The Swell Season llegó a publicar tres discos de estudio en total, el último de ellos, Forward, editado en 2025, prueba de que la amistad y la complicidad artística entre ambos sobrevivieron con solidez al final de su historia sentimental. De hecho, ambos siguieron compartiendo escenario de forma ocasional hasta el año anterior a la muerte de Hansard, incluido un concierto en Berlín en mayo de 2025.
En paralelo a su propia carrera, Hansard cultivó también una sólida amistad musical con el cantante de Pearl Jam, Eddie Vedder, a quien acompañó como telonero en su gira estadounidense de 2011, coincidiendo con la publicación del disco de Vedder Ukulele Songs. Aquella colaboración, nacida del respeto mutuo entre dos músicos con una idea muy parecida de la honestidad artística, se prolongaría durante más de una década, hasta la gira conjunta que ambos emprendieron en 2022 y hasta la propia despedida final de Hansard, en la que Vedder tendría un papel destacado.
Colaboraciones, cine y televisión
Al margen de The Frames, The Swell Season y su carrera en solitario, Hansard mantuvo a lo largo de los años una actividad constante como colaborador en proyectos ajenos, casi siempre vinculados a causas benéficas o a su pasión por el cine. En 2006 formó parte de The Cake Sale, un colectivo formado por músicos irlandeses e internacionales, entre ellos Gary Lightbody, de Snow Patrol, Lisa Hannigan, Damien Rice o Josh Ritter, reunidos para grabar un disco benéfico en favor de la campaña Make Trade Fair de Oxfam. El álbum, publicado aquel mismo noviembre, se convirtió en disco de platino en Irlanda y recaudó cientos de miles de euros para la organización humanitaria.
Su querencia por el séptimo arte tampoco se limitó a The Commitments y Once. Grabó una versión de You Ain’t Goin’ Nowhere, de Bob Dylan, para la película I’m Not There, de Todd Haynes, y aportó canciones a las bandas sonoras de películas como The Odd Life of Timothy Green o la adaptación cinematográfica de El profeta, de Kahlil Gibran, esta última en colaboración con la cantante Lisa Hannigan. En 2012 puso voz a Take the Heartland para la banda sonora de Los juegos del hambre, un encargo que lo llevó, por una vez, a moverse dentro de la maquinaria de un gran estudio de Hollywood sin perder por ello su forma de trabajar artesanal.
En 2003 había presentado además Other Voices: Songs from a Room, un programa de la televisión pública irlandesa RTÉ dedicado a mostrar en directo, en un formato íntimo y desnudo, a artistas emergentes de la escena musical del país, muchos de los cuales acabarían siendo referentes de la música irlandesa contemporánea. También prestó su voz a un episodio de Los Simpson, en el que interpretó a un músico callejero irlandés, un guiño que sus seguidores más fieles interpretaron como una forma de humor consciente sobre su propia leyenda de busker.
Once, el musical que conquistó Broadway
El éxito de la película tuvo una segunda vida, más inesperada aún, sobre los escenarios de teatro musical. La adaptación teatral de Once, con libreto de la dramaturga irlandesa Enda Walsh y dirección de John Tiffany, se estrenó primero en el circuito no lucrativo del New York Theatre Workshop en noviembre de 2011, y el éxito de aquellas funciones propició su salto a Broadway pocos meses después, en marzo de 2012, en el Bernard B. Jacobs Theatre.
La música y las letras seguían siendo las de Hansard e Irglová, incluida por supuesto Falling Slowly, reorquestada para un elenco de trece actores y músicos que interpretaban sus propios instrumentos en escena, una particularidad que distinguió al montaje de la mayoría de musicales de Broadway de la época. El montaje, protagonizado por Steve Kazee y Cristin Milioti en los papeles de Guy y Girl, recibió once nominaciones a los Premios Tony de 2012 y se alzó finalmente con ocho, entre ellos los de mejor musical, mejor actor protagonista para Kazee, mejor libreto, mejor dirección y mejor diseño de sonido. Un año después, en 2013, el álbum del reparto original de Broadway ganó además el Grammy al mejor álbum de teatro musical.
Once permaneció en cartel en Broadway durante más de tres años, con 1.167 representaciones, y viajó después al West End londinense en 2013, además de a giras por Estados Unidos y montajes en distintos países, entre ellos Argentina y Brasil. Para Hansard, aquel recorrido supuso una experiencia insólita: ver cómo una historia nacida de sus propias vivencias como músico callejero en Grafton Street terminaba representada, noche tras noche, en uno de los templos del teatro comercial mundial.
La carrera en solitario
Tras años repartidos entre The Frames y The Swell Season, Hansard publicó en 2012 su primer álbum en solitario, Rhythm and Repose. El disco nació de una etapa de mudanza a Nueva York y del proceso emocional posterior a la ruptura sentimental con Irglová, y su tono, marcado por baladas lentas y arreglos de piano y cuerda, reflejaba de forma bastante directa ese momento vital. Canciones como High Hope, que Hansard interpretó incluso en un episodio de la serie Parenthood, o The Storm, It’s Coming se convirtieron en piezas centrales de su repertorio de directo durante los años siguientes.
En 2015 llegó Didn’t He Ramble, su segundo trabajo en solitario, que recibió una nominación al Grammy al mejor álbum de folk en la 58ª edición de los premios. El disco confirmó una evolución hacia un sonido más orgánico, cercano a la tradición del folk y el soul, en el que se apreciaba con claridad la influencia de referentes como Van Morrison, una comparación que la crítica repetiría a menudo a lo largo de toda su discografía en solitario.
Los años siguientes trajeron Between Two Shores (2018), que entró en listas de éxito en distintos países, y This Wild Willing (2019), un disco más experimental y de producción más densa que sorprendió a parte de su público habitual. En medio de ese periodo, Hansard participó también en proyectos paralelos, como la grabación de una canción para la banda sonora de Los juegos del hambre o una colaboración con la cantante Lisa Hannigan en On Love, incluida en la banda sonora de la adaptación cinematográfica de El profeta de Kahlil Gibran.
Su quinto álbum en solitario, All That Was East Is West of Me Now, se publicó el 20 de octubre de 2023 a través de los sellos Plateau Records y Anti-. Grabado en localidades junto al lago italiano de Como y en Dublín, y producido por su antiguo compañero de banda Dave Odlum, el disco combinaba momentos de folk sinfónico e intimista, como la balada Sure As the Rain, cantada en parte en francés, con arranques de rock más directo, herederos de su etapa con The Frames, como Bearing Witness. La crítica especializada lo recibió como uno de los trabajos más maduros y exigentes de toda su trayectoria en solitario, y varios medios lo situaron entre lo mejor de su producción desde Once.
En paralelo a estos discos, Hansard mantuvo una intensa actividad como intérprete de directo, con giras que lo llevaron por Europa y Estados Unidos, además de colaboraciones puntuales muy significativas, como su participación en el concierto homenaje por el 75 cumpleaños de Joni Mitchell en Los Ángeles en 2018, en el que interpretó el clásico Coyote, o la gira que compartió con Eddie Vedder en 2022.
La crítica especializada coincidió durante años en señalar una serie de rasgos constantes en la obra de Hansard en solitario, más allá de los cambios de sonido entre un álbum y otro: una voz rasgada y muy física, capaz de pasar del susurro al grito dentro de una misma canción, una escritura que recurría con frecuencia a imágenes de tormentas, mareas y caminos como metáforas de los procesos emocionales, y una tendencia a construir los temas como pequeñas confesiones que, lejos de resultar impostadas, mantenían siempre una cercanía casi conversacional con quien escuchaba. Esa combinación de vulnerabilidad y fuerza interpretativa, presente ya en sus primeros discos con The Frames, terminó siendo la seña de identidad que lo acompañó durante toda su trayectoria como solista.
El activista incansable
Si la música definió la obra pública de Glen Hansard, su compromiso con las personas sin hogar definió buena parte de su carácter privado. Ese compromiso, que arrancó con su voluntariado adolescente en la Dublin Simon Community, se transformó con los años en una de las iniciativas benéficas más reconocibles de Irlanda: el llamado Christmas Eve busk, una sesión musical callejera que Hansard organizaba cada Nochebuena en Grafton Street o en sus inmediaciones desde 2010.
Lo que había empezado como una improvisación entre amigos se convirtió, con el paso de los años, en una cita ineludible del calendario dublinés, con más de una treintena de artistas subiéndose a tocar cada edición. Por aquel escenario improvisado pasaron nombres como Bono, Sinéad O’Connor, Imelda May, Shane MacGowan, Dermot Kennedy, Gavin James, Róisín O o Damien Rice, casi siempre con una versión coral de Fairytale of New York, de The Pogues, como cierre emocional de la velada. Lo recaudado, a través de las donaciones del público congregado en la calle, se destinaba íntegramente a la Dublin Simon Community, y a lo largo de más de década y media el busk llegó a recaudar más de dos millones de euros para la organización.
El compromiso de Hansard con la causa de las personas sin techo no se limitó a los escenarios. En diciembre de 2016, junto a un centenar de personas, entre ellas varios artistas de renombre, ocupó Apollo House, un edificio de oficinas vacío en el centro de Dublín, con el objetivo de dar cobijo a personas sin hogar durante las semanas más duras del invierno y de denunciar la falta de vivienda social en el país. La ocupación terminó tras una orden judicial, y el propio Hansard reconocería después tener ciertos reparos sobre cómo se desarrolló todo aquello, aunque nunca se arrepintió de haber participado. Consideraba que aquel tipo de gestos, por imperfectos que fueran, eran los que de verdad podían generar un cambio, precisamente porque nacían de personas dispuestas a actuar sin pararse demasiado a pensarlo.
Su activismo tuvo también una dimensión más directamente política. En 2014 participó en las protestas del movimiento Right2Water contra la introducción de tasas por el consumo de agua en Irlanda, y llegó a actuar frente al Parlamento junto a otros músicos como Damien Dempsey. Explicó entonces que él mismo no se consideraba un hombre de política, pero que sentía que la sociedad irlandesa se había visto obligada a serlo, empujada por una sensación creciente de hartazgo compartido. En 2017 volvió a plantarse ante la sede del Gobierno, esta vez para interpretar una versión reescrita de Happy Xmas (War Is Over), de John Lennon, en la que reclamaba con crudeza medidas urgentes contra la crisis de la vivienda, recordando que ningún portal debería ser un lugar donde dormir ni ningún hotel el sitio donde criar a los hijos.
Ese mismo espíritu reivindicativo estuvo presente en las últimas ediciones del Christmas Eve busk, incluida la de diciembre de 2022, cuando Hansard aprovechó el escenario improvisado frente al Gaiety Theatre para pedir que no se enfrentara a las personas sin hogar con quienes buscaban asilo en el país, insistiendo en que ambas realidades no debían tratarse como excluyentes entre sí. Aquella noche, dos cantantes ucranianos subieron también al escenario junto a él para interpretar un villancico tradicional de su país, en un gesto que anticipaba el compromiso que Hansard mantendría con la causa ucraniana en los años siguientes.
La Dublin Simon Community, que llevaba décadas contando con Hansard como uno de sus valedores más constantes, describió tras su muerte el vacío que dejaba su ausencia, subrayando que había sido mucho más que un artista solidario ocasional: había sido, según la propia organización, una figura decisiva en la lucha contra la exclusión residencial en la ciudad, alguien que entendía la pobreza y la falta de hogar no como un problema ajeno, sino como una injusticia que le tocaba de cerca. En los días posteriores a su muerte, las donaciones a la organización en su memoria superaron los sesenta mil euros, la mitad de ellos procedentes de fuera de Irlanda, una cifra que evidenciaba el alcance internacional de un compromiso que había nacido, muchos años antes, en las calles de su propio barrio.
Más recientemente, tras el inicio de la invasión rusa de Ucrania en 2022, Hansard grabó el tema Take Heart junto a Markéta Irglová, Bono y varios refugiados ucranianos, como gesto de solidaridad con la población afectada por el conflicto. Aquel compromiso con la causa ucraniana se mantuvo hasta el final de su vida, hasta el punto de que, en lugar de flores o regalos, su familia pidió tras su muerte que las donaciones se destinaran tanto a la Dublin Simon Community como a Ukrainian Action Ireland.
Una nueva vida en la paternidad
Durante buena parte de su vida adulta, Hansard había repartido su tiempo casi en exclusiva entre la música y el activismo, sin que la vida familiar ocupara un lugar central en sus prioridades. Eso cambió de forma decisiva con la llegada de Maire Saaritsa, poeta y traductora finlandesa nacida en 1992, a quien Hansard describiría después como la persona en la que había reconocido, de manera casi inmediata, a la madre de sus futuros hijos.
La pareja tuvo un primer gesto simbólico de compromiso en 2020, poco después de la muerte de la madre de Hansard, cuando el músico le entregó a Saaritsa un anillo junto a la tumba materna. La boda oficial, sin embargo, no llegó hasta finales de diciembre de 2022, poco después del nacimiento de su único hijo, Christy, en octubre de ese mismo año. Hansard, que entonces tenía 52 años, habló en distintas entrevistas de cómo la paternidad tardía había supuesto para él un cambio radical de perspectiva, después de más de cinco décadas en las que, según sus propias palabras, había sido el centro casi exclusivo de su propia vida.
La familia repartía su tiempo entre Irlanda y Finlandia, de manera que Christy pudiera mantener el contacto con ambas ramas familiares, especialmente durante las largas giras de su padre. Saaritsa, contaría Hansard, había aceptado desde el principio que se había casado con una suerte de trovador itinerante, y ambos habían encontrado la manera de que esa vida en constante movimiento conviviera con la crianza de su hijo. Aquella etapa final, marcada por una paternidad tardía pero muy vivida, se convirtió para buena parte de sus allegados en una de las facetas más entrañables del último Hansard, alejado ya de buena parte del ruido mediático pero tan comprometido como siempre con su música y sus causas.
Una despedida multitudinaria
La noticia de la muerte de Hansard provocó una oleada inmediata de homenajes que trascendió con mucho el ámbito de la música irlandesa. Bruce Springsteen, que había coincidido con él en distintas ocasiones a lo largo de los años, lo recordó como un gran músico y, sobre todo, como un amigo generoso y cercano, siempre dispuesto a cantar. El músico australiano Warren Ellis, la actriz Rachel Zegler, el creador de Hamilton Lin-Manuel Miranda, el expresidente estadounidense Barack Obama y la cantante Billie Eilish, que llegó a decir que no sería la artista que es hoy sin la influencia de Hansard, se sumaron también a las condolencias públicas.
En Irlanda, el impacto fue todavía mayor. Figuras como Bono, Bob Geldof, Cait O’Riordan, Andrea Corr o Hozier lo despidieron públicamente, y el propio expresidente Michael D. Higgins lo definió como un intérprete extraordinario que había dedicado buena parte de su vida a poner el foco sobre los problemas más urgentes de la sociedad irlandesa. Markéta Irglová, su antigua pareja y compañera en The Swell Season, publicó un mensaje especialmente emotivo en el que agradecía la confianza compartida durante años y se despedía de él con la certeza de que volverían a encontrarse.
El jueves 30 de julio, apenas un día después de conocerse la noticia, un grupo de músicos callejeros organizó de forma espontánea un busk conmemorativo en Dublín, en un gesto que recordaba directamente a la tradición que el propio Hansard había mantenido viva durante más de década y media. En los días posteriores se habilitó también un velatorio público en la ciudad, al que acudieron miles de personas, muchas de ellas llegadas expresamente desde el extranjero, entre ellas admiradores procedentes de Chicago o de los Países Bajos, para despedir a un músico al que sentían como parte de su propia biografía sentimental.
El funeral se celebró finalmente el martes 4 de agosto en la catedral de San Patricio de Dublín, uno de los templos más emblemáticos de la ciudad, y fue retransmitido en pantallas instaladas en el exterior para la multitud que no pudo acceder al interior. El féretro, de mimbre y decorado con flores silvestres, llegó hasta la catedral en un coche fúnebre tirado por caballos, entre los aplausos de cientos de personas congregadas a lo largo del recorrido. El folleto oficial de la ceremonia describía el acto como una celebración de la vida de Glen Hansard, nacido el 21 de abril de 1970 y fallecido el 29 de julio de 2026.
Al servicio religioso, oficiado por el reverendo William Morton, asistieron figuras como Bono, que llegó acompañado de su esposa, Ali Hewson, el guitarrista The Edge, la cantante Imelda May, que mantenía con Hansard una amistad de treinta y cinco años, el músico Mundy y la cantante estadounidense Patti Smith. La ceremonia arrancó con la interpretación de Críost Liom a cargo del coro masculino Cór Chúil Aodha, y contó con un momento de especial recogimiento cuando Colm Mac Con Iomaire, compañero de Hansard en The Frames durante más de tres décadas, interpretó en solitario una pieza tradicional en la explanada de la catedral. Eddie Vedder, líder de Pearl Jam, cantó junto a Markéta Irglová una de las canciones más personales del repertorio de Hansard, mientras que su hermano, Richie Hansard, pronunció un emotivo panegírico en su memoria.
Fue su esposa, Maire Saaritsa, quien tomó la palabra ante la multitud congregada en el templo para agradecer, entre otras cosas, la humanidad con la que los agentes de la Garda la habían tratado en las horas posteriores al accidente, y para dar las gracias por el apoyo recibido durante una semana que describió como la más desgarradora de su vida. La ceremonia se cerró con una versión coral de Forever Young, de Bob Dylan, interpretada por Bono, Vedder, The Edge, el cantante Liam Ó Maonlaí y un coro formado por decenas de músicos reunidos alrededor del altar, un cierre que muchos de los presentes describieron después como imposible de presenciar sin lágrimas.
El cortejo fúnebre recorrió después las calles del centro de Dublín en dirección al cementerio y crematorio de Mount Jerome, en Harold’s Cross, donde tuvo lugar una ceremonia privada reservada a la familia más cercana. A su paso, cientos de personas volvieron a congregarse en las aceras para aplaudir el paso del coche fúnebre, en una escena que resumía bien el lugar que Hansard ocupaba en el imaginario colectivo de su ciudad, mucho más allá de su condición de estrella internacional.
El recuerdo de un trovador
Pocos artistas han logrado sostener, a lo largo de más de tres décadas, una carrera tan coherente entre lo que cantaban y cómo vivían. Glen Hansard nunca dejó de tocar en la calle, ni siquiera cuando ya era un ganador del Óscar capaz de llenar auditorios en medio mundo, y nunca separó del todo su música de su compromiso con quienes menos tenían. Su vieja guitarra acústica Takamine, con un agujero abierto por años de rasgueo constante en la madera, se convirtió con el tiempo en un símbolo casi involuntario de esa coherencia: un instrumento desgastado hasta el límite que millones de espectadores vieron después, sin saberlo del todo, en la pantalla de cine, convertido en parte del atrezo de Once.
The Frames, The Swell Season, su carrera en solitario, el musical de Broadway, el Óscar, los años de activismo en las calles de Dublín, la paternidad tardía y feliz junto a Maire Saaritsa y su hijo Christy: todos esos capítulos, tan distintos entre sí, compusieron finalmente la biografía de un músico que empezó tocando por unas monedas en Grafton Street y terminó siendo despedido por miles de personas en la catedral de San Patricio. Entre uno y otro extremo queda una obra extensa, honesta y profundamente irlandesa, que seguirá sonando, como él mismo hubiera querido, en las calles y en los escenarios de todo el mundo.
Quienes lo conocieron de cerca insisten en un mismo rasgo cuando intentan resumir quién fue Glen Hansard más allá de los premios y los titulares: la sensación de que nunca dejó de ser, en el fondo, aquel adolescente que a los trece años decidió apostarlo todo por una guitarra y una esquina de Dublín. Ni el Óscar, ni Broadway, ni los escenarios más grandes de Europa y Estados Unidos alteraron sustancialmente esa manera de entender la música como un acto de generosidad casi física, entregada primero a quien pasaba por la calle y, más tarde, a las causas y a las personas a las que decidió dedicar buena parte de su tiempo y de su dinero.
Su desaparición deja además un vacío muy concreto en el tejido cultural y social de Dublín, una ciudad en la que pocos artistas han sido, al mismo tiempo, un referente musical de proyección internacional y una presencia cotidiana tan reconocible en sus calles. El propio funeral, con su mezcla de solemnidad religiosa y música popular, con estrellas internacionales cantando codo con codo con coros tradicionales gaélicos, resumió bien esa doble condición de Hansard: la de un artista de alcance global que jamás dejó de sentirse, ante todo, un vecino más de Ballymun con una guitarra al hombro.