En 1951, el festival de Venecia concedió su León de Oro a una película japonesa de la que casi nadie en Occidente había oído hablar. Se llamaba Rashomon, la había dirigido un cineasta de cuarenta y un años llamado Akira Kurosawa y resultó un ganador sorpresa. Aquel premio abrió una puerta que ya no volvió a cerrarse.
Vino después una década extraordinaria. En los años cincuenta coincidieron en los estudios de Tokio y Kioto Ozu, Mizoguchi, Kurosawa y Naruse, cuatro maneras distintas de entender el cine, todos en plena madurez a la vez. El sistema de estudios, con Shochiku, Toho, Daiei o Toei funcionando casi como fábricas de equipos fijos, les daba algo que hoy resulta raro: colaboradores de toda la vida, guionistas, directores de fotografía y actores que conocían de memoria su forma de trabajar.
Después vinieron los rebeldes de los sesenta, los yakuzas desencantados de los setenta, la animación de Ghibli y los premios de Cannes, Venecia y Berlín para Imamura, Kitano o Kore-eda. El país nunca dejó de producir películas que se discuten fuera de sus fronteras. Elegir veinte obliga a dejar fuera a directores enormes, y asumimos ese coste desde el principio.
Hemos seguido tres criterios. El primero es la mirada: que la película tenga una manera propia de colocar la cámara, de cortar o de callar, reconocible a los pocos minutos. El segundo es la necesidad: que cuente algo que solo podía contarse así, en ese lugar y en ese momento. El tercero es la huella: que otros cineastas hayan seguido respondiéndole durante décadas.
No hemos seguido ninguna encuesta. Algunos títulos coinciden con las listas de siempre y otros no, y la posición de cada uno responde a nuestro criterio y a nadie más.
Las reglas son sencillas. Entran largometrajes de ficción de producción japonesa estrenados hasta 2021. Dejamos fuera lo más reciente a propósito, porque una película necesita unos años para demostrar que aguanta una segunda visión. Hay dos títulos de animación porque el cine de dibujos forma parte central de la historia del país y no un apéndice.
Ningún director se repite más de cuatro veces y solo uno llega a esa cifra: Akira Kurosawa. Ozu y Mizoguchi aparecen dos veces cada uno. El resto, una sola. Los nombres japoneses van en orden occidental, nombre y apellido, y sin acentos. Los títulos figuran como se conocen en España, y cuando una película circula con su título original, lo hemos mantenido.
El orden va de la vigésima a la primera. Es discutible, como debe ser.
20. Drive My Car, de Ryusuke Hamaguchi (2021)
Parte de un cuento de Haruki Murakami de extensión modesta, incluido en el libro Hombres sin mujeres (2014). Hamaguchi y su coguionista, Takamasa Oe, lo estiraron hasta casi tres horas y tomaron material de otros relatos del mismo volumen. El resultado dura 179 minutos y no sobra ninguno.
Yusuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima) es actor y director de teatro. Su mujer, Oto (Reika Kirishima), escribe guiones para televisión y le ha sido infiel, algo que él descubre y nunca llega a mencionarle. Ella muere de forma repentina. Todo esto ocurre en el prólogo, que ocupa unos cuarenta minutos antes de que aparezcan los títulos de crédito.
Dos años después, Kafuku viaja a Hiroshima para dirigir Tío Vania, de Chéjov, en un festival, con un reparto multilingüe que incluye a una actriz que se expresa en lengua de signos coreana. La organización le impone una conductora, Misaki Watari (Tōko Miura), una joven callada de Hokkaido que se pone al volante de su Saab rojo. Mientras conduce, Kafuku ensaya escuchando una cinta con la voz de su mujer leyendo las réplicas de Vania.
Hay otro personaje que pesa en toda la historia, Kōji Takatsuki (Masaki Okada), un actor joven con el que Oto tuvo relación y al que Kafuku acaba dándole el papel principal. Entre los dos se instala una tensión que Hamaguchi resuelve sin gritos, con conversaciones largas y planos sostenidos.
La película ganó en Cannes los premios al mejor guion, el de la crítica internacional (FIPRESCI) y el del jurado ecuménico. Hamaguchi y Oe fueron los primeros japoneses en ganar el premio de guion en ese festival. En 2022 recibió el Oscar a la mejor película internacional y fue la primera película japonesa nominada a la mejor película, además de a dirección y guion adaptado.
Su sitio en esta lista tiene que ver con el oficio. La música de Eiko Ishibashi no subraya nada, el coche funciona como una habitación sin paredes y Tío Vania actúa como un segundo guion que dice lo que los personajes no se atreven a decir. Hamaguchi venía de películas como Wheel of Fortune and Fantasy, que ganó el Gran Premio del Jurado en Berlín en 2021, y después firmó Evil Does Not Exist, premiada en Venecia en 2023.
Es la película más joven de la lista y la que menos distancia tiene con el presente. Por eso ocupa el último puesto, y por eso mismo será interesante ver dentro de veinte años cómo envejece.
19. Nadie sabe, de Hirokazu Kore-eda (2004)
En 1988, la prensa sensacionalista de Tokio contó un caso que escandalizó a Japón: cuatro hermanos vivían solos en un piso del barrio de Nishi-Sugamo, abandonados por su madre. Tres de ellos ni siquiera tenían partida de nacimiento. Los periódicos se centraron en la madre. A Kore-eda, que entonces trabajaba en televisión, le interesó otra cosa: cómo sobrevivieron los niños.
Su película está inspirada libremente en aquellos hechos. Keiko (la cantante y actriz You) se muda a un apartamento con su hijo mayor, Akira (Yuya Yagira), que tiene doce años. Los dos pequeños entran escondidos en maletas porque el casero no admitiría tantos niños, y se suma una hermana, Kyoko. Un día Keiko deja dinero y una nota, y se marcha. Vuelve de vez en cuando. Luego deja de volver.
Sigue una película de una paciencia casi insoportable. Se corta la luz, después el agua, los niños van a lavarse a una fuente del parque y Akira administra un dinero que se acaba. Kore-eda rodó a lo largo de un año para que los pequeños crecieran de verdad ante la cámara y contó buena parte de la historia sin diálogo. You, que hace de madre, se ganó tanto a los niños que el director la ha llamado una especie de segunda directora.
El mérito mayor es no juzgar. Keiko no es un monstruo de melodrama, es una mujer inmadura que regresa con regalos y sonríe. Akira quiere ir al colegio y no puede, quiere jugar al béisbol con otros chicos y apenas lo consigue. Una compañera de clase, Saki, acaba acercándose a ellos. Cuando la tragedia llega, Kore-eda la filma sin música lacrimógena: dos adolescentes llevan una maleta hasta un descampado junto al aeropuerto.
Yuya Yagira tenía catorce años cuando ganó en Cannes el premio al mejor actor. Fue el primer japonés y el más joven en conseguirlo. La película fue además la candidata japonesa al Oscar de aquel año.
Kore-eda ganó la Palma de Oro catorce años después con Un asunto de familia (2018). Nadie sabe ocupa aquí el puesto por una razón concreta: contiene ya todo lo que haría de él uno de los grandes retratistas de la familia, la que se elige y la que se impone, con una ternura que nunca resulta fácil.
18. Cure, de Kiyoshi Kurosawa (1997)
Kiyoshi Kurosawa, nacido en Kobe en 1955, no tiene parentesco con Akira. Empezó como ayudante de Shinji Somai y rodó durante años películas de género de presupuesto reducido. Cure fue el título que lo dio a conocer fuera de Japón. Se presentó en el Festival de Tokio el 6 de noviembre de 1997 y llegó a los cines a finales de diciembre.
El detective Takabe (Koji Yakusho) investiga una serie de asesinatos que se parecen en tres cosas. Las víctimas aparecen con una X abierta en el cuello, los asesinos son personas corrientes y ninguno recuerda por qué lo hizo. Su vida privada tampoco ayuda: su mujer, Fumie (Anna Nakagawa), sufre un deterioro mental que lo consume en casa.
La pista lleva a Mamiya (Masato Hagiwara), un joven que parece haber perdido la memoria y pregunta a todos quiénes son. Es un antiguo estudiante de psicología que se obsesionó con el mesmerismo y la hipnosis. No impone nada, no amenaza, solo hace hablar a la gente. Le bastan gestos mínimos, la llama de un mechero, el agua de un vaso, para dejar a su interlocutor a un paso de hacer algo terrible.
Kurosawa renuncia casi por completo al truco habitual del cine de terror. No hay sustos de montaje ni un monstruo visible. Hay encuadres fijos, pasillos vacíos, una banda sonora hecha de ruidos de fondo y una sospecha creciente de que cualquiera podría ser el siguiente. El miedo no viene de la sangre sino de una idea, la de que el yo más sereno es también el más frágil.
El final queda abierto y encierra uno de los gestos más inquietantes del cine de los noventa: una camarera, un cuchillo y una cara de detective que ya no sabemos si es la misma. No lo desvelamos aquí.
Yakusho encontró en este papel el primero de una larga colaboración con Kurosawa, y trabajó ese mismo año en La anguila, de Shohei Imamura, que ganó la Palma de Oro. Mucho después ganó el premio al mejor actor en Cannes por Perfect Days (2023), de Wim Wenders. Kurosawa siguió con Pulse (2001), Tokyo Sonata (2008) y Wife of a Spy, con la que ganó el León de Plata a la mejor dirección en Venecia en 2020.
Entre sus alumnos figura Ryusuke Hamaguchi, que mantiene con él una conversación grabada para una edición en Blu-ray de Cure. Hay así un hilo directo entre los puestos 20 y 18 de esta lista.
17. Hana-bi (Flores de fuego), de Takeshi Kitano (1997)
Takeshi Kitano nació en Tokio en 1947 y se hizo famoso en televisión como cómico bajo el nombre de Beat Takeshi. Su carrera como director empezó casi por accidente, en 1989, cuando Kinji Fukasaku abandonó el rodaje de Violent Cop, la película que él iba a protagonizar. Kitano tomó su lugar. En 1994 sufrió un grave accidente de moto y durante la convalecencia empezó a pintar. Esos cuadros acabaron en la pantalla.
Nishi (el propio Kitano) es un policía de pocas palabras. Su mujer, Miyuki (Kayoko Kishimoto), tiene una enfermedad terminal. Su compañero Horibe (Ren Osugi) queda paralítico tras una operación policial. Nishi deja el cuerpo, se endeuda con la yakuza y decide atracar un banco para saldar cuentas y hacer un último viaje con su mujer. Horibe, mientras tanto, se pone a pintar en su silla de ruedas, y esos cuadros son los de Kitano.
El título, escrito con guion, combina las palabras japonesas para flor y fuego, que Kitano asocia con la vida y la muerte. Es una película de contrastes. Hay escenas largas de silencio frente al mar o en la nieve y, de pronto, un estallido de violencia seca, sin música, que dura un par de segundos. La música de Joe Hisaishi, en su cuarta colaboración con Kitano, hace de contrapunto dulce.
La estructura es fragmentaria. Kitano, que también montó la película, salta del presente al pasado sin avisar, alterna la historia de Nishi con la de Horibe y deja que cada plano se sostenga más tiempo del esperable. El final, con dos disparos fuera de campo sobre una playa, tiene una pureza que ha sido muy imitada.
Ganó el León de Oro en la 54 edición de Venecia, en 1997, y convirtió a Kitano en el tercer director japonés en conseguirlo tras Kurosawa e Hiroshi Inagaki. Él mismo ha contado que hasta entonces en Japón lo veían como un cómico con un capricho. Costó unos 2,3 millones de dólares y no fue un gran éxito comercial.
En 2010, Outrage, que compitió en Cannes, se inspiró en Batallas sin honor ni humanidad, la película del director al que Kitano sustituyó en 1989, que ocupa el puesto 14 de esta lista. Hana-bi sigue siendo su película más redonda.
16. El viaje de Chihiro, de Hayao Miyazaki (2001)
Miyazaki había anunciado su retirada en 1998, después de La princesa Mononoke. Volvió a los dibujos por una niña. La hija de diez años de su amigo y productor asociado Seiji Okuda pasaba cada verano unos días en la casa de montaña donde Miyazaki descansaba con familiares y amigos. Él se dio cuenta de que ninguna película hablaba de verdad a una chica de esa edad, y decidió hacerla.
Chihiro (voz de Rumi Hiiragi) se traslada con sus padres a una casa nueva. Un camino equivocado los lleva hasta un túnel y, al otro lado, a una ciudad vacía con puestos de comida. Los padres se ponen a comer sin preguntar a nadie y se convierten en cerdos. La niña queda sola en un mundo de espíritus donde solo los que trabajan tienen derecho a quedarse, y la única forma de sobrevivir es pedir empleo en la casa de baños de la bruja Yubaba.
Yubaba le arrebata el nombre y la rebautiza como Sen. A partir de ahí, la película sigue su aprendizaje: limpiar una bañera gigante, hacerse amiga de Haku, un joven misterioso, y de Kamaji, el viejo de seis brazos que vigila las calderas, y enfrentarse a Kaonashi, el espíritu sin rostro que devora cuanto le ofrecen. Hay una escena que Miyazaki dijo haber sacado de una limpieza real de un río, cuando diez personas tuvieron que tirar de una cuerda para sacar una bicicleta del fondo: el espíritu fétido que llega a los baños y resulta ser un dios del río cubierto de basura.
Visualmente, la película mezcla lo japonés y lo europeo, con una casa de baños que combina la arquitectura tradicional y detalles de aire occidental. La música de Joe Hisaishi, el compositor habitual de Miyazaki, trabaja con delicadeza, sin empujar al espectador. Y todo está dibujado a mano.
Estrenada el 20 de julio de 2001, recaudó 31.680 millones de yenes en Japón y fue la película más taquillera de la historia del país hasta que la superó en 2020 la película del anime Demon Slayer. En total, unos 396 millones de dólares en todo el mundo. En 2002 compartió el Oso de Oro de Berlín con Bloody Sunday, de Paul Greengrass, y en marzo de 2003 ganó el Oscar a la mejor película de animación, el primero para una película de animación dibujada a mano y en lengua no inglesa. Miyazaki no acudió a la ceremonia. En 2024, El niño y la garza se convirtió en la segunda película en lengua no inglesa en ganar ese premio.
Su presencia en la lista responde a algo sencillo: Chihiro no vence a nadie. Se gana su sitio trabajando, recordando su nombre y escuchando a los demás, y la película confía en que los niños entiendan que eso es más difícil que cualquier pelea. En la encuesta de Sight and Sound de 2022 fue una de las dos películas de animación japonesa que entraron por primera vez entre las cien mejores.
15. La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata (1988)
El 16 de abril de 1988 se estrenaron en Japón, en el mismo programa doble, Mi vecino Totoro y La tumba de las luciérnagas. Es probablemente la combinación más desconcertante que ha visto una sala de cine, porque cada cine decidía el orden y el público salía unas veces con la ternura de Miyazaki en la cabeza y otras con una hora y media de hambre y duelo. Studio Ghibli, fundado tres años antes por Miyazaki y Takahata, estaba todavía en sus comienzos.
El origen es un relato de Akiyuki Nosaka, publicado en 1967, con el que ganó el premio Naoki. Nosaka, que sobrevivió a los bombardeos de Kobe siendo adolescente, escribió una historia semiautobiográfica sobre sus propios sentimientos de culpa: su hermana pequeña murió desnutrida durante la guerra.
Takahata tenía nueve años cuando los bombarderos estadounidenses arrasaron Okayama, su ciudad, el 29 de junio de 1945. Huyó descalzo y en pijama con una de sus hermanas, vio cadáveres por las calles y tardó setenta años en contar en público aquella noche. Su película nace de ahí, aunque transcurre en Kobe.
La película empieza con el final: Seita, un chico de catorce años, muere de hambre en una estación. A partir de ese primer minuto, Takahata cuenta cómo llegó hasta allí. El bombardeo de junio de 1945 deja a Seita y a su hermana Setsuko, de cuatro años, sin casa. Su madre muere por las quemaduras. Se refugian primero en casa de una tía, que los trata cada vez peor, y acaban viviendo en un refugio antiaéreo junto a un estanque, donde Seita suelta luciérnagas para dar luz a la pequeña. Setsuko entierra a las que mueren, porque le han explicado que así se hizo con su madre.
Takahata no exime a su protagonista. Seita decide marcharse de casa de su tía por orgullo y esa decisión tiene un precio. La película no se limita a un alegato contra la guerra: habla de aislamiento y de lo que ocurre cuando dos niños quedan fuera de la red de los adultos. El dibujo es contenido, realista, sin exageraciones de animación.
Takahata dirigió después Recuerdos del ayer (1991), Pompoko (1994) y El cuento de la princesa Kaguya (2013), nominada al Oscar de animación. Murió el 5 de abril de 2018.
La película se ha convertido en una referencia del cine antibelicista, sin adjetivos. Casi nadie quiere volver a verla. Casi nadie deja de recomendarla.
14. Batallas sin honor ni humanidad, de Kinji Fukasaku (1973)
Kinji Fukasaku nació en 1930. De adolescente lo movilizaron para trabajar en una fábrica de municiones y vivió los bombardeos de cerca. Esa experiencia, y la del hambre y el mercado negro de la posguerra, pesa en la película que le dio fama. Se estrenó el 13 de enero de 1973, producida por la Toei.
Hasta entonces, el cine de yakuzas de los sesenta había dado películas de caballeros con honor: bandidos nobles que respetaban un código y morían con dignidad. Fukasaku quiso otra cosa. El guion de Kazuo Kasahara adapta una serie de artículos de Koichi Iiboshi, publicados en 1972 en la revista Shukan Sankei y basados a su vez en las memorias de un yakuza real de Hiroshima, Kozo Mino.
Shozo Hirono (Bunta Sugawara) es un exsoldado que sobrevive en los mercados negros de Kure, en 1946, y acaba en la cárcel tras matar a un gánster. Allí se une a un clan. Cuando sale, el reparto del poder ha cambiado, los jefes se traicionan por dinero y las alianzas duran lo que tarda en cambiar el viento. La historia llega hasta 1956 y se cuenta como si fuera un expediente.
Fukasaku rueda con cámara en mano y aspecto de reportaje, con congelados de imagen que presentan a los personajes o anuncian cómo van a morir y con una voz en off que da fechas y nombres. Sus gánsteres no obedecen a ningún código: pelean como perros por las migajas del que manda. La película se ha leído también como un retrato del Japón de la posguerra, un país reconstruido a base de intereses más que de ideales.
Fue un éxito. Toei exigió continuaciones y Fukasaku rodó cuatro más en dos años: Deadly Fight in Hiroshima, Proxy War, Police Tactics y Final Episode, estrenadas entre 1973 y 1974, un conjunto conocido en Occidente como The Yakuza Papers. La primera obtuvo los premios Kinema Junpo a la mejor película, al mejor actor para Sugawara y al mejor guion. En 2009 esa misma revista la situó en el quinto puesto de las mejores películas japonesas de todos los tiempos.
Su influencia llega hasta Outrage, de Takeshi Kitano. Fukasaku rodó después Battle Royale (2000) y murió en 2003 con otra película en marcha. Y fue él quien debía dirigir Violent Cop, con la que Kitano debutó como director.
13. La balada de Narayama, de Shohei Imamura (1983)
Cuenta una leyenda japonesa que en las aldeas pobres, cuando alguien cumplía setenta años, su hijo lo llevaba a la montaña para que muriese allí, y así había comida para los que quedaban. Shichiro Fukazawa tomó ese tema para una novela de 1956 y Keisuke Kinoshita la adaptó en 1958 con un estilo de teatro kabuki en decorados de estudio, y con gran éxito. Imamura volvió a los relatos de Fukazawa y los rodó al aire libre, sin adornos, durante un año entero sobre el terreno.
Orin (Sumiko Sakamoto) tiene sesenta y nueve años y conserva todos los dientes, algo que en una aldea hambrienta se considera una vergüenza porque revela buen apetito. Se acerca el invierno en que debe subir a Narayama. Para no demorarlo, Orin se golpea la boca contra una piedra de moler hasta romperse los dientes delanteros. La actriz se hizo extraer los suyos para rodar la escena. Su hijo mayor, Tatsuhei (Ken Ogata), no quiere llevarla.
La aldea de Imamura es un lugar brutal. Hay hambre, robos, castigos y mucho sexo, y entre episodio y episodio la película intercala breves escenas de naturaleza: pájaros, serpientes y otros animales que cazan, copulan o paren. El director quería que los humanos parecieran parte del mismo ciclo. No hay moraleja y tampoco hay burla; hay una mirada fría y a la vez muy cercana.
La última media hora, casi sin diálogo, sigue la subida por la montaña, con Tatsuhei cargando con su madre a la espalda. En la cima hay huesos por el suelo y cuervos. Por el camino ven a otro hombre que se deshace de su padre. Cuando Tatsuhei baja, empieza a nevar, vuelve a subir y le dice a su madre que ha tenido suerte, que nieva el día en que llega. Orin asiente en silencio. Es una de las escenas más duras de la lista y una de las más tiernas.
Ganó la Palma de Oro en Cannes en 1983. Imamura es el único director japonés que ha ganado dos veces el premio; la segunda fue con La anguila (1997), compartida con El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami. En Japón, la Academia le concedió los premios a la mejor película y al mejor actor.
Imamura había sido ayudante de Ozu en Shochiku y decidió hacer lo contrario: un cine de barro, de cuerpos y de instintos. Contó que Rashomon le había hecho pensar que en el Japón de posguerra era posible una libertad nueva. Su película parece escrita contra todo lo que representaba Ozu, el director de los puestos 6 y 1 de esta lista.
12. La mujer de la arena, de Hiroshi Teshigahara (1964)
Hiroshi Teshigahara era hijo de Sofu Teshigahara, el fundador de la escuela de arreglo floral Sogetsu, y empezó haciendo documentales. Su primer largometraje, de 1962, ya contó con el escritor Kobo Abe y el compositor Toru Takemitsu. Para el segundo, Abe adaptó su propia novela La mujer de la arena, publicada en 1962.
Junpei Niki (Eiji Okada), un maestro de Tokio aficionado a la entomología, viaja a una zona de dunas junto al mar para buscar un insecto raro. Pierde el último autobús y los aldeanos le ofrecen alojamiento en una casa que está al fondo de un pozo de arena, a la que se baja por una escalera de cuerda. Allí vive una viuda (Kyoko Kishida). A la mañana siguiente la escalera ha desaparecido.
Los aldeanos necesitan brazos para palear la arena que amenaza con tragarse el pueblo, y Junpei ha sido elegido sin que nadie le preguntara. Primero se resiste, después intenta escapar, y poco a poco la película cambia de pregunta: ya no es cómo salir sino qué significa salir. No contamos el final.
Okada era el amante japonés de Hiroshima mon amour, y tiene aquí un papel de hombre vulgar que se va desmontando. Kishida, en cambio, construye un personaje enigmático, lleno de pudor y de fuerza. Hiroshi Segawa filma la arena con una proximidad obsesiva: granos sobre la piel, ondulaciones, polvo. La música de Takemitsu, el mismo compositor de Harakiri (puesto 10), subraya sin explicar.
La película ganó el Premio Especial del Jurado en Cannes en 1964 y obtuvo dos nominaciones al Oscar, a la mejor película extranjera y a la mejor dirección, esta última en 1965. Teshigahara fue el primer director japonés nominado en esa categoría.
La arena, como la burocracia o como el trabajo, es una metáfora que puede leerse de muchas maneras, y esa apertura explica en parte su vigencia. Teshigahara y Abe volvieron a trabajar juntos en El rostro de otro (1966), otra película sobre identidad. Quien ve la primera difícilmente olvida el sonido de la arena cayendo.
11. Godzilla, de Ishiro Honda (1954)
El 1 de marzo de 1954, un barco atunero japonés, el Daigo Fukuryu Maru, faenaba cerca del atolón de Bikini cuando la lluvia radiactiva de una prueba nuclear estadounidense cayó sobre la tripulación. Uno de los pescadores murió y el atún que habían capturado fue enterrado por las autoridades. El país que había conocido Hiroshima y Nagasaki apenas nueve años antes se enfrentaba de nuevo a la bomba, esta vez a través de un cargamento de pescado.
El productor de Toho Tomoyuki Tanaka pensó entonces en una película de monstruos. Quería algo en la línea de la estadounidense The Beast from 20,000 Fathoms (1953), en la que un dinosaurio despertaba por una explosión atómica. Varios directores rechazaron el proyecto por considerarlo ridículo. Lo aceptó Ishiro Honda, que había regresado de China en 1946 como prisionero de guerra, atravesando una Hiroshima en ruinas. Años después contó que sintió el peso de una atmósfera en la que parecía que la Tierra se acababa.
Honda no quiso un monstruo de feria. Rodó la película en serio, con luto, con estructura de catástrofe y con científicos como héroes. A su lado trabajó Eiji Tsuburaya, responsable de los efectos especiales, que había pensado animar el monstruo fotograma a fotograma, como en King Kong, pero optó por un actor dentro de un traje. Haruo Nakajima fue quien más tiempo pasó dentro y recordaba el trabajo como una experiencia agotadora. Así nació el suitmation, la técnica que sostendría décadas de cine de monstruos japonés.
El nombre, Gojira, une según la explicación más repetida las palabras japonesas para gorila y ballena. La película se estrenó el 3 de noviembre de 1954. El reparto reunía a Takashi Shimura, el Kambei de Los siete samuráis, como el paleontólogo Yamane, a Akira Takarada, a Momoko Kochi y a Akihiko Hirata, que da vida a un científico atormentado, con un parche en el ojo y una invención capaz de destruirlo todo.
Hoy sorprende menos el efecto especial, que tiene su encanto de maqueta, que el tono. La película arranca con un barco que desaparece entre un fogonazo que remite a la prueba de Bikini. Las escenas de hospital, con víctimas vendadas y contadores Geiger, recuerdan sin disimulo a Hiroshima. Un coro de niñas reza por la paz. Una madre abraza a sus hijos y les dice que pronto estarán con su padre. La música de Akira Ifukube, grave y obstinada, hace el resto.
En 1956, una versión recortada y con nuevas escenas del actor Raymond Burr, Godzilla, King of the Monsters!, se distribuyó en Estados Unidos, y durante décadas fue la que conoció el público occidental. Quien solo vio esa copia ha visto otra película. El original japonés es una elegía.
La saga se ha prolongado durante más de setenta años. En 2023 se estrenó Godzilla Minus One, de Takashi Yamazaki, que volvió al Japón de la posguerra y ganó el Oscar a los mejores efectos visuales en 2024. Todas descienden de esta película, que es también una advertencia, y que Honda quiso mantener limpia de ironía.
10. Harakiri, de Masaki Kobayashi (1962)
Masaki Kobayashi fue a la guerra y no quiso jamás subir de rango. Lo reclutaron en 1942, lo destinaron a Manchuria, rechazó todos los ascensos para seguir siendo soldado raso y terminó prisionero en Okinawa, casi un año, en un campo de Kadena. Después rodó La condición humana (1959 a 1961), una trilogía de unas nueve horas y media sobre un pacifista atrapado en el ejército. Harakiri llegó justo después.
El título original es Seppuku. La película, producida por Shochiku, tiene guion de Shinobu Hashimoto, el mismo que había escrito Rashomon, Los siete samuráis y Vivir para Kurosawa, a partir de una novela de Yasuhiko Takiguchi. Yoshio Miyajima fotografió en pantalla ancha y en blanco y negro, y Toru Takemitsu compuso una partitura sobria. Era la primera película de samuráis de Kobayashi.
Hanshiro Tsugumo (Tatsuya Nakadai) es un ronin, un samurái sin señor, en el Japón de los primeros Tokugawa. Se presenta en la mansión del clan Ii y pide permiso para suicidarse en su patio. En aquella época, muchos ronin hambrientos recurrían a esa petición como estrategia para que les dieran limosna. El administrador del clan, Kageyu Saito (Rentaro Mikuni), le cuenta el caso de otro joven, Motome, que había hecho la misma solicitud poco antes: lo obligaron a abrirse el vientre con una espada de bambú, la única que le quedaba porque había vendido las de acero.
Esa escena es el centro de la película y es difícil de ver. Se cuenta que durante el estreno algunos espectadores se desmayaron. Kobayashi no la filma para escandalizar, sino para que se entienda qué es una institución cuando se olvida de sus propias reglas. Hanshiro, a su vez, esconde un vínculo con Motome. No contamos más.
El mensaje es político sin dejar de ser clásico: el código del honor samurái aparece como un lenguaje que sirve para ocultar la crueldad. El final, una pelea solitaria dentro del patio y una burocracia que borra el rastro, tiene una lógica aterradora.
Ganó el Premio Especial del Jurado en Cannes en 1963, un año en que la Palma de Oro fue para El Gatopardo, de Visconti. Nakadai, que rodó once películas con Kobayashi, fue para él lo mismo que Mifune para Kurosawa. Años después, Takashi Miike rehízo la película en 3D. Nakadai volvió a ser protagonista de un drama de armaduras y traiciones en Ran, el puesto 8 de esta lista.
9. Nubes flotantes, de Mikio Naruse (1955)
Se ha dicho muchas veces que Mikio Naruse es «el cuarto» de los grandes del cine japonés, detrás de Kurosawa, Mizoguchi y Ozu. Su reputación fuera de Japón fue creciendo con los años, y quizá por eso hoy se redescubre con tanto entusiasmo. El crítico español Miguel Marías, uno de sus mayores defensores, ha escrito con pasión sobre su obra.
Nubes flotantes adapta la novela Ukigumo, de Fumiko Hayashi, que la autora publicó por entregas hasta su muerte en 1951, y el guion es de Yoko Mizuki. Hideko Takamine, con la que Naruse rodó diecisiete películas, interpreta a Yukiko, una mecanógrafa. Masayuki Mori, el alfarero de Cuentos de la luna pálida de agosto, es Tomioka, un técnico forestal casado. La película cuenta cómo se conocieron en la Indochina francesa durante la guerra y cómo vuelven a encontrarse en un Tokio arrasado.
El argumento es sencillo y cruel. Yukiko busca a Tomioka en Tokio, donde él vive con su mujer. Él no puede dejarla, o no quiere. Se separan, se reencuentran, se hieren. Ella cae en una pobreza cada vez más honda. Él se enreda con otras mujeres. Una estructura de recuerdos entrelaza el idilio de Indochina, luminoso y breve, con el presente de lluvia y ruinas, y la película se queda con esa distancia.
Naruse no levanta la voz. Su estilo consiste en dejar las cosas como están: planos medios, cámaras discretas, gestos pequeños. Un rasgo habitual de sus películas es el hombre débil, y Mori lo interpreta con una sonrisa encantadora que justifica sin excusar. La lluvia, símbolo de mala suerte en la obra de Hayashi y en las adaptaciones de Naruse, cae a lo largo de la película con insistencia.
Ganó los premios Kinema Junpo a la mejor película, al mejor director, al mejor actor y a la mejor actriz, y también el Blue Ribbon. Es la película más popular de Naruse en Japón. En las encuestas de la revista Kinema Junpo entre críticos y cineastas del país ha figurado en tercer lugar, por detrás de Cuentos de Tokio y Los siete samuráis. Se cuenta que Ozu la admiraba.
Está en la lista por su manera de contar una relación que no termina de acabarse: ni él decide ni ella se marcha. Lo único que cambia es el paisaje y, con él, la ropa y las ilusiones.
8. Ran, de Akira Kurosawa (1985)
Cuando se estrenó el 1 de junio de 1985, Kurosawa tenía setenta y cinco años y había preparado la película durante años. Ran fue una coproducción entre Japón y Francia, con el productor francés Serge Silberman, y con un presupuesto de entre 11 y 12 millones de dólares fue la película más cara de la historia de Japón hasta entonces. Después rodó otras tres, ninguna de esa escala.
La historia mezcla dos fuentes. Una es la leyenda del señor Mori Motonari y sus hijos, y la otra El rey Lear, de Shakespeare, aunque según contó Kurosawa solo se dio cuenta de las similitudes cuando ya había empezado a preparar la película. Lord Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai), un guerrero de setenta años, decide repartir su dominio entre sus tres hijos, Taro, Jiro y Saburo. Cuando el menor protesta, lo destierra. Sigue la caída de una casa.
Hay una Lady Macbeth, Lady Kaede (Mieko Harada), esposa del hijo mayor y la verdadera fuerza oscura de la película. Hay un bufón, Kyoami (Peter), que dice lo que nadie se atreve a decir. Y hay un momento, el incendio del castillo, que Kurosawa rodó sin maquetas, con Nakadai bajando por las escaleras en una sola toma.
La película es una fiesta de color. Emi Wada diseñó 1.400 trajes y armaduras que se hicieron a mano, y cada ejército se distingue por un tono. Ganó el Oscar al mejor vestuario y obtuvo nominaciones a dirección, fotografía y dirección artística. Takemitsu, el compositor de Harakiri y de La mujer de la arena, escribió una música de inspiración mahleriana.
La secuencia de la batalla es probablemente la más impresionante del cine de samuráis: dos ejércitos se matan sin ruido, sin gritos, solo con la música, hasta que suena un único disparo. Kurosawa prescindió del sonido directo. Era su manera de decir que esa guerra ya no tenía nada de gloriosa.
Entre los colaboradores estaba, como director asociado, Ishiro Honda, el realizador de Godzilla, amigo de Kurosawa desde hacía décadas. Kurosawa aclaró que Ran era una culminación y no una despedida. El plano final, un joven ciego al borde de las ruinas de un castillo, deja un pesimismo que él nunca ocultó.
7. Vivir, de Akira Kurosawa (1952)
Ikiru significa «vivir», y casi todo en la película está pensado para que el verbo suene como una pregunta. El guion lo firmaron Kurosawa, Shinobu Hashimoto y Hideo Oguni, y fue la primera colaboración con este último. Se estrenó en Japón el 9 de octubre de 1952. Los guionistas consultaron La muerte de Iván Ilich, de Tolstói, y fue Oguni quien propuso la decisión más audaz: matar al protagonista a mitad de la película.
Kanji Watanabe (Takashi Shimura) es jefe de sección de un ayuntamiento de Tokio y lleva treinta años sin faltar un solo día al trabajo. Un médico le dice que no tiene nada grave, y en la sala de espera un paciente veterano le ha explicado que eso significa cáncer. Watanabe no se lo cuenta a su hijo. Se gasta sus ahorros en una noche de excesos guiado por un novelista, y busca después la compañía de una joven colega, Toyo (Miki Odagiri), cuya vitalidad le contagia las ganas de hacer algo.
Entonces ocurre algo que nadie espera: decide usar el poder que tiene, que es poco, para construir un parque infantil en un solar abandonado. Lucha contra departamentos que se pasan el expediente unos a otros hasta que lo consigue. Y muere. Una vez fallecido, la película se convierte en un velatorio en el que sus compañeros, entre copas de sake, reconstruyen lo que hizo.
La imagen que ha quedado es la del hombre sentado en un columpio, bajo la nieve, canturreando una vieja canción sobre la brevedad de la vida, Gondola no uta. Shimura, que dos años después sería Kambei, el jefe de los siete samuráis, interpreta aquí a un hombre sin ningún poder, con una fragilidad que conmueve.
El último tercio arrastra una ironía amarga. Los funcionarios prometen vivir como él, y al día siguiente en la oficina nadie ha cambiado. No es cinismo, es lucidez. Kurosawa no ofrece una moraleja luminosa: ofrece un parque.
Fue un éxito en Japón, ganó los premios Kinema Junpo y Mainichi, y se llevó un galardón especial en el festival de Berlín de 1954. Takashi Shimura, además, aparece en cuatro películas de esta lista: Rashomon, Los siete samuráis, Vivir y Godzilla.
En 2022, el director Oliver Hermanus la reinterpretó con Living, ambientada en el Londres de 1953, con guion de Kazuo Ishiguro y con Bill Nighy en el papel principal. Ambos fueron nominados al Oscar. La historia, setenta años después, sigue funcionando.
6. Primavera tardía, de Yasujiro Ozu (1949)
Yasujiro Ozu vivió con su madre hasta la muerte de ella y nunca se casó. Cuando él murió, en 1963, su tumba en Kita-Kamakura quedó marcada con un solo carácter, mu, que significa «nada» o «vacío», y la comparte con su madre. Hay quien ve en esa vida sin esposa una explicación de su cine, que vuelve una y otra vez a padres que casan a sus hijas.
Había sido enviado a Singapur en 1943, donde estuvo ligado a labores cinematográficas del ejército, y fue prisionero durante seis meses en 1945. Al volver, su estilo había madurado. Primavera tardía es la primera película de ese Ozu de posguerra: cámara baja, planos fijos, diálogos cotidianos, elipsis, largos planos de objetos. También es la primera de las seis que hizo con Setsuko Hara y la primera de la llamada trilogía de Noriko, que continúa con Principios de verano y Cuentos de Tokio.
La película parte de una novela de Kazuo Hirotsu, Chichi to musume («Padre e hija»). Noriko (Hara) tiene 27 años y vive con su padre viudo, un profesor interpretado por Chishu Ryu. Es feliz así. Su tía Masa intenta casarla, y el padre acaba por mentir diciendo que él mismo se volverá a casar, para que ella acepte irse.
La escena que se recuerda es la del teatro Noh. Padre e hija asisten a una función. En el patio de butacas, Noriko ve a una viuda, la señora Miwa, que el padre ha mencionado como posible esposa, y en su rostro pasa algo parecido a los celos. Ozu no lo subraya. Mira el escenario, mira a la hija, mira al padre. El resto es silencio.
El final es famoso. Después de la boda, el padre vuelve a casa y se sienta a pelar una manzana. La cámara le sigue mientras la piel de la fruta cae en una sola tira. No hay música dramática ni lágrimas explícitas, y sin embargo la escena golpea.
Ganó el premio Kinema Junpo a la mejor película de 1949 y varios galardones Mainichi, entre ellos película, actriz y director. Llegó a los cines de Estados Unidos en 1972 y, en las encuestas de Sight and Sound, ocupó el puesto 15 en 2012 y quedó empatada en el 21 en 2022. En España se estrenó el 23 de julio de 2013, de la mano de Karma Films.
Es el punto de partida de un modo de mirar, y conviene verla antes de Cuentos de Tokio para entender el recorrido.
5. El intendente Sansho, de Kenji Mizoguchi (1954)
Sansho dayu se estrenó el 31 de marzo de 1954 y se basa en un relato de Mori Ogai publicado en 1915, que a su vez parte de una leyenda anterior. El guion fue de Fuji Yahiro y Yoshikata Yoda, el colaborador habitual de Mizoguchi. Hay una edición en español del relato, traducida por Elena Gallego en 2011, para quien quiera leer el original.
La historia empieza en la época Heian. Un gobernador bondadoso es desterrado por defender a los campesinos. Su mujer, Tamaki (Kinuyo Tanaka), y sus dos hijos, Zushio y Anju, viajan para reunirse con él, pero en el camino los engañan y los venden como esclavos. La madre acaba como cortesana en una isla, y los niños, en la hacienda del intendente Sansho (Eitaro Shindo), un hombre brutal que marca con hierro a los esclavos que huyen.
Antes de separarse, el padre había dejado al hijo una enseñanza: sin compasión, el ser humano no es humano. Zushio crece (ya adulto lo interpreta Yoshiaki Hanayagi) y la olvida para sobrevivir; Anju (Kyoko Kagawa) no. La decisión de ella en el lago, una de las secuencias más conmovedoras del cine japonés, es un acto de entrega que no se explica con palabras.
Mizoguchi filma con planos largos y distancias. La cámara se mueve con lentitud, casi como si respetara el dolor de los personajes. La fotografía en blanco y negro de Kazuo Miyagawa, el mismo de Rashomon y Cuentos de la luna pálida de agosto, es de una nitidez que parece pintura.
Ganó el León de Plata en Venecia. Fue el tercer premio consecutivo de Mizoguchi en ese festival, después del Premio Internacional por La vida de Oharu en 1952 y del León de Plata por Cuentos de la luna pálida de agosto en 1953. Yoda contó que Mizoguchi se había lanzado a La vida de Oharu espoleado por el éxito de Rashomon en Venecia.
Mizoguchi murió de leucemia el 24 de agosto de 1956, a los cincuenta y ocho años, cuando preparaba otra película. En la encuesta de Sight and Sound de 2022 El intendente Sansho quedó empatada en el puesto 75. Se la considera, sin embargo, su obra más completa. Hay quien prefiere la perfección formal de Ugetsu, pero esta película, con su historia de una familia rota y una esperanza terca, llega más hondo.
4. Rashomon, de Akira Kurosawa (1950)
Se estrenó en Japón el 26 de agosto de 1950, producida por Daiei, y no fue considerada una obra mayor. Se cuenta que viajó a Venecia casi sin que nadie confiara en ella, por iniciativa de la distribuidora italiana Giuliana Stramigioli. En 1951 ganó allí el León de Oro, en la duodécima edición del festival. Nadie en Occidente había visto algo parecido, y el cine japonés comenzó a existir para el mundo.
Kurosawa combinó dos relatos de Ryunosuke Akutagawa: «En el bosque», que aporta la trama, y «Rashomon», que aporta el escenario, la puerta derruida de la ciudad de Kioto bajo la lluvia. Un monje, un leñador y un plebeyo se resguardan allí y hablan de un crimen: un samurái ha muerto y su esposa ha sido violada por un bandolero.
Hay cuatro versiones de lo ocurrido. Cada protagonista cuenta la suya: el bandolero Tajomaru (Toshiro Mifune), la esposa (Machiko Kyo), el samurái muerto a través de una médium (Masayuki Mori) y el leñador (Takashi Shimura). Todas se contradicen, y la película no resuelve cuál es la verdadera.
Hay dos innovaciones formales que se enseñan en las escuelas. Una es la estructura de relatos enfrentados. La otra es la luz: Kazuo Miyagawa dirigió la cámara hacia el sol, algo que hasta entonces se evitaba, y filmó la luz entre las hojas del bosque. Los reflejos con espejos en los rostros crean una atmósfera que no ha dejado de imitarse.
Con Rashomon nació también una pareja. Kurosawa y Mifune hicieron juntos dieciséis películas. En 1952, la Academia de Hollywood concedió un Oscar honorífico a la película, en los 24.º premios, que entonces se entregaba como mejor película en lengua extranjera.
En la encuesta de 2022 de Sight and Sound quedó empatada en el puesto 41.
Hoy se habla de «efecto Rashomon» para referirse a esa imposibilidad de conocer la verdad desde un solo punto de vista. La palabra ha pasado a los tribunales, a la psicología y a las series de televisión. El final, con el abandonado bebé al que el leñador acoge, ofrece una salida sentimental que algunos críticos rechazan y otros defienden. Tiene el mérito de que, tras tanta mentira, alguien haga algo bueno.
3. Cuentos de la luna pálida de agosto, de Kenji Mizoguchi (1953)
Se estrenó el 26 de marzo de 1953, producida por Daiei, con el título Ugetsu monogatari. Se inspira en dos relatos del libro del mismo nombre que Ueda Akinari publicó en 1776, «La casa en la maleza» y «El destino de la serpiente», y toma también una idea de un cuento de Maupassant. Esa mezcla de tradición japonesa y literatura europea es típica de Mizoguchi, un director que leía mucho.
En un pueblo a orillas del lago Biwa, durante las guerras civiles del siglo XVI, dos campesinos sueñan con salir de su condición. Genjuro (Masayuki Mori) es un alfarero que ve en la guerra una oportunidad de vender su producción. Tobei (Sakae Ozawa) quiere ser samurái. Sus esposas, Miyagi (Kinuyo Tanaka) y Ohama (Mitsuko Mito), les ruegan que no se vayan, y ellos se marchan.
Genjuro cae bajo el hechizo de la dama Wakasa (Machiko Kyo), una aristócrata que resulta ser un fantasma. Tobei compra una armadura y una cabeza ajena, y se convierte en un héroe sin mérito. Las mujeres pagan el precio. Cuando los hombres vuelven, el mundo ha cambiado, o ellos han dejado de comprenderlo.
Pocas películas pasan con tanta naturalidad de lo real a lo sobrenatural. La travesía del lago en la niebla, filmada por Kazuo Miyagawa con la música de Fumio Hayasaka, parece un sueño, y la escena en la mansión de la dama, con sus velas y sus sombras, nunca ha perdido el poder de inquietar. No hay un solo efecto llamativo. Lo fantástico se cuela por la puerta como una persona más.
Ganó el León de Plata en Venecia en 1953, junto con un premio especial del crítico Francesco Pasinetti. En las encuestas de Sight and Sound estuvo entre las diez mejores en 1962 y en 1972, y en 2022 quedó empatada en el puesto 90. Para varias generaciones de cinéfilos europeos fue la puerta de entrada al cine de Mizoguchi.
La película se pregunta qué se sacrifica a la ambición. Es una moraleja antigua, y la manera de contarla la hace nueva. El plano final, con el alfarero ante la tumba de su esposa y la voz de ella en el aire, es una de las despedidas más delicadas que se han filmado.
2. Los siete samuráis, de Akira Kurosawa (1954)
Se estrenó el 26 de abril de 1954, con una duración de 207 minutos, intermedio incluido, y fue la película más cara del cine japonés hasta ese momento. Kurosawa tardó más de un año en rodarla para Toho. Mifune contó que la idea original era una película de seis samuráis, con él como Kyuzo, y que el personaje de Kikuchiyo se añadió después.
Un pueblo de campesinos, aterrorizado por los bandidos que van a volver a saquear la cosecha, decide contratar a samuráis sin amo. Solo pueden pagar con comida. Kambei (Takashi Shimura), un veterano que ya ha perdido demasiadas batallas, acepta, y reúne a seis más: el discípulo Katsushiro, el amistoso Gorobei, el hábil Kyuzo, el bromista Heihachi, el leal Shichiroji y el desquiciado Kikuchiyo, un campesino disfrazado de samurái.
La primera mitad es un reclutamiento, y la segunda es una batalla. Entre las dos hay lluvia, barro, risas, un romance imposible y la conciencia de clase de un hijo de agricultores que conoce los defectos de ambos mundos. El monólogo de Kikuchiyo, cuando acusa a los samuráis de haber hecho de los campesinos lo que son, es el centro moral de la película.
La batalla final, rodada bajo la lluvia, con caballos revolviéndose en el lodo, sigue siendo una referencia del cine de acción. Kurosawa usó varias cámaras con teleobjetivos para captar la confusión, una técnica que luego se hizo habitual. El triunfo no se celebra. Kambei mira las tumbas y dice que, en el fondo, han perdido de nuevo. Los vencedores son los campesinos que vuelven a plantar arroz.
Obtuvo el León de Plata en Venecia en 1954 y fue nominada a los Oscar en dirección artística y vestuario, en blanco y negro, además de a los premios BAFTA. En Japón quedó tercera en la votación anual de Kinema Junpo de 1954, y en la encuesta de 2022 de Sight and Sound ocupó el puesto 20.
Su influencia es difícil de abarcar. John Sturges la convirtió en Los siete magníficos (1960), un western que tiene su propio mérito. Después, la fórmula del equipo de especialistas reunido para una misión se repitió tantas veces que hoy parece natural. Fue Kurosawa quien la inventó.
1. Cuentos de Tokio, de Yasujiro Ozu (1953)
Primer puesto para una película en la que no ocurre casi nada. Se estrenó el 3 de noviembre de 1953 en Shochiku, y dura 136 minutos. Cuenta cómo un matrimonio de ancianos, Shukichi y Tomi (Chishu Ryu y Chieko Higashiyama), viaja desde Onomichi a Tokio para visitar a sus hijos. Los hijos están ocupados. Los viejos estorban.
Ozu escribió el guion con Kogo Noda, su colaborador de siempre, en 103 días y, según el diario de Noda, con 43 botellas de sake. Se inspiraron libremente en Make Way for Tomorrow (1937), de Leo McCarey, una película que Ozu ni siquiera había visto. La historia importaba menos que el tono.
Los hijos mayores, un médico (So Yamamura) y una peluquera (Haruko Sugimura), los reciben con prisa y los mandan a un balneario para quitárselos de encima. Quien los trata con ternura es Noriko (Setsuko Hara), la viuda de su hijo muerto en la guerra, que no es de la familia y es la única que se comporta como tal. La película no la presenta como una santa. Ella misma confiesa, en una de las escenas más duras, que no es tan buena como creen.
El director rodó en Onomichi y en los estudios de Ofuna. Ryu tenía 49 años cuando interpretó a un anciano de setenta, y no hay ninguna impostura en su interpretación. Cada plano parece quieto, pero la quietud está construida con una exactitud asombrosa: la cámara a la altura de un hombre sentado en un tatami, las habitaciones vacías después de una conversación, los paisajes industriales con ropa tendida.
La muerte de la madre llega con una discreción absoluta. Después, el hijo menor y Noriko se quedan hablando sobre el tiempo y la vida. Noriko recibe de su suegro el reloj de bolsillo de la difunta, un regalo sencillo y devastador. Y el padre, solo, contempla el mar. Todo cuanto hay que decir sobre el paso del tiempo está ahí.
El reconocimiento llegó tarde en Occidente: la película no se estrenó en Estados Unidos hasta 1972. Desde entonces su ascenso ha sido constante. En la encuesta de críticos de Sight and Sound de 2012 ocupó el tercer puesto, y la de directores de ese mismo año, el primero. En 2022 quedó cuarta en ambas listas.
Por eso es la primera de esta lista. No es la más espectacular ni la más audaz, y esa es la prueba. Entre tantos directores que han filmado el ruido del mundo, Ozu filmó el sonido de una casa que se queda en silencio. Quien ha envejecido o ha tenido padres la entiende sin explicaciones.
Los que se quedaron fuera
Una lista de veinte es, ante todo, una lista de renuncias. Cualquier selección honesta deja fuera películas que podrían estar dentro, y es justo reconocerlas.
La más difícil de excluir fue La vida de Oharu (1952), de Mizoguchi, un melodrama devastador. También La condición humana (1959 a 1961), de Kobayashi, por su ambición y su duración. Quedaron fuera Kwaidan (1964), de nuevo de Kobayashi, con sus cuatro historias de fantasmas, y Un asunto de familia (2018), de Hirokazu Kore-eda, Palma de Oro en Cannes.
En la animación hay ausencias igual de dolorosas. Mi vecino Totoro y La princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki, merecerían la consideración de cualquier lista, y Akira (1988), de Katsuhiro Otomo, cambió la manera de ver el anime en Occidente. Otras faltas notables son Cuando una mujer sube la escalera (1960), de Naruse, El imperio de los sentidos (1976), de Nagisa Oshima, El arpa birmana (1956), de Kon Ichikawa, y Una página de locura (1926), de Teinosuke Kinugasa, el gran clásico del cine mudo japonés.
Hay un dato que se desprende de la lista. Nueve de las veinte películas se estrenaron entre 1949 y 1955. Es difícil no concluir que en esos siete años el cine japonés vivió su momento de máxima efervescencia, con los estudios en plena producción y cuatro maestros trabajando a la vez. También llama la atención que ninguna película de la década de 2010 haya entrado: el cine japonés contemporáneo sigue siendo vigoroso, pero el tiempo todavía no ha decidido cuáles de sus títulos serán clásicos.
Esta lista, como todas, se escribe en una fecha. Dentro de cinco o diez años habrá nuevas películas que discutir, nuevas restauraciones y quizá algún título olvidado que vuelva a los cines. El cine japonés no se agota, y quien quiera explorarlo tiene veinte puertas abiertas.