Mario Vargas Llosa murió el 13 de abril de 2025 en su casa de Barranco, en Lima, a los 89 años. La causa fue una neumonía derivada de un contagio de covid contraído en 2022. Sus tres hijos, Álvaro, Gonzalo y Morgana, lo anunciaron en un comunicado en el que hablaron de una vida «larga, múltiple y fructífera». No hubo ceremonia pública. Sus restos fueron incinerados al día siguiente, en la intimidad, tal y como él mismo había pedido.
Con su muerte se cerraba una trayectoria de más de sesenta años de escritura ininterrumpida y se apagaba, además, la última voz viva de aquel grupo de narradores que en los años sesenta cambió para siempre la literatura en español: el boom latinoamericano. Vargas Llosa era el más joven de sus grandes nombres y, durante mucho tiempo, también el más disciplinado.
Detrás de los veinte títulos que él mismo llegó a contar como sus novelas, y de una obra que suma en total más de cuarenta libros entre narrativa, ensayo, teatro, memorias y periodismo, hay una vida que se lee casi como una de sus tramas. Hay un niño que creció convencido de que su padre había muerto. Hay un colegio militar que se convirtió en literatura. Hay tres matrimonios, un puñetazo entre amigos que marcó un antes y un después en la historia cultural de un continente, una campaña presidencial perdida y un Premio Nobel ganado a los 74 años.
Arequipa, un padre al que se creía muerto
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa nació el 28 de marzo de 1936 en Arequipa, la segunda ciudad del Perú, hijo único de Ernesto Vargas Maldonado y Dora Llosa Ureta. Sus padres se habían separado meses antes de su nacimiento. La causa, según se sabría después, era que Ernesto mantenía otra relación, con una mujer de origen alemán, con la que tendría a su vez otros dos hijos.
Dora decidió ocultarle a su hijo la verdad. Le contó que su padre había muerto. Mario creció con esa versión durante toda su infancia, rodeado del cariño de su madre y de sus abuelos maternos, primero en Arequipa y después en Cochabamba, Bolivia, adonde la familia se trasladó cuando su abuelo fue nombrado cónsul honorario del Perú.
Con los años se sabría que Ernesto Vargas mantenía, en paralelo, otra familia. De su relación con una mujer de origen alemán nacieron dos hijos, Enrique y Ernesto Vargas, medio hermanos del futuro escritor a los que este apenas trató durante buena parte de su vida. Ese secreto familiar, guardado durante años por su madre, terminaría siendo una de las claves emocionales de su infancia.
Fue una infancia protegida y casi exclusivamente femenina, marcada por el mimo de la familia materna y por el descubrimiento temprano de la lectura. El propio Vargas Llosa contaría, décadas después, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, que aprendió a leer a los cinco años, en el colegio de La Salle de Cochabamba, con el hermano Justiniano. Dijo entonces que fue lo más importante que le había pasado en la vida.
En 1945 la familia materna se trasladó a Piura, en el norte del Perú, y allí el niño fue matriculado en un colegio salesiano. Un año después llegó la revelación que cambiaría su vida por completo. Su padre, al que creía muerto, reapareció. Ernesto Vargas se llevó a la familia a Lima, y el reencuentro resultó ser el principio de una relación dura, hecha de autoridad y de distancia, que marcaría a su hijo de manera profunda.
El colegio militar que se convirtió en novela
Ernesto Vargas desconfiaba de las inclinaciones literarias de su hijo. Cuando descubrió que el muchacho escribía versos, algo que en su mentalidad asociaba con la debilidad y hasta con la homosexualidad, decidió enviarlo a un internado con mano dura. En 1950, con catorce años, Mario ingresó en el Colegio Militar Leoncio Prado, en el Callao.
Allí cursó el tercero y el cuarto años de secundaria, entre 1950 y 1951, sometido a una disciplina castrense que convivía con un ambiente de violencia cotidiana entre los propios alumnos, procedentes de todos los estratos sociales del país. Según su propio testimonio, fue también la época en la que leyó y escribió como no lo había hecho nunca antes.
Entre sus profesores estuvo, brevemente, el poeta surrealista César Moro, que le dio clases de francés. Sus lecturas de entonces, las novelas de aventuras de Alejandro Dumas y de Victor Hugo, dejarían una huella que se prolongaría durante toda su vida como lector y como crítico.
Aquellos dos años en el Leoncio Prado se convertirían, más de una década después, en la materia prima de su primera novela, La ciudad y los perros. El propio colegio militar, al conocer el contenido del libro, llegó a quemar públicamente mil ejemplares en una ceremonia de protesta.
Primeros pasos en el periodismo y en la escritura
A los dieciséis años, antes incluso de terminar la secundaria, Vargas Llosa empezó a trabajar como periodista en el diario limeño La Crónica, donde se le encargaban reportajes y notas locales. Ese oficio, el del periodismo, no lo abandonaría jamás, ni siquiera en los años de mayor reconocimiento literario.
En 1952, con apenas dieciséis años, estrenó en un teatro de Lima su primera obra dramática, La huida del Inca, un drama en tres actos. Fue su primer contacto con un público real y con el aplauso, algo que recordaría siempre como un estímulo decisivo para seguir escribiendo.
Terminó el bachillerato en Piura, trabajando también para el diario La Industria, y en 1953 ingresó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima, donde estudió simultáneamente Letras y Derecho. Fue en San Marcos, una universidad pública con una intensa vida política, donde su curiosidad literaria empezó a cruzarse con una temprana militancia de izquierdas.
En esos años coeditó publicaciones universitarias como Cuadernos de Composición y la revista Literatura, y en 1959 publicó su primer libro, una colección de relatos titulada Los jefes, que obtuvo el Premio Leopoldo Alas en España. Era, todavía, un autor casi desconocido fuera de los círculos literarios limeños.
Julia Urquidi, un matrimonio prohibido
En 1955, con apenas diecinueve años, Vargas Llosa protagonizó el primero de los episodios sentimentales que marcarían su biografía pública. Se casó, en secreto, con Julia Urquidi, hermana política de su tío materno, una mujer boliviana diez años mayor que él y recién divorciada.
El vínculo familiar entre ambos, sumado a la diferencia de edad, provocó un fuerte rechazo en la familia. Su padre llegó a amenazarlo con un arma. La pareja tuvo que vivir su matrimonio de forma clandestina durante un tiempo, y el joven Mario llegó a compaginar hasta siete trabajos distintos para sostener la vida en común.
En 1958 obtuvo la beca de estudios Javier Prado para cursar un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, donde se instaló junto a Julia. Un año más tarde, con la beca ya agotada, se trasladó a París con la esperanza de conseguir otra ayuda económica que finalmente le fue denegada. Decidió quedarse de todas formas en la capital francesa.
Allí trabajó como profesor de español, como periodista para la Agence France Presse y para la radiotelevisión francesa, y frecuentó a numerosos escritores latinoamericanos exiliados o instalados en Europa, entre ellos el argentino Julio Cortázar. Fueron años de estrechez económica, pero también los años en los que terminó de forjarse como novelista.
El matrimonio con Julia Urquidi se prolongó nueve años, sin hijos, y terminó en 1964, cuando Vargas Llosa se enamoró de su prima hermana Patricia Llosa, sobrina de Julia. Casi veinte años después, en 1983, Urquidi respondería a la versión novelada de su relación que su exmarido había publicado con un libro propio, Lo que Varguitas no dijo, en el que lo retrataba como un hombre infiel y calculador.
La ciudad y los perros, el estallido de un narrador
En 1962, todavía instalado en París, Vargas Llosa presentó al Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, en Barcelona, el manuscrito de una novela ambientada en el colegio militar Leoncio Prado. Ganó el premio, y al año siguiente, en 1963, el libro se publicó con el título de La ciudad y los perros.
La novela retrataba con crudeza la violencia, la corrupción y las jerarquías brutales entre los cadetes de un colegio militar limeño, un microcosmos que funcionaba como metáfora de una sociedad peruana profundamente desigual. La crítica española y francesa la recibió con entusiasmo inmediato. En el Perú, en cambio, provocó escándalo.
Además de la quema simbólica de ejemplares en el propio Leoncio Prado, la novela fue acusada por sectores militares de denigrar a las Fuerzas Armadas. Vargas Llosa, que apenas rondaba los veintisiete años, se convirtió de la noche a la mañana en una de las voces más comentadas de la narrativa en español.
La ciudad y los perros fue traducida a más de una docena de idiomas y llevada al cine en dos ocasiones, en 1985 en una versión peruana y en 1986 en una adaptación soviética. Con el tiempo, el diario español El Mundo la incluiría entre las cien mejores novelas en español del siglo veinte.
El boom latinoamericano y la amistad con Gabriel García Márquez
El éxito de La ciudad y los perros coincidió con la irrupción de un fenómeno editorial y literario que la crítica bautizaría como el boom latinoamericano, un grupo heterogéneo de narradores, entre ellos el colombiano Gabriel García Márquez, el mexicano Carlos Fuentes, el argentino Julio Cortázar y el chileno José Donoso, que renovaron por completo el lenguaje de la novela en español.
Vargas Llosa y García Márquez se conocieron en 1967, en el aeropuerto de Caracas, con motivo del primer Congreso de Intelectuales Latinoamericanos. Aquel mismo año, García Márquez publicaba Cien años de soledad en Buenos Aires y alcanzaba una fama editorial inmediata. Los dos escritores, de personalidades muy distintas, forjaron una amistad estrecha que se consolidó cuando ambos coincidieron viviendo en el barrio de Sarrià, en Barcelona.
Fue en esos años, entre finales de la década de 1960 y mediados de la de 1970, cuando Vargas Llosa escribió algunos de los libros que definirían su lugar en la historia literaria. En 1966 publicó La casa verde, una novela coral y ambiciosa, construida con una técnica narrativa compleja, que entrelazaba varias historias situadas entre la selva amazónica y la ciudad de Piura. El libro obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Internacional Rómulo Gallegos, el más prestigioso de la narrativa en español en aquel momento.
En 1967 apareció Los cachorros, una nouvelle breve y de una intensidad casi teatral sobre la infancia y la adolescencia limeñas. Y en 1969, todavía bajo el amparo de su agente literaria Carmen Balcells, que representaba a buena parte de los autores del boom, publicó Conversación en La Catedral, una novela extensa y estructuralmente audaz sobre la corrupción bajo la dictadura del general Manuel Odría, en la que la técnica del diálogo simultáneo entre distintos tiempos y personajes alcanzaba una sofisticación pocas veces vista hasta entonces en la narrativa latinoamericana.
Aquellos años en Barcelona, donde Vargas Llosa residió entre 1970 y 1974, fueron también los del vínculo con Balcells, la agente que impulsó comercialmente a todo el grupo del boom, y los del contacto cotidiano con los demás narradores del movimiento, en un ambiente de camaradería, discusión política y rivalidad literaria que resultaría, con los años, más frágil de lo que parecía.
El caso Padilla, la ruptura con Cuba
Como buena parte de su generación, Vargas Llosa había sido, de joven, un simpatizante de la Revolución Cubana. Llegó a visitar la isla en varias ocasiones y a expresar públicamente su admiración por Fidel Castro. Aquella etapa se prolongó durante buena parte de la década de 1960.
El punto de inflexión llegó en 1971, con el llamado caso Padilla. El poeta cubano Heberto Padilla fue detenido por el régimen tras publicar un libro considerado contrarrevolucionario, y semanas después apareció en televisión haciendo una autocrítica pública, forzada, en la que se acusaba a sí mismo de traición.
Vargas Llosa encabezó una carta de protesta firmada por numerosos intelectuales internacionales, entre ellos Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Octavio Paz y Julio Cortázar. Gabriel García Márquez se negó a firmarla. El episodio abrió una fractura ideológica dentro del propio boom latinoamericano, que nunca volvería a cerrarse del todo, y marcó el inicio del distanciamiento de Vargas Llosa respecto de la izquierda revolucionaria.
En los años siguientes, instalado en Londres junto a su segunda esposa, Patricia, Vargas Llosa se acercó a las ideas del liberalismo económico y político a través de la lectura de Adam Smith, Friedrich Hayek y, sobre todo, Karl Popper, cuyo pensamiento sobre la sociedad abierta y sus enemigos se convertiría en una referencia constante en sus ensayos y en sus columnas periodísticas posteriores.
Patricia Llosa y el escándalo familiar
Patricia Llosa Urquidi, prima hermana de Vargas Llosa e hija de sus tíos maternos, había llegado a París en 1959 para estudiar, con apenas dieciséis años, y era además sobrina de Julia Urquidi, la primera esposa del escritor. La cercanía familiar entre ambas relaciones convirtió el nuevo romance en un escándalo doméstico de proporciones considerables.
Vargas Llosa y Patricia se casaron en 1965, un año después del divorcio con Julia. Tuvieron tres hijos, Álvaro, nacido en 1966, Gonzalo, en 1967, y Morgana, en 1974. El matrimonio se prolongaría durante cincuenta años, y Patricia se convertiría, además de en madre de sus hijos, en una figura decisiva en la organización de la vida profesional del escritor, incluida su fugaz aventura política.
Los tres hijos siguieron caminos muy distintos entre sí. Álvaro, el mayor, se convirtió en escritor, periodista y comentarista político, colaborador habitual de medios como El País y The Wall Street Journal, y con el tiempo asumió también la presidencia de la Fundación Internacional para la Libertad y de la Cátedra Vargas Llosa, dos instituciones dedicadas a difundir el pensamiento liberal impulsado por su padre.
Gonzalo optó por un perfil más discreto y desarrolló su carrera en el ámbito humanitario, llegando a ser representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados en Europa. Morgana, la menor, se dedicó a la fotografía y, en los últimos años de vida de su padre, fue quien más de cerca lo acompañó en Lima.
El puñetazo que partió en dos el boom
El 12 de febrero de 1976, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, se proyectaba el preestreno de un documental sobre los supervivientes de un accidente aéreo en los Andes, con guion del propio Vargas Llosa. Allí coincidió con García Márquez, a quien no veía desde hacía tiempo.
Según los numerosos testigos del episodio, entre ellos la periodista y escritora Elena Poniatowska, García Márquez se acercó sonriente para saludarlo con un abrazo. Vargas Llosa respondió con un puñetazo que lo lanzó al suelo y le dejó el ojo izquierdo amoratado. Le dijo, según las versiones más repetidas, una frase referida a su esposa Patricia: «Esto es por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona».
Ninguno de los dos escritores explicó jamás públicamente el motivo real de la agresión. Se supo que ambos habían pactado guardar silencio sobre el asunto, un pacto que Vargas Llosa recordaría décadas más tarde, tras la muerte de García Márquez en 2014, cuando afirmó que respetaría ese silencio «hasta la muerte», tal como había hecho su viejo amigo.
El episodio, más allá de la anécdota, certificó una ruptura que en realidad venía gestándose desde hacía años, alimentada tanto por las diferencias políticas surgidas del caso Padilla como por las tensiones personales entre ambas familias. Nunca más volvieron a hablarse.
Presidente del PEN y profesor itinerante
En 1976, en plena efervescencia del boom, Vargas Llosa fue elegido presidente del PEN Club Internacional, la organización mundial de escritores fundada para defender la libertad de expresión, un cargo que ocupó hasta 1979 y que reforzó su perfil de intelectual público más allá de sus propios libros. Cuatro décadas después, en 2019, renunciaría a su membresía en esa misma organización, en desacuerdo con la posición del PEN sobre el independentismo catalán.
Aquellos años también lo consolidaron como profesor itinerante en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo anglosajón. Entre 1977 y 1978 ocupó la cátedra Simón Bolívar de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Cambridge, como miembro asociado del Churchill College, un puesto que antes y después de él ocuparían figuras como Octavio Paz o Fernando Henrique Cardoso.
En 1992 y 1993 fue profesor visitante en Harvard, donde ocupó la cátedra Robert F. Kennedy de Estudios Latinoamericanos, y en 2010, poco antes de recibir el Nobel, era Distinguished Visitor del programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Princeton, además de profesor visitante del taller de escritura creativa de esa misma institución. Dio también cursos y conferencias en Oxford, Georgetown, Columbia y en el Wissenschaftskolleg de Berlín, entre muchas otras instituciones académicas.
La tía Julia y el escribidor, la ficción como ajuste de cuentas
En 1977 Vargas Llosa publicó La tía Julia y el escribidor, una de sus novelas más populares y más ingeniosamente construidas. El libro alterna, capítulo a capítulo, la historia semiautobiográfica de un joven escritor que se enamora de su tía política divorciada, con los delirantes radioteatros de un guionista llamado Pedro Camacho, cuya cordura se va desmoronando a medida que avanza la trama.
La novela era, de manera apenas disimulada, la crónica de su propio romance juvenil con Julia Urquidi, y provocó en su momento la respuesta indignada de esta, que en 1983 publicó su propia versión de los hechos. Pese a la polémica, o quizá gracias a ella, el libro se convirtió en uno de los títulos más leídos y más adaptados de toda su bibliografía, con versiones cinematográficas tanto en español como, más tarde, en una producción estadounidense.
Ambición total, la novela histórica y la novela política
A partir de 1981, con la publicación de La guerra del fin del mundo, Vargas Llosa amplió de manera decisiva el horizonte geográfico de su narrativa. La novela, ambientada en el sertón brasileño de finales del siglo diecinueve, recreaba la guerra de Canudos, el enfrentamiento entre el ejército de la naciente república brasileña y una comunidad milenarista liderada por un predicador llamado Antonio Consejero.
Era su primera gran novela situada fuera del Perú, y también la primera en la que abordaba de manera frontal uno de los temas que recorrería el resto de su obra, la tentación totalitaria de las utopías, ya fueran religiosas, políticas o revolucionarias, y su capacidad para arrastrar a comunidades enteras hacia la destrucción.
En 1984 publicó Historia de Mayta, una reflexión sobre la violencia política peruana a través de la reconstrucción, parcialmente ficticia, de un intento de insurrección trotskista en los años cincuenta. Dos años después, en 1986, apareció ¿Quién mató a Palomino Molero?, una novela breve de estructura policial que introducía a uno de sus personajes recurrentes, el sargento Lituma, un investigador de la Guardia Civil peruana que reaparecería en libros posteriores.
En 1987 publicó El hablador, una de sus novelas más singulares, centrada en la cultura de los machiguengas, un pueblo indígena de la Amazonía peruana, y en la figura de un narrador oral que transmite de generación en generación los mitos de su comunidad. Un año más tarde, en 1988, llegó Elogio de la madrastra, la primera de sus incursiones abiertamente eróticas en la novela, protagonizada por un niño, su madrastra y un cuadro de Fra Angelico.
Fredemo, la campaña presidencial y la derrota de 1990
A mediados de la década de 1980, Vargas Llosa se convirtió en una de las voces más visibles de la oposición política al gobierno aprista de Alan García. En 1987 encabezó una campaña de protesta contra el intento del Ejecutivo de estatizar la banca privada, una movilización que obligó al gobierno a retroceder y que catapultó al escritor a la primera línea de la política peruana.
Fundó entonces el Movimiento Libertad, de orientación liberal, y en 1988 este pasó a integrar el Frente Democrático, conocido como Fredemo, una coalición de las principales fuerzas de centroderecha del país. El 4 de junio de 1989, desde la Plaza de Armas de Arequipa, su ciudad natal, Vargas Llosa confirmó su candidatura a la presidencia del Perú para las elecciones de 1990.
Su programa proponía una drástica liberalización económica, con privatizaciones y un ajuste severo destinado a frenar la hiperinflación heredada del gobierno anterior. Ganó la primera vuelta electoral con el 32,6 por ciento de los votos, pero un rival inesperado, un ingeniero agrónomo de origen japonés llamado Alberto Fujimori, quedó en segundo lugar con cerca del 30 por ciento, desplazando a los partidos tradicionales.
En la segunda vuelta, Fujimori recibió el respaldo tácito de la izquierda y del propio partido aprista, temerosos ambos del programa liberal de Vargas Llosa, y terminó imponiéndose con claridad. El escritor relataría después, en sus memorias El pez en el agua, publicadas en 1993, que su derrota se debió en parte a haber centrado la campaña en la defensa de un programa de gobierno detallado, descuidando los aspectos más estrictamente políticos de la contienda.
Aquella experiencia, dura y en cierto modo humillante, tuvo sin embargo una consecuencia que el propio Vargas Llosa reconocería con ironía: «Fujimori me devolvió a la literatura». Tras la derrota, el escritor se instaló definitivamente en Madrid y retomó con una intensidad renovada su carrera narrativa.
El pez en el agua no era solo una crónica de la campaña. El libro alternaba, capítulo a capítulo, el relato de aquellos tres años de política activa con la reconstrucción de su propia infancia y juventud, desde Cochabamba hasta el descubrimiento de la literatura, en una estructura de dos líneas temporales que recordaba a la de sus propias novelas. Era, a la vez, un ajuste de cuentas político y un autorretrato literario.
En las décadas siguientes, Vargas Llosa mantuvo un activismo político constante desde la tribuna, apoyando en distintas elecciones latinoamericanas a candidatos de perfil liberal o conservador. Respaldó a Keiko Fujimori frente a Pedro Castillo en 2021, a Jair Bolsonaro en Brasil, a José Antonio Kast en Chile y, en 2023, firmó junto a varios expresidentes latinoamericanos una carta pública de apoyo a Javier Milei antes de la segunda vuelta electoral en Argentina. La mayoría de esas candidaturas, salvo la de Milei, terminaron derrotadas en las urnas.
El regreso a la ficción, Lituma en los Andes y el erotismo de madurez
En 1993, el mismo año en que publicó sus memorias políticas, Vargas Llosa lanzó Lituma en los Andes, una novela ambientada en plena violencia del conflicto interno peruano contra Sendero Luminoso, que recuperaba al sargento Lituma como protagonista. El libro obtuvo el Premio Planeta, uno de los más lucrativos y mediáticos de las letras en español.
Cuatro años más tarde, en 1997, publicó Los cuadernos de don Rigoberto, continuación en clave erótica de Elogio de la madrastra, protagonizada de nuevo por Rigoberto, su joven hijo Fonchito y la seductora Lucrecia. Fue, junto a su antecesora, una de las incursiones más comentadas del autor en el territorio de la literatura erótica, un género al que se acercó siempre con una mezcla de erudición pictórica y humor.
En el año 2000 llegó uno de sus libros más celebrados por la crítica internacional, La fiesta del Chivo, una recreación minuciosa y estremecedora de los últimos días de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana. La novela, construida con tres líneas temporales entrelazadas, se convirtió en una referencia obligada de la literatura sobre el poder absoluto y las dictaduras latinoamericanas, y confirmó a Vargas Llosa como uno de los grandes cartógrafos literarios de la tiranía en español.
En 2003 publicó El paraíso en la otra esquina, una novela dual sobre las vidas entrelazadas de la activista feminista Flora Tristán y su nieto, el pintor Paul Gauguin, dos figuras unidas por el parentesco y separadas por sus muy distintas búsquedas de utopía. Y en 2006 apareció Travesuras de la niña mala, una relectura contemporánea de Madame Bovary, la novela de Gustave Flaubert que el propio Vargas Llosa consideraba una de las experiencias de lectura más determinantes de su vida, y que narra a lo largo de varias décadas y varios países la obsesión amorosa de un hombre por una mujer esquiva y reinventada bajo distintos nombres.
El ensayista, la crítica literaria como pasión paralela
Paralelamente a su producción novelística, Vargas Llosa desarrolló una obra ensayística extensa y muy influyente en el ámbito hispanohablante. En 1971 publicó su tesis doctoral, defendida en la Universidad Complutense de Madrid, bajo el título García Márquez, historia de un deicidio, un estudio exhaustivo sobre la obra de su entonces amigo, escrito antes de la ruptura entre ambos.
En 1975 apareció La orgía perpetua, un ensayo sobre Madame Bovary y su autor, Gustave Flaubert, en el que combinaba el análisis literario con la reflexión autobiográfica sobre su propia experiencia como lector. Años después, en 1996, publicó La utopía arcaica, un estudio crítico sobre la obra del escritor peruano José María Arguedas y sobre las ficciones del indigenismo latinoamericano.
En 1990 apareció La verdad de las mentiras, una colección de ensayos sobre la novela contemporánea, y en 2004 La tentación de lo imposible, un estudio sobre Los miserables de Victor Hugo, otro de sus autores de cabecera desde la infancia. En 2012 publicó uno de sus ensayos más discutidos, La civilización del espectáculo, una crítica de la banalización cultural contemporánea que generó tanto elogios como fuertes reproches por su tono, según algunos críticos, excesivamente pesimista.
En 2018 llegó La llamada de la tribu, un repaso a los pensadores liberales que más habían influido en su propia evolución ideológica, entre ellos Adam Smith, Hayek, Popper, Raymond Aron e Isaiah Berlin. Ya en sus últimos años publicó Medio siglo con Borges (2020), una reflexión sobre su relación intelectual con el escritor argentino, y La mirada quieta, un estudio sobre la obra del novelista español Benito Pérez Galdós, publicado en 2022.
El escritor sobre las tablas
Aunque había escrito su primera obra de teatro a los dieciséis años, Vargas Llosa retomó la dramaturgia de manera sostenida a partir de 1981, con La señorita de Tacna. Le siguieron Kathie y el hipopótamo (1983), La Chunga (1986) y El loco de los balcones (1993), estrenada el mismo año que publicó sus memorias políticas.
En 2005, ya con casi setenta años, decidió subirse él mismo al escenario para interpretar sus propios textos, acompañado por la actriz Aitana Sánchez Gijón, con quien mantuvo una gira teatral que sorprendió tanto a la crítica como al público por la entrega física y la aparente naturalidad del escritor como actor. Sus últimas piezas teatrales, Las mil noches y una noche y Los cuentos de la peste, se estrenaron en 2015.
De la novela a la pantalla
Pese a ser un espectador voraz de cine desde niño, aficionado en particular a los westerns y a las películas policiales, Vargas Llosa mantuvo siempre una relación bastante insatisfactoria con las adaptaciones de sus propios libros. La primera llegó en 1971, cuando el mexicano Jorge Fons llevó a la pantalla Los cachorros, presentada al año siguiente en el Festival de San Sebastián.
En 1975 codirigió, junto al español José María Gutiérrez Santos, una primera versión cinematográfica de Pantaleón y las visitadoras, rodada en República Dominicana, en la que además interpretó un pequeño papel de militar. Fue su único intento como director, una experiencia que él mismo reconoció después no haber disfrutado por desconocer los aspectos técnicos del oficio.
Más suerte tuvieron las versiones dirigidas por el peruano Francisco Lombardi, en particular La ciudad y los perros (1985) y una segunda adaptación de Pantaleón y las visitadoras (1999), esta última protagonizada por Salvador del Solar y Angie Cepeda, que sí contaron con el reconocimiento del propio autor. En 2005, su primo, el director Luis Llosa, llevó al cine La fiesta del Chivo, con Isabella Rossellini y Tomás Milián en el papel del dictador Trujillo, la última de sus novelas adaptada hasta la fecha.
El Premio Nobel de Literatura
El 7 de octubre de 2010, la Academia Sueca anunció que el Premio Nobel de Literatura de aquel año recaía en Mario Vargas Llosa, «por su cartografía de las estructuras de poder y sus certeras imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo». Tenía 74 años y era el primer autor en lengua española que recibía el galardón desde el mexicano Octavio Paz, en 1990.
El 7 de diciembre de aquel año, en Estocolmo, pronunció su discurso de aceptación bajo el título Elogio de la lectura y la ficción, un texto que se convertiría en una de sus piezas más citadas. En él reivindicaba la literatura como una forma de resistencia frente al conformismo y como una manera de vivir, a través de la imaginación, las muchas vidas que la existencia real nos niega.
«Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola», dijo entonces. Y añadió una idea que resumía buena parte de su pensamiento sobre el oficio literario: que la buena literatura tiende puentes entre personas distintas y las une, por debajo de las lenguas, las creencias y los prejuicios que las separan.
El Nobel llegaba después de una larga lista de reconocimientos previos, entre ellos el Premio de la Crítica y el Rómulo Gallegos por La casa verde en 1967, el Príncipe de Asturias de las Letras en 1986, compartido con el filólogo Rafael Lapesa, el Premio Planeta en 1993 por Lituma en los Andes, y el Premio Cervantes en 1994, el más prestigioso de las letras en español, que reconocía el conjunto de su obra.
Instituciones, la Academia Española y la Academia Francesa
En 1993 Vargas Llosa obtuvo la nacionalidad española, que sumó a la peruana, tras haber fijado su residencia habitual en Madrid. Un año después, en 1994, fue elegido miembro de la Real Academia Española, institución en la que tomó posesión de su asiento en enero de 1996 con un discurso dedicado a la obra del escritor Azorín.
En 2011, el entonces rey Juan Carlos I le concedió el título nobiliario de marqués de Vargas Llosa, en reconocimiento a su trayectoria literaria. Una década más tarde, en noviembre de 2021, fue elegido miembro de la Academia Francesa, la institución fundada en 1635 encargada de velar por la lengua francesa, y tomó posesión de su plaza en 2023, convirtiéndose así en el primer escritor de lengua española en formar parte de esa corporación.
En junio de 2022 adquirió, además, la nacionalidad dominicana, un gesto simbólico hacia el país que había sido escenario de una de sus novelas más admiradas, La fiesta del Chivo. A lo largo de su vida recibió también más de treinta doctorados honoris causa de universidades de todo el mundo, entre ellas Harvard, Yale, Oxford y la Sorbona, y galardones tan diversos como el Premio Jerusalén o el PEN Nabokov.
En 2014 se celebró en Lima la primera edición de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, un certamen literario internacional que adoptó su nombre en vida y que se ha repetido desde entonces cada dos años. Ese mismo año recibió también el Premio Iberoamericano Libertad de las Cortes de Cádiz. Con el paso de las décadas, su nombre terminó asociado además a instituciones dedicadas a la promoción del pensamiento liberal, como la Fundación Internacional para la Libertad y la Cátedra que lleva su apellido, ambas presididas después por su hijo Álvaro.
Isabel Preysler y el regreso a Patricia
En 2015, cuando ya había cumplido los setenta y nueve años, Vargas Llosa protagonizó uno de los episodios sentimentales más comentados de su vida pública. Confirmó, a través de una fotografía publicada en la revista ¡Hola!, su relación con la socialité filipino española Isabel Preysler, y anunció al mismo tiempo su separación de Patricia Llosa, con quien llevaba medio siglo casado.
La relación con Preysler, muy expuesta mediáticamente, se prolongó hasta 2022, cuando terminó de manera abrupta y, según numerosos relatos periodísticos de la época, poco decorosa para el escritor, que abandonó la vivienda de su entonces pareja en Madrid en circunstancias que ocuparon durante semanas las portadas de la prensa del corazón española.
Tras la ruptura, Vargas Llosa regresó junto a Patricia Llosa y a sus hijos, con quienes se reconcilió en los últimos años de su vida. Fue precisamente Patricia quien lo acompañó, junto a Álvaro, Gonzalo y Morgana, en el tramo final de su vida en Lima, adonde el escritor decidió volver tras décadas de residencia casi ininterrumpida en Madrid.
Las últimas novelas, un adiós anunciado
La producción narrativa de Vargas Llosa no se detuvo ni siquiera después de cumplir los ochenta años. En 2010, el mismo año del Nobel, publicó El sueño del celta, una novela histórica basada en la vida del diplomático irlandés Roger Casement, que denunció a comienzos del siglo veinte las atrocidades cometidas contra la población indígena en el Congo Belga y en la Amazonía peruana.
En 2013 llegó El héroe discreto, ambientada en el Perú contemporáneo, y en 2016 Cinco esquinas, una novela sobre el periodismo de escándalo y la corrupción política durante los últimos años del gobierno de Alberto Fujimori. Tres años más tarde, en 2019, publicó Tiempos recios, que recuperaba personajes de La fiesta del Chivo para narrar el golpe de Estado auspiciado por Estados Unidos contra el gobierno guatemalteco de Jacobo Árbenz en 1954, un libro que obtuvo el Premio Francisco Umbral al Libro del Año y el Premio André Malraux.
En octubre de 2023 publicó lo que anunció como su última novela, Le dedico mi silencio, ambientada de nuevo en el Perú y centrada en la figura de un periodista y musicólogo aficionado obsesionado con reivindicar la música criolla peruana frente a las influencias extranjeras. Con ella, según sus propias palabras, cerraba sesenta años de dedicación a la ficción.
Apenas dos meses después, el 17 de diciembre de 2023, publicó en el diario español El País la última entrega de su columna Piedra de Toque, que había mantenido de forma quincenal desde 1990 y que se distribuía, traducida, en decenas de periódicos de toda América Latina y España. Con aquella columna se despedía también, de manera expresa, del periodismo de opinión.
Ese mismo 2023 apareció además Un bárbaro en París, una recopilación de textos sobre la cultura francesa escritos a lo largo de varias décadas. Ya de manera póstuma, en la primavera de 2025, la editorial Alfaguara publicó El país de las mil caras, segundo volumen de sus escritos periodísticos sobre el Perú, con prólogo del escritor y antropólogo colombiano Carlos Granés, uno de los estudiosos que mejor había seguido su evolución intelectual en los últimos años.
Los últimos años y la despedida
En 2019 Vargas Llosa había renunciado además a su membresía del PEN Club Internacional, en desacuerdo con la postura de la organización respecto al independentismo catalán, un episodio que reflejaba hasta qué punto la actualidad política seguía interpelándolo incluso en la vejez. Siguió opinando sobre la política latinoamericana casi hasta el final, respaldando en distintos comicios a candidatos de perfil liberal o conservador, con resultados desiguales.
En abril de 2022 ingresó en una clínica de Madrid tras contagiarse de covid, una infección de la que se recuperó pero que, según revelarían después algunos allegados, dejaría secuelas respiratorias duraderas. En sus últimos meses de vida, distintos testimonios periodísticos señalaron además que padecía una enfermedad hematológica grave, información que su hijo Álvaro matizó públicamente sin llegar a confirmarla del todo.
Vargas Llosa murió finalmente el domingo 13 de abril de 2025, en Lima, la ciudad a la que había regresado para pasar sus últimos años junto a su familia. Tenía 89 años. Las reacciones internacionales fueron inmediatas, desde jefes de Estado y de gobierno hasta escritores de varias generaciones, en un homenaje que confirmaba la dimensión verdaderamente global de su figura.
Los reyes de España, Felipe VI y Letizia, hablaron de su ingreso «al olimpo de las letras universales». El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, lo llamó «maestro universal de la palabra», y el francés Emmanuel Macron se refirió a él como un «gran hombre de letras» cuya obra había trascendido fronteras. Desde América Latina llegaron también mensajes de mandatarios de muy distinto signo político, desde la peruana Dina Boluarte hasta el guatemalteco Bernardo Arévalo o la mexicana Claudia Sheinbaum.
Entre los homenajes más comentados estuvo el de la Fundación Gabriel García Márquez, que definió a Vargas Llosa como «maestro de la narrativa en español y figura clave de la literatura latinoamericana», sellando en cierto modo, casi medio siglo después de aquel puñetazo en Ciudad de México, una reconciliación simbólica entre dos nombres que la historia literaria del continente ya no podía separar.
En el Perú, el escritor Alfredo Bryce Echenique, a quien Vargas Llosa había ayudado y orientado al comienzo de su carrera, resumió el sentimiento de buena parte del país con una frase sencilla: «Ha sido el peruano de todos los tiempos». Añadió que nadie había representado tan bien a su país ante el mundo entero como él.
Estilo, técnica y maestros literarios
Vargas Llosa fue también, a lo largo de toda su carrera, un teórico consciente de su propio oficio. En 1997 publicó Cartas a un joven novelista, un pequeño tratado en forma epistolar en el que explicaba, con ejemplos tomados de sus autores favoritos, algunos de los recursos técnicos que había empleado en sus propias novelas.
Allí definió, con una terminología que acabaría haciéndose muy popular entre lectores y estudiantes de literatura, procedimientos como la caja china, la inserción de una historia menor dentro de otra mayor, al estilo de Las mil y una noches, el dato escondido, la técnica de silenciar deliberadamente una información clave para activar la curiosidad del lector, y los vasos comunicantes, el entrecruzamiento de varias historias narradas de forma simultánea que tanto había practicado desde La casa verde y Conversación en La Catedral.
En ese mismo libro reconocía su deuda con un puñado de escritores a los que llamaba, con cariño, su «panteón privado»: William Faulkner, Ernest Hemingway, André Malraux, John Dos Passos, Albert Camus y Jean-Paul Sartre. De Faulkner tomó buena parte de su gusto por los saltos temporales y los cambios de punto de vista dentro de un mismo relato. De Sartre, la idea, después matizada y en parte abandonada, del escritor como una conciencia comprometida con su tiempo.
Un cartógrafo del poder
Si algo recorre de principio a fin la obra de Vargas Llosa es una obsesión, casi física, por entender cómo funciona el poder, quién lo ejerce, cómo se sostiene y qué hace con quienes se le resisten. Del colegio militar de La ciudad y los perros a la dictadura trujillista de La fiesta del Chivo, pasando por la utopía religiosa de La guerra del fin del mundo o la dictadura guatemalteca de Tiempos recios, sus novelas dibujan un mapa constante de las distintas formas que puede adoptar el autoritarismo.
Esa misma obsesión explica su propio itinerario ideológico, del entusiasmo juvenil por la Revolución Cubana al liberalismo combativo de sus últimas décadas, un tránsito que él mismo documentó sin pudor en sus memorias y en sus ensayos, y que le valió tanto admiradores fervientes como críticos igualmente apasionados. Pocos escritores latinoamericanos generaron un debate tan intenso y tan prolongado en torno a sus posiciones políticas.
Pero por encima de la polémica política, lo que queda es una obra narrativa de una ambición técnica poco frecuente, construida a base de estructuras temporales complejas, diálogos entrelazados y una capacidad casi arquitectónica para organizar historias corales. Vargas Llosa defendió siempre que la novela debía aspirar a la totalidad, a intentar abarcar, como él mismo repitió en distintas entrevistas, toda la experiencia humana posible.
A esa ambición de totalidad se sumaba, en paralelo, un interés constante por el deseo y por el humor, dos registros que convivían sin demasiada tensión con la gravedad de sus tramas políticas. De Pantaleón y las visitadoras, con su sátira sobre la burocracia militar y la prostitución en la Amazonía, a las novelas eróticas protagonizadas por don Rigoberto, pasando por el costumbrismo desenfadado de La tía Julia y el escribidor, el humor funcionó siempre como contrapeso de la crítica social más severa. Pocos autores latinoamericanos de su generación combinaron con tanta naturalidad la denuncia política y la comedia.
Un escritor total
Vargas Llosa deja veinte novelas, nueve obras de teatro, más de una decena de libros de ensayo y crítica literaria, unas memorias, varios volúmenes de artículos periodísticos reunidos y una influencia decisiva sobre generaciones enteras de narradores en español. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas, desde el francés y el inglés hasta el chino, el árabe o el hebreo, una difusión que pocos autores en español han alcanzado en vida. Su estilo, deudor confeso de Gustave Flaubert, de Victor Hugo y de William Faulkner, se caracterizó por una prosa exigente y, al mismo tiempo, profundamente legible, capaz de sostener tramas ambiciosas sin perder nunca al lector.
Fue, además, uno de los pocos autores de su generación capaz de mantenerse en plena actividad creativa hasta bien entrada la vejez, publicando novela tras novela, ensayo tras ensayo, sin ceder ni en el rigor ni en la curiosidad intelectual. Su desaparición, en abril de 2025, cerró de manera simbólica el ciclo del boom latinoamericano, del que fue, durante más de medio siglo, su representante más disciplinado y más longevo.
Queda, sobre todo, la convicción que él mismo expresó ante la Academia Sueca aquel diciembre de 2010, la idea de que la literatura, con todas sus insuficiencias, sigue siendo una de las formas más eficaces que ha encontrado la humanidad para soportar el paso del tiempo y para imaginar, aunque sea solo en la ficción, un mundo distinto y mejor.