El 27 de mayo de 2026, en el Teatro de Rojas de Toledo y bajo la presidencia de los Reyes Felipe VI y Letizia, Los Planetas recogieron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes correspondiente al año 2024. Jota, Florent, Eric y Miguel subieron a recoger el galardón ante 37 premiados más, entre quienes había actores de la talla de Carmen Machi, Maribel Verdú o Eduard Fernández, escritores como Elvira Lindo y Bernardo Atxaga, y músicos como José Mercé, Kase.O o Camela. Era una nómina generosa que reflejaba, en cierta manera, la pluralidad de la cultura española contemporánea.
El Ministerio de Cultura los definió con economía pero con precisión: una banda de indie rock de Granada que inició su actividad en 1993 y que es considerada uno de los conjuntos más importantes de este género en España. La medalla, que había sido aprobada por el Consejo de Ministros el 23 de diciembre de 2024 a propuesta del ministro Ernest Urtasun, llegaba tarde. Lo saben ellos y lo sabe cualquiera que haya seguido su trayectoria de cerca. Pero llegaba.
El hecho de que Los Planetas reciban este reconocimiento junto a artistas de disciplinas y tradiciones tan distintas no es un detalle menor. Durante años, el indie español fue tratado como una categoría periférica, una nota al margen en el gran relato de la música popular de este país. Que la institución los coloque ahora al mismo nivel que flamencos, actores de teatro clásico o escritores de largo recorrido dice mucho del camino que han trazado, a menudo a contracorriente y sin apenas red de apoyo oficial.
Granada, principios de los noventa
La historia empieza en la universidad. Juan Ramón Rodríguez Cervilla, conocido universalmente como Jota o J, estudiaba Sociología en la Universidad de Granada cuando coincidió con Florentino Muñoz Lozano, estudiante de Derecho. Era el tipo de encuentro que solo funciona cuando dos personas comparten obsesiones tan específicas que resultan casi incomunicables fuera de su círculo. Les unía la misma fascinación por el noise pop anglosajón: grupos como Mercury Rev, Spacemen 3, Joy Division o el sonido denso y distorsionado de My Bloody Valentine habían llegado a sus manos y habían cambiado su forma de entender la música.
Primero se llamaron Los Subterráneos, referencia doble que se prestaba a la ambigüedad interpretativa: tanto el libro de Jack Kerouac como el homenaje implícito al universo Velvet Underground. Con Jota en la voz y guitarra y Florent en la guitarra, se fueron incorporando May Oliver al bajo y Paco Rodríguez a la batería. Grabaron varias maquetas, entre las que ya aparecían canciones que con el tiempo se convertirían en referencia, como Mi hermana pequeña o Pegado a ti.
Cuando la cantante Christina Rosenvinge empezó a rodearse de otros músicos conocidos también como Los Subterráneos para sus primeros discos en solitario, Jota y compañía tuvieron que buscar un nombre nuevo. Así llegaron a Los Planetas. Participaron en concursos de maquetas, entre ellos los de Radio 3 y la revista Rockdelux, y se convirtieron en habituales de programas de radio como Discogrande y Diario Pop.
En 1993, el sello independiente Elefant Records editó Medusa, su primer EP en vinilo. Cuatro canciones grabadas con un presupuesto mínimo pero producidas por Antonio Arias y Miguel Ángel Rodríguez, de Lagartija Nick, otro grupo granadino con el que compartían afinidades sonoras y una misma concepción de la música como territorio de exploración. La canción Mi hermana pequeña fue elegida por la revista Rockdelux mejor canción nacional del año 1992, antes incluso de que el EP estuviera en las tiendas.
Super 8: el detonador
El salto llegó en 1994, cuando la multinacional RCA les fichó y publicaron Super 8. El disco fue producido por Fino Oyonarte, por entonces guitarrista de Los Enemigos. Diez canciones que funcionaban como un mapa sonoro de una generación que no terminaba de encontrar su sitio ni en el rock de la Movida ni en el pop de radiofórmula que dominaba el mercado. Canciones como Qué puedo hacer, Brigitte o Mi hermana pequeña tenían algo que los distinguía de todo lo que sonaba en castellano en ese momento: una melancolía áspera, guitarras que rozaban el feedback sin caer en él, letras que hablaban de deseo y desencanto sin artificios.
El disco se convirtió en himno generacional de la incipiente escena indie española. No fue un éxito comercial masivo, pero funcionó como catalizador. Dio nombre a algo que ya existía pero que no tenía todavía forma definida: una manera de hacer música popular en este país sin mirar hacia los centros de poder tradicionales de la industria.
Lo que ocurrió alrededor de ese primer álbum fue tan importante como el propio disco. Estableció a Granada como epicentro de algo. Una ciudad que ya tenía su leyenda musical con Lagartija Nick y la conexión con Enrique Morente pasó a ser también el lugar desde el que se podía hacer indie rock con personalidad propia.
Pop y la consolidación
En 1996 llegó Pop, producido de nuevo en el sello RCA y grabado con una formación ligeramente cambiada. Kieran Stephen, un escocés, había entrado al bajo en sustitución de May Oliver, y Eric Jiménez, ex KGB y también vinculado a Lagartija Nick, se hacía cargo de la batería. También colaboró en el disco Banin Fraile, que acabaría integrándose de forma estable en la banda.
Pop es un disco más redondo y más claro en su propósito. Mantenía las guitarras de ruido y la influencia del shoegaze pero añadía capas melódicas más elaboradas. Fue el trabajo que amplió su público sin que ello implicara ninguna concesión al mercado. Canciones como David y Claudia o Un buen día dejaron claro que Los Planetas podían escribir himnos sin necesidad de seguir las reglas del himno.
Era también el momento en que la escena indie española empezaba a tomar cuerpo como algo más que una suma de grupos aislados. Festivales, sellos independientes, fanzines y programas de radio especializados iban creando una infraestructura cultural que permitía que bandas como Los Planetas existieran con cierta autonomía respecto a los dictados de la industria tradicional.
Una semana en el motor de un autobús: la obra maestra
En 1998 salió el tercer álbum, y nada volvió a ser igual. Una semana en el motor de un autobús fue grabado en Nueva York con la producción de Kurt Ralske, el líder de la banda neoyorquina Ultra Vivid Scene. El proceso fue turbulento: la formación vivía uno de sus momentos más frágiles, con tensiones internas que acabarían marcando también la narrativa que décadas después inspiraría la película de Isaki Lacuesta.
El disco relata, a lo largo de casi una hora, una semana en la vida del protagonista: desengaños amorosos, noches largas, euforia, rabia, subidas y bajadas. Es un disco conceptual en el sentido más honesto del término, no como ejercicio de ambición formal sino como necesidad expresiva. Las canciones no se entienden completamente por separado: forman una unidad que tiene sus propios tiempos, sus propias texturas, su propio ritmo emocional.
Segundo premio, Cumpleaños total y La playa fueron los singles extraídos del álbum, pero la grandeza del disco estaba en los momentos intermedios: Montañas de basura, Toxicosmos, La copa de Europa, Línea 1. Canciones que combinaban la electricidad distorsionada con momentos de quietud casi acústica, letras que convertían la rutina en poesía sin forzar la metáfora.
La revista Rockdelux lo eligió mejor disco del año, segundo mejor disco de la década de los noventa y decimoctavo mejor disco nacional del siglo XX. Son rankings, y los rankings siempre son discutibles, pero en este caso decían algo real: Una semana en el motor de un autobús era una obra fuera de lo ordinario.
El giro hacia dentro: los discos del cambio de siglo
Entraron en el nuevo siglo con Unidad de desplazamiento (2000), grabado esta vez en Granada, en el estudio que el propio grupo había habilitado y que llamaron el Refugio Antiaéreo. El disco fue autoproducido con la colaboración de Carlos Hernández. Sonaba diferente: más introspectivo, más denso, con más presencia de los teclados de Banin y una producción que buscaba texturas más oscuras. Era un paso adelante en la exploración de su propio lenguaje sonoro.
Encuentros con entidades llegó en 2002, y confirmó que Los Planetas estaban en un ciclo de experimentación sostenida. La escena indie española había madurado a su alrededor. Ya no eran los únicos referentes: una generación entera de grupos había crecido escuchando sus discos y empezaba a hacer sus propios trabajos con esa influencia asimilada.
En 2004 publicaron Los Planetas contra la ley de la gravedad, un título que funcionaba también como declaración de intenciones. El disco incorporó la colaboración con la cantaora flamenca Silvia Pérez Cruz en algunas canciones y trazó más claramente el camino hacia una fusión que en ese momento era todavía insinuación. La influencia del flamenco empezaba a asomar de forma más visible, no como elemento decorativo sino como estructura profunda.
La leyenda del espacio: el salto flamenco
El séptimo álbum de estudio, La leyenda del espacio, publicado en 2007, fue el disco que terminó de definir su segunda etapa. El título era un homenaje explícito a La leyenda del tiempo de Camarón de la Isla, el álbum que a finales de los setenta había abierto el flamenco a la electrónica y al rock y había cambiado para siempre la forma de entender el cante jondo. La referencia no era casual ni decorativa: Los Planetas la asumían como una genealogía.
En La leyenda del espacio, las guitarras eléctricas y los palos del flamenco se entrelazan de manera que el resultado no suena ni a rock que toma prestado del flamenco ni a flamenco que se moderniza para agradar al rock. Suena a algo propio, difícil de clasificar. Canciones como El canto del bute, Si estaba loco por ti o Ya no me asomo a la reja mantenían la letra en el universo de Jota (el deseo, la pérdida, el tiempo que pasa) pero las estructuras rítmicas y armónicas procedían de otro lugar.
Fue su disco más ambicioso hasta ese momento y el que les ganó el respeto de sectores de la crítica que antes los observaban con cierta condescendencia. También les abrió puertas en contextos culturales donde el indie no solía llegar.
Una ópera egipcia y el silencio antes de la tormenta
En 2010 llegó Una ópera egipcia, el trabajo más extraño y más arriesgado de su catálogo. Un disco que tomaba como punto de partida la tradición musical del norte de África, los cantos coptos, la música árabe andaluza, y la mezclaba con el rock y el flamenco que ya manejaban con soltura. Canciones como Romance de Juan de Osuna o Yo le estoy pidiendo a Dios mostraban a un grupo dispuesto a salirse de cualquier perímetro de comodidad.
El disco no fue fácil de digerir para todos sus seguidores. Era denso, largo, exigente. Pero con el tiempo fue ganando la consideración de una de sus obras más originales, un experimento que pocas bandas del panorama español habrían tenido el coraje de publicar.
Después vino un silencio largo. No de inactividad, pero sí de ausencia de grandes lanzamientos. Durante esos años Jota mantuvo su sello, El Ejército Rojo, y fue reeditando la discografía del grupo en vinilo de 180 gramos, con tiradas de 500 copias bajo licencia de Sony Music Entertainment España.
Zona temporalmente autónoma y el regreso al presente
En 2017 publicaron Zona temporalmente autónoma, el primer disco de estudio en siete años. El título tomaba prestada una idea del escritor y pensador anarquista Hakim Bey: el espacio efímero y autogestionado que se sustrae al control del sistema. No era solo un título interesante, era un programa.
El disco volvía a las guitarras ruidosas de sus orígenes pero añadía capas electrónicas, trap, texturas contemporáneas que en ningún momento sonaban forzadas. Islamabad, uno de sus temas, fue recibida como una de las mejores canciones que habían escrito en años. Era el disco de un grupo que no había dejado de escuchar, de mirar alrededor, de absorber lo que pasaba sin perder su propia voz.
No se entendería plenamente sin el contexto: España vivía un período de convulsión política y social. El independentismo catalán, la corrupción institucional, la emergencia de nuevos movimientos sociales. Los Planetas siempre habían mantenido una relación compleja con la política explícita en la música, pero en esta etapa fueron adoptando posiciones más claras.
Fuerza Nueva: la provocación como arte
En 2019 llegó el proyecto más desconcertante de su historia reciente. Junto al cantaor Francisco Contreras Molina, conocido como Niño de Elche, y con la colaboración del investigador cultural Pedro G. Romero y el cineasta Andrés Duque, entre otros, formaron Fuerza Nueva. El nombre lo tomaban del partido ultranacionalista fundado por Blas Piñar, y el disco homónimo fue publicado el 12 de octubre, día de la Hispanidad.
El proyecto funcionaba como una operación de apropiación crítica: tomar la iconografía del nacional-catolicismo, sus himnos, sus referencias, y someterlos a una disección que los ponía en evidencia. Canciones como La Cruz, Una, grande y libre o Canción para los obreros de SEAT (reinterpretación del himno catalán Els Segadors) generaron polémica. Era exactamente lo que pretendían. Como explicó Florent en alguna entrevista, lo que les interesaba no era el panfleto sino la lírica, la poesía y la religión como materiales para el trabajo artístico.
Fuerza Nueva fue una demostración de que Los Planetas podían existir fuera del espacio habitual del indie sin perder su identidad y sin convertirse en un grupo de agit-prop. Era algo más sutil y más incómodo que eso.
Las canciones del agua y la pandemia
En 2022 llegó el décimo álbum, Las canciones del agua, tras cinco años de silencio en formato LP que sin embargo habían estado llenos de actividad: singles, conciertos, el proyecto Fuerza Nueva. El disco abrió con El manantial, una adaptación de un poema homónimo de Federico García Lorca de 1919 que se extendía durante doce minutos sin que el tiempo pesara. Un piano dibujaba melodías que rozaban el pasodoble y Jota cantaba con una naturalidad que solo se consigue cuando la voz y la letra han encontrado el mismo sitio.
El segundo cara contrastaba con el lirismo del primero. Ahí estaban las canciones más políticas y más del presente inmediato: El negacionista, una sátira directa sobre el movimiento antivacunas y el negacionismo climático; El Rey de España, un ejercicio de space rock ácido dedicado al rey emérito Juan Carlos I; La nueva normalidad, con un ojo puesto en las revueltas sociales de 2020 en Estados Unidos. Canciones que algunos vieron como ejercicio de oportunismo y otros como la lógica extensión de una actitud que siempre había estado ahí.
Las canciones del agua fue descrito por la crítica como un álbum fragmentado, un conjunto de piezas concebidas en momentos y contextos distintos que convivían sin una producción homogénea. Ese era también su encanto: la sensación de que el disco respiraba con los tiempos que lo habían producido, que era el resultado de una época incierta y desconcertante y no un producto diseñado para durar.
El plan de reediciones y la segunda vida en vinilo
A partir de 2024 y durante 2025, Los Planetas pusieron en marcha un ambicioso plan de reediciones en vinilo de toda su discografía. Super 8 se reeditó en 2024 coincidiendo con el trigésimo aniversario de su publicación. Le siguieron, ya en 2025, Pop, Una semana en el motor de un autobús (la semana de su publicación fue el tercer vinilo más vendido en el mercado español), Encuentros con entidades (que alcanzó el puesto dos en la lista de vinilos), Los Planetas contra la ley de la gravedad, La leyenda del espacio y Una ópera egipcia. El plan se completó con la edición en vinilo del EP Cuatro palos en junio de 2025.
Las cifras de venta fueron más que respetables. En un momento en que el soporte físico se da por muerto de forma recurrente y el streaming domina el consumo musical, Los Planetas demostraron que había un público dispuesto a pagar por sus discos en vinilo de 180 gramos. No era nostalgia: era fidelidad activa. Una manera de decir que esos discos seguían siendo relevantes, que valía la pena escucharlos con el cuidado que requiere posar una aguja sobre el surco.
Segundo premio: cuando el cine se convierte en leyenda
En 2024 se estrenó Segundo premio, la película de Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez que tomaba como punto de partida el período en que Los Planetas grabaron Una semana en el motor de un autobús. La sinopsis era engañosamente simple: Granada, finales de los noventa, un grupo de música indie en su momento más frágil. La bajista rompe con la banda. El guitarrista atraviesa una espiral de autodestrucción. El cantante tiene que escribir un tercer disco del que nadie sabe todavía que cambiará la historia de la música independiente española.
Pero el filme, desde el principio, avisaba: Esta no es una película sobre Los Planetas. Era una manera de protegerse legalmente y también de decir algo sobre la naturaleza del proyecto. Lacuesta y Rodríguez prescindieron del playback y rodaron con músicos reales, construyeron una ficción que buscaba ser más fiel a la verdad que la propia realidad. La decisión más audaz fue colocar en el centro del relato a May, la bajista que dejó el grupo antes de la grabación del disco. Desde esa perspectiva desapegada, la película esquivaba la trampa del biopic triunfalista.
El resultado ganó la Biznaga de Oro en el Festival de Cine de Málaga 2024 y fue elegida por la Academia de Cine para representar a España en la carrera por el Oscar internacional. El propio Ministerio de Cultura la mencionó expresamente en la nota de prensa con la que acompañó la concesión de la medalla a Los Planetas. No es un detalle menor: la película se convirtió en argumento oficial de reconocimiento institucional.
El propio Jota, el día del estreno, estaba en Madrid en plena gira por el trigésimo aniversario de Super 8. Su comentario previo al concierto tenía el tono justo de distancia irónica que siempre ha caracterizado su manera de relacionarse con el mundo que rodea al grupo: «Mejor Los Planetas que los imitadores».
Lo que queda cuando pasa el ruido
La trayectoria de Los Planetas es, en buena medida, la historia de cómo una manera de entender la música que parecía condenada a la marginalidad terminó siendo parte del relato central de la cultura popular española. No ocurrió de golpe ni por ninguna decisión estratégica. Ocurrió por acumulación, por persistencia, por la capacidad de mantener una voz propia en un panorama que premiaba la adaptación.
La huella que han dejado en la música española es difícilmente cuantificable. Prácticamente toda la escena indie que vino después tiene una deuda con su sonido y, sobre todo, con su actitud. Demostraron que era posible hacer música en castellano con influencias anglosajonas sin caer en la imitación ni en el complejo de inferioridad. Demostraron también que Granada podía ser un epicentro cultural sin dejar de ser Granada, sin imitar a Madrid ni a ningún otro centro.
La Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, entregada en Toledo el 27 de mayo de 2026 bajo la presidencia de los Reyes, tiene ese significado doble que comparten los reconocimientos tardíos: confirman lo que ya sabíamos y al mismo tiempo lo inscriben en el registro oficial, que es el único que ciertas instituciones reconocen. Los Planetas ya eran historia de la música española antes de esa mañana en el Teatro de Rojas. La medalla añade el sello.
Hay algo que los distingue de la mayoría de sus contemporáneos que siguen en activo: la ausencia de nostalgia como motor. No se han limitado a tocar sus discos clásicos para audiencias que quieren revisitar su juventud. Han seguido grabando, experimentando, asumiendo riesgos con el dinero que no tenían. Fuerza Nueva es la demostración más clara de ello: un proyecto que nadie les pidió y que probablemente les costó más problemas que beneficios a corto plazo.
La gratitud del Estado español no llega sola: viene acompañada de los datos de venta de sus reediciones en vinilo, del éxito de la película de Lacuesta, de las nuevas generaciones de oyentes que descubren que detrás del término indie hay una historia mucho más rica y más exigente de lo que el término sugiere. Y viene acompañada de tres décadas de conciertos en los que el grupo ha mantenido una relación con el directo que no admite complacencia.
La formación y el territorio
Los Planetas que recogieron la medalla en Toledo son, en esencia, los mismos que empezaron. Jota sigue siendo el motor creativo, la voz y la presencia escénica que define al grupo ante el público. Florent sigue siendo el arquitecto sonoro que convierte las ideas de Jota en estructuras musicales. Eric Jiménez lleva décadas sosteniendo el ritmo desde la batería. Banin Fraile, que empezó como colaborador eventual, lleva ya muchos años siendo parte fija de la formación. Miguel López completa el grupo en el bajo.
Y Granada sigue siendo el territorio. No como escenografía ni como marca de origen, sino como lugar de pertenencia activa. La ciudad aparece en sus canciones, en sus referencias, en su forma de relacionarse con la tradición andaluza. La conexión con el flamenco que se inició como exploración en La leyenda del espacio no fue un capricho pasajero: era la expresión natural de una raíz que siempre estuvo ahí, aunque tardó tiempo en aflorar de manera consciente.
Hay una línea que conecta el Medusa EP de 1993 con Las canciones del agua de 2022, y esa línea no es la coherencia estilística sino algo más difícil de definir: una forma de estar en la música que combina el rigor con la apertura, la identidad con la curiosidad, la melancolía con el compromiso de seguir buscando. Los Planetas han cambiado mucho a lo largo de treinta años. Lo que no ha cambiado es la disposición a cambiar.
Eso, más que ningún premio, es lo que convierte su trayectoria en algo digno de ser reconocido. La medalla lo certifica. La música lo demuestra.