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10 Momentos clave en conciertos históricos para la música


Bob Dylan en Newport

Hay conciertos que simplemente ocurren: el músico toca, el público escucha, todo el mundo se va a casa. Y luego hay noches en las que algo se rompe o se abre, en las que lo que sucede sobre un escenario trasciende el entretenimiento y se convierte en historia. Estas últimas son las que nos interesan aquí.

La música en directo tiene una cualidad que ningún estudio de grabación puede reproducir: la posibilidad del accidente, de lo irrepetible, de que algo salga completamente mal o extraordinariamente bien sin que nadie lo haya planeado. Es esa tensión entre el control y el caos la que ha generado algunos de los momentos más memorables de la historia cultural del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Este artículo recorre diez de esos instantes —algunos eufóricos, otros trágicos, todos inevitables en retrospectiva— que marcaron un antes y un después en la relación entre los artistas y sus audiencias.

1. Frank Sinatra en el Paramount Theatre, Nueva York (1942-1944)

Para entender lo que vino después —los Beatles, el pop masivo, la histeria colectiva como fenómeno de masas—, hay que remontarse a la Nueva York de principios de los años cuarenta y a un joven de Hoboken que acababa de separarse de la orquesta de Tommy Dorsey.

El 30 de diciembre de 1942, Frank Sinatra actuó como cabeza de cartel por primera vez en el Paramount Theatre de Broadway. Ya había actuado allí antes, pero siempre como músico secundario. Esta vez era diferente. La noche anterior, las colas para conseguir entrada rodeaban varias manzanas bajo la nieve. Cuando Sinatra subió al escenario, algo que el mundo del espectáculo no había visto antes estalló en la sala: las chicas —las llamadas bobby-soxers, adolescentes con calcetines tobilleros— comenzaron a gritar, a llorar, a desmayarse. Algunas simplemente se quedaban inmóviles, incapaces de articular palabra.

El columnista Earl Wilson, que cubrió el evento para la prensa, describió la escena como algo cercano a la histeria colectiva. Los servicios de emergencia tuvieron que atender a varias jóvenes. El fenómeno se repitió durante semanas, porque Sinatra siguió actuando en el Paramount a lo largo de aquellas temporadas hasta 1944, y cada vez el delirio era mayor.

Lo que hacía Sinatra en el escenario no tenía precedentes en términos de comunicación íntima con el público. Cantaba mirando directamente a los ojos de la audiencia, con una intensidad que hacía sentir a cada persona que la canción era solo para ella. Era, en esencia, la invención del pop star moderno: el artista como objeto de proyección emocional, como figura capaz de canalizar los deseos y las frustraciones de toda una generación.

El biógrafo Will Friedwald ha señalado que lo que Sinatra inauguró en el Paramount no fue solo un estilo de actuación, sino toda una industria: la del fandom masivo, la del ídolo juvenil, la del concierto como ritual de pertenencia colectiva. Sin aquellas noches en Broadway, es difícil imaginar a los Beatles en el Ed Sullivan Show veinte años después.

2. Bob Dylan enchufado en Newport (1965)

Pocas imágenes en la historia del rock resumen mejor el conflicto entre la tradición y la modernidad que la de Bob Dylan subiendo al escenario del Newport Folk Festival el 25 de julio de 1965 con una guitarra eléctrica y una banda completa. Lo que pasó a continuación sigue siendo objeto de debate sesenta años después.

El Newport Folk Festival era el templo de la música folk americana, un espacio que había nacido con una vocación política y comunitaria muy clara. Pete Seeger, Joan Baez, el propio Dylan habían actuado allí como portavoces de una tradición que valoraba la autenticidad acústica como sinónimo de pureza política y artística. Dylan ya era en 1965 el poeta más importante de su generación, el autor de «Blowin’ in the Wind» y «The Times They Are A-Changin’». Se suponía que era el guardián de esa tradición.

Pero Dylan llevaba meses escuchando a los Beatles y a los Animals, y había grabado «Bringing It All Back Home», un disco que mezclaba el folk con el rock eléctrico. Cuando subió al escenario de Newport con la Paul Butterfield Blues Band, enchufó su Fender Stratocaster y atacó «Maggie’s Farm», el público —o al menos una parte significativa de él— reaccionó con abucheos.

Lo que ocurrió entre bastidores es casi tan legendario como la propia actuación. Pete Seeger, según varios testimonios, estaba fuera de sí. Se ha repetido durante años la historia de que Seeger quiso cortar los cables del sonido con un hacha porque el volumen le parecía excesivo, aunque el propio Seeger negó después que su intención fuera esa. Lo que sí es cierto es que expresó abiertamente su desaprobación.

Dylan tocó tres canciones eléctricas, volvió al escenario con una guitarra acústica para calmar los ánimos —aunque hay quien dice que fue simplemente porque no había más canciones preparadas con la banda— y se marchó sin dar explicaciones.

El momento fue interpretado entonces como una traición. Con el tiempo se entendió como una liberación. Dylan no estaba abandonando nada: estaba expandiendo lo posible. Newport 1965 es, en muchos sentidos, el instante en que el rock se convirtió en un lenguaje adulto capaz de cargar con el peso de la poesía seria.

3. Los Beatles en el Shea Stadium, Nueva York (1965)

El 15 de agosto de 1965, los Beatles tocaron en el Shea Stadium de Nueva York ante 55.600 personas. Era el mayor concierto que se había celebrado jamás hasta ese momento en términos de aforo y recaudación, y estableció un modelo —el del estadio como sala de conciertos— que definiría las siguientes décadas del negocio de la música en vivo.

Pero hay un detalle que lo convierte también en uno de los momentos más extraños y reveladores de aquella era: los Beatles prácticamente no podían escucharse a sí mismos. El sistema de amplificación era completamente inadecuado para un espacio de ese tamaño. El griterío del público era tan ensordecedor que los cuatro músicos tocaban a ciegas, guiándose por la memoria y la intuición, sin poder escuchar sus propios instrumentos ni sus voces.

John Lennon, en entrevistas posteriores, describió la experiencia con una mezcla de humor y perplejidad. Decía que en un momento dado se puso a mover los brazos de manera absurda, casi como si bailara torpemente, y que nadie se dio cuenta porque el ruido era tan brutal que todo daba igual. Estaban actuando en el vacío.

Las grabaciones filmadas del concierto, que se convirtieron en un documental, muestran a los cuatro con una mezcla de euforia y agotamiento. Paul McCartney reconoció después que aquella noche marcó el principio del fin de la etapa de conciertos del grupo. Si nadie podía escucharles, ¿qué sentido tenía seguir?

La paradoja del Shea Stadium es perfecta: el mayor triunfo del rock en directo hasta ese momento fue también la demostración más clara de que el formato tenía límites físicos y artísticos que no podían ignorarse. Los Beatles dejarían de actuar en directo definitivamente en agosto de 1966, y dedicarían su energía al estudio, produciendo «Revolver», «Sgt. Pepper’s» y todo lo que vino después. En cierto modo, el Shea Stadium mató los conciertos de los Beatles y, al hacerlo, dio nacimiento a sus mejores discos.

4. Jimi Hendrix en Woodstock: el himno reescrito (1969)

Woodstock duró cuatro días, del 15 al 18 de agosto de 1969, y pasó a la historia por muchas razones: el barro, los medio millón de personas, Janis Joplin, la lluvia, la ausencia de violencia grave a pesar del caos logístico monumental. Pero si hay un momento que sintetiza todo lo que aquel festival quiso ser y lo que su época significó, ese momento llegó al amanecer del lunes 18 de agosto, cuando Jimi Hendrix subió al escenario.

Hendrix era el último acto del cartel. Tocó de madrugada, en realidad ya entrada la mañana del lunes, porque los retrasos se habían ido acumulando durante todo el festival. Para entonces, la mayoría del público —que había llegado a ser de entre 400.000 y 500.000 personas— se había marchado. Quedarían quizás 180.000, exhaustos, muchos de ellos durmiendo en el barro.

Tocó durante casi dos horas con su banda Gypsy Sun and Rainbows. Y en algún momento de esa madrugada, arrancó las primeras notas del himno nacional de Estados Unidos, «The Star-Spangled Banner», con su guitarra eléctrica.

Lo que hizo Hendrix con esa melodía es una de las intervenciones más políticamente cargadas y musicalmente sofisticadas de la historia del rock. No la tocó limpiamente: la retorció, la distorsionó, introdujo en ella los sonidos de las bombas cayendo, de los aviones de combate sobrevolando, de los gritos de las víctimas. Era 1969. Vietnam estaba en su momento más sangriento. Las manifestaciones contra la guerra llenaban las calles. Y Hendrix tomó el símbolo más sagrado del patriotismo americano y lo convirtió en una pregunta dolorosa: ¿qué es este país realmente?

No dijo una sola palabra. No hizo ningún discurso. La guitarra habló por él con una elocuencia que ninguna arenga hubiera podido igualar. El crítico musical Robert Christgau escribió que era «el comentario político más profundo sobre América que había escuchado en su vida». Hendrix moriría apenas un año después, el 18 de septiembre de 1970. Tenía 27 años. Aquella actuación en Woodstock sigue siendo su testamento más luminoso.

5. Altamont: cuando el sueño se rompió (1969)

Cuatro meses después de Woodstock, el 6 de diciembre de 1969, los Rolling Stones organizaron un concierto gratuito en el Speedway de Altamont, en California. La intención era generosa, o al menos así se presentó: ofrecer al público de la costa oeste su propio Woodstock. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario.

Los Hells Angels, el club de motociclistas, fueron contratados como servicio de seguridad a cambio, según la leyenda, de cerveza. Desde el principio de la jornada, que también incluyó actuaciones de Crosby, Stills, Nash & Young, Jefferson Airplane y otros grupos, hubo tensión y violencia en torno al escenario. Los Angels golpearon a varios miembros del público con sus bastones de billar, y la situación fue escalando durante todo el día.

Cuando los Stones salieron al escenario, la violencia ya era difícil de contener. Durante la actuación, en algún momento mientras Mick Jagger cantaba «Under My Thumb», un joven de 18 años llamado Meredith Hunter, que era negro y estaba acompañado de su novia blanca —un detalle que, en el contexto de la tensión racial de la época, tiene una carga terrible—, sacó una pistola. Fue acuchillado y golpeado por varios Hells Angels y murió allí mismo.

El momento quedó filmado por los cineastas Albert y David Maysles, que estaban rodando lo que se convertiría en el documental «Gimme Shelter». Las imágenes son perturbadoras y difíciles de olvidar.

Altamont fue interpretado durante mucho tiempo como «el fin de los sesenta», como el momento en que la utopía hippie se demostró insostenible. En la práctica, mostró que la ingenuidad organizativa tenía consecuencias reales, que delegar la seguridad de un festival masivo en una banda de motociclistas era una decisión irresponsable, y que la cultura del rock no estaba al margen de las violencias que atravesaban la sociedad americana de su tiempo.

Jagger, que presenció la muerte de Hunter desde el escenario sin entender del todo lo que ocurría, habló después de la experiencia con visible trauma. Los Stones tardaron años en procesar públicamente lo que había ocurrido aquella noche en California.

6. Queen en el Live Aid: veintiún minutos que redefinieron el rock (1985)

El 13 de julio de 1985, el estadio de Wembley acogió la parte londinense del Live Aid, el megaconcierto organizado por Bob Geldof y Midge Ure para recaudar fondos para las víctimas de la hambruna en Etiopía. Actuaron, entre otros, David Bowie, Elton John, Paul McCartney y los Who. Pero hay un consenso casi unánime entre quienes estuvieron allí y quienes lo vieron por televisión —se emitió en directo a setenta y dos países— sobre quién se llevó la noche.

Queen subió al escenario a las seis de la tarde, hora británica. Tenían asignados veinte minutos. Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon llevaban años siendo una de las bandas más grandes del mundo, pero en 1985 arrastraban cierta pérdida de impulso. «The Works», su último disco, había tenido éxito, pero la crítica los había tratado con condescendencia durante años.

Lo que hizo Freddie Mercury aquella tarde es probablemente la actuación en directo más estudiada y admirada de la historia del rock moderno. Comenzó sentándose al piano para tocar «Bohemian Rhapsody» y a partir de ahí condujo al público de Wembley —72.000 personas— como si fuera su instrumento personal. Cuando respondían a sus vocalizaciones, cuando seguían sus gestos, cuando callaban y volvían a explotar, todo sucedía exactamente como él quería.

El momento más célebre es el de las vocalizaciones improvisadas al principio del set, cuando Mercury emite una serie de notas y el estadio entero le responde en perfecta sincronía. No estaba previsto así en el setlist. Mercury lo construyó en tiempo real, leyendo a la audiencia y llevándola adonde quería.

Brian May recordó después que cuando salieron al escenario, el ambiente era de expectación normal. Cuando salieron de él, todo el equipo era consciente de que había ocurrido algo fuera de lo ordinario. Los músicos que actuaron aquella noche —incluyendo a Paul McCartney, según sus propias palabras— reconocieron que Queen los había eclipsado a todos.

El Live Aid relanzó la carrera de Queen. Y la actuación de Mercury pasó a ser, con el tiempo, el referente sobre lo que un cantante puede hacer con un estadio lleno de personas: no entretenerlas, sino fundir su voluntad con la de ellas.

7. Sinéad O’Connor en el Saturday Night Live (1992)

Este no es un concierto en sentido estricto, pero merece estar en esta lista porque sucedió ante una audiencia televisiva de millones de personas y porque sus consecuencias fueron de una magnitud difícil de exagerar.

El 3 de octubre de 1992, Sinéad O’Connor actuó en directo en el Saturday Night Live interpretando a cappella una versión del tema «War» de Bob Marley. Cuando terminó la canción, sacó una fotografía del papa Juan Pablo II, la rompió en pedazos mirando directamente a la cámara y dijo: «Fight the real enemy». El estudio quedó en silencio absoluto. El público no aplaudió.

Lo que O’Connor intentaba denunciar era el abuso sexual de menores por parte de miembros del clero católico, un ascandaloso que en 1992 apenas comenzaba a conocerse públicamente y que las instituciones eclesiásticas llevaban décadas encubriendo. Su gesto fue, en retrospectiva, una de las protestas más claras y valientes que se hicieron en aquellos años sobre un tema que la prensa y la sociedad preferían ignorar.

Las consecuencias para ella fueron devastadoras. Fue abucheada en premios musicales. Sus discos fueron retirados de algunas listas de programación. La radio la boicoteó. Frank Sinatra dijo en una entrevista que le gustaría «darle una buena patada en el trasero». La presión pública fue tan brutal que prácticamente destruyó su carrera comercial durante la siguiente década.

Décadas después, cuando los escándalos de pederastia en la Iglesia Católica salieron a la luz masivamente, el gesto de O’Connor fue revaluado. Ella había tenido razón en todo. Y había pagado un precio personal enorme por decirlo en voz alta, en directo, ante millones de personas.

O’Connor murió en julio de 2023. En sus últimos años, muchos de quienes la habían condenado reconocieron que había sido una visionaria. Su actuación en el SNL es, en ese sentido, uno de los momentos más incómodos y necesarios que la televisión musical ha producido jamás.

8. Nirvana en el MTV Unplugged (1993)

El 18 de noviembre de 1993, Nirvana grabó en los estudios Sony de Nueva York el que se convertiría, tras la muerte de Kurt Cobain en abril de 1994, en uno de los discos en directo más influyentes de la historia del rock. El «MTV Unplugged in New York» es muchas cosas a la vez: un testamento, una despedida, una relectura y una revelación.

El formato Unplugged de MTV pedía a los artistas que tocaran en versión acústica sus grandes éxitos. Nirvana hizo exactamente lo contrario. Cobain eligió un setlist que desconcertó a los productores del programa: apenas tocaron los grandes hits de «Nevermind», y en cambio interpretaron canciones menos conocidas propias y versiones de otros artistas. David Bowie, Leadbelly, el Meat Puppets —cuya presencia en el escenario fue una de las sorpresas de la noche—, y una versión de «Where Did You Sleep Last Night», también conocida como «In the Pines», que cerró la actuación.

Lo que hace que esa actuación sea casi insoportable de ver hoy, sabiendo lo que ocurrió pocos meses después, es la intensidad con la que Cobain cantó. En la última canción, sus ojos están cerrados, su voz sube hasta un grito desgarrado, y cuando termina, el público guarda unos segundos de silencio antes de aplaudir. Es un silencio que la grabación ha conservado intacto.

Cobain llegó aquella noche con el escenario decorado con flores blancas, candelabros y una lámpara. Alguien del equipo de MTV le preguntó si quería un ambiente más alegre. Él dijo que no, que quería que pareciera «el funeral de un ángel». Eso fue lo que construyó.

El disco salió póstumo, en noviembre de 1994, y vendió millones de copias en todo el mundo. Pero más allá de los números, lo que el Unplugged de Nirvana demostró fue que detrás del ruido y la distorsión de «Smells Like Teen Spirit» había un compositor de una delicadeza y una vulnerabilidad que el grunge como formato había en parte ocultado. Era la versión más desnuda de Cobain, y también la última.

9. Michael Jackson y el moonwalk en Motown 25 (1983)

El 16 de mayo de 1983, NBC emitió un especial televisivo para celebrar el 25 aniversario del sello Motown. La actuación estaba planificada, las canciones eran conocidas, todo estaba bajo control. Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba, ni siquiera los propios productores del programa.

Michael Jackson tenía 24 años y era ya una estrella enorme, pero «Thriller» —el álbum que lo convertiría en el artista más vendido de la historia— acababa de salir unos meses antes y aún no había alcanzado su pico de popularidad. Aquella noche, Jackson interpretó «Billie Jean» con los Jackson 5 y, en un momento de la canción, se deslizó hacia atrás por el escenario con los pies en una posición que parecía físicamente imposible.

El moonwalk no fue inventado por Michael Jackson. Jeffrey Daniel, miembro del grupo Shalamar, lo había ejecutado en televisión británica en 1982. Antes que él, otros bailarines de funk y breakdance ya lo practicaban. Pero lo que Jackson hizo aquella noche en el especial de Motown fue presentarlo ante una audiencia de cuarenta y siete millones de personas con una perfección y una elegancia que ninguna versión anterior había alcanzado.

La respuesta del público en el estudio fue inmediata: un grito de asombro colectivo, seguido de aplausos que no cesaban. Fred Astaire, uno de los grandes ídolos de Jackson, lo llamó al día siguiente para decirle que era «un maldito hombre peligroso», en el sentido más elogioso posible.

El moonwalk se convirtió en el movimiento de danza más reconocible del siglo XX. Y el momento en que Jackson lo ejecutó por primera vez ante el gran público es, en términos de impacto visual inmediato, uno de los más comentados y analizados de la historia del espectáculo. Esa noche, en el Teatro Pasadena Civic Auditorium, Michael Jackson no solo bailó: reescribió las expectativas sobre lo que un cuerpo humano podía comunicar sobre un escenario.

10. Beyoncé en Coachella (2018)

El 14 de abril de 2018, Beyoncé se convirtió en la primera mujer negra en encabezar el cartel del festival de Coachella, en el desierto de California. Lo que presentó esa noche —y que luego se repitió el fin de semana siguiente, y que después se publicó como documental y álbum en directo bajo el nombre «Homecoming»— no fue simplemente un concierto. Fue una declaración de principios culturales, estéticos y políticos de una ambición que rara vez se ha visto en el formato del festival de música popular.

Durante dos horas, Beyoncé dirigió una producción que incluía a más de doscientos artistas en el escenario: bailarines, músicos de marcha, un coro, solistas. El espectáculo estaba inspirado en la tradición de los Historically Black Colleges and Universities (HBCU) de Estados Unidos, esas instituciones de educación superior fundadas específicamente para estudiantes afroamericanos antes y durante la segregación racial. La estética de las marchas de bandas universitarias negras, de la tradición del stepping, de la música de iglesia y del funk y el hip-hop se fundieron en un show de una coherencia visual y musical extraordinaria.

En un momento de la actuación, apareció en el escenario su hermana Solange Knowles. En otro, los supervivientes de Destiny’s Child —Kelly Rowland y Michelle Williams— se reunieron brevemente para cantar algunos de sus éxitos. Cada elemento estaba pensado, cada transición era precisa, pero el conjunto tenía una energía que iba más allá de la coreografía perfecta.

Lo que Beyoncé hizo en Coachella fue reivindicar, ante un público mayoritariamente blanco y joven, una tradición cultural afroamericana que raramente había tenido ese tipo de plataforma global. Y lo hizo no con un discurso, sino con una actuación que era en sí misma el argumento.

El documental «Homecoming», publicado en Netflix en 2019, reveló el proceso de preparación: meses de ensayos intensivos, muchos de ellos realizados durante y después del embarazo de gemelos de Beyoncé. Las escenas del documental muestran a una artista con un nivel de exigencia hacia sí misma y hacia su equipo que es casi difícil de contemplar. Pero también muestran por qué el resultado fue lo que fue.

La crítica la llamó «Beychella» desde esa misma noche. Y en la conversación sobre grandes actuaciones en directo del siglo XXI, Coachella 2018 ocupa ya un lugar que parece destinado a permanecer durante mucho tiempo.

Lo que nos dice la suma de todo esto

Estos diez momentos, tan distintos entre sí en términos de época, género y contexto, comparten sin embargo algunos rasgos comunes que vale la pena señalar.

El primero es la imprevisibilidad. Casi ninguno de estos instantes fue planificado en su totalidad. Sinatra no sabía que iba a inventar el concepto moderno del ídolo pop. Dylan no sabía exactamente cuál sería el efecto de enchufar su guitarra en Newport. Freddie Mercury construyó su actuación en el Live Aid en tiempo real, leyendo a la audiencia con una habilidad que ningún ensayo podría haber garantizado. El concierto en directo es el único formato artístico donde esa clase de improvisación puede ocurrir ante decenas de miles de testigos simultáneos.

El segundo rasgo común es que todos estos momentos son, en diferentes medidas, políticos. No en el sentido panfletario de la palabra, sino en el sentido más amplio: cada uno de ellos tiene que ver con el poder, con quién tiene voz y quién no, con qué cuerpos pueden ocupar qué espacios, con qué se puede decir y cómo. Hendrix reescribió el himno nacional americano con su guitarra. O’Connor denunció los abusos de la Iglesia cuando nadie más quería escucharlo. Beyoncé llevó la cultura afroamericana al escenario más blanco del circuito de festivales de pop. En cada caso, el concierto fue el vehículo de algo que iba más allá de la música.

El tercero, quizás el más universal, es que todos estos momentos hablan de la relación entre el artista y su público como una relación viva, de intercambio, de riesgo compartido. Los Beatles en el Shea Stadium descubrieron, en el silencio ensordecedor de aquel griterío, los límites físicos de esa relación. Queen en Wembley la llevó a su expresión más perfecta. Nirvana en el Unplugged la convirtió en algo casi insoportablemente íntimo.

La música grabada nos permite escuchar, pero la música en directo nos permite estar presentes en el momento en que algo cambia. Esa es su magia irreducible, y es por eso que, a pesar de la calidad de las grabaciones, de los festivales virtuales, de los conciertos en streaming que la pandemia de 2020 hizo necesarios, seguimos necesitando el espacio físico compartido, el sudor, el ruido, la imperfección, la posibilidad de que algo salga exactamente como no estaba planeado.

Estos diez momentos son la prueba de que esa posibilidad, cuando se actualiza, puede cambiar la historia.

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