El 19 de septiembre de 1985 murió en Siena un escritor que llevaba toda la vida desconfiando de las certezas. Italo Calvino tenía sesenta y un años y había pasado el verano preparando unas conferencias que nunca llegó a pronunciar. Cuatro décadas después, esas notas incompletas, publicadas como Seis propuestas para el próximo milenio, se siguen citando como si hubieran sido escritas la semana pasada. Pocos autores del siglo XX han envejecido tan bien.
Calvino no fue solo el creador de barones que viven en los árboles o de ciudades que no existen en ningún mapa. Fue también editor, ensayista, militante y disidente, coleccionista de cuentos populares y explorador de las posibilidades combinatorias del lenguaje. Fue, además, uno de los escritores italianos más traducidos del siglo XX en el momento de su muerte, con una influencia que se extendió mucho más allá de las fronteras de su país y que sigue alimentando hoy tesis universitarias, exposiciones y nuevas ediciones en decenas de idiomas.
Su obra atraviesa el neorrealismo de posguerra, la fábula, el ensayo científico convertido en literatura y una de las cumbres del experimentalismo narrativo del siglo pasado. Pocas trayectorias literarias resultan tan difíciles de reducir a una sola etiqueta. Calvino fue, según el momento, un cronista de la Resistencia, un fabulista que rescató el imaginario caballeresco, un editor decisivo para la literatura italiana de posguerra, un miembro del Oulipo fascinado por las estructuras matemáticas del relato y, en sus últimos años, un ensayista que reflexionó sobre el futuro mismo de la literatura. Repasar esa trayectoria completa es, todavía hoy, una de las mejores formas de entender qué puede hacer la literatura cuando decide no quedarse quieta.
Un niño entre plantas exóticas y libros de aventuras
Italo Calvino nació el 15 de octubre de 1923 en Santiago de las Vegas, un suburbio de La Habana, en Cuba. Su padre, Mario Calvino, era agrónomo y había vivido antes en México, donde ocupó un cargo en el Ministerio de Agricultura tras emigrar desde su Liguria natal. Su madre, Eva Mameli, era botánica y profesora universitaria, una de las primeras mujeres italianas en dedicarse a la ciencia de forma profesional. Ambos eran librepensadores, cercanos al anarquismo y al socialismo, y decidieron no dar a sus hijos ninguna educación religiosa.
El nombre del escritor fue una decisión de su madre, que quiso recordarle sus raíces italianas incluso antes de saber que la familia regresaría pronto a Italia. Años más tarde, Calvino confesaría que el nombre le sonaba a él mismo excesivamente nacionalista. En 1925, con apenas dos años, la familia volvió a instalarse de forma definitiva en Sanremo, en la costa de Liguria, donde Mario dirigió una estación experimental de floricultura y cultivó frutas entonces exóticas en la región, como el aguacate y el pomelo.
Esa infancia rodeada de invernaderos, bosques y variedades botánicas dejó una huella profunda en su imaginación. Los paisajes frondosos que aparecen en El barón rampante o en buena parte de sus primeros cuentos remiten directamente a las colinas detrás de Sanremo, donde el joven Italo y su hermano Floriano, que llegaría a ser un geólogo reconocido, pasaban horas subidos a los árboles leyendo novelas de aventuras. Calvino era, según sus propias palabras, algo así como la oveja negra de una familia que valoraba mucho más la ciencia que la literatura.
La escolarización también fue atípica para la Italia de aquellos años. Calvino asistió primero a una guardería inglesa y después a una escuela protestante dirigida por valdenses, antes de completar el bachillerato clásico en el instituto estatal Gian Domenico Cassini. Exento de las clases de religión por decisión de sus padres, tuvo que justificar frecuentemente ante compañeros, profesores y bedeles su condición de disidente en un país cada vez más fascistizado. Con el tiempo llegaría a decir que aquella experiencia lo había vuelto especialmente tolerante con las creencias ajenas, sobre todo en materia religiosa, precisamente por haber sufrido en carne propia la burla de la mayoría.
Fue en esos años cuando trabó una amistad decisiva con Eugenio Scalfari, futuro fundador de los periódicos La Repubblica y L’Espresso, con quien compartió pupitre y las primeras discusiones políticas que marcarían su despertar ideológico. Uno de sus recuerdos más tempranos, y también más oscuros, fue el de un profesor marxista que llegó una noche a cenar a su casa con la cara ensangrentada tras haber sido golpeado por las camisas negras de Mussolini, una imagen que el propio Calvino citaría después como el origen de su conciencia política.
La guerra, la clandestinidad y el nacimiento de un escritor
En 1941 Calvino se matriculó en la Facultad de Agricultura de la Universidad de Turín, siguiendo la tradición familiar, aunque su verdadera vocación apuntaba hacia el teatro y la literatura. Leía en secreto a Vittorini, Montale y Pavese mientras aprobaba exámenes de agronomía para no decepcionar a sus padres. Dos años después se trasladó a la Universidad de Florencia, en un país que empezaba a desmoronarse bajo la ocupación alemana y la república títere de Salò.
Con veinte años, Calvino se negó al servicio militar y se echó al monte. Tras valorar las distintas facciones partisanas, se decantó por los grupos comunistas, que le parecían los mejor organizados. En la primavera de 1944 se unió, bajo el nombre de guerra Santiago, a las Brigadas Garibaldi, y combatió durante veinte meses en los Alpes marítimos hasta la liberación de Italia en 1945. Mientras tanto, sus padres fueron retenidos como rehenes por los nazis en la villa familiar, y Calvino recordaría siempre el coraje de su madre, que se mantuvo firme incluso cuando los fascistas simularon fusilar a su marido delante de ella en tres ocasiones distintas.
Terminada la guerra, Calvino se instaló en Turín, ciudad que describiría con humor como seria pero triste, y retomó los estudios, esta vez en la Facultad de Letras. Fue Elio Vittorini quien lo introdujo en el mundo editorial al publicar su primer relato, Andato al comando, en la revista Il Politecnico. La experiencia de la guerra, sumada a su nueva militancia en el Partido Comunista Italiano, se convirtió en el material de su primera novela.
El sendero de los nidos de araña, escrita con consejos editoriales de Cesare Pavese, ganó el Premio Riccione en 1947 y vendió más de cinco mil ejemplares, una cifra sorprendente para la Italia de posguerra. Pavese saludó al joven autor como una especie de ardilla de la pluma, capaz de trepar a los árboles para observar la vida partisana como si fuera una fábula del bosque. Ese mismo año Calvino se licenció con una tesis sobre Joseph Conrad y comenzó a trabajar en el departamento de publicidad de la editorial Einaudi, dirigida por Giulio Einaudi.
El paso por Einaudi lo puso en contacto directo con Pavese, Natalia Ginzburg, Norberto Bobbio y buena parte de la intelectualidad de izquierdas italiana. En 1949 publicó El cuervo llega el último, una colección de relatos basados en su experiencia bélica que confirmó su talento como narrador breve. Al año siguiente entrevistó a Ernest Hemingway, uno de sus autores de referencia, durante un viaje a Stresa junto a Ginzburg.
La crisis creativa y el descubrimiento de la fábula
Entre 1947 y 1954 Calvino escribió tres novelas de corte realista que nunca llegó a considerar satisfactorias y que en gran parte quedaron inéditas en vida. Esa crisis, sin embargo, resultó fértil. Trabajando en una de ellas comprendió algo esencial sobre su propio oficio: en lugar de forzarse a escribir el libro que se esperaba de él, debía seguir la memoria de lo que había amado desde niño, inventar el libro que a él mismo le habría gustado leer, como si lo hubiera encontrado por casualidad en un desván, escrito por un autor desconocido de otra época y otro país.
De esa intuición nació El vizconde demediado, escrita en apenas treinta días entre julio y septiembre de 1951. La historia de un noble del siglo XVII partido en dos por una bala de cañón, cada mitad encarnando un extremo moral opuesto, funcionaba como alegoría de las dudas políticas que atravesaban a Calvino en plena Guerra Fría. El libro lo lanzó como un fabulista moderno y marcó un giro decisivo respecto al neorrealismo de sus comienzos.
Poco después, en 1954, Einaudi le encargó un proyecto ambicioso: averiguar si existía un equivalente italiano a los hermanos Grimm. Durante dos años, Calvino rastreó recopilaciones dialectales del siglo XIX en distintas regiones de Italia y tradujo al italiano estándar doscientos de los mejores cuentos populares que encontró, respetando en cada caso el espíritu narrativo de la región de origen pero unificando la lengua para hacerlos accesibles a todo el país. Se apoyó especialmente en los estudios de Vladimir Propp sobre la morfología del cuento tradicional y sobre las raíces históricas del cuento maravilloso ruso, lecturas que terminarían influyendo también en su forma de construir después sus propias fábulas.
El resultado, Cuentos populares italianos (1956), sigue siendo hoy una referencia fundamental para el folclore europeo y una de las obras que Calvino consideró más importantes de toda su producción, comparable en su ambición a la que Jacob y Wilhelm Grimm habían llevado a cabo un siglo antes para el mundo germánico. En el prólogo, Calvino explicó que había querido devolver a esos relatos, muchas veces relegados a la nostalgia rural, el estatuto de literatura verdadera, con la misma dignidad formal que cualquier otro género narrativo.
La trilogía de Nuestros antepasados
El vizconde demediado fue el primero de los tres títulos que Calvino reunió más tarde bajo el nombre de Nuestros antepasados. El segundo, El barón rampante (1957), narra la historia de Cosimo Piovasco di Rondò, un joven aristócrata que decide subirse a un árbol a los doce años y no volver a pisar el suelo nunca más, sin por ello renunciar al mundo ni a sus pasiones. La novela obtuvo el Premio Viareggio y sigue siendo, junto con Las ciudades invisibles, la obra más leída de Calvino en todo el mundo.
El tercer título, El caballero inexistente (1959), lleva la idea hasta un extremo casi metafísico. Su protagonista, Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos, es un caballero de la corte de Carlomagno que existe solo como armadura vacía, sostenida por la pura voluntad y el sentido del deber, sin cuerpo dentro. Cuando el propio emperador le pregunta cómo es posible que un yelmo hable si no hay nadie dentro, Agilulfo responde que su existencia depende únicamente del rigor con que cumple las normas de la caballería. El disparate inicial se convierte, a medida que avanza la novela, en una de las meditaciones más agudas de Calvino sobre la diferencia entre ser y parecer ser.
En el prólogo que escribió para la edición conjunta de los tres relatos, Calvino explicó que había querido construir una trilogía sobre distintas maneras de realizarse como seres humanos. En El caballero inexistente buscaba explorar la conquista del propio ser; en El vizconde demediado, la aspiración a una plenitud más allá de las mutilaciones que impone la sociedad; y en El barón rampante, una vía hacia la plenitud que no fuera individualista, alcanzable mediante la fidelidad a una autodeterminación personal. Escritos con el tono ligero de la fábula caballeresca pero cargados de reflexión sobre la libertad, la integridad y el compromiso, los tres relatos terminaron formando una de las trilogías más singulares de la literatura europea del siglo pasado.
La ruptura con el comunismo
En 1956 la invasión soviética de Hungría sacudió a buena parte de la izquierda europea, y Calvino no fue una excepción. Al año siguiente presentó su renuncia al Partido Comunista Italiano en una carta abierta publicada en l’Unità, en la que explicaba su rechazo a la represión de la revuelta húngara y a la revelación de los crímenes de Stalin, sin por ello abandonar del todo su confianza en las perspectivas democráticas del comunismo mundial. Nunca volvería a militar en ningún partido.
El dirigente del PCI, Palmiro Togliatti, y sus seguidores marginaron a Calvino tras la publicación de La gran bonanza de las Antillas, una alegoría satírica sobre la inmovilidad del partido. El escritor encontró entonces nuevos espacios en revistas como Città aperta, Tempo presente o Italia Domani, y en 1959 se convirtió, junto a Vittorini, en codirector de Il Menabò, una publicación dedicada a pensar la literatura en la era industrial que dirigió hasta 1966.
La ciudad, el hormigón y la mirada crítica sobre el progreso
Mientras maduraba como fabulista, Calvino no abandonó nunca la observación del presente. La especulación inmobiliaria (1957) denuncia, con ironía amarga, la destrucción del paisaje ligur a manos de la construcción desenfrenada. La novela sigue a un intelectual que decide invertir en la construcción de un edificio en su pueblo natal y termina convirtiéndose, casi sin darse cuenta, en cómplice de la misma especulación que en teoría despreciaba. Es un tema que hoy resuena con fuerza en los debates sobre urbanismo y sostenibilidad, y que muestra a un Calvino atento a las transformaciones materiales de la Italia del boom económico.
Las historias de Marcovaldo o las estaciones en la ciudad, publicadas de forma dispersa entre 1952 y 1963 y reunidas después en volumen, están protagonizadas por un peón que intenta encontrar naturaleza y maravilla en medio de una ciudad industrial hostil, ya sea confundiendo un cartel publicitario con un bosque o criando un hongo silvestre en una plaza urbana. Los veinte relatos combinan la ternura con una crítica precoz al consumismo y al deterioro ambiental, décadas antes de que esos temas se volvieran centrales en el debate público, y hoy se leen en muchas escuelas italianas como una introducción amable a la obra de Calvino.
El observador atento (1963) se aleja del registro fabulístico para narrar la jornada de un militante comunista designado interventor electoral en un hospicio de Turín para personas con discapacidad física y mental. Enfrentado al sufrimiento concreto de los internos, el protagonista empieza a cuestionar las certezas ideológicas con las que había llegado. La novela, breve y densa, está considerada una de las reflexiones más serias de Calvino sobre la dignidad humana y los límites de cualquier sistema de ideas frente al dolor real de las personas.
Estados Unidos, Cuba y un matrimonio en La Habana
En 1959 Calvino viajó a Estados Unidos invitado por la Fundación Ford y permaneció allí seis meses, la mayor parte en Nueva York, ciudad de la que llegó a decir que se sentía, más que de ningún otro lugar, neoyorquino. Las cartas que envió a Einaudi durante ese viaje se publicaron años después como parte de Ermitaño en París.
En 1962 conoció a la traductora argentina Esther Judith Singer, a quien todos llamaban Chichita, y se casó con ella en La Habana en 1964, durante un viaje en el que visitó su ciudad natal y fue presentado a Ernesto Che Guevara. Tras la muerte de Guevara en 1967, Calvino escribió un homenaje que se publicó primero en Cuba y, tres décadas más tarde, en Italia. El matrimonio se instaló en Roma, en la vía Monte Brianzo, donde en 1965 nació su única hija, Giovanna.
Las cosmicómicas y el universo convertido en relato
De regreso a Einaudi, Calvino comenzó a publicar en la revista Il Caffè una serie de relatos que partían de teorías científicas, cosmológicas y evolutivas para convertirlas en fábulas narradas por un personaje llamado Qfwfq, testigo improbable e inmemorial de fenómenos como la formación de la Luna, el momento en que los continentes aún no se habían separado o el instante en que apareció el primer signo en el universo. En La distancia de la Luna, uno de los relatos más celebrados del volumen, Qfwfq recuerda una época en la que la Luna estaba tan cerca de la Tierra que bastaba una escalera para subirse a ella, y convierte esa imagen imposible en una historia sobre el deseo y la pérdida.
Reunidos en Las cosmicómicas (1965) y continuados en El tiempo y el cazador (1967), estos relatos muestran a un Calvino fascinado por la física, la astronomía y la biología modernas, capaz de encontrar en la ciencia no un obstáculo para la imaginación sino una fuente inagotable de invención literaria. El propio autor reivindicaba en estos textos la tradición de una prosa científica clara y precisa, cercana a la que había admirado en Galileo, como modelo de estilo para su propia escritura.
Fue precisamente por este segundo volumen que Calvino rechazó el Premio Viareggio, alegando que se trataba de un galardón concedido por instituciones vaciadas de sentido. Aceptó, en cambio, el Premio Asti en 1970 y el Premio Feltrinelli en 1972, reconocimientos que consideraba más acordes con su trabajo.
París, el Oulipo y la escritura como combinatoria
La muerte de Vittorini en 1966 sumió a Calvino en lo que él mismo describió como una depresión intelectual, una sensación de haber dejado atrás la juventud de golpe. Un año después, en el ambiente efervescente que desembocaría en el mayo francés, se trasladó con su familia a París y se instaló en una villa del Square de Châtillon.
Allí, invitado por Raymond Queneau, ingresó en 1968 en el Oulipo, el grupo de escritores experimentales interesados en las restricciones formales y las estructuras combinatorias del lenguaje. En ese círculo trabó relación con Roland Barthes y Georges Perec, cuya influencia resulta perceptible en la obra posterior de Calvino, especialmente en su interés creciente por los sistemas cerrados de reglas capaces de generar historias casi de forma automática. También mantuvo un contacto intenso con el mundo académico, en la Sorbona junto a Barthes y en la Universidad de Urbino, y profundizó en autores tan diversos como Balzac, Ariosto, Dante, Ignacio de Loyola, Cervantes, Shakespeare o Cyrano de Bergerac, cuya huella se percibe en la arquitectura de sus últimos libros.
Los amigos parisinos de Calvino coincidían en describirlo como un hombre discreto, casi tímido en el trato personal, apodado con cariño el irónico divertido por su costumbre de observar las discusiones ajenas con una media sonrisa antes de intervenir con un comentario preciso. Esa fama de escritor geométrico y algo distante convivía, sin embargo, con una correspondencia privada extensísima, publicada de forma parcial años después de su muerte, que revela a un Calvino mucho más apasionado y vulnerable de lo que su prosa dejaba entrever.
Calvino, Borges y los puentes con América Latina
La relación de Calvino con la literatura de lengua española fue más estrecha de lo que suele recordarse. Su nacimiento en Cuba, aunque no dejó en él memoria consciente alguna, alimentó siempre una curiosidad especial hacia América Latina, a la que regresó en distintos viajes, incluido el de su boda en La Habana en 1964. Con Jorge Luis Borges mantuvo una relación de admiración mutua que se prolongó durante años y que incluyó encuentros personales en Roma, entre ellos uno fotografiado en el café Excelsior en 1984, apenas un año antes de la muerte de Calvino.
El escritor italiano reconoció en varias ocasiones la deuda que su propia obra fantástica mantenía con los cuentos de Borges, y llegó a prologar una selección de sus textos destacando el modo en que el argentino había sabido convertir la erudición y la especulación filosófica en materia narrativa. Esa afinidad con la literatura fantástica hispanoamericana se extendió también a Julio Cortázar, con quien coincidió en encuentros literarios y a quien la crítica ha señalado como uno de los autores más cercanos a su propia sensibilidad narrativa, aunque ambos desarrollaran caminos estilísticos muy distintos. Calvino participó, además, en cursos y seminarios sobre literatura fantástica organizados en España durante los años ochenta, coincidiendo en algunos de ellos con el propio Borges y con escritores españoles como Gonzalo Torrente Ballester.
El editor que ayudó a construir la literatura italiana de posguerra
Es difícil separar al Calvino narrador del Calvino editor. Durante casi cuarenta años, con interrupciones, mantuvo una relación de trabajo con la editorial Einaudi que fue mucho más allá de un empleo alimenticio. Como lector y consejero editorial, tuvo un papel decisivo en la configuración del catálogo de una de las editoriales más influyentes de la Italia del siglo XX, leyendo manuscritos, redactando informes de lectura y manteniendo una correspondencia constante con autores jóvenes y consagrados.
Ese trabajo cotidiano de evaluación y edición, lejos de ser un paréntesis en su carrera literaria, terminó nutriendo directamente sus ensayos críticos. Decidir qué manuscritos merecían publicarse y cuáles no obligaba a Calvino a preguntarse continuamente qué hace que un texto perdure, una pregunta que atraviesa toda su obra ensayística posterior, desde los artículos periodísticos de los años setenta hasta las reflexiones sobre los clásicos que dejaría inconclusas al final de su vida. Parte de esa correspondencia profesional se recogió después en el volumen Cartas, 1940-1985, un epistolario que permite seguir, casi año por año, la evolución de sus ideas literarias y políticas.
Un atlas de ciudades que no existen
En 1972 apareció Las ciudades invisibles, probablemente el libro que mejor resume la ambición estructural del último Calvino. La obra se construye como un diálogo entre el explorador Marco Polo y el emperador Kublai Khan, ante quien Polo describe cincuenta y cinco ciudades imaginarias, cada una nombrada con un nombre de mujer y agrupada en once categorías temáticas como las ciudades y la memoria, las ciudades y el deseo o las ciudades y los muertos. Esas categorías se entrelazan siguiendo un esquema combinatorio muy cuidado, casi musical, que Calvino diseñó con la misma atención de un arquitecto que dibuja los planos de un edificio antes de levantarlo.
Detrás de la fantasía asoman reflexiones sobre la memoria, el deseo, los signos, el lenguaje y la propia posibilidad de conocer una ciudad, cualquier ciudad, a través de las palabras. Con el paso de las páginas se hace evidente que todas las ciudades descritas por Marco Polo son, de una manera u otra, variaciones de una sola ciudad, y que esa ciudad no es otra que Venecia, el punto de partida silencioso de todo el libro. Hacia el final, Calvino desliza una de sus reflexiones más citadas: la de que, frente al infierno de los vivos en el que ya estamos instalados, solo hay dos maneras de no sufrirlo, aceptarlo hasta dejar de percibirlo o aprender a reconocer, en medio de ese infierno, quién y qué no lo es, y hacerlo durar.
El libro obtuvo el Premio Feltrinelli y el Prix Médicis al mejor libro extranjero en Francia, y se convirtió con el tiempo en una referencia obligada no solo para la literatura sino también para el urbanismo y la arquitectura, disciplinas que siguen citando a Calvino como pocas veces se cita a un novelista.
El tarot como narrador
Un año más tarde, en 1973, Calvino publicó El castillo de los destinos cruzados, un libro que él mismo llegó a considerar uno de sus mejores logros. La premisa es tan simple como radical: un grupo de viajeros llega a un castillo y descubre que ha perdido la capacidad de hablar, de modo que solo puede contar su historia disponiendo cartas de tarot sobre una mesa, mientras los demás intentan interpretar el relato a partir de las imágenes. Calvino tardó cinco años en dar forma definitiva a este experimento combinatorio, que empuja hasta el límite su fascinación por los sistemas de signos y las estructuras narrativas generadas casi matemáticamente.
La novela de las novelas
Si una noche de invierno un viajero (1979) llevó la reflexión sobre la lectura a un terreno inédito. La novela sigue a un personaje llamado el Lector, y a otro llamado la Lectora, que intentan leer una novela titulada, precisamente, Si una noche de invierno un viajero, pero se ven interrumpidos una y otra vez por errores de imprenta, ediciones defectuosas y confusiones editoriales que los obligan a empezar diez novelas distintas sin terminar ninguna. Cada uno de esos comienzos, escrito en un estilo diferente, desde el policial hasta la novela erótica pasando por el relato de espías, funciona como una novela en miniatura dentro de la novela mayor, y todos juntos terminan formando una suerte de catálogo de los géneros narrativos posibles.
El libro tuvo un éxito notable en Italia y todavía mayor en el mundo anglosajón, donde se leyó de inmediato como una pieza clave de la literatura posmoderna, a la altura de lo que en esos mismos años estaban explorando autores como John Barth o Georges Perec. Su juego constante con el propio acto de leer, con la figura del lector como protagonista y con la inestabilidad del texto convirtió a Calvino en una referencia ineludible para varias generaciones de narradores interesados en la metaficción, y sigue siendo, junto con Las ciudades invisibles, el libro por el que muchos lectores nuevos descubren su obra.
La mirada minuciosa de Palomar
En 1983 apareció Palomar, la última novela que Calvino llegó a completar y publicar en vida. Su protagonista, el señor Palomar, cuyo nombre remite al célebre observatorio astronómico californiano, dedica el libro a observar con obsesiva precisión fenómenos aparentemente triviales: el movimiento de una ola, el vuelo de los estorninos sobre Roma, una quesería parisina repleta de variedades desconocidas, el cielo estrellado en una noche de verano. Cada intento de descripción exacta termina revelando la imposibilidad de agotar el sentido de las cosas, y el libro se organiza en veintisiete breves capítulos agrupados según tres niveles de observación, uno visual, otro cultural y antropológico, y un tercero especulativo y filosófico.
El resultado se lee como una meditación sobre el conocimiento, el lenguaje y la vejez, con un tono más melancólico y contenido que el de sus obras anteriores. No es casual que buena parte de la crítica haya interpretado a Palomar como un autorretrato indirecto de Calvino en sus últimos años, un escritor que, tras décadas dedicadas a construir sistemas y combinaciones, se vuelve hacia la observación paciente y casi silenciosa del mundo.
Por esos años Calvino también incursionó en el teatro musical: escribió el libreto de la ópera La verdadera historia (1982), con música de Luciano Berio, y el propio Berio adaptaría después uno de sus relatos, Un rey a la escucha, para otra ópera.
Un escritor cercano al cine
Aunque nunca se dedicó al cine de forma sistemática, Calvino mantuvo con él una relación constante. De joven había sido, según sus propias palabras, un devorador de películas norteamericanas, una afición que dejó huella en su prosa ágil y visual. Escribió guiones para episodios de películas colectivas como Boccaccio 70, dirigida en su segmento por Mario Monicelli, y firmó el prólogo de Cuatro películas, el libro en el que Federico Fellini reunía los guiones de algunos de sus filmes más conocidos.
En 1981 Calvino aceptó presidir el jurado de la 38.ª edición del Festival de Cine de Venecia, un gesto que confirmaba su prestigio como figura pública más allá del campo estrictamente literario. Varios de sus relatos han sido adaptados al cine y la televisión a lo largo de las décadas, desde una versión animada de El caballero inexistente hasta la película canadiense y francesa El espejo de Calvino (2012), un docuficción que combina entrevistas grabadas con el propio escritor un año antes de su muerte con la interpretación del actor Neri Marcorè.
El ensayista y el editor de toda una vida
Paralelamente a su obra narrativa, Calvino desarrolló una faceta esencial como ensayista y crítico. Punto y aparte (1980) y Colección de arena (1984), esta última una recopilación de sus colaboraciones periodísticas entre 1974 y 1984, muestran a un autor capaz de moverse con la misma soltura entre el reportaje, la crítica literaria y el ensayo de divulgación científica. Años después de su muerte se publicó Por qué leer los clásicos (1991), que reúne ensayos dispersos sobre autores que iban de Homero a Conrad, y que se abre con catorce definiciones aforísticas de lo que significa un clásico, entre ellas la célebre idea de que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
Su trabajo como editor en Einaudi, que mantuvo de manera intermitente durante casi toda su vida, resultó igualmente decisivo. Leer, evaluar y dar forma a los manuscritos de otros lo obligó a un diálogo constante con la tradición literaria y afiló sus propias herramientas críticas, en un ejercicio de canonización cotidiana que se refleja en buena parte de sus ensayos posteriores.
Calvino también dedicó buena parte de su energía crítica a la interpretación de la tradición literaria italiana. Escribió sobre Ludovico Ariosto y su Orlando furioso, al que dedicó una selección comentada, y sobre Dante, cuya Comedia releyó a lo largo de toda su vida como modelo de precisión formal. Se interesó también por la ciencia y la metáfora, materia de unas conferencias que impartió en la École des Hautes Études de París, y reunió en Fábulas y invenciones buena parte de sus escritos sobre el cuento como forma literaria universal. Esa mirada de editor y de crítico, siempre atenta a la arquitectura interna de los textos, es quizás la clave que explica por qué su propia narrativa parece construida con una precisión casi matemática.
Un testamento inacabado en Harvard
En 1985, Calvino fue invitado a impartir las prestigiosas Charles Eliot Norton Lectures en la Universidad de Harvard, un ciclo de conferencias reservado a figuras de primer nivel intelectual. Pasó el verano en su casa de Roccamare, cerca de Castiglione della Pescaia, preparando los textos, concebidos como un conjunto de seis propuestas de valores literarios que consideraba imprescindibles para el próximo milenio: la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad, además de una sexta lección sobre la consistencia que nunca llegó a redactar.
El 6 de septiembre de 1985 sufrió un derrame cerebral en su villa de Roccamare, cuando se preparaba para viajar a Estados Unidos. Fue hospitalizado primero en el Misericordia de Grosseto y trasladado después al hospital de Santa Maria della Scala, en Siena, donde murió en la noche del 18 al 19 de septiembre, a los sesenta y un años. Está enterrado en el cementerio jardín de Castiglione della Pescaia. Sus notas para Harvard se publicaron póstumamente en italiano en 1988 y, en inglés, como Seis propuestas para el próximo milenio, en 1993.
Lo que quedó pendiente
Tras su muerte aparecieron todavía varios libros a partir de material que Calvino había dejado preparado o esbozado. Bajo el sol jaguar (1986) reúne tres relatos concebidos como parte de un proyecto inconcluso sobre los cinco sentidos, centrados en el gusto, el oído y el olfato. El camino de San Giovanni (1990) recoge páginas autobiográficas sobre su difícil relación con su padre. Números en la oscuridad (1993) reunió relatos dispersos de distintas épocas. Toda esta obra póstuma terminó de perfilar la imagen de un escritor que nunca dejó de experimentar, incluso cuando el tiempo ya no jugaba a su favor.
Honores, huellas y una vigencia que no se apaga
El reconocimiento a Calvino llegó de formas muy diversas. En 1982 recibió el World Fantasy Award a toda su carrera. Un cráter de Mercurio y un asteroide del cinturón principal llevan su nombre, al igual que una escuela italiana en Moscú. La revista literaria Salt Hill y la Universidad de Louisville, en Estados Unidos, otorgan cada año el Premio Italo Calvino a relatos de ficción escritos en la línea fabulista y experimental del autor.
Su influencia también ha traspasado el terreno estrictamente literario. El cortometraje de Pixar La luna (2011) se inspiró libremente en el relato La distancia de la Luna, incluido en Las cosmicómicas, y varios de sus cuentos han sido llevados al cine, entre ellos la película estadounidense Palookaville (1995), basada en tres relatos de sus Amores difíciles.
En octubre de 2023 se cumplieron cien años de su nacimiento, y la efeméride se celebró con una intensidad poco habitual para un escritor de su generación. Las Scuderie del Quirinale, en Roma, organizaron junto a la editorial Electa una gran exposición sobre su vida y obra, comisariada por Eloisa Morra y Luca Scarlini, que se prolongó hasta febrero de 2024, mientras que el Palazzo Ducale de Génova dedicó otra muestra a su figura con la colaboración del Teatro della Tosse y la Fundación Lele Luzzati. La editorial aprovechó también el centenario para reeditar textos raros sobre su obra y para publicar una biografía dedicada a su madre, la botánica Eva Mameli Calvino, escrita por Silvia Bencivelli.
En Cuba, la Ambasciata d’Italia en La Habana organizó una semana completa de actos en octubre de 2023, con la colaboración de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la Casa de las Américas y la Universidad de La Habana, que dedicó un aula a su nombre. Se presentó también una edición cubana de la trilogía de Nuestros antepasados, bajo el título Nuestros antepasados, y se entregó un premio literario para escritores cubanos noveles que lleva el nombre de Calvino, en un gesto que devolvía al autor, simbólicamente, al lugar donde había nacido.
En España, universidades como la Complutense de Madrid, en colaboración con la Universidad de Castilla-La Mancha y el Laboratorio Calvino de la Universidad La Sapienza de Roma, organizaron un congreso internacional titulado Cien años de Italo Calvino, con mesas dedicadas a su relación con el psicoanálisis, la ciencia o el pensamiento político. El Instituto Italiano de Cultura de Madrid acogió, además, la exposición Excelencias italianas, ilustraciones para Italo Calvino, centrada en la recepción visual de sus fábulas, mientras que el de Barcelona organizó un encuentro específico sobre la presencia de Calvino en España y Cataluña y la huella de la literatura española en su propia obra. En Sevilla, un grupo de aficionados reunidos bajo el nombre de Universo Italo Calvino organizó un homenaje multidisciplinar con la colaboración de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, institución que en 1984 había acogido al propio Calvino en un curso sobre literatura fantástica compartido con Jorge Luis Borges y Gonzalo Torrente Ballester.
El 19 de septiembre de 2025 se cumplieron cuarenta años de su muerte, una fecha que buena parte de la prensa cultural italiana e internacional aprovechó para volver sobre una obra que, lejos de fosilizarse, sigue leyéndose como si estuviera escrita para el presente. Los estudiosos que participan en el Laboratorio Calvino de la Universidad La Sapienza de Roma continúan publicando ediciones críticas y estudios que abordan facetas menos conocidas de su producción, desde su relación con América Latina hasta su papel como editor en Einaudi.
Por qué seguimos leyendo a Calvino
Hay algo profundamente contemporáneo en la obsesión de Calvino por los sistemas, las combinaciones y las estructuras que organizan el sentido. El escritor que soñaba con ciudades hechas de signos y con historias contadas a través de cartas de tarot dispuestas sobre una mesa anticipó, sin proponérselo del todo, muchas de las inquietudes de una cultura hoy atravesada por algoritmos, redes y sistemas combinatorios de todo tipo. La levedad que reclamaba para la literatura del próximo milenio suena, cuatro décadas después, como un antídoto necesario frente a la saturación informativa que define nuestra época.
No deja de resultar curioso que un autor tan interesado en las estructuras cerradas, en los catálogos y en las combinatorias casi matemáticas, siga siendo también uno de los escritores más queridos por lectores jóvenes que se acercan por primera vez a la literatura a través de El barón rampante o de los cuentos de Marcovaldo. Esa doble naturaleza, la del fabulista accesible y la del experimentador riguroso, explica en buena medida por qué su obra atraviesa con la misma soltura las bibliotecas escolares y los programas universitarios de teoría literaria.
Al mismo tiempo, el Calvino más terrenal, el que denunciaba la especulación inmobiliaria en la Liguria de los años cincuenta o el que retrataba a un obrero buscando naturaleza entre chimeneas y semáforos, conserva una actualidad incómoda en tiempos de crisis climática y urbanización acelerada. Y el Calvino ensayista, el que defendía la lectura de los clásicos como una forma de resistencia frente a lo desechable, ofrece argumentos que cualquier lector reconoce hoy sin esfuerzo.
Quizás por eso Calvino sigue funcionando como un clásico en el sentido más estricto que él mismo propuso: un autor que, cada vez que se le vuelve a leer, parece decir algo que todavía no habíamos escuchado. Los especialistas reunidos en torno al Laboratorio Calvino insisten en que todavía queda mucho por explorar en sus archivos, desde borradores inéditos hasta correspondencia sin publicar, lo que sugiere que la imagen que tenemos hoy de su obra, pese a ser ya muy completa, seguirá afinándose en los próximos años.
Cuarenta años después de su muerte, sus ciudades invisibles, sus barones trepadores y sus lectores frustrados continúan ofreciendo, a quien se atreva a entrar en ellos, un mapa fiable para orientarse en la complejidad del mundo contemporáneo. Pocas veces un escritor tan interesado en la exactitud geométrica de sus construcciones ha logrado, al mismo tiempo, tocar algo tan difícil de medir como la imaginación de generaciones enteras de lectores, y esa combinación, tan propia de Calvino, sigue siendo hoy tan rara como valiosa.