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El hombre que siempre supo que Kill Bill era una sola película


Quentin Tarantino Kill Bill

Durante más de veinte años, ver Kill Bill tal y como Quentin Tarantino la había concebido fue prácticamente imposible. No era una leyenda urbana ni una promesa vacía: la película existía, había quien la había visto, pero acceder a ella era casi tan difícil como conseguir una espada de Hattori Hanzō. Solo unos pocos afortunados pudieron verla en contadas proyecciones especiales en Los Ángeles, en los cines que el propio director posee.

Eso cambió el 5 de diciembre de 2025. Lionsgate estrenó en cines de todo Estados Unidos Kill Bill: The Whole Bloody Affair, el montaje completo que fusiona los dos volúmenes originales en una sola película de más de cuatro horas. Con proyecciones en 70 mm y 35 mm en mercados seleccionados, una pausa clásica de quince minutos a mitad del metraje y un cortometraje animado inédito al final de los créditos, la versión sigue circulando por salas y generando conversación varios meses después de su estreno, algo que no es habitual en un mercado donde las películas desaparecen de la cartelera en cuestión de semanas.

En España, donde el cine de Tarantino siempre ha tenido una recepción especialmente entusiasta, el interés por The Whole Bloody Affair es notable. No es casualidad: los dos volúmenes originales fueron un fenómeno en las salas españolas a principios de los 2000, y la posibilidad de ver la versión completa en pantalla grande ha movilizado a un público que en muchos casos creció con esas películas. En febrero de 2026 llegó también en formato VOD para quienes no pudieron o no quisieron esperar a una sala, aunque Tarantino sigue insistiendo en que la única manera correcta de verla es en pantalla grande y en película fotográfica.

No es un reestreno cualquiera. Es la realización de una visión artística que llevaba décadas esperando su momento. Y es también una buena excusa para preguntarse cómo llegó hasta aquí el chico que aprendió a hacer cine trabajando en un videoclub.

El videoclub como universidad

Quentin Tarantino nació el 27 de marzo de 1963 en Knoxville, Tennessee, aunque creció en los suburbios del sur de Los Ángeles. Su madre, Connie McHugh, era enfermera y tenía la costumbre de llevarlo al cine desde muy pequeño, sin preocuparse demasiado por la clasificación por edades de las películas. Quentin vio Carnal Knowledge con ocho años. Vio películas de blaxploitation, westerns spaghetti, thrillers japoneses y exploitation de segunda clase en los drive-in de Los Ángeles.

Mientras otros niños coleccionaban cromos, él acumulaba referencias cinematográficas en una memoria que todavía hoy resulta asombrosa. Puede recitar el reparto de una película menor de 1974 con la misma facilidad con que otros recitan la tabla del nueve.

A los dieciséis años abandonó el instituto. No por vagancia, sino porque el sistema le resultaba un lugar demasiado pequeño para lo que tenía en la cabeza. Intentó estudiar interpretación durante un tiempo, con resultados mediocres. Lo que de verdad le interesaba estaba en otro sitio.

Ese otro sitio se llamó Video Archives. Entre 1983 y 1989, Tarantino trabajó como empleado en este videoclub de Manhattan Beach, California. Fue su universidad, su escuela de posgrado y su laboratorio al mismo tiempo. Pasaba horas viendo cintas, discutiendo películas con clientes y compañeros, desarrollando un criterio tan particular que hoy resulta inimitable. No estudiaba cine en abstracto: lo absorbía película a película, fotograma a fotograma, como si cada VHS fuera una clase magistral.

Allí conoció a Roger Avary, con quien compartiría crédito de guion años después. Allí empezó a escribir sus primeros guiones en el tiempo libre. Allí fraguó una manera de entender el cine que no tenía nada que ver con la academia y sí mucho con la cultura popular entendida como alta cultura disfrazada de entretenimiento barato.

Su primer intento real de rodar, una película titulada My Best Friend’s Birthday que fue construyendo a lo largo de varios años en 16 milímetros con dinero propio, quedó prácticamente destruida por un incendio en el laboratorio. El proceso, sin embargo, le había enseñado lo suficiente. Había aprendido a fracasar bien, que es quizás la forma más honesta de aprender cualquier cosa.

Un debut que cambió las reglas

Escribió el guion de Reservoir Dogs en tres semanas y media. Lo escribió porque quería rodar algo ya, sin esperar a que alguien le diera permiso. Lo que no calculó es que Harvey Keitel leería ese guion, quedaría fascinado y se convertiría en coproductor ejecutivo. Eso lo cambió todo.

Reservoir Dogs se estrenó en el Festival de Sundance en 1992 y provocó una reacción que oscilaba entre el entusiasmo delirante y el escándalo absoluto. Algunos críticos se levantaron y se fueron durante la proyección. Otros dijeron que habían visto nacer a un autor. Ambas reacciones eran correctas, a su manera.

La película costó alrededor de un millón y medio de dólares. No tenía acción visible durante el robo que supuestamente la protagonizaba. Tenía hombres en traje negro hablando sobre Madonna y propinas, y una escena de tortura con Stuck in the Middle with You de fondo que ha quedado grabada en la memoria colectiva del cine contemporáneo como pocas imágenes de aquella década.

Era evidente que ese tío sabía algo que los demás no sabían.

Pulp Fiction y el momento en que todo cambió

Dos años después llegó Pulp Fiction. Y con ella algo que pocas veces ocurre en la historia del cine: el momento en que una película cambia las reglas del juego mientras todavía está en cartelera.

Ganó la Palma de Oro en Cannes. Recaudó más de 200 millones de dólares con un presupuesto de ocho. Convirtió a John Travolta en estrella de nuevo después de años en el olvido. Dio a Samuel L. Jackson el papel que definiría su carrera. Instaló a Uma Thurman en el imaginario colectivo con un vestido negro, un flequillo y un par de pasos de baile.

Pero lo más importante no fue nada de eso. Lo más importante fue que Pulp Fiction demostró que se podía contar una historia de forma no lineal, con personajes moralmente turbios y diálogos larguísimos sobre cultura pop, y que el público no solo lo aceptaría sino que lo amaría. Que el estilo podía ser el contenido. Que la forma era el fondo.

Hollywood tardó exactamente tres semanas en intentar copiarla. Y veinte años en asumir que era incopiable.

El saqueador más honesto del cine

Existe una pregunta que persigue a Tarantino desde el principio: ¿es un genio o simplemente un saqueador extraordinariamente hábil?

La pregunta no es gratuita. Pocos directores han tomado prestado tanto de tantos lugares. Sus películas son mosaicos de referencias: géneros, planos concretos, músicas, personajes, diálogos que suenan a algo que ya has visto en otro sitio. El plano de la jeringuilla en Pulp Fiction viene de Masculin Féminin de Godard. Las peleas de Kill Bill son un homenaje explícito al cine de artes marciales de Hong Kong y al chambara japonés. Reservoir Dogs debe mucho a City on Fire del director hongkonés Ringo Lam.

Él nunca lo ha negado. De hecho, lo reivindica con una energía que roza la provocación. Hay una diferencia, dice, entre el robo y el homenaje, y esa diferencia está en la honestidad con la que se hace y en lo que añades a lo que tomas.

Lo que añade Tarantino es siempre lo mismo: una voz absolutamente reconocible. Sus películas pueden estar repletas de citas, pero nadie más podría haberlas hecho. El ritmo de sus diálogos, la forma en que mezcla lo cómico con lo brutal, la manera en que la música funciona como un personaje más, la estructura que se rompe a sí misma y se recompone de otra manera: eso no viene de ninguna película japonesa ni de ningún maestro italiano. Viene de él.

Jackie Brown, la gran olvidada

Después de Pulp Fiction vino Jackie Brown, su película más subestimada y probablemente la más madura. Una adaptación de Elmore Leonard protagonizada por Pam Grier, una leyenda de la blaxploitation de los setenta, y Robert Forster, otro actor rescatado del olvido con la misma generosidad con que antes había resucitado a Travolta.

Jackie Brown no tenía el exhibicionismo de Pulp Fiction. Era más lenta, más adulta, más triste. Una película sobre gente mayor que intenta no perder en un juego que lleva décadas jugando. Cuando se estrenó en 1997, muchos la consideraron una decepción. Hoy es la favorita de muchos de sus fans más exigentes, lo que dice bastante sobre cómo funciona el tiempo con ciertas obras.

El origen de Kill Bill: una conversación durante Pulp Fiction

Tarantino y Uma Thurman concibieron juntos al personaje de La Novia mientras rodaban Pulp Fiction en 1994. Pasaron años antes de que aquella idea se convirtiera en guion, y más años antes de que el guion se convirtiera en película. Thurman, que se había convertido en madre entre tanto, aportó sus instintos maternales como base emocional de un personaje cuya motivación central es recuperar a una hija que le han arrebatado.

Cuando Tarantino terminó el montaje original, la película superaba las cuatro horas. Él y el productor Harvey Weinstein acordaron que era demasiado para una sola sesión de cine. La solución fue dividirla en dos partes. La primera llegó en octubre de 2003, la segunda en abril de 2004. Las dos juntas recaudaron más de 330 millones de dólares en todo el mundo.

Pero Tarantino siempre las consideró una sola película. Siempre habló de ellas como su cuarta obra, no como su cuarta y su quinta. Y nunca dejó de querer que el público las viera como las había concebido: juntas, de principio a fin, con toda su brutalidad y toda su ternura en el orden correcto.

Una película que es muchas películas

Kill Bill es muchas cosas al mismo tiempo, y eso es precisamente lo que la hace única y difícil de encasillar.

Es un western. Es una película de artes marciales. Es un anime. Es un spaghetti western con katanas en lugar de revólveres. Es una película de venganza clásica con una protagonista que desafía todos los estereotipos del género. Y es, debajo de todo el artificio, algo genuinamente emotivo: una madre que quiere a su hija y que no se detendrá ante nada para recuperarla.

El blanco y negro de la batalla en el antro de O-Ren Ishii. El anime de la historia de origen de esa misma personaje. El amarillo del traje de La Novia, homenaje directo a Bruce Lee. La actuación de David Carradine como Bill, que convierte a un villano en algo más complejo: un hombre que ama profundamente a la persona que intenta matar. La escena final entre ambos, que resuelve todo el conflicto no con una pelea espectacular sino con una conversación sobre Superman.

Tarantino ha dicho que Kill Bill es su película más personal. En el podcast Church of Tarantino declaró que la considera la película definitiva de Quentin, que fue nacido para hacerla y que nadie más podría haberla hecho. Es una de las pocas veces en que la arrogancia de un director suena perfectamente justificada.

Veinte años guardada en un cajón

La historia de Kill Bill: The Whole Bloody Affair es en sí misma una historia fascinante sobre la relación entre un creador y su obra, y sobre la paciencia como forma de resistencia artística.

La película se presentó por primera vez en el Festival de Cannes en 2006, fuera de competición. Tarantino llegó a anunciar planes de estrenarla comercialmente en 2009, pero el proyecto se retrasó sin explicación. Después hubo otros anuncios, otras fechas, otras promesas que tampoco se cumplieron. La versión completa se proyectó en 2011 en el New Beverly Cinema de Los Ángeles, que el director ya poseía, y volvió a guardarse.

Durante años fue un objeto mítico. Una ballena blanca para sus fans. Algo que existía pero a lo que era casi imposible acceder si no vivías en Los Ángeles y conocías los horarios exactos del New Beverly.

En el verano de 2025, Tarantino la programó en el Vista Theater, otro cine de Los Ángeles que también es de su propiedad, y la respuesta del público fue tan entusiasta que terminó de convencerle. En agosto de ese mismo año había declarado que quizás nunca la lanzaría en formato doméstico, que prefería mantenerla como experiencia exclusiva de sala. Pocas semanas después anunció el estreno en cines de todo el país para diciembre.

Lionsgate, que gestiona los derechos de distribución de varias de sus películas, incluyendo Reservoir Dogs, Jackie Brown, Inglourious Basterds y Django Unchained, se encargó del lanzamiento.

Lo que tiene de nuevo esta versión

Kill Bill: The Whole Bloody Affair no es simplemente los dos volúmenes pegados uno detrás del otro. Tiene diferencias sustanciales respecto a lo que el público vio en 2003 y 2004.

La más evidente es la eliminación del cliffhanger con el que terminaba el Volumen 1, que revelaba que la hija de La Novia seguía viva. En la versión completa, esa revelación se guarda para el tercer acto, donde tiene un peso emocional mucho mayor. La Novia lo descubre al mismo tiempo que el espectador, lo que cambia completamente la dinámica de la escena final con Bill.

También desaparece el resumen con el que comenzaba el Volumen 2, que existía como recordatorio para el público que había visto la primera parte meses antes en el cine. En la versión completa no hace falta: la narrativa fluye sin interrupciones.

La nueva versión incluye además una secuencia de anime de siete minutos y medio que no estaba en ninguna de las dos entregas originales. Tarantino había declarado que siempre quiso incluirla pero que no hubo tiempo ni presupuesto para terminarla en 2003. Y después de los créditos finales aparece el cortometraje inédito The Lost Chapter: Yuki’s Revenge, diez minutos de animación centrados en Yuki Yubari, la hermana de Gogo, en su intento de vengarse de La Novia. Un capítulo que Tarantino había escrito pero que nunca había llegado al cine en ninguna de sus formas anteriores.

La proyección incluye una pausa de quince minutos entre los dos actos, al estilo del cine clásico de los años cincuenta y sesenta. Un detalle que en la práctica convierte cada pase en un evento, no simplemente en una proyección.

En enero de 2026, dando marcha atrás a su posición anterior, Tarantino anunció que The Whole Bloody Affair tendría también un lanzamiento en 4K para el formato doméstico a través de Lionsgate. El 17 de febrero de 2026 llegó en formato VOD.

La violencia como coreografía y como argumento

Hay algo que los críticos que no soportan a Tarantino tienden a ignorar o a malinterpretar: sus películas no son únicamente ejercicios estilísticos. Son también morales, aunque su moral sea compleja y a veces deliberadamente incómoda.

La violencia en su cine no es gratuita aunque lo parezca. Está estilizada hasta el punto de la abstracción, convertida en coreografía, en música, en una forma de ballet grotesco que obliga al espectador a pensar en lo que está viendo en lugar de simplemente sufrirlo. Cuando la violencia en sus películas duele de verdad, y hay momentos en que duele de verdad, es porque Tarantino ha decidido conscientemente que duela. Ha bajado la guardia estilística y ha dejado entrar la realidad.

La escena de la oreja en Reservoir Dogs. La sala de cine ardiendo en Inglourious Basterds. El final de Django Unchained. En esos instantes la película deja de ser un juego y se convierte en algo más serio. Y esa también es una decisión de autor, no un accidente.

Una filmografía que es un proyecto de investigación

La filmografía de Tarantino puede leerse como un proyecto de investigación sistemático sobre los géneros cinematográficos del siglo XX.

Con Inglourious Basterds reescribió la Segunda Guerra Mundial como si fuera un spaghetti western de venganza, terminándola con Hitler ardiendo en una sala de cine y convirtiendo la propia sala de cine en el arma definitiva. Con Django Unchained revisitó el western y el exploitation para hablar de la esclavitud en Estados Unidos desde una perspectiva que Hollywood siempre había esquivado. Con The Hateful Eight construyó una obra de teatro filmada, encerrada en una cabaña durante una tormenta de nieve, con ocho personajes que se mienten sistemáticamente entre sí hasta que ya no queda nadie en pie.

Con Érase una vez en… Hollywood hizo algo diferente y más arriesgado: una película sobre el duelo. Sobre el final de una época y sobre dos hombres que sienten que el mundo avanza sin ellos mientras ellos miran. Es su película más quieta, la que menos estalla, y por eso mismo la que más tarde duele.

Cada una de sus películas es distinta de las demás. Todas son inconfundiblemente suyas. Eso, que suena sencillo, es en realidad el logro más difícil de cualquier director.

El hombre que cuenta sus películas de otra manera

Tarantino ha declarado en repetidas ocasiones que se retirará después de su décima película. No quiere ser un director que envejece en pantalla, que sus obras vayan perdiendo fuerza con los años. Prefiere marcharse a tiempo.

El recuento exacto depende de cómo se cuenten los Kill Bill. Él siempre los ha considerado uno solo. Si es así, Érase una vez en… Hollywood sería su novena película. Le quedaría una más.

Ha hablado de un proyecto llamado The Movie Critic, ambientado en los años setenta y protagonizado por una crítica de cine de publicaciones para adultos. Ha mencionado otras ideas. Ha dicho que no tiene prisa pero tampoco quiere esperar indefinidamente. Con más de sesenta años y sin una película nueva en cartelera desde 2019, su silencio se ha convertido en uno de los misterios mejor guardados de Hollywood.

Mientras tanto, pasa el tiempo en sus cines de Los Ángeles, participa en podcasts donde habla durante horas de películas que nadie más recuerda, escribe y lee. Sigue siendo una de las presencias más singulares de la cultura popular contemporánea aunque lleve años sin estrenar nada.

Por qué la sala de cine importa

Hay algo casi paradójico en que uno de los directores que más ha celebrado los formatos domésticos, el VHS, el DVD, la cultura del videoclub como espacio de conocimiento cinematográfico, sea también uno de los más convencidos defensores de la sala oscura como lugar único e insustituible.

Pero en Tarantino las paradojas no son contradicciones. Son parte de un carácter que nunca ha seguido ninguna lógica que no sea la suya propia. El hombre que aprendió a amar el cine en un videoclub es el mismo que ahora compra cines históricos para preservarlos y proyecta en ellos películas en 35 milímetros. El que creció con VHS es el que exige que su obra se vea en película fotográfica siempre que sea posible.

El estreno de Kill Bill: The Whole Bloody Affair en cines es, en ese sentido, algo más que un reestreno. Es una declaración de principios sobre lo que es una película y sobre dónde debe verse. Ver casi cinco horas de cine en una sala, con una pausa en el medio y el cortometraje de créditos al final, es una experiencia radicalmente distinta a ver los dos volúmenes en casa en dos tardes distintas. Es más honesta con la intención original. Es más fiel a lo que Tarantino tenía en la cabeza cuando escribió el primer borrador hace más de veinte años.

Lo que queda cuando se apagan las luces

Quentin Tarantino es el producto improbable de una serie de circunstancias difíciles de repetir: una infancia en los márgenes, un trabajo en un videoclub en el momento exacto, una memoria prodigiosa, un instinto para el diálogo que parece natural pero que es fruto de miles de horas de trabajo y de decenas de miles de películas vistas, y una fe en sí mismo que en cualquier otra persona sonaría a megalomanía y en él suena simplemente a conocimiento de causa.

No es un académico del cine. Es algo más raro y más difícil de fabricar: alguien que ama el cine de una manera tan visceral, tan física, tan irracional, que ese amor solo ya lo convierte en una voz sin equivalente.

El chico que aprendió a hacer películas viendo películas. El empleado del videoclub que se convirtió en uno de los directores más influyentes de los últimos treinta años. El cineasta que siempre supo que Kill Bill era una sola película y que esperó más de veinte años, con una paciencia que no es su rasgo más conocido, a que el mundo pudiera verla entera.

Hay una escena casi al final del Volumen 2 en que Bill le pregunta a La Novia por qué se escapó de él. Y ella le dice que se enamoró. Es el momento más sencillo de toda la saga, y también el más verdadero, y también el que mejor lo explica todo.

Tarantino hace cine por una razón parecida. Porque se enamoró de él siendo un niño en un cine de Los Ángeles. Y porque, a diferencia de casi todo lo demás en esta industria, nunca se ha recuperado de eso.

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