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El impresionismo explicado de forma sencilla

El movimiento que cambió para siempre la manera de ver el mundo y de pintar la vida

Hay cuadros que se entienden desde lejos y cuadros que hay que ver de cerca. Los del impresionismo hacen lo contrario: desde la distancia, todo tiene sentido. Desde cerca, solo ves manchas de color. Eso no es un defecto. Es exactamente la intención.

El impresionismo es uno de los movimientos artísticos más influyentes de la historia, pero también uno de los más malinterpretados. Se habla de él como si fuera simplemente un estilo de pintura bonito, lleno de jardines y nenúfares, de bailarinas y días soleados junto al río. Y sí, hay mucho de eso. Pero detrás de esa apariencia luminosa y agradable se esconde una revolución artística, cultural y filosófica que sacudió los cimientos del arte occidental en el último tercio del siglo XIX y cuyas consecuencias llegan, sin exageración, hasta hoy.

Este artículo trata de explicar qué fue el impresionismo, cómo nació, quiénes lo protagonizaron, qué lo hacía tan diferente y por qué sigue importando. Sin tecnicismos innecesarios. Sin condescendencia. Con honestidad.

El mundo antes del impresionismo

Para entender lo que supuso el impresionismo, hay que imaginar cómo era el arte antes de que apareciera.

Durante siglos, el arte occidental estuvo dominado por lo que podríamos llamar el ideal de la perfección académica. Las pinturas debían representar la realidad de la manera más fiel posible, o mejor dicho, debían representar una versión idealizada de la realidad. Los temas dignos de ser pintados eran la mitología grecorromana, la historia bíblica, los grandes hechos históricos, los retratos de la aristocracia y la burguesía acomodada. La técnica tenía que ser impecable: pinceladas invisibles, superficies lisas, colores bien mezclados, perspectiva rigurosa.

La institución que marcaba las reglas en Francia, el país que entonces dictaba el gusto artístico en Europa, era la Academia de Bellas Artes de París. Su brazo visible era el Salón de París, una exposición anual que funcionaba como el tribunal supremo del arte. Si una obra era admitida en el Salón, el artista tenía futuro. Si era rechazada, quedaba prácticamente condenado al olvido.

El problema era que la Academia se había convertido en un sistema cerrado, conservador y a menudo arbitrario. Los jurados del Salón rechazaban cualquier trabajo que se desviara de los cánones establecidos. Y en la segunda mitad del siglo XIX, muchos artistas jóvenes empezaban a ver el mundo de otra manera y querían pintarlo de otra manera también.

El Salón de los Rechazados: el primer escándalo

En 1863, el número de obras rechazadas por el jurado del Salón oficial fue tan elevado que el propio emperador Napoleón III ordenó que se organizara una exposición paralela para que el público pudiera juzgar por sí mismo. Esa exposición se llamó el Salón de los Rechazados, y fue un acontecimiento clave en la historia del arte.

Entre las obras expuestas allí estaba Le déjeuner sur l’herbe, de Édouard Manet, un cuadro que escandalizó a la sociedad parisina no tanto por lo que mostraba, dos hombres vestidos y dos mujeres desnudas comiendo en el campo, sino por cómo lo mostraba. La mujer desnuda miraba directamente al espectador sin ningún pudor, sin la excusa mitológica que hubiera convertido la escena en algo aceptable. Era demasiado real, demasiado directa, demasiado moderna.

Manet no era técnicamente un impresionista. Nunca expuso con el grupo que se formaría más tarde y siempre buscó el reconocimiento oficial. Pero fue una figura esencial: abrió la puerta. Demostró que se podía pintar la vida contemporánea con la misma seriedad con que se pintaban los dioses del Olimpo.

Cómo nació el nombre «impresionismo»

La historia del nombre del movimiento es, en sí misma, una pequeña lección sobre cómo funciona la crítica de arte.

En abril de 1874, un grupo de pintores que llevaban años trabajando juntos y siendo rechazados por el Salón decidió organizar su propia exposición independiente. La montaron en el estudio del fotógrafo Nadar, en el boulevard des Capucines de París. Participaron, entre otros, Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir, Edgar Degas, Camille Pissarro, Alfred Sisley, Berthe Morisot y Paul Cézanne.

El crítico Louis Leroy asistió a la exposición y escribió una reseña en la revista Le Charivari que pretendía ser una burla despiadada. Para ilustrar lo que consideraba la ineptitud de aquellos pintores, se fijó en un cuadro de Monet titulado Impression, soleil levant, una vista del puerto de El Havre al amanecer, todo niebla y reflejos anaranjados sobre el agua. Leroy utilizó la palabra «impression» de forma sarcástica para decir que aquello no era pintura, sino un mero esbozo, una impresión sin terminar.

Los pintores, lejos de ofenderse, adoptaron el nombre como propio. Era perfecto. Porque de eso se trataba exactamente: de capturar la impresión fugaz de un momento, la sensación inmediata que produce la luz, el color, el movimiento, antes de que la mente lo analice y lo clasifique.

Qué es exactamente una «impresión»

Aquí está el corazón del asunto, y merece la pena detenerse.

Los impresionistas no querían pintar las cosas tal como son. Querían pintar las cosas tal como se ven en un momento determinado, bajo una luz determinada, desde un ángulo determinado. Y eso es una diferencia enorme.

Una catedral, por ejemplo, siempre es igual. Su arquitectura no cambia. Pero la catedral de Ruan no se ve igual a las nueve de la mañana que al mediodía, ni en invierno que en verano, ni con niebla que con sol. Monet lo entendió perfectamente y pintó esa misma catedral más de treinta veces, a distintas horas y en distintas condiciones atmosféricas, para demostrar que lo que cambia no es el edificio sino la luz, y que la luz es lo que realmente vemos.

Esta idea, que hoy nos parece obvia, era radical en su época. Porque implicaba que la percepción subjetiva del artista era tan válida como cualquier representación objetiva. Implicaba que el instante importaba. Implicaba que la realidad no es fija sino cambiante, efímera, llena de matices.

Hay algo casi filosófico en esto que conecta el impresionismo con el pensamiento de su tiempo. En esos mismos años, filósofos como Henri Bergson en Francia estaban desarrollando ideas sobre la experiencia del tiempo y la conciencia que resonaban con lo que los pintores hacían en sus lienzos. No es casualidad.

Las claves técnicas: cómo pintaban los impresionistas

El impresionismo no fue solo una idea. Fue también una manera nueva de trabajar con la pintura. Y esa manera tiene unas características técnicas concretas que vale la pena conocer.

La pincelada visible es quizás la más llamativa. En lugar de mezclar los colores en la paleta hasta conseguir una superficie uniforme y sin huellas, los impresionistas aplicaban la pintura directamente sobre el lienzo con pinceladas cortas, sueltas, a veces casi nerviosas. El resultado es que la textura de la pintura es visible. Los cuadros tienen volumen físico, materia. Y eso chocaba frontalmente con el ideal académico de la superficie perfecta y acabada.

El color también cambió radicalmente. Los impresionistas descubrieron, en parte gracias a los avances científicos de la época en teoría del color, que las sombras no son negras ni grises. Las sombras tienen color. Y ese color depende de la luz que las rodea. Una sombra bajo el sol del mediodía puede ser azul o violeta. Una sombra en la nieve puede tener tonos rosados. Esta observación parece pequeña pero transformó completamente la paleta de colores.

También eliminaron el negro en muchos casos. El negro era el color dominante en la pintura académica, especialmente para las sombras y los contornos. Los impresionistas lo sustituyeron por mezclas de colores oscuros que transmitían la misma sensación de profundidad pero con más vida y vibración.

La luz natural fue otra obsesión. La mayor parte de los pintores académicos trabajaban en el interior de sus estudios, con luz controlada y artificial. Los impresionistas salieron al exterior. Pintaron al aire libre, en los jardines, en la orilla del río, en los campos, en la playa. En francés se llama peinture en plein air, y fue posible gracias a una innovación técnica que parece menor pero fue fundamental: el tubo de pintura. Hasta mediados del siglo XIX, los pintores tenían que preparar sus propios pigmentos, lo que los ataba al estudio. La aparición de los tubos de pintura portátiles les permitió llevar su trabajo a cualquier lugar.

Los protagonistas: un grupo de personas muy distintas

Una de las cosas más interesantes del impresionismo es que no fue un movimiento uniforme ni dirigido por un solo genio. Fue un grupo de artistas con personalidades y estilos muy distintos que compartían una visión común y, sobre todo, una amistad real.

Claude Monet es quizás el nombre más reconocible. Su obsesión con la luz y el agua lo llevó a crear algunas de las imágenes más reconocibles del arte occidental. Las series de los nenúfares, que pintó a lo largo de décadas en su jardín de Giverny, son un caso único en la historia del arte: un artista que regresa una y otra vez al mismo tema para explorar sus infinitas variaciones. Lo que muchos no saben es que Monet pintó las últimas series con cataratas y con una visión muy deteriorada. Sus últimos cuadros son casi abstractos, y algunos historiadores del arte los consideran precursores del expresionismo abstracto del siglo XX.

Pierre-Auguste Renoir fue el pintor de la alegría humana. Sus obras rebosan de vida social, de cuerpos en movimiento, de fiestas en los merenderos del Sena, de bailes populares, de bañistas. Renoir amaba la figura humana, especialmente la femenina, con una calidez y una sensualidad que le valieron críticas en su tiempo y que hoy se discuten con más matices. Su técnica era menos sistemática que la de Monet pero enormemente eficaz para transmitir una sensación de placer y de vitalidad.

Edgar Degas es el más difícil de encuadrar. Técnicamente, era un artista excepcional con una admiración profunda por los maestros del pasado, especialmente por Ingres. Nunca pintó en plein air. No le interesaba el paisaje ni la meteorología. Lo que le fascinaba era el movimiento humano en interiores: las bailarinas de la Ópera de París, las planchadoras, las mujeres bañándose. Su uso del pastel fue revolucionario. Sus composiciones, influidas por la fotografía y por las estampas japonesas que llegaban a Europa en aquella época, tienen algo de instantánea: el momento capturado desde un ángulo inesperado.

Edgar Degas, La clase de ballet, 1871-74
Edgar Degas, La clase de ballet, 1871-74

Camille Pissarro fue el hombre que unió al grupo. Mayor que los demás, fue una figura paternal y generosa que mantuvo el contacto con todos, medió en los conflictos y animó a los más jóvenes. Fue el único que participó en las ocho exposiciones impresionistas. Anarquista convicto, pintó con predilección las escenas rurales y el trabajo de los campesinos. También fue el primer maestro de Cézanne y Gauguin, lo que dice mucho de su importancia histórica.

Alfred Sisley es quizás el más olvidado del grupo, aunque no merece serlo. Británico de nacimiento pero completamente francés en su formación y en su vida, Sisley fue un paisajista de una delicadeza extraordinaria. Sus escenas nevadas del Sena, sus cielos cargados de nubes, sus aldeas inundadas tienen una melancolía particular que los hace únicos.

Berthe Morisot merece una mención especial. Fue la única mujer que expuso en casi todas las exposiciones del grupo, y su obra es de una calidad incuestionable. Morisot pintó el mundo interior y privado: los jardines domésticos, las mujeres leyendo, las niñas jugando. Su pincelada era especialmente libre y gestual. Sin embargo, durante décadas su figura quedó eclipsada por sus compañeros masculinos, y solo en las últimas décadas se le ha restituido el lugar que merece en la historia del movimiento.

Paul Cézanne participó en las primeras exposiciones impresionistas pero pronto tomó un camino propio. Su obsesión no era la fugacidad de la luz sino la estructura permanente de las cosas. Quería, según él mismo dijo, hacer del impresionismo algo sólido y duradero como el arte de los museos. Esa búsqueda lo llevó a explorar la geometría escondida en la naturaleza y en los objetos cotidianos. Sus manzanas, sus montañas de la Sainte-Victoire, sus bañistas son hitos de la historia del arte. Cézanne es el puente entre el impresionismo y el cubismo, y su influencia sobre Picasso y Braque fue directa y reconocida.

Las ocho exposiciones: una historia de rebeldía y supervivencia

Entre 1874 y 1886, el grupo organizó ocho exposiciones independientes. Cada una fue un acto de afirmación colectiva frente al sistema oficial del arte. Y cada una tuvo sus propias tensiones internas.

La primera exposición de 1874 fue recibida con burla y escándalo. La crítica fue mayoritariamente negativa. El público asistió en parte por curiosidad y en parte por el morbo de ver algo considerado escandaloso. Pero el grupo resistió.

Con los años, las exposiciones fueron ganando respetabilidad. El marchante Paul Durand-Ruel fue clave en este proceso. Creyó en los impresionistas desde el principio, compró sus cuadros, asumió riesgos financieros enormes y organizó exposiciones en Europa y en Estados Unidos. Gracias a él, el impresionismo encontró un mercado. Y gracias al mercado americano, que recibió el movimiento con mucho menos prejuicio que el europeo, los pintores pudieron sobrevivir económicamente.

La última exposición, en 1886, fue también la más fragmentada. Para entonces, el grupo ya no existía como tal. Monet y Renoir habían decidido no participar. Seurat presentó Un domingo de verano en La Grande Jatte, una obra monumental que anunciaba el puntillismo y que dejó claro que el impresionismo, como movimiento colectivo, había llegado a su fin.

El impresionismo y Japón: una influencia inesperada

Una de las influencias menos conocidas del impresionismo es la del arte japonés. A mediados del siglo XIX, Japón abrió sus puertos al comercio con Occidente tras siglos de aislamiento, y entre los productos que llegaron a Europa estaban las estampas ukiyo-e, grabados en madera que representaban paisajes, escenas cotidianas y actores de teatro con una estética completamente distinta a la europea.

Los impresionistas quedaron fascinados. La perspectiva plana, la ausencia de sombras convencionales, el uso atrevido de los colores puros, las composiciones cortadas en los bordes del cuadro, todo eso les abrió los ojos a posibilidades que la tradición académica occidental nunca había contemplado.

Monet coleccionó estampas japonesas durante toda su vida. Había cientos de ellas colgadas en las paredes de su casa de Giverny. El puente japonés de su jardín, que pintó decenas de veces, es un homenaje directo a esa influencia.

Degas y Mary Cassatt también adoptaron la perspectiva y las composiciones del ukiyo-e. Van Gogh, que está a caballo entre el impresionismo y el postimpresionismo, llegó a copiar directamente estampas de Hiroshige. Esta fusión entre el arte japonés y la sensibilidad europea fue uno de los fermentos más productivos del arte moderno.

Las mujeres del impresionismo: más allá de Berthe Morisot

Cuando se habla de las mujeres en el impresionismo, el nombre que surge de inmediato es el de Berthe Morisot. Pero hubo otras figuras femeninas importantes que la historia tardó en reconocer.

Mary Cassatt fue una pintora estadounidense que se instaló en París y que Degas incorporó al grupo impresionista. Su obra es una exploración íntima de la vida de las mujeres: madres con sus hijos, mujeres en el teatro, en el salón, en el baño. Cassatt fue también una intermediaria crucial entre el impresionismo europeo y los coleccionistas americanos. Fue ella quien convenció a muchas familias ricas de la Costa Este de Estados Unidos para que compraran cuadros impresionistas, contribuyendo así a que hoy algunos de los mejores museos americanos tengan colecciones impresionistas extraordinarias.

Eva Gonzalès fue alumna de Manet y pintora de talento considerable. Murió joven, con solo treinta y cuatro años, y su obra quedó dispersa y poco estudiada durante décadas.

La historiografía del arte ha revisado en los últimos años el papel de estas pintoras con más justicia. Las limitaciones que enfrentaban eran enormes: no podían frecuentar los cafés donde los artistas masculinos debatían y se relacionaban, no podían ir solas a ciertos espacios públicos, y el mundo del arte era tan patriarcal como cualquier otra institución de la época. Que llegaran hasta donde llegaron es, en ese contexto, todavía más notable.

El impresionismo más allá de Francia

Aunque el corazón del movimiento estaba en París, el impresionismo se extendió rápidamente por el resto de Europa y por América.

En España, pintores como Joaquín Sorolla desarrollaron un lenguaje propio que a menudo se compara con el impresionismo, aunque con características específicas. Sorolla pintó la luz del Mediterráneo, la playa valenciana, los cuerpos al sol y al agua, con una energía y una luminosidad que tienen mucho de impresionista pero que también son profundamente personales. No es casual que hoy sea uno de los pintores españoles más internacionales.

En Alemania, el movimiento de la Sezession de Berlín y de Múnich tuvo elementos impresionistas claros. Max Liebermann fue el principal representante de un impresionismo alemán que también recogía influencias del realismo social.

En Gran Bretaña, pintores como Walter Sickert conectaron el impresionismo francés con la tradición local. Y en Italia, los Macchiaioli habían anticipado algunas de las ideas impresionistas incluso antes de que el movimiento francés se articulara como tal.

En Estados Unidos, además de Cassatt, pintores como Childe Hassam, John Singer Sargent o William Merritt Chase desarrollaron un impresionismo americano con características propias, más vinculado al paisaje del Nuevo Mundo y a los escenarios urbanos de Nueva York o Boston.

El postimpresionismo: cuando los discípulos superaron al maestro

El impresionismo abrió una puerta que ya no podía cerrarse. Los artistas que vinieron después, a los que llamamos postimpresionistas, tomaron el punto de partida del movimiento y lo llevaron en direcciones radicalmente distintas.

Paul Gauguin fue uno de los más rupturistas. Empezó pintando de manera impresionista, pero pronto sintió que aquello era insuficiente. Lo que buscaba era algo más profundo, más primitivo, más espiritual. Se fue a Bretaña, luego a Martinica, y finalmente a las islas de la Polinesia francesa, donde vivió hasta su muerte en 1903. Sus pinturas de Tahití, con sus colores planos y saturados, sus figuras monumentales y su atmósfera de mito, son el antípoda del impresionismo: en lugar de capturar la fugacidad de la luz, buscan la eternidad de los símbolos.

Georges Seurat llevó la ciencia del color al extremo. Desarrolló el puntillismo, también llamado divisionismo o neoimpresionismo, una técnica en la que la pintura se aplica en pequeños puntos de color puro que el ojo del espectador mezcla ópticamente. El resultado es una vibración lumínica diferente a la del impresionismo, más sistemática y también más fría. Su obra maestra, Un domingo de verano en La Grande Jatte, es uno de los cuadros más analizados de la historia del arte.

Vincent van Gogh aprendió del impresionismo durante su estancia en París entre 1886 y 1888. La paleta oscura que había traído de Holanda se transformó radicalmente al contacto con la luz y el color de los impresionistas. Pero Van Gogh fue más allá: sus pinceladas se convirtieron en expresión pura de emoción, en remolinos y spirales que no representaban la realidad sino la experiencia interior de quien la mira. El expresionismo del siglo XX le debe todo.

Por qué el impresionismo sigue siendo tan popular hoy

Si uno observa qué museos tienen las colas más largas del mundo, qué exposiciones venden más entradas, qué imágenes de arte aparecen en más tazas y calendarios y posters, la respuesta es casi siempre la misma: el impresionismo.

Hay varias razones para ello, y merece la pena pensarlas con honestidad.

La primera es la accesibilidad visual. Los cuadros impresionistas son bonitos, en el sentido más inmediato de la palabra. No requieren un conocimiento previo de mitología o de historia bíblica para ser disfrutados. Un jardín de Monet, una bailarina de Degas, una fiesta de Renoir son imágenes que cualquier persona puede apreciar sin preparación.

La segunda es que el impresionismo representa un mundo que todavía nos resulta reconocible. Los personajes de los cuadros impresionistas son burgueses del siglo XIX, sí, pero sus actividades de ocio, el picnic, el baño, el café, el concierto, el jardín, son las mismas actividades que seguimos haciendo. Hay una continuidad vital entre aquel mundo y el nuestro que no existe cuando miramos una batalla mitológica o una crucifixión.

La tercera razón es más técnica: la luz. El cerebro humano está extraordinariamente sintonizado con la luz. Los impresionistas entendieron eso antes que nadie en el arte occidental, y la manera en que capturaron el efecto de la luz sobre las superficies y sobre el agua produce en el espectador una respuesta casi física.

Pero también hay una cuarta razón, menos evidente: la melancolía de lo efímero. El impresionismo está obsesionado con el instante que pasa. Con la luz que cambia. Con el momento que no volverá. Hay en esa obsesión algo que resuena con algo muy humano, la conciencia del tiempo, la nostalgia del presente. Eso es lo que hace que un cuadro de Monet no sea solo una vista bonita sino algo que puede emocionarte.

El mercado del arte impresionista

Conviene hablar del dinero, porque la historia del impresionismo es también una historia económica fascinante.

Los mismos pintores que en los años setenta del siglo XIX no conseguían vender un cuadro y vivían en la pobreza son hoy los autores de las obras más caras de la historia del arte. Los cuadros impresionistas llevan décadas dominando las subastas de arte más importantes del mundo.

El récord lo tiene actualmente Claude Monet con su serie Meules, la serie de los almiares de heno. En 2019, uno de los cuadros de esta serie fue vendido en Christie’s por más de 110 millones de dólares. Renoir, Degas, Sisley y Pissarro también aparecen regularmente en las subastas más importantes.

Esta inflación del mercado tiene consecuencias prácticas. Los grandes museos del mundo llevan décadas sin poder permitirse comprar obras impresionistas en el mercado libre. Las piezas importantes están en manos de coleccionistas privados, y cuando salen a subasta, solo los más ricos del mundo pueden acceder a ellas.

Al mismo tiempo, el impresionismo es un campo fértil para las falsificaciones. La ausencia de documentación exhaustiva de muchas obras, combinada con el enorme valor económico, ha creado un mercado gris de atribuciones dudosas y falsificaciones sofisticadas que da trabajo a peritos, abogados y científicos especializados en el análisis de pigmentos y soportes.

El impresionismo y la fotografía: una relación complicada

La fotografía apareció exactamente cuando el impresionismo estaba naciendo. El daguerrotipo se inventó en 1839, y en las décadas siguientes la fotografía se fue perfeccionando hasta convertirse en una herramienta capaz de registrar la realidad con una precisión que ningún pintor podía igualar.

Durante mucho tiempo se pensó que la fotografía había «liberado» a la pintura de su función de documentación de la realidad, permitiéndole explorar territorios nuevos. Esa idea es demasiado simple. La relación entre fotografía y pintura en el siglo XIX fue mucho más rica y complicada.

Los impresionistas miraron con atención a la fotografía, especialmente Degas, que era él mismo fotógrafo aficionado. Las composiciones cortadas, los ángulos inesperados, los instantes de movimiento que aparecen en su obra tienen mucho que ver con el ojo fotográfico. La fotografía les enseñó que la realidad podía capturarse desde ángulos que la tradición pictórica jamás había contemplado.

Al mismo tiempo, la fotografía planteaba un desafío implícito: si una máquina podía reproducir la realidad mejor que el pincel, ¿qué sentido tenía seguir pintando de manera realista? Los impresionistas respondieron a esa pregunta con claridad: la pintura no está para reproducir la realidad, sino para interpretarla. Y esa interpretación incluye la subjetividad del artista, el tiempo, la luz, la emoción. Nada de eso puede capturarlo una cámara.

El legado del impresionismo en el arte contemporáneo

El impresionismo terminó como movimiento colectivo en 1886. Pero su legado no terminó ahí. Todo lo contrario.

Sin el impresionismo, no se puede entender el fauvismo, el movimiento liderado por Matisse y Derain que a principios del siglo XX llevó el color al límite de la abstracción. Sin el impresionismo, no se puede entender el expresionismo alemán, con su carga emocional volcada en la pincelada. Sin el impresionismo, y sin Cézanne en particular, no existe el cubismo de Picasso y Braque. Y sin el cubismo, no existe buena parte del arte del siglo XX.

En un sentido más general, el impresionismo fue el primer movimiento artístico moderno en cuestionar la autoridad de la Academia y en reivindicar la visión subjetiva del artista como valor en sí mismo. Eso abrió la puerta a todo lo que vino después: el arte conceptual, la abstracción, la instalación, el arte de acción, el arte digital. Toda la pluralidad del arte contemporáneo hunde sus raíces, de alguna manera, en esa primera gran ruptura del siglo XIX.

Hoy, artistas de todo el mundo siguen dialogando con el impresionismo, de manera consciente o no. La pintura gestual, la atención a la luz natural en la fotografía, el interés por lo cotidiano como materia artística, todo eso lleva el ADN del impresionismo.

Para verlo en vivo: los mejores museos

El impresionismo puede estudiarse en libros y en pantallas, pero para entenderlo de verdad hay que verlo en persona. La diferencia entre una reproducción y el original es, en este caso más que en ningún otro, radical. La textura de la pintura, el brillo de los colores, la escala de los cuadros, todo eso se pierde en cualquier reproducción.

El Musée d’Orsay de París es el gran templo del impresionismo. Sus colecciones de Monet, Renoir, Degas, Pissarro y Sisley son insuperables. El museo está instalado en una antigua estación de tren del siglo XIX, lo que le da un ambiente arquitectónico que combina perfectamente con el arte que alberga.

El Art Institute de Chicago tiene una de las mejores colecciones impresionistas fuera de Francia, con obras excepcionales de Monet, Renoir y Seurat. El Metropolitan Museum of Art de Nueva York, la National Gallery de Londres, el Hermitage de San Petersburgo y el Städel de Frankfurt tienen también colecciones de primer nivel.

En España, el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid cuenta con una sala dedicada al impresionismo que merece la visita, con obras de Monet, Renoir, Sisley y Pissarro. La colección Camón Aznar en Zaragoza también tiene algunas piezas interesantes.

Desmontando algunos mitos

El impresionismo lleva tantos años siendo popular que se han acumulado alrededor de él algunos lugares comunes que conviene desmontar.

El primero es que los impresionistas eran unos bohemios despreocupados que pintaban lo que les daba la gana. Nada más lejos de la realidad. Monet, en particular, era un trabajador obsesivo y meticuloso. Organizaba sus series con un rigor casi científico. Revisaba constantemente sus cuadros, destruía los que no le satisfacían y tenía un ojo crítico implacable consigo mismo.

El segundo mito es que fueron siempre pobres y olvidados. Algunos pasaron por etapas de verdadera miseria, es cierto. Pero otros, como Degas, tenían origen burgués y nunca conocieron la pobreza real. Y el reconocimiento llegó, en vida de la mayoría, en los años ochenta y noventa del siglo XIX. Monet murió en 1926, rico y famoso, en su casa de Giverny.

El tercero es que el impresionismo es un movimiento uniforme y sin tensiones. En realidad, el grupo estuvo plagado de conflictos, rivalidades y desacuerdos. Había diferencias de clase, de temperamento y de visión artística. Las ocho exposiciones colectivas estuvieron a punto de fracasar varias veces por disputas internas.

Una mirada personal al impresionismo

Hay algo que los impresionistas hicieron que, visto desde hoy, parece a la vez muy sencillo y muy valiente: miraron el mundo con sus propios ojos.

En un sistema que les decía exactamente qué había que pintar, cómo había que pintarlo y para quién, ellos decidieron pintar lo que veían, como lo veían, para ellos mismos. Eso implicó años de rechazo, de dificultades económicas y de burlas públicas. Implicó renunciar al prestigio y a la seguridad del sistema oficial. Y lo hicieron igualmente.

No eran revolucionarios en el sentido político de la palabra. La mayoría eran burgueses, con gustos burgueses y ambiciones burguesas. Pero en el terreno del arte, fueron intransigentes. No cedieron. Y el tiempo les dio la razón de una manera que ninguno de ellos podría haber imaginado.

El impresionismo nos recuerda que la manera en que vemos las cosas importa tanto como las cosas mismas. Que la luz cambia todo. Que el instante tiene valor. Que lo cotidiano puede ser extraordinario si se mira con atención.

Eso, en definitiva, es lo que hace que un puñado de cuadros pintados hace ciento cincuenta años en las orillas del Sena sigan llenando museos y emocionando a personas de todo el mundo. No es nostalgia. Es que aquellos pintores encontraron algo verdadero. Y la verdad no caduca.

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