Pocas corrientes arquitectónicas han generado tanto rechazo visceral como el brutalismo. Durante décadas, sus edificios fueron sinónimo de fealdad institucional, de fracaso urbanístico, de un sueño moderno convertido en pesadilla de hormigón. Se demolieron sin piedad. Se pintaron para disimularlos. Se abandonaron a la lenta degradación del tiempo y la desidia. Y sin embargo, hoy el brutalismo vive una segunda vida inesperada: es objeto de culto, de exposiciones, de libros de fotografía con tiradas agotadas, de cuentas de Instagram con millones de seguidores. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo se pasa de «derríbalo» a «protégelo» en el espacio de una generación?
La respuesta no es sencilla, y tampoco es solo estética. Tiene que ver con la memoria, con la política, con el desencanto y, paradójicamente, con la nostalgia de una época en que los gobiernos creían que la arquitectura podía cambiar el mundo.
El nombre y el malentendido
Lo primero que hay que aclarar es el origen del término, porque el brutalismo no debe su nombre a una supuesta brutalidad. La palabra viene del francés béton brut, que significa simplemente «hormigón en bruto» o «hormigón visto». Fue Le Corbusier quien empleó esa expresión para describir el acabado honesto de sus estructuras, sin revestimientos que ocultaran el material. La idea era mostrar la construcción tal como era, sin maquillaje.
El término «Nuevo Brutalismo» lo popularizaron los arquitectos británicos Alison y Peter Smithson en 1953, en un artículo en la revista Architectural Design. Los Smithson no hablaban solo de hormigón: hablaban de una actitud, de una ética. Querían una arquitectura que fuera honesta con sus materiales, con su estructura, con su función. Nada de falsas apariencias. Nada de decoración superpuesta. Lo que ves es lo que hay.
El crítico e historiador Reyner Banham fue quien sistematizó la corriente en su libro El Nuevo Brutalismo, publicado en 1966, donde analizaba sus fundamentos teóricos y sus principales obras. Para Banham, el brutalismo no era un estilo sino una postura moral frente a la arquitectura y frente a la sociedad.
El problema es que, con el tiempo, el término se fue aplicando a todo edificio de hormigón que resultara imponente, masivo o difícil de querer. Y ahí empezó el malentendido que persiste hasta hoy.
El contexto histórico: reconstruir el mundo
Para entender el brutalismo hay que situarlo en su momento. Europa salía destrozada de la Segunda Guerra Mundial. Ciudades enteras habían sido bombardeadas. Millones de personas necesitaban vivienda. Los gobiernos, especialmente los de orientación socialdemócrata o laborista, emprendieron programas de construcción masiva convencidos de que el Estado tenía la obligación de proporcionar un techo digno a sus ciudadanos.
En ese contexto, el hormigón no era una elección estética caprichosa: era una necesidad. Era barato, duradero, versátil y podía producirse a escala industrial. Los arquitectos de la época lo vieron también como un material democrático, sin las connotaciones de lujo de la piedra o el mármol. Un bloque de hormigón podía alojar a cien familias. Y si se diseñaba bien, podía ser también bello.
La fe en la modernidad era genuina. Muchos de los arquitectos que trabajaron en esta corriente eran idealistás comprometidos con la mejora de las condiciones de vida de las clases trabajadoras. No construían para los ricos. Construían para los que vivían hacinados en casas insalubres, para los que nunca habían tenido calefacción central ni cuarto de baño propio.
Esa dimensión social es inseparable del brutalismo, y es también una de las razones por las que su demolición genera hoy tanta controversia: derribar estos edificios es, para muchos, borrar la huella física del Estado del Bienestar.
Le Corbusier y la Unité d’Habitation
No se puede hablar de brutalismo sin Le Corbusier, aunque él nunca se consideró brutalista. Su Unité d’Habitation de Marsella, terminada en 1952, es el antecedente más influyente de la corriente. Se trata de un bloque residencial enorme —diecisiete plantas, 337 apartamentos, capacidad para 1.600 personas— que funciona como una ciudad vertical autosuficiente.
El edificio tiene tiendas, una guardería, una piscina en la azotea, un gimnasio. Le Corbusier quería demostrar que vivir en altura no tenía por qué ser una condena, sino todo lo contrario: una forma de liberar suelo para el verde, para el espacio público, para la vida comunitaria. El hormigón aparece en toda su crudeza, con las marcas del encofrado de madera visibles en la superficie, sin pulir ni pintar.
La Unité fue incomprendida por muchos en su momento —la prensa local la llamó «la casa del loco»— pero con el tiempo se convirtió en un objeto de peregrinación para arquitectos de todo el mundo. Hoy está protegida como monumento histórico en Francia y tiene hotel en sus plantas superiores. El viaje de lo detestado a lo venerado, en un solo edificio.
Los grandes nombres y sus obras
El brutalismo produjo algunas de las obras más ambiciosas y controvertidas del siglo XX. En el Reino Unido, donde la corriente tuvo un desarrollo especialmente intenso, los ejemplos se acumulan.
El arquitecto húngaro-británico Ernő Goldfinger proyectó la Torre Trellick en Londres entre 1966 y 1972. Con sus treinta y una plantas, es uno de los edificios más reconocibles del oeste de la ciudad. Durante años fue sinónimo de degradación urbana: vandalismo, inseguridad, mal mantenimiento. Los vecinos la llamaban «la torre del terror». En 1995, fue declarada edificio protegido de Grado II*, uno de los máximos niveles de protección en Inglaterra. Hoy sus apartamentos se venden a precios que muchos de sus inquilinos originales jamás habrían imaginado.
El propio Goldfinger construyó otro bloque similar en Poplar, al este de Londres: la Torre Balfron. Cuenta la historia, verificada, que Goldfinger vivió durante dos meses en uno de sus apartamentos para comprobar en persona cómo funcionaba el edificio y recoger las quejas de los vecinos. La anécdota dice mucho sobre la actitud de ciertos arquitectos brutalistas: comprometidos, al menos en teoría, con las personas que iban a habitar sus creaciones.
En Estados Unidos, el arquitecto Paul Rudolph dejó una huella profunda con el edificio de Arte y Arquitectura de Yale, terminado en 1963. La fachada de hormigón corrugado, con su textura casi escultórica, y los espacios interiores de una complejidad laberíntica lo convirtieron en objeto de fascinación y de odio a partes iguales. Fue parcialmente destruido por un incendio en 1969 —de origen nunca del todo esclarecido— y tardó décadas en ser restaurado y reconocido como la obra maestra que es.
Marcel Breuer, el diseñador de origen húngaro famoso también por sus muebles de tubo de acero, proyectó el edificio de la Whitney (hoy Met Breuer) en Nueva York en 1966. Un volumen que se ensancha hacia arriba, con fachada de granito gris y ventanas trapezoidales, que desafiaba toda convención y que sigue siendo uno de los edificios más originales de la ciudad.
En Canadá, Moshe Safdie creó el Hábitat 67 para la Exposición Universal de Montreal. Es un complejo residencial formado por 354 módulos de hormigón prefabricado ensamblados como piezas de un puzzle gigante, creando 148 viviendas con terrazas-jardín. Safdie quería demostrar que la vivienda en altura podía tener la privacidad y el espacio exterior de una casa unifamiliar. El resultado es un objeto visual de una fuerza extraordinaria que hoy es considerado uno de los grandes iconos de la arquitectura del siglo XX.
Louis Kahn, quizás el más poético de todos los arquitectos de esta generación, dejó obras de una profundidad espiritual poco habitual en el brutalismo más duro. Sus Laboratorios Richards en Filadelfia o el Instituto Salk en La Jolla, California, muestran que el hormigón puede ser monumental y sereno al mismo tiempo, que la pesadez puede convertirse en algo cercano a la trascendencia.
El brutalismo en España
En España, el brutalismo tuvo sus propias manifestaciones, aunque con matices propios derivados del contexto político y económico del franquismo y la transición.
Francisco Javier Sáenz de Oíza es probablemente el arquitecto español más identificado con esta corriente. Su obra más conocida, las Torres Blancas de Madrid, terminadas en 1969, son un ejemplo de brutalismo orgánico: cilindros y semicilindros de hormigón que se apilan y se superponen creando una silueta escultórica única. El edificio, situado en el paseo de la Castellana, sigue siendo uno de los más singulares de la capital y ha vivido un proceso de revalorización en los últimos años.
Sáenz de Oíza también proyectó el Banco de Bilbao en Madrid (actual sede del BBVA en el paseo de la Castellana), que aunque no es hormigón visto, comparte la radicalidad formal del pensamiento brutalista.
Otro nombre clave es Fernando Higueras, autor de proyectos de una originalidad desbordante que durante mucho tiempo estuvieron al margen de los circuitos de reconocimiento internacional. Su Centro de Restauraciones Artísticas de Madrid, con su característica planta circular y sus lucernarios, es una obra de referencia que empieza a recibir la atención que merece.
En el ámbito de la vivienda social, España produjo durante los años sesenta y setenta un gran número de polígonos residenciales de inspiración brutalista, muchos de ellos de calidad arquitectónica notable aunque de ejecución y mantenimiento muy desiguales. La Barceloneta, el Besòs, la Gran Vía de l’Hospitalet… Estos barrios concentraron durante décadas las tensiones urbanísticas y sociales propias de la migración interior y el desarrollismo, lo que contribuyó a asociar el hormigón visto con el fracaso y la marginalidad, de manera injusta con frecuencia.
El príncipe y el carbúnculo
El momento en que el rechazo al brutalismo alcanzó su cénit mediático tiene una fecha y un protagonista muy concretos: el 30 de mayo de 1984, en el Royal Institute of British Architects de Londres. El príncipe Carlos de Inglaterra pronunció un discurso en el que criticó con dureza la propuesta de ampliación de la National Gallery. La calificó de «monstruoso carbúnculo en la cara de un amigo muy querido y elegante».
La frase hizo historia. El proyecto fue retirado. Y el príncipe se convirtió en el portavoz más visible de un estado de opinión ampliamente compartido: que la arquitectura moderna, y especialmente el brutalismo, había traicionado la escala humana, había destruido el tejido histórico de las ciudades y había creado entornos hostiles e inhabitables.
Carlos no fue un caso aislado. Representaba el sentimiento de una mayoría que asociaba el hormigón con la decadencia, con los bloques de vivienda social degradados, con los aparcamientos y los pasos subterráneos oscuros y peligrosos. En los años ochenta y noventa, la demolición de edificios brutalistas se convirtió en una política casi sistemática en varios países. La torre de viviendas Pruitt-Igoe en St. Louis, Missouri, derribada en 1972 en lo que el teórico Charles Jencks llamó «la muerte de la arquitectura moderna», fue el símbolo más dramático de ese fracaso.
Sin embargo, la historia de Pruitt-Igoe es más compleja de lo que la anécdota sugiere. El complejo no fracasó por su diseño, sino por la desinversión sistemática del gobierno, por la segregación racial, por el abandono institucional. Echar la culpa al hormigón era más fácil que reconocer las causas estructurales del problema.
Robin Hood Gardens: la última batalla perdida
El caso más doloroso de los últimos años para los defensores del brutalismo fue la demolición de Robin Hood Gardens en Londres. El conjunto residencial, proyectado precisamente por Alison y Peter Smithson y terminado en 1972, fue demolido entre 2017 y 2019 a pesar de una campaña intensa de preservación que reunió a arquitectos de todo el mundo.
El Victoria & Albert Museum salvó un fragmento de la fachada, tres plantas completas, antes de que las excavadoras lo destruyeran todo. Ese gesto museístico —convertir un fragmento de arquitectura en pieza de exposición— resume perfectamente la contradicción del momento: se reconoce el valor histórico y artístico de un edificio justo cuando se decide derribarlo.
Los Smithson habían diseñado Robin Hood Gardens con una idea central que llamaban «calles en el cielo»: galerías abiertas a lo largo de las fachadas que funcionarían como espacios de encuentro y convivencia, como prolongaciones del espacio público en altura. La idea no funcionó exactamente como esperaban, por razones que tienen más que ver con la gestión del espacio público y la inversión en mantenimiento que con el diseño en sí.
La demolición generó un debate apasionado sobre quién tiene derecho a decidir qué se conserva y qué se tira, y sobre si los criterios de valor patrimonial deben incluir la arquitectura de las últimas décadas o solo la de siglos anteriores. En ese debate, el brutalismo se convirtió en el frente más caliente.
La rehabilitación: Instagram, libros y exposiciones
El giro en la percepción del brutalismo empezó de manera casi imperceptible en la primera década del siglo XXI y se aceleró de forma notable con la llegada de las redes sociales. Instagram, en particular, resultó ser un medio extraordinariamente favorable para este tipo de arquitectura.
Las fachadas de hormigón texturado, las sombras que proyectan los voladizos, las geometrías rotundas, la escala monumental: todo eso funciona muy bien en fotografía. Una imagen de la Torre Trellick a contraluz o del Barbican de Londres en blanco y negro tiene una fuerza visual que resulta irresistible para el ojo contemporáneo entrenado en el scroll continuo. Lo que en persona podía resultar opresivo, en una pantalla resulta sublime.
El fotógrafo y diseñador Peter Chadwick publicó en 2016 el libro This Brutal World, una recopilación de imágenes de edificios brutalistas de todo el mundo que agotó varias ediciones y contribuyó decisivamente a normalizar y popularizar el gusto por esta arquitectura. Otros libros siguieron: Brutalist London Map, Soviet Bus Stops, Concrete Concept… Una pequeña industria editorial alrededor de un estilo que dos décadas antes parecía destinado al olvido.
Las exposiciones también multiplicaron la presencia del brutalismo en el espacio cultural. El Barbican Centre de Londres, que es él mismo un ejemplo colosal de arquitectura brutalista, ha organizado varias muestras sobre la corriente y ha pasado de ser un centro cultural en busca de identidad a ser uno de los espacios más prestigiosos y frecuentados de la capital británica.
En Alemania, la iniciativa SOS Brutalismus —lanzada por el Deutsches Architekturmuseum de Fráncfort— creó un archivo online con miles de edificios brutalistas en todo el mundo, documentando su estado de conservación y alertando sobre los que están en peligro de demolición. El proyecto puso de manifiesto la escala global del fenómeno y contribuyó a crear una comunidad internacional de entusiastas y defensores.
¿Por qué ahora?
La pregunta es legítima. ¿Por qué precisamente ahora? ¿Por qué esta generación se ha enamorado de una arquitectura que sus padres detestaban?
Hay varias explicaciones que se complementan entre sí.
La primera es simplemente el paso del tiempo. La arquitectura brutalista tiene ya entre cincuenta y setenta años. Ha dejado de ser «moderna» en el sentido de amenazante o desconcertante, y ha empezado a ser histórica. Los que crecieron rodeados de estos edificios los ven con los ojos de la infancia, con una carga emocional que nada tiene que ver con los debates teóricos.
La segunda es la reacción frente a la arquitectura del presente. En un mundo dominado por las fachadas de vidrio y acero, por los edificios genéricos y intercambiables de las periferias empresariales, por la arquitectura-espectáculo de los grandes estudios internacionales, el brutalismo parece ofrecer algo que escasea: honestidad material, contundencia formal, carácter propio. Los edificios brutalistas son inconfundibles. No podrías confundir el Barbican con ningún otro conjunto residencial del mundo.
La tercera razón es política. En un contexto de crisis de la vivienda, de retroceso del Estado del Bienestar, de desigualdad creciente, mirar los grandes conjuntos residenciales brutalistas es mirar un mundo en que los gobiernos creían tener la obligación de alojar dignamente a sus ciudadanos. Esa ambición puede parecer ingenua, puede haber tenido resultados a veces fallidos, pero representaba un compromiso que hoy parece lejano. La nostalgia del brutalismo es también, en parte, nostalgia de ese proyecto político.
La cuarta razón tiene que ver con la honestidad material en sí misma. El hormigón visto es lo que es. No finge ser otra cosa. En una cultura saturada de simulacros, de superficies que imitan materiales nobles sin serlo, hay algo refrescante en esa declaración de principios: esto es hormigón, estas son las marcas del encofrado, esta es la junta de construcción. Sin mentiras.
El Barbican: el caso de éxito
Si hay un ejemplo que ilustra mejor que ningún otro la rehabilitación del brutalismo, es el Barbican de Londres. El conjunto, diseñado por los arquitectos Chamberlin, Powell y Bon y construido entre 1965 y 1976, es la mayor obra de arquitectura brutalista del Reino Unido. Ocupa casi diez hectáreas en el corazón de la City, donde antes no había más que ruinas de la guerra.
El Barbican incluye dos mil apartamentos, tres torres residenciales de cuarenta y tres plantas, escuelas, una iglesia, jardines con lagos artificiales, y el Barbican Centre: un complejo cultural con teatro, cine, salas de concierto, biblioteca y galerías. Cuando se inauguró, fue recibido con toda clase de críticas. La prensa lo llamó «laberinto de hormigón». Los residentes se quejaban de que era fácil perderse. Las pasarelas elevadas que conectaban los distintos bloques desconcertaban a los visitantes.
Con el tiempo, todo eso cambió. El Barbican fue declarado edificio protegido de Grado II en 2001. Sus apartamentos son hoy algunos de los más codiciados de Londres. El Barbican Centre es uno de los centros culturales más importantes de Europa. Y las pasarelas que antes parecían un error de planificación son hoy uno de los atractivos del conjunto: un sistema peatonal elevado que da al complejo una atmósfera entre utópica y cinematográfica que resulta irresistible para fotógrafos y cineastas. Decenas de películas y series han aprovechado esas localizaciones.
El Barbican demuestra que el problema de muchos edificios brutalistas nunca fue el diseño, sino la gestión, el mantenimiento, la inversión. Cuando se cuidan y se mantienen bien, estos edificios pueden ser extraordinariamente viables y habitables.
El hormigón y la sostenibilidad: la paradoja del presente
Hay un aspecto del debate sobre el brutalismo que raramente se menciona y que resulta, sin embargo, crucial en el contexto actual: la sostenibilidad. Demoler un edificio tiene un coste ambiental enorme. El cemento es uno de los materiales con mayor huella de carbono de la industria de la construcción. Derribar un edificio de hormigón para construir otro nuevo —aunque ese nuevo sea más eficiente energéticamente— implica liberar el CO₂ que quedó embebido en la estructura original y generar montañas de escombros de difícil gestión.
Desde esta perspectiva, la conservación y rehabilitación de los edificios existentes, incluidos los brutalistas, tiene un argumento ecológico de peso que se suma a los argumentos culturales e históricos. Rehabilitar en lugar de demoler es, en muchos casos, la opción más responsable desde el punto de vista medioambiental.
Este argumento ha ganado fuerza en los últimos años en los debates sobre patrimonio arquitectónico, y ha reforzado la posición de quienes piden que los edificios brutalistas amenazados de demolición reciban protección oficial.
El brutalismo y la fotografía: una relación especial
Merece la pena detenerse en la relación particular que existe entre el brutalismo y la imagen fotográfica, porque ha sido determinante en su rehabilitación popular.
La arquitectura brutalista fue concebida para ser habitada y experimentada en el espacio y el tiempo, pero casualmente —o no tan casualmente— responde de manera extraordinaria a las condiciones de la fotografía. Las texturas del hormigón capturan la luz de maneras que el vidrio y el metal no pueden reproducir. Los voladizos crean sombras geométricas de una precisión escultórica. Las proporciones monumentales se traducen en imágenes de una fuerza visual inmediata.
Fotógrafos como Simon Phipps, que lleva años documentando la arquitectura brutalista británica, o Niall Clutton, han construido obras fotográficas completas alrededor de esta arquitectura. Sus imágenes muestran una belleza que es difícil discutir, y han contribuido a convencer a mucha gente de que lo que veían en pantalla merecía ser preservado en el mundo real.
También el cine ha encontrado en el brutalismo un territorio expresivo propio. Las películas de la corriente conocida como «kitchen sink realism» en el Reino Unido ambientaban sus historias de clase trabajadora precisamente en estos entornos. Más tarde, el cine de ciencia ficción y distopía encontró en los bloques de hormigón el decorado perfecto para sus futuros alternativos. Dredd, A Clockwork Orange, Children of Men: el brutalismo como paisaje de la modernidad en crisis.
Tadao Ando y la herencia del hormigón visto
Sería injusto hablar del legado del brutalismo sin mencionar a Tadao Ando, el arquitecto japonés que mejor ha recogido y transformado su herencia. Ando trabaja con hormigón visto, pero de una manera completamente diferente: donde el brutalismo buscaba la rugosidad y la honestidad casi bruta del material, Ando busca la perfección absoluta del acabado, la depuración total de la forma.
Sus obras —la Iglesia de la Luz en Osaka, el Museo de Arte Chichu en la isla de Naoshima, la Fundación Pritzker en Madrid— demuestran que el hormigón visto puede ser no solo honesto sino también profundamente poético, que puede dialogar con la luz y con el paisaje de maneras sutiles e inesperadas. Ando ha llevado el potencial expresivo del hormigón a un territorio que el brutalismo apenas intuía.
Su éxito internacional, refrendado con el Premio Pritzker en 1995, ha contribuido también a legitimar culturalmente el material, a separarlo de las connotaciones negativas que había acumulado durante décadas y a restituirle una dignidad que nunca debió perder.
El futuro del brutalismo: conservar, rehabilitar, reinterpretar
Hoy el brutalismo ocupa un lugar ambiguo pero interesante en el panorama cultural y arquitectónico. Por un lado, cuenta con una comunidad de entusiastas más amplia que nunca. Por otro, sigue perdiendo batallas concretas: edificios que se derriban, que se desfiguran con reformas inapropiadas, que se abandonan hasta hacerse inviables.
La clave del debate es la protección patrimonial. En el Reino Unido, Historic England ha acelerado en los últimos años el proceso de catalogación de edificios de la segunda mitad del siglo XX, reconociendo que el patrimonio arquitectónico no puede detenerse en 1939 o en 1950. En España, el proceso es más lento, aunque hay señales de avance.
El reto es también de gestión. Muchos edificios brutalistas son bloques de vivienda social que requieren inversiones importantes en rehabilitación energética, accesibilidad y mantenimiento. Conservarlos implica asumir ese coste, y eso es una decisión política tanto como cultural.
Hay también una corriente creciente de arquitectos jóvenes que miran al brutalismo no como referencia nostálgica sino como punto de partida. La honestidad material, la atención a la escala y al espacio público, la ambición social: todo eso tiene vigencia y puede reinterpretarse con los medios y los valores del presente.
Lo que el hormigón tiene que decir
El brutalismo nunca fue solo una cuestión de hormigón. Fue una apuesta —fallida en parte, lograda en parte— por una arquitectura que tomara partido, que no se escondiera detrás de superficies amables, que asumiera la complejidad y la contradicción del mundo moderno.
Sus errores fueron reales. Algunos de sus edificios resultaron inhabitables, mal orientados, mal ventilados, mal conectados con la ciudad. Algunos de sus proyectistas fueron arrogantes con los usuarios, convencidos de que sabían mejor que nadie cómo debía vivirse. Algunos de sus presupuestos teóricos eran discutibles. Todo eso es cierto.
Pero también es cierto que muchos de sus fracasos fueron fracasos del contexto, no del diseño. Que la desinversión, la segregación y el abandono hicieron mucho más daño que el hormigón. Que algunos de sus edificios son obras de arte indiscutibles. Y que la ambición que los animaba —construir un mundo más justo, más igualitario, más digno— merece algo más que el desprecio fácil.
Mirar hoy un edificio brutalista bien conservado es mirar la huella de una época que creyó que la arquitectura podía cambiar las vidas de las personas. Puede que esa fe fuera excesiva. Pero en un tiempo en que la arquitectura se ha rendido demasiado a menudo al mercado y al espectáculo, algo en esa fe resulta extrañamente necesario.
El hormigón sigue ahí, con sus marcas y sus imperfecciones, esperando que alguien se moleste en mirarlo.