Hay artistas que se resumen en un género y otros que se resisten a cualquier etiqueta. Nina Simone pertenece a la segunda categoría, y de hecho detestaba que la llamaran cantante de jazz. Fue pianista clásica frustrada, intérprete de blues, activista de derechos civiles, compositora de himnos de resistencia y una de las voces más inconfundibles del siglo veinte.
Su nombre real era Eunice Kathleen Waymon. Nació el 21 de febrero de 1933 en Tryon, un pequeño pueblo de Carolina del Norte, y murió el 21 de abril de 2003 en Carry le Rouet, cerca de Marsella, tras décadas de exilio voluntario en distintos países. Entre esas dos fechas construyó una obra que sigue creciendo en influencia, en reediciones y en nuevas lecturas casi un siglo después de su nacimiento.
Este texto recorre su vida completa, su discografía, su papel en el movimiento por los derechos civiles y el estado actual de su legado, que en los últimos meses ha vivido un nuevo capítulo con la restauración de su casa natal, un libro en preparación y giras que mantienen vivo su nombre en escenarios de todo el mundo.
Pocas trayectorias artísticas del siglo veinte condensan de forma tan nítida la tensión entre el talento individual y el peso de la historia colectiva. Simone soñaba con Bach, con Liszt y con un escenario de música clásica, y terminó convertida, casi sin buscarlo, en una de las voces más citadas del movimiento por los derechos civiles estadounidense. Esa paradoja, la de una artista que quería tocar a Chopin y terminó cantando contra el racismo institucional, atraviesa cada etapa de su biografía y explica buena parte de la fascinación que sigue despertando entre historiadores, músicos y cineastas.
Tryon, la cuna de una vocación
Eunice fue la sexta de ocho hermanos en el hogar de John Divine Waymon y Mary Kate Waymon. Su madre era predicadora metodista itinerante y recorría Carolina del Norte llevando a la pequeña a los cultos y a las tent revivals, esas reuniones evangélicas al aire libre tan características del sur profundo estadounidense.
Fue allí, entre los cantos de la congregación, donde Eunice aprendió a tocar antes de saber leer partituras. Acompañaba al piano los sermones de su madre y el coro de la iglesia, y desarrolló de manera intuitiva algo que después sería central en su estilo, la capacidad de improvisar y de responder al estado de ánimo del público, algo que ella misma atribuyó siempre a esos años de formación gospel.
Tocaba el piano desde los tres o cuatro años, según las fuentes, y ya a los seis acompañaba al coro comunitario en el teatro de su pueblo. Su talento llamó la atención de dos mujeres blancas, una de ellas la patrona para la que trabajaba su madre, y ambas facilitaron que Muriel Mazzanovich, una inmigrante británica instalada en Tryon, comenzara a darle clases de piano clásico. Esas lecciones se prolongaron durante cinco años y marcaron el rumbo de su formación.
A los diez años, Eunice ofreció su primer recital público de piano en la biblioteca del pueblo. Durante la actuación sus padres, sentados en la primera fila, fueron obligados a levantarse para ceder el sitio a espectadores blancos. Ella misma contó después que aquel episodio fue su primer contacto consciente con el racismo, una herida que no olvidó jamás y que reapareció, transformada en rabia política, dos décadas más tarde.
La comunidad de Tryon, consciente de su don, organizó una colecta para financiar sus estudios en el internado Allen High School for Girls, en Asheville, donde se graduó con las mejores calificaciones. El objetivo era claro desde el principio, convertirse en la primera concertista de piano clásico afroamericana de Estados Unidos, un sueño que la llevaría después a Nueva York y a Filadelfia.
La investigadora Salamishah Tillet, que ha dedicado dos décadas a estudiar la vida de la artista, ha explicado que Tryon era un lugar peculiar dentro del sur segregado. Aunque regido por las mismas leyes racistas que el resto de Carolina del Norte, el pueblo tenía una vida artística inusualmente activa gracias a su cercanía con Asheville, lo que atraía a pintores y músicos venidos de Nueva York. Esa combinación de segregación y efervescencia artística permitió que el talento de la pequeña Eunice fuera detectado y protegido por una comunidad negra autosuficiente, organizada en torno a sus propios comercios e iglesias en el llamado East Side del pueblo.
Como la propia Tillet ha señalado, resulta esencial no saltarse esa etapa gospel para entender después la totalidad de su obra. Fue en las tent revivals de su madre, y no en un conservatorio, donde Eunice aprendió a improvisar, a leer el ánimo de una audiencia y a acelerar o ralentizar un tema según la temperatura emocional del momento, herramientas que después trasladaría intactas a los escenarios de jazz y que la distinguieron de intérpretes formadas exclusivamente en la tradición clásica o en la del jazz convencional.
El sueño clásico y el golpe de Curtis
Con el respaldo económico de su comunidad y de su antigua profesora, Eunice pasó un verano estudiando en la prestigiosa Juilliard School de Nueva York, bajo la tutela de Carl Friedberg, como preparación para presentarse al Instituto Curtis de Música en Filadelfia, uno de los conservatorios más selectos del país.
La familia se trasladó a Filadelfia con la esperanza puesta en esa beca. Sin embargo, en 1951, Eunice fue rechazada. Ella siempre sostuvo que la negativa se debió a su raza, no a su talento, y ese convencimiento la acompañó el resto de su vida. Décadas más tarde declararía que nunca logró recuperarse por completo de aquel golpe.
El rechazo tuvo consecuencias inmediatas y duraderas. Para poder seguir formándose, tomó clases particulares con Vladimir Sokoloff, profesor del propio Instituto Curtis, y para pagarlas empezó a dar clases de piano y a tocar en un bar de Atlantic City, Nueva Jersey. Fue un trabajo alimenticio, pensado como algo temporal, que terminó por reescribir el destino de la música popular del siglo veinte.
La disciplina técnica que Eunice había adquirido en años de estudio clásico, la precisión del contrapunto de Bach, las estructuras armónicas de Liszt y Rajmáninov, no desapareció al abandonar el circuito de conservatorios. Al contrario, se filtró en cada disco que grabaría después bajo un nombre distinto, dando a su música un rigor pianístico que la distinguía de cualquier otra vocalista de su generación.
El nacimiento de Nina Simone
En el club de Atlantic City, el propietario le advirtió que si quería conservar el empleo tendría que cantar además de tocar el piano. Ella aceptó por pura necesidad económica, sin sospechar que ese añadido convertiría su actuación en otra cosa completamente distinta.
Fue en ese contexto donde nació el nombre artístico. Adoptó Nina, un apodo cariñoso que le había puesto un antiguo novio, derivado del español niña, y Simone en homenaje a la actriz francesa Simone Signoret, a quien admiraba. El cambio de nombre no era casual, sino también una forma de ocultar su nueva actividad a su madre, muy religiosa, que hubiera desaprobado que su hija tocara música secular en un bar.
Su debut oficial bajo el nombre de Nina Simone tuvo lugar en 1954, en el Midtown Bar and Grill de Atlantic City. Pronto se ganó una reputación local que la llevó a firmar con el sello independiente Bethlehem Records, con el que grabó su primer álbum a finales de 1957.
Little Girl Blue y la irrupción en la escena
Ese disco, publicado en febrero de 1959 bajo el título Little Girl Blue, a veces reeditado como Jazz as Played in an Exclusive Side Street Club, mezclaba jazz, blues y ecos de formación clásica. Incluía una versión de I Loves You, Porgy, de George Gershwin, que se convirtió en un éxito inesperado del Top 20 estadounidense.
El contrato con Bethlehem había sido leonino y Simone perdió los derechos de ese álbum, algo que lamentaría durante años, especialmente cuando la canción My Baby Just Cares for Me, incluida en ese mismo disco, resucitó comercialmente casi treinta años más tarde.
Insatisfecha con Bethlehem, firmó en 1959 con Colpix Records, sello que le permitió mayor control creativo, aunque ella misma reconocería después que tampoco esa relación estuvo libre de fricciones comerciales. En esos años grabó una serie de álbumes en directo que capturaron su electricidad como intérprete en vivo, entre ellos Nina Simone at Town Hall y Nina Simone at Newport, resultado de su actuación en el Newport Jazz Festival de 1960.
Durante el período Colpix, que se extendió hasta 1964 con una decena de discos, Simone amplió su repertorio a estándares, canciones populares francesas y piezas propias, y consolidó una base de seguidores fieles en clubes como el Village Gate de Nueva York, donde grabó otro de sus discos en directo emblemáticos, Nina Simone at the Village Gate, en 1962. Ese mismo año publicó Nina Simone Sings Ellington, tributo directo a Duke Ellington, uno de sus referentes armónicos declarados, y en 1963 llegó Nina Simone at Carnegie Hall, grabado en una de las salas de concierto más prestigiosas del mundo, la misma que de niña había soñado con pisar como concertista clásica.
El estilo pianístico y vocal de una intérprete irrepetible
Resulta difícil describir la voz de Nina Simone sin recurrir a la palabra contralto, el registro grave y cálido que la distinguía de la mayoría de las cantantes de su generación. A esa profundidad vocal se sumaba una técnica que los críticos han descrito repetidamente como jadeante, casi sin aliento en ciertos pasajes, cargada de trémolo, y capaz de pasar del susurro más frágil al grito de furia en cuestión de segundos.
Su forma de tocar el piano era igual de singular. A diferencia de otros vocalistas que se acompañaban a sí mismos con acordes simples, Simone construía bajo su propia voz arquitecturas armónicas complejas, heredadas directamente de su formación clásica. Podía introducir un fragmento de una fuga de Bach en mitad de un tema de blues, o resolver una progresión de gospel con una cadencia digna de un concierto de Liszt, sin que la transición sonara nunca forzada.
Esa fusión de tradiciones, clásica, gospel, jazz, blues, folk y más tarde funk y ritmos africanos, hizo que la industria discográfica nunca supiera exactamente cómo clasificarla ni cómo venderla. Los propios sellos con los que trabajó experimentaron durante años con distintas estrategias de mercado, hasta concluir que sus discos en directo eran los que mejor transmitían la energía y el rigor que la caracterizaban en el escenario, algo que explica la enorme proporción de álbumes grabados en vivo dentro de toda su discografía.
El estallido de la conciencia política
El punto de inflexión llegó en 1963. El 15 de septiembre de ese año, el Ku Klux Klan hizo estallar una bomba en la iglesia bautista de la calle 16 en Birmingham, Alabama, y mató a cuatro niñas negras. Apenas unos meses antes había sido asesinado el activista Medgar Evers en Misisipi.
Simone relató en numerosas entrevistas que, al escuchar la noticia del atentado por la radio, sintió un impulso de violencia incontrolable. En lugar de salir a la calle, se sentó al piano y, en poco más de una hora, compuso Mississippi Goddam, su primera canción explícitamente dedicada a los derechos civiles.
La pieza tenía un arranque casi festivo, casi de comedia musical de Broadway, que contrastaba de manera deliberada con la crudeza de su letra, una acusación directa contra la violencia racial y la lentitud institucional para combatirla. Varias emisoras del sur del país la vetaron por blasfema, debido al uso de la palabra Goddam, y algunas copias promocionales del sencillo fueron devueltas partidas por la mitad como forma de protesta.
Lejos de intimidarla, la censura confirmó a Simone que había encontrado su verdadero propósito artístico. A partir de ese momento defendió abiertamente la idea de que el deber de un artista es reflejar los tiempos que le tocan vivir, una máxima que repitió en entrevistas durante el resto de su carrera y que se convirtió en su declaración de principios más citada.
El propio comediante y activista Dick Gregory resumió años después el impacto de la canción señalando que, entre todo el sufrimiento que atravesaba la comunidad negra, ningún hombre se hubiera atrevido a pronunciar en voz alta lo que Simone cantó sin ambages. La pieza circuló de mano en mano entre organizadores del movimiento y ayudó a movilizar a voluntarios, tanto negros como blancos, que viajaron a Misisipi al año siguiente para participar en la campaña de registro de votantes conocida como el Verano de la Libertad.
A partir de Mississippi Goddam, Simone incorporó de manera sistemática canciones de protesta a su repertorio en directo, entre ellas Old Jim Crow, una condena directa a las leyes de segregación que regían buena parte del sur estadounidense, interpretadas junto a estándares y baladas en un mismo concierto, sin que la audiencia supiera nunca con certeza qué giro iba a tomar la velada.
Lorraine Hansberry y el despertar intelectual
Si Mississippi Goddam marcó el inicio de su activismo musical, la amistad con la escritora Lorraine Hansberry fue decisiva en su formación política e intelectual. Hansberry, autora de la obra teatral A Raisin in the Sun, la primera escrita por una mujer negra en llegar a Broadway, se convirtió en una de las personas más influyentes en la vida de Simone.
Según relató la propia cantante, Hansberry nunca le habló de feminismo ni de la cuestión racial en abstracto, sino de política, de economía y de la revolución, de temas que rara vez se discutían en los círculos musicales que Simone frecuentaba. Esas conversaciones ampliaron su comprensión del mundo mucho más allá del escenario.
Hansberry murió de cáncer en enero de 1965, a los treinta y cuatro años. Poco antes de morir había dicho a un grupo de jóvenes ganadores de un concurso de ensayo que quería hablarles porque eran jóvenes, dotados y negros. Esa frase inspiró a Simone para componer, junto al pianista Weldon Irvine, la canción To Be Young, Gifted and Black, dedicada a la memoria de su amiga.
Publicada en 1970, la canción se convirtió rápidamente en uno de los himnos del movimiento por el orgullo negro, versionada después por artistas como Aretha Franklin, que llegó a ganar un Grammy con su propia interpretación del tema.
Selma, Malcolm X y la radicalización
El compromiso de Simone con la causa afroamericana no se limitó a componer canciones. En 1965 actuó ante los manifestantes que completaban la marcha de Selma a Montgomery, en Alabama, poco después de que muchos de ellos hubieran sido brutalmente agredidos por la policía en el episodio conocido como el Domingo Sangriento.
Fue en ese contexto donde conoció personalmente a Martin Luther King Jr. Simone, cuyas simpatías políticas se acercaban más a posturas radicales que al pacifismo estratégico del reverendo, llegó a decirle abiertamente que ella no era no violenta. King, según el relato de la propia cantante, respondió con comprensión a esa franqueza.
Simone mantuvo también una relación de vecindad y simpatía con Malcolm X, cuya familia vivía cerca de la suya en Mount Vernon, Nueva York, y se identificó en distintos momentos con posiciones más próximas al Black Power que a la integración pacífica defendida por otros sectores del movimiento.
El asesinato de Martin Luther King en abril de 1968 supuso otro golpe devastador. Apenas dos días después del magnicidio, Simone grabó en directo el álbum Nuff Said, que incluye la canción Why? The King of Love Is Dead, escrita por su bajista Gene Taylor como tributo inmediato al líder asesinado.
Esa capacidad de reaccionar de forma casi instantánea a los acontecimientos políticos, convirtiendo el dolor colectivo en material musical apenas horas después de producirse la noticia, se convirtió en una de las señas de identidad más reconocibles de su carrera. Pocos artistas de su generación mostraron una disposición tan inmediata a poner el estudio de grabación al servicio de la actualidad política, algo que con el tiempo la propia crítica musical terminó valorando como una forma temprana de periodismo cantado.
El vínculo con África
Más allá de su compromiso con la causa afroamericana dentro de Estados Unidos, Simone desarrolló a lo largo de los años sesenta un fuerte sentimiento panafricanista, alimentado por sus viajes y por amistades como la que mantuvo con Miriam Makeba. Visitó varios países del continente durante esa década, entre ellos Nigeria, Liberia y Guinea, y llegó a compartir escenario y conversación con figuras como el escritor Langston Hughes o el líder guineano Sékou Touré.
Ese vínculo con África no fue meramente simbólico. Simone llegó a plantearse en más de una ocasión establecerse de manera permanente en el continente, y de hecho lo hizo durante los años que pasó en Liberia a mediados de los setenta. Su interés por las raíces africanas de la música afroamericana se reflejó también en composiciones y arreglos de esta etapa, en los que incorporó de manera cada vez más explícita ritmos y estructuras rítmicas de raíz africana, alejándose todavía más de las convenciones del jazz y el pop estadounidenses de la época.
Four Women y los años en la RCA
En 1967 Simone firmó con RCA Victor, sello con el que publicó algunos de los discos más aclamados de su carrera, entre ellos Nina Simone Sings the Blues y Silk and Soul, ambos de ese mismo año.
Una de sus composiciones más comentadas y también más controvertidas de esta etapa es Four Women, publicada en el álbum Wild Is the Wind en 1966. La canción narra en primera persona las historias de cuatro mujeres negras arquetípicas, marcadas por el color de su piel, la esclavitud y la violencia sexual, y fue prohibida en algunas emisoras por lo que consideraron una representación demasiado incómoda de esos estereotipos.
Wild Is the Wind, compilado a partir de sesiones sobrantes de discos anteriores para el sello Philips, sería reconocido décadas después por la revista Rolling Stone como uno de los quinientos mejores álbumes de la historia, un reconocimiento tardío a un trabajo que en su momento pasó relativamente desapercibido comercialmente.
Otro de los grandes momentos de esta etapa fue I Put a Spell on You, versión melodramática y orquestada del clásico de Screamin’ Jay Hawkins, que se convirtió en el sencillo más exitoso de Simone desde sus inicios y dio nombre al álbum homónimo de 1965, uno de los más recordados de toda su discografía.
Ese mismo año, dentro del álbum Pastel Blues, Simone grabó Sinnerman, una pieza tradicional del repertorio espiritual afroamericano que ella transformó en una odisea de más de diez minutos, con un crescendo rítmico hipnótico que décadas más tarde sería utilizado en bandas sonoras de cine y en incontables remezclas electrónicas, prueba de una vigencia que trasciende con creces el contexto en el que fue grabada.
También en esos años Simone abordó Strange Fruit, la desgarradora canción sobre los linchamientos en el sur estadounidense que había hecho célebre Billie Holiday en 1939. Aunque siempre se la comparó con Holiday por el peso dramático de sus interpretaciones, Simone imprimió a la pieza un tono más severo y menos resignado, coherente con su temperamento combativo y con la urgencia política que había adoptado a mediados de los sesenta.
Matrimonio, maternidad y explotación
La vida personal de Simone estuvo marcada por relaciones complicadas. Se casó primero brevemente con Don Ross, en 1958, matrimonio que terminó en divorcio dos años después. En 1961 se casó con Andrew Andy Stroud, un expolicía de Nueva York que se convirtió en su representante y mánager.
Stroud impulsó decisivamente la carrera de Simone en el terreno comercial, organizando giras y negociando contratos, pero la relación estuvo marcada por episodios de violencia doméstica que la propia cantante describió con crudeza en su autobiografía. En 1962 nació la hija de ambos, Lisa Celeste Stroud, que años más tarde adoptaría el nombre artístico de Simone Kelly, y luego el de Lisa Simone, para desarrollar su propia carrera como cantante.
La relación con Stroud, que se prolongó hasta el divorcio en 1971, dejó una huella profunda en Simone, quien llegó a describir su vida en esos años como la de una mujer rica y famosa, pero no libre, una frase que resume buena parte de la tensión entre éxito público y sufrimiento privado que atravesó toda su trayectoria.
Su hija Lisa Simone siguió un camino singular, sirvió como piloto de helicópteros en el ejército estadounidense antes de dedicarse por completo a la música, y en años recientes ha mantenido vivo el legado materno con giras internacionales dedicadas a su repertorio.
La relación entre madre e hija no estuvo exenta de tensiones. Lisa Simone ha relatado en distintas entrevistas que su infancia estuvo marcada por la inestabilidad emocional de su madre y por largas ausencias derivadas de las giras constantes, un testimonio que aporta matices necesarios a la imagen pública de la artista y que ella misma ha ofrecido siempre desde el cariño y la comprensión hacia lo que su madre atravesó. Con el paso de los años, Lisa Simone hizo las paces con ese legado y terminó por convertirse en su principal continuadora sobre los escenarios, actuando incluso junto a su madre en algún festival durante los años noventa, entre ellos el Guinness Blues Festival de Dublín en 1999, donde ambas compartieron escenario en un dúo generacional que anticipaba el papel que Lisa asumiría después.
El exilio voluntario
A comienzos de los años setenta, Simone decidió abandonar Estados Unidos. Las razones fueron múltiples, el desgaste de su activismo, que había enfriado el interés de discográficas y emisoras de radio, la ruptura con Stroud, y un conflicto con Hacienda estadounidense derivado de que su marido había dejado de pagar impuestos durante varios años como forma de protesta contra la guerra de Vietnam.
En septiembre de 1970 se instaló primero en Barbados, donde mantuvo una relación sentimental con el entonces primer ministro Errol Barrow. Regresó brevemente a Estados Unidos en 1978, cuando aún era reclamada por evasión fiscal, y grabó ese mismo año el álbum Baltimore, producido para el sello CTI de Creed Taylor, un disco que la crítica recibió con entusiasmo tras un largo silencio discográfico.
Después de esa breve vuelta, su periplo internacional continuó. Vivió en Liberia por invitación de su amiga la cantante sudafricana Miriam Makeba, después en Suiza y en los Países Bajos, antes de establecerse definitivamente en Aix en Provence, en el sur de Francia, a comienzos de los años noventa.
La estancia en Liberia, país que Simone llegó a describir como el lugar donde por fin se sintió libre del peso del racismo estadounidense, duró varios años y le permitió alejarse por completo del circuito discográfico convencional. Makeba, que había sido despojada de su nacionalidad sudafricana por el régimen del apartheid debido a su propio activismo, compartía con Simone una comprensión profunda de lo que significaba pagar un precio personal altísimo por la coherencia política, y esa amistad resultó decisiva para que Simone reconstruyera, aunque fuera de manera parcial, algo de la estabilidad que había perdido en Estados Unidos.
Durante esos años, su producción discográfica se volvió más esporádica, aunque no menos intensa. Álbumes como Fodder on My Wings, de 1982, de tono marcadamente autobiográfico, revelan a una artista que seguía procesando musicalmente su propio dolor, incluso en los momentos de mayor distancia respecto al público estadounidense.
Los años oscuros y el diagnóstico
La reputación de Simone como intérprete en directo alcanzó proporciones casi legendarias durante este período de exilio, pero por razones que combinaban lo artístico con lo personal. Sus conciertos eran impredecibles, intensos y en ocasiones abiertamente conflictivos con el público, al que exigía un respeto casi religioso durante sus actuaciones.
A comienzos de los años noventa fue diagnosticada de un trastorno bipolar, algo que según relató después explicaba en parte los cambios bruscos de humor y los episodios erráticos que habían jalonado buena parte de su carrera. Ella misma atribuyó parte de esos episodios al agotamiento extremo generado por años de giras constantes y al maltrato sufrido en su matrimonio con Stroud.
Hubo momentos de auténtica crisis. En algún episodio de los años ochenta llegó a ser encontrada deambulando semidesnuda en el vestíbulo de un hotel, y en otro momento provocó un incendio en su propia casa en Francia. Amigos y colaboradores cercanos, entre ellos su director musical Al Schackman, la ayudaron a reconstruir progresivamente tanto su vida personal como su carrera.
El resurgir inesperado
Cuando todo indicaba que su nombre quedaría relegado al recuerdo de un puñado de aficionados al jazz, un giro inesperado del destino le devolvió la popularidad masiva. En 1987, la canción My Baby Just Cares for Me, grabada casi treinta años antes, fue elegida para una campaña publicitaria del perfume Chanel N.º 5 en el Reino Unido, con un videoclip de animación en plastilina realizado por el estudio Aardman.
El anuncio convirtió a la canción en un fenómeno inesperado, alcanzando el quinto puesto de las listas británicas y el primero en Francia. A partir de ese momento, versiones del tema grabadas por artistas como Cyndi Lauper o George Michael contribuyeron a mantener viva la exposición mediática de Simone en un momento tardío de su carrera.
En 1992 publicó su autobiografía, I Put a Spell on You, escrita junto al periodista Stephen Cleary, en la que repasó sin concesiones tanto sus logros artísticos como sus fracasos personales, sus matrimonios fallidos, el maltrato sufrido, sus problemas económicos y su lucha contra la enfermedad mental. El libro sigue siendo hoy una fuente primaria imprescindible para comprender su figura.
En sus páginas, Simone recordó una frase que le repetía con frecuencia el escritor James Baldwin, con quien mantuvo una estrecha amistad, según la cual el mundo que uno se construye a sí mismo es también el mundo en el que después tiene que aprender a vivir. Esa idea, aplicada a su propia trayectoria, resume bien la tensión constante entre la libertad artística que perseguía y las consecuencias personales que esa misma libertad terminó acarreándole. El libro fue recibido con gran interés crítico en el momento de su publicación y contribuyó de manera decisiva a que una nueva generación de lectores y oyentes se acercara a su figura desde una perspectiva mucho más completa que la que ofrecían hasta entonces las notas de prensa de sus discos.
Los últimos años y la despedida
Durante la década de los noventa, Simone continuó actuando en los festivales de jazz más prestigiosos de Europa, entre ellos el Nice Jazz Festival de 1997 y el Thessaloniki Jazz Festival de 1998. Ese mismo año de 1998 fue invitada especial en la celebración del ochenta cumpleaños de Nelson Mandela, un reconocimiento simbólico a su papel histórico en la lucha contra la injusticia racial.
Su última gira internacional data del año 2000. En sus conciertos finales, ya debilitada, seguía siendo capaz de generar momentos de una intensidad extraordinaria, alternando fragilidad física con arrebatos de la furia interpretativa que siempre la había caracterizado.
Simone luchó contra un cáncer de mama durante los últimos años de su vida, una enfermedad que mantuvo relativamente alejada del conocimiento público. Apenas días antes de morir, el 19 de abril de 2003, el Instituto Curtis de Música, la institución que la había rechazado como estudiante en 1951, le concedió un título honorífico, un gesto tardío que llegó demasiado tarde para que ella pudiera saborearlo con plenitud.
Nina Simone murió mientras dormía en su casa de Carry le Rouet, cerca de Marsella, el 21 de abril de 2003, a los setenta años. Sus cenizas fueron esparcidas en varios países africanos, en un gesto final coherente con el vínculo que sintió siempre con el continente que consideraba su verdadera patria espiritual.
Una discografía inmensa y difícil de clasificar
A lo largo de más de cuatro décadas de carrera, Simone dejó una obra que ronda los cuarenta álbumes de estudio y en directo, además de numerosas recopilaciones y ediciones póstumas. Esa cifra por sí sola explica por qué resulta tan difícil resumir su legado en un puñado de discos.
Del período Bethlehem y Colpix, entre 1958 y 1964, destacan además de Little Girl Blue, títulos como The Amazing Nina Simone, Nina Simone at Town Hall, Nina at Newport, Forbidden Fruit, Nina Simone at the Village Gate y Nina Simone Sings Ellington, un tributo directo a uno de sus grandes referentes, Duke Ellington, cuya influencia armónica es perceptible en buena parte de su obra temprana.
La etapa en Philips, entre 1964 y 1967, incluye Broadway Blues Ballads, Nina Simone in Concert, Pastel Blues, con la célebre Sinnerman como pieza central, I Put a Spell on You, Let It All Out, Wild Is the Wind y High Priestess of Soul, título que terminaría convirtiéndose en su apodo definitivo.
El período RCA, de 1967 a 1974, aportó Nina Simone Sings the Blues, Silk and Soul, Nuff Said, To Love Somebody, Black Gold, Here Comes the Sun, con su versión del clásico de los Beatles, Emergency Ward e It Is Finished. Ya en su etapa europea llegaron Baltimore, en 1978, y Fodder on My Wings, en 1982, además de grabaciones en directo como Live at Ronnie Scott’s o Nina’s Back, de 1985.
El álbum Baltimore, producido por Creed Taylor para su sello CTI, merece una mención aparte. Incluye una versión de la canción homónima de Randy Newman, una lectura reggae de The Look of Love y una revisión del clásico gospel Balm in Gilead, y supuso el regreso de Simone a los estudios de grabación tras años de silencio discográfico casi total, además de confirmar que su capacidad de reinterpretar el repertorio ajeno seguía intacta pese a la distancia que había tomado respecto a la industria musical estadounidense.
Here Comes the Sun, de 1971, es otro ejemplo de esa capacidad de apropiación. Simone tomó la canción de George Harrison y la despojó de su ligereza original para convertirla en una meditación mucho más melancólica, algo que se repetiría con otras versiones de repertorio pop y rock que abordó a lo largo de su carrera, siempre con la voluntad de imprimirles una lectura personal antes que de limitarse a reproducir el original.
A esta ya extensa lista habría que sumar las decenas de recopilaciones publicadas después de su muerte, entre ellas Nina Revisited, A Tribute to Nina Simone, un álbum de versiones grabado en 2015 por artistas como Lauryn Hill, Common, Mary J. Blige, Alice Smith o Gregory Porter, publicado junto al estreno del documental de Liz Garbus como homenaje colectivo a su legado.
El reconocimiento que llegó tarde
Como suele ocurrir con las trayectorias artísticas más incómodas para su tiempo, buena parte del reconocimiento institucional a Nina Simone llegó después de su muerte. Recibió en vida varias nominaciones al Grammy, pero nunca ganó una estatuilla competitiva, algo que la Academia intentó reparar de forma simbólica con un Grammy honorífico a la trayectoria concedido en 2000.
En 2018, quince años después de su muerte, Simone fue finalmente incluida en el Salón de la Fama del Rock and Roll. La cantante Mary J. Blige pronunció el discurso de inducción, en una ceremonia celebrada en Cleveland en la que Simone compartió cartel con artistas tan distintos como Bon Jovi, Dire Straits o los Moody Blues. Su hermano Sam Waymon, que fue durante casi treinta años su organista y director musical, recogió el reconocimiento en su nombre.
Tres años después, en 2021, fue incluida también en el Salón de la Fama del Rhythm and Blues. En 2019, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos seleccionó Mississippi Goddam para su preservación en el National Recording Registry, el archivo que reúne las grabaciones consideradas de mayor relevancia cultural, histórica o estética del país.
El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana de la Institución Smithsonian, en Washington, dedica igualmente un espacio permanente a su figura dentro de su colección, reconociendo tanto su aportación musical como su papel como activista, y su nombre aparece de forma recurrente en exposiciones dedicadas a la historia del movimiento por los derechos civiles en distintos museos estadounidenses.
En el terreno teatral, su vida y su obra inspiraron también la producción Nina Simone, Four Women, escrita por la dramaturga Christina Ham, una pieza construida a partir del propio proceso de composición de la canción homónima que ha sido representada en teatros regionales estadounidenses, entre ellos el South Coast Repertory de California, contribuyendo a que nuevas generaciones de espectadores conozcan su historia a través de un formato distinto al musical o al documental.
La huella imborrable en la música contemporánea
Pocos artistas del siglo veinte han dejado una influencia tan visible en generaciones posteriores de músicos como Nina Simone. Su sombra se extiende sobre el soul, el hip hop, el neo soul y buena parte del pop contemporáneo más comprometido políticamente.
Lauryn Hill reivindicó abiertamente su legado a mediados de los noventa, un gesto que ayudó a introducir a Simone a audiencias mucho más jóvenes que no la habían descubierto todavía. Jay-Z incluyó un sample de Four Women en su canción The Story of O.J., del álbum 4:44, acompañado de un videoclip que incorpora una versión animada de la propia cantante. Kanye West ha recurrido a su voz en más de una ocasión, entre otras producciones en el tema Blood on the Leaves.
Artistas como Mary J. Blige, John Legend, Usher, Feist o la banda británica Muse han versionado piezas de su repertorio, mientras que voces como Erykah Badu son señaladas con frecuencia por la crítica como herederas directas de su forma de entender la música negra como espacio de introspección y denuncia a partes iguales.
Mary J. Blige, de hecho, mantuvo una relación particularmente estrecha con el legado de Simone. Estuvo inicialmente considerada para interpretarla en la adaptación cinematográfica de su vida antes de que el papel recayera finalmente en Zoe Saldaña, y en 2015 grabó una versión de Don’t Let Me Be Misunderstood para el álbum colectivo Nina Revisited. Esa cercanía explica en parte por qué fue ella la encargada de pronunciar el discurso de inducción al Salón de la Fama del Rock and Roll en 2018, un texto en el que reconoció abiertamente sentirse reflejada en las luces y sombras de la propia Simone.
La lista de referencias directas o indirectas continúa creciendo con el paso de los años. Productores de hip hop como No ID, colaborador habitual de Jay-Z, han explicado en entrevistas que recurrir a la voz de Simone equivale a incorporar directamente una porción de historia y de autenticidad emocional a una producción contemporánea, algo que resulta muy difícil de conseguir por otros medios. Ese mismo razonamiento explica por qué su voz ha aparecido también sampleada en temas de Lil Wayne, Talib Kweli o Common, entre muchos otros nombres del hip hop y el soul de las últimas dos décadas.
También en el terreno de la música electrónica su legado ha encontrado nuevas vías de circulación. Remezclas de productores como Avicii o el dúo Postal Service han llevado fragmentos de su obra a públicos de festivales que probablemente nunca escucharían de otro modo sus grabaciones originales, mientras que remixes recientes de temas como Sinnerman, incluido uno firmado por el dúo Sofi Tukker, demuestran que su catálogo sigue generando interés comercial activo mucho más allá del circuito estrictamente jazzístico en el que se originó.
El interés por su figura recibió un impulso decisivo en 2015 con el estreno del documental What Happened, Miss Simone?, dirigido por Liz Garbus para Netflix y nominado al Oscar, que reconstruyó con material de archivo inédito tanto su genio musical como las zonas más oscuras de su biografía. Un año después, la película Nina, protagonizada por Zoe Saldaña, generó una intensa controversia por la elección de una actriz cuyos rasgos y tono de piel, según numerosas críticas, no correspondían a los de la propia Simone, un debate que reabrió preguntas incómodas sobre la representación de las mujeres negras en la industria del cine.
Nina Simone en la actualidad
Lejos de apagarse, el interés por Nina Simone sigue en expansión. En los últimos meses, varias iniciativas han mantenido su figura en el centro de la conversación cultural, tanto en Estados Unidos como fuera de sus fronteras.
Su casa natal en Tryon, una modesta construcción de madera de apenas sesenta metros cuadrados, estuvo a punto de ser demolida antes de que en 2017 un grupo de artistas visuales, entre ellos Adam Pendleton, Ellen Gallagher, Julie Mehretu y Rashid Johnson, decidiera comprarla para preservarla. Desde entonces, en colaboración con el National Trust for Historic Preservation, la vivienda ha sido restaurada con detalle y designada tesoro nacional, y hoy puede visitarse como un espacio de memoria dedicado a la artista.
En junio de 2026, la casa fue escenario de una conversación pública entre la pianista Lara Downes y la académica Salamishah Tillet, ganadora del Pulitzer, recogida por la radio pública NPR dentro de una serie dedicada a explorar la historia estadounidense a través de la música. Tillet prepara desde hace dos décadas un libro sobre la cantante, titulado Nina Simone and the World She Made, cuya publicación está prevista para el año próximo y que promete convertirse en una de las biografías de referencia sobre su figura.
El catálogo discográfico de Simone también sigue reeditándose. En marzo de 2026, el sello Verve anunció el lanzamiento digital por primera vez del álbum Nina’s Back, de 1985, ampliando así el acceso a un período de su obra menos conocido por el gran público. Otras grabaciones tempranas, como las sesiones para Bethlehem recopiladas bajo el título Mood Indigo, han recibido igualmente ediciones remasterizadas en años recientes.
Su hija, Lisa Simone, continúa manteniendo vivo el repertorio materno sobre los escenarios. En 2026 ha regresado a Australia por cuarto año consecutivo, esta vez extendiendo su gira a ciudades regionales como Canberra, Newcastle o Wyong, después del éxito de convocatoria de sus visitas anteriores al país, que incluyeron funciones con entradas agotadas en salas como el Hamer Hall de Melbourne.
En febrero de 2026, coincidiendo con lo que habría sido el noventa y tres cumpleaños de la cantante, la galería Mirrorball de Tryon acogió un homenaje en el que participó su hermano, el compositor y músico Sam Waymon. Durante el acto se presentó Love Me or Leave Me, un sencillo que combina grabaciones originales de la voz de Simone con nuevas aportaciones de Waymon, creando un dueto póstumo entre generaciones de una misma familia. La emisora universitaria WKCR, de la Universidad de Columbia, mantiene además la tradición anual de dedicar veinticuatro horas ininterrumpidas de programación a su música cada 21 de febrero.
El interés por su figura también se manifiesta fuera de Estados Unidos. En octubre de 2025, el Bosque de Chapultepec de Ciudad de México acogió un concierto tributo al aire libre dedicado íntegramente a su repertorio, interpretado por la cantante mexicana Mariana Terroba, con entradas agotadas semanas antes de la celebración, una muestra de que su música sigue conectando con públicos muy distintos a los que la vieron actuar en vida.
En la propia conversación mantenida en junio de 2026 en la casa de Tryon, Salamishah Tillet subrayó que reconocer la historia de Estados Unidos a través de la vida de una niña negra del sur segregado, en el marco de las conmemoraciones por los doscientos cincuenta años de la independencia del país, resulta en sí mismo un gesto significativo. La propia Lara Downes relató durante ese encuentro una experiencia reciente con un grupo de estudiantes de secundaria en Brooklyn a quienes mostró un vídeo de Simone interpretando I Wish I Knew How It Would Feel to Be Free en el Festival de Jazz de Montreux de 1976, y cómo esa actuación bastó para que los jóvenes, inicialmente escépticos sobre la capacidad de la música para transformar el mundo, cambiaran por completo de opinión.
Ese tipo de experiencias ilustran por qué figuras del pop y del hip hop más recientes, desde Kendrick Lamar hasta Bad Bunny, o el propio álbum Cowboy Carter de Beyoncé, son descritas por especialistas como Tillet como herederas, directas o indirectas, de una tradición que Simone contribuyó a consolidar, la de entender las actuaciones públicas de gran escala, incluidas las de la Super Bowl, como plataformas legítimas para el mensaje político.
Una artista irreductible
Nina Simone dedicó su vida a resistirse a cualquier clasificación cómoda. No quiso ser solo pianista clásica, ni solo cantante de jazz, ni solo activista, ni solo intérprete comercial. Fue todas esas cosas a la vez, y esa negativa a encajar en un molde único es precisamente lo que explica la vigencia de su obra.
Su música sigue sonando en manifestaciones, en documentales, en samples de hip hop, en aulas universitarias y en la casa de madera azul pálido donde nació hace más de noventa años. Como ella misma repitió en numerosas ocasiones, el deber de un artista es reflejar los tiempos que le tocan vivir. Los suyos, marcados por la segregación, la violencia racial y una búsqueda incesante de libertad, siguen hablando con una claridad incómoda al presente.
Queda, además, la lección menos cómoda de su biografía, la del precio que pagó por esa coherencia. Simone perdió contratos, giras y una parte considerable de su bienestar económico y emocional por negarse a separar su arte de sus convicciones. No hubo en ella un cálculo de imagen ni una estrategia de mercado detrás de canciones como Mississippi Goddam o Four Women, sino una urgencia genuina que terminó por definir tanto su grandeza artística como buena parte de su sufrimiento personal.
Casi un siglo después de que aquella niña de Tryon se sentara por primera vez frente a un piano en la iglesia de su madre, la pregunta que ella misma planteaba sobre el papel del arte frente a la injusticia sigue tan vigente como entonces. Nina Simone no vivió para verlo, pero su obra continúa ofreciendo una respuesta contundente, la de que la música, cuando se ejerce sin miedo, puede convertirse en una de las formas más duraderas de memoria colectiva.