La noticia llegó sin fanfarria, sin rueda de prensa, sin el glamur habitual de los grandes adioses de Hollywood. Fue su hijo Kyle Eastwood quien lo confirmó durante una entrevista concedida al medio francés France Info, al recordar su experiencia profesional junto a su padre: «Tengo muchos buenos recuerdos de trabajar con él. Ahora está retirado.» Unas pocas palabras, dichas casi de pasada, para cerrar una de las carreras más largas, más influyentes y más inclasificables de la historia del cine.
La familia confirmó que Clint Eastwood se ha retirado definitivamente de la industria cinematográfica tras cumplir 96 años el pasado 31 de mayo. Sin embargo, la noticia no sorprendió tanto como conmovió. Hacía tiempo que el mundo intuía que ese momento llegaría. Lo que nadie esperaba era que llegaría tan calladamente, como llegan las cosas que de verdad pesan.
Su pasión por el cine y su constante actividad profesional alimentaron durante décadas la idea de que nunca abandonaría por completo los rodajes. «Me gusta lo que hago, ¿por qué tendría que dejarlo? Diré adiós sin despedirme», llegó a declarar el propio Eastwood en una ocasión. Y así fue. Sin pompa, sin ceremonia. Exactamente como él siempre quiso.
El niño de la Depresión que aprendió a mirar a la cámara
Clinton Eastwood Jr. nació el 31 de mayo de 1930 en San Francisco, California. Creció durante la Gran Depresión, en una familia que se desplazaba constantemente por California buscando trabajo. Ese origen marcó para siempre su carácter: parco en palabras, desconfiado de los excesos, profundamente autónomo. El hombre que luego encarnó a pistoleros solitarios y policías inconformistas no estaba actuando desde cero. En buena medida, ese personaje venía de dentro.
De joven hizo de todo: talador de árboles, socorrista en una piscina pública, cavador de pozos. Cumplió el servicio militar en el Ejército de los Estados Unidos durante la Guerra de Corea, aunque nunca llegó a combatir. Fue precisamente en el cuartel de Fort Ord, California, donde coincidió con algunos actores en ciernes y empezó a considerar que quizás el cine podía ser una salida.
Su primer papel en pantalla data de 1955, sin crédito, en la película de ciencia ficción Revenge of the Creature. Lo que siguió durante varios años fue una sucesión de pequeños papeles que no llevaban a ningún sitio, la mayoría en producciones de bajo presupuesto que pasaron sin pena ni gloria. Era alto, tenía mandíbula cuadrada y unos ojos que funcionaban bien en pantalla, pero el Hollywood de los años cincuenta todavía no sabía qué hacer con él.
El punto de inflexión llegó en 1959, cuando obtuvo el papel de Rowdy Yates en la serie televisiva Rawhide. La serie duró ocho temporadas y convirtió a Eastwood en un nombre reconocible para el público estadounidense. Pero era solo el prólogo de lo que estaba por venir.
Leone, el spaghetti western y el nacimiento de una leyenda
A principios de los años sesenta, el director italiano Sergio Leone buscaba a un actor americano para protagonizar un western europeo de bajo presupuesto rodado en España. Se fijó en Eastwood. El resultado de esa apuesta fue uno de los fenómenos cinematográficos más inesperados del siglo XX.
Eastwood se hizo un nombre en los sesenta dentro del western con una trilogía de películas dirigidas por Leone: Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), conocida como la trilogía del dólar. En las tres encarnaba al mismo arquetipo: el Hombre sin Nombre, un pistolero de moralidad ambigua que sobrevivía a base de instinto, silencio y una puntería sobrehumana.
El impacto fue inmediato en Europa, más lento en Estados Unidos, donde el género del spaghetti western era considerado por la crítica con cierto desdén. Renata Adler, del New York Times, llegó a escribir que El bueno, el feo y el malo era «la más cara, piadosa y repelente película de la historia de este género particular». La historia dio la razón a Leone y a Eastwood. Hoy esas tres películas forman parte del canon cinematográfico mundial, y las bandas sonoras de Ennio Morricone que las acompañaban son tan reconocibles como cualquier melodía clásica.
Lo que Leone hizo por Eastwood fue darle un cuerpo, una silueta. El poncho raído, el cigarro a medio consumir, los ojos entornados ante el sol. Una imagen que funcionaba en cualquier idioma porque prescindía del lenguaje. La frialdad, la economía de gestos, el silencio cargado de sentido: todo eso que parecía limitación se convirtió en estilo. Y ese estilo acompañó a Eastwood durante el resto de su carrera.
El regreso a Estados Unidos y la conquista de Hollywood
Cuando Eastwood regresó a Estados Unidos con el prestigio europeo bajo el brazo, el Hollywood convencional aún miraba con recelo los westerns italianos. Pero él tenía dinero, tenía nombre y, sobre todo, tenía una visión clara de lo que quería hacer.
En 1968 creó su propia productora, The Malpaso Company. El nombre se deriva del arroyo Malpaso Creek, ubicado al sur de Carmel-by-the-Sea, California, lugar donde Eastwood había recibido entrenamiento básico del ejército. La creación de Malpaso fue un gesto estratégico de independencia. Eastwood no quería depender de los grandes estudios ni de sus caprichos. Quería controlar sus proyectos, sus presupuestos, su ritmo de trabajo.
Casi medio siglo después de su fundación, Malpaso Productions seguía reflejando el carácter austero de su fundador, quien insistía en gastar el mínimo dinero posible y siempre en cosas necesarias. Era una filosofía que venía de lejos, del niño que había visto a su padre buscar trabajo durante la Depresión. No malgastes. No acumules. Trabaja.
En esa misma época, Eastwood protagonizó la película que lo convirtió en ídolo popular en Estados Unidos: Harry el Sucio (1971), dirigida por Don Siegel. El inspector Harry Callahan era exactamente lo que el público quería ver: un policía de San Francisco que no toleraba la burocracia ni la corrección política, que hacía su trabajo con brutalidad eficiente y que pronunciaba frases destinadas a la eternidad. La película fue un éxito descomunal y generó cuatro secuelas, todas protagonizadas por Eastwood.
Esa dualidad que definía al personaje de Harry Callahan acompañó siempre la recepción crítica de Eastwood: por un lado, el público lo adoraba; por otro, parte de la crítica lo miraba con sospecha, como si el entretenimiento de masas y la seriedad artística fueran incompatibles. Él nunca pareció inmutarse ante esa tensión.
El director que nadie esperaba
El paso a la dirección fue, en retrospectiva, el movimiento más inteligente de su carrera. Cuando en 1971 dirigió su ópera prima, Escalofrío de noche (Play Misty for Me), Eastwood concedió el papel del barman a Don Siegel, su maestro y principal apoyo para convertirse en cineasta. Siempre consideró que sus maestros en el oficio fueron Sergio Leone y Don Siegel, aunque el estilo que desarrolló fue absolutamente personal e irreductible a cualquier influencia.
Lo que más llamó la atención de ese debut fue la seguridad. No hubo titubeos, no hubo el nerviosismo habitual del actor que prueba a ponerse detrás de la cámara. Era como si siempre hubiera sabido que ese era su sitio.
Durante las décadas de los setenta y los ochenta, Eastwood construyó una filmografía como director que alternaba westerns, películas de acción y comedias. El forajido Josey Wales (1976), El jinete pálido (1985), Bronco Billy (1980)… Títulos que en su momento fueron bien recibidos sin despertar el entusiasmo de la crítica más exigente. Pero eso cambiaría radicalmente en 1988, cuando estrenó Bird, su biopic sobre el saxofonista de jazz Charlie Parker.
Bird no encajaba en ninguno de los moldes que se asociaban a Eastwood. Era una película sobre el jazz, sobre la genialidad destructiva, sobre la relación entre el arte y la autodestrucción. El filme recibió los premios al Mejor Actor y al Mejor Sonido en el Festival de Cine de Cannes de 1988. La crítica tuvo que revisar sus prejuicios. Eastwood no era solo el actor del sombrero y el Magnum. Era un cineasta de verdad, con algo que decir.
Sin perdón y la consagración definitiva
En 1992 llegó la película que lo cambió todo. Sin perdón fue, para muchos, la obra maestra de Eastwood como director. También fue su ajuste de cuentas más personal con el western, un género al que había dedicado su carrera y al que ahora decidía mirar de frente, sin glamur ni épica fácil.
La historia de Will Munny, un pistolero retirado que acepta un último trabajo, era también la historia de lo que el cine del Oeste había romantizado durante décadas: la violencia, el honor, la venganza. Sin perdón los despojaba de toda romantización. Matar no era glorioso. La violencia dejaba heridas que no cicatrizaban. Los héroes eran viejos, cansados y llenos de culpa.
La película obtuvo nueve nominaciones a los Premios de la Academia y ganó cuatro Oscars, entre ellos el de Mejor Película y el de Mejor Director. Ese mismo año también se llevó el Premio del Gremio de Directores y el Globo de Oro al Mejor Director. Era el reconocimiento unánime a un director que había tardado décadas en ser comprendido. Eastwood tenía 62 años cuando recogió su primer Oscar como mejor director. Y no se le veía en absoluto como alguien que llegaba tarde: se le veía como alguien cuyo tiempo había llegado exactamente cuando tenía que llegar.
A partir de ahí, la mirada de la industria sobre él cambió de forma permanente. Ya no era el tipo de los westerns de Leone ni el de Harry el Sucio. Era uno de los grandes directores americanos de su generación.
La década de los noventa y el riesgo constante
Tras Sin perdón, Eastwood podría haberse instalado en la comodidad del director consagrado, haciendo películas seguras y cosechando aplausos. No lo hizo.
En 1993 apareció En la línea de fuego, donde interpretaba a un agente del Servicio Secreto envejecido y atormentado que intentaba proteger al presidente de un asesino de talento excepcional. La película fue un éxito comercial y de crítica, y Eastwood demostró que podía habitar personajes con capas de vulnerabilidad que el Hombre sin Nombre jamás habría permitido.
Dos años después llegó Los puentes de Madison, una apuesta que a muchos en Hollywood les pareció una locura. Una historia de amor adulta, contenida, basada en una novela de éxito popular pero desprovista de cualquier elemento espectacular. Fue al mismo tiempo un éxito masivo de taquilla y una obra de una delicadeza inusual en su filmografía. Demostró que podía dirigir con ternura tanto como con dureza.
En 1997 estrenó dos películas: Poder absoluto y Medianoche en el jardín del bien y del mal. En 1999 llegó Ejecución inminente, un drama sobre la pena de muerte protagonizado por Sean Penn. Era el tipo de película incómoda, de aquellas que se niegan a dar respuestas fáciles. Eastwood nunca quiso hacer propaganda. Quería mostrar las contradicciones de la condición humana y dejar que el espectador sacara sus propias conclusiones.
Durante esos años también recibió reconocimientos que subrayaban su condición de figura global del cine. En 1994 fue presidente del jurado del Festival de Cine de Cannes. En 1996 recibió el AFI Life Achievement Award, el premio que concede el Instituto Americano de Cine al conjunto de una trayectoria. En 1998 llegó un César honorífico de la Academia francesa. La industria no solo lo admiraba: lo reverenciaba.
Mystic River y el segundo Oscar
El nuevo siglo lo encontró en plena forma. En 2003 estrenó Mystic River, adaptación de la novela de Dennis Lehane sobre tres amigos de la infancia cuyas vidas quedan marcadas por un trauma que regresa décadas después. La película reunía a Sean Penn, Tim Robbins y Kevin Bacon en los papeles protagonistas, y los tres ofrecieron interpretaciones memorables.
La crítica fue unánime. Mystic River era un drama de madurez excepcional, sombrío y preciso, filmado con la contención característica de Eastwood pero con una profundidad emocional que superaba muchas de sus obras anteriores. Sean Penn y Tim Robbins ganaron el Oscar como Mejor Actor y Mejor Actor de Reparto respectivamente. Eastwood fue nominado como director, aunque no ganó.
Un año después llegó Million Dollar Baby, y entonces sí. La historia de una entrenadora de boxeo que acepta preparar a una joven aspirante a púgil era, en realidad, una película sobre la dignidad, sobre los límites del cuerpo y sobre lo que significa amar a alguien de verdad. Hillary Swank y Morgan Freeman completaban un triángulo de actuaciones perfectas.
Million Dollar Baby ganó cuatro Oscars: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actriz para Swank y Mejor Actor de Reparto para Freeman. Era el segundo gran reconocimiento de la Academia al trabajo de Eastwood como director. A los 74 años, era la prueba de que su capacidad creativa no solo no había menguado sino que había seguido creciendo.
Un dato que revela la dimensión de su influencia como director: a lo largo de su carrera, Eastwood dirigió a cinco intérpretes hasta el Oscar. Gene Hackman en Sin perdón, Sean Penn y Tim Robbins en Mystic River, y Hillary Swank y Morgan Freeman en Million Dollar Baby. Eso no es suerte. Eso es talento para el trabajo con actores.
El díptico de la Segunda Guerra Mundial
En 2006, Eastwood acometió uno de los proyectos más ambiciosos y más inusuales de su carrera: un díptico sobre la batalla de Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial, pero narrado desde los dos bandos. Primero llegó Banderas de nuestros padres, que contaba la historia desde la perspectiva norteamericana. Después vino Cartas desde Iwo Jima, narrada en japonés desde el punto de vista de los soldados imperiales.
Cartas desde Iwo Jima fue una película radical por su valentía moral y narrativa. Eastwood, el americano por antonomasia, el actor que había encarnado docenas de héroes del Oeste y policías duros, decidió contar la historia de los enemigos de su país con honestidad y compasión. La recepción fue extraordinaria: la película fue nominada al Oscar como Mejor Película y como Mejor Director.
Era la demostración más contundente de que Eastwood no era un cineasta ideológico ni propagandístico. Era un humanista que creía que todas las personas merecían ser miradas con la misma atención, con independencia del bando en que combatieran.
Gran Torino y el aparente final
En 2008 llegó Gran Torino, otra obra mayor. Eastwood interpretaba a Walt Kowalski, un veterano de la Guerra de Corea, viudo, misántropo y xenófobo que vive en un barrio de Detroit que se ha transformado en un enclave de inmigrantes asiáticos. Su relación con la familia hmong que vive a su lado lo obliga a revisarse y a encontrar, al final de su vida, algo parecido a la redención.
Gran Torino fue un éxito masivo de taquilla y una película que el público abrazó con una intensidad inusual. Eastwood declaró en aquel momento que probablemente era su última película como actor. «Hace tiempo que no trabajo en ningún papel que me interese de verdad», dijo. El personaje de Kowalski parecía la despedida perfecta: un hombre que pone su vida al servicio de los demás como acto último de dignidad.
Pero Eastwood no se retiró. Siguió dirigiendo, y siguió sorprendiendo.
La última etapa: de Sully a Jurado nº 2
La filmografía posterior a Gran Torino confirma que Eastwood nunca perdió el norte ni la ambición. Invictus (2009) era la historia de Nelson Mandela y la Copa del Mundo de rugby de 1995, una meditación sobre el liderazgo y la reconciliación que contaba con Matt Damon y Morgan Freeman en los papeles principales. J. Edgar (2011) era un biopic sobre el fundador del FBI interpretado por Leonardo DiCaprio, una película oscura y arriesgada sobre el poder, los secretos y la hipocresía institucional.
En 2014 llegó American Sniper, la historia del francotirador de las fuerzas especiales de la Marina Chris Kyle, con Bradley Cooper en el papel protagonista. Fue, para sorpresa de muchos, la película más taquillera de toda la filmografía de Eastwood. Recaudó más de 500 millones de dólares solo en Estados Unidos, una cifra extraordinaria para una película bélica sin efectos especiales espectaculares. Cooper fue nominado al Oscar como Mejor Actor. La película generó también un debate intenso sobre la guerra de Irak, el heroísmo y el precio que pagan los soldados y sus familias.
Sully (2016) era la historia del capitán Chesley Sullenberger, el piloto que salvó a todos los pasajeros de un avión al amerizar de emergencia en el río Hudson en 2009. Tom Hanks encabezaba un reparto impecable. La película fue un ejercicio de precisión narrativa sobre la competencia, la responsabilidad y el juicio humano bajo presión.
Siguieron 15:17 Tren a París (2018), sobre el atentado frustrado en un Thalys que viajaba de Ámsterdam a París, y La mula (2018), donde Eastwood se ponía de nuevo frente a la cámara para interpretar a un anciano horticultor que se convierte en correo de un cartel de la droga. Richard Jewell (2019) fue un retrato duro del hombre que fue acusado injustamente de poner la bomba en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, y de cómo los medios de comunicación y la policía federal destruyeron su vida antes de que la verdad saliera a la luz.
Cry Macho (2021) fue su última actuación frente a la cámara. Con 91 años, Eastwood interpretaba a un vaquero retirado que cruza la frontera hacia México para rescatar al hijo adolescente de su antiguo jefe. La película fue recibida con tibieza por la crítica, pero el gesto de hacerla a esa edad, de seguir ahí, de no rendirse, fue en sí mismo una declaración de principios.
Jurado nº 2, el último disparo
Y luego llegó Jurado nº 2. Estrenada en octubre de 2024, cuando Eastwood tenía 94 años, fue su último trabajo como director. La película contaba la historia de Justin Kemp, un hombre de familia convocado como miembro del jurado en un juicio por asesinato, que descubre que él mismo podría estar relacionado con el crimen. Nicholas Hoult, Toni Collette, J.K. Simmons y Kiefer Sutherland encabezaban el reparto.
El estreno estuvo rodeado de cierta polémica. Warner Bros. le dio una distribución mínima en salas de Estados Unidos, prácticamente un lanzamiento clandestino, mientras que en Francia la película tuvo la acogida que merecía. La crítica fue mayoritariamente positiva. Muchos la señalaron como la mejor película de Eastwood desde Gran Torino. La describieron como un drama judicial hecho a la antigua, bien estructurado, moralmente complejo, dirigido con la economía de medios característica de su autor.
Uno de los críticos que la analizó en detalle escribió que era admirable, en igual medida, tanto el logro de Eastwood al dirigir una película de esa calidad a sus 94 años como la calidad del filme en sí mismo, que se sostenía como una obra relevante dentro del género judicial. Otro la definió como un resultado provocativo e inquietante, en el que Eastwood se movía con la ductilidad de un maestro que ya no necesita demostrar nada pero sigue dando asistencias perfectas.
La película planteaba una pregunta moral sin respuesta fácil: ¿qué hace un hombre honesto cuando la verdad que conoce puede destruir su vida y la de su familia? Era, en ese sentido, una película profundamente eastwoodiana. Sus mejores trabajos siempre han girado en torno a dilemas éticos en los que no hay salida limpia, en los que actuar bien tiene un precio y la moral no es nunca algo que se pueda resolver con un disparo certero.
Jurado nº 2 queda así como el testamento cinematográfico de Clint Eastwood. No es la más grande de sus películas, pero es una película digna, seria y adulta. Exactamente lo que cabría esperar de alguien que dedicó setenta años a hacer cine con honestidad.
Un estilo propio, inconfundible
Pocas cosas definen mejor a Eastwood como director que su forma de trabajar en el set. Era conocido por su velocidad y su austeridad. Rodaba con presupuestos ajustados, en plazos breves, con equipos reducidos. Desconfiaba de las primeras tomas repetidas hasta la extenuación y prefería la espontaneidad. «Me gustan las primeras tomas porque nunca lograrás igualar la sorpresa de oír por primera vez un diálogo», explicó en una entrevista en Cannes. «Algunos de mis maestros, como Don Siegel, lo hacían así.»
Su estilo visual era el opuesto de la ostentación. Ningún movimiento de cámara innecesario, ninguna música subrayando lo que la imagen ya decía, ningún plano que no sirviera a la historia. La violencia, la soledad y la moralidad fueron los temas que recorrieron su filmografía desde los westerns de Leone hasta Jurado nº 2. La forma de abordarlos fue evolucionando, ganando en complejidad y en sombras, pero el compromiso con la narración directa y la confianza en el espectador permanecieron inalterables.
Era también un director extraordinariamente generoso con sus actores. Quienes trabajaron con él coinciden en que les daba espacio, que el set era un lugar sin presión innecesaria, que Eastwood sabía cuándo una toma era suficientemente buena y no insistía más allá de lo necesario. El resultado de ese método se ve en las actuaciones que obtuvo: Gene Hackman, Sean Penn, Tim Robbins, Hilary Swank, Morgan Freeman, Meryl Streep, Tom Hanks, Bradley Cooper. Una constelación de trabajos mayores.
El legado en cifras y en reconocimientos
La magnitud del legado de Eastwood se mide en varias dimensiones. Como actor, participó en más de 70 producciones a lo largo de siete décadas. Como director, firmó más de 40 largometrajes desde 1971. Como productor, su compañía Malpaso estuvo detrás de la gran mayoría de esos proyectos.
Los reconocimientos se acumularon a lo largo de los años. Cuatro Oscars competitivos como director y productor, por Sin perdón y Million Dollar Baby. Varios Globos de Oro. El premio Irving G. Thalberg Memorial de la Academia de Hollywood, concedido en 1995 al conjunto de su trayectoria como productor. El León de Oro honorífico del Festival de Venecia en el año 2000. Una Palma de Oro honorífica en el Festival de Cannes en 2008. El César honorífico de la Academia de Cine francesa en 1998. La Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa en 1994 y la Legión de Honor en 2007. La Medalla Nacional de las Artes de Estados Unidos en 2010, el mayor galardón que concede el gobierno americano en el ámbito cultural.
Era, en ese sentido, un director más reconocido en Europa que en su propio país durante buena parte de su carrera, algo que él siempre recibió con agradecimiento y que explica la presencia constante de sus películas en los festivales del continente.
Alcalde de Carmel y otras vidas paralelas
Eastwood no fue solo actor y director. Fue también compositor, aficionado al jazz apasionado y músico capaz de tocar el piano con solvencia. Fue el impulsor de homenajes y conciertos dedicados al jazz en Estados Unidos. Fue el fundador de un negocio hostelero en Carmel-by-the-Sea, la localidad californiana donde residió durante décadas.
Y fue, entre 1986 y 1988, alcalde de esa misma ciudad. Lo que empezó como una reacción ante una ordenanza municipal que prohibía comer helados en la vía pública se convirtió en una experiencia política breve pero notoria. Viajaba cada semana a Carmel desde Los Ángeles para participar en las reuniones del consejo sin abandonar su carrera cinematográfica. Decidió no buscar la reelección convencido de que había cumplido su ciclo. El episodio quedó en la memoria colectiva como símbolo de una administración pragmática y sin pretensiones.
Políticamente, fue durante décadas afiliado al Partido Republicano, aunque siempre con un perfil libertario que lo distanciaba del conservadurismo más ortodoxo. Su discurso ante la silla vacía en la Convención Nacional Republicana de 2012, hablando con un Barack Obama imaginario, fue uno de los momentos más insólitos de la política americana reciente. La reacción fue tan heterogénea como su propio personaje público: algunos lo vieron como un genio excéntrico, otros como un anciano desorientado.
Su vida personal fue igual de compleja que su carrera. Dos matrimonios, el primero con Maggie Johnson desde 1953 hasta 1984, el segundo con Dina Ruiz desde 1996 hasta 2014. Relaciones largas con Sondra Locke y Frances Fisher. Al menos ocho hijos, algunos conocidos desde el principio, otros cuya existencia tardó en hacerse pública. Eastwood nunca se mostró especialmente interesado en gestionar su imagen privada ni en ofrecer relatos ordenados sobre ella.
El último adiós de una especie en extinción
Hay algo en la despedida de Eastwood que va más allá de la retirada de un director veterano. Es el fin de una forma de entender Hollywood que ya era rara cuando él la practicaba y que hoy casi no existe.
Eastwood pertenecía a una tradición de cineastas que hacían películas para adultos, sobre adultos, con conflictos morales reales. Películas que no necesitaban explicar su sentido con efectos especiales ni con tramas de superhéroes. Películas que confiaban en la inteligencia del espectador. En la última etapa de su carrera, esa apuesta resultaba ya casi contraria a la corriente dominante de la industria, y sin embargo seguía funcionando.
Fue, en ese sentido, un resistente. No por nostalgia ni por incapacidad de adaptarse, sino por convicción. Creía en un tipo de cine y lo hizo hasta los 94 años. Hasta que ya no pudo más, o hasta que decidió que había dicho lo que tenía que decir.
«Ahora está retirado», dijo su hijo Kyle con la sencillez de quien describe algo perfectamente natural. Y es cierto que es natural, que nadie puede durar para siempre, que toda carrera tiene un final. Pero hay finales que pesan más que otros. El de Eastwood pesa porque con él se va el último representante activo de una era en que Hollywood hacía cine de una manera que ya nadie hace.
Se va el Hombre sin Nombre. Se va Harry el Sucio. Se va Will Munny y Walt Kowalski y Frankie Dunn. Se va el director que supo que la primera toma siempre tiene algo que las siguientes nunca alcanzan. Se va el hombre que dijo que diría adiós sin despedirse, y que cumplió su palabra hasta el final.
El último pistolero ha apagado la cámara. Y el Oeste, que nunca fue del todo real, parece hoy un poco más lejano.