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Camilo José Cela, la palabra y el escándalo

Censor y censurado, senador y marqués, genio y provocador: vida y obra de Camilo José Cela, de Iria Flavia a Estocolmo

Camilo José Cela

Madrugó el 6 de junio de 1946, caminó hasta la estación de Atocha y tomó el tren a Guadalajara. Tenía treinta años y una libreta en el bolsillo. Durante diez días recorrió la Alcarria a pie, en mula, en carro y en autobús de línea, hablando con quien se cruzaba por el camino.

De aquel viaje salió Viaje a la Alcarria, el más célebre de sus libros de viajes. Fueron diez días, del 6 al 15 de junio, en los que cruzó seis ríos y pasó por diecisiete pueblos. Hoy hay quien repite el itinerario con el libro en la mano, y la comarca ha montado rutas literarias para quien quiera hacerlo.

Es una buena puerta de entrada a Camilo José Cela porque enseña a un escritor al que casi nunca se menciona cuando se habla de su carácter: el que mira, escucha y se calla. El otro Cela, el que presumía, provocaba y se peleaba con medio mundo, era igual de real y ocupó muchos más titulares.

Nació en 1916 en una aldea de Galicia y murió en 2002 en Madrid. Entre una fecha y otra pasó por la tuberculosis, por la Guerra Civil, por la censura (primero como censor y luego como censurado), por Mallorca, por el Senado, por la Real Academia y por el escenario de Estocolmo, donde recibió en 1989 el Premio Nobel de Literatura.

Escribió novela, cuento, poesía, teatro, libros de viaje, memorias, artículos y diccionarios. Fundó revistas y una editorial. Eligió como lema una frase que le servía de autorretrato: «El que resiste, gana».

Este repaso intenta contarlo todo, lo admirable y lo incómodo. Donde los testimonios no coinciden, se dice. Es una precaución necesaria con Cela, que fue un gran narrador de su propia vida y a quien le gustaba lucirse: muchas de las anécdotas que circulan salieron de sus memorias.

Una casa junto al paso a nivel

Camilo José Cela Trulock nació el 11 de mayo de 1916 en Iria Flavia, una parroquia del municipio coruñés de Padrón, en el punto donde se juntan los ríos Sar y Ulla, a unos veinticinco kilómetros de Santiago de Compostela. Según dejó escrito en sus memorias, fue a las nueve y veinte de la noche de un jueves, en la casa del paso a nivel.

Era el primogénito de Camilo Crisanto Cela Fernández, natural de Pontevedra y funcionario del Cuerpo Técnico de Aduanas, y de Camila Emanuela Trulock Bertorini, hija de una familia numerosa que vivía en una casa de dos plantas junto al paso a nivel. Se habían casado en 1915.

De la rama paterna, Cela escribió en La rosa que tenía «cierto lustre y antigüedad en la historia de Galicia». Entre los antepasados, añadía con gusto, figuraban un mariscal y hasta un beato.

La materna venía de fuera. El abuelo, John Trulock, era inglés y había sido gerente de la primera línea de ferrocarril de Galicia, y la abuela tenía ascendencia italiana. En el escritor confluían, como se ha repetido tantas veces, sangre inglesa, italiana y española. Él se burlaba de la mezcla al hablar de su abuela inglesa, «o italiana, según se mire».

Le pusieron una retahíla de nombres de pila: Camilo José Manuel Juan Ramón Francisco de Jerónimo. Fue un niño de salud precaria, mimado por los padres y por esa abuela, y él mismo lo reconoció sin pudor. A su alrededor hubo también pérdidas tempranas. Santos, el segundo hijo del matrimonio, nació muerto en 1918. Teresa María, a la que llamaban la nena, murió en 1922 con dos años, cuando Cela tenía cinco. La recordó siempre.

Después llegaron más hermanos, hasta sumar nueve. Entre ellos, Juan Carlos, alférez de navío de la Armada, que en 1964 fundaría con Camilo José y con Jorge la editorial Alfaguara; y Ana, filóloga y jugadora de la selección española de baloncesto.

Un niño que mordía monjas

La infancia siguió los destinos del padre: Almería, Barcelona, Vigo y, desde 1925, Madrid, con una breve estancia en Londres. Los años gallegos aparecen contados con todo detalle en La rosa, el primer tomo de sus memorias, publicado en 1959.

Allí sufrió dos caídas graves. A los tres años rodó por las escaleras de su casa y pasó varios días en coma. A los siete cayó desde un balcón del segundo piso sobre un arbusto de hortensias que, escribió, le libró de matarse contra el suelo.

Se describió de niño como un crío de carácter atrabiliario, fantasioso, despótico y tierno, que lloraba sin causa conocida, se sentía el ombligo del mundo, tenía buena memoria y muy escasa voluntad. Tardó en aprender a leer y a escribir, y era holgazán y poco amigo de estudiar.

A los siete años conoció en casa de sus padres al poeta Antonio Noriega Varela, un maestro de escuela al que la familia acogió. Cela no entendía todavía el gallego, pero le gustaba oírlo hablar por pura musicalidad. Años después recordaría que, a punto de morir, el poeta recomendó a su mujer acudir a don Camilo ante cualquier apuro.

Su historial escolar es una colección de expulsiones, al menos según su propio relato. En Vigo lo echaron de las monjas de Saint Joseph de Cluny a los cinco años por morder a una de ellas durante una pataleta, y de los jesuitas por soltar los cerdos de una granja, que se echaron al monte con los padres corriendo detrás con las sotanas remangadas.

En Madrid se repitió la historia. De los escolapios de la calle General Díaz Porlier lo expulsaron, según contó, tras una pelea con el padre Cirilo en la que le tiró un compás y sí le dio. De los maristas se fue por una regata de traineras en el estanque del Retiro, a cuyos participantes quiso animar sin permiso. Otras versiones dicen que organizó una huelga. El desenlace era siempre el mismo.

Su padre, hombre introvertido, escéptico y lector de Schopenhauer y Nietzsche, fue destinado a Madrid en 1925, y la familia cambió varias veces de casa según iban necesitando más habitaciones. Cela fue siempre mal estudiante. Resulta llamativo que quien acabaría siendo uno de los grandes manejadores del idioma no estudiara gramática, porque un cambio de plan en mitad del bachillerato se lo impidió.

Los setenta y un tomos del sanatorio

A comienzos de los años treinta se le declaró la tuberculosis. Ingresó en el Real Sanatorio de Guadarrama, en Cercedilla, en 1931 o en 1932 según las fuentes. Allí le practicaron varios neumotórax y estuvo ingresado dos meses, en una época en la que la enfermedad todavía no tenía un tratamiento eficaz.

Cela fue precoz en amoríos y lo contó sin recato. Por entonces salía a la vez con dos hermanas tuberculosas, Nieves y Encarnita, que probablemente le contagiaron la enfermedad. «Yo creo que me dieron el último empujón», dijo. Las dos murieron durante la guerra, y él escribió que le dolía, y hasta le daba remordimientos de conciencia, pensar que quizá se libró porque sus padres pudieron pagarle médicos, medicinas caras y un sanatorio de la sierra.

El reposo forzoso lo llenó leyendo. Contó que devoró a Ortega, Baroja, Valle-Inclán, Stendhal, Dostoievski y Dickens, y que leyó entera la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra, la gran recopilación de clásicos publicada entre 1846 y 1880 por Manuel Rivadeneyra y su hijo Adolfo. La leyó de cabo a rabo, desde el primer tomo, con Cervantes, hasta el setenta y uno.

Esa lectura de enfermo, voraz y sin guía, ayuda a entender su relación posterior con la lengua. Quien ha pasado semanas con la prosa de los cronistas y los clásicos tiene el oído lleno de palabras que ya nadie usa. Cela las rescataría una y otra vez, y el académico Pedro Álvarez de Miranda ha estudiado su relación con el léxico español.

De vuelta en casa lo trató Carlos Díaz Fernández, un tisiólogo prestigioso, cuñado de la filósofa María Zambrano. Por esa vía llegó más tarde a su tertulia.

Un estudiante sin título

Su padre le aconsejó que, al menos, se hiciera abogado. Cela no quería acabar de funcionario, pero tampoco tenía una idea clara. Se matriculó en Medicina en la Universidad de Madrid, aprobó Física en el primer curso y dejó la carrera, según explicó, porque le daba un asco horrible. Probó después con Ciencias Físicas, con Peritaje Agrícola y con Derecho. No terminó ninguna.

Darío Villanueva, que firmó la biografía del escritor para el Diccionario biográfico español, lo resume con una expresión de la propia Academia: fue fruto de un «libérrimo autodidactismo». Lo más importante de su formación antes de la guerra, escribe, fue asistir como oyente a las clases de Pedro Salinas en la Facultad de Filosofía y Letras.

En esas aulas se hizo amigo del filólogo Alonso Zamora Vicente, y trató también al poeta chileno Luis Enrique Délano, entonces secretario del Consulado de Chile en Madrid, que en 1938 le presentaría a Gabriela Mistral.

Frecuentó además la tertulia de María Zambrano, donde coincidió con Max Aub, y conoció allí a Miguel Hernández. De Hernández dejó un recuerdo cálido. Dijo que, como sobre todos los hombres al borde del mito, se habían dicho muchas necedades, y que además de gran poeta fue un mozo espléndido, saludable y con muchas ganas de vivir.

Entre sus ayudas de esos años citaba siempre a tres personas: Lolita Franco, María Zambrano y Pedro Salinas, que lo recibió un día en su despacho de la calle de Medinaceli y fue muy cordial y generoso con él. Lolita Franco, discípula y futura esposa del filósofo Julián Marías, era cuatro años mayor que Cela. Estudiaba Filosofía, leyó sus primeros poemas, lo escuchó y lo asesoró. Cela escribió que le debía mucho y que se honraba en proclamarlo en voz alta y sin reservas.

La relación empezó con un susto. En el verano de 1934, mientras la familia veraneaba en Las Rozas, la casa, que estaba junto a la estación, se incendió de noche. Los padres, los siete hijos y las criadas salieron sin daño porque unos ferroviarios los despertaron a tiempo. Pasaron el resto de la noche en casa de los padres de Lolita Franco, que veraneaban al lado.

Madrid, julio de 1936

La Guerra Civil lo sorprendió en Madrid. Tenía veinte años, acababa de salir de la enfermedad y había sido declarado inútil total para el servicio militar por la tuberculosis. Trabajaba como dibujante de mapas en la Junta de Compras del Ministerio de la Guerra.

Aquel mismo año escribió un libro de poemas, Pisando la dudosa luz del día, que no se publicaría hasta 1945. El título es un verso de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora.

Entre los poemas figuraba uno titulado «T.V.», dedicado a Tránsito Vargas, la novia que tenía entonces y a la que Cela llamaría Toisha en su obra. Un obús la mató en la calle del Pez una tarde en que iba a su encuentro, y él lo contó después con una crudeza que anticipa el tono de sus novelas.

El libro lleva una dedicatoria que se ha citado mucho. Va dirigida a los muchachos que escriben versos a los veinte años, los copian con cuidado en el mejor papel y los encuadernan luego con primor. Hacia ellos, escribió, estaba inclinada su mejor y más sincera simpatía.

En su casa familiar, que desde 1932 estaba en la calle de Claudio Coello, hubo según él treinta y tres registros en los que no encontraron nada, porque nada había. En esa misma calle, recordó, empezaron las sacas y empezaron a diezmar a los hombres. Años después llamaría a aquella guerra «aquel disparate histórico».

La fuga y el frente

Cela decidió pasar a la zona sublevada. Lo intentó primero en una camioneta hasta Valencia, pero no consiguió embarcar y tuvo que volver a la capital.

La segunda vez le salió mejor. Un salvoconducto firmado por Indalecio Prieto, amigo de su padre, le permitió salir el 1 de octubre de 1937 hacia Valencia en un coche de la Embajada británica. En el Grao se embarcó en un carguero inglés rumbo a Marsella, donde llegó sin problemas, y de allí pasó a Hendaya y a Irún. Su familia de Galicia le envió los avales que le libraron del campo de concentración.

Lo destinaron a un regimiento de infantería de Logroño y de allí, pronto, al frente de la sierra de Alcubierre, en los Monegros. A finales de octubre lo hirieron de gravedad. Sintió un golpe seco en la nuca, perdió el conocimiento y al despertar tenía metralla de una granada clavada en el pecho.

Lo evacuaron al hospital militar de Logroño, instalado en la Escuela de Artes y Oficios. Salió el 21 de noviembre de 1937 con 62 kilos para 180 centímetros de estatura y con un papel que lo declaraba inútil para todo servicio por tuberculosis.

Madrid seguía en zona republicana y la comunicación con Galicia era difícil, así que, agotado tras varios días de tren, se quedó en León y recurrió a su tío Pío, hermano menor de su padre e ingeniero de caminos. Allí lo acogieron con afecto, lo asearon, lo desinsectaron y lo vistieron con ropa nueva.

Lo llevaron a la consulta de un médico amigo, que lo reconoció y le hizo una radiografía. El diagnóstico se hizo célebre porque Cela lo repitió siempre: tísico sí que estaba, pero sobre todo hambriento.

Su tío lo instaló entonces en una pensión de La Vecilla, un pueblo frío a treinta y ocho kilómetros al noreste de León. Allí se recuperó, y en gran parte gracias a la comida. En sus memorias dejó un menú de aquellos días con huevos fritos con panceta, morcilla o chorizo, lentejas con jamón, oreja y torreznos, fabada, carne roja, pan candeal y vino del Bierzo.

Escribió que, al acostarse, se acordaba de sus padres y hermanos pasando hambre en Madrid y le remordía un poco la conciencia.

Una carta de 1938

A principios de febrero de 1938, ya repuesto, se marchó a La Coruña, a casa de su tía materna María, casada con el arquitecto y compositor Eduardo Rodríguez-Losada. Pasó allí diez meses que recordó como muy buenos. Hizo amigos y tuvo dos novias, «no al tiempo sino una detrás de otra».

En esos meses hizo también dos cosas que su biógrafo Santiago Prieto califica de incomprensibles, incluso para un chico de veintiún años.

La primera fue escribir una carta, fechada en La Coruña el 30 de marzo de 1938, al comisario general de Investigación y Vigilancia. Pedía ingresar en ese cuerpo y que lo destinaran a Madrid. Alegaba que había vivido allí trece años seguidos y que creía poder prestar datos sobre personas y conductas que pudieran ser de utilidad, porque conocía la actuación de determinados individuos. Aclaraba que su petición no era definitiva, sino por el tiempo que durase la campaña o los primeros meses de paz.

La solicitud fue desestimada por ser menor de edad con arreglo a la legislación vigente, según recuerda Darío Villanueva. La carta ha acompañado a Cela durante el resto de su vida, y volverá a aparecer más adelante en esta historia.

La segunda cosa fue pedir, en noviembre, pasar ante el Tribunal Médico Militar para que lo declararan apto para las armas, porque no quería seguir tísico en los papeles. Se revocó su inutilidad militar y a primeros de diciembre lo destinaron al Regimiento de Artillería Ligera de La Coruña. Su regimiento fue enviado después a Extremadura, adonde llegó en enero de 1939.

Torremejía y Burriana

En Extremadura participó en varias operaciones, entre ellas el duro frente de Valsequillo. Lo habilitaron para cabo y pasó tres semanas de descanso en Torremejía, en la provincia de Badajoz, a la que llamó «aquel acogedor confín de la llanura extremeña». Allí, según sus memorias, hizo nacer a Pascual Duarte.

Asegurada la situación en Extremadura y Andalucía, su regimiento fue enviado a Burriana, en la costa de Castellón. Allí vio cómo, al caer Valencia el 30 de marzo de 1939, se presentaba ante sus líneas una interminable multitud de derrotados con la helada sonrisa de la súplica.

Tras dos días de viaje, a punto de cumplir veintitrés años, llegó el 2 de abril a su casa de Claudio Coello. Subió las escaleras de dos en dos y llamó a la puerta. Le abrió el ama, que empezó a llorar y a dar gritos. Abrazó a sus padres, que estaban, escribió, esqueléticos y radiantes, y a sus hermanos, que habían crecido mucho. Por encima de todos había pasado la galerna, pero todos estaban vivos.

La posguerra y el Sindicato Textil

Cela se matriculó en Derecho en la Universidad de Madrid, aprobó el primer curso y parte del segundo y no siguió. No se aprovechó de los llamados exámenes patrióticos, por los que algunos obtenían el título solo por presentarse con uniforme militar.

Malvivía con el sueldo de escribiente en el Sindicato Nacional Textil y de censor interino de revistas en la Delegación Nacional de Prensa, sin demasiada aplicación según su biógrafo. Fue algo que sus enemigos le recordaron con frecuencia, igual que su oferta de delator.

Las fechas de esa etapa de censor no coinciden en todas las fuentes. Darío Villanueva sitúa su paso por la sección de Información y Censura de la Delegación Nacional de Prensa después del éxito de su primera novela, hasta su destitución a finales de 1945. Otros relatos hablan de 1943 y 1944. Cela explicó años más tarde que se metió allí para comer y para tener un mínimo sueldo, unas 250 o 300 pesetas.

En aquellos años también hizo algo por alguien. A instancias de Lolita Franco, gestionó ante el juez de Delitos de Prensa la situación de Julián Marías, a quien un supuesto amigo había denunciado y que acabó encarcelado sin motivo. Marías era, según Cela, uno de los hombres más gratuitamente maltratados por el régimen.

Fueron años malos. Escribió que quizá 1940, 1941 y 1942 habían sido los más amargos de su vida. En 1940 publicó su primer artículo, Fotografías de la Condesa de Pardo Bazán, en Y, la revista de la Sección Femenina de Falange. Poco después aparecieron sus primeros cuentos en otra revista de la misma organización, Medina, que acabaría recopilando en Esas nubes que pasan, libro de 1945.

A finales de 1941 volvió a encontrarse mal y necesitó nuevas sesiones de neumotórax, esta vez en el sanatorio de Hoyo de Manzanares, también en la sierra de Madrid. Allí conoció a Felisa Ibáñez de Aldecoa, su camarada de tisis, hermana de Rafael Aldecoa, que dirigía la editorial familiar. Aquella amistad iba a cambiarle la vida. En ese sanatorio escribió también Pabellón de reposo, que se publicaría en 1943.

Una novela rechazada

La familia de Pascual Duarte la escribió entre 1940 y 1942, a ratos perdidos, en la oficina del Sindicato Nacional Textil y en el sanatorio. Él mismo explicó el método con una frase muy citada: empezó a sumar acción sobre acción y sangre sobre sangre, y aquello le quedó como un petardo.

Pidió a Pío Baroja que se la prologara, y Baroja, después de leerla, le contestó que si quería que lo llevaran a la cárcel fuera solo, que para eso era joven. La novela fue rechazada por tres editoriales. Entonces se acordó de Felisa Aldecoa y dejó el manuscrito a su hermano, que lo leyó y quedó con él en un hotel de la Gran Vía. «No lo pienses más. Yo te la edito».

La primera edición se imprimió en diciembre de 1942 en la imprenta de Rafael Aldecoa, en Burgos. Pasó la censura, algo que sorprende todavía hoy. Un diario de Burgos anunció su publicación el 27 de diciembre. El autor tenía veintiséis años.

Pascual, el labrador condenado

El libro presenta las memorias de un labrador extremeño que espera la ejecución en su celda. Pascual Duarte cuenta su vida desde una infancia miserable y esa vida es una cadena de violencias. El destino, dice él mismo, «se complace en variarnos como si fuésemos de cera». Acabará matando a su madre.

La frase inicial es una de las más reconocibles de la literatura española: «Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo». Esa voz que se defiende y se confiesa a la vez, sin pedir perdón y sin pedir lástima, es el hallazgo central del libro.

La novela inauguró el tremendismo, nombre con el que la crítica bautizó una corriente que insiste en lo áspero, lo grotesco y lo violento. La etiqueta acompañaría a Cela durante décadas, aunque su obra posterior iría por caminos muy distintos.

El éxito fue inmediato. Baroja, que se había negado a prologarla, la elogió en una entrevista publicada en El Español el 2 de enero de 1943. Dijo que, después de la guerra, había leído poco, pero que conocía una novela muy buena de Camilo José Cela.

Pero la segunda edición, de 1943, fue secuestrada por la censura y el libro no volvió a autorizarse hasta 1946. Ese año Cela dedicó la cuarta edición «a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». Esa edición, de Ediciones del Zodíaco, llevaba un prólogo del doctor Gregorio Marañón.

Según los recuentos más repetidos, la novela supera las doscientas ediciones y se ha traducido a más de treinta lenguas, desde el hindi hasta el latín, pasando por el hebreo, el lituano y el maratí. Ricardo Franco la llevó al cine en 1975, con José Luis Gómez como Pascual. La película compitió en el Festival de Cannes de 1976, donde Gómez recibió el premio a la mejor interpretación masculina.

Con el éxito, Cela dejó su modesto empleo de oficinista. Su siguiente libro, Pabellón de reposo, no se parecería en nada a Pascual Duarte.

Un poema en prosa para enfermos

En 1943 apareció Pabellón de reposo. Salió primero por entregas en el diario El Español, entre marzo y agosto, y luego en libro. Nacía de sus estancias en sanatorios para tuberculosos, y se publicó cuando todavía no existía ningún fármaco eficaz contra la enfermedad. La estreptomicina, el primero, se aisló a finales de ese mismo año.

No tiene una trama convencional. Está construida en dos partes de siete capítulos separadas por un intermedio, y los personajes aparecen designados solo por la inicial de su nombre o por el número de la habitación que ocupan. Su biógrafo Santiago Prieto la define como más un inclemente poema en prosa que una novela. En su día, añade, algunos sanatorios la desaconsejaron a sus enfermos.

Cela pidió en el libro «perdón por disfrazar la ternura de crueldad». Es una frase que le define bien. Detrás de la aspereza de sus primeras obras había una compasión que no siempre se supo ver.

Un Lazarillo del siglo XX

En 1944 publicó Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes. El protagonista es un pícaro del siglo XX, maltratado por la vida igual que su antecesor del XVI, que cuenta su propia historia. La novela abre con una frase de aire clásico: «A mi madre no la conocí de vista, aunque sí de oídas y abundantemente».

Este Lázaro es más amigo de andar libre que de comer, y acaba como soldado, al servicio del Estado, en un cuartel. Era una forma de enlazar con una tradición que Cela conocía a fondo. Las lecturas de aquellos meses de sanatorio no habían sido en vano.

Ese mismo año se casó con María del Rosario Conde Picavea, que era maestra de escuela y trabajaba como mecanógrafa en las oficinas del Sindicato del Metal. Él dijo años más tarde que se trataba de un matrimonio de conveniencia, aunque Prieto duda de que lo fuera, al menos por parte de ella.

Rosario sobrellevó con paciencia las infidelidades de un hombre a menudo insoportable, y descifró y ordenó sus escritos, siempre a tinta, con letra mínima y abundancia de tachones. Vivieron primero en la calle de Alcalá. En 1946 nació su único hijo, Camilo José Cela Conde, que acabaría siendo profesor de Antropología en la Universidad de las Islas Baleares.

Cuentos, versos y una dedicatoria

Los años siguientes fueron de libros pequeños. En 1945 salió Esas nubes que pasan, que recoge sus primeros cuentos, los de la revista Medina, y su primer poemario, Pisando la dudosa luz del día. En 1947 llegó El bonito crimen del carabinero y otras invenciones, una truculenta novela corta con varios relatos.

Eran años de vida precaria. A pesar del éxito de Pascual Duarte, el dinero le llegaba poco. Se mantuvo en buena parte gracias a Juan Aparicio, fundador en 1941 de la Escuela Oficial de Periodismo, que le facilitó colaboraciones en publicaciones como Arriba, El Español o La Estafeta Literaria.

Diez días por la Alcarria

El 6 de junio de 1946 Cela madrugó y fue hasta la estación de Atocha. Tomó el tren a Guadalajara, y de ahí empezó el viaje. El viaje duró diez días, hasta el 15 de junio. Recorrió la comarca a pie, en mula, en carro y en autobús, cruzó seis ríos y pasó por diecisiete pueblos.

Escribió el libro con las notas tomadas sobre la marcha, y muy deprisa. Lo redactó entre el 25 y el 31 de diciembre de 1947 y puso el punto final el 1 de enero de 1948, para poder entregarlo sin incumplir el contrato que tenía firmado con su primer editor, la Revista de Occidente. Lo dedicó a Gregorio Marañón, que había regresado del exilio en 1943.

Viaje a la Alcarria se publicó en 1948. Está escrito en tercera persona. El protagonista es siempre «el viajero», que anota el paisaje, la comida, las conversaciones y la gente que va conociendo. Cela lo definió en el prólogo como «más bien una geografía» que una novela.

El libro tiene una virtud que lo ha mantenido vivo: no presume. El viajero no resuelve nada ni da lecciones. En el capítulo V, camino de Cifuentes, se sienta a la sombra de un olmo, ve pasar a un hombre detrás de un burro, entra en una albardería, encuentra a un niño enfermo que lee cuentos de Andersen al sol y deja que caiga la noche. Termina con una frase que casi parece una moraleja: «El viajero piensa que mañana será otro día».

Hacia 1963 Cela dijo de él que era «quizá mi libro más sencillo, más inmediato y directo». Con los años, más de un lector ha repetido sus pasos con el libro en la mano. En junio de 2026 se cumplieron ochenta años de aquella salida desde Atocha.

El vagabundo de los caminos

La Alcarria no fue un episodio aislado. Cela convirtió el viaje a pie en un género propio y, a lo largo de las décadas, alumbró una serie de libros en los que el narrador cambia de nombre pero no de actitud. En unos es el viajero y en otros el vagabundo, y siempre está dispuesto a escuchar.

En 1952 publicó Del Miño al Bidasoa y el Cuaderno del Guadarrama, breve e íntimo. En 1956 llegó Judíos, moros y cristianos, nacido de sus caminatas por Castilla. En 1959 apareció Primer viaje andaluz, que empieza con el vagabundo echándose al camino a las cuatro de la madrugada, «a respirar y andar, que es buen oficio».

Después vinieron Páginas de geografía errabunda y Viaje al Pirineo de Lérida, ambos de 1965, y mucho más tarde, en 1986, Nuevo viaje a la Alcarria, esta vez en coche, con un prólogo en el que recordaba a Marañón y reconocía haber engordado «cuarenta quilos largos».

En Judíos, moros y cristianos aparece una de las frases en las que más se le ha reconocido. Escribió que al vagabundo, que ama a España sobre todas las cosas, le duele ver cómo la vienen devorando desde hace siglos «la estulticia, la soberbia y la socarronería». Es el Cela de siempre. Mira con cariño y con rabia en la misma frase.

La casa de Ríos Rosas

En 1949 la familia se mudó a un piso del número 54 de la calle de Ríos Rosas, en Madrid. Vivieron allí hasta 1954. Tuvieron como vecinos al periodista César González Ruano y al pintor Manuel Viola. En esa casa escribió El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, publicado en 1949.

En el prólogo explicó que un apunte carpetovetónico no es un artículo ni un cuento, que no necesita tener principio ni fin y que la literatura española «ignora el equilibrio». El libro tuvo problemas con la censura, quizá porque el censor tuvo muy presente el lugar de nacimiento de quien era entonces jefe del Estado.

También en 1949 escribió el guion de El sótano, una película de Jaime de Mayora en la que él mismo hacía de físico escéptico y jugador de ajedrez. Su actuación, según sus biógrafos, no fue brillante. Durante el estreno sus apariciones se recibieron con silbidos. Cuentan que el general Millán Astray le escribió una carta de consuelo, «de legionario a legionario».

Pero, sobre todo, en aquella casa terminó la novela que lo consagró.

Una colmena en el Madrid de la posguerra

La colmena tuvo una larga gestación. Cela dijo que la empezó en Madrid en 1945 y que la dio por medio rematada en Cebreros, en el verano de 1948. La primera versión se presentó a la censura el 7 de enero de 1946. Hubo, según cuentan, un momento de desesperación en que arrojó el manuscrito al fuego y Rosario lo sacó de entre las llamas.

La novela se publicó por fin en 1951 en Buenos Aires, en la editorial Emecé, como primer volumen de una serie que Cela llamó Caminos inciertos. En su nota a la primera edición escribió que la acción discurre en el Madrid de 1942. Algunas ediciones la sitúan en 1943.

Es una novela coral. Durante tres días, repartidos en seis capítulos y un final a modo de epílogo, se cruzan en cafés, tabernas, pensiones y casas de citas cientos de personajes. José Manuel Caballero Bonald, que trabajó con él durante años, contó doscientos noventa y seis personajes imaginarios y cincuenta reales, trescientos cuarenta y seis en total.

El centro de gravedad es el café de doña Rosa, una mujer despreciable, ruin y malhumorada, que va y viene entre las mesas tropezando con los clientes con su tremendo trasero. Alrededor aparecen el poeta Martín Marco, la señorita Elvira, el cerillero Padilla, don Ibrahim Estolaza y Bofarull con su discurso sobre la usucapión, y tantos otros. Es un Madrid de estraperlo, de rencores, de tuberculosis y de hambre.

El protagonista, quizá, es la ciudad. Los personajes sobreviven, enferman, temen, esperan y desesperan, y el autor deja ver su compasión por ellos sin juzgarlos. Cela conocía bien los cafés madrileños, como el Europeo, el Comercial o el Gijón.

La novela recuerda por momentos a Valle-Inclán, a Baroja, a Faulkner o a John Dos Passos. Pero sus lectores la han visto, sobre todo, como un retrato de una época.

La censura y el escándalo

Publicar en Buenos Aires tuvo un precio. Cela fue expulsado de la Asociación de la Prensa de Madrid, y se prohibió que su nombre apareciera en los periódicos. Darío Villanueva resume con ironía la situación: con dos novelas prohibidas, Pascual Duarte y La colmena, y expulsado de la Asociación de la Prensa, el Madrid de 1951 era para Cela un paraíso.

El censor sostuvo que el libro atacaba el dogma y la moral y que carecía de valor literario. La edición española no se autorizó hasta 1963, doce años después, cuando Manuel Fraga era ministro de Información y Turismo. En 1962 se había autorizado ya la importación de ejemplares.

La paradoja es llamativa. Quien había sido censor interino de revistas en la posguerra veía ahora cómo la censura frenaba su mejor libro.

La colmena tuvo un éxito inmediato y sostenido, y le sirvió para un cambio decisivo. Dejó de ser el autor de Pascual Duarte y se convirtió en el autor de La colmena.

Prieto sostiene que probablemente le sirvió además para quitarse de encima el gran peso de su primera novela. Con los años se ha convertido en una obra clásica, y en 2016, con motivo del centenario del nacimiento de su autor, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española publicaron una edición conmemorativa.

Mrs. Caldwell y otros libros extraños

Los años cincuenta fueron de enorme actividad. En 1951 reunió relatos en Santa Balbina 37, gas en cada piso, y en 1952 en Timoteo el incomprendido. En 1953 aparecieron Baraja de invenciones y Café de artistas, y también Mrs. Caldwell habla con su hijo.

Esta última es una obra que, con muchas dudas, se puede llamar novela. Es una suma de páginas, cartas y líneas inconexas, enfermizas, doloridas y poéticas, que una mujer dirige al recuerdo de su hijo, marinero ahogado en el Egeo. Una mujer enamorada de su hijo, huérfana y viuda a la vez de él. Hay fuentes que la fechan en 1952 y otras en 1953.

Es un ejemplo temprano de algo que Cela practicaría a lo largo de su carrera: negarse a repetirse. El autor del retrato realista de La colmena escribía ahora un delirio poético, y poco después una novela de encargo.

Una novela de encargo para Venezuela

En diciembre de 1952, la Asociación de Periodistas Chilenos lo invitó al Congreso Internacional de Prensa de Santiago de Chile. Pronunció cuatro conferencias, dio entrevistas en la radio y fue elegido para pronunciar el discurso de clausura ante el presidente de la República.

En mayo de 1953 volvió a América, invitado por los Círculos Gallegos de Bogotá, Quito y Caracas. En Caracas se encontró con un presidente, Marcos Pérez Jiménez, que había derrocado por la fuerza al gobierno del novelista Rómulo Gallegos y necesitaba mejorar su imagen. Había pensado encargar «una novela venezolana» a un escritor de prestigio, como Hemingway, o como Cela.

Cela recibió el encargo, junto con un cheque de sesenta mil dólares, unos tres millones de pesetas de la época, a cobrar en dos plazos: al firmar y al entregar la novela. Escribió La catira, en la que giraba la acción en torno a un personaje femenino de gran fuerza y que le obligó a usar solo venezolanismos. La publicó en 1955 y obtuvo por ella el premio de la Asociación Española de Críticos Literarios.

El episodio quedó como una de las anécdotas más repetidas de su vida.

Cuenta Prieto que, al cobrar el anticipo, lo celebró en una sala de fiestas cercana a la Gran Vía con Rosario y unos amigos, entre ellos Caballero Bonald. La noche acabó en una pelea y en una navajada en la nalga, de la que Cela no se dio cuenta hasta que todo terminó. La herida se infectó y, desde entonces, necesitó más de veinte operaciones para drenar los abscesos que le reaparecieron a lo largo de su vida.

Mallorca

Desde finales de los años cuarenta los veraneos de la familia se habían limitado a Cebreros y Cercedilla, pueblos próximos a Madrid cuyos alrededores Cela recorrió de arriba abajo. Le gustaba pegar la hebra con los pastores, los marginados y la gente común y escuchar sus cuitas. Le interesaba todo lo humano, y caminar todos los caminos, porque todo le servía para su obra.

El dinero de La catira permitió al matrimonio viajar a Mallorca, según su biógrafo Santiago Prieto, a finales de 1954. Otras fuentes hablan solo de 1954, sin más precisión. Cela viviría en Palma hasta 1989. Alquilaron primero una casa en La Gola, en el norte, y allí, de noche, con una pluma estilográfica que mojaba en el tintero para no perder tiempo recargándola, terminó La catira.

Luego se instalaron en el barrio de Son Armadans y pronto se mudaron a otra casa más grande, cerca del puerto de Palma. Tuvieron una intensa vida social con los notables del lugar y organizaban conferencias en casa, con oradores como Ana María Matute, Blas de Otero o el novelista Lorenzo Villalonga.

Papeles de Son Armadans

Aquella casa fue también la redacción de una revista. Papeles de Son Armadans salió por primera vez en abril de 1956 y se publicó mensualmente, sin interrupción, hasta marzo de 1979. Fueron 276 números. La dirigía Cela, con Caballero Bonald como secretario, y se hacía en su propio domicilio, que era a la vez redacción e imprenta.

Se concibió, según los estudiosos, con la idea de alcanzar la calidad de la Revista de Occidente. Escribieron en ella más de mil autores, sobre literatura, lingüística, historia, pintura, filosofía, geografía, derecho, teología y ciencias, en castellano, catalán, gallego o inglés.

La nómina asombra. Hay páginas de Aleixandre, Alberti, Baroja, Marañón, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Américo Castro, Joan Miró, Picasso, Josep Pla, Salvador Espriu, Max Aub, María Zambrano, Ezra Pound, Miguel Ángel Asturias, Octavio Paz o Robert Graves, por citar solo una parte.

Quizá para protegerse de la censura, Cela precisó en el primer número que Papeles de Son Armadans no era una revista de combate, sino una «tímida y quizás orgullosa revista de literatura y pensamiento». La revista cerró en 1979 por razones económicas. En 1995 lanzó otra, El Extramundi y los papeles de Iria Flavia, concebida como su heredera espiritual.

El sillón Q

Cela quería el reconocimiento oficial, y desde años antes había cultivado la amistad de Gregorio Marañón. Se conserva un extenso epistolario en el que aparece un Cela humilde y elogioso con quien iba a proponerlo para ingresar en la Real Academia Española.

En febrero de 1957 fue elegido académico por unanimidad. Ocupó el sillón Q. El 26 de mayo leyó su discurso de ingreso, La obra literaria del pintor José Gutiérrez Solana, y le contestó en nombre de la corporación el propio Marañón. Otra fuente fecha el acto el 27 de mayo, pero la fecha que da la Academia es la del 26.

Con el ingreso, bromeaba su biógrafo, ya era oficialmente inmortal. No se durmió. Siguió con la revista, con los libros de viajes y con una sucesión de novelas cortas y relatos, entre ellos Nuevo retablo de don Cristobita (1957), Historias de España. Los ciegos. Los tontos (1958) y Los viejos amigos (1960). En 1959 publicó La rosa, el primer tomo de sus memorias, que formaría parte de La cucaña.

Los sesenta, entre la fama y la prohibición

En 1962 publicó Tobogán de hambrientos, quinientas páginas en las que explicó su idea de la novela. Allí escribió que no sabía qué cosa es la novela, y que solo sabía una cosa: que la literatura es la vida misma.

Ese año salió también Gavilla de fábulas sin amor, un libro surrealista ilustrado con treinta y dos dibujos de Picasso, a quien había visitado varias veces en su casa de La Californie, en Cannes. La censura lo había prohibido. Pudo publicarse gracias a la intercesión de un agustino de El Escorial, amigo suyo, que certificó que el libro no atacaba al dogma católico, y a que una crisis de Gobierno llevó a Manuel Fraga al Ministerio de Información.

En 1963 apareció Toreo de salón, con reflexiones sobre veinticinco fotografías de motivos taurinos, y en 1964 Izas, rabizas y colipoterras, con treinta y una fotografías de Juan Colom.

En 1964 viajó a Estados Unidos. Pasó ochenta días en compañía del poeta José García Nieto y dio conferencias en treinta y siete universidades, entre ellas Columbia, Yale, Princeton y Harvard. Hablaba siempre en español, porque nunca supo inglés. Sobre los «mandamientos del escritor» dijo que eran la soledad, la verdad, la libertad, la venganza, la independencia, la esperanza y las servidumbres. La Universidad de Siracusa le concedió el doctorado honoris causa.

Ese mismo año se instaló en una casa de novecientos metros cuadrados que se había hecho construir en La Bonanova, frente a la bahía de Palma. Allí trasladó su biblioteca, de más de veinte mil volúmenes, junto con la redacción, la imprenta y los archivos de la revista. Tenía secretaria, chófer, criada y cocinera. Escribía no menos de doce horas al día. Sufría por los abscesos y llegó a pesar 115 kilos.

Alfaguara

También en 1964 fundó con sus hermanos Juan Carlos y Jorge la editorial Alfaguara. Era una empresa familiar, y con ese sello salieron sus propias obras y las de otros muchos autores del momento.

En 1965 publicó dos nuevos libros de viajes a partir de notas tomadas años atrás: Páginas de geografía errabunda y Viaje al Pirineo de Lérida. En este último, el viajero confiesa que no teme a la vejez, aún lejana, y que le asusta, en cambio, perder los arrestos de tierna bestezuela que siempre tuvo.

El informe de 1963

Aquellos años de éxito tuvieron un reverso que no se conoció hasta después de su muerte. En 2004, dos años después de que Cela muriera, el historiador Pere Ysàs, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, publicó Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975. En sus páginas citaba un informe que había encontrado en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares.

El informe está fechado el 17 de octubre de 1963 y lo había elaborado el director general de Información, dependiente del Ministerio de Manuel Fraga. Según Ysàs, recogía las recomendaciones que Cela había hecho para evitar que un grupo de intelectuales siguiera con sus críticas.

El contexto era el siguiente. En 1963, ciento dos intelectuales habían enviado una carta a Fraga en la que, por los malos tratos a los obreros y la censura informativa durante las huelgas mineras de Asturias, pedían información transparente. En un encuentro, siempre según Ysàs, Cela supo que se preparaba una segunda carta de protesta.

Según el informe, Cela sugirió entonces que algunos intelectuales aparentemente disidentes podían ser sobornados, «domesticados» o convertidos en fieles al sistema. Entre las ideas que se le atribuyen figuran la compra de libros a ciertos autores para favorecerlos, o hacerles contratos de edición en una editorial que colaborase con el régimen, incluso creándola al efecto. El director general recomendó a Fraga incluir esas «sugerencias muy interesantes» de Cela en el presupuesto de 1964.

La noticia se difundió también en la prensa internacional, y la publicó el diario británico The Guardian. Ysàs matizó entonces que Cela pudo haber actuado simplemente por congraciarse con el régimen. Recordó además que ningún intento de compra tuvo éxito, porque las críticas de los intelectuales continuaron en los años siguientes. Y apuntó que el propio Fraga, en sus memorias, daba a entender que Cela estaba cerca del Ministerio de Información.

Cela no pudo responder, porque ya había muerto. Quedan un documento, la interpretación de un historiador y una imagen difícil de conciliar con otra: la de un escritor que acogía en su revista a autores de todas las tendencias y que, según ese informe, sugería al poder cómo neutralizar a otros escritores. Es uno de los episodios más delicados de su biografía y de los más discutidos.

San Camilo, 1936

En 1969 publicó San Camilo, 1936, la gran novela de la inmediata preguerra en Madrid, que se detiene en el comienzo de la guerra. Si La colmena es su gran obra de la posguerra, esta mira hacia atrás, a los días anteriores al estallido.

La dedicó «a los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo». Cela, herido de guerra y mozo de ese reemplazo, sabía de lo que hablaba. La dedicatoria seguía con una frase dirigida contra los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se habían hartado de matar españoles como conejos. No podía gustar a los fanáticos de ningún bando.

Como La colmena, es una novela sin protagonistas. Está escrita en segunda persona, y se dirige a un «tú» que comparte con Cela buena parte de su biografía. Ese «tú» acude a la tertulia dominical de María Zambrano llevado por su médico, Carlos Díaz Fernández, cuñado de María, que le pone el neumotórax. Eran dos personas reales, y aparecen en la página tal como Cela las había conocido.

Hay en el libro un pasaje que se cita a menudo. Una voz advierte que es fácil convertir a un mozo en asesino y también en un buen torturador, porque basta con que alguien más fuerte sepa sonreírle a tiempo. Más adelante la misma voz aconseja a un sobrino que sea humilde, que no sea cruel nunca y que no deje de ser cachondo. El amor y la humildad, dice, son las dos fuentes del bien.

Los diccionarios

En 1968 publicó el primer tomo del Diccionario secreto, y en 1971 el segundo. Es un gran diccionario de autoridades dedicado al léxico que se evitaba en público. En el prólogo recordaba que lo que se veta no es la idea, sino la palabra, y que los sinónimos legítimos son poquísimos.

Años después llegó el Diccionario del erotismo, en dos tomos, en 1976 y 1982. Ahí observó que los pecados parientes del marqués de Sade o del doctor Masoch solo se reparan en el diván del psiquiatra, mientras que los pecados alegres y montaraces son, a lo mejor, una llamada a la vida sencilla.

Esa pasión por catalogar el idioma no se agotó ahí. Más adelante reuniría los apodos, motes y gentilicios de los pueblos de España en un Diccionario geográfico popular de España, que dejó inconcluso.

La experimentación

Los años setenta fueron también los de las obras más extrañas. Fotografías al minuto (1972) reúne páginas escritas a partir de sesenta y cuatro instantáneas de Enrique Palazuelo, que llevan a pensar en el Madrid de mediados del siglo XX. Ese año recopiló artículos en La bola del mundo, y en 1976 hizo lo mismo con Vuelta de hoja.

En 1973 publicó Oficio de tinieblas, 5, una obra de 1.194 líneas o párrafos inconexos y sin puntuación. Él mismo reconoció que no era una novela, sino «una purga de mi corazón». Ese año salió también Balada del vagabundo sin suerte y otros papeles volanderos, otro de sus libros de viajes.

En 1976 llegó Rol de cornudos, lleno de erudición y de humor, con un catálogo que va de la A a la Z. Cela escribió también para el teatro, con María Sabina (1967) y El carro de heno o el inventor de la guillotina (1969).

Cela concibió la novela como un género en libertad, y en estos años esa libertad llegó hasta el límite. Pasaba de la novela coral al monólogo sin puntos, del diccionario al libro de fotografías, y volvía luego al camino.

Ateneo, Puig Antich y una carta vieja

En 1974 Ricardo de la Cierva lo nombró presidente del Ateneo de Madrid. Cela no llegó a tomar posesión, en protesta por el fusilamiento del anarquista Salvador Puig Antich, ejecutado el 2 de marzo de ese año. La publicidad de su negativa tuvo una consecuencia. Sus supuestos amigos de la Prensa del Movimiento sacaron a la luz la carta de 1938 en la que se ofrecía como delator al comisario general de Investigación y Vigilancia.

Esa carta, de la que ya se ha hablado, se ha reproducido desde entonces con cierta frecuencia en periódicos y libros. Cela tenía veintiún años cuando la escribió y, como se ha dicho, la solicitud fue desestimada.

Ese mismo año de 1974 viajó a Londres, invitado por Manuel Fraga, entonces embajador, para dar una conferencia en el Instituto de España. El tema fue otra vez España, los españoles y lo español, el título de una conferencia que se había publicado ya en 1959 en los cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, en París, y que se recogió después en Los vasos comunicantes (1981).

En aquel texto repasaba los rasgos que, a su juicio, compartían los españoles. Hablaba de la envidia, de la postura a la contra y del clericalismo y el anticlericalismo, que consideraba el haz y el envés de una misma moneda. Observaba también que en España las minorías selectas nunca influyeron sobre el pueblo, sino sobre el poder.

Senador del rey

En 1977 el rey Juan Carlos I lo designó senador en las Cortes constituyentes, las primeras de la transición democrática. Tomó parte activa en la revisión que el Senado hizo del texto constitucional elaborado en el Congreso de los Diputados.

Su enmienda más conocida se refería al artículo 3.1, sobre la denominación de la lengua oficial del Estado. Propuso llamarla «castellano o español». La enmienda se eliminó en la comisión mixta Congreso-Senado. Propuso también que el color gualda de la bandera, un término casi exclusivo del léxico de la heráldica, se llamara amarillo. A comienzos de 1979, con la convocatoria de nuevas elecciones generales, terminó su etapa de senador.

En esos años presidió además la Sociedad de Amistad España-Israel, creada en los años setenta para ayudar a establecer relaciones diplomáticas entre ambos países y fomentar las relaciones culturales.

Mazurca para dos muertos

En 1983 volvió a la Guerra Civil con Mazurca para dos muertos, una gran novela ambientada en Galicia. Recurrió de nuevo a una multitud de personajes, hasta 472, de todas las profesiones, con lupanares, marginados, dramas, perversiones, animales, naturaleza y paisaje. El eje es una venganza.

En sus páginas hay un cementerio donde brota un manantial de agua clara que lava los huesos de los muertos y donde los leprosos se mojan las carnes para encontrar alivio. Y hay, en Orense, un acordeonista ciego, Gaudencio Beira, que fue seminarista y al que echaron del seminario cuando perdió la vista, porque no querían cargas de caridad. En el burdel donde se gana la vida toca un repertorio variado.

Pero hay una mazurca, Ma petite Marianne, que solo tocó dos veces, en noviembre de 1936, cuando mataron a Afouto, y en enero de 1940, cuando mataron a Moucho. No quiso volver a tocarla nunca más.

La novela le valió el Premio Nacional de Narrativa en 1984. Su biógrafo Santiago Prieto la considera una obra maestra.

Los ochenta

La década trajo muchos viajes y muchos honores. En 1980 la Universidad de Puerto Rico lo invistió doctor honoris causa, y ese mismo año, en la Universidad de Palma de Mallorca, lo nombraron catedrático numerario de Literatura y Geografía Populares. En 1981 volvió a Estados Unidos, donde dio conferencias en Miami, Nueva Orleans, Austin, Arizona y Los Ángeles. En 1984 viajó a Roma.

Siguió publicando. En 1981 recopiló cuentos en La dama pájara y artículos y conferencias en Los vasos comunicantes. En 1986 salió Nuevo viaje a la Alcarria, esta vez en coche, con un prólogo en el que se dirigía de nuevo a Marañón. En ese libro anota que las únicas instituciones de las que el escritor no reniega son la literatura, la libertad, la amistad y el manso y deleitoso rijo.

En 1988 publicó Cristo versus Arizona, una novela casi sin puntos, a ratos surrealista, con una noria de personajes. Se basa en el célebre duelo del corral O.K., en Tombstone, el 26 de noviembre de 1881, y en las notas de uno de sus viajes a Estados Unidos. Un personaje cuenta que su padre tenía un caimán domado que hablaba varias lenguas.

Hubo también premios. Recibió el Premio Nacional de Narrativa (1984), el Premio Sant Jordi (1986) y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1987). En 1980 ya tenía la Gran Cruz de Isabel la Católica.

Una segunda boda

En 1985 conoció a Marina Castaño, una periodista gallega de veintiocho años. Con ella se casó años después, tras separarse de Rosario Conde. Las fuentes no coinciden en la fecha del divorcio. Según unas, fue en 1988. Según otras, en 1990. La boda con Marina fue en 1991.

A finales de 1987 lo operaron en Palma de una presunta apendicitis, y dos meses después tuvo que pasar de nuevo por el quirófano en Madrid, por una diverticulitis perforada.

El Nobel

El 19 de octubre de 1989, cuando quizá ya no lo esperaba, llegó el galardón por el que había trabajado toda su vida. Llevaba siete años siendo candidato. La Fundación Nobel le concedía el Premio Nobel de Literatura «por la riqueza e intensidad de su prosa, que con refrenada compasión encarna una visión provocadora del desamparo de todo ser humano».

Era el quinto escritor español distinguido con el Nobel, después de José Echegaray, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre.

El 10 de diciembre, en la Sala de Conciertos de Estocolmo, pronunció ante la Academia Sueca el discurso Elogio de la fábula. Lo empezó con un recuerdo de Baroja, al que llamó su viejo amigo y maestro. Contó que Baroja tenía un reloj de pared con una inscripción en la esfera, un lema estremecedor que señalaba el paso de las horas: todas hieren, la última mata.

Una parte buena de aquel discurso ya había aparecido, con el título de Teoría de la lengua, en Los vasos comunicantes. El premio eclipsó todos los demás reconocimientos, los anteriores y los que vendrían después.

Aún le quedaban más de doce años de vida y varios libros por publicar.

Periodismo, fundación y Guadalajara

En 1989 empezó a colaborar en el diario madrileño El Independiente con unos apuntes titulados El camaleón soltero. Cuando el periódico cerró, el 31 de octubre de 1991, escribió una despedida a la que llamó Nenia. Allí dejó dicho que es preferible morir a malvivir.

Ese mismo año de 1991 se inauguró el primero de los edificios de su fundación en las Casas de los Canónigos, frente a la colegiata de Adina, en Iria Flavia. La Fundación Camilo José Cela se había constituido en 1985 y guarda su legado.

Allí están los cuarenta mil libros de su biblioteca, primeras ediciones de sus obras, cientos de cuadros, periódicos, cartas, fichas, apuntes, calendarios, esquelas, programas, santorales, medallas y una colección de orinales, además de infinidad de objetos que fue guardando a lo largo de la vida.

Cela y Marina se fueron a vivir a Guadalajara, donde compró una casa. Allí escribió cuatro obras. Desde el palomar de Hita (1991) tiene algo de crónica, algo de textos inconexos y buena parte de memorias. Cachondeos, escarceos y otros meneos (1991) es un libro jocoso. La segunda parte de sus memorias, Memorias, entendimientos y voluntades, se publicó en 1993, y su penúltima novela, El asesinato del perdedor, en 1994. Alguna fuente la fecha en 1993.

En Desde el palomar de Hita confesó que su gran equivocación había sido trabajar sin descanso en un país que fomenta la holganza. Seguía pensando que solo la imaginación, la austeridad y el trabajo pueden salvar al hombre.

Las Memorias son autobiografía y, a la vez, un compendio de su visión del mundo. Opina sobre la Iglesia, sobre los políticos, sobre las ideas de la izquierda y de la derecha, sobre los nazis, sobre los españoles y sobre los nacionalismos, que compara con una efervescencia continuada, una sustancia que está desprendiendo burbujas sin darse un punto de descanso.

El asesinato del perdedor se basa en un hecho real: el suicidio de un joven, encarcelado por un motivo nimio por orden de un juez insensato. Cela escribió allí que un juez debe ser «sereno, viejo y escéptico», porque la justicia no está para arreglar el mundo, sino para evitar que se deteriore más.

En 1992 Televisión Española estrenó la serie El Quijote, con guion de Cela y dirección de Manuel Gutiérrez Aragón.

Premios y un título nobiliario

Los noventa fueron también años de premios. En 1992 recibió el Premio Mariano de Cavia de Periodismo y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III. En 1994 le dieron el Premio Planeta, por La cruz de San Andrés, y en 1995 el Premio Cervantes, el más prestigioso galardón literario de los países de lengua española.

En 1996 el rey Juan Carlos I le concedió el título de marqués de Iria Flavia, un marquesado creado ex profeso. Cela añadió como lema una frase que le servía de autorretrato: «El que resiste, gana». Para entonces había recibido veinticinco doctorados honoris causa de universidades de dieciséis países. Fue miembro de academias de medio mundo, de la Real Academia Galega a la Hispanic Society of America. En 2000 puso la primera piedra de la Universidad Camilo José Cela, de la que fue rector honorario.

Puerta de Hierro

En 1996 volvió a Madrid, a la zona de Puerta de Hierro. Allí completó el primer tomo de un proyecto concebido tiempo atrás, el Diccionario geográfico popular de España, que se publicó en 1998. Cela pensó recopilar los dictados tópicos, es decir, los apodos, motes y gentilicios de los pueblos de España. Los carteros le enviaron esos datos a Palma de Mallorca, y llegó a reunir más de treinta mil fichas. La obra quedó inconclusa.

En las últimas páginas del diccionario volvió a decir algo que ya había repetido cien veces. Pensaba que el trabajo en equipo suele ser la muleta de la mediocridad compartida, y que las asociaciones, los sindicatos y las manifestaciones eran, en su opinión, rémoras de la salud del individuo.

En Puerta de Hierro acabó también su última obra grande, Madera de boj (1999). Vuelve a Galicia, esta vez a Finisterre, para componer una sinfonía de mil historias entremezcladas con apuntes de naufragios en aquellas aguas traicioneras.

Hay un capitán retirado que conoce la costa de memoria y la tiene dibujada en unos cuadernos, hay seis bandoleros fantasmas que se juntan una vez al mes en la bodega de un patache hundido para jugar a las cartas, hay un camino sembrado de pepitas de oro que termina en el cielo de los marineros muertos en la mar.

Es un cierre apropiado para una obra que empezó con un labrador condenado en una celda y acabó en una costa de fantasmas. La mar, escribe en el libro, no se cansa nunca. Cela tenía ochenta y tres años cuando lo publicó.

El caso de La cruz de San Andrés

El Premio Planeta de 1994 trajo consigo una polémica. Una de las participantes en el certamen, Carmen Formoso, denunció que La cruz de San Andrés plagiaba su novela Carmen, Carmela, Carmiña, que había enviado al mismo concurso. Los peritos judiciales que intervinieron descartaron la existencia de plagio. Aun así, el asunto volvió a los tribunales en 2004, ya muerto Cela, cuando el Tribunal Constitucional reabrió la investigación de la querella.

Los datos comprobados son pocos. Hay una denuncia, hay un dictamen pericial en sentido contrario y hay una causa que se reabrió. Cada lector sabrá hasta dónde llegan los hechos y hasta dónde las sospechas.

La herencia

La herencia de Cela dio lugar a una larga batalla judicial. Su testamento favorecía a su viuda, Marina Castaño, frente a su único hijo, Camilo José Cela Conde, nacido de su primer matrimonio con Rosario Conde. Cela Conde acusó siempre a la viuda de haber influido para que su padre lo dejara fuera.

Reclamó su parte. La Audiencia Provincial de Madrid le dio la razón en primera y segunda instancia. En octubre de 2014, la Sala Primera del Tribunal Supremo rechazó el recurso de Marina Castaño y confirmó el derecho del hijo a percibir dos terceras partes de la herencia. Las cifras que manejó la prensa rondaban los cinco millones de euros.

El único bien que Cela padre le había entregado en vida, un óleo conocido como el cuadro rasgado, se valoró en poco más de cien mil euros y no cubría esos derechos.

La sentencia declaró además nulos los contratos de cesión de derechos de autor a dos sociedades vinculadas a la viuda. Los derechos de explotación, valorados en 3,9 millones de euros, volvían a la herencia. Cela Conde dijo entonces que la batalla final ya se había celebrado.

La última etapa de la vida de Cela y el destino de su herencia quedaron así marcados por un conflicto familiar muy público. Su biógrafo Santiago Prieto lo resume con prudencia: deja de lado el delicado tema de los últimos años de su relación con Rosario y con su hijo, y las nieblas de su herencia.

Una personalidad imposible

El propio Prieto comienza su trabajo con una lista de adjetivos que da idea del personaje: ególatra, soberbio, procaz, provocador, ansioso de lujos y honores. Y sin embargo, añade, es una de las cumbres de la narrativa española contemporánea, al lado de Galdós, Valle-Inclán, Baroja y Delibes.

Cela fue las dos cosas a la vez. Provocó, presumió, se enfrentó a medio mundo y cultivó con esmero su imagen pública. Pero escribió también Pascual Duarte, La colmena, Viaje a la Alcarria y Mazurca para dos muertos.

Prieto se pregunta si fue víctima de la imagen que se había creado o si, sencillamente, hizo como siempre: ponerse el mundo por montera, tirar por la calle de en medio y hacer su voluntad. Concluye que nada de ello empaña su grandiosa obra. Es una conclusión que cada lector aceptará o discutirá por su cuenta.

Una obra en cinco territorios

La obra de Cela es tan extensa que conviene ordenarla. La novela ocupa el centro. Empieza con La familia de Pascual Duarte (1942) y sigue con Pabellón de reposo (1943), Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944), La colmena (1951), Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953), La catira (1955), Tobogán de hambrientos (1962), San Camilo, 1936 (1969), Oficio de tinieblas, 5 (1973), Mazurca para dos muertos (1983), Cristo versus Arizona (1988), El asesinato del perdedor (1994) y Madera de boj (1999).

El segundo territorio es el cuento y el relato corto. Cela no dejó de escribirlos en toda su carrera. Están Esas nubes que pasan (1945), El bonito crimen del carabinero y otras invenciones (1947), El gallego y su cuadrilla (1949), Santa Balbina 37, gas en cada piso (1951), Timoteo el incomprendido (1952), Baraja de invenciones y Café de artistas (1953), El molino de viento y otras novelas cortas (1956), Nuevo retablo de don Cristobita (1957), Los viejos amigos (1960) y La dama pájara (1981).

El tercero es el libro de viajes. Va de Viaje a la Alcarria (1948) a Nuevo viaje a la Alcarria (1986), pasando por Del Miño al Bidasoa, Judíos, moros y cristianos, Primer viaje andaluz, Viaje al Pirineo de Lérida y Páginas de geografía errabunda.

El cuarto es la memoria y el ensayo breve. Allí están los dos tomos de La cucaña, que empezó con La rosa (1959) y se completó con Memorias, entendimientos y voluntades (1993), y los libros de artículos y conferencias como La bola del mundo, Vuelta de hoja, Los vasos comunicantes, Desde el palomar de Hita y El camaleón soltero.

El quinto reúne todo lo demás. Están los diccionarios, el Diccionario secreto, el Diccionario del erotismo y el Diccionario geográfico popular de España. Están los versos, de Pisando la dudosa luz del día a la Poesía completa que se publicó en 1996. Y está el teatro, con María Sabina y El carro de heno. Sus Obras completas, editadas por Destino, sumaron treinta y siete tomos.

Muerte en Madrid

Camilo José Cela murió en Madrid en la mañana del jueves 17 de enero de 2002. Tenía ochenta y cinco años. Su corazón, y unos pulmones dañados por la tuberculosis y por el tabaco, que fumó desde la infancia hasta 1978, no superaron una gripe. La causa de la muerte se recoge también como una insuficiencia cardiopulmonar.

Sus últimas palabras no se recogen igual en todos los relatos. Algunas fuentes dicen que fueron «¡Viva Iria Flavia!». Otras añaden, antes de ellas, «Marina, te quiero».

El poeta Francisco Umbral, amigo suyo, escribió en El Mundo un poema en el que dijo que aquel día el 98 por fin se moría. Era una forma de decir que con Cela se iba una época larga de las letras españolas.

Como él mismo había indicado, sus restos fueron llevados a Iria Flavia. Se trasladaron por carretera hasta la sede de su fundación, donde los velaron familiares y vecinos. El entierro fue el sábado 19, por la tarde, bajo el orballo, y se convirtió en un acto multitudinario.

Reposa en el cementerio de Santa María de Adina, frente a su fundación, al pie de un olivo, junto a sus abuelos, sus padres y su hermana pequeña, Teresa María, la nena que murió con dos años cuando él tenía cinco y a la que siempre recordó.

Después de Cela

Su nombre sigue presente en varias instituciones. La Fundación Camilo José Cela, en Iria Flavia, conserva su biblioteca y sus archivos. En Palma de Mallorca existe la Fundación Charo y Camilo José Cela, nacida para mantener el recuerdo de su estancia en la isla, con participación de la Universitat de les Illes Balears, el Govern y el Ayuntamiento de Palma. En Madrid está la Universidad Camilo José Cela, cuya primera piedra puso él en el año 2000.

En 2016, con motivo del centenario de su nacimiento, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española publicaron una edición conmemorativa de La colmena. Se presentó en la Academia el 28 de septiembre y el 10 de octubre en la Biblioteca Nacional de España. En mayo de ese año hubo además un simposio internacional en la Universidad Camilo José Cela.

En junio de 2026 se cumplieron ochenta años del viaje que dio origen a Viaje a la Alcarria. La comarca sigue recibiendo a quienes quieren caminar con el libro en la mano.

Sigue vigente su lectura

Cela es fácil de discutir y difícil de ignorar. Fue censor y fue censurado. Escribió a los veintiún años una carta que le persiguió toda la vida y acogió en su revista a escritores de casi todas las tendencias. Recibió el Nobel, el Cervantes y el Planeta, y dejó a su muerte un pleito familiar muy sonado. Cada una de esas afirmaciones es cierta y ninguna basta para explicarlo.

Para los lectores que se acercan por primera vez, hay varios caminos. Los que quieran su voz más descarnada pueden empezar por La familia de Pascual Duarte. Los que busquen una ciudad entera hecha de gente, por La colmena. Los que prefieran caminar, por Viaje a la Alcarria. Los que busquen al Cela más tardío, por Mazurca para dos muertos o Madera de boj.

En 1976 escribió que la vida, la libertad, la salud y la alegría son los cuatro palos de la baraja con la que el hombre juega, sabiendo que cada baza que pierde es de recuperación imposible o, cuando menos, difícil. Cela eligió para sí otro lema: «El que resiste, gana».

Nació en una casa junto a un paso a nivel, en la parroquia gallega de Iria Flavia, y está enterrado en la misma parroquia. Entre una fecha y otra escribió páginas que se siguen leyendo y discutiendo.

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