revista cultural por (y para) el arte

Amarga Navidad: Almodóvar se mira al espejo y no le gusta del todo lo que ve


Amarga Navidad de Pedro Almodóvar

Hay directores que envejecen y hay directores que maduran. Pedro Almodóvar lleva décadas haciendo las dos cosas a la vez, a veces en la misma película. Con Amarga Navidad, su largometraje número 24, el cineasta manchego vuelve al español —y a España— después de la aventura anglófona de La habitación de al lado, aquella película con Tilda Swinton y Julianne Moore que le valió el León de Oro en Venecia y que demostró, entre otras cosas, que el director de Todo sobre mi madre podía trabajar con cualquier lengua sin perder su acento propio. Ahora regresa a casa. Y lo hace con una película incómoda, brillante en momentos, discutible en otros, y sobre todo valiente en su voluntad de mirarse sin anestesia.

El título ya es una declaración de intenciones

Amarga Navidad es antes que nada un título con historia. Remite a la canción homónima de Chavela Vargas, esa voz que Almodóvar lleva usando desde los ochenta como si fuera un ingrediente de cocina imprescindible: apareció en Kika, en Carne trémula, en La flor de mi secreto, en Julieta. La voz de Chavela en su filmografía funciona como las especias en un guiso: no siempre visible, pero siempre presente en el sabor final. Que el título de la película nazca de esa canción no es un capricho sino una declaración de intenciones: esto va a ser un relato sobre el dolor, sobre la pérdida, sobre la tristeza que se cuela en los momentos que deberían ser de alegría.

El título además coincide con uno de los relatos incluidos en El último sueño, el libro de cuentos que el propio cineasta publicó hace unos años, lo que añade una capa más al juego de espejos que articula la película. Almodóvar lleva tiempo escribiendo en paralelo al cine, y en esta ocasión ambas actividades se han fundido hasta hacerse casi indistinguibles. No es la primera vez que un título suyo proviene de una canción —Volver, La flor de mi secreto—, pero sí es la primera en que el origen literario y el musical confluyen con tanta nitidez en el punto de partida.

La trama: dos tiempos, una sola angustia

Amarga Navidad narra la alternancia de dos historias paralelas que acaban siendo una sola. La primera transcurre en 2004, durante el largo puente de la Constitución de diciembre, y está protagonizada por Elsa, una directora de publicidad interpretada por Bárbara Lennie. Su madre acaba de morir y Elsa no sabe —o no quiere— hacer el duelo. Trabaja sin parar, se refugia en los proyectos, en los plazos, en la agenda: todo menos detenerse a sentir lo que ha perdido. Hasta que el cuerpo le dice basta con una crisis de pánico que la obliga a parar.

La segunda historia transcurre en 2025 y la protagoniza Raúl, un guionista y director de cine interpretado por Leonardo Sbaraglia, que atraviesa una sequía creativa prolongada y dolorosa. Para salir de ella recurre a la autoficción: mira dentro de sí mismo y mira también, inevitablemente, a las personas de su entorno más íntimo. Lo que Raúl está escribiendo, el espectador lo descubrirá pronto, es la historia de Elsa. Elsa es su alter ego, su material, su forma de hablar de sí mismo sin hablar de sí mismo.

Hay algo muy reconocible en el gesto central de la película —trabajar para no pensar, ocupar el tiempo para no tener que habitarlo— que Almodóvar convierte en el motor emocional del relato. El duelo no elaborado como detonante narrativo es un territorio que el director conoce bien: lo exploró en Volver, lo tocó de refilón en Dolor y gloria, y aquí lo coloca en el centro con una franqueza casi clínica. La diferencia es que esta vez el duelo no es solo el de Elsa por su madre, sino también el de Raúl —y quizás el del propio Almodóvar— por una cierta manera de crear que ya no le resulta posible sin cuestionarse.

Cuando la crisis de pánico obliga a Elsa a detenerse, decide viajar a Lanzarote junto a su amiga Patricia, mientras su novio Bonifacio se queda en Madrid. La elección de la isla como escenario es una de las más acertadas de la película. Lanzarote, con su paisaje volcánico y árido, su belleza inhóspita, su silencio mineral, resulta el marco perfecto para una historia sobre personas que necesitan salir de su propia vida para poder verla desde fuera. El contraste entre el bullicio madrileño y esa quietud insular funciona dramáticamente sin necesidad de subrayados.

El regreso al español como regreso a uno mismo

El Almodóvar que filmó en inglés era un Almodóvar algo más contenido, más consciente de su propio estatus internacional, trabajando con actrices que llegaban con su propio bagaje y su propia leyenda. El resultado fue admirable, premiado y, en algunos momentos, emocionante. Pero había una cierta distancia, una capa de formalidad quizás inevitable cuando se trabaja en una lengua que no es la propia.

El Almodóvar que filma en español es otra cosa: más instintivo, más libre, más dispuesto a meterse en el barro. En Amarga Navidad, esa libertad se nota sobre todo en los diálogos, que tienen esa textura particular de lo hablado —ese ritmo que nunca suena a guion aunque sea guion— que es una de las marcas de fábrica del director. Hay frases que parecen improvisadas y están milimetradas. Hay silencios que pesan exactamente lo que tienen que pesar. Es el tipo de escritura que solo se consigue cuando el idioma es el propio y los personajes habitan en el mismo universo cultural que quien los inventa.

El rodaje se desarrolló entre Madrid y Lanzarote, comenzando en junio de 2025 y concluyendo a mediados de agosto. Pau Esteve Birba se hizo cargo de la fotografía, una apuesta por sangre nueva después de años de colaboración con José Luis Alcaine. Y Alberto Iglesias volvió a encargarse de la música, fidelísimo acompañante del director desde los tiempos de Carne trémula. La producción corrió a cargo de El Deseo, el sello fundado junto a su hermano Agustín, con la participación de Movistar Plus+ y RTVE.

El reparto: una orquesta perfectamente afinada

Pocas veces el cine de Almodóvar ha reunido un reparto tan coral y tan preciso. Bárbara Lennie lleva años siendo una de las grandes actrices del cine español sin que el gran público termine de reconocerlo con la intensidad que merece. En Amarga Navidad tiene la oportunidad de construir un personaje complejo, obsesivo, vulnerable, que carga con el peso de la película sobre sus hombros sin que en ningún momento se note el esfuerzo. Elsa es un personaje que podría resultar antipático —es huidiza, egocéntrica en su dolor, incapaz de dar— y sin embargo Lennie consigue que el espectador nunca deje de estar de su lado. Eso es, exactamente, lo que distingue a las grandes intérpretes de las simplemente buenas.

Leonardo Sbaraglia regresa al universo almodovariano en el papel de Raúl. El actor argentino, que ya apareció en Todo sobre mi madre, tiene una presencia particular: inteligente sin resultar frío, físico sin ser superficial. Encaja perfectamente con un personaje que piensa demasiado y siente demasiado, aunque no siempre en el orden correcto, y que carga con la responsabilidad de encarnar esa pregunta ética que vertebra toda la película.

Aitana Sánchez-Gijón, presencia recurrente en la filmografía del manchego, brilla en un rol secundario pero pivotal, con esa capacidad suya para transmitir mucho con muy poco. Milena Smit, que ya deslumbró en Madres paralelas, consolida aquí su posición como una de las apuestas más sólidas del director para el futuro. Patrick Criado, Victoria Luengo y Quim Gutiérrez completan un reparto coral que trabaja con la generosidad de quien sabe que está al servicio de algo mayor que cada uno de ellos. Y Rossy de Palma, Carmen Machi y Gloria Muñoz aparecen en papeles de colaboración especial que aportan, como siempre, esa textura particular de lo almodovariano reconocible.

La pregunta que vertebra el film: ¿tengo derecho a usar el dolor ajeno?

Si hay una idea que atraviesa Amarga Navidad de principio a fin es la que el propio Almodóvar ha formulado con claridad en las entrevistas previas al estreno: ¿tiene el artista derecho a usar el dolor de las personas cercanas para construir su obra? Es una pregunta que el manchego lleva haciéndose —o eludiendo hábilmente— desde sus inicios. Su cine siempre ha bebido de experiencias ajenas, de historias escuchadas, de personajes basados en personas reales con nombres cambiados y circunstancias retocadas. El vampirismo emocional como método creativo.

En Dolor y gloria ese proceso fue por primera vez explícito, con Antonio Banderas encarnando una versión apenas disfrazada del propio director. En Amarga Navidad el movimiento va un paso más allá: no solo el director aparece ficcionado en pantalla, sino que la propia mecánica de vampirizar a los seres queridos para convertirlos en materia narrativa se convierte en el tema central del relato. Raúl mira a su compañero, a su ayudante, a sus amigos, y los convierte en personajes sin pedirles permiso. Sabe que lo que hace puede ser una traición. Y lo hace igualmente. Porque no puede no hacerlo.

El director lo explicó con su habitual lucidez: «Lo que más me atraía es que la película dentro de la película se cuestiona a sí misma. También me divertía no ser complaciente con el director, que es una suerte de alter ego, porque cuando escribes lo mezclas todo.» Y añadió algo que resulta particularmente revelador: «Me he convertido en mi propia musa, cosa que no es grata.» Pocas frases podrían resumir mejor el estado de ánimo de un artista que ha llegado a un punto de su carrera en que el único material que le interesa explorar es el propio proceso de explorar.

Lo que dice la crítica: entre la obra maestra y la justificación narcisista

La recepción de Amarga Navidad ha sido, como suele ocurrir con Almodóvar, apasionadamente dividida. Hay quien ve en ella una obra cumbre de su filmografía; hay quien ve un ejercicio de autoindulgencia refinado hasta el virtuosismo. Ambas lecturas son coherentes y, en cierta medida, ambas tienen razón.

Entre los entusiastas, las palabras que se repiten son «honestidad brutal», «complejidad», «estructura prodigiosa». Algunos críticos la han colocado a la altura de Dolor y gloria, que para muchos es su obra más personal y más lograda. Hablan de un Almodóvar más descarnado que nunca, dispuesto por primera vez a no salir bien parado de su propio relato, a mostrar al artista como ser egoísta y depredador además de sensible y generoso.

Entre los más escépticos, hay quien lamenta que la película derive en una narración que se fragmenta sin terminar de resolverse, con personajes que flotan sin acabar de aterrizar, y que el intento de justificar esa incoherencia como rasgo deliberado del proceso creativo resulte una argucia más que una solución. El eterno debate sobre si Almodóvar se repite o se perfecciona vuelve a abrirse con esta película, y la respuesta, como de costumbre, depende de cuánto le quiera uno y de cuánta paciencia tenga para sus manías.

Carlos Boyero, crítico que lleva décadas manteniendo una relación de amor-odio con el cineasta, la ha tachado de nueva exhibición en que las emociones parecen impostadas. Otros, desde posiciones igualmente críticas, lamentan que un director tan dotado parezca haberse encerrado en una conversación consigo mismo de la que ya no deja entrar al espectador.

Y sin embargo. Y sin embargo hay algo en Amarga Navidad que se queda pegado mucho después de la proyección. Quizás precisamente esa incomodidad. Quizás el hecho de que un director en la cima de su reconocimiento se permita el riesgo de mostrarse sin gracia, de no resultar simpático, de hacerse preguntas que no tienen respuestas claras. O quizás simplemente la interpretación de Bárbara Lennie, que en ciertos momentos es de una intensidad que hace daño.

Qué lugar ocupa en su filmografía

En la narrativa de la carrera de Almodóvar, Amarga Navidad parece querer ocupar el lugar de la película de la tercera edad: la obra de un hombre que ya no tiene nada que demostrar y que precisamente por eso puede permitirse todo tipo de riesgos. La autoficción como forma suprema de honestidad, o como su simulacro más elaborado. El juicio definitivo todavía está por emitirse, y probablemente nunca haya unanimidad.

Lo que sí parece claro es que Amarga Navidad no es una película de transición, ni un trabajo menor, ni un capricho crepuscular. Es una película de Almodóvar hecha desde el centro de Almodóvar, con todo lo que eso implica de fascinante e irritante, de generoso y narcisista, de preciso e imperfecto. Como los mejores artistas, el director manchego sigue siendo capaz de provocar conversación, de dividir al público, de generar opiniones encendidas en sentidos opuestos.

Ha llegado a las salas españolas el 20 de marzo de 2026, distribuida por Warner Bros., y tras su recorrido en cines llegará a Movistar Plus+. El mercado norteamericano lo gestionará Sony Pictures Classics, su distribuidora habitual en ese territorio desde hace décadas. En México se estrenará a finales de mayo. El mundo, en definitiva, tendrá la oportunidad de ver esta película, de discutirla y de llevarse algo de ella a casa, que es exactamente lo que el cine debería hacer.

En un tiempo en que el cine de autor español tiene cada vez menos espacio y menos oxígeno, que uno de sus grandes maestros siga haciendo películas capaces de generar este tipo de debate solo puede ser una buena noticia. Aunque la Navidad sea amarga.

Otros artículos